Sor Faustina Kowalska.

Ayúdame, oh Señor, a que mis ojos sean misericordiosos, para que yo jamás recele o juzgue según las apariencias, sino que busque lo bello en el alma de mi prójimo y acuda a ayudarle.

Ayúdame, oh Señor, a que mis oídos sean misericordiosos, para que tome en cuenta las necesidades de mi prójimo y no sea indiferente a sus penas y gemidos.

Ayúdame, oh Señor, a que mi lengua sea misericordiosa, para que jamás hable negativamente de mi prójimo, sino que tenga una palabra de consuelo y de perdón para todos.

Ayúdame, oh Señor, a que mis manos sean misericordiosas y llenas de buenas obras, para que sepa hacer sólo el bien a mi prójimo y cargar sobre mí las tareas más difíciles y penosas.

Ayúdame, oh Señor, a que mis pies sean misericordiosos, para que siempre me apresure a socorrer a mi prójimo, dominando mi propia fatiga y mi cansancio. Mi reposo verdadero está en el servicio a mi prójimo.

Ayúdame, oh Señor, a que mi corazón sea misericordioso, para que yo sienta todos los sufrimientos de mi prójimo.
A nadie le rehusaré mi corazón. Seré sincera incluso con aquellos de los cuales sé que abusarán de mi bondad. Y yo misma me encerraré en el misericordiosísimo Corazón de Jesús. Soportaré mis propios sufrimientos en silencio. Que tu misericordia, Oh Señor, repose dentro de mí.

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Eucaristía sin murallas

Una Vision hacia la Iglesia para el Año 2000

Carta Pastoral por Rembert G. Weakland, O.S.B., Arzobispo de Milwaukee

Somos Eucaristía en la manera que amamos, nos desafiámos, y apoyamos los unos a los otros al vivir nuestra fe en Dios. Somos Eucaristía cuando hacemos sentir la presencia de Cristo diaria a nuestros miembros de la familia, a nuestros vecinos, a nuestros compañeros de trabajo, a todos con quienes nos encontramos en cada lugar de nuestras vidas.

Recientemente hemos emprendido un proceso de planificación difícil y vital para asegurar la continuación de una presencia Católica vibrante a través de los diez municipios de la Arquidiócesis. Estamos orgullosos de la tradición de una fe rica que compartimos, y juntos podremos construír sobre ese cimiento, enfrentando los desafíos que nos impidan ser Católico en el nuevo milenio.

Para hacerlo de esa manera debemos unir nuestros esfuerzos y oraciones siendo una Iglesia con más pocos sacerdotes, dentro de una población que se mueve a nuevos lugares, con un crecimiento inaudito de ministros seglares.
¡En realidad es un tiempo complejo y animado para el Católico!

Como obispos de ustedes, estamos orgullosos de la dedicación y participación seria de los Católicos en todas las partes de la Arquidiócesís durante el proceso de planificación y especialmente en las juntas de audiencias, etapas esenciales de todo el proceso. Le dirigimos a nuestra comunidad Católica cuatro desafíos primordiales para el momento en que empiece a realizar esos esfuerzos de planificación.

1. Participen activamente en la misa Dominical y animen a los demás a hacer lo mismo. Hagan de eso como la manera primordial de evangelización.

2. Ayuden a su parroquia a vivir plenamente la Eucaristía fuera de la misa al atender a los demás. Transfórmense en símbolos vivientes de la Eucaristía sin murallas. Hagan de eso su segunda forma de evangelización.

3. No tengan miedo de compartir el entusiasmo que tienen debido a su propia fe para los demás. Hagan de esto como su tercera forma de evangelización.

4. Prepárense para la celebración del Jubileo del Año 2000 a través de una renovación espiritual personal.
Estamos muy estusiasmados sobre el contenido de las páginas que siguen. ¡Les pedimos que las lean! Discutan los asuntos de nuestro Catolicísmo, en su familia, en su parroquia, en su salón de clases. ¡Siéntanse orgullosos de su fe y hablen sobre ella en cada oportunidad que tengan!
Dentro de solamente dos años, entraremos al sigiente milenio. Empesemos ahora nuestra preparación para tomar posesión de este momento de gracia y aventura, caminando juntos hacia adelante en la plenitud de nuestra fe Católica.

