“Yo He aprendido…”

He aprendido que no puedo hacer que alguien me ame. Lo que si puedo es dejarme amar. El resto depende de ellos. Que sin importar cuanto me preocupe por alguien, algunas personas simplemente no se preocupan igual por mi.

He aprendido que toma años construir la confianza, y solo segundos para destruirla.

He aprendido que lo más valioso no es lo que tengo en mi vida sino a quien tengo en mi vida lo que cuenta.

He aprendido que puedo arreglármelas con encantos por quince minutos. Después de eso, es mejor que sepa algo.

He aprendido que no es bueno compararme a mi mismo con los demás. Pues siempre habrá alguien mejor o peor que yo.

He aprendido que Rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita.

He aprendido que no importa lo que me pase, sino cómo soy capaz de manejarlo.

He aprendido que no importa que tan delgado rebane un pan, este siempre tendrá dos lados.

He aprendido que es mucho más fácil para mi reaccionar que pensar. Y que si pensara antes de reaccionar muchos incidentes penosos se evitarían.

He aprendido que siempre debo dejar a los que amo con palabras de amor. Puede ser la última vez que los vea.

He aprendido que puedo soportar mucho más de lo que pensaba que podría. Nunca seré probado más allá de mis propias fuerzas.

He aprendido que soy responsable de lo que hago, sin importar como me siento.

He aprendido que yo controlo mi actitud, no mi actitud me controla a mi.

He aprendido sin importar que tan caliente y apasionada es una relación al inicio,
la pasión se apagará a veces y será mejor que exista algo mas que pueda llenar su lugar.

He aprendido que los heroes son gente que hacen lo que se tienen que hacer cuando era necesario que se haga, sin importar las consecuencias.

He aprendido que bastan unos pocos segundos para producir heridas profundas en las personas que amamos; y que pueden tardar muchos años en ser sanadas.

He aprendido que el perdonar se aprende practicando.

He aprendido que hay gente que me quiere mucho pero que simplemente no sabe como demostrarlo.

He aprendido que el dinero lo compra todo, menos la felicidad.

He aprendido que mi mejor amigo y yo podemos hacer algo o nada y pasar el mayor tiempo juntos.

He aprendido que a veces la gente de la que menos esperaba, fue la que me ayudó a levantar cuando más lo necesitaba.

He aprendido que a veces cuando estoy molesto tengo derecho de estarlo, pero eso no me da derecho de complicarles el día a los que me rodean.

He aprendido que la verdadera amistad continúa creciendo a pesar de grandes distancias,
al igual que el verdadero amor.

He aprendido que solo porque alguien no me quiere de la manera en que yo lo quiero,
no significa que no me quiera con todo lo que tenga.

He aprendido que la madurez tiene más que ver con qué tipo de experiencias que he tenido y qué he aprendido de ellas, que con cuantos cumpleaños he celebrado.

He aprendido que nunca debo decirle a un amigo que sus sueños son imposibles o descabellados. Sino que mientras más grandes sean sus sueños, mas estímulos necesitará para alcanzarlos.

He aprendido que los grandes sueños no requieren de grandes alas, sino de tren de aterrizaje para lograrlos.

He aprendido que mi familia siempre estará ahí para mi. Gente que lleva mi sangre,
me ama y se preocupa más por mi y me enseña a confiar otra vez en la gente.

He aprendido que amigos de verdad son escazos, quien ha encontrado uno de ellos, ha encontrado un verdadero tesoro.

He aprendido que no importa que tan bueno es un amigo, éste me va a fallar de vez en cuando y que yo puedo perdonarlo por eso.

He aprendido que no siempre es suficiente ser perdonado por otros. Algunas veces, debo perdonarme a mi mismo.

He aprendido que no importa que tan roto esté mi corazón; el mundo no parará por mi dolor.

He aprendido que mi entorno y las circunstancias pueden haber influenciado para determinar quien soy yo, pero yo soy responsable de quien seré.

