El Pecado de la Arrogancia

En el mensaje “Demosle Toda la Gloria” consideramos como José se dio cuenta que su habilidad para interpretar los sueños era solo por la gracia de Dios; “Dios quien le dará al faraón una respuesta favorable” (Genesis 41:16). También se nos recordó las palabras de Pablo a los Corintios,”¿Qué tienes que no hayas recibido?” (1 Corintios 4:7), y de las palabras de Jesús,”separados de mí no pueden ustedes hacer nada” (Juan 15:5). Darle toda la gloria a Dios refleja un entendimiento de quien somos en Cristo y, más importante, quien es El en nosotros!De la manera que vemos la multitud de pecados ahora en el mundo, que causa a otros tal dolor, tenemos que recordar que todo pecado se origina en el orgullo y una falta de humildad – a la arrogancia, nuestra propia exaltación donde pensamos de nosotros mismos más alla de lo que deberíamos y, al final, tratamos de elevarnos a nosotros mismos más alla de Dios.Santiago escribió acerca de esta arrogancia cuando dijo, “no hablen mal unos de otros” (Santiago 4:11). El dijo que cuando somos injustamente críticos de los demás, no solo desobedecemos la ley del amor de Dios, sino también estamos hablando contra la ley de Dios y estableciendo un juicio sobre la ley – y solo hay un Juez! (Santiago 4:11-12). La desobediencia voluntaria involucra elevarnos a nosotros mismos al trono de Dios y juzgar cuales de Sus verdades aplican a mi vida. Esta es la mayor arrogancia!Isaías 14:13-15″Decías en tu corazón: Subiré hasta los cielos. ¡Levantaré mi trono por encima de las estrellas de Dios! Gobernaré desde el extremo norte, en el monte de los dioses. Subiré a la cresta de las más altas nubes, seré semejante al Altísimo. ¡Pero has sido arrojado al sepulcro, a lo más profundo de la fosa!”Este pasaje quizás se este refiriendo a un rey de la tierra en el tiempo de Isaías, o podría referirse a Satanás. De cualquier manera, claramente detalla el verdadero corazón del orgullo así como el resultado final para tal corazón. Isaías nos esta previniendo acerca del peligro de intentar elevarnos al nivel de Dios. Después de todo, este intento fue lo que ocasionó la caída de todo el genero humano en el Jardín del Edén; “cuando coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y llegarán a ser como Dios” (Génesis 3:5).Debemos continuar examinando nuestro corazón y agresivamente eliminar todas las áreas de orgullo antes que estas infecten y contaminen todo nuestro ser. Podremos alguna vez deshacernos de todo orgullo? Podremos cesar todo pecado? Yo no creo que podemos.

Pero se que el día que lo veamos a El cara a cara, seremos completamente transformados, completamente glorificados, y completamente capaces de alabarle por toda la eternidad. Hasta el día que El nos llame a casa, debemos decir continuamente, “A El le toca crecer, y a mí menguar” (Juan 3:30). Hasta ese día, diligentemente debemos combatir el pecado de la arrogancia.

I. DONDE HAY ARROGANCIA NO PUEDE HABER MANSEDUMBRE

No todos tenemos ese espíritu de mansedumbre, porque la mansedumbre viene cuando nos dejamos guiar por el Espíritu de Dios. Sin esa guianza no hay mansedumbre.

Dios nos instruye en el espíritu de mansedumbre, pero muy pocos cristianos tenemos el espíritu de mansedumbre. Donde hay arrogancia no puede haber mansedumbre y la mayor arrogancia es cuando no reconocemos el pecado; cuando no reconocemos que somos pecadores viene la arrogancia a tomar cuerpo en nuestra personalidad y nos quita el espíritu de mansedumbre.

La bendición de tener ese espíritu de mansedumbre, que no todos tenemos, es cuando en realidad nosotros somos instruidos por Dios. Cuando el cristiano es instruido por Dios, realiza la obra.

¿Qué sucede cuando no hay mansedumbre? No soporta los fracasos y entonces viene un espíritu de rebeliones y enfrentamos los problemas con rebelión, no con mansedumbre.

La mansedumbre atrae al espíritu de inteligencia. Cuando una persona busca ser guiado por Dios viene el espíritu de mansedumbre a pesar de los problemas que podamos tener en nuestros corazones, porque todos tenemos problemas en nuestros corazones, y los problemas son tantos que la mejor manera que nosotros tenemos es instruirnos en la Palabra.

Salmo 25:9 “Encaminará a los humildes por el juicio, y enseñará a los mansos su carrera.”

Sin la guía del Señor no hay mansedumbre. Cuando El nos guía, El nos enseña nuestros errores. Hay personas que vienen a buscar la dirección de Dios pero no les gusta que les digan la verdad, ¿Por qué? Porque no hay mansedumbre. Si hubiera mansedumbre soportáramos la Palabra direccional en el momento en que estamos siendo exhortados, reprendidos, dirigidos e instruidos.

Es increíble como esto se refleja tanto en los que saben mucho como en los que saben poco. Aquí no existe el nivel porque aquí lo que tiene que existir es la mansedumbre. Tú puedes estar veinte años en el ministerio y tener un cargo y no haber adquirido la mansedumbre.

