Por qué soy católico

Una de las cosas más lamentables dentro de nuestra Iglesia es el desconocimiento que muchos fieles tienen acerca de los FUNDAMENTOS DE SU FE CATÓLICA. Esto es notorio no sólo en el ámbito de la gente sencilla, sino también entre profesionales que ostentan títulos universitarios.

Un cristiano que desconoce los fundamentos de su fe es fácil presa de “cualquier viento que sople”. Bien decía San Pedro que todos “debemos estar prestos a dar razón de nuestra esperanza” (1Pe.3,15).

En la antigüedad, cuando alguien era enviado como emisario a algún general, se le entregaba un “símbolo” para que fuera la “contraseña” de su identidad. Al Credo se le ha llamado SÍMBOLO DE LOS APÓSTOLES, es la “contraseña” de los que nos llamamos cristianos, pertenecientes a la Iglesia Católica, que viene directamente de los Apóstoles. Cuando rezamos el Credo estamos presentando nuestro “símbolo”, la “contraseña” de una Iglesia netamente apostólica.

Creemos en un solo Dios Padre Todopoderoso

Alguien escribió que Dios nos creó a ” su imagen y semejanza”, Pero que los hombres hemos creado a Dios a “nuestra imagen y semejanza”. Y este es el gran peligro de una mala educación religiosa. Nos podemos encontrar con el Dios de Aristóteles y el de Confucio y no con el Dios de Jesucristo.

Sin lugar a dudas, los hombres, según nuestra educación y circunstancias, hemos ido fabricando “nuestro propio dios” a nuestra imagen. Por eso, muchas veces nos ha salido un dios tan egoísta, como nosotros mismos.
Dios se nos “revela” desde el principio como Alguien “celoso” que no admite la coexistencia de otros dioses. No por egoísmo, sino por la sencilla razón de que es un DIOS ÚNICO.

Este mismo Dios se muestra cercano al hombre. No lo ha creado para “divertirse” con él, o para que le sirva como “esclavo” como los dioses paganos. Dios es un padre que tiene un plan de amor para cada uno de sus hijos los hombres.

Creemos en un Dios Creador del cielo y de la Tierra

Ante todo, hay algo muy importante: creemos que Dios es un Padre que ha querido comunicarse con sus hijos por medio de hombres a quienes El ha ido “inspirando” mensajes a través de la Historia. Estas “revelaciones” se encuentran en la Biblia. Allí se nos habla acerca del principio del mundo y del hombre.

“En el principio creó Dios el cielo y la Tierra”. La Biblia no es un libro científico sino los habla de un Dios que no ha tenido principio, que es eterno, y que un día fue el “principio” de todo cuanto existe.

Creemos en Jesucristo

Para nosotros los cristianos es fundamental profundizar en la personalidad de Jesús, pues toda nuestra religión está centrada en la persona de Jesús. Si Jesús de veras es Dios, pues Jesús mismo lo afirmó.

Si Jesús es Dios, entonces nos aferramos totalmente a su mensaje con respecto a la Vida Eterna y a los principios morales que El enseñó de parte de Dios Padre.

A todo cristiano el Señor le pide que se defina con respecto a El. Si toda nuestra creencia se basa en el mensaje de Jesús, debemos estar plenamente convencidos acerca de la personalidad de Nuestro Señor Jesucristo.
Todos los hechos y dichos de Jesús confirman que es el HIJO DE DIOS. Su personalidad, la santidad de su vida, sus milagros no dejan la mayor duda acerca de que de veras Jesús es el Mesías anunciado por las Escrituras.

Creemos que nació de María, la Virgen y se hizo hombre
En toda Iglesia Católica del mundo, lo primero que llama la atención, al entrar, es el sagrario: nuestra fe nos habla de la presencia real de Jesús sacramentado. Inmediatamente nuestra vista se fija en alguna imagen de la Virgen María, que siempre se encuentra en algún lugar destacado. Estas son dos devociones esenciales de la Iglesia Católica. Todos los privilegios que adornan a la Virgen María tienen su origen en que Ella fue elegida por Dios para ser madre virginalmente de Jesús, el Mesías prometido.

Creemos que Jesús murió y resucitó

Bien decía San Pablo, en su primera carta a los Corintios, que “si Jesús no hubiera resucitado, nuestra fe sería vana”.

Desde el momento que Jesús cumplió la promesa de resucitar, no nos queda otro camino que admitir que Jesús es Dios, y si es Dios, todo lo que nos dijo acerca de la vida y de la muerte, para nosotros es una “revelación” de Dios; lo creemos sin dudar. Nuestra fe no es vana porque Jesús resucitó, y por eso para nosotros Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn. 14,6).

Durante su vida Jesús no ocultó el fin trágico que le esperaba; pero tampoco silenció su “resurrección”, concepto que los apóstoles nunca llegaron a entender mientras Jesús convivía con ellos. Muerte y resurrección son palabras claves en el Evangelio.

En el Nuevo Testamento siempre se describe la “muerte” de Jesús como una muerte “redentora”. La palabra “redención”, en la actualidad, no es de uso corriente. En la antigüedad cuando alguien iba al mercado de esclavos y pagaba un rescate por un esclavo, estaba efectuando una “redención”. Jesús con su muerte pagó nuestra redención.

Creemos en el Espíritu Santo

Para muchos cristianos el Espíritu Santo no pasa de ser una paloma en lo alto del altar. El Espíritu Santo no debe ser una creencia, sino una vivencia. Decir “Creo en el Espíritu Santo”, más que el enunciado de un credo, debe ser el testimonio fehaciente del que ha experimentado en su vida la acción del Espíritu Santo. En la última Cena, Jesús, antes de partir de este mundo, les hizo a sus apóstoles una promesa grandiosa. Les dijo que no los iba a dejar “huérfanos”, sino que les enviaría el Espíritu Santo que sería su “Consolador”, que estaría siempre ” en ellos”, que les “recordaría” todo lo que El les había enseñado, y que “los llevaría a toda la verdad”.

Cada uno de nosotros, el día de nuestro Bautismo, fuimos ungidos con santo Crisma, aceite consagrado, como templos vivos del Espíritu Santo.

Jesús le enseñó a Nicodemo en que consistía ser bautizado en el Espíritu Santo. Le dijo que era “un nuevo nacimiento”; también le afirmó que ese nuevo nacimiento “venía de lo alto”, es decir, era un don de Dios para la persona que estuviera dispuesta a abrir su corazón al mensaje de su Palabra.

Con la llegada del Espíritu Santa a una persona, vienen los “dones” o regalos del Espíritu Santo a esa persona.
La santificación consiste en dejarse guiar por el Espíritu Santo y permitirle que obre en nosotros.

Creo en la Iglesia Católica

Para muchos es muy fácil decir: “Yo acepto a Jesús, pero no quiero nada con la Iglesia”. No es raro también encontrarse con grupos de personas que, un día cualquiera de la semana, se reúnen en alguna casa particular o en algún local público para orar y meditar en la Biblia, pero que el día domingo no asisten a ninguna iglesia y no se consideran feligreses de ninguna Iglesia. Hay mucha desorientación al respecto. Esos grupos leen muy “superficialmente” la Biblia, si meditaran en profundidad en ella verían que la Biblia lleva al individuo a reunirse en “Iglesia”, pero no en una iglesia fabricada a “nuestra manera”, sino en la Iglesia que fundó Cristo.

A la Iglesia hay que conocerla para poderla amar y para serle fiel, porque ella es el “Sacramento”, algo sagrado que Jesús fundó para que dentro de ella obtuviéramos la salvación.

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El Bautismo en la Historia

El bautismo fue una vez un rito religioso pagano practicado entre los pueblos de la antigüedad y también entre los judíos. La palabra bautismo es de origen griego: “baptizo” significa sumergir como cuando uno sumerge una pieza de tela en la batea de tintura para teñirla, por ejemplo. Los baños sagrados son comunes a muchas religiones antiguas, como los ritos eléusicos o el hinduismo y el budismo.

El teólogo presbiteriano Francis Schaeffer escribe: “Hay dos señales designadas para marcar la promesa de los pactos [divinos]; la circuncisión en el caso de Abraham y el bautismo en el caso de los cristianos. Sin embargo ninguna de ellas es original. Han sido usadas por muchos pueblos anteriormente y en el caso del Judaísmo y el Cristianismo les han sido dados nuevos significados, que son definitivos por haber sido asignados por Dios mismo.” (“Genesis in Space and Time”, Intervarsity Press 1972)
Los romanos del tiempo de Cristo se interesaron en las religiones místicas de Egipto y Babilonia en algunas de las cuales se practicaba el bautismo como ritual. Por ejemplo en los ritos de iniciación del culto de Isis, el iniciado confesaba sus pecados delante de otros devotos y era luego bautizado en la creencia que el baño ritual lo purificaba de sus faltas y lo enrolaba en las filas de la diosa salvadora.

