“El Demonio es protestante”, fue la primera frase que pronuncié, tras mi conversión, a quienes me escucharon por más de doce años como su pastor. El escándalo fue mayúsculo. Algunos ya habían notado que mis vacaciones fueron demasiado precipitadas y quizá hasta exageradamente prolongadas. Fueron unas vacaciones raras incluso para mi familia, que me veía reticente a las prácticas habituales en casa, como la lectura y explicación de la Biblia. Ya habíamos tenido demasiadas rencillas a causa de mis nuevos pensamientos.

Recuerdo vívidamente los primeros movimientos de rabia que tuve al leer un artículo en una revista. Yo encontraba que la nota era demasiado radical en sus afirmaciones, demasiado rotunda para lo que yo estaba acostumbrado a leer.

No me dejaba muchos ‘flancos’ descuidados por donde atacar. O refutaba el centro del asunto o no tenia sentido desmenuzar tres o cuatro aspectos como se me había enseñado a realizar de forma automática e inconsciente. Generalmente los católicos tienen como que una cierta vergüenza por mostrar todas las cartas sobre la mesa, y como no muestran todo con claridad, es muy fácil prender fuego a sus tiendas de campaña, porque dejan demasiados lados flojos.

En lo personal nunca recurrí a lo que ahora entiendo como “leyendas negras”, porque me parecía que era inconducente debatir basándome en miserias personales o grupales sin haber derribado la propia lógica de su existencia. Eso hice con algunas sectas o con temas como la evolución o algunos derechos humanos según se les entiende normalmente.

Reconozco que muchos de los que en ese momento eran mis hermanos caen en ese error, tratando de derribar moralmente al “adversario” diciéndole cosas aberrantes sobre su fe. Pero basta un buen argumento, y bien plantado, para que uno se vea obligado a retirarse a las trincheras de la Biblia y no querer salir de allí hasta que el temporal que iniciamos se calme al menos un poco. Pero no nos funciona a todos el mismo esquema. Muchos no se rigen tanto por la razón como por el placer de vencer en cualquier contienda.

El artículo en cuestión me obligaba a pensar sólo con ideas, porque de eso trataba. Mi manual con citas bíblicas para cada ocasión me servía poco. Cualquier cosa que dijera sería respondida con otra. No era ese el camino.

Creo haber estado meditando en el problema unas cinco o seis semanas. Hasta que resolví acudir a la parroquia católica que quedaba cerca de mi templo. El sacerdote del lugar se deshacía en atenciones cada vez que nos encontrábamos. La verdad es que él estuvo siempre mucho más ansioso de verme que yo de verle a él. En ocasiones nos veíamos forzados a encontrarnos en público por obligaciones propias del pueblo. Pero de ordinario no nos encontrábamos. Era lo que ahora se llama un “cura nuevo”, con una permanente guitarra en las manos y muchas ganas de acercarse a mí.

Yo aprovechaba -Dios me perdone- para sacarle afirmaciones que escandalizaban a mis feligreses. El pobre nunca entendió que el ecumenismo muchas veces sirve más para rebajar a los católicos que para acercar a los separados. Uno tiene la sensación de que si la Iglesia puede ceder en cosas tan graves y que por siglos nos separaron, entonces realmente no le importan tanto como a nosotros, que jamás cambiaríamos una sola jota de la doctrina.

Otra cosa que solía hacer -me avergüenzo al recordarla- era tirar a mis chicos a discutir con los de la parroquia. Los pobres parroquianos se veían en serios apuros en esas ocasiones.

En el fondo yo me aprovechaba de que los chicos católicos estaban muy mal formados. Como comentábamos a sus espaldas: sólo van a la parroquia a divertirse, para repartir cosas a los pobres y para hacer ‘dinámicas de vida’, pero de doctrina y de Escrituras no saben nada.

Nos gustaba vencerlos con las cosas más tontas posibles. A veces surgían temas más sabrosos, pero con los argumentos normales bastaba para al menos hacerles callar.

Esa tarde no estaba el sacerdote de siempre. Había sido removido de la parroquia por una miseria humana comprensible en alguien tan “cálido” en su manera de ser. Cayó en las redes del demonio bajo la tentadora forma de una parroquiana, con la que ni siquiera se casó.