Con la mansedumbre tienes que soportar cuando te llamen la atención; nosotros hemos nacido para aprender diariamente si nuestros padres no nos enseñaron como debían, no solamente en la vida educacional sino en la vida cristiana. Muchos dicen: “Yo vengo de tal religión porque mis padres me la enseñaron” entonces como los padres le enseñaron esa religión no aceptan la verdad de Cristo, no hay mansedumbre. La guianza del Espíritu es fundamental.

Cuando el cristiano empieza a tener mansedumbre Dios empieza a enlazar a ese cristiano, inmediatamente. Si tú haces un recuento de cuando te hiciste cristiano te vas a dar cuenta de cómo inmediatamente surgió un cambio en tu vida, porque fuiste enlazado por Dios. Cuando somos enlazados por Dios algo sucede en nosotros, increíblemente algo sucede.

Salmo 147:6 “Jehová exalta a los humildes, y humilla a los impíos hasta la tierra.”

La caída de los malos siempre lo verán los de recto corazón, pero no desees a esos impíos nada malo porque se detiene la justicia divina; no desees nada malo a esos que estuvieron contigo un tiempo y ahora no lo están, al contrario, acostumbrémonos a bendecirlos y huirá de tu corazón el resentimiento. Donde hay resentimiento no hay mansedumbre. Cuando tú perdonas estás provocando el espíritu de mansedumbre sobre tu vida, pero cuando tú te resientes, ese espíritu de Dios no va a tu vida. Es mejor entender a los malos sus sentimientos que no los malos nos entiendan a nosotros nuestros resentimientos. Cuando esto sucede el Espíritu de Dios, que nos enlaza, cuando no tenemos humildad nos suelta y si el espíritu nos suelta usted se siente sin guía; cuando esto sucede usted no tiene dirección, es cuando cometemos los errores más graves, sea joven, adulto o anciano. Necesario es que aprendamos que nosotros podemos ser salvados y liberados por Dios.

II. CUANDO HAY MANSEDUMBRE NOS RODEA EL ESPIRITU DE SALVACION

Cuando hay mansedumbre nos rodea el espíritu de salvación. No todos los ricos pueden tener mansedumbre porque no todos están dispuestos a dar de lo que tienen. Un pobre puede dar más que un rico porque en su corazón está el deseo de ofrendarle a Dios lo que es de Dios. En el rico es retener de lo que tiene. Cuando tú retienes lo poco, tú eres tan avaro como un rico. Ahora bien, no todos los ricos son avaros (no me mal entiendan) hay pobre que son avaros. Nosotros dependemos de dios.

Cuando tú ves a alguien con mansedumbre puedes sentir en tu corazón la alegría de saber que esa persona será salvo. Cuando vas a llevarle la palabra de salvación a alguien y lo ves orgulloso, mezquino para oír y para dar, tú estás topando una roca, pero cuando llevas la palabra a una persona, mujer y hombre, niño o anciano y son mansos, tú sabes que esa persona será salvo aunque no sea contigo pero tú sabrás que esa persona será salvo.

Salmo 76:9 “Cuando te levantaste, oh Dios, para juzgar, para salvar a todos los mansos de la tierra.”

O sea que no tenemos mansedumbre hasta que no somos salvos. La salvación trae a nosotros mansedumbre, y cuántos cristianos tienen que reconocer que si no fuera por Cristo ¿cómo fuera su vocabulario? Pero Dios se va a levantar para salvar por parte de Dios a todos los mansos de la tierra. Qué misericordia de Dios; qué espanto será el día del rapto, ¿dónde estaremos? Porque después que entramos en la vida cristiana viene otro nivel de juicio. Una cosa era el juicio cuando éramos impíos y otra cosa es el juicio cuando somos cristianos.

Tuve la bendición de conocer a un agricultor que no sabía ni leer ni escribir, solamente sabía contar, fue próspero gracias a una finca que él tenía. abrió una misión en esa finca y cuando nosotros llegábamos teníamos comida. El tenía una gran prosperidad, tenía molinos, había luz eléctrica pero no sabía leer; el tuvo esa prosperidad porque abrió su corazón al evangelio, y cuando lo abrió fue tan manso que quería que toda la comarca conociera lo que él conocía. Murió con honra, con bendición, con prosperidad, alcanzó la salvación. Fue librado y salvado por Dios; en la marca de Dios estaba ese campesino analfabeto.

¿Cuántas marcas de salvación tienen nuestros hijos? ¿Cómo preguntarle al Señor si nuestros hijos están marcados por El? Y si no están marcados por Dios hay que orar por espíritu de mansedumbre, porque ya acabamos de decir que todo el que tenga espíritu de mansedumbre será alzado por Dios y hay que ser inteligentes. La ira en nosotros es pecado, después de ser cristianos. Tú no tienes que vivir con rigor dentro de tu casa por lo que te entra o por lo que sale, tú tienes que vivir confiado. La confianza establece paz y felicidad, la desconfianza trae oprobio y pecado.