He aprendido que los problemas grandes, no hay que eludirlos mientras más rápido los enfrente, más paz encontraré.

He aprendido que algunas veces cuando mis amigos pelean, estoy forzado a optar por uno de ellos, a pesar de que no lo quiero hacer.

He aprendido que soy dueño de lo que callo y esclavo de lo que digo.

He aprendido que lo que siembro cosecho, si siembro chismes cosecharé intrigas,
si siembro amor cosecharé felicidad.

He aprendido que la verdera felicidad no es lograr mis metas, sino aprender a ser feliz con lo que tengo.

He aprendido que la felicidad no es cuestión de suerte, sino producto de mis decisiones.
Yo decido ser feliz con lo que soy y tengo o morir de envidia y celos por lo que me falta y carezco.

He aprendido que no sólo porque dos personas no están de acuerdo, signifique que no se quieran una a la otra. Y que si lo están, tampoco significa que se quieran.

He aprendido que a veces tengo que empujar al individuo detrás de sus acciones.

He aprendido que no tengo que cambiar amigos, si entiendo que los amigos cambian.

He aprendido que no debo estar muy ansioso para descubrir un secreto. Este puede cambiar mi vida para siempre.

He aprendido que dos personas pueden mirar una misma cosa y ver algo totalmente diferente.

He aprendido que no importa cuanto trate de proteger a mis niños, ellos eventualmente serán heridos y yo heriré en el proceso.

He aprendido que hay muchas maneras de enamorarse y permanecer enamorado. y dos para destruir todo lo alcanzado: La infidelidad y el egoísmo.

He aprendido que sin importar las consecuencias, aquellos que son honestos consigo mismos, llegan lejos en la vida.

He aprendido que los verdaderos amigos son como la sangre, acuden a la herida sin que nadie los llame.

He aprendido que mi vida puede cambiar en solo unas horas, por gente que ni siquiera me conoce.

He aprendido que a pesar de que piense que no tengo nada más que dar, cuando un amigo llora conmigo, encuentro la fortaleza para vencer mi dolor.

He aprendido que un amigo en el dolor no necesita mis palabras, tan sólo mi presencia.

He aprendido que escribir, al igual que hablar, puede ayudar al dolor emocional.

He aprendido que el paradigma en el que vivo, no es todo lo que se me ofrece.

He aprendido que las credenciales en mi pared, no me hacen un ser humano decente.

He aprendido que nigun éxito en la vida, podrá compensar jamás el fracaso en el hogar.

He aprendido que retener a la fuerza a las personas que amo, la aleja más rápidamente de mi. Y el dejarlas ir, las deja para siempre a mi lado.

He aprendido que a pesar que la palabra “amor” pueda tener muchos significados distintos, esta pierde valor cuando es usada en exceso.

He aprendido que es difícil determinar donde dibujar la línea entre ser amable y no herir los sentimientos de las personas y seguir de pié por lo que creo.

He aprendido que amar y querer no son sinónimos sino antónimos; el querer lo exige todo…. el amar lo entrega todo.

He aprendido que no hay amor más grande que aquel que da la vida por los amigos.

He aprendido que un paso lejos de Dios, es un paso para mi propia destrucción y que un paso hacia Dios, es un paso hacia mi propia paz y felicidad.

He aprendido que nunca haría nada tan grande para que Dios me ame más; ni nada tan malo para que me ame menos, el simplemente me ama, a pesar de mi conducta.

He aprendido que si me enaltezco seré humillado y que si me humillo seré enaltecido.

Y tú qué……,¿Qué has aprendido de la vida?