A cambio del párroco de siempre salió a atenderme, con una cara menos complacida, un sacerdote viejo y de mirada penetrante. Lo habían ‘castigado’ relegándolo dándole el cuidado de la parroquia de nuestro pequeño pueblecito. En los últimos treinta años la población había pasado de mayoritariamente católica a una mayoría evangélica o no practicante.

Yo generalmente acudía para refrescar mi memoria y cargarme de elementos que luego trabajaba como materia de mis prédicas, o para sondear la visión católica de alguna cosa.

El Padre M. no fue tan abierto. Me recibió con amabilidad, pero con distancia. Le planteé asuntos de interés común y me pidió tiempo para aclimatarse y enterarse del estado de la feligresía. Noté que habían sido arrancados varios de los afiches que nosotros les regalábamos cada cierto tiempo y que constituían verdaderos trofeos nuestros plantados en tierra enemiga.

En verdad quedé un poco desarmado, pero logramos charlar casi de todo. Casi… porque en doctrina comenzó él a morderme. Yo comencé a responder como de costumbre, citando con exactitud una cita bíblica tras otra, para probarle su error o mi postura.

En un aprieto que me puso, le dije: “Padre M… comencemos desde el principio” Y el varón de Dios, a quien supuse enojado conmigo, me dice: “De acuerdo: al principio era el Verbo y…”

Me largué a reír nerviosamente. Aparte de que me respondía con una frase utilizada en la Misa (al menos en la tradicional), ¡imitaba mi voz citando la Biblia!

“Pastor Boullón”, me dijo luego, “No avanzaremos mucho discutiendo con la Biblia en mano. Ya sabe usted que el Demonio fue el primero en todo crimen… y por eso también fue el primer Evangélico”.

Eso me cayó muy mal. ¡Me insultaba en la cara tratándome de demonio! Sin dejarme explicar lo que pensaba, se adelantó:

-Si… fue el primer evangélico. Recuerde que el Demonio intentó tentar a Cristo con ¡la Biblia en mano!

-Pero Cristo les respondió con la Biblia…

-Entonces usted me da la razón, Pastor… los dos argumentaron con la Biblia, sólo que Jesús la utilizó bien… y le tapó la boca.

Tomó su Biblia y me leyó lo que ya sabía: que cuando el Señor ayunaba el demonio le llevó a Jerusalén, y poniéndole en lo alto del templo le repitió el Salmo XC, II-12: “Porque escrito está que Dios mandó a sus ángeles que te guarden y lleven en sus manos para que no tropiece tu pie con alguna piedra”

Pero el Señor le respondió con Deuteronomio VI, 16: Pero también está escrito “No tentarás al Señor tu Dios”. Y el demonio se alejó confundido.

Yo también me alejé, como el demonio, confundido. Me sentía rabioso por haber sido llamado demonio, y por lo que es peor: ¡ser tratado como el demonio en el desierto!

Creo que fue la plática más saludable de mi vida.

Llegué a casa rabioso. Me sentía humillado y triste. No era posible que la misma Biblia pruebe dos cosas distintas. Eso es una blasfemia. Forzosamente uno debe tener la razón y el otro malinterpreta. Busqué ayuda en la biblioteca que venia enriqueciendo con el tiempo. Consulté a varios autores tan ‘evangélicos’ como yo, pero de otras congregaciones. No coincidíamos en las mismas cosas, pese a que todos utilizábamos la Biblia para apoyar lo que decíamos y demostrar que los otros se equivocaban.

Me armé de fuerzas y a la primera oportunidad, caí sobre el despacho parroquial del Padre M. Me recibió tan amable como la vez pasada, sólo que esta vez su distancia la hacía menos tajante a causa de su mirada divertida y curiosa de la razón que me llevaba otra vez a su lado.

Le largué un discurso de media hora sobre la salvación por la fe y no por las obras. Concluí -creo- brillantemente con la necesidad de abandonar a la Iglesia. Y cerré tomando la Biblia del cura y le leí Hechos XVI, 31: “¿Qué debo hacer para salvarme?, preguntó el carcelero. Cree en el Señor Jesús -respondió Pablo- y te salvarás tú y toda tu casa”.