Mirando Hacia el Pasado, y Mirando el Porvenir
Cuando nosotros obispos terminamos las visitas a las parroquias con el propósito de hacer llegar el 150avo aniversario de la Arquidiócesis a cada rincón de la diócesis, nos encontramos llenos de optimismo. Encontramos un espíritu verdadero y una fe sólida entre ustedes nuestro Pueblo. Estamos muy agradecidos con ustedes por hacer estas visitas tan apremiantes. Percibimos que la Iglesia está ahora lista para el futuro con una fe firme y confianza en Dios. Nos damos cuenta que existirán dificultades más adelante, pero la evidencia de buena voluntad que vemos y la fidelidad fuerte a la Igesia, nos llena de esperanza. Gracias por su firmeza en la fe.

El futuro estará lleno de entusiasmo. De alguna manera Dios nos está guiando hacía un nueva dimensión en lo que significa el ser discípulo de Cristo. No podemos analizarlo todo con mucha claridad ahora, pero sabemos que los sacrificios que se nos han pedido para hacer hoy y para el futuro próximo debido a la escasés de sacerdotes, nos traerá gracias abundantes. ¿Cómo sucederá todo eso?, permanece ahora aún como un misterio pero de una sola cosa sí estamos seguros – y es que, el amor de Dios nunca terminará.

El vivir en estos tiempos es una gracia especial. No todos tienen el privilegio de experimentar la apertura emocionante y conmemorable de un nuevo milenio.
Nosotros los Católicos tenemos una tradición rica para santificar todas las divisiones de los tiempos. El tiempo es importante para nosotros, puesto que Dios, en la persona de Jesucristo, se hizo semejante a nosotros, en el tiempo, y ahora comparte nuestra historia. Celebramos todos los acontecimientos de Cristo especialmente su nacimiento, muerte y resurrección-importantes en nuestras propias vidas. En el sacramento sus acontecimientos se hacen nuestros, y los nuestros suyos.

El ciclo de la existencia de la Iglesia culmina en la Pascua, cada Domingo, el memorial de la resurrección de Cristo es para nosotros, una celebración de Pascua, al morir y levantarse de nuevo. Así mismo a través del año, todos los demás acontecimientos de la vida de Cristo, también son conmemorados. Por ejemplo, cada año celebramos las Navidades en el nacimiento de Jesucristo, cuando Dios vino hacia nosotros y compartió su condición humana. ¿Cómo debemos celebrar el aniversario 2000 del nacimiento de Jesucristo? No podemos dejar pasar por alto tal acontecimiento sin considerarlo como un regalo para nuestra generación.

Al acercarnos al jubileo del año 2000, debemos prepararnos. La profundidad de nuestra preparación determinará la calidad de nuestra celebración. Nos preparamos bien si utilizamos el momento presente para encendernos con una confianza firme en Dios, redescubriendo las verdades fundamentales de nuestra fe, y tomándolas como normas para nuestra manera de vivir.
Nosotros los obispos, queremos ahora subrayar la historia de nuestra fe, lo que percibimos que es el esquema esencial de ideas sobre nuestra tradición Católica. Debemos de tratar de obtener estas convicciones para reafirmarlas y vivirlas al prepararnos para el año 2000.

Lo Que Nosotros Creemos
Nosotros los Católicos creemos que Dios nos creo por amor.
Podemos llamarle a tal amor “una presencia de sustento”. Pero Dios desea desarrollar una relación profunda y más personal con cada uno de nosotros, y no tan solo quiere darnos un apoyo sin vida para mantenernos en existencia. La presencia de Dios desea penetrar en nosotros, abrazarnos en amor, para compartir con nosotros una vida nueva, Su Vida Divina eterna. Ese es el Dios en quien creemos.

