Por el obispo Thomas V. Daily, de la Diócesis de Brooklyn,
Estado de Nueva York, EE.UU.

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Es evidente que el cuidado pastoral de nuestros hermanos y hermanas homosexuales cada día se hace una cuestión más urgente en nuestra sociedad. Casi todos los días, a través de la televisión y otros medios de información pública, vemos que existen varios grupos de homosexuales que están buscando que su estilo de vida homosexual sea reconocido y aceptado. Se han presentado varios tipos de propuestas de leyes y decretos que buscan proteger la actividad sexual y el estilo de vida homosexual como alternativas aceptables al matrimonio. Se le está planteando a nuestros centros educacionales, inclusive aquellos a los cuales les ha sido encomendada la formación de nuestros hijos pequeños, que implementen en sus planes de estudios, la aceptación del homosexualismo como una variante normal de la condición humana. Nuestra sociedad, la cual está siendo agobiada por una mal orientada comprensión de la sexualidad en general, debe prestar oídos a la sabiduría de la Iglesia en esta materia, ya que sus enseñanzas abarcan no solo la revelación divina, sino que reafirman el valor y la dignidad de lo que es humano y conforme a la naturaleza.

La solicitud pastoral de la Iglesia se dirige a todas las personas como seres humanos individuales. No importa en qué situaciones pueda encontrarse el individuo o cómo responda al ser movido por la gracia, siempre es digno del cuidado y el amor de la Iglesia, la cual primero que todo hace que se conozca la verdad de Cristo. Esta es la verdad que realmente libera a la persona humana y la verdad que ilumina la dignidad de todo individuo. Nuestro Señor mismo lo enfatizó: “Ustedes conocerán la verdad y la verdad os hará libres”1. No podría realmente haber una atención pastoral a la persona homosexual, a menos que haya una clara y verdadera presentación de la enseñanza de la Iglesia, lo cual ésta hace en el amor. La esencia de la solicitud pastoral hacia la persona homosexual se refleja en las palabras de nuestro Santo Padre, Juan Pablo II, quien en 1979, les dijo a los obispos estadounidenses: “En la claridad de esta verdad, ustedes constituyeron un ejemplo de la verdadera caridad de Cristo, al no traicionar a aquellas personas que, por su homosexualidad, se enfrentan a problemas morales difíciles, como hubiera sucedido, si en nombre de la comprensión y la compasión, o por cualquier otra razón, ustedes hubieran dado una falsa esperanza a cualquiera de nuestros hermanos o hermanas. Por el contrario, por medio de su testimonio de la verdad de la humanidad en el plan de Dios, ustedes manifestaron su amor fraternal de una manera efectiva, poniendo en alto la verdadera dignidad humana, para con aquellos quienes también buscan en la Iglesia de Cristo una guía que procede de la luz de la palabra de Dios 2.

Mi intención, al emitir esta pastoral, es ofrecer ayuda a la persona homosexual, y a todas las personas, obedeciendo las palabras del Santo Padre y dando “testimonio de la verdad de la humanidad en el plan de Dios.” Únicamente sobre este sólido fundamento, podemos ofrecer otros tipos de cuidado y asistencia a nuestros hermanos y hermanas que, aunque lo reconozcan o no, están experimentando dolor y confusión debido a su orientación homosexual. Este testimonio también debe ser visto como una expresión de cuidado para otros, que de la misma forma experimentan la confusión que prevalece en nuestra sociedad, debido al énfasis exagerado que se da a la sexualidad en general.

La enseñanza de la Iglesia sobre el maravilloso regalo de la sexualidad está basada en los principios de la ley natural que es común a todos los hombres y mujeres, y que no son posesión exclusiva de la Iglesia Católica. El Segundo Concilio Vaticano no vaciló al aceptar el concepto de la ley natural como fue expuesto por Sto. Tomás de Aquino.

Este concepto incluye el hecho de que Dios creó al universo con un plan prudente y amoroso para con Su creación. El plan de Dios es la ley eterna en cuanto a que ésta es la ley que Dios ha determinado y deseado efectuar y crear. La ley natural es parte de la ley eterna, por la cual los seres humanos de la creación tienen inteligencia y libertad y pueden cooperar libremente en la realización del plan de Dios 3. La ley natural “es también una expresión de la voluntad de Dios” 4, aunque no depende de ninguna revelación divina. La revelación incluye las verdades de la ley natural y solamente cuando uno reflexiona acerca de la enseñanza de la Iglesia sobre la sexualidad como “una enseñanza fundada en la ley natural, iluminada y enriquecida por la revelación divina” 5, puede uno percibir su gran belleza.