Bebí un sorbo del té que me había ofrecido y le miré desafiante, esperando su respuesta. Pasaron eternos minutos de silencio.

Cuando carraspeé, el sacerdote me dijo:

-”¿Continuará la lectura de San Pablo?”

-”Ya terminé, Padre M.”

-”¿Cómo que ha terminado? ¡Continúe! Vaya a Corintios, XIII, 2.

-Leí en voz alta: “Aunque tanta fuera mi fe que llegare a trasladar montañas, si me falta la caridad nada soy”

-Entonces la fe…

-La fe… la fe… la fe es lo que salva.

-¡Vaya novedad! Me dice riendo. ¡No se bien quien creó la estrategia protestante de argumentar con la Biblia, pero creo que bien pudieron ser los demonios que ahora encontraron un buen medio para salvarse.

-¿Salvarse?

-Si.. salvarse, amigo mío. ¿Acaso no es el apóstol Santiago quien nos dice que hasta los mismos demonios creen en Dios? Y si sólo la fe salva…

-No se quede en silencio, Pastor… siéntese aquí que se aliviará un poco. Si quiere seguir como el Demonio, tentándome con la Biblia, le recuerdo que ahí mismo se nos dice que esa fe no salvará a los demonios, porque “como un cuerpo sin espíritu está muerto, la fe sin obras está muerta” (c.II) Y aún así los católicos no decimos que sea sólo fe o sólo obras. Cuando al Señor se le pregunta sobre qué debemos hacer para salvarnos, Él dice “Si quieres salvarte, guarda los mandamientos” Ahí tiene usted la respuesta completa.

Me acompañó hasta la puerta y me dijo: Le dejo con dos recomendaciones. La primera es que se cuide de sus hermanos de congregación. Ya sospechan de usted por venir tan seguido. La segunda es que vuelva usted cuando me traiga alguna cita bíblica -sólo una me basta- en que se pruebe que solo debe enseñarse lo que está en la Biblia.

Caminé a casa más preocupado por los comentarios que por el desafío. Eso sería fácil.

Mientras buscaba una cita que respondiera al sacerdote, caí en cuenta de que estaba parado en el meollo del asunto que por primera vez me llevó a esa parroquia con otros ojos. “Si es sólo la Biblia”, me dije, “entonces el problema del artículo queda resuelto: se debe probar por la Biblia o no se prueba”.

Ya imaginarán ustedes el resultado. Efectivamente no encontré nada. En años de ministerio, jamás me percaté de que lo central, esto es, que sólo debe creerse y enseñarse la doctrina contenida en la Biblia, no está en la Biblia. Encontré numerosos pasajes bíblicos que le conceden la misma autoridad que a las enseñanzas escritas en la Biblia a las doctrinas transmitidas por vía oral, por tradición.

Desde este punto en adelante muchos otros cuestionamientos fueron surgiendo de la charla con el Padre M. y de la lectura de revistas y de mucha literatura escrita con fines apologéticos.

Por un momento distraeré la atención de mis incursiones a la parroquia católica. Quizás sea porque un sacerdote es esencialmente distinto a un “Pastor” protestante, o quizás por la experiencia de distintos ordenes (confesión, dirección espiritual, etc.), el Padre M. acertó en su advertencia sobre las miradas que me dirigían mis feligreses a causa de esas visitas “no estrictamente ecuménicas”.

Yo aún no me había percatado de esa desconfianza, pero observando con mayor atención notaba reticencias, censuras y reproches indirectos. Aún la guerra no se declaraba. Sólo desconfiaban.

Me decepcioné mucho, pero no me dejé vencer por la tentación. El demonio -pensaba- me estaba tentando con Roma y para eso endurecía los corazones.

Pasada una semana de angustias, me senté con mi esposa para charlar. Necesitaba desahogarme. Me encontraba en un punto tal que no quería volver a la parroquia católica pero tampoco me sentía en paz con eso.

Después de la cena, oramos con los chicos y se fueron a dormir. Me senté y abrí mi corazón a mi esposa. Ella había sido una amante confidente y mi compañera de penurias y alegrías. Me escuchó con atención.