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El Hijo de Dios, Dios mismo, Dios de Dios, se hizo hombre. El Padre le dice: “Tu eres mi hijo”. El eterno hoy de Dios ha descendido en el hoy efímero del mundo, arrastrando nuestro hoy pasajero al hoy perenne de Dios. Dios es tan grande que puede hacerse pequeño. Dios es tan poderoso que puede hacerse inerme y venir a nuestro encuentro como niño indefenso para que podamos amarlo. Dios es tan bueno que puede renunciar a su esplendor divino y descender a un establo para que podamos encontrarlo y, de este modo, su bondad nos toque, se nos comunique y continúe actuando a través de nosotros. Esto es la Navidad: “Tu eres mi hijo, hoy yo te he engendrado”. Dios se ha hecho uno de nosotros para que podamos estar con él, para que podamos llegar a ser semejantes a él. Ha elegido como signo suyo al Niño en el pesebre: él es así. De este modo aprendemos a conocerlo. Y en todo niño resplandece algún destello de aquel “hoy”, de la cercanía de Dios que debemos amar y a la cual hemos de someternos; en todo niño, también en el que aún no ha nacido.

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Actualicemos unos con otros la bondad del Señor.

Himno a la grandeza y bondad de Dios
Acabamos de orar con la plegaria del salmo 144, una gozosa alabanza al Señor que es ensalzado como soberano amoroso y tierno, preocupado por todas sus criaturas.

La liturgia nos propone este himno en dos momentos distintos, que corresponden también a los dos movimientos poéticos y espirituales del mismo salmo. Ahora reflexionaremos en la primera parte, que corresponde a los versículos 1-13.

Este salmo es un canto elevado al Señor, al que se invoca y describe como “rey” (cf. Sal 144, 1), una representación divina que aparece con frecuencia en otros salmos (cf. Sal 46; 92; 95; y 98). Más aún, el centro espiritual de nuestro canto está constituido precisamente por una celebración intensa y apasionada de la realeza divina. En ella se repite cuatro veces -como para indicar los cuatro puntos cardinales del ser y de la historia- la palabra hebrea malkut, “reino” (cf. Sal 144, 11-13).

Sabemos que este simbolismo regio, que será central también en la predicación de Cristo, es la expresión del proyecto salvífico de Dios, el cual no es indiferente ante la historia humana; al contrario, con respecto a ella tiene el deseo de realizar con nosotros y por nosotros un proyecto de armonía y paz. Para llevar a cabo este plan se convoca también a la humanidad entera, a fin de que cumpla la voluntad salvífica divina, una voluntad que se extiende a todos los “hombres”, a “todas las generaciones” y a “todos los siglos”. Una acción universal, que arranca el mal del mundo y establece en él la “gloria” del Señor, es decir, su presencia personal eficaz y trascendente.

2. Hacia este corazón del Salmo, situado precisamente en el centro de la composición, se dirige la alabanza orante del salmista, que se hace portavoz de todos los fieles y quisiera ser hoy el portavoz de todos nosotros. En efecto, la oración bíblica más elevada es la celebración de las obras de salvación que revelan el amor del Señor con respecto a sus criaturas. En este salmo se sigue exaltando “el nombre” divino, es decir, su persona (cf. vv. 1-2), que se manifiesta en su actuación histórica: en concreto se habla de “obras”, “hazañas”, “maravillas”, “fuerza”, “grandeza”, “justicia”, “paciencia”, “misericordia”, “gracia”, “bondad” y “ternura”.

Es una especie de oración, en forma de letanía, que proclama la intervención de Dios en la historia humana para llevar a toda la realidad creada a una plenitud salvífica. Nosotros no estamos a merced de fuerzas oscuras, ni vivimos de forma solitaria nuestra libertad, sino que dependemos de la acción del Señor, poderoso y amoroso, que tiene para nosotros un plan, un “reino” por instaurar (cf. v. 11).

3. Este “reino” no consiste en poder y dominio, triunfo y opresión, como por desgracia sucede a menudo en los reinos terrenos, sino que es la sede de una manifestación de piedad, de ternura, de bondad, de gracia, de justicia, como se reafirma en repetidas ocasiones a lo largo de los versículos que contienen la alabanza.