El libro del Génesis nos enseña que Dios creó a la persona humana a Su propia imagen y semejanza y los creó hombre y mujer. “Por lo tanto, el hombre y la mujer son nada menos que la obra de Dios mismo; y en la complementariedad de ambos sexos, son llamados a reflejar la unidad interior del Creador” 6. Esta antiquísima revelación, manifiesta el misterio de que a la persona humana, habiendo sido creada a imagen y semejanza de Dios, le ha sido dada la facultad, por medio de su sexualidad, de cooperar con Dios en la creación siendo fértil y poblando la tierra. Parte del plan de Dios es que la sexualidad sea un regalo que capacite a la persona humana de modo que ésta pueda ser dadora de vida. El objetivo final del fruto de la sexualidad es la creación de la vida humana, a través de los actos propios del hombre y de la mujer dentro del matrimonio. Estas leyes de la naturaleza, ordenadas por Dios, dictan la existencia una complementariedad física y psicológica entre el hombre y la mujer, que está ordenada hacia la exclusividad dentro del matrimonio, donde el hombre y la mujer se dan apoyo mutuamente, y hayan la culminación de su gloria en la procreación.

“Por medio de la creación del hombre y la mujer en su propia imagen y semejanza, Dios corona y lleva a la perfección la obra de Sus manos: El los llama a compartir de una manera especial en Su amor y en Su poder como creador y Padre, por medio de su cooperación libre y responsable en la transmisión del don de la vida” 7.

Uno de los defensores más enérgicos de la santidad de la sexualidad humana ha sido S.S. Juan Pablo II, quien, en una serie de audiencias semanales presentadas durante seis años (1979-1984), habló sobre la realidad básica de la masculinidad y la femineidad como manifestaciones de la sexualidad humana y con el modelo de unidad que es presentado en el libro de Génesis. Su explicación sobre la enseñanza de la Iglesia está basada en la unidad e irrepetibilidad de todo ser humano, que a su vez depende de la ley natural. La enseñanza del Santo Padre es esencial para llegar a comprender verdaderamente la naturaleza de la sexualidad, la cual busca integrar el orden propio de la existencia y el respeto por la persona.

La revelación ha arrojado luz sobre la ley natural, en cuanto al significado de la sexualidad y la complementariedad natural entre el hombre y la mujer, la cual se realiza en el matrimonio. Sin embargo, la revelación también nos muestra que el desorden, tanto moral como físico, entró en el mundo por medio del pecado original. Aunque ha sido redimida por Cristo, la persona humana no es ya de la condición humana original. La unidad original del hombre y de la mujer, y su habilidad original de ser un don perfecto el uno para el otro, cooperando con la obra de la creación, ha sido manchada por el pecado. El desorden causado por el pecado original afecta el don de la sexualidad de muchas maneras, especialmente introduciendo la lujuria en el mundo.

El uso desordenado de las facultades sexuales fuera de su propósito ordenado por Dios, y la inclinación de actuar de manera contraria a la naturaleza, son el resultado del pecado original.

Al igual que todo desorden sexual, la condición homosexual es el resultado del pecado original. La Congregación para la Doctrina de la Fe dejó claro que: “aunque la inclinación homosexual de la persona no es pecado, es más o menos una fuerte tendencia dirigida hacia algo que es un mal intrínsecamente perverso y por lo tanto, dicha inclinación, por sí misma deberá ser vista como un desorden objetivo” 8.

La orientación homosexual viola la harmonía natural de la persona en relación al propósito apropiado de su sexualidad e inclina a la persona hacia “actos que son contrarios a la ley natural” 9.

Ni las ciencias que estudian el comportamiento de las personas, ni las ciencias médicas, han podido determinar qué factores genéticos, hormonales o psicosociales durante la infancia, pueden llevar a una persona a ser homosexual 10. No es mi intensión adentrarme en esta área tan delicada aquí, sino hacer énfasis en que esta condición es en definitiva, el resultado del pecado original, no es la norma y no se debe actuar así dentro del orden moral.

