1. Introducción

Capítulo siguiente: 2 – La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida eclesial

La Sagrada Eucaristía culmina la iniciación cristiana. Los que han sido elevados a la dignidad del sacerdocio real por el Bautismo y configurados más profundamente con Cristo por la Confirmación, participan por medio de la Eucaristía con toda la comunidad en el sacrificio mismo del Señor.

“Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura” (SC 47).

La Eucaristía es “fuente y cima de toda la vida cristiana” (LG 11). “Los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua” (PO 5).

“La Eucaristía significa y realiza la comunión de vida con Dios y la unidad del Pueblo de Dios por las que la Igle sia es ella misma. En ella se encuentra a la vez la cumbre de la acción por la que, en Cristo, Dios santifica al mundo, y del culto que en el Espíritu Santo los hombres dan a Cristo y por él al Padre” (CdR, inst. “Eucharisticum mysterium” 6).

Finalmente, la celebración eucarística nos unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna cuando Dios será todo en todos (cf 1 Co 15,28).

En resumen, la Eucaristía es el compendio y la suma de nuestra fe: “Nuestra manera de pensar armoniza con la Eucaristía, y a su vez la Eucaristía confirma nuestra manera de pensar” (S. Ireneo, haer. 4, 18, 5).

La riqueza inagotable de este sacramento se expresa mediante los distintos nombres que se le da. Cada uno de estos nombres evoca alguno de sus aspectos. Se le llama:

Eucaristía porque es acción de gracias a Dios. Las palabras “eucharistein” (Lc 22,19; 1 Co 11,24) y “eulogein” (Mt 26,26; Mc 14,22) recuerdan las bendiciones judías que proclaman -sobre todo durante la comida – las obras de Dios: la creación, la redención y la santificación.

Banquete del Señor (cf 1 Co 11,20) porque se trata de la Cena que el Señor celebró con sus discípulos la víspera de su pasión y de la anticipación del banquete de bodas del Cordero (cf Ap 19,9) en la Jerusalén celestial.

Fracción del pan porque este rito, propio del banquete judío, fue utilizado por Jesús cuando bendecía y distribuía el pan como cabeza de familia (cf Mt 14,19; 15,36; Mc 8,6.19), sobre todo en la última Cena (cf Mt 26,26; 1 Co 11,24). En este gesto los discípulos lo reconocerán después de su resurrección (Lc 24,13-35), y con esta expresión los primeros cristianos designaron sus asambleas eucarísticas (cf Hch 2,42.46; 20,7.11). Con él se quiere significar que todos los que comen de este único pan, partido, que es Cristo, entran en comunión con él y forman un solo cuerpo en él (cf 1 Co 10,16-17).

Asamblea eucarística (synaxis), porque la Eucaristía es celebrada en la asamblea de los fieles, expresión visibl e de la Iglesia (cf 1 Co 11,17-34).

Memorial de la pasión y de la resurrección del Señor.

Santo Sacrificio, porque actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador e incluye la ofrenda de la Iglesia; o también santo sacrificio de la misa, “sacrificio de alabanza” (Hch 13,15; cf Sal 116, 13.17), sacrificio espiritual (cf 1 P 2,5), sacrificio puro (cf Ml 1,11) y santo, puesto que completa y supera todos los sacrificios de la Antigua Alianza.

Santa y divina Liturgia, porque toda la liturgia de la Iglesia encuentra su centro y su expresión más densa en la celebración de este sacramento; en el mismo sentido se la llama también celebración de los santos misterios. Se habla también del Santísimo Sacramento porque es el Sacramento de los Sacramentos. Con este nombre se designan las especies eucarísticas guardadas en el sagrario.

Comunión, porque por este sacramento nos unimos a Cristo que nos hace partícipes de su Cuerpo y de su Sangre para formar un solo cuerpo (cf 1 Co 10,16-17); se la llama también las cosas santas [ta hagia; sancta] (Const. Apost. 8, 13, 12; Didaché 9,5; 10,6) -es el sentido primero de la comunión de los santos de que habla el Símbolo de los Apóstoles -, pan de los ángeles, pan del cielo, medicina de inmortalidad (S. Ignacio de Ant. Eph 20,2), viático…

Santa Misa porque la liturgia en la que se realiza el misterio de salvación se termina con el envío de los fieles (missio) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana.

Los signos del pan y del vino

En el corazón de la celebración de la Eucaristía se encuentran el pan y el vino que, por las palabras de Cristo y por la invocación del Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Fiel a la orden del Señor, la Iglesia continúa haciendo, en memoria de él, hasta su retorno glorioso, lo que él hizo la víspera de su pasión: “Tomó pan…”, “tomó el cáliz lleno de vino…”. Al convertirse misteriosamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los signos del pan y del vino siguen significando también la bondad de la creación. Así, en el ofertorio, damos gracias al Creador por el pan y el vino (cf Sal 104,13-15), fruto “del trabajo del hombre”, pero antes, “fruto de la tierra” y “de la vid”, dones del Creador. La Iglesia ve en en el gesto de Melquisedec, rey y sacerdote, que “ofreció pan y vino” (Gn 14,18) una prefiguración de su propia ofrenda (cf MR, Canon Romano 95).

En la Antigua Alianza, el pan y el vino eran ofrecidos como sacrificio entre las primicias de la tierra en señal de reconocimiento al Creador. Pero reciben también una nueva significación en el contexto del Exodo: los panes ácimos que Israel come cada año en la Pascua conmemoran la salida apresurada y liberadora de Egipto. El recuerdo del maná del desierto sugerirá siempre a Israel que vive del pan de la Palabra de Dios (Dt 8,3). Finalmente, el pan de cada día es el fruto de la Tierra prometida, prenda de la fidelidad de Dios a sus promesas. El “cáliz de bendición” (1 Co 10,16), al final del banquete pascual de los judíos, añade a la alegría festiva del vino una dimensión escatológica, la de la espera mesiánica del restablecimiento de Jerusalén. Jesús instituyó su Eucaristía dando un sentido nuevo y definitivo a la bendición del pan y del cáliz.

Los milagros de la multiplicación de los panes, cuando el Señor dijo la bendición, partió y distribuyó los panes por medio de sus discípulos para alimentar la multitud, prefiguran la sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía (cf. Mt 14,13-21; 15, 32-29). El signo del agua convertida en vino en Caná (cf Jn 2,11) anuncia ya la Hora de la glorificación de Jesús. Manifiesta el cumplimiento del banquete de las bodas en el Reino del Padre, donde los fieles beberán el vino nuevo (cf Mc 14,25) convertido en Sangre de Cristo.

El primer anuncio de la Eucaristía dividió a los discípulos, igual que el anuncio de la pasión los escandalizó: “Es duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?” (Jn 6,60). La Eucaristía y la cruz son piedras de tropiezo. Es el mismo misterio, y no cesa de ser ocasión de división. “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6,67): esta pregunta del Señor, resuena a través de las edades, invitación de su amor a descubrir que sólo él tiene “palabras de vida eterna” (Jn 6,68), y que acoger en la fe el don de su Eucaristía es acogerlo a él mismo.

La institución de la Eucaristía

El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin. Sabiendo que había llegado la hora de partir de este mundo para retornar a su Padre, en el transcurso de una cena, les lavó los pies y les dio el mandamiento del amor (Jn 13,1-17). Para dejarles una prenda de este amor, para no alejarse nunca de los suyos y hacerles partícipes de su Pascua, instituyó la Eucaristía como memorial de su muerte y de su resurrección y ordenó a sus apóstoles celebrarlo hasta su retorno, “constituyéndoles entonces sacerdotes del Nuevo Testamento” (Cc. de Trento: DS 1740).