Los judíos también practicaban el bautismo ritual para purificación, como sabemos por citas varias del Apóstol Pablo y por los documentos sobrevivientes que muestran el uso que el bautismo era común entre los Levitas y las comunidades religiosas no levíticas de diferentes épocas, como por ejemplo entre los Esenios del primer siglo.

El bautismo cristiano deriva del bautismo establecido por Juan el Bautista. La genealogía de Juan en Lucas 1:5,6 indica que el hombre designado por Dios para bautizar a Jesús era descendiente de Levitas por la línea paterna y también materna. Juan es por lo tanto el hombre adecuado para bautizar y ordenar el ministerio de Nuestro Señor. No sabemos precisamente cuál es el origen del bautismo de Juan. Si la idea vino de fuentes judías o paganas, no lo sabemos, pero podemos afirmar que la práctica es adoptada y santificada por su adopción en la Iglesia Cristiana y por el ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo.

Otra importante función, la más importante, del bautismo de Juan fue la revelación del Cordero de Dios al mundo. El bautismo entonces no es una invención cristiana sino que fue precedido por ritos similares de otras religiones. Al incluirlo Jesús en la doctrina cristiana por orden y práctica, Nuestro Señor le ha dado un sentido sacramental. El bautismo es el primer sacramento de la Iglesia Cristiana, la primera iniciación y el medio para nacer de nuevo a la realidad del Reino de Dios.

El Salmo 89:11 dice “El Cielo y la Tierra y todas las cosas que ambos contienen me pertenecen, dice el Señor”. Todas las cosas son propiedad de Dios porque por su divina voluntad fueron creadas y por su poder, sabiduría, justicia y amor siguen existiendo aun hasta hoy. Es claro a lo largo y a lo ancho de las Escrituras que Dios puede hacer santo lo que no lo es, para bien de Su propósito. Él ha tomado pecadores de entre los hombres para hacer para sí un “pueblo santo”. Si fuera inapropiado el que Dios tomara elementos del mundo para su propio uso en la adoración veraz… estaríamos todos en un verdadero problema y la salvación humana sería imposible.

Hay muchos libros escritos con el propósito (falaz) de “exponer” prácticas paganas en el cristianismo. Libros como “The Two Babylons” de Alexander Hyslop y “Babylon Mystery Religion” de Ralph Woodrow. Concluir que una iglesia que adopta un rito pagano es, por lo tanto, pagana, entra en conflicto directo con la adopción del bautismo por Nuestro Señor Jesucristo que lo instituyó para que se practicara públicamente en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Es bueno meditar sobre esto porque muchos pueden haber incurrido en blasfemia por medio de seguir razonamientos falaces y condenatorios, “llamando inmundas las cosas que Dios ha santificado” (ver Hechos 10:15).
Cuando estudiamos los escritos de los primeros siglos no dejan de sorprendernos la consistencia, sana uniformidad, sencillez y sentido común de las doctrinas del bautismo y la regeneración. Si alguien creyera que las citas que siguen son caprichosas o maliciosamente seleccionadas, lo invito a leer las obras completas. Fácilmente se comprueba que los únicos que han puesto en duda la eficacia de este sacramento han sido los divisores de la fe, los gnósticos y los no creyentes.

Estos son los mismos que niegan la Trinidad, la deidad de Cristo, la unidad orgánica de la Iglesia. Nunca (Hasta después de la Reforma Alemana del siglo XVI) nadie negó la naturaleza, significado, eficacia o importancia del sacramento bautismal.

Por mil quinientos años la entera cristiandad fue de una sola mente en lo que toca a esta cuestión. El bautismo, como tantas otras cosas, no está descrito en detalle en las Escrituras, y aunque hay suficiente mención de este sacramento, no hay una “guia” digamos, similar al Padrenuestro, que indique exactamente como bautizar a un prosélito. La Escritura en este caso se completa en la práctica con la tradición guardada desde tiempos apostólicos y es un buen ejemplo de como debiéramos examinar lo que creemos a la luz de lo que han creído los cristianos de todas la épocas, “la fe que fue una vez entregada a los santos” (Judas 1:3).

El Bautismo y nuestra salvación
Nuestra salvación depende de muchas cosas y no solamente de bautizarnos. Muchas sectas van por el mundo invitando a gente a una comida (he visto esto en las Filipinas) con la condición de que antes de comer declaren “creo en Jesucristo” y sean bautizados. El bautismo no es una marca mágica que nos hace invulnerables al pecado o al juicio de Dios. Tal cosa le resulta obvia a cualquiera que haya leído las Escrituras. Una buena lista de los “elementos” que hacen a la salvación sería la respuesta a la pregunta: ¿Cómo recibo la salvación, justificación, nuevo nacimiento y vida eterna en Cristo Jesús?

He aquí una posible lista de “elementos”.
§ Por medio de creer en Cristo (Juan 3:16; Hechos 16:31)
§ Por medio del arrepentimiento (Hechos 2:38; 2 Pedro 3:9)
§ Por medio del bautismo (Juan 3:5; 1Pedro 3:21; Tito 3:5)
§ Por obra del Espíritu Santo (Juan 3:5; 2 Corintios 3:6)
§ Por medio de la declaración de nuestra fe (Lucas 12:8; Romanos 10:9)
§ Por medio de conocer la verdad (1 Timoteo 2:4; Hebreos 10:26)
§ Por obras (Romanos 2:6,7; Santiago 2:24)
§ Por cumplir los mandamientos (1 Corintios 7:19)
§ Por bondad inmerecida o gracia (Hechos 15:11; Efesios 2:8)
§ Por la sangre sacrificial de Cristo (Romanos 5:9; Hebreos 9:22)
§ Por la justicia o santidad de Cristo (Romanos 5:17; 2 Pedro 1:1)
§ Por el sacrificio en la cruz (Efesios 2:16; Colosenses 2:14)

Nota que la Biblia no nos lleva a “esto o aquello” como respuesta a esta pregunta tan importante. Ninguno de estos elementos es sobrepujante hasta el punto de anular a todos los demás, ninguno de ellos puede ser eliminado, bastando los otros para hacer el trabajo de nuestra salvación. Cada vez que nos enfrentamos a las dicotomías “por fe o por obras”, “por esto o por aquello” no estamos pensando bíblicamente. La totalidad de la salvación humana es obra de Dios y no es algo simple, reducible a una ecuación. Así como no podemos reducir la creación del mundo material a una fórmula química, la creación espiritual que enseña el cristianismo no puede ser reducida a una simple definición estatuoria del tipo “cree en Jesucristo y serás salvo”. Es obvio que los demonios creen en Jesucristo y no son salvos por eso, y que una fe sin obras no sirve para la salvación; ni las obras sirven para nada si no tenemos la fe. El creer debe estar en consonancia con el resto de nuestra vida y con el propósito último de Dios y de su Reino.
¿Sólo un símbolo? ¿Una “declaración pública”?

El bautismo entonces es la puerta a esta gran casa que es la Iglesia de Cristo. No hay que temer el atribuir al bautismo los poderes sacramentales con los que ha sido imbuido por Dios. Muchas sectas consideran el bautismo una simple formalidad simbólica, un acto mínimo. ¿De dónde sale este punto de vista minimalista del bautismo? Ciertamente no viene de tiempos apostólicos. Esto es probado por la uniformidad de creencias en las doctrinas de la antiguas iglesias litúrgicas, el Catolicismo y la Ortodoxia. Por quince siglos no hubo jamás ninguna otra posición doctrinal con respecto al bautismo. Es como resultado de la Reforma que se comienza a pensar en el bautismo como una declaración pública y nada más. Esta es una doctrina que comienza como una reacción histórica y no surge de las Escrituras ni de la práctica continua de quince siglos de historia cristiana. Esta doctrina de la “declaración pública” es el resultado de la lectura inductiva de las Escrituras. En ese sentido los Testigos de Jehová siguen en líneas generales las creencias de las sectas anabaptistas inglesas y norteamericanas de los últimos doscientos años pero no la práctica tradicional cristiana de veinte siglos. Habiendo sido declarada necesaria esta posición anabaptista, se han buscado excusas escriturales para sostenerla; pero como comparto ahora contigo, te resultará evidente que el bautismo es un acto regenerador y milagroso en consistencia con toda la evidencia presentada en las Escrituras y contenida en los documentos tradicionales más antiguos del Cristianismo.