La síntesis de este retrato divino se halla en el versículo 8: el Señor es “lento a la cólera y rico en piedad”. Estas palabras evocan la presentación que hizo Dios de sí mismo en el Sinaí, cuando dijo: “El Señor, el Señor, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad” (Ex 34, 6). Aquí tenemos una preparación de la profesión de fe en Dios que hace el apóstol san Juan, cuando nos dice sencillamente que es Amor: “Deus caritas est” (1 Jn 4, 8. 16).

4. Además de reflexionar en estas hermosas palabras, que nos muestran a un Dios “lento a la cólera y rico en piedad”, siempre dispuesto a perdonar y ayudar, centramos también nuestra atención en el siguiente versículo, un texto hermosísimo: “el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas” (v. 9). Se trata de palabras que conviene meditar, palabras de consuelo, con las que el Señor nos da una certeza para nuestra vida.

A este propósito, san Pedro Crisólogo (380 ca. 450 ca.) en el Segundo discurso sobre el ayuno: “”Son grandes las obras del Señor”. Pero esta grandeza que vemos en la grandeza de la creación, este poder es superado por la grandeza de la misericordia. En efecto, el profeta dijo: “Son grandes las obras de Dios”; y en otro pasaje añade: “Su misericordia es superior a todas sus obras”. La misericordia, hermanos, llena el cielo y llena la tierra. (…) Precisamente por eso, la grande, generosa y única misericordia de Cristo, que reservó cualquier juicio para el último día, asignó todo el tiempo del hombre a la tregua de la penitencia. (…) Precisamente por eso, confía plenamente en la misericordia el profeta que no confiaba en su propia justicia: “Misericordia, Dios mío -dice- por tu bondad” (Sal 50, 3)” (42, 4-5: Discursos 1-62 bis, Scrittori dell area santambrosiana, 1, Milán-Roma 1996, pp. 299. 301).

Así decimos también nosotros al Señor: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad”.

01.II.2006 – BENEDICTO PP. XVI – Obispo de Roma, ‘Primus inter pares’, junto a la tumba de Pedro. Vat.

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Era tarde, Fernando y Mónica platicaban dentro del coche, inquieto y preocupado tomó la palabra: “Sabes, mi amor, conviene que antes de formar nuestro matrimonio platiquemos sobre nuestro pasado para que no sea motivo de pleitos y reclamos en un futuro. Te pido que seas sincera, tú sabes que te amo y nada me va hacer cambiar de opinión, Yo por mi cuenta seré franco”. Ella no dudó y con mucha confianza accedió a la petición de su prometido. Hizo una profunda pausa y comenzó a hablar; “Primero quiero decirte que no soy virgen. Antes de conocerte tuve algunas experiencias sexuales con algunas personas, “ella guardó silencio”. Él escondió la cabeza en su decepción y dolor. ¡”Créeme que lo hacía porque necesitaba sentirme amada; Sentir que a alguien le importaba”! ¡No tengo mas pasado que éste y me da vergüenza! ¡Pero ahora que te tengo a ti me siento amada, segura, protegida, apreciada! Tú me has devuelto el valor y el sentido de las cosas. ¡Te amo tanto que no estoy dispuesta a renunciar a tu amor, a tus detalles, a tu paciencia!…Conforme continuaba hablando, el pensamiento de Fernando se perdía imaginando a su amada en brazos de otros. Su corazón comenzó a hacerse más humano: a transformar su sentimientos en algo que no lo iba de dejar descansar jamas. ¡Cállate! Interrumpió Fernando: “no quiero escuchar más”.

El despido fue frío. Su amor hacia ella comenzaba a transformarse. De regreso a casa la cabeza del joven era toda una confusión. El recuerdo de las palabras le martillaban el corazón. Lo atormentaban, le causaban un dolor que con el tiempo se llegaría a convertir en un odio profundo contra Mónica

Meses después, la vida de Fernando se hundió; la paz de su corazón se disipó: ya nada tenía sentido; la decepción había matado toda esperanza. El amor se había convertido en enemigo del corazón.