Los tres evangelios sinópticos y S. Pablo nos han tran smitido el relato de la institución de la Eucaristía; por su parte, S. Juan relata las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, palabras que preparan la institución de la Eucaristía: Cristo se designa a sí mismo como el pan de vida, bajado del cielo (cf Jn 6).

Jesús escogió el tiempo de la Pascua para realizar lo que había anunciado en Cafarnaúm: dar a sus discípulos su Cuerpo y su Sangre:

Llegó el día de los Azimos, en el que se había de inmolar el cordero de Pascua; (Jesús) envió a Pedro y a Juan, diciendo: `Id y preparadnos la Pascua para que la comamos’…fueron… y prepararon la Pascua. Llegada la hora, se puso a la mesa con los apóstoles; y les dijo: `Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios’…Y tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: `Esto es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío’. De igual modo, después de cenar, el cáliz, diciendo: `Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que va a ser derramada por vosotros’ (Lc 22,7-20; cf Mt 26,17-29; Mc 14,12-25; 1 Co 11,23-26).

Al celebrar la última Cena con sus apóstoles en el transcurso del banquete pascual, Jesús dio su sentido definitivo a la pascua judía. En efecto, el paso de Jesús a su Padre por su muerte y su resurrección, la Pascua nueva, es anticipada en la Cena y celebrada en la Eucaristía que da cumplimiento a la pascua judía y anticipa la pascua final de la Iglesia en la gloria del Reino.

“Haced esto en memoria mía”

El mandamiento de Jesús de repetir sus gestos y sus palabras “hasta que venga” (1 Co 11,26), no exige solamente acordarse de Jesús y de lo que hizo. Requiere la celebración litúrgica por los apóstoles y sus sucesores del memorial de Cristo, de su vida, de su muerte, de su resurrección y de su intercesión junto al Padre.

Desde el comienzo la Iglesia fue fiel a la orden del Señor. De la Iglesia de Jerusalén se dice: Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones…Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y con sencillez de corazón (Hch 2,42.46).

Era sobre todo “el primer día de la semana”, es decir, el domingo, el día de la resurrección de Jesús, cuando los cristianos se reunían para “partir el pan” (Hch 20,7). Desde entonces hasta nuestros días la celebración de la Eucaristía se ha perpetuado, de suerte que hoy la encontramos por todas partes en la Iglesia, con la misma estructura fundamental. Sigue siendo el centro de la vida de la Iglesia.

Así, de celebración en celebración, anunciando el misterio pascual de Jesús “hasta que venga” (1 Co 11,26), el pueblo de Dios peregrinante “camina por la senda estrecha de la cruz” (AG 1) hacia el banquete celestial, donde todos los elegidos se sentarán a la mesa del Reino.

La misa de todos los siglos

Desde el siglo II, según el testimonio de S. Justino mártir, tenemos las grandes líneas del desarrollo de la celebración eucarística. Estas han permanecido invariables hasta nuestros días a través de la diversidad de tradiciones rituales litúrgicas. He aquí lo que el santo escribe, hacia el año 155, para explicar al emperador pagano Antonino Pío (138-161) lo que hacen los cristianos:

El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo.
Se leen las memorias de los Apóstoles y los escritos de los profetas, tanto tiempo como es posible.
Cuando el lector ha terminado, el que preside toma la palabra para incitar y exhortar a la imitación de tan bellas cosas.
Luego nos levantamos todos juntos y oramos por nosotros…y por todos los demás donde quiera que estén a fin de que seamos hallados justos en nuestra vida y nuestras acciones y seamos fieles a los mandamientos para alcanzar así la salvación eterna.
Cuando termina esta oración nos besamos unos a otros.
Luego se lleva al que preside a los hermanos pan y una copa de agua y de vino mezclados.
El presidente los toma y eleva alabanza y gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo y da gracias (en griego: eucharistian) largamente porque hayamos sido juzgados dignos de estos dones.
Cuando terminan las oraciones y las acciones de gracias todo el pueblo presente pronuncia una aclamación diciendo: Amén.
Cuando el que preside ha hecho la acción de gracias y el pueblo le ha respondido, los que entre nosotros se llaman diáconos distribuyen a todos los que están presentes pan, vino y agua “eucaristizados” y los llevan a los ausentes (S. Justino, apol. 1, 65; 67).

La liturgia de la Eucaristía se desarrolla conforme a una estructura fundamental que se ha conservado a través de los siglos hasta nosotros. Comprende dos grandes momentos que forman una unidad básica:

- La reunión, la liturgia de la Palabra, con las lecturas, la homilía y la oración universal;

- la liturgia eucarística, con la presentación del pan y del vino, la acción de gracias consecratoria y la comunión.

Liturgia de la Palabra y Liturgia eucarística constituyen juntas “un solo acto de culto” (SC 56); en efecto, la mesa preparada para nosotros en la Eucaristía es a la vez la de la Palabra de Dios y la del Cuerpo del Señor (cf. DV 21).

He aquí el mismo dinamismo del banquete pascual de Jesús resucitado con sus discípulos: en el camino les explicaba las Escrituras, luego, sentándose a la mesa con ellos, “tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio” (cf Lc 24,13- 35).

El desarrollo de la celebración

Todos se reúnen. Los cristianos acuden a un mismo lugar para la asamblea eucarística. A su cabeza está Cristo mismo que es el actor principal de la Eucaristía. El es sumo sacerdote de la Nueva Alianza. El mismo es quien preside invisiblemente toda celebración eucarística. Como representante suyo, el obispo o el presbítero (actuando “in persona Christi capitis”) preside la asamblea, toma la palabra después de las lecturas, recibe las ofrendas y dice la plegaria eucarística. Todos tienen parte activa en la celebración, cada uno a su manera: los lectores, los que presentan las ofrendas, los que dan la comunión, y el pueblo entero cuyo “Amén” manifiesta su participación.

La liturgia de la Palabra comprende “los escritos de los profetas”, es decir, el Antiguo Testamento, y “las memorias de los apóstoles”, es decir sus cartas y los Evangelios; después la homilía que exhorta a acoger esta palabra como lo que es verdaderamente, Palabra de Dios (cf 1 Ts 2,13), y a ponerla en práctica; vienen luego las intercesiones por todos los hombres, según la palabra del Apóstol: “Ante todo, recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad” (1 Tm 2,1-2).

La presentación de las ofrendas (el ofertorio): entonces se lleva al altar, a veces en procesión, el pan y el vino que serán ofrecidos por el sacerdote en nombre de Cristo en el sacrificio eucarístico en el que se convertirán en su Cuerpo y en su Sangre. Es la acción misma de Cristo en la última Cena, “tomando pan y una copa”. “Sólo la Iglesia presenta esta oblación, pura, al Creador, ofreciéndole con acción de gracias lo que proviene de su creación” (S. Ireneo, haer. 4, 18, 4; cf. Ml 1,11). La presentación de las ofrendas en el altar hace suyo el gesto de Melquisedec y pone los dones del Creador en las manos de Cristo. El es quien, en su sacrificio, lleva a la perfección todos los intentos humanos de ofrecer sacrificios.