Importancia del Bautismo en la Historia Sagrada
“En el principio Dios creó los cielos y la tierra. La tierra estaba sin forma y vacía, oscuridad cubría el abismo y el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas. Y Dios dijo …” (Génesis 1:1-2)

Ya conoces de dónde vienen estas palabras y te invito a ver en ellas la presciencia divina que puso las aguas y el Espíritu en estos versículos para testimonio de la originalidad divina de nuestro bautismo. Antes del bautismo hay una tensión y hay oscuridad, pero luego del bautismo se hace la luz en el corazón cristiano comienza la creación espiritual, la segunda fase de la creación por Dios que se realiza en el alma del hombre por la mismas fuerzas que generaron el universo material. (Por favor compara con 2 Cor 4:6 y 6:14 Efe 4:18) Las aguas son concentradas en un lugar y fuera del agua “emerge” la tierra seca de cuyo suelo Dios forma al hombre.
Teófilo de Antioquía (184 A.D.) “Aquellas cosas que fueron creadas de las aguas recibieron la bendición de Dios, de tal manera que esto fuera un signo de que los hombres en un tiempo futuro recibieran arrepentimiento y remisión de pecados a través del agua y baño regenerativo” (Jurgens, “The Faith of the Early Fathers”, Lithurgical Press 1970-79)

Sabemos por las Escrituras que Cristo fue el primogénito
de la creación de Dios, pues fue engendrado antes que el tiempo existiera “y por medio de él todas las cosas fueron hechas”. Paralelamente en su bautismo, Jesús comienza la creación espiritual siendo el primogénito (en bautismo y resurrección) de muchos hermanos por venir (Rom 8:29) Así es que en el bautismo se inicia la nueva creación, cuando nos bautizamos nacemos “de arriba” y somos integrados al cuerpo de Cristo.

San Ambrosio en su tratado “De los Misterios” dice: “¿Qué has visto [en el baptisterio]? Ciertamente agua, pero no solamente agua, también has visto a los diáconos allí ministrando y al obispo, haciendo preguntas e invocando… Cree entonces que la presencia de Dios está allí. Considera cuán antiguo es el misterio [del bautismo] prefigurado aun en el origen del mundo, cuando Dios hizo los cielos y la tierra, ‘el Espíritu’, se nos dice, ‘se movía sobre la superficie de las aguas’. El, que se movía sobre las aguas ¿no trabajó sobre esas mismas aguas? El agua entonces es aquello en lo que la carne es sumergida para que todo pecado carnal sea lavado en ella” (Phillip Schaff, “The Nicene and Post-Nicene Fathers”, H. De Romestin, Eerdmans 1983).

La historia de Noé es otro tipo del bautismo. A medida que progresamos en la historia descubrimos más prefiguraciones del bautismo y de sus cualidades. Esto presupone dos cosas: que el bautismo es una declaración íntima de la presciencia de Dios y que es una revelación de su método creativo, una ilustración que nos permite ahondar en el misterio del nuevo nacimiento aunque no seamos doctores en la fe. La liturgia y los sacramentos hacen evidente el amor y el firme propósito de Dios de salvarnos. En este caso el bautismo revela en nosotros mismos que Dios designó nuestra salvación desde el principio del mundo, haciendo evidente que su amor no sólo es infinito sino también eterno.

En el caso de Noé se representa al bautismo (1 Ped 3:20-22). Este paralelo es mencionado en las Escrituras con frecuencia como así también en los escritos de los primeros Padres de la Iglesia Cristiana. Es de notar no solo la salvación por el paso a través de aguas, el arca cerrada por Dios, el hecho de que Noé fuera carpintero como Jesús lo fue, la aceptación en el arca de los animales limpios e inmundos, el número de almas que se salvaron del diluvio (Noé, que representa a Nuestro Señor, con su esposa, sus tres hijos y nueras son siete almas mas una, lo que pareciera indicar una salvación total). Además de estos detalles tan sugestivos encontramos la paloma con la rama de olivo, símbolo del Espíritu Santo que hace la paz entre Dios y los hombres. ¿Es el cuervo un símbolo del pecado que deja el arca luego del diluvio para no regresar jamás?

San Cipriano (martirizado en la persecución de 258 A.D.) nos deja escrito: “Porque así como en el bautismo del mundo, en el cual la iniquidad antigua fue purgada, aquel que no estaba en el arca de Noé no pudo ser salvado de las aguas, de tal manera no puede ser salvado por el bautismo aquel que no ha sido bautizado en la Iglesia que está establecida en unidad con el Señor de acuerdo al sacramento de la única arca.” (“Las Epístolas de Cipriano” citado en “The Nicene and Ante-Nicene Fathers” de A. Cleveland Coxe, Eerdmans 1985).

Otro pacto entre Dios y los hombres se establece en vida de Abraham. Si lees Génesis 7 y Exodo 12, allí se describe el convenio de la circuncisión. Como ya habrás podido notar la circuncisión no se aplicaba a los nuevos miembros que nacían en la comunidad judía cuando éstos llegaban a la edad adulta. Todo lo contrario, en el octavo día, el bebé era circuncidado y con ello recibido en la comunidad de Israel y de Dios. Nuestra unión con Dios no es un acuerdo intelectual entre dos personas maduras. No, sino que somos herederos de una promesa y nuestro nacimiento en la familia de Dios nos hace ineludiblemente su propiedad, como se le dijo a Abraham: “Todo el que sea nacido en tu casa o comprado con dinero”. La circuncisión tiene en común con el bautismo el símbolo o representación de dejar la carne atrás, de deshacerse de la carne inservible para poder ser fructífero en el servicio del cielo, dentro del marco de la comunidad divinamente escogida. La circuncisión en el viejo testamento equivale al bautismo en el nuevo testamento (Col 2:11-13) En el bautismo tenemos la circuncisión de Cristo.

Es curioso que también Moisés fuera “salvado de las aguas” y que su circuncisión se mencione en el Génesis así también como la salvación de su hijo, amenazado por un espíritu destructor, se obtiene por medio de circuncidarlo y establecer un “pacto de sangre” entre la esposa de Moisés y Dios (¿Será ella un símbolo de la Nación o de la Iglesia en este caso?)

En el Exodo se nos presenta la otra gran ceremonia del antiguo pacto: La cena del pasaje, la pascua, simbólica del sacrificio de Nuestro Señor. Así como el bautismo es representado por la circuncisión, la Eucaristía es representada por la cena pascual. Nadie podía comer de la cena de Pascua sin haber sido antes circuncidado.

El cruce del Mar Rojo por el pueblo de Dios es la otra apta representación del bautismo (1 Cor 10:12). La esclavitud en Egipto es simbólica de nuestra esclavitud al pecado, al mundo y al Diablo; que terminó cuando los israelitas cruzaron el mar a través de la aguas milagrosamente partidas. El mismo paralelo del diluvio se presenta aquí. Las aguas que salvan a los creyentes causan la muerte de los incrédulos. Así como el diluvio fue seguido de un sacrificio en comunión por Noé y su familia, el paso a través del mar es seguido por la comunión del pueblo en el maná, el pan del cielo, y el agua que sale de la roca que los seguía. De nuevo se nos presentan los sacramentos del bautismo y la eucaristía. El pueblo que sale de Egipto sin embargo, debe nacer de nuevo y engendrar una nueva generación para entrar en la Tierra Prometida. Tal como en la circuncisión, la carne antigua, rebelde y pecaminosa es dejada atrás como las carcazas de la generación quejumbrosa que fueron dejadas en el desierto.

Hay sin embargo una característica del bautismo que no hemos tocado todavía. Ya ves como por símbolos parciales Dios revela al hombre las verdades completas del cielo y esto se completa un poco más al considerar el milagro de Naamán en 2 Re 5. ¡Qué historia asombrosa! Aquí tenemos alguien que es “exterior” a la familia de Dios, un sirio, un enemigo de Israel. Una pequeña esclava israelita le revela al gran Naamán de Siria el camino de la curación por el profeta Eliseo. La jovencita es un tipo simbólico de la Iglesia que apunta a los extranjeros gentiles en enemistad con Dios a la salvación por medio del bautismo.