Salmo 149:4 “Porque Jehová tiene contentamiento en su pueblo; hermoseará a los humildes con la salvación.”

Esta Palabra nos ayuda a entender cómo el Espíritu de Dios está sobre nuestras vidas cuando somos mansos.

III. ¿COMO TRABAJAR CON UN ARROGANTE?

La arrogancia es un demonio que se desprende de la idolatría y establece contacto con nuestro carácter; y aunque no estés instruido y no tengas capacidad para amar, la arrogancia mata el amor. La arrogancia no deja que te capacites para entender cuando te piden perdón; donde hay arrogancia no te acepta el perdón. La arrogancia nos hace miserables.

La arrogancia no tiene niveles y es por eso que insto a la obra de la iglesia a que sigan reprendiendo la iniquidad generacional de su vida, de su heredad. Es falso cuando dice: “Reprendo la iniquidad de mi esposo o de mi esposa” ocúpese de la suya; usted no conoció a sus generaciones pasadas y debe de reprender que ese espíritu de iniquidad sea levantado.

Mira para el futuro de tus nietos, para el futuro de tu familia, de tus sobrinos, para el futuro final de tu vida porque tú no sabes dónde vas a parar, ni quién te va a cuidar al final de tus días; puedes tener muchos hijos y el día que mueras ninguno estar a tu lado.

Yo miro esos accidentes trágicos donde la policía te recoge, te tiran en una camilla y ninguno de los tuyos estuvo contigo. De algo vamos a morir, pero que seamos aun en la muerte, llamados por Dios, no por el hombre, porque un accidente de muerte no es por Dios, es por el hombre. Debemos de tener conocimiento y orar: “SEÑOR, YO QUIERO MORIR EN TU PLAN”, “SEÑOR, CUANDO ME LLAMES QUE SEA EN TU TIEMPO, NO EN EL DEL HOMBRE”.

Satanás es experto para por la muerte de un santo estropear la fe de humillar, y falta la oración de seguridad.

Igual que tú tienes cerrojos y seguros en las puertas de tu casa, tú tienes que tener seguridad de que tu familia no morirá en el plan del hombre sino en el plan de Dios.

Cuando hay mansedumbre los cielos se abren; no hay un justo que no sea manso, así que puedes evaluar en qué medida tienes tu mansedumbre.

La mansedumbre es en el momento en que te hieren y te lastiman poner la obra primero, no tu persona. Cuando tu persona no interesa más que la obra, tú estás trabajando en tu mansedumbre; cuando cierras tu boca y no contestas para no dañar a la obra, tú estás teniendo mansedumbre; cuando se te llame la atención justamente y tú lo reconozcas, la mansedumbre trabajó en ti. Cuando te pones airado y crees que te están llamando la atención porque tú eres tú, sabemos que no podemos seguir trabajando en esa área con ese tipo de cristiano porque no hay reconocimiento de que alguien pueda exhortarte a mejorar tu vida.

Salmo 22:26 “Comerán los humildes, y serán saciados; alabarán a Jehová los que le buscan; vivirá vuestro corazón para siempre.”

Hay promesas grandes de salvación para los mansos de la tierra. El Presidente Abraham Lincoln fue un hombre manso; él fue humillado y vejado, pero era tan manso y sus palabras tenían tanta sabiduría que aún los que sabian más se humillaban cuando él hablaba. Es increible cómo podemos mejorar en nuestro mundo espiritual el carácter de mansedumbre.

Por la mansedumbre se obtendrá la gracia. ¿Cuántas bendiciones hemos perdido por no tener mansedumbre? Pida al Señor para usted el carácter de mansedumbre, a veces es importante recordar de dónde venimos.

Amén.

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Por: Cecilia Melo de Ferrari
Fuente: Desarrollo y Formación Familiar A.C

Para una persona súper ordenada no hay nada más molesto que entrar a su baño -compartido con el cónyuge- y encontrar la toalla desaparecida, el jabón en el suelo con peligro de provocar una muerte imprudencial, ropa tirada en el piso y la pasta de dientes oprimida a lo tonto, justo a la mitad del tubo, a pesar de ser nueva. ¡Ah!, y sin tapón, por supuesto.

Lo peor de todo es que, quien hizo semejante escándalo -y se encarga de hacerlo todos los días-es “el amor de nuestra vida”, “el príncipe azul”, “la mujer de mis sueños”, en fin, la persona a la que juramos amor eterno, en otras palabras a quien prometimos fidelidad, así es, fi-de-li-dad.

Cuando se pronuncia “y prometo serte fiel en lo próspero y en lo adverso…”, aunque de alguna manera estamos envueltos en vaporosas nubes, es muy importante mantener los pies en la tierra, conscientes del compromiso que se adquiere libremente y por amor.

Alguien dirá: “Sí, yo soy capaz de serle fiel en lo adverso, en la enfermedad y en lo que quiera, todos los días de mi vida, pero que no me eche a perder esos días con sus detalles insoportables… nunca sabe dónde quedaron las llaves, siempre se le pasa el pago de los recibos, se despista y, en lugar de poner champú en el baño, pone un bote muy parecido, claro, ¡pero con un limpiador que contiene amonia!, un día por poco me quedo pelón. ¡Yaaaaa no soporto más!”.