Desde el principio, junto con el pan y el vino para la Eucaristía, los cristianos presentan tambié n s u s d o n e s p a r a compartirlos con los que tienen necesidad. Esta costumbre de la colecta (cf 1 Co 16,1), siempre actual, se inspira en el ejemplo de Cristo que se hizo pobre para enriquecernos (cf 2 Co 8,9):

Los que son ricos y lo desean, cada uno según lo que se ha impuesto; lo que es recogido es entregado al que preside, y él atiende a los huérfanos y viudas, a los que la enfermedad u otra causa priva de recursos, los presos, los inmigrantes y, en una palabra, socorre a todos los que están en necesidad (S. Justino, apol. 1, 67,6).

La Anáfora: Con la plegaria eucarística, oración de acción de gracias y de consagración llegamos al corazón y a la cumbre de la celebración:

En el prefacio, la Iglesia da gracias al Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo, por todas sus obras , por la creación, la redención y la santificación. Toda la asamblea se une entonces a la alabanza incesante que la Iglesia celestial, los ángeles y todos los santos, cantan al Dios tres veces santo;

En la epíclesis, la Iglesia pide al Padre que envíe su Espíritu Santo (o el poder de su bendición (cf MR, canon romano, 90) sobre el pan y el vino, para que se conviertan por su poder, en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, y que quienes toman parte en la Eucaristía sean un solo cuerpo y un solo espíritu (algunas tradiciones litúrgicas colocan la epíclesis después de la anámnesis);

en el relato de la institución, la fuerza de las palabras y de la acción de Cristo y el poder del Espíritu Santo hacen sacramentalmente presentes bajo las especies de pan y de vino su Cuerpo y su Sangre, su sacrificio ofrecido en la cruz de una vez para siempre;

en la anámnesis que sigue, la Iglesia hace memoria de la pasión, de la resurrección y del retorno glorioso de Cristo Jesús; presenta al Padre la ofrenda de su Hijo que nos reconcilia con él;

en las intercesiones, la Iglesia expresa que la Eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia del cielo y de la tierra, de los vivos y de los difuntos, y en comunión con los pastores de la Iglesia, el Papa, el obispo de la diócesis, su presbiterio y sus diáconos y todos los obispos del mundo entero con sus iglesias.

En la comunión, precedida por la oración del Señor y de la fracción del pan, los fieles reciben “el pan del cielo” y “el cáliz de la salvación”, el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se entregó “para la vida del mundo” (Jn 6,51):

Porque este pan y este vino han sido, según la expresión antigua “eucaristizados”, “llamamos a este alimento Eucaristía y nadie puede tomar parte en él s i no cree en la verdad de lo que se enseña entre nosotros, si no ha recibido el baño para el perdón de los pecados y el nuevo nacimiento, y si no vive según los preceptos de Cristo” (S. Justino, apol. 1, 66,1-2).

“Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros” (Rm 8,34), está presente de múltiples maneras en su Iglesia (cf LG 48): en su Palabra, en la oración de su Iglesia, “allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre” (Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los presos (Mt 25,31-46), en los sacramentos de los que él es autor, en el sacrificio de la misa y en la persona del ministro. Pero, “sobre todo, (está presente) bajo las especies eucarísticas” (SC 7).

El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. Eleva la eucaristía por encima de todos los sacramentos y hace de ella “como la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos” (S. Tomás de A., s.th. 3, 73, 3). En el santísimo sacramento de la Eucaristía están “contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero” (Cc. de Trento: DS 1651). “Esta presencia se denomina `real’, no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen `reales’, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente” (MF 39).

Mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento. Los Padres de la Iglesia afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia en la eficacia de la Palabra de Cristo y de la acción del Espíritu Santo para obrar esta conversión. Así, S. Juan Crisóstomo declara que:

No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios. Esto es mi Cuerpo, dice. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas (Prod. Jud. 1,6).

Y S. Ambrosio dice respecto a esta conversión:

Estemos bien persuadidos de que esto no es lo que la naturaleza ha producido, sino lo que la bendición ha consagrado, y de que la fuerza de la bendición supera a la de la naturaleza, porque por la bendición la naturaleza misma resulta cambiada…La palabra de Cristo, que pudo hacer de la nada lo que no existía, ¿no podría cambiar las cosas existentes en lo que no eran todavía? Porque no es menos dar a las cosas su naturaleza primera que cambiársela (myst. 9,50.52).

El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: “Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación” (DS 1642).

La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas. Cristo está todo entero presente en cada una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo (cf Cc. de Trento: DS 1641).

El culto de la Eucaristía. En la liturgia de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente en señal de adoración al Señor. “La Iglesia católica ha dado y continua dando este culto de adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la misa, sino también fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión” (MF 56).

El Sagrario (tabernáculo) estaba primeramente destinado a guardar dignamente la Eucaristía para que pudiera ser llevada a los enfermos y ausentes fuera de la misa. Por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas. Por eso, el sagrario debe estar colocado en un lugar particularmente digno de la iglesia; debe estar construido de tal forma que subraye y manifieste la verdad de la presencia real de Cristo en el santo sacramento.

Es grandemente admirable que Cristo haya querido hacerse presente en su Iglesia de esta singular manera. Puesto que Cristo iba a dejar a los suyos bajo su forma visible, quiso darnos su presencia sacramental; puesto que iba a ofrecerse en la cruz por muestra salvación, quiso que tuviéramos el memorial del amor con que nos había amado “hasta el fin” (Jn 13,1), hasta el don de su vida. En efecto, en su presencia eucarística permanece misteriosamente en medio de nosotros como quien nos amó y se entregó por nosotros (cf Ga 2,20), y se queda bajo los signos que expresan y comunican este amor:

La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración. (Juan Pablo II, lit. Dominicae Cenae, 3).

“La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento, `no se conoce por los sentidos, dice S. Tomás, sino solo por la fe , la cual se apoya en la autoridad de Dios’. Por ello, comentando el texto de S. Lucas 22,19: `Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros’, S. Cirilo declara: `No te preguntes si esto es verdad, sino acoge más bien con fe las palabras del Señor, porque él, que es la Verdad, no miente” (S. Tomás de Aquino, s.th. 3,75,1, citado por Pablo VI, MF 18):

Adoro te devote, latens Deitas,
Quae sub his figuris vere latitas:
Tibi se cor meum totum subjicit,
Quia te contemplans totum deficit.

Visus, gustus, tactus in te fallitur,
Sed auditu solo tuto creditur:
Credo quidquod dixit Dei Filius:
Nil hoc Veritatis verbo verius.

(Adórote devotamente, oculta Deidad,
que bajo estas sagradas especies te ocultas verdaderamente:
A ti mi corazón totalmente se somete,
pues al contemplarte, se siente desfallecer por completo.

La vista, el tacto, el gusto, son aquí falaces;
sólo con el oído se llega a tener fe segura.
Creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios,
nada más verdadero que esta palabra de Verdad.)

La Eucaristía, sacramento de nuestra salvación realizada por Cristo en la cruz, es también un sacrificio de alabanza en acción de gracias por la obra de la creación. En el sacrificio eucarístico, toda la creación amada por Dios es presentada al Padre a través de la muerte y resurrección de Cristo. Por Cristo, la Iglesia puede ofrecer el sacrificio de alabanza en acción de gracias por todo lo que Dios ha hecho de bueno, de bello y de justo en la creación y en la humanidad.

La Eucaristía es un sacrificio de acción de gracias al Padre, una bendición por la cual la Iglesia expresa su reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo lo que ha realizado mediante la creación, la redención y la santificación. “Eucaristía” significa, ante todo, acción de gracias.