Como dije anteriormente, la enorme presión que se está ejerciendo sobre los distintos sectores de la sociedad para que acepten la condición homosexual como si ésta no fuera un desorden, y permita que continúe la actividad homosexual como una alternativa aceptable al matrimonio, se está introduciendo en la Iglesia y presenta la enseñanza de la Iglesia como si fuese errónea, incomprensiva y arbitraria.

Mientras que la Iglesia está siempre expuesta a esta crítica infundada, es la Iglesia la que trata de proteger la verdadera dignidad de la persona homosexual, así como el bien de toda la sociedad en general. A través de la presentación de su enseñanza, fundada en la ley natural e iluminada por la revelación, la Iglesia ejerce un verdadero cuidado pastoral para con la persona homosexual, proclamando la verdad con amor.

Una vez más insisto en que el Santo Padre animó a los obispos estadounidenses a dar un verdadero cuidado pastoral a los hombres y mujeres homosexuales. Durante su visita pastoral en 1987, él los exhortó diciendo: “Deseo animarlos a ustedes también en el cuidado pastoral que deben dar a las personas homosexuales. Este incluye dar una explicación clara de la enseñanza de la Iglesia, la cual por su naturaleza es de por sí poco popular. Sin embargo, su propia experiencia pastoral confirma el hecho de que la verdad, por muy difícil que sea de aceptar, nos trae la gracia y a menudo lleva a la conversión interior” 11.

Deseo sinceramente ofrecer este cuidado pastoral a todas las personas homosexuales de nuestra diócesis, siempre con la convicción de que solamente la verdad les traerá la verdadera libertad. Hago un llamado a todos los fieles a que escuchen la verdad y que, profesándola con amor, actúen con una actitud semejante a la de Cristo hacia nuestros hermanos y hermanas homosexuales.

No me canso de insistir en que, aunque se trata de un desorden objetivo, la orientación homosexual no es moralmente mala por sí misma. Son los actos y los deseos homosexuales deliberados, los que son seriamente malos e inmorales. La persona homosexual, que trata de llevar una vida casta, no difiere de cualquier otra persona humana y por lo tanto merece el mismo respeto, amor cristiano y dignidad. En una sociedad que generalmente tiene una actitud desordenada en lo que respecta el significado natural de la sexualidad, los hombres y mujeres homosexuales, deben evitar identificar su persona, y por supuesto su sexualidad, con su orientación homosexual.

“La persona humana, hecha a imagen y semejanza de Dios, difícilmente se puede calificar haciendo alusión solamente a su orientación sexual. Toda persona sobre la faz de la tierra tiene dificultades y problemas personales, pero también se enfrenta al reto de crecer, al realizar su potencial, sus talentos y sus dones. Actualmente la Iglesia nos proporciona un contexto muy necesario para el cuidado de la persona humana cuando… continúa insistiendo en que toda persona tiene una identidad fundamental, la de ser criatura de Dios, y por su gracia, Su hija y heredera de la vida eterna.12

Es deplorable que la persona homosexual sea objeto de abusos verbales o físicos, o cuando es privada de sus derechos humanos básicos. El prejuicio y la discriminación contra la persona homosexual constituyen no sólo una falta de caridad, sino que además son una injusticia. Sin embargo, a modo de buscar la forma de defender los derechos de todas las personas, no se pueden decretar leyes que traten de legitimar la actividad homosexual o ni tan siquiera dar la impresión de que esto se está haciendo.

Dicha legislación es de por sí inmoral y es una injusticia en lo que concierne a los derechos naturales de todo hombre y mujer. De la misma forma, cualquier plan educacional que trata de inculcar en nuestros niños la creencia de que el estilo de vida homosexual es aceptable, debe ser considerado una afrenta inmoral a los derechos naturales de nuestros niños y a su dignidad.

Las acciones y actitudes de una sociedad que busca justificar y promover la actividad homosexual resultan ser en el fondo una forma de injusticia y le hacen daño al homosexual y a toda persona humana. Aunque debemos de ser honestos, justos y compasivos hacia la persona homosexual, no debemos nunca ceder a lo que parece justo y compasivo pero que en realidad no es más que un engaño que se opone a la verdad.