Calma, calma, lamentablemente (al fin y al cabo ya se fueron las nubes vaporosas) esos detalles insoportables estaban incluidos en el contrato, no hay más remedio que resignarse, “cargar la cruz” o hacer lo que expresaba aquella señora cuando cumplió 50 años de matrimonio.

La señora llegó junto con su consorte y demás familiares a la iglesia llena de flores, sus nietos les rodeaban y al salir de la ceremonia todo en aquel lugar era felicitaciones.

Entonces alguien -nunca falta un bromista- le comentó:

-¡Qué aguante! ¿En todos estos años nunca le dieron ganas de pedirle a su marido el divorcio?
-¡Nunca! -contestó rápido la honorable dama-, “ni por la mente me ha pasado, pues no va con mis principios, pero ganas de matarlo, esas las he tenido todos los días”.

Lo que demuestra la respuesta de esta señora es que, la fidelidad es posible hoy en los matrimonios, aunque deban superar mil detalles chocantes y a pesar de lo que se observa en el ambiente.

Fidelidad, no es solamente vivir junto a alguien, con los pies en la casa y la mente en otra parte. La fidelidad implica ahogar los detalles negativos con una abundancia de cosas buenas que llenan la vida de dulzura y la hacen más que soportable.

No puede haber fidelidad total en un amor a medias, en una situación donde continuamente alguien se pregunta: “¿por qué me casé con él/ella?”.

No vaya usted a decir como aquel señor que traía su anillo de bodas en el dedo índice de la mano derecha. Un amigo curioso le preguntó: “¿Por qué traes el anillo en el dedo equivocado?”. Este señor contestó algo serio: “Porque me equivoqué de esposa”. Continuó hablando el curioso, pues conocía a la señora y no le parecía que fuera para tanto el problema: “¿Y por qué dices que te equivocaste?”. El otro respondió: “Porque estrangula la pasta de dientes en el baño”.

Es cierto, muchas veces basta una excusa tonta para destruir un matrimonio si ese detalle no se atiende a tiempo, con el verdadero deseo de sobrellevarlo para que ayude al cónyuge a mejorar poco a poco, con cariño y paciencia.

La fidelidad se logra cuando los esposos -o por lo menos uno de los dos- están preparados para darse al amor y entregarse sin condiciones, sin fijar ni establecer medidas.

La fidelidad es para los que al casarse no pensaron en disfrutar de una vida regalada, sino que se casaron para regalar la vida.

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Como educar a los nietos

Cuando se reflexiona un poco sobre lo que los abuelos pueden hacer y lo que no deben hacer en relación con la educación de los nietos, se ha de resistir a la tentación de apoyarse básicamente en la casuística, como medio de llegar a conclusiones.

Podríamos pensar en hijos casados que, por una temporada, viven en casa de sus padres, de modo que coinciden bajo el mismo techo abuelos jóvenes, hijos casados y nietos pequeños. O cuando, viviendo cada familia en su casa, los abuelos jóvenes tienen una convivencia asidua con los nietos, por vía de aparcamiento. O cuando las vacaciones del abuelo con sus nietos están más espaciadas en el tiempo, y por tanto los abuelos conocen menos los cambios que se van operando en el crecer de los pequeños. O incluso, aquella situación, menos habitual, pero que se da, de abuelos que, por una u otra razón, tienen un nieto o más en casa, en permanente convivencia.

Cada situación requerirá diferentes indicaciones generales, respecto a la posible acción educativa de los abuelos, aparte de la necesidad de estudiar, una a una, cada situación familiar, por lo que tiene de irrepetible.

¿Cómo establecer unos criterios, más o menos generales, que abarquen todas, o casi todas las situaciones respecto del papel de los abuelos en la educación de sus nietos?

Refuerzo de la acción educativa de los padres

Todos sabemos que existe una condición elemental para que se dé una feliz convivencia -de cerca o de lejos- entre abuelos e hijos casados: el respeto mutuo. Que los hijos respeten la casa, las costumbres de sus padres; que los abuelos tengan clara la conciencia del respeto debido a la familia nueva, creada por el hijo o la hija, en la que, además, existe una persona -la nuera o el yerno- que vino a integrarse desde fuera, que merece por razones obvias la máxima consideración, el máximo respeto a su modo de ser y de hacer las cosas.

Si partimos de este criterio, habrá más aciertos que errores en lo referente a la educación de los nietos. Porque cada movimiento, cada actuación de los abuelos tenderá a reforzar, del modo más natural, los criterios educativos de los padres. Y no a establecer discrepancias entre lo que éstos dicen o hacen con lo que ellos, los abuelos, hagan o digan ante los nietos.

¿Que en ocasiones esta norma requerirá esfuerzo para ser cumplida? ¡Naturalmente! Requerirá un esfuerzo y un preocuparse por estar en la misma línea, y hasta una renuncia a las propias ideas, para:

no interferir, si los padres están sancionando una falta cometida por el pequeño;

preguntarle al nieto, cuando pide que se le compre algo, si la mamá o el papá van a estar de acuerdo con esa compra;

darle la razón a los padres cuando los nietos vienen con una queja (y, en el peor de los casos, para no entrar al tema).