La Eucaristía es también el sacrificio de alabanza por medio del cual la Iglesia canta la gloria de Dios en nombre de toda la creación. Este sacrificio de alabanza sólo es posible a través de Cristo: él une los fieles a su persona, a su alabanza y a su intercesión, de manera que el sacrificio de alabanza al Padre es ofrecido por Cristo y con Cristo para ser aceptado en él.

La misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros.

El altar, en torno al cual la Iglesia se reúne en la celebración de la Eucaristía, representa los dos aspectos de un mismo misterio: el altar del sacrificio y la mesa del Señor, y esto, tanto más cuanto que el altar cristiano es el símbolo de Cristo mismo, presente en medio de la asamblea de sus fieles, a la vez como la víctima ofrecida por nuestra reconciliación y como alimento celestial que se nos da. “¿Qué es, en efecto, el altar de Cristo sino la imagen del Cuerpo de Cristo?”, dice S. Ambrosio (sacr. 5,7), y en otro lugar: “El altar representa el Cuerpo (de Cristo), y el Cuerpo de Cristo está sobre el altar” (sacr. 4,7). La liturgia expresa esta unidad del sacrificio y de la comunión en numerosas oraciones. Así, la Iglesia de Roma ora en su anáfora:

Te pedimos humildemente, Dios todopoderoso, que esta ofrenda sea llevada a tu presencia hasta el altar del cielo, por manos de tu ángel, para que cuantos recibimos el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, al participar aquí de este altar, seamos colmados de gracia y bendición.

“Tomad y comed todos de él”: la comunión

1384 El Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía: “En verdad en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Jn 6,53).

Para responder a esta invitación, debemos prepararnos para este momento tan grande y santo. S. Pablo exhorta a un examen de conciencia: “Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo” ( 1 Co 11,27-29). Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.

Ante la grandeza de este sacramento, el fiel sólo puede repetir humildemente y con fe ardiente las palabras del Centurión (cf Mt 8,8): “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. En la Liturgia de S. Juan Crisóstomo, los fieles oran con el mismo espíritu:

Hazme comulgar hoy en tu cena mística, oh Hijo de Dios. Porque no diré el secreto a tus enemigos ni te daré el beso de Judas. Sino que, como el buen ladrón, te digo: Acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Para prepararse convenientemente a recibir este sacramento, los fieles deben observar el ayuno prescrito por la Iglesia (cf = CIC can. 919). Por la actitud corporal (gestos, vestido) se manifiesta el respeto, la solemnidad, el gozo de ese momento en que Cristo se hace nuestro huésped.

Es conforme al sentido mismo de la Eucaristía que los fieles, con las debidas disposiciones (cf = CIC, can. 916), comulguen cuando participan en la misa (cf = CIC, can 917. Los fieles, en el mismo día, pueden recibir la Santísima Eucaristía sólo una segunda vez: Cf Pontificia Commissio Codici Iuris Canonici Authentice Interpretando, Responsa ad proposita dubia, 1: AAS 76 (1984) 746): “Se recomienda especialmente la participación más perfecta en la misa, recibiendo los fieles, después de la comunión del sacerdote, del mismo sacrificio, el cuerpo del Señor” (SC 55).

La Iglesia obliga a los fieles a participar los domingos y días de fiesta en la divina liturgia (cf OE 15) y a recibir al menos una vez al año la Eucaristía, s i es posible en tiempo pascual (cf = CIC, can. 920), preparados por el sacramento de la Reconciliación. Pero la Iglesia recomienda vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días.

Gracias a la presencia sacramental de Cristo bajo cada una de las especies, la comunión bajo la sola especie de pan ya hace que se reciba todo el fruto de gracia propio de la Eucaristía. Por razones pastorales, esta manera de comulgar se ha establecido legítimamente como la más habitual en el rito latino. “La comunión tiene una expresión más plena por razón del signo cuando se hace bajo las dos especies. Ya que en esa forma es donde más perfectamente se manifiesta el signo del banquete eucarístico” (IGMR 240). Es la forma habitual de comulgar en los ritos orientales.

La comunión acrecienta nuestra unión con Cristo. Recibir la Eucaristía en la comunión da como fruto principal la unión íntima con Cristo Jesús. En efecto, el Señor dice: “Quien come mi Carne y bebe mi Sangre habita en mí y yo en él” (Jn 6,56). La vida en Cristo encuentra su fundamento en el banquete eucarístico: “Lo mismo que me ha enviado el Padre, que vive, y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí” (Jn 6,57):

Cuando en las fiestas del Señor los fieles reciben el Cuerpo del Hijo, proclaman unos a otros la Buena Nueva de que se dan las arras de la vida, como cuando el ángel dijo a María de Magdala: “¡Cristo ha resucitado!” He aquí que ahora también la vida y la resurrección son comunicadas a quien recibe a Cristo (Fanqîth, Oficio siriaco de Antioquía, vol. I, Commun, 237 a-b).

Lo que el alimento material produce en nuestra vida corporal, la comunión lo realiza de manera admirable en nuestra vida espiritual. La comunión con la Carne de Cristo resucitado, vivificada por el Espíritu Santo y vivificante (PO 5), conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo. Este crecimiento de la vida cristiana necesita ser alimentado por la comunión eucarística, pan de nuestra peregrinación, hasta el momento de la muerte, cuando nos sea dada como viático.

La comunión nos separa del pecado. El Cuerpo de Cristo que recibimos en la comunión es “entregado por nosotros”, y la Sangre que bebemos es “derramada por muchos para el perdón de los pecados”. Por eso la Eucaristía no puede unirnos a Cristo sin purificarnos al mismo tiempo de los pecados cometidos y preservarnos de futuros pecados:

“Cada vez que lo recibimos, anunciamos la muerte del Señor” (1 Co 11,26). Si anunciamos la muerte del Señor, anunciamos también el perdón de los pecados . Si cada vez que su Sangre es derramada, lo es para el perdón de los pecados, debo recibirle siempre, para que siempre me perdone los pecados. Yo que peco siempre, debo tener siempre un remedio (S. Ambrosio, sacr. 4, 28).

Como el alimento corporal sirve para restaurar la pérdida de fuerzas, la Eucaristía fortalece la caridad que, en la vida cotidiana, tiende a debilitarse; y esta caridad vivificada borra los pecados veniales (cf Cc. de Trento: DS 1638). Dándose a nosotros, Cristo reaviva nuestro amor y nos hace capaces de romper los lazos desordenados con las criaturas y de arraigarnos en él:

Porque Cristo murió por nuestro amor, cuando hacemos conmemoración de su muerte en nuestro sacrificio, pedimos que venga el Espíritu Santo y nos comunique el amor; suplicamos fervorosamente que aquel mismo amor que impulsó a Cristo a dejarse crucificar por nosotros sea infundido por el Espíritu Santo en nuestro propios corazones, con objeto de que consideremos al mundo como crucificado para nosotros, y sepamos vivir crucificados para el mundo…y, llenos de caridad, muertos para el pecado vivamos para Dios (S. Fulgencio de Ruspe, Fab. 28,16-19).

Por la misma caridad que enciende en nosotros, la Eucaristía nos preserva de futuros pecados mortales. Cuanto más participamos en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad, tanto más difícil se nos hará romper con él por el pecado mortal. La Eucaristía no está ordenada al perdón de los pecados mortales. Esto es propio del sacramento de la Reconciliación. Lo propio de la Eucaristía es ser el sacramento de los que están en plena comunión con la Iglesia.