Naamán se rebela por lo que parece un asalto a su dignidad pero a instancias de sus propios servidores se despoja de su orgullosa actitud inicial y se baña siete veces en el Jordán hasta que sus carnes rejuvenecen como la carne de un muchachito (¿No es esto un símbolo claro del nacer de nuevo?) Nótese el paralelo y véase por qué la Iglesia temprana consideraba este pasaje como una prefiguración del bautismo y la regeneración que lo sucede. San Ambrosio en “De los Misterios” usa a Naamán como un símbolo claro del sacramento bautismal y la regeneración que permite que nuestros pecados secretos sean perdonados y dejados atrás con la carne rebelde. Otro escritor de la Iglesia primitiva Efraín el Sirio menciona algo similar en sus “Himnos para la Fiesta de la Epifanía”. Luego veremos los comentarios de Ireneo a este mismo respecto.

Ezequiel, que fuera desterrado a Babilonia alrededor del 599 A.C. tuvo la misión profética de anunciar la futura restauración de Israel a la pura adoración y obediencia a Dios y a sus leyes. Ezequiel 36:22-27 nos revela un tipo del bautismo como agente purificador y esto ¡Cerca de 600 años antes de Juan y Jesús! Este pasaje de Ezequiel une en un arco perfecto las antiguas leyes de purificación de la Torah con el sacramento cristiano del bautismo. (Compárese con Num 8:7, purificación de los Levitas y con Núm 19:17 donde las cenizas del sacrificio y el agua son mezcladas y salpicadas sobre el pueblo para hacerlos “limpios”). Este salpicar puede ser paralelo del salpicar expresado en la profecía mesiánica de Isa 52:15, las palabras de Jesús en Juan 3:3-5 y finalmente la orden universal de “ir y hacer discípulos bautizándolos en el nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”, que se parece mucho en estructura y fraseología al primer mandato de “Creced y multiplicaos” que se encuentra en el Génesis, sugestivamente, siguiendo a la primera creación del hombre.

Zacarías 13:1 menciona una fuente que, en mi opinión, señala inequívocamente al bautismo. Es una alusión a la venida de Cristo al que se presenta abriendo una fuente para lavar los pecados, y que no se puede interpretar de otra manera. El comentarista John E. Walvoor en “The Bible Knowledge Commentary” (Victor Books, 1985) cita: “Ese día se refiere al futuro día del Señor. La frase “en ese día” ocurre 16 veces en los tres últimos capítulos. En el día de la crucifixión de Jesucristo la fuente fue abierta potencialmente para todo Israel y el mundo entero [...] la limpieza espiritual de la nación es asociada en otras partes de la Escritura con la regeneración espiritual de Israel y la inauguración del Nuevo Pacto”

Los comentaristas clásicos y el bautismo
El comentarista del siglo XVIII Matthew Henry escribe en su comentario sobre Zacarías 13:1 lo siguiente: “Esta fuente abierta es el costado traspasado de Jesucristo, de quien se habla en el pasaje anterior, porque de allí salen sangre y agua ambos para nuestra limpieza. Aquellos que miran al Cristo traspasado, y amargamente lamentan los pecados que han causado que se lo traspasara, pueden mirar de nuevo al que traspasaron y regocijarse en él esta vez. Porque le ha placido al Señor el golpear esta roca para que pueda ser para nosotros una fuente de aguas de vida .” (Matthew Henry’s Commentary, Hendrickson, 1991)

En su comentario “Commentary on the Old Testament” C.F. Keil y F Delitzsch explican: “Por esta agua debemos entender no solamente la gracia en general, sino el agua bautismal que es preparada a través de la muerte sacrificial de Jesús, por la sangre derramada por El y que es salpicada sobre nosotros para limpieza de nuestros pecados en el bautismo”.
Martín Lutero escribe: “Esta fuente bien puede ser entendida como refiriéndose al bautismo en el cual el Espíritu es dado y todos los pecados son lavados” (“Luther’s Works”, Pelikan, Concordia 1973)
Volviendo a los Evangelios, Juan el Bautista dio testimonio de que él bautizaba con agua en símbolo de arrepentimiento pero Aquel que venía detrás de Juan, bautizaría con Espíritu Santo. En otras palabras no sería ya un asunto simbólico sino una acción sagrada, un sacramento.

El Catecismo Católico expresa: “Celebrados apropiadamente y con fe, los sacramentos confieren la gracia que simbolizan. Son eficaces porque en ellos Cristo mismo está obrando: Él es el que bautiza, Él es el que actúa en los sacramentos para comunicar la gracia que el sacramento simboliza.”

El bautismo entonces no es solamente un símbolo sino también una poderosa transformación interior que es producida por Cristo a través de Espíritu Santo.
En el caso del bautismo de nuestro Señor vemos al Espíritu Santo en la forma de una paloma, como paralelo de la paloma del Génesis en el caso de Noé. El Padre se complace en Jesús y está en paz con él. Este beneficio de la paz con Dios por medio de la permanencia de su Espíritu es común ahora a todos los cristianos que heredan la vida de Cristo por el bautismo. En el bautismo de Nuestro Señor el cielo y la tierra han hecho contacto, por decirlo así, y ahora la creación segunda está en operaciones por medio de la Iglesia Cristiana que tiene en Jesús su primer hermano y miembro. En Juan vemos al viejo pacto ordenando al nuevo. Juan es un levita perfecto, heredero de los derechos sacerdotales por medio de padre y madre. Jesús es un judío perfecto heredero del derecho real de David por medio de María, su madre; José, su padre adoptivo y Dios su Padre en el espíritu desde la eternidad y en la carne por medio de la Inmaculada Concepción.

Un efecto importante de este bautismo es la consagración del agua, el elemento más común en nuestro planeta, para el propósito de la dádiva del bautismo y el perdón por bondad inmerecida.

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están presentes en este momento en una sola mente, en un solo acuerdo, comenzando la segunda creación por Dios que muestra la justicia de la primera creación y tiene como primogénito al mismo Verbo que fuera engendrado antes del Tiempo y de la Historia para ser el Obrero Maestro del Universo. Lo espiritual, misterioso, inasible, invisible, se revela ahora en la persona de Jesús y en nosotros en el acto del bautismo sacramental que nos hace nacer de nuevo. ¡Quién pudiera haber imaginado un símbolo tan vivo y perfecto! De nuevo tenemos aquí el agua y por sobre el agua, el

Espíritu de Dios.
El nuevo nacimiento es mejor explicado en el caso de Nicodemo, al principio del evangelio de Juan. “Verdaderamente te digo” (en griego “amen, amen”) prepara el escenario para una doctrina que hará temblar los cimientos de las creencias de Nicodemo, el maestro de la Ley.

El griego “anotheo” puede ser traducido como “de arriba” o “nuevamente”, “de nuevo”. Parece que Nicodemo no entendió lo que Jesús quiso decir cuando dijo “El que viene de arriba [anotheo] está por sobre todos los otros”.
Es por eso que Jesús se refiere al acontecimiento aún fresco en la memoria de todos, su propio bautismo cuando la gente tuvo testimonio al ver el Espíritu descender sobre Jesús como paloma.

Nótese que Jesús no explica este tema en un marco de “esto o aquello” sino en un marco de “esto y aquello”. No se trata de “agua o espíritu” sino de “agua y espíritu”.
Es importante notar que el Espíritu puede estar presente en el agua así como el Verbo está presente en la carne. La materia del Universo entero le pertenece a Dios y no es imposible para Él hacer de la materia morada de cosas espirituales.

Lo que sigue a la conversación con Nicodemo es sugestivo, Jesús marcha al Jordán y comienza a bautizar. Estas dos cosas, el bautismo y el nuevo nacimiento no fueron puestas en este mismo capítulo por nada. Son dos cosas asociadas y unidas indisolublemente por Dios mismo. El bautismo entonces no es un símbolo exterior de dedicación solamente sino que además es el comienzo de la regeneración por Dios, el nuevo nacimiento. No está separado de la fe y la práctica de la fe sino que trabaja en conjunto con los demás elementos para producir la salvación del hombre.
Las sectas anabaptistas de las cuales los testigos de Jehová extraen su propia tradición bautismal como puramente simbólica, disminuyen la importancia del bautismo en sus tradiciones. Sin embargo es tradicionalmente indisputable y bíblicamente demostrable que el bautismo es importante y necesario como sacramento y aún más como primer sacramento de la Iglesia naciente: la fuerte expresión paulina “Un Señor, una Fe, un Bautismo” (Efesios 4:5) debiera probar la importancia de este sacramento más allá de toda duda.