Para no volver a sufrir, su corazón amargado y endurecido se prometió no volver a amar. Por más que Fernando luchaba, por perdonar, su corazón permanecía frío, mudo, inaccesible. Por mas que expone su corazón, como una planta friolenta, a las caricias del sol; aunque lo riega con la suave ternura de la lluvia y lo alimenta con una presencia cálida, todo es imposible.

Como a un niño inquieto y corajudo, lo abraza, lo convierte, le cuenta historias de amores que han revivido a la felicidad, pero todo es inútil, su silencio es la respuesta.

Fernando ha luchado contra el odio. A veces siente que su corazón le cree, se abre tímido y temeroso, y asustado vacila entre el deseo de amar de nuevo y la necesidad de proteger su orgullo herido. Después se permite llorar. Aborda su decepción y humillación. El recuerdo es un aguijón que ataca y desaparece. Su corazón ha renunciado a perdonar.

¿Es posible el perdón en nuestro ambiente secularizado? Sí, basta acercarse a algunos hombres que lo han logrado.

El perdón es una necesidad en nuestro tiempo. La imperiosa necesidad que tenemos de él surge del hecho de que nadie está libre de heridas, como consecuencia de frustraciones, decepciones, penas de amor, traiciones… Las dificultadas de vivir en sociedad se encuentran por doquier. Conflictos en las parejas, entre familia, personas divorciadas, patrones y empleados, etc., y todos tienen algún día necesidad de perdonar para establecer la paz y seguridad viviendo juntos.

Para descubrir la plena importancia del perdón en las relaciones humanas, intentemos imaginar cómo sería un mundo sin él.Estaríamos condenados a perpetuar en nosotros mismos y en los demás el daño sufrido.

Cuando lesionan nuestra integridad física, moral o espiritual, algo sustancial que ocurre en nosotros. Una parte de nuestro ser se ve afectada, lastimada, incluso mancillada, como si la maldad del agresor hubiera alcanzado nuestro yo íntimo. Nos sentimos inclinados a imitar a nuestro agresor como si un virus contagioso nos hubiese infectado.

Quién ha sido maltratado determinará no dejarse maltratar más. Estará a la defensiva y todos serán de su desconfianza.

A vivir con el sentimiento.

Vivir irritado, incluso inconscientemente, exige mucha energía y mantiene en una tensión constante. El resentimiento y la hostilidad se instalan de manera estable como actitud defensiva siempre alerta contra cualquier ataque real o imaginario. El odio es una ocupación de tiempo completo.

A permanecer aferrados al pasado.

La persona que no quiere o no puede perdonar, como en el caso de Fernando, difícilmente logra vivir el momento presente. Aferrarse al pasado es la condena a malograr su presente, además de bloquear su futuro.

Ante la incapacidad de perdonar, la vida se paraliza. El recuerdo del pasado vuelve a su antiguo sufrimiento. El momento presente pasa inútilmente, sin felicidad; la posible alegría de las relaciones personales se desvanece. El futuro se cierra y es amenazador.

A desear la venganza.

Una vida sin perdón no ofrece nada gratificaste. La venganza ¿es la solución?.

Se trata, sin duda de la respuesta a la agresión recibida; sin embargo, intentar compensar el propio sufrimiento compartiéndoselo al agresor, a nadie ha hecho feliz. La obsesión revanchismo no contribuye a nada a sanar las heridas del ofendido, por el contrario, la agrava.

Por otra parte, el no vengarse es el primer paso importante y decisivo para emprender el camino del perdón, es el punto de partida de cualquier perdón verdadero.

¿Qué es el odio?

Es en principio una aversión; por lo tanto, es posible odiar cosas y personas. El odio es una cólera disfrazada que supura una herida mal curada; es un resentimiento; es un sinónimo de destruir, de no perdonar; es una pasión que consume a quien lo profesa.