La unidad del Cuerpo místico: La Eucaristía hace la Iglesia. Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada ya por el Bautismo. En el Bautismo fuimos llamados a no formar más que un solo cuerpo (cf 1 Co 12,13). La Eucaristía realiza esta llamada: “El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? y el pan que partimos ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan” (1 Co 10,16-17):

Si vosotros mismos sois Cuerpo y miembros de Cristo, sois el sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor, y recibís este sacramento vuestro. Respondéis “Amén” (es decir, “sí”, “es verdad”) a lo que recibís, con lo que, respondiendo, lo reafirmáis. Oyes decir “el Cuerpo de Cristo”, y respondes “amén”. Por lo tanto, se tú verdadero miembro de Cristo para que tu “amén” sea también verdadero (S. Agustín, serm. 272).

La Eucaristía entraña un compromiso en favor de los pobres: Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos (cf Mt 25,40):

Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano. Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aún así, no te has hecho más misericordioso (S. Juan Crisóstomo, hom. in 1 Co 27,4).

La Eucaristía y la unidad de los cristianos. Ante la grandeza de esta misterio, S. Agustín exclama: “O sacramentum pietatis! O signum unitatis! O vinculum caritatis!” (“¡Oh sacramento de piedad, oh signo de unidad, oh vínculo de caridad!”, Ev. Jo. 26,13; cf SC 47). Cuanto más dolorosamente se hacen sentir las divisiones de la Iglesia que rompen la participación común en la mesa del Señor, tanto más apremiantes son las oraciones al Señor para que lleguen los días de la unidad completa de todos los que creen en él.

Las Iglesias orientales que no están en plena comunión con la Iglesia católica celebran la Eucaristía con gran amor. “Mas como estas Iglesias, aunque separadas, tienen verdaderos sacramentos, y sobre todo, en virtud de la sucesión apostólica, el sacerdocio y la Eucaristía, con los que se unen aún más con nosotros con vínculo estrechísimo” (UR 15). Una cierta comunión in sacris, por tanto, en la Eucaristía, “no solamente es posible, sino que se aconseja…en circunstancias oportunas y aprobándolo la autoridad eclesiástica” (UR 15, cf = CIC can. 844,3).

Las comunidades eclesiales nacidas de la Reforma, separadas de la Iglesia católica, “sobre todo por defecto del sacramento del orden, no han conservado la sustancia genuina e íntegra del Misterio eucarístico” (UR 22). Por esto, para la Iglesia católica, la intercomunión eucarística con estas comunidades no es posible. Sin embargo, estas comunidades eclesiales “al conmemorar en la Santa Cena la muerte y la resurrección del Señor, profesan que en la comunión de Cristo se significa la vida, y esperan su venida gloriosa” (UR 22).

Si, a juicio del ordinario, se presenta una necesidad grave, los ministros católicos pueden administrar los sacramentos (eucaristía, penitencia, unción de los enfermos) a cristianos que no están en plena comunión con la Iglesia católica, pero que piden estos sacramentos con deseo y rectitud: en tal caso se precisa que profesen la fe católica respecto a estos sacramentos y estén bien dispuestos (cf = CIC, can. 844,4).

En una antigua oración, la Iglesia aclama el misterio de la Eucaristía: “O sacrum convivium in quo Christus sumitur . Recolitur memoria passionis eius; mens impletur gratia et futurae gloriae nobis pignus datur” (“¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se nos da la prenda de la gloria futura!”). Si la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor y s i por nuestra comunión en el altar somos colmados “de toda bendición celestial y gracia” (MR, Canon Romano 96: “Supplices te rogamus”), la Eucaristía es también la anticipación de la gloria celestial.

En la última cena, el Señor mismo atrajo la atención de sus discípulos hacia el cumplimiento de la Pascua en el reino de Dios: “Y os digo que desde ahora no beberé de este fruto de la vid hasta el día en que lo beba con vosotros, de nuevo, en el Reino de mi Padre” (Mt 26,29; cf. Lc 22,18; Mc 14,25). Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía recuerda esta promesa y su mirada se dirige hacia “el que viene” (Ap 1,4). En su oración, implora su venida: “Maran atha” (1 Co 16,22), “Ven, Señor Jesús” (Ap 22,20), “que tu gracia venga y que este mundo pase” (Didaché 10,6).

La Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor viene en su Eucaristía y que está ahí en medio de nosotros. Sin embargo, esta presencia está velada. Por eso celebramos la Eucaristía “expectantes beatam spem et adventum Salvatoris nostri Jesu Christi” (“Mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo”, Embolismo después del Padre Nuestro; cf Tt 2,13), pidiendo entrar “en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro” (MR, Plegaria Eucarística 3, 128: oración por los difuntos).

De esta gran esperanza, la de los cielos nuevos y la tierra nueva en los que habitará la justicia (cf 2 P 3,13), no tenemos prenda más segura, signo más manifiesto que la Eucaristía. En efecto, cada vez que se celebra este misterio, “se realiza la obra de nuestra redención” (LG 3) y “partimos un mismo pan que es remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre” (S. Ignacio de Antioquía, Eph 20,2).

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En nuestros días cuando uno se pone a leer la Biblia, una inquietud que se plantea es sobre el numero de los libros que contiene: unas Biblias ( las católicas) tienen 73 libros, otras (protestantes) tienen solo 66. ¿Por qué esta diferencia en los libros? ¿Se quitaron o se añadieron libros? ¿qué explicación hay para esta cuestión? Hagamos un poco de historia para poder contestar.

1.- Durante siglos, el pueblo judío vio nacer lentamente sus textos sagrados. Primero tradiciones orales que se contaban de una generación a otra, luego se pusieron por escrito, hasta que llegaron a formarse los libros santos. Llamaron así a los libros que eran inspirados por Dios y que les servían de meditación y oración. Estos libros se leyeron en las reuniones de la comunidad (sinagogas), y en la familia. Eran muy importantes por que en ellos se contenía la fe de los padres.

Este pueblo hablaba el hebreo, era su lengua materna, aunque con el tiempo, por motivos de conquista, hablaron arameo. Sus libros fueron compuestos en esta lengua, la que predomino en la composición de los libros fue la hebrea. El texto resultante se le conoce como texto hebreo o palestinense del A. T. Por ser el que se leía en la región de Palestina. Podemos decir que estaba formado por los 39 libros actuales del canon hebreo.

2.- Pero el pueblo judío se había extendido en las naciones extranjeras, que para el siglo II a. C. Hablaban el griego, ya que los griegos eran la potencia mundial del entonces. Estos judíos que no hablaban hebreo sintieron la necesidad de tener el texto sagrado en su lengua común: el griego. Fue entonces que se hizo una traducción de la Biblia en hebreo al griego, al principio parece que lo que mas les interesaba era la ley Torah, que consistía en los cinco primeros libros (Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio), los escribió Moisés por orden divina. Después les intereso traducir el resto de los libros. Estos judíos que vivían en el extranjero (diáspora) tenían una serie de libros mas amplia que los judíos de Palestina. A este conjunto se le conoce como versión de los LXX. Sin embargo, no había problemas por ello.

Inclusive, parece que los judíos de Palestina conocían también esos libros y eran leídos en algunos lugares como edificantes. Los libros concretamente a los que nos referimos son: Judit, Baruc, Tobías, 1-2 Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico. Había otros más que por lo pronto no mencionamos, pues no fueron considerados dentro de los libros sagrados.