Exhorto a los hombres y mujeres homosexuales a que acudan a la Iglesia, a la oración y a la fuente de la gracia, que fortalecerán su compromiso de vivir una vida casta. El apoyo de la comunidad cristiana y los sacramentos son las fuentes primarias del cuidado pastoral para la persona homosexual. Nunca debemos subestimar el poder de estos medios sobrenaturales en la vida de la persona homosexual o de ninguna persona. Asimismo, debemos siempre recordar que la persona homosexual que está tratando de llevar una vida casta, forma parte esencial del Cuerpo de Cristo. Por medio de esta aceptación heroica de su propio sufrimiento, están dando testimonio de castidad, y de una forma adecuada a su situación “supliendo lo que falta a los sufrimientos de Cristo por su cuerpo, la Iglesia” 13.

Yo me siento particularmente alentado por el trabajo que está llevando a cabo el grupo Courage (“Coraje”) en nuestra diócesis. Este grupo, que se reúne para brindar apoyo a los homosexuales que están tratando de llevar una vida casta y de vivir de acuerdo con la ley natural, han traído un gran beneficio espiritual a sus miembros. Yo insto a todos los fieles a que brinden su apoyo al grupo Courage, y se lo recomiendo muy especialmente a los hombres y mujeres que tengan inclinaciones homosexuales.

Finalmente, quiero mencionar el concepto cristiano de la abnegación. El cuidado pastoral para la persona homosexual no estaría completo sin recurrir constantemente al sacrificio y a lo que el Santo Padre llama, “auto-dominio”. Este auto-dominio es lo que controla el desorden causado por el pecado original. Respondiendo a este auto-dominio, la persona humana experimenta verdadera dignidad y participa en la libertad del regalo que es su sexualidad.

Lo mismo que la cruz es el centro de la expresión del amor redentor de Dios para nosotros en Jesús, así la conformidad del auto-dominio, por parte del hombre y de la mujer homosexual, al sacrificio del Señor, constituirá para ellos una fuente de entrega que les librará de llevar un estilo de vida que constantemente amenaza con destruirlos 14.

Mi propósito al escribir esta carta pastoral ha sido “profesar la verdad con amor” 15, porque esta es la verdad que trae verdadera libertad y que ofrece a la persona homosexual una verdadera solicitud pastoral. Jesucristo es siempre nuestro supremo modelo y guía. En El, está revelada perfectamente la ley natural. En Cristo aprendemos lo que significa la ley natural, y cómo debe vivir cualquier cristiano, heterosexual u homosexual. En esta disposición, quiero concluir ésta carta, citando las palabras del Cardenal Humberto Medeiros, a quien he tenido el privilegio de servir en la Arquidiócesis de Boston. También él, al escribir acerca del cuidado pastoral de la persona homosexual, afirmó en estas hermosas palabras: “Si seguimos el modelo de Cristo Jesús al actuar, nos veremos movidos a compartir Su compasión y comprensión, al mismo tiempo que nos mantendremos firmes en nuestra obediencia a las enseñanzas de la Iglesia a pesar de las presiones que quieren llevarnos a lo contrario… al hacer esto, estamos aceptando al hombre o a la mujer homosexual como un miembro de la Iglesia y de la sociedad. Cuando hacemos esto, estamos llamando a esta persona a seguir la misma vida de castidad que todos tratamos de vivir. Estamos llamando y ayudando a la persona a la misma virtud de la castidad a la cual estamos animando a las personas casadas o solteras de nuestro rebaño. Estamos dándole el lugar que les pertenece en la Iglesia. Nos negamos a relegarlos a ellos a una categoría “separada pero igual”, que en definitiva, les niega su dignidad humana básica cristiana 16.

Que María siempre virgen y patrona de nuestra diócesis, nos lleve a la verdad de su Divino Hijo, para que podamos profesar Su verdad con amor por el bien de todos los hombres y mujeres hechos a imagen de Dios.