Sus palabras fueron tan sencillas como su conclusión: debía alejarme inmediatamente del sacerdote católico y tratar de recuperar la confianza de mis feligreses. Eso era lo prioritario. Teníamos una obligación de fe y teníamos que mantener una familia. No se hablaría más. El caso estaba resuelto… para ella.

Traté de cumplir con todo. Ella siempre fue la sensatez y me refrenaba en las locuras. Dejar de ir a la parroquia fue más fácil para el cuerpo que para mi alma. Algo me atraía de ese ambiente, y por lo demás deseaba la compañía de ese sacerdote provocador y bonachón.

Más difícil fue ganarme la confianza de los feligreses. Me exigían como prenda evidente que atacase más que nunca a la Iglesia para demostrar públicamente que no les guardaba ninguna simpatía.

Esto me costó, pues tenía que predicar omitiendo aquellos puntos en los que difería ya de mi anterior pensamiento.

Con el tiempo, mi familia y mis feligreses me dieron vuelta sus espaldas y fue la gran cruz que tuve que soportar por amar a Cristo en Su Iglesia.

No he querido exponer aquí todas las cosas que charlé con el buen Padre M. durante semanas y semanas. Yo le visitaba furtivamente y el me acogía con amable paternalidad. Yo daba vueltas en torno al tema e intentaba responder a las sabias preguntas con las que me desafiaba. ¡Cómo detestaba tener que darle la razón!

El tiempo me fue haciendo más perceptivo a sus sutilezas e ironías. De alguna forma misteriosa este sacerdote me tenía cautivado. Me acorralaba hasta la muerte, pero me daba siempre una salida honorable. Le gustaba desmoronar todos mis argumentos.

Su estilo era único: destrozaba mis argumentos, acusaciones y refutaciones primero desde la lógica, dándome dos posibilidades… o quedar como un tonto o verificar por mi mismo esa estupidez. Luego, y sólo luego, me invitaba a revisar el punto que yo trataba -si tenía sentido- desde el punto de vista de las Sagradas Escrituras. Supongo que uno de sus mayores puntos fuertes era su sólida cultura y su gran vida de piedad.

Recuerdo perfectamente una fría mañana cuando recibí un aviso telefónico de la parroquia. Me pedía que le visitara en un hospital de los alrededores. Sin meditar en las normas de cautela que tomaba para evitar que mis feligreses se irritaran aún más conmigo, abandoné todo y partí. Ahí me enteré del doloroso cáncer que padecía -jamás dio muestras de sufrir- y del poco tiempo que le quedaba. La cabeza me daba vueltas. Sentía dolor por la partida de quien ya consideraba un amigo.

Tomé una decisión: haría pública nuestra amistad y le visitaría a diario. Pocos días después le trasladaron, a petición suya, a su residencia.

Desde ese día le acompañé a diario. Dejé muchos compromisos de lado. La tensión comenzó a crecer hasta llegar a agresiones verbales abiertas y amenazas de quitarme el cargo y el sueldo. Mi familia estaba amenazada con la pobreza.

Fueron días de mucha angustia. Sabía que caminaba por los caminos correctos. Incluso pensaba en hacerme admitir en la Iglesia. Los temores y las dudas de antes de la internación del Padre M. se disiparon. No quería arrepentirme de mis errores ni recibir el perdón y el consuelo de nadie más. Pero la situación que me rodeaba era tan compleja que me paralizaba.

Recé muchísimo y acudí a pedir el consejo del Padre M. Él me recibió con mucha amabilidad y escuchó con atención mis problemas. Él ya los conocía. Me habló de la fortaleza de esos mártires que no tuvieron en cuenta ni la carne ni la sangre ni las riquezas, sólo amaron la verdad y dieron público testimonio de su adhesión a la fe. “Más vale entrar al Cielo siendo pobres que irse al infierno por comodidades”, sentenció.

Como adelanté al principio, reuní a mis feligreses y les hice una declaración de mi conversión. “¡El Demonio es protestante!” les dije para abrir la charla. Luego fueron abucheos y no me dejaron terminar las explicaciones.