Ello es compatible con el afán de darle lo mejor al nieto.

Porque lo mejor, en las situaciones normales de la vida cotidiana, será que él vea una coherencia en la conducta de todos los mayores, antes que una guerra de competidores por ver quién lo mima más.

Los abuelos que quieren de verdad a sus nietos, antes que a sí mismos y a su propia complacencia, saben delimitar perfectamente las fronteras entre el mimo razonable -que hará feliz al nieto sin ninguna complicación- y el mimo que puede resultarle nocivo.

¿Y los padres? ¿Qué pueden hacer por reforzar lo positivo de la acción de los abuelos en lo referente a la educación de los pequeños? Parece que lo primero deba ser enseñar a respetar y a querer mucho a los abuelos. Y en esto, como en todo, lo principal será el ejemplo, los hechos, no las palabras.

Un niño de seis años amanece un día con el capricho de no ir al colegio. Mientras la madre lo viste, se organiza la batalla-discusión, no exenta de algún que otro grito de la madre, acompañando al lloriqueo del muchacho. Entra el abuelo: se propone, naturalmente, apoyar a la mamá; pero apenas empieza a hablar, la madre dice: «Déjanos, abuelo, que éste no es asunto tuyo.» No entramos ahora en si es razonable o no lo que la madre ha dicho. Pero días después, con ocasión de que el abuelo está corrigiendo al niño sobre algo, éste sale con una música que le ha quedado de aquella escena: “Abuelo, éste no es asunto tuyo.”

Sí, el ejemplo es siempre decisivo. Si los hijos viven el ejemplo de sus padres amando a los abuelos (al hablar de ellos, al poner calor en la celebración de una fiesta para los abuelos, al transmitir alegría, porque hoy vamos a ir a casa de los abuelos), aprenderán a quererlos.

Todo esto vendrá acompañado por cuanto sean y hagan los abuelos para inspirar cariño; y el lograrlo será bueno, ya de por sí; pero será al mismo tiempo el mejor vehículo para que el niño acepte la autoridad de los abuelos y la valía de cuanto éstos quieran inculcarles en el orden educativo.

Entonces, ¿es preciso que los abuelos se fijen unos objetivos en el capítulo de educar a los nietos? Diríamos que esto más bien corresponde a los padres.

A los abuelos toca interesarse, conocer estos objetivos de los padres, y adaptarse a ellos, con lo cual todo será más fácil. Los abuelos disfrutarán así de esa gozosa libertad de dar, sin más preocupaciones, desvinculados de cuanto suponga atenerse a obligaciones señas, aunque se obliguen a no salirse de las pautas educativas marcadas por los padres.

LOS ABUELOS DEBEN ADAPTARSE A LOS
OBJETIVOS EDUCATIVOS DE LOS PADRES

Y con tales premisas, ¿qué dan habitualmente los abuelos que, sobre otros considerandos, pueda entrar en el ámbito de la educación? ¡Tantas cosas!

Dan un tiempo sin prisas, donde el niño se abre en contar cosas, seguro de ser comprendido; donde hará preguntas, para prenderse en las respuestas maravillosas de los abuelos.

Dan caminos por los que ande suelta la imaginación y la fantasía -los cuentos de los abuelos, y las historias verdaderas de los abuelos sobre una vida de atrás, en la que estaban los padres cuando eran niños-; y dan mucho cariño, otra clase de cariño, que sirve de campo abonado donde se sostengan las tiernas raicillas del alma del niño, para que rebroten en virtudes, en amor a lo bueno.

Mucho pueden incidir los abuelos, aunque la tarea básica compita a los padres, en la educación de la fe. Desgranando, en lenguaje del niño, bellas historias evangélicas; enseñando oraciones de sabor antiguo; uniendo afectos humanos con amores divinos. Otra vez, será la paz de los años y el sosiego que emana de las palabras de los abuelos, el mejor marco que encuadre un interesarse de los niños por lo que oyen, un sembrarles algo que limpiamente imiten y sientan.

Desde la acción cultural

El segundo criterio sería éste: los abuelos educan a los nietos desde su acción cultural.

Acabamos de referirnos a la educación de la fe. Los elementos esenciales del bien común de una sociedad son:

bienestar;

paz;

cultura.

En la cultura, cuya relación etimológica con culto no debería olvidarse, se incluyen los bienes religiosos.

En el mundo de hoy, no es raro encontrarse con padres despegados de lo religioso, en una familia donde los abuelos, por normales, viven una vida de fe.

¿Qué pueden, o qué deben hacer entonces los abuelos? ¿Cómo actuar cuando -tomemos un ejemplo directo- los padres dicen que sus hijos no tienen por qué ir a Misa, o anuncian su decisión de no bautizar al nuevo hermanito, próximo a nacer? Porque se trata de un problema de conciencia, no cabe quedarse parados ante algo que los abuelos contemplan como grave y perjudicial para los nietos. ¿Qué hacer, entonces?