En fidelidad a Cristo, M.R. Thomas V. Daily, D.D., Obispo de Brooklyn, Fiesta de la Solemnidad de María.
Fuentes: 1. Juan 8:32; 2. S.S. Juan Pablo II, “Meeting with the Bishops of the United States of America” (“Encuentro con los Obispos de los Estados Unidos de America”), 5 de octubre 5 de 1979, número 6. 3. Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I-II, 91.2, in corp. 4. S.S. Pablo VI, Carta Encíclica, “Humanae vitae”, 25 de julio de 1968, número 4. 5. Ibíd. 6. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los obispos sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, 1ro de octubre de 1986, número 6. 7. S.S. Juan Pablo II, Carta Apostólica “Familiaris consortio”, 15 de diciembre de 1981, número 28. 8. Carta a los obispos, número 3. 9. Catecismo de la Iglesia Católica, número 2357. 10. Conferencia Católica de los Estados Unidos, Sexualidad humana, 12 de diciembre de 1990, p.55. 11. S.S. Juan Pablo II, Encuentro con los obispos de EE.UU., 16 de septiembre 16 de 1987, número 18. 12. Carta a los obispos, número 16. 13. Colosenses 1:24; 14. Carta a los obispos, número 12. 15. Efesios 4:15. 16. Cardenal Humberto Medeiros, Pastoral Care for the Homosexual (“El cuidado pastoral a los homosexuales”), junio de 1979.

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Significado del acto marital

Por Mons. Cormac Burke

SIGINIFICADO UNITIVO Y PROCREATIVO DEL ACTO MARITAL

El argumento de los defensores de la contracepción se fundamenta en una tesis esencial: que el aspecto procreativo y el aspecto unitivo del acto conyugal son separables, es decir, el aspecto procreativo se puede anular sin viciar el acto conyugal ni dañar su capacidad de expresar -de modo propio y singular- la verdad del amor y de la unión maritales.

Esta precisa tesis fue y es explícitamente rechazada por la Iglesia. La razón principal por la que la contracepción es inaceptable para la conciencia cristiana es, tal como Pablo VI la expresa en Humanae vitae, la «conexión inseparable, establecida por Dios… entre la significación unitiva y la significación procreativa que están ambas inherentes en el acto conyugal» (HV 12).

Pablo VI afirmó esta conexión inseparable; pero no se detuvo a desarrollar por qué estos dos aspectos del acto marital están tan inseparablemente conectados, o por qué esta conexión es tal que viene a ser el fundamento mismo de la valoración moral del acto. Quizás una serena reflexión -madurada por estos veinte años de debate- puede conducirnos a descubrir las razones por las que esto es así: por qué la conexión entre los dos aspectos del acto de hecho es tal que la destrucción de su referencia procreativa necesariamente destruye su significación unitiva y personalista. Más sencillo: si se destruye deliberadamente el poder del acto conyugal de dar vida, se destruye necesariamente su poder de significar el amor: el amor y la unión propios del matrimonio.

El acto conyugal como acto de unión

¿Por qué se considera al acto conyugal como el acto de autodonación, como la expresión más distintiva del amor marital? ¿Por qué se ve en este acto -que, en resumen, es algo pasajero y fugaz- un acto de unión? A fin de cuentas, los enamorados expresan su amor y sus anhelos de unión de muchas maneras: mirándose, escribiéndose cartas, intercambiando regalos, paseando cogidos de la mano… ¿Qué es lo que da su singularidad al acto sexual? ¿Por qué este acto une a los esposos de tal modo que no lo hace cualquier otro acto? ¿Qué tiene que lo convierte no sólo en una experiencia física sino en una experiencia de amor?

¿El placer especial que lo acompaña? ¿La significación unitiva del acto conyugal queda contenida tan sólo en la sensación, por intensa que sea, que es capaz de producir? Si la intimidad sexual une a dos personas sencillamente porque da un placer especial, entonces parece que un esposo podría a veces encontrar una unión más profundamente significativa fuera del matrimonio que dentro de él. También seguiría lógicamente que una relación sexual sin placer carece de sentido, y que el sexo con placer-aunque sea dentro de una relación homosexual- cobra sentido.

No. Al acto conyugal puede acompañar el placer, o no. Pero el sentido del acto no consiste en el placer. El placer proporcionado por el acto conyugal puede ser intenso, pero es transeúnte. La significación del acto conyugal también es intensa, y no es transeúnte; permanece.