Nosotros los Católicos creemos que el amor de Dios hacia nosotros, jamás se agota, aunque algunas veces nosotros lo rechacemos.

Estamos conscientes del pecado y de nuestra separación de Dios; experimentamos un ambiente malo de violencia, explotación a los demás y egoísmos. Nuestro mundo no es perfecto.

Nuestras Escrituras nos dicen, que aún el amor de Dios para nosotros, Sus propias criaturas, en el principio no fué recíproco sino que fué rechazado. Dios continúa amándonos con el deseo de hacer las cosas de nuevo, para restaurar la posibilidad de su morada de amor entre nosotros. Cuando decimos que Jesucristo es nuestro salvador. Reconocemos que el es el Dios y al mismo tiempo el enviado a ser puente en la ruptura entre nosotros pecadores y su Padre amoroso. El fué enviado a reconciliarnos, a hacernos personas renovadas al rescatarnos como hijos pródigos, llevándonos al regazo del Padre.

Nosotros Católicos creemos que Jesucristo, cuando estaba por salir de este mundo, fijó la base para una fundación sólida para la Iglesia, con el don del Espíritu.
En Pentecostés, Cristo envió su Espíritu a la comunidad primitiva reunida, haciendo a su Iglesia un instrumento privilegiado a través del cual el amor vigorizante del Espíritu de Cristo, por medio del bautismo, continúa haciendo renacer a sus miembros a una nueva vida. A través de la acción de ese mismo Espíritu Santo existe entre nosotros la presencia salvadora y dadora de vida.

Nosotros, Católicos creemos que el ministerio de Jesucristo de animar y sanar, es tambien ahora nuestro ministerio.

Nosotros bautizados dentro de la Iglesia, somos los instrumentos de la misión de Cristo para el mundo. El nos envió a evangelizar, a llevar la Buena Nueva a todos, a caminar cautelosamente, sin aflijirnos por los afanes terrenales en nuestra jornada de fé.

Nosotros Católicos creemos que Dios desea que su compasión y amor sean ejemplo para nosotros de manera que nos reconciliemos entre nosotros.

El Papa Juan Pablo II sabiamente ha añadido este tema de reconciliación como necesario para nuestra preparación para el jubileo del año 2000. Año de jubileo es el año del perdón y el de un nuevo comienzo. El Santo Padre, por su sabiduría conoce que solamente Dios puede realizar una unidad completa de todas las Iglesias Cristianas, pero El nos pide dos aspectos de reconciliación-entre nosotros mismos como Católicos y con los demás con quienes creen en Cristo nuestro Salvador. Reconciliación entre nosotros mismos significa estar ligados activamente en la búsqueda y dádivas del perdón. Dentro de nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestra nación, entre razas, entre naciones.

El perdón no será algo fácil, pero la unidad que contiene la Eucaristía nos exige seguir adelante con ánimo para pedir y ofrecer perdón. Dios nos llama a profundizar dentro de nuestros corazones, y a ser generosos en nuestro perdonar, tal como Cristo nos enseñó. Debemos de tratar de imitar a Dios en su compasión y perdón. El vino a nosotros primero, sin que nosotros mereciéramos su amor.

Nosotros Católicos creemos que el don de la Eucaristía es para la Iglesia y en ella se encuentra la presencia de Cristo entre nosotros, y en la Iglesia se hace aún más real.

Sabemos que la presencia de Cristo en la Eucaristía es un misterio inexplicable, que, nutre, levanta, humaniza y diviniza, construyendo la Iglesia y desafiándola para que siga adelante para el cumplimiento del Reino. Cristo es un don único y especial para nosotros-su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Creemos que Cristo está real y verdaderamente presente en la Eucaristía.