Cabe empezar reflexionando sobre lo que no debe hacerse, por bien de los nietos.

NO SE PUEDE HACER NADA QUE
PUEDA DETERIORAR LA IMAGEN DE LOS PADRES

No se puede decir a los nietos que sus padres lo están haciendo mal, porque esto sería causarles -a los nietos- un serio daño.

Sí se puede, y se debe, dialogar incansablemente con los padres, para que modifiquen su actitud. Y hay que correr riesgos: el de que los hijos casados piensen que sus padres se están entrometiendo en sus vidas; el de los peligros de saltar del diálogo a la discusión, evitables si los abuelos saben y se empeñan en hacerlo bien.

Realmente, los abuelos no pueden desertar en tales ocasiones. Asumir la realidad es estar dispuesto a seguir luchando, cuando los hijos y los nietos así lo precisan. Aunque esto suponga perder un poco de comodidad y de tranquilidad en su vida.

La fuerza educativa de los abuelos radica en un ambicioso plan de acción cultural y en los pequeños detalles de servicio.

¿Incidencia educativa en los padres?

Los abuelos jóvenes, por el modo de educar de sus hijos, los padres de sus nietos, irán descubriendo lagunas en su anterior acción educativa de padres.

No es corriente, por ejemplo, y sí necesario

EDUCAR A LOS HIJOS PARA LA FAMILIA

No sólo como segundos responsables de su familia de origen, sino también como posibles primeros responsables de una nueva familia, la fundada por cada nuevo matrimonio.

Y ahora, ya recién abuelos, descubren lo que debieron hacer años atrás con sus hijos, y no hicieron. ¿Cómo subsanarlo? Continuando, discretamente, su acción educativa con sus hijos, aunque éstos ya sean padres.

En realidad, aunque éstos se casen y creen su propia familia, aunque se hagan muy mayores e independientes, ¿es que un padre y una madre no están educando a los hijos -llámese de otra forma, si se quiere- hasta el último momento de estar en el mundo (los hijos)?

El modo educativo será sugerente, y en muchos casos indirecto, o por vía de terceras personas (en quienes delegan), pero hasta la muerte del hijo no termina la responsabilidad de ayuda educativa de los padres.

La acción educativa de un abuelo joven que sigue ejerciendo como padre de sus hijos, ya casados y padres, tiene la ventaja de poder observar en los nietos las prioridades educativas. Es prioritario, por ejemplo, aquello en que consienten a los hijos y no deberían consentirlo. Las permisividades de los padres de sus nietos les dan pistas para ver qué es lo más urgente en su discreta y eficaz ayuda educativa a esos primeros educadores que son sus hijos.

Lo que no pueden olvidar los abuelos jóvenes, en cualquier situación -normal o anómala-, es que están ahí, en la mayor proximidad de esa nueva familia, y que algo -mucho- se está esperando de ellos, aunque no se lo digan.

Son los terceros responsables de esa familia. No es una responsabilidad titular, sino una co-responsabilidad, de ayuda. Pero es una ayuda con categoría de arte.

Los abuelos necesitarán ayuda orientadora para saber cómo seguir educando a sus hijos, sin que éstos se molesten o lo rechacen.

Aunque tampoco se lo podrán agradecer, porque apenas se notará su ayuda. Consistirá en:

conversar en tertulias sobre temas educativos;

sugerir una lectura;

alabar una actuación educativa;

destacar algún progreso en la conducta del nieto;

poner en contacto a su hijo (o hija) con una persona que beneficie su acción educativa;

informar sobre algún curso de orientación familiar de interés;

animar a algún amigo común a que les ayude a sus hijos en tal o cual aspecto subjetivo, etc.
OLIVEROS F. OTERO – JOSÉ ALTAREJOS, Los abuelos jóvenes, ed. Palabra, Madrid, 1.999

Cuando se reflexiona un poco sobre lo que los abuelos pueden hacer y lo que no deben hacer en relación con la educación de los nietos, se ha de resistir a la tentación de apoyarse básicamente en la casuística, como medio de llegar a conclusiones.

Podríamos pensar en hijos casados que, por una temporada, viven en casa de sus padres, de modo que coinciden bajo el mismo techo abuelos jóvenes, hijos casados y nietos pequeños. O cuando, viviendo cada familia en su casa, los abuelos jóvenes tienen una convivencia asidua con los nietos, por vía de aparcamiento. O cuando las vacaciones del abuelo con sus nietos están más espaciadas en el tiempo, y por tanto los abuelos conocen menos los cambios que se van operando en el crecer de los pequeños. O incluso, aquella situación, menos habitual, pero que se da, de abuelos que, por una u otra razón, tienen un nieto o más en casa, en permanente convivencia.

Cada situación requerirá diferentes indicaciones generales, respecto a la posible acción educativa de los abuelos, aparte de la necesidad de estudiar, una a una, cada situación familiar, por lo que tiene de irrepetible.

¿Cómo establecer unos criterios, más o menos generales, que abarquen todas, o casi todas las situaciones respecto del papel de los abuelos en la educación de sus nietos?