3.- Durante el siglo I d. C. surge el cristianismo, que ahora entiende los textos del A. T. a la luz del gran acontecimiento que le dio en Cristo. La forma como estos cristianos entendían los libros santos provoco una reacción muy dura de parte de los judíos. Estos empezaron por expulsarlos de las sinagogas (Jn 15, 18-21), y sacrificaban (He 7, 5 7-60). Proscribieron todo lo que tenia que ver con los cristianos: como el cristianismo se desarrollo en ambientes de lengua griega, utilizando la lengua griega (versión de los LXX) para predicar, se prohibió estas Biblia con todos los libros que contenía, ya que <> la interpretación del A. T. que hacían los cristianos. Es en este momento (fines del S. I. d. C;) principios del II aproximadamente) cuando los judíos definen que los únicos libros sagrados son los 39 que ellos reconocen, rechazando lo que fuera en contra de ello. A esto se le llama <>(lista de los libros)

4.- Durantes los siguientes siglos en la Iglesia Cristiana se continuo leyendo la Biblia de un modo abierto en cuanto al numero de libros. Algunos siguieron la costumbre de solo citar los 39 libros de los judíos, dado que en las polémicas contra ellos era inútil argumentar con los libros que no aceptaban. San Jerónimo, por ejemplo, fue partidario de la llamada (Verdad de los hebreos). Así las cosas, se fueron clarificando por algunos concilios (Hipona y Cartago III, por ejemplo) y declaraciones, como el uso en las celebraciones cristianas (liturgia) el numero de 46 libros del A. T. hasta que el s. XVI d. C., ante el movimiento luterano, el Concilio de Trento (1546) declaro que el Canon (lista) de los libros del A. T. era de 45, se considera así por que Lamentaciones va con Jeremías. En esta época Lucero proponía volver a (la verdad hebraica) y por tanto a la lista de 39 libros, afirmando que los 7 restantes no eran inspirados. Desde entonces la postura de los católicos frente a los libros sagrados es distinta a la de los protestantes.

Con el tiempo algunas iglesias protestantes lo han puesto al final de la Biblia como un apéndice, aceptándolos como libros edificantes. De todo esto podemos decir lo siguiente:

a) Si estos libros fueron leídos en amplios sectores de la comunidad judía (los de la diáspora, los de Qumran, entre otros) junto a los otros libros sagrados, y después se ha hecho lo mismo desde el cristianismo naciente hasta la definición solemne del concilio del Trento, no hay motivo para dudar de su canonicidad

b) Otro punto que nos puede ayudar a confiar la canonicidad de estos 7 libros es el hecho de que el N. T., que se escribió en griego, además de reportar citas del A. T. tomadas de la Biblia griega (versión de los LXX) tiene ciertas citas indirectas de los libros en cuestión, por ejemplo pueden compararse St, 19 con Si 5, 11; 1P 1, 6-7 con Sb 3, 5.7; HB 11, 34s con 2 M 6, 18-7, 42; HB 1, 3 con Sb 7, 26; MT 27, 43 con Sb 2, 18; Jn 15, 1 con Sir 24, 23; Rm 1, 19-32 con Sb 12, 24-13, 9, todos ellos hablan del valor de estos libros

c) El que los judíos hacia finales del S. I d. C. principios del II d. C. hayan fijado su lista de libros como reacción, en parte, a la herejía no es definitiva para los cristianos, al contrario, desde el punto de vista cristiano es la iglesia la que fijo dicha lista..

Finalmente, hemos de decir que a estos 7 libros se les ha dado el nombre de Deuterocanonicos. Conviene aclarar la terminología:

Católicos

Protestantes
+ Protocanonocos

+Deuterocaninicos

+ Apócrifos
39 libros de los judíos

7 libros de la versión giega

No inspirados
+Canónicos

+Apócrifos

+ Pseudoepigrafos

Aunque la nomenclatura pronto Deuterocanónico no es la mas feliz, la utilizamos aquí para no crear confusión.

Como se puede ver el problema de los libros se refiere mas a los del Antiguo testamento. No se trata de que la iglesia aumento libros. Reconoce los que mucho tiempo se han leído como palabra de Dios. De manera que los 46 libros del A. T. mas los 27 del N. T. nos dan el total de 73.

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1-¿Qué es la verdad?
Jesucristo es la verdad El es el camino, la verdad y la vida! Jesús mismo nos lo dice: “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.” (Juan 18, 37-38).

Jesucristo es Dios que por amor a nosotros – por amor a todos – se hizo hombre, para sacarnos del error, perdonarnos y darnos participación en la vida divina para siempre. Pero hay que escucharle y abrir el corazón para que El entre.

El gobernador romano, Pilato, tuvo a Jesús delante pero no quiso entender. Estaba atado a sus intereses. ¿De que le valieron si no encontró la vida eterna? ¿Y tu?
Tienes ante ti las verdades que Cristo enseña por medio de su Iglesia. Al conocerlas y vivirlas serás de Cristo y tendrás la felicidad y la salvación (Lc 10, 16). ¿Abrirás tu corazón a la verdad o te lavarás las manos como Pilato?

2-¿Quién es Dios?
Dios es: El Ser supremo. Es el Creador y dueño de todo. Todo lo sabe y lo puede.

*Es Trinidad: un Dios y tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

*Es misterio, pero se da a conocer: ¡Es nuestro Padre!. Infinitamente bueno, perfecto, poderoso, sabio y eterno… No cambia. Dios es amor. ¡Dios te ama!

3-La vida humana es sagrada porque:
Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios.

Dios se hizo hombre para que el hombre pueda participar de la vida de Dios.

Dios es el único dueño de la vida. Dios dijo: “no matarás”. El aborto y la eutanasia matan y aunque el estado los legalice siguen siendo un crimen ante Dios. Toda ley humana debe someterse a las leyes divinas.
Lee la Biblia: Génesis 1, 25-30; Juan 1, 9-14.

4- El propósito de nuestra vida:
Dios nos creó para conocerle, amarle y servirle. Solo así seremos felices.

5- ¿Cómo quiere Dios que le amemos?:
Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y ama a tu prójimo como a ti mismo.

Lee en la Biblia: Lucas 10, 25-27.
Reflexiona: ¿En qué pones tu mayor atención?

6- ¿Cómo podemos conocer y servir a Dios?
Viviendo como fieles hijos de la Iglesia que Cristo fundó. En ella el Espíritu Santo nos guía y alimenta. Por eso debemos conocer y amar sus enseñanzas.

7- ¿Qué libros nos revelan la vida y enseñanzas de Jesús?:
La vida y enseñanzas de Jesús fueron transmitidas por los Apóstoles por medio de dos vías:

a) Por la Tradición que recoge el mensaje comunicado primero oralmente.

b) Por las Escrituras procedentes de los Apóstoles que componen los libros del Nuevo Testamento, en especial en los cuatro Evangelios los cuales fueron escritos por Mateo, Marcos, Lucas y Juan. (“Evangelio” significa “buena noticia” porque Jesús ES la Buena Noticia).
Estamos llamados a vivir el Evangelio con el poder del Espíritu Santo. Así hicieron los santos. Todos estamos llamados por Dios a ser santos.

8-¿Qué es la Biblia?:
La palabra “Biblia” viene del griego y significa “libros”. Es el conjunto de Libros Sagrados llamados también “Sagradas Escrituras” que contienen la Palabra Viva de Dios. Contiene la “Historia de Salvación” (como Dios nos salva). Nos revela las verdades necesarias para conocerle, amarle y servirle. Se divide en dos partes: Antiguo Testamento (antes de Cristo) y Nuevo Testamento (plenitud de la promesa en Cristo).