Odiar es lo más sencillo, donde no se necesita maestro; es una ocupación de tiempo completo.

Esta aversión es generada comúnmente por el dolor, la impotencia, el rencor resultante de la violencia, injusticia, la ofensa, la agresión, la mentira, etc.

Toda ofensa provoca confusión y pánico. La apacible armonía de la persona herida se ve trastornada; su tranquilidad perturbada; su integridad interior amenazada. Sus deficiencias personales, hasta entonces escondidas, afloran de reprende; sus ideales, por no decir sus ilusiones de tolerancia y de generosidad se ponen a prueba. La sombra de su personalidad emerge; las emociones, que se creían bien controladas, enloquecen y se desencadenan. Ante esta confusión, la persona se siente impotente y humillada. Su mente es gobernada por el rencor, un verdugo ha entrado en su organismo; su fecilidad se aleja, las relaciones, afectuosas comienzan a agriarse, lo que se amó pasa a formar parte del ayer; Se desvirtúa la imagen de Dios; se reduce la escala de valores en las relaciones sociales; Nacen los deseos de destruir y las viejas heridas mal curadas suman sus voces a una sola voz.

Perdonar no es olvidar.

Cuantas veces hemos oído frases como éstas: “No puedo perdonarte, porque no puedo olvidar”, o también “olvidado todo”, esta manera de hablar y de actuar es un callejón sin salida para el corazón maltratado.

Si perdonar significa olvidar, ¿qué ocurriría con las personas dotas de una excelente memoria? El perdón les sería inaccesible. Por lo tanto, el proceso del perdón exige una memoria y una conciencia lúcida de las ofensa; si no, no es posible la cirugía del corazón.

La prueba del perdón no es el olvido; el perdón ayuda a la memoria a sanar; la herida poco a poco va cicatrizando; el recuerdo de la ofensa ya no inflige dolor. Una memoria curada se libera y puede emplearse en actividades distintas del recuerdo deprimente de la ofensa.

Las personas que afirman “Perdono pero no olvido”, han comprendido que el perdón no exige amnesia.

Perdonar no es sólo un acto de la voluntad.

Algunos ven el perdón como una fórmula mágica apta para corregir todas las ofensas. El perdón lo reducen a un simple acto de la voluntad capaz de resolver todos los conflictos de un modo instantáneo. Muchas personas dicen:

“Cuando me lo proponga lo voy a olvidar todo” “cuando yo lo quiera lo voy a perdonar”, “a mí nadie me roba la paz, basta que me lo proponga”, etc. Este tipo de perdón es muy superficial. Lo pronuncian los labios pero no el corazón, sirve para calmar la conciencia, la ansiedad, pero no cura de raíz.

Por supuesto que la voluntad representa un papel importante, pero no realiza el trabajo del perdón por sí solo. Para el perdón se movilizan todas las facultades; la sensibilidad, el corazón, la inteligencia, el juicio, la imaginación, la fe, etc.

Perdonar no puede ser una obligación.

El perdón o es libre o no existe,. Es un acto sublime de generosidad. Hay algunos que sienten la gran tentación de obligar a la gente a perdonar libremente: “hay que perdonar”, “se debe perdonar a los demás”, etc…Pensar así es crear un debate interior entre la voluntad de perdonar contra las reticencias de los sentimientos y las emociones, que también exigen ser escuchados.

Reducir el perdón, como cualquier otra práctica espiritual, a una obligación moral es contraproducente, porque, al hacerlo, el perdón pierde carácter gratuito y espontáneo. Es más eficaz convertir el corazón, hacerlo mas humano, ya que el corazón no miente y es lo más sincero que tenemos.

Las grandes paradojas del perdón .