En la comisión de hacer discípulos bautizándolos se define
la importancia y la necesidad del bautismo para perdón de pecados pero una más importante característica es revelada en Marcos 9:20. Si bien estas frases finales no aparecen en todas las versiones existentes de Marcos los eruditos han concluido, en años recientes, que es posible que en épocas tempranas se perdiera esta parte final del manuscrito y que la Iglesia, en conocimiento del contenido esencial adhiriera lo que hoy se conoce como “conclusión corta” y que no está en conflicto con ninguna otra parte de la Escritura. (Ver “The Expositor’s Bible Commentary, nota de Walter Wessell, Gabelein, 1984 c. 8 p. 793) Es allí que encontramos “El que crea y es bautizado será salvado pero el que no crea será condenado” . Es importante destacar la autoridad conferida a los discípulos del primer siglo para perdonar pecados a través del sacramento inicial del bautismo. El resto de las Escrituras cristianas confirman esta particularidad de la autoridad apostólica que es otorgada por Cristo luego de afirmar que toda autoridad le ha sido otorgada a él mismo. Para aquellos que creen en el cristianismo silvestre y desperdigado baste este argumento que claramente define y aumenta la autoridad apostólica que se extiende como la autoridad de Cristo, no solo a lo ancho y largo del mundo sino a lo largo de la historia por venir, ya que Cristo no fundó su Iglesia para que las puertas de la muerte y el Hades prevalecieran contra ella o para que se disolviera en apostasía en un par de decenios.

Ireneo, discípulo de Policarpo quien fuera él mismo discípulo del apóstol Juan y heredero de su episcopado dice: “Y una vez más, dando a los discípulos el poder de la regeneración en Dios, [Jesús] les dijo: ‘Id y enseñad a las naciones bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo’ ” (“Contra las Herejías”, citado en “Ante-Nicene Fathers”, Roberts and Donaldson)

El Bautismo de Infantes Como Doctrina Apostólica
Martín Lutero no entendió que este pasaje excluyera a los infantes en la iniciación bautismal. En sus obras escribe: “¿Quién ha de ser bautizado? Todas las naciones, eso es, seres humanos, jóvenes y viejos… los pequeñines deben ser bautizados cuando son presentados para el bautismo por aquellos que tienen autoridad sobre ellos porque ellos no están excluidos en la frase ‘todas las naciones’ y porque el santo bautismo es el único medio para que estos pequeños alcancen la regeneración y el nuevo nacimiento.” (“Luther’s Small Cathecism”, Concordia, 1965). Cuando los anabaptistas discordaron con esta apreciación de Lutero, él apeló al argumento de “totius orbis constans confessio” o sea la confesión [y práctica] de toda la Iglesia, que no es nada más que otra forma de referirse a la tradición cristiana. ¡En pocas palabras, la entera cristiandad no puede haber estado equivocada desde el primer día en un dogma tan fundamental!
Juan Calvino, el reformador suizo del siglo XVI también afirmó la necesidad del bautismo de infantes. En sus “Institutos de la Religión Cristiana” Calvino dedica el entero capítulo 16 al “paedobaptismo” y defiende la antigua tradición en una forma de lo más enérgica. Concluye esta defensa de veintitantas páginas diciendo lo siguiente: “Sin duda el designio de Satanás al asaltar el bautismo de infantes con todas sus fuerzas, es el ocultar el testamento de gracia divina y gradualmente hacer desaparecer lo que la mismísima promesa presenta delante de nuestros ojos… por lo tanto a menos que maliciosamente queramos oscurecer la bondad inmerecida de Dios, presentemos nuestros hijos delante de Aquel que les ha asignado un lugar entre sus amigos y familia como miembros de la Iglesia” (“Institutes of the Christian Faith”, Eerdmans, 1983) .

En Hechos 2:37-41 se inicia la gran campaña de predicación mundial en obediencia a esa “gran comisión” recibida en los días previos a la Ascensión de Nuestro Señor. El Apóstol Pedro es quien predica que el bautismo es un prerrequisito para el perdón de pecados y es el momento en que se recibe el Espíritu Santo. Notemos los tres elementos de nuevo reunidos: Creencia, aguas y Espíritu. Esta es la conclusión y la realización de las sombras proféticas proyectadas por la creación del Génesis, el Diluvio y el Arca, Abraham, Moisés, el paso del Mar Rojo, Naamán, Ezequiel etc. y que se aclara ahora en contexto con la conversación de Jesús y Nicodemo.

Agua y Espíritu es el martilleo constante de la Escritura en lo que toca a este tema. ¿Concluiremos que la fe no es imprescindible porque no se menciona en estos contextos?
¡Por supuesto que no! Ya ves que Pedro no llama a la multitud a apoyarse en “sola fide” o fe solamente. Nada debe desbalancearse de tal manera. Si la fe no se menciona (aunque a todas luces está obviamente ahí) eso no significa que el bautismo no es importante o que la fe no es importante para el acto bautismal. El creer y el bautismo son indisolubles en ese sentido. Personas adultas que se bautizan lo hacen porque tienen fe en Jesucristo y en el acto sacramental del bautismo, en el caso de los infantes son los padres o los responsables quienes ejercen la fe en lugar del chiquillo quien no es segregado del pueblo de Dios porque aún no puede razonar lo suficiente como para creer en Dios y aceptarlo como salvador personal. Si las lilas del campo y los pajarillos tienen importancia para Dios, ¡Cuánto más lo tendrán los retoños de sus hijos creyentes y fieles! Concluyo de una vez diciendo que estas distorsiones al sacramento bautismal que hoy vemos realizadas en ciertas sectas son el resultado de las creencias anabaptistas del siglo XVI y que ni siquiera formaban parte de la teología de los primeros y principales reformadores de ese tiempo.
(Ver por favor Hechos 8:27 y 10:1, 44-48 prestar atención en el caso de Cornelio a la expresión “y toda su casa” lo que en la antigüedad incluía a los niños. Ver Hechos 11:14, 18:8 y 1 Cor 1:16)

La tradición judía determinaba que los prosélitos de las naciones circuncidaran a todo varón de la casa, incluidos los niños tal como se cita en las Escrituras en el caso de Abraham. El segundo pacto, el nuevo pacto, siendo mejor y superior al primero no puede excluir a los niños que estaban incluidos en el anterior.

El “Oxford Dictionary of the Christian Church” comenta al respecto: “En los tiempos del Nuevo Testamento se pueden apreciar signos positivos de bautismo de infantes en el hecho de que los hijos de padres cristianos son considerados ‘santos’ en oposición a ser ‘inmundos’; y también son exhortados a obedecer a sus padres ‘en el Señor’ (Col 3:20 y Efe 6:1). No hay ninguna sugestión o mandamiento de que los jóvenes busquen el bautismo al llegar a la edad de la razón” (Oxford University Press, 1989).

Seguramente te habrá venido a la mente el episodio de Mateo 19:14. No debiéramos bloquear el camino de los niños a Jesús, sino presentarlos delante del Maestro.
La doctrina y la experiencia del Bautismo de boca de Jesús y los Apóstoles

Verdaderamente te digo: A menos que uno nazca de nuevo del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles si te he dicho: “Debes nacer de nuevo para entrar en el Reino de los Cielos” (Juan 3)

¿Qué quiere decir Jesús? Creo que es razonable enfocar el bautismo de Jesús para entender lo que estas palabras quieren decir. En el caso de Jesús el agua de su bautismo y el Espíritu Santo actúan en concordancia con la voluntad divina claramente expresada. Dios ha provisto un sacerdote (Juan el Bautista) y la bendición divina es se oye directamente desde los cielos para dar testimonio a los que están presentes de que este hombre, Jesús, está aprobado por Dios, en paz con Dios. La segunda creación comienza y el modelo perfecto del bautismo es establecido para siempre. El sacerdote heredero de la verdadera tradición de Aarón, el agua del Jordán, el Espíritu Santo que permanece en Jesús, la aprobación del Padre y la presencia del Hijo. Todos a una en este momento crucial de la historia tenemos un maravilloso ejemplo de como ejecutar este sacramento. Esto es lo que significa “nacer de arriba”, “nacer de nuevo”. En el futuro el sacerdocio Aarónico será reemplazado por el sacerdocio apostólico. El segundo, como el primero, hereda la autoridad conferida en principio por Dios mismo (en Moisés y en Jesús, su antitipo).