Cómo buscar un pasaje en la Biblia: La Biblia se divide en libros, capítulos y versículos.
Ejemplo: “Juan 3, 16″ es: el Evangelio de Juan, capítulo 3, versículo 16.
Puedes encontrar el libro en el índice.

9-Si tengo la Biblia, ¿para qué necesito la Iglesia?
Necesitamos también a la Iglesia porque:
La Iglesia es el Cuerpo de Cristo, instituido por el mismo Jesucristo para salvarnos. Dios quiere que seamos una familia con Jesús como cabeza. En la Iglesia recibimos todas las gracias de Jesús necesarias para la santidad y salvación. No podemos guiarnos solos: “Ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia” (2 Pedro 1, 20). La Iglesia, como madre y maestra, es la auténtica intérprete y formadora a través de sus pastores. Aceptar y vivir esta verdad requiere humildad. Lee en la Biblia: Hechos 2, 42; 2 Timoteo 4, 1-5.

10 -El pueblo escogido por Dios para preparar el camino a Jesucristo:
Dios preparó el camino por medio de Israel, el pueblo Judío. Su historia está relatada en el Antiguo Testamento. Dios habló por medio de Abraham (nuestro padre de la fe); Moisés (quien sacó a los judíos de la esclavitud de Egipto y los condujo por el desierto 40 años hacia la tierra prometida); mas tarde Dios envío a los profetas (Isaías, Ezequiel, Jeremías y otros). Israel tuvo reyes como Saúl, David y Salomón. Jesucristo es descendiente de David.
Lee en la Biblia: Deuteronomio 7, 6; Hebreos 1, 1-2.

11 -¿Qué es Pecar?
Pecar es ofender a Dios. Desobedecerle.
Adán y Eva cayeron en la tentación de Satanás y libremente desobedecieron a Dios. Hoy el pecado rige la mentalidad del mundo y muchos van a la ruina total (el infierno). Pecar es separarse del camino de Jesús y de su Iglesia.
Pero Dios envía su Espíritu a sus hijos para que se arrepientan, acepten a Jesucristo y vivan una vida nueva en EL.
Lee en la Biblia: Mateo 17, 17; Romanos 3, 9-12.

12 -¿Cuál es el resultado del pecado?
El pecado nos causa ceguera espiritual.
Solo vemos las cosas materiales sin entender su propósito en el plan de Dios. No sabemos lo que es el amor de Dios. Nos creemos buenos, cuando en realidad somos egoístas. Vivimos dominados por el mundo, el demonio y la carne. El pecado separa, hace sufrir, finalmente lleva al infierno (separación eterna de Dios y terrible tormento). Todos somos pecadores. Jesús quiere perdonarnos y darnos a conocer su amor.
Lee en la Biblia: Juan 8, 34.

13 -¿Cómo nos salvó Jesucristo de nuestros pecados?
Jesucristo nos salvó amando y obedeciendo al Padre en todo.
Su compromiso lo llevó a entregar su vida por amor: Sufrió y murió en la Cruz por nuestros pecados.
Lee en la Biblia : Mateo 26, 42.

14 -”¡Pero yo no hago mal a nadie y rezo en mi casa!”
¡Quien se crea inocente de culpa esta ciego!
El error es que nos medimos por las normas del mundo. No te midas por los demás. Jesucristo es la medida a la que debemos crecer. Y todos estamos cortos. Al mirarlo a EL vemos cuánto pecado hay en nosotros. ¡Arrepiéntete antes de que sea tarde!.
Lee en la Biblia: Juan 8, 7 & 15, 22.

15 -¡Yo creo en Dios pero no soy fanático!
Con el pretexto de no ser fanáticos muchos están evadiendo las exigencias del Evangelio. No son fanáticos pero son mediocres.

No se deben confundir los excesos de los fanáticos con la entrega total que Dios nos pide.
Dios exige una entrega total. Dios es misericordioso pero también es Justo. Quien no se atiene a su perdón y se arrepiente, se perderá para siempre.
“Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no de buen fruto será cortado y arrojado al fuego (Mateo 3, 10).

Dice Jesús: “he venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡Cuánto desearía que ya estuviera encendido!” (Lucas 12, 49).

16-¿Qué nos revela la Cruz?
La Cruz revela:

· Cuán malo es pecar, ya que requiere tal remedio.

· Cuánto nos ama Dios, ya que sufrió y murió por nosotros.

· El poder y la victoria de Dios sobre el mal.

· La Cruz es el único camino para seguir a Cristo.

17 -Al tercer día de su muerte, Jesucristo !Resucitó!
Venció a la muerte y se presentó a las mujeres y a sus discípulos con su cuerpo glorioso. Ahora vive y reina para siempre. Un verdadero Cristiano le conoce y participa YA de su vida manteniéndose fiel al bautismo recibido.
Lee en la Biblia: Juan 20, 11-18, 1 Juan 2, 1-2.
Hechos 10, 40-43.

18 -Cincuenta días después de la Resurrección ocurrió ¡Pentecostés!:
Dios envió el Espíritu Santo sobre sus discípulos que oraban con María en el Cenáculo. Así recibieron los frutos del sacrificio de Jesús en la cruz. Se llenaron del Espíritu Santo y así recibieron entendimiento profundo de las verdades sobrenaturales. Comprendieron quien es Jesús, sus obras y sus palabras. Se llenaron de poder para renunciar a su cobardía y sus pecados y vivir una vida nueva. Aquel día comenzaron a anunciar a Jesucristo y comenzó la Iglesia. En los Hechos de los Apóstoles (en la Biblia) puedes leer la historia del comienzo de la Iglesia por el poder del Espíritu Santo.
Lee en la Biblia : Hechos 2,1-6

19 -El Espíritu Santo es Dios, el Señor y dador de vida que viene para cumplir la promesa de Jesús:
Nos hace hijos de Dios, partícipes de la vida de Cristo, capaces de pensar, actuar, rezar y amar como Cristo. Nos da su poder y sus dones para una vida nueva. El Espíritu hizo nacer a la Iglesia y le sigue dando vida.
Lee en la Biblia : 1 Pedro, 2, 4-10.

20 -¿Qué es la Iglesia?
La Iglesia es el Cuerpo Místico de Jesucristo (la cabeza) con sus fieles (sus miembros).A pesar de las faltas de sus miembros la Iglesia es Santa (porque participa de la vida de Dios), es católica (que significa “universal”) y apostólica (porque sus pastores son sucesores de Pedro [su sucesor es el Papa] y los apóstoles [los obispos]). Dios quiso que viviéramos como un pueblo en alianza de amor con El. El es el pastor y nosotros, como Iglesia, somos su rebaño.
Lee en la Biblia: Efesios 4, 3-5; Mateo 16,3-20;
Hechos 20, 28; Lucas 10, 16.

21- Pero yo no veo amor en mi Iglesia
Si no ves amor en tu Iglesia entonces imita a Jesús que tomó a la Iglesia como esposa y murió por ella (Efesios 5). Nos amó aun siendo nosotros pecadores. Vino a perdonar.
El no la abandonó. El vino a servir y no a ser servido. Tu ama y perdona primero. “Mayor felicidad hay en dar que en recibir” (Hechos 20, 35). No debemos esperar encontrarlo ya todo hecho en la Iglesia. No nos podemos desanimar. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo y El te alimentará en Ella si perseveras. A pesar del pecado de los hombres, Jesús sigue presente en los sacramentos, en la guía del magisterio, en el ejemplo de los santos, en la oración comunitaria…
Lee en la Biblia lo que Cristo prometió a su Iglesia: Mateo 16:18 “Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.”