¿Por qué ha de ser más significativo este acto, que cualquier otra manifestación de cariño entre los esposos? ¿Por qué será este encuentro conyugal una expresión más intensa de amor y de unión? Evidentemente, a causa de lo que ocurre en este encuentro, que no es un sencillo contacto, ni una mera sensación, sino una comunicación, una oferta y una aceptación, un intercambio de algo que representa de un modo totalmente singular el don de la persona y la unión entre dos personas.

Es importante no olvidar que el deseo de los dos esposos de donarse recíprocamente, de unirse mutuamente, queda, en lo humano, en un nivel puramente intencional. Cada esposo puede y debe vincularse al otro. Pero no puede realmente darse a sí mismo al otro. La máxima expresión de su deseo de darse a sí mismo es dar la semilla de sí (2). La entrega de la propia semilla es mucho más significativa, y de modo especial es mucho más real, que la entrega del corazón. «Soy tuyo; te doy mi corazón; tómalo», puede quedar en el plano de la mera poesía, a la que ningún gesto físico llega a dar auténtico cuerpo. En cambio, «Soy tuyo; te doy mi semilla; tómala», no es mera poesía; es amor. Es el amor conyugal encarnado en una singular acción física por la que se expresa la intimidad -«te doy lo que no doy a nadie»-, y se alcanza la unión: «toma lo que te doy: la semilla de un nuevo yo. Unido a ti, a lo que tú me vas a dar, a tu semilla, se convertirá en un nuevo “tu-y-yo”, fruto de nuestro mutuo conocimiento y amor». Ésta es la mayor aproximación que se puede lograr al don conyugal de sí y a la aceptación de la auto-donación conyugal de otro, lográndose así la unión de los esposos.

Por tanto, lo que constituye el acto conyugal en una relación y una unión singulares no es la participación en una sensación, sino la participación en un poder: un poder físico y sexual que es extraordinario precisamente por tener una orientación intrínseca a la creatividad, a la vida. En una auténtica relación conyugal, cada esposo dice al otro: «Yo te acepto como no acepto a nadie más. Tú eres único para mí, y yo para ti. Tú, y tú solo, eres mi marido; tú sola eres mi mujer. Y la prueba de tu singularidad para mí es el hecho de que contigo -y sólo contigo- estoy dispuesto a participar en este poder divinamente dado y orientado a la vida».

En esto consiste la cualidad singular de la cópula conyugal. Cualquier otra manifestación de afecto no va más allá del nivel de un gesto, y es símbolo de la deseada unión. Pero el acto conyugal no es un mero símbolo. En el trato sexual genuino entre los esposos, hay un intercambio real: hay entrega y aceptación plenas de masculinidad y feminidad conyugales. Y queda, como testimonio de su relación conyugal y de la intimidad de su unión conyugal, la semilla del marido en el cuerpo de la mujer (3).

Ahora bien, si se anula intencionadamente la orientación a la vida del acto conyugal, se destruye su poder intrínseco de significar la unión conyugal. De hecho, la contracepción transforma el acto marital en un tipo de auto-decepción o en sencilla mentira «Te amo tanto que contigo, y contigo sólo, estoy dispuesto a participar en este singularísimo poder…». Pero, ¿qué poder singular? En un acto contraceptivo no se participa de ningún poder singular, si no es un poder de producir placer: su significación ha desaparecido.

El trato sexual contraceptivo es un ejercicio carente de sentido humano auténtico. Cabría compararlo al ejercerse en las mociones de una canción sin dejar que ningún sonido de música pase de los labios.

Algún lector quizás se acordará de los «dúos» de amor de Jeanette McDonald y Nelson Eddy, dos grandes cantantes -estrellas de Hollywood-de los primeros años de los talkies. ¡Qué absurdo si se hubiesen cantado dúos «silenciosos»!: pasando por los gestos de unas canciones, pero sin dejar que sus cuerdas vocales produjesen ningún sonido inteligible: nada más que reverberaciones sin sentido…; unas agitaciones que no dicen nada. La contracepción está en esa línea. Los esposos contraceptivos se entretienen en movimientos corporales, pero emplean un «lenguaje del cuerpo» que no es verdaderamente humano (4). No permiten que sus cuerpos se comuniquen mutuamente, de un modo sexual e inteligible. Pasan por las mociones de una canción; pero no hay canción.