Las palabras de Pedro en el Pentecostés son importantes porque es en ese momento que la Iglesia es bautizada en Espíritu Santo. Hechos 2:37-41 confirma que los apóstoles han recibido la autoridad de bautizar para perdón de pecados. Pedro afirma que el bautismo es el requisito indispensable para el perdón y la recepción del Espíritu. Por diez años la Iglesia ha recibido a sus miembros judíos bajo esa condición y en ese orden (El bautismo en esos tiempos precede a la unción en Espíritu Santo). Sin embargo, y para probarle a Pedro que la puerta está ahora abierta a los hombres y mujeres de las naciones, luego de la visión premonitoria, el Espíritu precede al bautismo en el caso de Cornelio. Esta excepción es la mano de Dios afirmando la apertura de las puertas de su Iglesia a las naciones del mundo y la extensión de los beneficios de la salvación por la cruz de Jesús aún a aquellos a cuyas manos Jesús murió. Recordemos que Cornelio es un romano de Italia y que es un centurión. No puede haber ejemplo más fuerte y claro que ése. El Espíritu y el Bautismo ahora están disponibles a todo el mundo sin excepción. El perdón de Cristo en la cruz (“perdónalos Señor, porque no saben lo que hacen”) se ha hecho manifiesto.

En Hechos 8:27-38 es evidente que los apóstoles y diáconos (Hechos 6:5) enseñaron que el bautismo es un requisito elemental para la salvación. ¿Cómo supo el eunuco etíope que era necesario bautizarse si Felipe no se lo explicó previamente? Como punto adicional nótese que el eunuco reconoce la interpretación de la Escritura como una interpretación autorizada, autoridad que es refrendada luego por testimonio del Espíritu Santo. No hay interpretación personal y solitaria en este caso.

En 1 Cor 7:14 la familia es consagrada por la membresía en el Reino de uno de sus miembros. Cuando los discípulos impidieron que los niños se acercaran a Jesús, en el pasaje de Lucas 18:15 se usa la palabra griega brefos que significa un recién nacido. Jesús no quiere mantener a estos más pequeños fuera de su reino y nos demuestra que su bondad inmerecida alcanza aun a los de tan temprana edad. Él mismo fue circuncidado y aceptado en Israel al octavo día de vida. El rito de la circuncisión es la entrada al pacto antiguo de la misma forma que el rito del bautismo es la entrada al pacto nuevo. Juan Calvino y Martín Lutero están de acuerdo en considerar este pasaje como la razón fundamental para bautizar infantes en la Iglesia.

La conversión de Pablo trae a la mente los elementos que antes expusimos en el asunto de la creación. Pablo está en la oscuridad, ciego, su mente en desorden con una confusión de ideas (recordar el Génesis citado antes). Al llegar Ananías a la casa, éste le dice: “Sé bautizado y lava tus pecados por medio de invocar Su nombre”. Nótese que se hace la luz para Pablo al caer las escamas que cubrían sus ojos. Nótese que la fórmula es distinta a la usada en otras ocasiones (“cree en Jesucristo” etc.).
No hay nada puramente simbólico en este bautismo, es la acción del Espíritu Santo lo que primero mueve a Ananías a visitar a Pablo en la casa de la Calle Recta y es el mismo Espíritu Santo que comienza a actuar en Pablo a partir del sacramento bautismal.

Pablo, al escribir a los corintios en 1 Cor 10:1-4 hace una hermosa comparación que nos confirma dos cosas. La primera es que el bautismo es lo que nos lleva al Moisés antitípico que es Jesús. Y la segunda que la sumisión al arreglo divino por medio del bautismo nos hace participantes en la “comida sobrenatural” o “milagrosa” de la Cena del Señor. Es doctrina cristiana cierta que nadie que no haya sido bautizado puede participar del pan y del vino pues no ha puesto detrás de sí al mundo y a la carne para aceptar al Reino de Dios en el Espíritu (ver Hebreos 13:10). ¿De qué otra forma se puede entender este discurso de Pablo si no es así? Realmente no debiera sorprendernos la unicidad de la doctrina de boca de uno de sus Apóstoles, uno que el mismo Señor Jesús eligió para que fuera nuestro apóstol, ya que somos su rebaño de las naciones.

Comentando en este pasaje Matthew Henry explica: “[Los hebreos] tuvieron sacramentos como los nuestros. Fueron bautizados en la nube y el mar por Moisés y fueron hechos así herederos de la obligación a la Ley de Moisés y su Pacto. Fue para ellos un bautismo típico [del nuestro]”

Es necesario recordar que el nombre Moisés significa “Salvado de las aguas”.
En 1 Cor 6:9-11 se nota el uso sinónimo de las palabras “lavados”, “santificados” y “justificados”.
En muchas de las sectas cristianas se trata de reducir el proceso de salvación a una serie de pasos o etapas que el converso debe completar para ser salvo. En esta lectura de Pablo se nota que los elementos parecen estar en el orden incorrecto ya que algunos sostienen que la justificación viene primero, luego la santificación (identificada por algunos como una mejora moral o cambio de conducta).
Pablo trata estos términos como sinónimos en este caso pero yendo un poco más allá estos términos son puestos en el tiempo aoristo del griego lo que implica una acción ya completada en el tiempo. Es por eso que en el idioma castellano se traduce “habéis sido” para recalcar la perfección del tiempo verbal.

Pablo ha usado este término antes. La palabra apolóuo, de la raíz “lavar” precedida por “apo” que le da el sentido de “afuera” o “echar”. El tiempo es aoristo en este caso lo cual denota un solo instante del tiempo, algo ya ocurrido y completo, nunca una continuidad de acciones que puedan extenderse hasta el presente. Aquí volvemos a encontrar los elementos del agua, el Espíritu y la mención del Padre, de Jesús y del Espíritu Santo bien apunta a la fórmula bautismal ordenada por Jesús “en nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo”.

Pablo en la carta a los efesios: “Hay un cuerpo y un Espíritu, así como vosotros fuisteis llamados a una esperanza que pertenece a vuestra llamada, un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos nosotros” El Bautismo es una incorporación el Iglesia de Cristo, su cuerpo. Es también una declaración de unión con Cristo para cumplir lo que Jesús mismo pidiera al Padre en Juan 17:20-33.

Un comentario dice: “El Bautismo es el complemento sacramental de la fe, el rito por el cual el hombre logra la unión con Cristo y manifiesta públicamente su cometido” (“The Letter to the Galatians” Brown, Fitzmyer, Murphy en “The Jerome Biblical Commentary”, publ. Por Prentice Hall, 1968) .

Siguiendo a Pablo, el Credo Niceno declara: “Reconocemos el bautismo para perdón de pecados”. Algunos sin embardo declaran que el “un bautismo” del que habla Pablo no es el bautismo en agua.

El catedrático protestante Andrew T. Lincoln sin embargo declara: “El ‘un bautismo’ es el bautismo en agua, el rito público de la confesión de un Señor. El bautismo es uno porque es la iniciación y entrada en el cuerpo de Cristo que es un solo cuerpo”. (“Ephesians”, vol. 42 del Word Biblical Commentary, Word Books, 1990).

Tertuliano, en el segundo siglo escribe: “Hay para nosotros uno y solamente un bautismo de acuerdo con los Evangelios del Señor y las Cartas de los Apóstoles como suficientemente se nos dice ‘un Dios, un Bautismo y una Iglesia’. Entramos entonces una vez en la fuente: Una vez que los pecados han sido lavados no debieran repetirse jamás. Agua feliz que de una vez lava y que no se burla del pecador con vanas esperanzas” (“Ante-Nicene Fathers”, Roberts and Donaldson).

Ver y meditar en estas varias porciones de las cartas apostólicas: Col 2:11-12; Tito 3:4-7; Efe 5:26; Heb 6:1-4, 1 Ped 3:18-22 .

Comentarios sobre el Bautismo en los escritos de la

Iglesia primitiva
El Didacta o la Enseñanza de los Apóstoles
Este tratado o resumen se sabe anterior a la escritura de la mayoría de los escritos del Nuevo Testamento y era usado para instruir nuevos discípulos, entre otras cosas. El documento que nos ha llegado fue usado sin duda en vida de los apóstoles y cumplía la función de un catecismo básico como preparación general previa al bautismo.