Refuerzo de la acción educativa de los padres

Todos sabemos que existe una condición elemental para que se dé una feliz convivencia -de cerca o de lejos- entre abuelos e hijos casados: el respeto mutuo. Que los hijos respeten la casa, las costumbres de sus padres; que los abuelos tengan clara la conciencia del respeto debido a la familia nueva, creada por el hijo o la hija, en la que, además, existe una persona -la nuera o el yerno- que vino a integrarse desde fuera, que merece por razones obvias la máxima consideración, el máximo respeto a su modo de ser y de hacer las cosas.

Si partimos de este criterio, habrá más aciertos que errores en lo referente a la educación de los nietos. Porque cada movimiento, cada actuación de los abuelos tenderá a reforzar, del modo más natural, los criterios educativos de los padres. Y no a establecer discrepancias entre lo que éstos dicen o hacen con lo que ellos, los abuelos, hagan o digan ante los nietos.

¿Que en ocasiones esta norma requerirá esfuerzo para ser cumplida? ¡Naturalmente! Requerirá un esfuerzo y un preocuparse por estar en la misma línea, y hasta una renuncia a las propias ideas, para:

 no interferir, si los padres están sancionando una falta cometida por el pequeño;

 preguntarle al nieto, cuando pide que se le compre algo, si la mamá o el papá van a estar de acuerdo con esa compra;

 darle la razón a los padres cuando los nietos vienen con una queja (y, en el peor de los casos, para no entrar al tema).

Ello es compatible con el afán de darle lo mejor al nieto.

Porque lo mejor, en las situaciones normales de la vida cotidiana, será que él vea una coherencia en la conducta de todos los mayores, antes que una guerra de competidores por ver quién lo mima más.

Los abuelos que quieren de verdad a sus nietos, antes que a sí mismos y a su propia complacencia, saben delimitar perfectamente las fronteras entre el mimo razonable -que hará feliz al nieto sin ninguna complicación- y el mimo que puede resultarle nocivo.

¿Y los padres? ¿Qué pueden hacer por reforzar lo positivo de la acción de los abuelos en lo referente a la educación de los pequeños? Parece que lo primero deba ser enseñar a respetar y a querer mucho a los abuelos. Y en esto, como en todo, lo principal será el ejemplo, los hechos, no las palabras.

Un niño de seis años amanece un día con el capricho de no ir al colegio. Mientras la madre lo viste, se organiza la batalla-discusión, no exenta de algún que otro grito de la madre, acompañando al lloriqueo del muchacho. Entra el abuelo: se propone, naturalmente, apoyar a la mamá; pero apenas empieza a hablar, la madre dice: «Déjanos, abuelo, que éste no es asunto tuyo.» No entramos ahora en si es razonable o no lo que la madre ha dicho. Pero días después, con ocasión de que el abuelo está corrigiendo al niño sobre algo, éste sale con una música que le ha quedado de aquella escena: “Abuelo, éste no es asunto tuyo.”

Sí, el ejemplo es siempre decisivo. Si los hijos viven el ejemplo de sus padres amando a los abuelos (al hablar de ellos, al poner calor en la celebración de una fiesta para los abuelos, al transmitir alegría, porque hoy vamos a ir a casa de los abuelos), aprenderán a quererlos.

Todo esto vendrá acompañado por cuanto sean y hagan los abuelos para inspirar cariño; y el lograrlo será bueno, ya de por sí; pero será al mismo tiempo el mejor vehículo para que el niño acepte la autoridad de los abuelos y la valía de cuanto éstos quieran inculcarles en el orden educativo.

Entonces, ¿es preciso que los abuelos se fijen unos objetivos en el capítulo de educar a los nietos? Diríamos que esto más bien corresponde a los padres.

A los abuelos toca interesarse, conocer estos objetivos de los padres, y adaptarse a ellos, con lo cual todo será más fácil. Los abuelos disfrutarán así de esa gozosa libertad de dar, sin más preocupaciones, desvinculados de cuanto suponga atenerse a obligaciones señas, aunque se obliguen a no salirse de las pautas educativas marcadas por los padres.

LOS ABUELOS DEBEN ADAPTARSE A LOS
OBJETIVOS EDUCATIVOS DE LOS PADRES

Y con tales premisas, ¿qué dan habitualmente los abuelos que, sobre otros considerandos, pueda entrar en el ámbito de la educación? ¡Tantas cosas!

Dan un tiempo sin prisas, donde el niño se abre en contar cosas, seguro de ser comprendido; donde hará preguntas, para prenderse en las respuestas maravillosas de los abuelos.

Dan caminos por los que ande suelta la imaginación y la fantasía -los cuentos de los abuelos, y las historias verdaderas de los abuelos sobre una vida de atrás, en la que estaban los padres cuando eran niños-; y dan mucho cariño, otra clase de cariño, que sirve de campo abonado donde se sostengan las tiernas raicillas del alma del niño, para que rebroten en virtudes, en amor a lo bueno.