-Es fácil, pero a menudo inaccesible;

-Disponible, pero con frecuencia olvidado; primero y a veces ultimo para resolver problemas;

-liberador para uno, humillante para el otro;

-esta en todos los labios y, sin embargo, mal comprendido;

-agregado en la razón, pero lejano del corazón;

-vital para los humanos, pero a menudo tímido;

-otorgado al alma y, sin embargo amenazador;

-misterioso y, no obstante, cotidiano;

-tan divino y a la vez tan humano, pero muy doloroso;

-siempre necesario, nunca opcional;

-un sí al amor y un no al odio;

-gloria para algunos, calvario para otros;

-cielo e infierno;

-es poder del humilde y debilidad del soberbio;

-es don de Dios que mendiga los corazones de los hombres.

Como perdonar.

El perdón se integra simultáneamente en dos universos: el humano y el divino; es importante respetar estos dos componentes para articularlos bien, pues, de no hacerlo así, se corre el riesgo de amputar el perdón en uno de sus elementos esenciales. El perdón constituye el único vínculo posible entre los hombres y Dios.

1.El universo divino.

Perdonar significa dar en plenitud; llevar el amor hasta el extremo a ejemplo de nuestro Señor Jesucristo. Para dar este paso se requieren fuerzas espirituales que superen las fuerzas humanas. En el perdón todo es cuestión de amor. Así es, quien verdaderamente ama, ni siquiera tiene que perdonar porque el amor verdadero desconoce el resentimiento. No perdonar equivale a crear un universo sin Dios.

No cabe duda que Dios es el autor intelectual y práctico del perdón, el cual ha convertido este gusto en un don gratuito para todo hombre que quiere forjarse un futuro. Renunciar a la voluntad de perdonar es cerrar mente, corazón y cuerpo a la acción de Dios.

El perdón de Dios se hace discreto, humilde, incluso silencioso. No depende de la sensibilidad ni de la emotividad, sino que emerge desde el ser y del corazón animado por el espíritu. Goza de algo único que no tiene nada en común con el sentimiento.

El perdón es Dios mismo; es el Padre misericordioso del hijo pródigo; es el amor en su pura gratuidad; es el papá que allí donde los hijos engendran muerte, hace surgir la vida con el perdón.

Dios es y será la fuente primera y última del perdón autentico, pero el perdón no acontece sin la cooperación humana.

2.El universo humano.

El perdón se sitúa en el tiempo y tiene sus períodos largos y cortos; implica un antes, un durante y un después.

Perdonar requiere una multitud de condiciones; tiempo paciencia consigo mismo, moderación, prudencia y perseverancia en la decisión de llegar hasta el final.

El perdón comienza con la decisión de no vengarse; “si quieres ser feliz un instante: véngate. Si quieres ser feliz toda la vida: perdona”.

El perdón requiere una introspección; una conversión interior, una peregrinación al corazón; una iniciación al amor hacia los enemigos. Perdonar para liberar en uno la fuerza del amor.

El perdón requiere una búsqueda de una visión nueva de las relaciones humanas. El perdón no es el olvido del pasado, sino la posibilidad de un futuro distinto del impuesto por el pasado o por la memoria.

Para perdonar es indispensable seguir creyendo en la dignidad de aquél o aquélla que nos ha herido o traicionado. Las amistades renovadas exigen mas cuidado que las que nunca se han roto.

Perdonar no sólo supone liberarse del peso del dolor, sino también liberar al otro del juicio malintencionado y severo que de él nos hemos formado.

El perdón es liberación. Renueva devuelve la alegría y la libertad a quienes estaban oprimidos pon el peso de la culpabilidad.

Perdonar es un gesto de confianza hacia un ser humano; es un acto de amor hacia el pecador, al que no queremos cerrar definitivamente el futuro.

El perdón es un derecho del corazón herido y de la mente perturbada por el odio.

P. Joel Santos M.msp.

Cuando Pedro le pregunto a N.S. Jesucristo cuantas veces tengo que perdonar le contesto hasta setenta veces siete. (Lo que es lo mismo que siempre)

¡Perdona y serás feliz!.

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