Nosotros Católicos creemos que el don de la Eucaristía existe para ser compartido, de manera que todos puedan ser uno; creemos en la Eucaristía sin murallas.
Anhelamos que venga el día cuando todos sean uno en la
Eucaristía del Señor, cuando eso suceda ya estaremos ungidos por la confirmación para dar los frutos de la Eucaristía al mundo de nuestro alderredor, compartiendo la presencia real de Cristo a los demás. Estos frutos son palpables en nuestro servicio amoroso para los demás, compartiendo la sanación de Cristo y alimentando esa presencia a través de nuestro amor y generosidad hacia los demás. Más que todo, la Eucaristía exige que nosotros llevemos a Cristo a nuestras familias y a lugares de trabajo. El desafío para nuestra generación, es la de reflexionar más y más en como los Cristianos, quienes viven en la presencia Eucarística de Cristo, lleven esa presencia a su trabajo. Nuestras vidas deben de estar integradas en Cristo.

Nosotros Católicos creemos que algún día todo será consumado en las bondades de Dios, todos serán restaurados por Cristo para ir a su Padre.
Con esperanza vemos hacia adelante, para ese cumplimento del Reino conocido solamente por el Padre. Creemos que la Eucaristía, prepara ese banquete celestial. Tenemos ahora únicamente una vislumbre de ese esplendor.

Al acercarse el año de Jubileo, esperamos que todos los bautizados en la Iglesia del Sudeste de Wisconsin vivan hoy como si fuese el día del cumplimiento, y no hay que estar engañados pensando que esto o esa persona tiene el conocimiento que pertenece a Dios solamente.

En resumidas cuentas, lo que creemos nosotros los Católicos que es importante para nosotros al acercarse el año 2000, diríamos, es:

Que nosotros los Católicos creemos en el amor de Dios, que nos ha sido compartido de una manera única en Jesucristo. Creemos que Jesucristo está con nosotros en su Iglesia y especialmente en la Eucaristía. Sabemos que deben compartise los efectos de la Eucaristía. Puesto que creemos en la Eucaristía sin murallas.

Los Desafíos
Al resumir esta visión de Iglesia, nosotros obispos nos damos cuenta muy bien del dilema que nosotros como Católicos, enfrentamos. Por otra parte, estamos atónitos por la escasés de sacerdotes, pero a la vez, estamos muy convencidos de que somos un pueblo Eucarístico, construído dentro de una comunidad de creyentes bautizados a través de la Misa, del sacrificio Eucarístico.

Así mismo buscamos la presencia sanadora de Cristo cuando pedimos a la Iglesia el perdón y la reconciliación o cuando pedimos con súplica el aceite de sanación a la Iglesia, la unción de los enfermos. Así mismo deseamos la presencia de Cristo salvadora y animadora en el sacramento del matrimonio. Deseamos que haya manos extendidas de manera que el ministerio santificante sacerdotal de Cristo pueda continuar en la Iglesia.

Estas no son palabras vacías o deseos nuestros. Son expresiones de nuestra fe hacia un Padre amoroso, a un Redentor de salvación, y a un Espíritu que da vida.
Ahora vemos que el número de sacerdotes disminuye rápidamente. Tenemos temor de que habrá pocas posibilidades de participar plenamente en la misa cada Domingo. Decimos plenitud de la Eucaristía porque la Eucaristía contiene tres momentos esenciales dentro de ella:

1. cuando se escucha la Palabra de Dios y se hace viva en nuestro mundo contemporaneo;

2. cuando se ofrece a través del ministerio del sacerdote, el sacrificio del Calvario así como Jesús nos dijo para hacerlo hasta que el venga de nuevo en gloria;

3. al recibir el Cuerpo y Sangre de Cristo.
Tenemos temor de no poder recibir otros sacramentos a la vez. Oramos de rodillas por las vocaciones al sacerdocio, pero no queremos disminuír nuestra posición en este llamado desafiante. Como miembros de la Iglesia Universal sabemos que debemos aceptar la decisión del Papa en contra de la aceptación del Clérigo casado y la ordenación de mujeres, como posibles soluciones inmediatas.
Sabemos que es difícil para algunos el aceptar esta realidad. Algunas veces la fe puede ser demandante y nos forza en maneras inesperadas.