“Todo esto apunta a una época muy temprana y muchos estudiosos consideran al Didacta en algún punto temprano de la segunda mitad del primer siglo, esto es, una fecha mucho más temprana que muchos de los escritos contenidos en el Nuevo Testamento” (“Early Christian Writings”, Andrew Louth, Penguin Books, 1968)

Del Didacta: ” Bautizad de la siguiente manera: Después de explicar todos estos puntos, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en una corriente de agua. Pero si no hay una corriente de agua cercana, en otro cuerpo de agua, si no la hubiera fría que sea agua caliente pero si no tienes ni una ni otra, vuelca agua sobre la cabeza tres veces en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y que nadie coma o beba de la Eucaristía sino aquellos bautizados en el nombre del Señor. Porque concerniente a esto el Señor ha dicho: ‘No déis a los perros lo que es santo’”
La Epístola de Bernabé (70 A.D. ~ 100 A.D.)

“Observemos aquí como [el Señor] describe ambos el agua y la cruz en la misma figura, siendo el significado que El les da, ‘bendito es el que desciende en el agua con sus esperanzas puestas en la cruz’… El nos dice aquí que luego de haber descendido al agua cargados de pecados, salimos de ella floreciendo en frutos con reverencia en nuestros corazones y la esperanza de Jesús en nuestras almas”
Clemente de Roma (“La Epístola de Clemente” ~ 96 A.D.)
“¿Por qué hay peleas, tumultos y divisiones entre vosotros? ¿No tenéis vosotros todos un Dios y un Cristo? ¿Es que no hay un Espíritu de gracia derramado sobre todos nosotros?

El Martirio de Policarpo (~ 155 A.D.)
“Y al entrar Policarpo en la arena una voz del cielo se escuchó diciendo ‘Sé fuerte Policarpo y pórtate como un hombre’. Finalmente fue llamado a ser examinado y el Gobernador lo presionaba diciendo: ‘Toma el juramento y te dejaré ir’…‘Insulta a Cristo’. La respuesta de Policarpo fue la siguiente: ‘Por ochenta y seis años lo he servido y El no me ha hecho ningún daño. ¿Cómo puedo blasfemar a mi Rey y Salvador?

De Policarpo dice Eusebio en su “Historia de la Iglesia”: “Policarpo fue instruido por los Apóstoles y por aquellos que vieron al Señor, pero fue designado obispo de Esmirna por los apóstoles para servir allí. Yo mismo lo vi porque vivió una larga vida y era de mayor edad cuando dio su vida en un espléndido martirio. En todo tiempo enseñaba las cosas que había aprendido de los apóstoles, las cosas que la Iglesia transmite y sólo aquellas que son verdaderas”

Basta hacer cuentas para deducir que Policarpo fue bautizado en el año 70, cuando era apenas un niño según se menciona en la Primera Apología de San Justino. De Policarpo se dice que los leones rehusaron atacarlo, se hizo entonces un intento de quemarlo pero el fuego no lo dañó y finalmente tuvo que ser traspasado por una daga.
Ignacio de Antioquía (~35 A.D. – 107 A.D.)

“No es apropiado que haya bautismos si el obispo no está presente” (Epístola a los Esmirneos)
Una Antigua Homilía de Autor Desconocido (120 A.D. ~140 A.D.)

“Concerniente a aquellos que no han mantenido el sello [del bautismo], El dice ‘Su cresa no morirá y su fuego no se apagará y serán un espectáculo a toda carne’… porque luego que hemos partido del mundo no podemos ya hacer confesión allí ni arrepentirnos ya más. Por lo tanto hermanos si hemos hecho la voluntad del Padre y hemos mantenido la carne pura y guardado el mandamiento del Señor, recibiremos vida eterna. Esto es lo que significa el mantener la carne limpia y el sello [del bautismo] sin mácula hasta el mismo fin para que podamos recibir la vida”
Ireneo de Lyon (130 A.D. ~ 200 A.D.)

“Hay tantas versiones de la redención como maestros hay en estas opiniones místicas. Y al refutarlos demostramos que esta clase de hombres ha sido instigada por Satanás a negar el bautismo que es la regeneración por Dios y al efectuar tal negación niegan y renuncian al total de la fe cristiana.

‘Y se sumergió’, dice la Escritura, ‘siete veces en el Jordán’. No fue por nada que el Naamán de antiguo al sufrir de lepra fue purificado al efectuarse su bautismo. Es buena esta indicación para nosotros, pues para nosotros fue escrita. Porque somos como leprosos en el pecado y somos hechos limpios por medio del agua sagrada y la invocación del Señor. Limpios de todas nuestras transgresiones y espiritualmente regenerados como si fuéramos recién nacidos. Es así que el Señor ha declarado: ‘A menos que uno nazca del agua y del Espíritu, no entrará en el Reino de los Cielos’” (Contra las Herejías).

Y finalmente me gustaría citarte de un documento católico que explica la doctrina de la salvación según es revelada en la Iglesia. Es en bien pocas y buenas palabras que revela la esencia de las enseñanzas apostólicas al decir, en referencia a 1 Cor 6:11.

“Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en virtud de obras de ellos pero por designio y gracia de Él, siendo justificados por el Señor Jesucristo han sido hechos hijos de Dios en bautismo, el sacramento de la fe y participantes de la divina naturaleza, por lo tanto han sido verdaderamente santificados. Deben por lo tanto abrazar y perfeccionar la santificación que de Dios han recibido”
(“Lumen Gentium”, no. 40)

Luego de estas palabras podrás entender, José Luis, cuánto me alegro por tu próximo bautismo.
Carlos Caso-Rosendi

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Responde el P. Miguel Ángel Fuentes, I.V.E.
Quisiera saber… acerca de la veracidad de que San Pedro estuvo en Roma y fue el primer papa y cómo podría yo decirles o demostrar que esto es cierto a quienes lo cuestionan.

Estimada:
1. El Primado de Pedro

a) El dogma
Cristo constituyó a1 apóstol San Pedro cómo primero entre los apóstoles y como cabeza, visible de toda la Iglesia, confiriéndole inmediata y personalmente el primado de jurisdicción. Para los católicos esto es una verdad de fe.

El concilio Vaticano I definió (cf. Dz 1823) y lo repitió con fuerza el Concilio Vaticano II (Lumen gentium, n.18).
La cabeza invisible de la Iglesia es Cristo glorioso. Pedro hace las veces de Cristo en el gobierno exterior de la Iglesia militante, y es, por tanto, vicario de Cristo en la tierra.

Se oponen a este dogma la Iglesia ortodoxa griega y las sectas orientales, algunos adversarios medievales del papado (Marsilio de Padua y Juan de Jandun, Wicleff y Hus), todos los protestantes, los galicanos y febronianos, los Viejos Católicos (Altkatholiken) y los modernistas. Según la doctrina de los galicanos (E. Richer) y de los febronianos (N. Hontheim), la plenitud del poder espiritual fue concedida por Cristo inmediatamente a toda la Iglesia, y por medio de ésta pasó a San Pedro, de suerte que éste fue el primer ministro de la Iglesia, designado por la Iglesia (“caput ministeriale”). Según el modernismo, el primado no fue establecido por Cristo, sino que se ha ido formando por las circunstancias externas en la época postapostólica (Dz 2055 s).

b) Fundamento bíblico
Cristo distinguió desde un principio al apóstol San Pedro entre todos los demás apóstoles. Cuando le encontró por primera vez, le anunció que cambiaría su nombre de Simón por el de Cefas = roca: “Tú eres Simón, el hijo de Juan [según la Vulgata: de Jonás]; tú serás llamado Cefas (Jn 1,42; cf. Mc 3,16). El nombre de Cefas indica claramente el oficio para el cual le ha destinado el Señor (cf. Mt 16, 18). En todas las menciones de los apóstoles, siempre se cita en primer lugar a Pedro. En Mt se le llama expresamente “el primero” (Mt 10,2). Como, según el tiempo de la elección, Andrés precedía a Pedro, el hecho de aparecer Pedro en primer lugar indica su oficio de primado. Pedro, juntamente con Santiago y Juan, pudo ser testigo de la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5, 37), de la transfiguración (Mt 17, 1) y de la agonía del Huerto (Mt 26, 37). El Señor predica a la multitud desde la barquilla de Pedro (Lc 5, 3), paga por sí mismo y por él el tributo del templo (Mt 17, 27), le exhorta a que, después de su propia conversión, corrobore en la fe a sus hermanos (Lc 22, 32); después de la resurrección se le aparece a él solo antes que a los demás apóstoles (Lc 24, 34; 1 Cor 15, 5).