Mucho pueden incidir los abuelos, aunque la tarea básica compita a los padres, en la educación de la fe. Desgranando, en lenguaje del niño, bellas historias evangélicas; enseñando oraciones de sabor antiguo; uniendo afectos humanos con amores divinos. Otra vez, será la paz de los años y el sosiego que emana de las palabras de los abuelos, el mejor marco que encuadre un interesarse de los niños por lo que oyen, un sembrarles algo que limpiamente imiten y sientan.

Desde la acción cultural

El segundo criterio sería éste: los abuelos educan a los nietos desde su acción cultural.

Acabamos de referirnos a la educación de la fe. Los elementos esenciales del bien común de una sociedad son:

 bienestar;

 paz;

 cultura.

En la cultura, cuya relación etimológica con culto no debería olvidarse, se incluyen los bienes religiosos.

En el mundo de hoy, no es raro encontrarse con padres despegados de lo religioso, en una familia donde los abuelos, por normales, viven una vida de fe.

¿Qué pueden, o qué deben hacer entonces los abuelos? ¿Cómo actuar cuando -tomemos un ejemplo directo- los padres dicen que sus hijos no tienen por qué ir a Misa, o anuncian su decisión de no bautizar al nuevo hermanito, próximo a nacer? Porque se trata de un problema de conciencia, no cabe quedarse parados ante algo que los abuelos contemplan como grave y perjudicial para los nietos. ¿Qué hacer, entonces?

Cabe empezar reflexionando sobre lo que no debe hacerse, por bien de los nietos.

NO SE PUEDE HACER NADA QUE
PUEDA DETERIORAR LA IMAGEN DE LOS PADRES

No se puede decir a los nietos que sus padres lo están haciendo mal, porque esto sería causarles -a los nietos- un serio daño.

Sí se puede, y se debe, dialogar incansablemente con los padres, para que modifiquen su actitud. Y hay que correr riesgos: el de que los hijos casados piensen que sus padres se están entrometiendo en sus vidas; el de los peligros de saltar del diálogo a la discusión, evitables si los abuelos saben y se empeñan en hacerlo bien.

Realmente, los abuelos no pueden desertar en tales ocasiones. Asumir la realidad es estar dispuesto a seguir luchando, cuando los hijos y los nietos así lo precisan. Aunque esto suponga perder un poco de comodidad y de tranquilidad en su vida.

La fuerza educativa de los abuelos radica en un ambicioso plan de acción cultural y en los pequeños detalles de servicio.

¿Incidencia educativa en los padres?

Los abuelos jóvenes, por el modo de educar de sus hijos, los padres de sus nietos, irán descubriendo lagunas en su anterior acción educativa de padres.

No es corriente, por ejemplo, y sí necesario

EDUCAR A LOS HIJOS PARA LA FAMILIA

No sólo como segundos responsables de su familia de origen, sino también como posibles primeros responsables de una nueva familia, la fundada por cada nuevo matrimonio.

Y ahora, ya recién abuelos, descubren lo que debieron hacer años atrás con sus hijos, y no hicieron. ¿Cómo subsanarlo? Continuando, discretamente, su acción educativa con sus hijos, aunque éstos ya sean padres.

En realidad, aunque éstos se casen y creen su propia familia, aunque se hagan muy mayores e independientes, ¿es que un padre y una madre no están educando a los hijos -llámese de otra forma, si se quiere- hasta el último momento de estar en el mundo (los hijos)?

El modo educativo será sugerente, y en muchos casos indirecto, o por vía de terceras personas (en quienes delegan), pero hasta la muerte del hijo no termina la responsabilidad de ayuda educativa de los padres.

La acción educativa de un abuelo joven que sigue ejerciendo como padre de sus hijos, ya casados y padres, tiene la ventaja de poder observar en los nietos las prioridades educativas. Es prioritario, por ejemplo, aquello en que consienten a los hijos y no deberían consentirlo. Las permisividades de los padres de sus nietos les dan pistas para ver qué es lo más urgente en su discreta y eficaz ayuda educativa a esos primeros educadores que son sus hijos.

Lo que no pueden olvidar los abuelos jóvenes, en cualquier situación -normal o anómala-, es que están ahí, en la mayor proximidad de esa nueva familia, y que algo -mucho- se está esperando de ellos, aunque no se lo digan.

Son los terceros responsables de esa familia. No es una responsabilidad titular, sino una co-responsabilidad, de ayuda. Pero es una ayuda con categoría de arte.

Los abuelos necesitarán ayuda orientadora para saber cómo seguir educando a sus hijos, sin que éstos se molesten o lo rechacen.

Aunque tampoco se lo podrán agradecer, porque apenas se notará su ayuda. Consistirá en:

 conversar en tertulias sobre temas educativos;

 sugerir una lectura;

 alabar una actuación educativa;

 destacar algún progreso en la conducta del nieto;

 poner en contacto a su hijo (o hija) con una persona que beneficie su acción educativa;

 informar sobre algún curso de orientación familiar de interés;

 animar a algún amigo común a que les ayude a sus hijos en tal o cual aspecto subjetivo, etc.

OLIVEROS F. OTERO – JOSÉ ALTAREJOS, Los abuelos jóvenes, ed. Palabra, Madrid, 1.999

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