Mas tarde reuní a mi familia y les platiqué de cada punto, y respondí a todas las objeciones de fe y de la situación. Mi esposa no discutió mucho: me expulsó de casa. Esa noche dormí acogido por el Padre M. quien me tranquilizó respecto al altercado. Desde entonces y después de pasados años de mi conversión nunca más fui admitido en casa como padre y esposo. Hoy les visito con tanta frecuencia como me permiten, pero sus corazones siguen muy endurecidos. El Padre M. tuvo muchas palabras para mí, pero las que más me llegaron fue su confesión de ofrecimiento de su vida por la salvación de mi alma… y que con gusto veía el buen negocio ya cerrado. Dios escuche las plegarias de mi buen amigo en el Cielo por mi esposa y mis seis hijos para que a su tiempo y forma vivan la vida de gracia de la santa fe.

Rogué al buen sacerdote me preparara para abjurar mis errores y ser admitido en la Iglesia. Dispuso de todo y una mañana de abril de 2001 fui recibido en el seno de la Esposa de Cristo. En junio de ese mismo año mi querido amigo entregó su alma al Señor, siendo muy llorado por todos cuantos le conocimos mejor. Le lloraron los enfermos y presos que visitaba, los niños y jóvenes de catequesis, los pobres y necesitados que consolaba, los fieles que acudían a él en busca de consejo y del perdón de Dios. En tributo a él escribo estas líneas. Mi querido sacerdote y Revista Cristiandad.org fueron mis dos grandes apoyos e impulsores tanto de mi conversión como de mi impulso apostólico al trabajar especialmente con los conversos y preparados para la conversión.

Tras su partida la parroquia fue administrada por un sacerdote más cercano al estilo del predecesor del Padre M. Yo sentí mucho esto porque con su prédica y actuar desmentía muchos de esos grandes principios eternos que había conocido y amado.

A veces me pregunto por la oportunidad de muchos cambios que se hacen más para contentar a los malos que para agradar a los buenos. Recuerdo que mi sacerdote amigo no era muy afecto a ceder ante nosotros, sino mas bien a mostrarnos todas las banderas, incluso las más radicales. Y éstas fueron, precisamente, las que más me indignaron pero a un mismo tiempo me atrajeron.

Pero persevero en el amor a la Iglesia de siempre, a esa doctrina de la que el Señor dijo que pasarían Cielo y Tierra pero que ni una sola jota sería cambiada.

Bien sé por experiencia propia y por la de tantos que han compartido conmigo sus testimonios de conversión, que esos coqueteos con el error no producen conversiones. Y las pocas que se producen son de un género muy distinto -por superficiales y emocionales- de las verdaderas conversiones, esas que producen santos. La realidad es la que constataba a diario como Pastor protestante, cuando la poca preparación de los católicos y la confusión que produce el falso ecumenismo llenaban las bancas de nuestras iglesias y los bolsillos de nuestras congregaciones evangélicas. La ignorancia religiosa de los fieles es la cosa más agradecida por las sectas, porque al ser muchas veces hija de la pereza espiritual se acompaña por la pereza intelectual. Basta entonces cualquier cosa que les emocione, que les haga sentir queridos, y luego viene el sermón acostumbrado para hacerles dudar primero y luego darles respuestas rotundas. Eso los desestabiliza y luego les atrae nuestra seguridad. ¡Y luego salimos a la calle a gritar contra los dogmas!

Ahora, junto con ustedes, puedo acudir a los pies de María Santísima y pedir que por amor a la Divina Sangre de Su Hijo Amado obtenga la conversión de los paganos, de los herejes y cismáticos y que haciendo triunfar a la Iglesia sobre sus enemigos instaure la Paz de Cristo en el Reino de Cristo.

por Luis Miguel Boulló

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“Yo He aprendido…”

He aprendido que no puedo hacer que alguien me ame. Lo que si puedo es dejarme amar. El resto depende de ellos. Que sin importar cuanto me preocupe por alguien, algunas personas simplemente no se preocupan igual por mi.

He aprendido que toma años construir la confianza, y solo segundos para destruirla.

He aprendido que lo más valioso no es lo que tengo en mi vida sino a quien tengo en mi vida lo que cuenta.

He aprendido que puedo arreglármelas con encantos por quince minutos. Después de eso, es mejor que sepa algo.

He aprendido que no es bueno compararme a mi mismo con los demás. Pues siempre habrá alguien mejor o peor que yo.

He aprendido que Rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita.

He aprendido que no importa lo que me pase, sino cómo soy capaz de manejarlo.