A San Pedro se le prometió el primado después que hubo confesado solemnemente, en Cesarea de Filipo, la mesianidad de Cristo. Díjole el Señor (Mt 16, 17-19): “Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás, porque no es la carne ni la sangre quien eso te ha revelado. sino mi Padre que está en las cielos.

Y yo te digo a ti que tú eres Pedro [= Cefas], y sobre esta roca edificaré yo mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos”.

Estas palabras se dirigen inmediata y exclusivamente a San Pedro. Ponen ante su vista en tres imágenes la idea del poder supremo en la nueva sociedad que Cristo va a fundar. Pedro dará a esta sociedad la unidad y firmeza inquebrantable que da a una casa el estar asentada sobre roca viva; cf. St 7,24 y siguientes. Pedro ha de ser también el poseedor de las llaves, es decir, el administrador del reino de Dios en la tierra; cf. Is 22,22; Apoc 1,18; 3,7: las llaves son el símbolo del poder y la soberanía. A él le incumbe finalmente atar y desatar, es decir (según la terminología rabínica): lanzar la excomunión o levantarla, o también interpretar la ley en el sentido de que una cosa está permitida (desatada) o no (atada). De acuerdo con Mt 18,18, donde se concede a todos los apóstoles el poder de atar y desatar en el sentido de excomulgar o recibir en la comunidad a los fieles, y teniendo en cuenta la expresión universal (“cuanto atares… cuanto desatares), no es lícito entender que el pleno poder concedido a San Pedro se limita al poder de enseñar, sino que resulta necesario extenderlo a todo el ámbito del poder de jurisdicción. Dios confirmará en los cielos todas las obligaciones que imponga o suprima San Pedro en la tierra.

Contra todos los intentos por declarar este pasaje (que aparece únicamente en San Mateo) como total o parcialmente interpolado en época posterior resalta su autenticidad de manera que no deja lugar a duda. Asta se halla garantizada, no sólo por la tradición unánime con que aparece en todos los códices y versiones antiguas, sino también por el colorido semítico del texto, que salta bien a la vista. No es posible negar con razones convincentes que estas palabras fueron pronunciadas por el Señor mismo.

No es posible mostrar tampoco que se hallen en contradicción con otras enseñanzas y hechos referidos en el Evangelio.

El primado se lo concedió el Señor a Pedro cuando, después de la resurrección, le preguntó tres veces si le amaba y le hizo el siguiente encargo: “Apacienta mis corderos, apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas” (Jn 21,15-17). Estas palabras, lo mismo que las de Mt 16,18s, se refieren inmediata y exclusivamente a San Pedro. Los “corderos” y las “ovejas” representan todo el rebaño de Cristo, es decir, toda la Iglesia; cf. Jn 10. “Apacentar”, referido a hombres, significa lo mismo que gobernar (cf. Act 20,28), según la terminología de la antigüedad profana y bíblica. Pedro, por este triple encargo de Cristo, no quedó restaurado en su oficio apostólico (pues no lo había perdido por su negación), sino que recibió el supremo poder gubernativo sobre toda la Iglesia.

Después de la ascensión a los cielos, Pedro ejerció su primado. Desde el primer momento ocupa en la comunidad primitiva un puesto preeminente: Dispone la elección de Matías (Act 1,15ss); es el primero en anunciar, el día de Pentecostés, el mensaje de Cristo, que es el Mesías muerto en la cruz y resucitado (2,14 ss); da testimonio del mensaje de Cristo delante del sanedrín (4,8 ss); recibe en la Iglesia al primer gentil: el centurión Cornelio (10,1 ss); es el primero en hablar en el concilio de los apóstoles (15,17 ss); San Pablo marcha a Jerusalén “para conocer a Cefas” (Gal 1,18)…….c) El testimonio de los padres de la Iglesia.

Los padres, de acuerdo con la promesa bíblica del primado, dan testimonio de que la Iglesia está edificada sobre Pedro y reconocen la primacía de éste sobre todos los demás apóstoles. TERTULIANO dice de la Iglesia: “Fue edificada sobre él” (De monog. 8). SAN CIPRIANO dice, refiriéndose a Mt 16,18s: “Sobre uno edifica la Iglesia” (De unit. eccl. 4). CLEMENTE DE ALEJANDRÍA llama a San Pedro “el elegido, el escogido, el primero entre los discípulos, el único por el cual, además de por sí mismo, pagó tributo el Señor” (Quis dives salvetur 21,4). SAN CIRILO DE JERUSALÉN le llama “el sumo y príncipe de los apóstoles” (Cat. 2, 19).

Según SAN LEÓN MAGNO, “Pedro fue el único escogido entre todo el mundo para ser la cabeza de todos los pueblos llamados, de todos los apóstoles y de todos los padres de la Iglesia” (Sermo 4,2).

En su lucha contra el arrianismo, muchos padres interpretan la roca sobre la cual el Señor edificó su Iglesia como la fe en la divinidad de Cristo, que San Pedro confesara, pero sin excluir por eso la relación de esa fe con la persona de Pedro, relación que se indica claramente en el texto sagrado. La fe de Pedro fue la razón de que Cristo le destinara para ser fundamento sobre el cual habría de edificar su Iglesia.

2. Pedro y Obispo de Roma y Primer Papa
Una antigua tradición basada en los anales de la Iglesia y de la Arqueología romana nos indica que Pedro muere en Roma, donde fue Obispo. Este es el origen de la Preeminencia del Obispo de Roma sobre los demás Obispos sucesores de los Apóstoles. Tiene fundamento escriturístico en el texto de 1Pe 5,13: “La Iglesia que está en la Babilonia, elegida juntamente con vosotros, y Marcos mi hijo, os saludan”.

La expresión “Babilonia” se refiere a Roma, como notan todos los exégetas: “casi todos los autores antiguos y la mayor parte de los modernos ven designada en esta expresión a la Iglesia de Roma… El nombre de Babilonia era de uso corriente entre los judíos cristianos para designar la Roma pagana. Así es llamada también en el Apocalipsis (14,8; 16,19; 17,15; 18,2.10), en los libros apócrifos y en la literatura rabínica. La Babilonia del Eufrates, que en tiempo de San Pedro era un montón de ruinas, y la Babilonia de Egipto, pequeña estación militar, han de ser excluidas” (José Salguero, O.P., Biblia Comentada, tomo VII, BAC, Madrid 1965, p. 145).
Esto lo reconocen incluso los autores protestantes serios. Por ejemplo, Keneth Scott Laturet, prestigioso historiador, escribe en su libro “Historia de la Iglesia” (Tomo I, p. 112, Ed. Casa Bautista de Publicaciones) dice: “Pedro viajaba, porque sabemos estuvo en Antioquía, y lo que parece una tradición digna de confianza, sabemos que estuvo en Roma y allí murió”.

La Enciclopedia Británica, tomo IX, p. 123 da la referencia de todos los Obispos de Roma comenzando por San Pedro y terminando por Juan Pablo II, 264 Obispos en sucesión ininterrumpida.

La “New American Encyclopedia” dice en su sección sobre los Papas “Cuando San Pedro dejó Jerusalén vivió por un tiempo en Antioquia antes de viajar a Roma donde ejerció como Primado”.

Muy fuerte es también el testimonio de la tradición que manifiesta la enorme importancia que tuvieron los primeros Obispos de Roma sobre la naciente Cristiandad, justamente por ser sucesores de Pedro. Así, por ejemplo, en el año 96, o sea 63 años después de la muerte de Cristo, ante un grave conflicto en la comunidad de Corintios, quien tomó cartas par poner orden fue el Obispo de Roma, el Papa Clemente, y esto a pesar de que en ese tiempo todavía vivía el Apóstol Juan en la cercana ciudad griega de Efeso. Sin embargo fue una carta de Clemente la que solucionó el problema y aun doscientos años después de este hecho se leía esta carta en esa Iglesia. Esto solo es explicable por la autoridad del sucesor de Pedro en la primitiva Iglesia.

Ireneo, Obispo de Lyon, y Padre de la Iglesia de la segunda generación después de los Apóstoles escribía pocos años despues: “Pudiera darles si hubiera habido espacio las listas de Obispos de todas las Iglesias, mas escojo solo la línea de la sucesión de los Obispos de Roma fundada sobre Pedro y Pablo hasta el duodécimo sucesor hoy”.Según el primer historiador de la Iglesia, Eusebio de Cesarea (año 312), esta sucesión es una señal y una seguridad de que el Evangelio ha sido conservado y transmitido por la Iglesia Católica.

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