La contracepción no es tan sólo una acción sin sentido; es una acción que contradice el sentido esencial que el verdadero trato sexual marital debe tener, si ha de significar la mutua auto-donación total e incondicional (5). En vez de aceptarse en su totalidad, los esposos contraceptivos se rechazan en parte, porque la fertilidad es parte de cada uno de ellos. Rechazan parte de su amor mutuo: su capacidad de tener fruto…

1. Aquí, como será evidente, no hablamos de la donación a Dios que una persona puede hacer de sí misma.

2. Por semilla se quiere significar aquí el elemento procreativo tanto femenino como masculino.

3. De esta manera la originalidad o la excepcionalidad de la decisión de casarse con una persona determinada, de hecho queda reafirmada en cada acto conyugal. Por medio de todo y cada acto de verdadero trato sexual, cada esposo es confirmado en su condición singular de ser marido o mujer del otro.

4. Como es sabido, «lenguaje del cuerpo» es una de las expresiones clave en los escritos de Juan Pablo II sobre sexualidad y matrimonio.

5. La contracepción contradice la verdad del amor conyugal» (Juan Pablo II, Discurso. 17 de septiembre de 1983).

Del libro Cormac Burke, Felicidad y entrega en el matrimonio.

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Eso es lo que opinan investigadores como Charles Hill del Whittier College en Denver: “Ya no nos basta con casarnos, formar una familia y tener hijos. Queremos alguien que nos entienda, que nos apoye, que sea romántico y aporte a la economía familiar. Queremos tener exitosas carreras y familias unidas. Hoy lo queremos todo.”

El príncipe azul y la superwoman

Renata Ortega, terapeuta de parejas, coincide: “En la actualidad se espera mucho de la relación de pareja: que empiece por amor y termine por amor; que dure toda la vida; que convivan la sexualidad masculina y femenina, a pesar de sus diferencias; que haya atracción, disfrute para los dos, pese a los gustos diferentes.”

De acuerdo con la especialista, el problema empieza cuando nuestras expectativas de una pareja ideal comienzan a derrumbarse frente a la realidad de la convivencia.

“La mujer quiere un príncipe azul, el hombre espera la superwoman que es capaz de barajar trabajo, hijos y hogar. Se exige todo de la pareja: comunicación, sexo, consuelo, apoyo, diversión. Grandes exigencias que llevan a la frustración y la angustia”, agrega Ortega.

Síntomas de que hay problemas

En su libro When loves dies. The process of marital disaffection (Cuando muere el amor: el proceso de insatisfacción matrimonial), el psicoanalista K. Kayfer señala algunos síntomas que presenta una relación “en peligro de extinción”:

• Desencanto, sufrimiento, malestar. La relación no fluye como uno esperaba y las fallas de la pareja empiezan a ser molestas. Frases como “Mi pareja no me comprende”, son un buen ejemplo.

• Resentimiento, hostilidad, indignación, amargura. Los rasgos negativos se convierten en lo más destacado de la pareja. Aquí uno o ambos miembros de la pareja empieza a cuestionarse sobre si vale la pena su relación: “¿Vale la pena todo lo que hago por él?”

• Rabia, apatía, desesperanza. Atribuimos a la pareja todos los problemas que surgen y ya se piensa en disolver la unión: “Ella es la culpable de que nunca podamos hablar”.

A esto, según Kayfer, podemos añadirle: aburrimiento, apatía sexual, falta total de entusiasmo o una profunda diferencia en los objetivos, aficiones y gustos. Estas señales de alerta pueden ser las más saltantes dentro de otras que surgirán con el paso del tiempo, lo cual no significa que entre tanto y tanto no pueda darse alguna solución.

Los inevitables altibajos

Para la psicoterapeuta española, Arantxa Cervera, la relación de pareja es como la corriente de un río. Fluida pero desigual, un proceso natural con sus altibajos y no un modelo estático. De ahí que podemos aceptar y comprender los conflictos como una forma de aprendizaje en la relación.

¿Qué se gana con este tipo de obstáculos? Según la psicoterapeuta la consolidación de una relación. Cervera explica que la pareja atravesará por más de una dificultad en el transcurso de su relación pero sólo de ellos dependerá que esas dificultades se conviertan en pequeños triunfos. Claro que es clara al recalcar que a veces el pasar sobre estos obstáculos requiere de ayuda profesional y que parte del éxito en recuperar la relación está en buscar esta ayuda a tiempo.

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