He aprendido que no importa que tan delgado rebane un pan, este siempre tendrá dos lados.

He aprendido que es mucho más fácil para mi reaccionar que pensar. Y que si pensara antes de reaccionar muchos incidentes penosos se evitarían.

He aprendido que siempre debo dejar a los que amo con palabras de amor. Puede ser la última vez que los vea.

He aprendido que puedo soportar mucho más de lo que pensaba que podría. Nunca seré probado más allá de mis propias fuerzas.

He aprendido que soy responsable de lo que hago, sin importar como me siento.

He aprendido que yo controlo mi actitud, no mi actitud me controla a mi.

He aprendido sin importar que tan caliente y apasionada es una relación al inicio,
la pasión se apagará a veces y será mejor que exista algo mas que pueda llenar su lugar.

He aprendido que los heroes son gente que hacen lo que se tienen que hacer cuando era necesario que se haga, sin importar las consecuencias.

He aprendido que bastan unos pocos segundos para producir heridas profundas en las personas que amamos; y que pueden tardar muchos años en ser sanadas.

He aprendido que el perdonar se aprende practicando.

He aprendido que hay gente que me quiere mucho pero que simplemente no sabe como demostrarlo.

He aprendido que el dinero lo compra todo, menos la felicidad.

He aprendido que mi mejor amigo y yo podemos hacer algo o nada y pasar el mayor tiempo juntos.

He aprendido que a veces la gente de la que menos esperaba, fue la que me ayudó a levantar cuando más lo necesitaba.

He aprendido que a veces cuando estoy molesto tengo derecho de estarlo, pero eso no me da derecho de complicarles el día a los que me rodean.

He aprendido que la verdadera amistad continúa creciendo a pesar de grandes distancias,
al igual que el verdadero amor.

He aprendido que solo porque alguien no me quiere de la manera en que yo lo quiero,
no significa que no me quiera con todo lo que tenga.

He aprendido que la madurez tiene más que ver con qué tipo de experiencias que he tenido y qué he aprendido de ellas, que con cuantos cumpleaños he celebrado.

He aprendido que nunca debo decirle a un amigo que sus sueños son imposibles o descabellados. Sino que mientras más grandes sean sus sueños, mas estímulos necesitará para alcanzarlos.

He aprendido que los grandes sueños no requieren de grandes alas, sino de tren de aterrizaje para lograrlos.

He aprendido que mi familia siempre estará ahí para mi. Gente que lleva mi sangre,
me ama y se preocupa más por mi y me enseña a confiar otra vez en la gente.

He aprendido que amigos de verdad son escazos, quien ha encontrado uno de ellos, ha encontrado un verdadero tesoro.

He aprendido que no importa que tan bueno es un amigo, éste me va a fallar de vez en cuando y que yo puedo perdonarlo por eso.

He aprendido que no siempre es suficiente ser perdonado por otros. Algunas veces, debo perdonarme a mi mismo.

He aprendido que no importa que tan roto esté mi corazón; el mundo no parará por mi dolor.

He aprendido que mi entorno y las circunstancias pueden haber influenciado para determinar quien soy yo, pero yo soy responsable de quien seré.

He aprendido que los problemas grandes, no hay que eludirlos mientras más rápido los enfrente, más paz encontraré.

He aprendido que algunas veces cuando mis amigos pelean, estoy forzado a optar por uno de ellos, a pesar de que no lo quiero hacer.

He aprendido que soy dueño de lo que callo y esclavo de lo que digo.

He aprendido que lo que siembro cosecho, si siembro chismes cosecharé intrigas,
si siembro amor cosecharé felicidad.

He aprendido que la verdera felicidad no es lograr mis metas, sino aprender a ser feliz con lo que tengo.

He aprendido que la felicidad no es cuestión de suerte, sino producto de mis decisiones.
Yo decido ser feliz con lo que soy y tengo o morir de envidia y celos por lo que me falta y carezco.

He aprendido que no sólo porque dos personas no están de acuerdo, signifique que no se quieran una a la otra. Y que si lo están, tampoco significa que se quieran.

He aprendido que a veces tengo que empujar al individuo detrás de sus acciones.

He aprendido que no tengo que cambiar amigos, si entiendo que los amigos cambian.