22 -¿No somos libres para escoger la religión que nos guste?
Si, somos libres, pero también somos responsables de usar la libertad para buscar la verdad y hacer el bien.
Solo un camino lleva a la salvación. Jesús dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mi”(Juan.14, 6). Solo hay una Iglesia fundada por El. Dice Jesús a Pedro “A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”. (Mateo 16,19).

23 -¿Por qué rezar a los santos?
Jesús es el único Camino; los santos son los que viven en ese Camino que es Cristo, ya sea en la tierra o en el cielo.
Los santos interceden, nos “tienen presente ante nuestro Dios”(Tes 1, 2-3). Dios quiere esta unidad de oración y amor.
Lee en la Biblia: Colosenses 1, 2; Ap.5, 8-14.

24 -¿Qué hacemos en la Santa Misa?
En la Santa misa, como en la Última Cena, La Iglesia recibe la Palabra de Dios, se une al sacrificio de Jesús y recibe a Jesús mismo en la Eucaristía, también llamada “Comunión”.Lee en la Biblia : Lucas 22, 14-20

25 -¡Pero yo amo a Dios sin tener que ir a la Iglesia!
Quizás pienses que eres bueno y rezas en tu casa. Es esencial orar en la casa pero no es suficiente.
Jesucristo estableció una alianza con nosotros a la que debemos ser fieles. El nos enseñó una forma de vida con compromisos que no podemos olvidar. Ser Iglesia es parte esencial del designio divino. El es Padre de un pueblo y quiere a sus hijos unidos, formando el Cuerpo de Cristo. En los Hechos de los Apóstoles vemos que los primeros Cristianos vivían unidos en la Iglesia.
La obediencia a Dios nos exige incorporarnos a la Iglesia. Quien dice amar a Dios y no le obedece es un mentiroso.
Lee en la Biblia: 1 Juan 5, 2.

26 -Yo NO cumplo con todo pero siento a Dios en mi corazón
Esa es la mentalidad del mundo que se guía por los sentimientos egoístas.
Los Cristianos también tienen sentimientos pero los someten a Dios. No se dejan llevar por el sentimiento del momento; OBEDECEN aunque a veces no lo sientan. Ningún amor puede basarse meramente en sentimientos. Dice Jesús: “no todo el que diga `Señor, Señor’, entrará en el Reino” (Mateo 7, 21).

27 -¿Quién es la madre de Jesucristo?
La Virgen María.

· La Stma. Virgen María es también madre nuestra y nos lleva a Jesús.

· Dios la preservó libre de todo pecado desde su concepción. Por eso es La Inmaculada Concepción. Como toda criatura, ella depende de la redención de Jesucristo pero esta redención operó en ella preservándola de pecado.

· La Virgen es Madre siendo a la vez siempre virgen.

· Ella está ahora en el cielo en cuerpo y alma porque fue asumida al cielo.
Lee en la Biblia: Lucas 1, 26-38

28 -¿Por qué decimos que María es “Madre de Dios”?
Porque es Madre de Jesús quien es Dios y Hombre.
Si negáramos su maternidad divina entonces también negaríamos que Jesucristo, su hijo, es Dios.
Lee en la Biblia: Lucas 1, 39-45

29 -¿Hay muchas Vírgenes María?
Solo hay una. Pero es conocida por muchos nombres en los diferentes pueblos: Virgen de la Caridad, de Regla, Inmaculada, Guadalupe, Merced, Altagracia, etc. Es la misma y única Virgen María, Madre de Dios. y madre nuestra.

30 -¿Vendrá Jesucristo de nuevo?
Sí. Ya esta con nosotros en la Eucaristía, en la oración pero vendrá lleno de gloria y poder para clausurar la historia y juzgar a vivos y muertos.
Los buenos irán al cielo (felicidad eterna con Dios); los malos al infierno (castigo eterno).
Lee en la Biblia: Mateo 25, 31-46 Ap. 22, 12-14.

31 -No pude casarme por la Iglesia pero me casé por el poder civil.
El matrimonio ha de consagrarse como sacramento.
Dios ha de ser el primero en nuestras vidas. Si no puedes casarte según el orden santo de Dios, es señal de que no está en su voluntad para ti. El Padre infinitamente bueno, quiere solo nuestro bien. Los Católicos que viven como casados fuera del sacramento no podrán comulgar ni confesarse.
Si estas casado sin el sacramento consulta con un sacerdote. Quizás sea posible resolver los obstáculos y casarte por la Iglesia. (Cuando una pareja casada por civilmente se casa por la Iglesia se llama “convalidación” del matrimonio).
Nunca olvides que el amor de Dios es infinito, persevera a pesar de las dificultades.
Lee en la Biblia: Mateo 5, 27-32

32 -¿Los divorciados pueden comulgar?
Antes de responder “si” o “no” hay que explicar. Al divorciado no se le prohíbe la comunión mientras no atente casarse de nuevo fuera de la Iglesia. Al divorciado le aplica la misma prohibición que a todos: No se puede comulgar en pecado mortal. La Iglesia enseña que es pecado mortal tener relaciones fuera del matrimonio y que un católico que ha entrado en el sacramento matrimonial no puede volverse a casar (a no ser que el primer matrimonio sea considerado nulo por la Iglesia).
Toda persona que comete pecado mortal debe confesarse antes de recibir la comunión. Pero la confesión requiere renuncia al pecado.
El divorciado puede comulgar mientras esté en gracia, guardando castidad (no conviviendo con alguien).

33 -¿Por qué confesarme con un hombre? – “Yo me confieso directo con Dios”
Jesús estableció un sacramento para comunicarnos su perdón.
El dijo a sus Apóstoles: “Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan” (Juan 20, 23). Este poder continúa en los obispos y sacerdotes. Ellos no perdonan en nombre propio sino en nombre de Jesucristo.
“Confesarse directo con Dios” contradice la enseñanza de Cristo. Quien lo haga por ignorancia no tiene culpa, pero usted ya queda advertido. No desprecies a la misericordia que te espera en el confesionario

Piensa: ¿Cuándo fue la última vez que te confesaste?
RECUERDA:
El hombre pecó y se perdió.
Dios envió a Su Hijo Jesús para salvarnos
y darnos una vida llena del Espíritu Santo.
Sin nuestra respuesta fiel a Jesús no tendremos parte en el cielo.
Dios nos da la Iglesia como madre y maestra, con todos los medios necesarios para nuestra salvación. Dios es amor.
PARA RECIBIR LA SALVACIÓN Y VIDA NUEVA:
Acepta el amor y la autoridad de Jesucristo tu Señor y Salvador.
El nos habla en Su Iglesia.
Obedece su doctrina y su moral en todas las áreas de tu vida.. en cada acto. Únete a tus hermanos en tu parroquia.
Persevera en la pruebas por amor a Jesucristo.
Arrepiéntete de tus pecados y confiésate ante un sacerdote.
Ve a Misa cada Domingo como lo pide Jesús en su Iglesia.
Reza a solas y en familia a diario con la Biblia y el rosario.
Sirve a tu Iglesia y a tus hermanos
¡Vive para darte por amor a Jesucristo!

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