He aprendido que no debo estar muy ansioso para descubrir un secreto. Este puede cambiar mi vida para siempre.

He aprendido que dos personas pueden mirar una misma cosa y ver algo totalmente diferente.

He aprendido que no importa cuanto trate de proteger a mis niños, ellos eventualmente serán heridos y yo heriré en el proceso.

He aprendido que hay muchas maneras de enamorarse y permanecer enamorado. y dos para destruir todo lo alcanzado: La infidelidad y el egoísmo.

He aprendido que sin importar las consecuencias, aquellos que son honestos consigo mismos, llegan lejos en la vida.

He aprendido que los verdaderos amigos son como la sangre, acuden a la herida sin que nadie los llame.

He aprendido que mi vida puede cambiar en solo unas horas, por gente que ni siquiera me conoce.

He aprendido que a pesar de que piense que no tengo nada más que dar, cuando un amigo llora conmigo, encuentro la fortaleza para vencer mi dolor.

He aprendido que un amigo en el dolor no necesita mis palabras, tan sólo mi presencia.

He aprendido que escribir, al igual que hablar, puede ayudar al dolor emocional.

He aprendido que el paradigma en el que vivo, no es todo lo que se me ofrece.

He aprendido que las credenciales en mi pared, no me hacen un ser humano decente.

He aprendido que nigun éxito en la vida, podrá compensar jamás el fracaso en el hogar.

He aprendido que retener a la fuerza a las personas que amo, la aleja más rápidamente de mi. Y el dejarlas ir, las deja para siempre a mi lado.

He aprendido que a pesar que la palabra “amor” pueda tener muchos significados distintos, esta pierde valor cuando es usada en exceso.

He aprendido que es difícil determinar donde dibujar la línea entre ser amable y no herir los sentimientos de las personas y seguir de pié por lo que creo.

He aprendido que amar y querer no son sinónimos sino antónimos; el querer lo exige todo…. el amar lo entrega todo.

He aprendido que no hay amor más grande que aquel que da la vida por los amigos.

He aprendido que un paso lejos de Dios, es un paso para mi propia destrucción y que un paso hacia Dios, es un paso hacia mi propia paz y felicidad.

He aprendido que nunca haría nada tan grande para que Dios me ame más; ni nada tan malo para que me ame menos, el simplemente me ama, a pesar de mi conducta.

He aprendido que si me enaltezco seré humillado y que si me humillo seré enaltecido.

Y tú qué……,¿Qué has aprendido de la vida?

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Vence los obstáculos

Tenemos que aprender a vencer los obstáculos que se interponen en nuestro camino. Dios es un Dios maravilloso, pero nos ha dado libertad para escoger lo que nosotros queramos. No nos ha prometido un jardín de rosas sin espinas, pero si nos ha prometido que en los momentos difíciles si lo pedíamos estaría con nosotros.

En Josue 1:9, nos manda a esforzarnos. Pero que difícil se nos hacer vencer en medio de las pruebas, ha quien dice que las pruebas no las envía Dios, yo estoy de acuerdo, pero si las permite.

Crecemos en medio de tantas dificultades que si no vemos la guerra espiritual, no vamos a vencer. Los obstáculos que vemos en nuestro camino, muchas veces no nos permite orad, ayunar o asistir a la iglesia. Cuando leemos a Romanos 8:32, entenderemos con quien es la lucha. Nuestra lucha mas difícil – es con los que tu y yo no vemos – la lucha espiritual.

Vamos a coger un ejemplo. Tengo un hermanito espiritual, que cada vez que hay un retiro se atribula y el mal vence; porque no va, porque no quiere. En medio de batallas tenemos que ver quien es el que no quiere que nos alimentemos espiritualmente. Si aprendemos a ver quien es vamos a tener victoria en medio de los obstáculos.

Siempre va a tener obstáculos, pero tienes que aprender a pasarlos sin que te hagan daño y te aseguro que tu crecimiento espiritual será tan rápido que tu mismo te vas a sorprender.

Acuérdate de la gran importancia que tu tienes para Dios, que envió su único hijo, para que tu y yo fuéramos salvo, poner nuestras enfermedades y por tantas cosas mas.

Dios te bendiga.

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