Sabemos que existen muchas necesidades tanto dentro de la comunidad Católica como también dentro de la sociedad en que vivimos, a las cuales, se espera que nosotros Católicos respondamos generosamente.Deseamos hacerlo así como un Pueblo de fe, individualmente y juntamente con los demás. Nos damos cuenta que para que nuestras parroquias asuman esa tarea, necesitamos unir nuestros materiales y recursos humanos en un fondo común, ya sean recursos humanos o dinero. Esta es la única manera de ser más efectivos en nuestros ministerios.

Al enfrentarnos a tal dilema debemos usar sabiamente y efectivamente todos nuestros recursos, muy en especial los dones sacerdotales. No podemos tener sacerdotes celebrando misas todos los Domingos para solamente un pequeño grupo de feligreses, mientras otros esten privados de la misa.
La misa, creemos, no es una devoción privada sino que es el don que Cristo da a toda la comunidad de fe – para edificar la Iglesia. Pero solamente el proveer la misa en una parroquia en Domingo, no es suficiente para poder ser Iglesia; debemos también ofrecer todo lo que incluye vida Cristiana, educación y atención a los demás. La experiencia también, nos ha enseñado que cuando los números de los presentes son más grandes para celebrar juntos la Eucaristía, no solamente es posible tener una liturgia más llena de vida, sino que también crece en el sentido de comunidad. La experiencia nos ha enseñado que cuando está presente un gran número de personas para celebrar la Eucaristía juntos, no tan solo es posible tener una liturgia más llena de vida, sino que también crece el sentido de comunidad.

Nuestra Primera Respuesta: Participación en la Misa
La primera resolución para todos en este momento en el cual nos preparamos para el año 2000 y más allá, debe ser, trabajar para aumentar la participación en la Misa Dominical.

En años recientes esa asistencia ha decaído. Debemos de estar convencidos de que la Eucaristía es necesarea para ser la Iglesia que Jesús intentó.

Primero, los feligreses de cada parroquia deben de juntarse para escuchar la Palabra de Dios proclamada en su medio. Esa Palabra debe ser digerida, interpretada, y actualizada para que pueda ser aplicada a sus vidas diarias desafiándoles, animándoles, y alimentándoles espiritualmente. Esa Palabra y su aplicación para nuestro tiempo de hoy, también nos recuerda a muchos santos que ya partieron de este mundo y quienes estan presentes con nosotros en la misa. Escuchamos sobre sus vidas históricas, e imitamos sus virtudes. Nos ofrecemos nosotros mismos en el altar con los dones, anhelando cumplir la Voluntad de Dios en nuestras vidas. Por lo tanto debemos reunirnos alrededor del altar y hacernos uno solo en Cristo y entre nosotros. También recordamos a todos los vivos y a los difuntos quienes se han ido antes de nosotros. Cada Domingo nos unimos a los demás miembros bautizados de la comunidad en acción de gracias a Dios por el don de la fe, por Su amor, por el poder de la redención de Cristo, por la fuerza del Espíritu Santo en nuestras vidas, por la misión de la Iglesia para el mundo.
La misa Dominical es un privilegio que no debe tomarse a la ligera. Debe ser una prioridad en nuestras vidas personales, tal, que esté por encima de lo demás. Debemos hacer a un lado todas las excusas. Mientras que la escasés de sacerdotes existe entre nosotros, no podemos permitir que nuestra asistencia disminuya; debemos de aumentarla.
Al mantenter esta visión de una Iglesia Eucarística, también debemos conocer que Dios nos está llamando hoy para hacer más sacrificios que antes, de manera que todos en la arquidiócesis puedan tener la oportunidad de participar los Domingos en la misa. Todo bautizado necesita alimentarse con la Eucaristía para llever a Cristo al mundo.

La asistencia regular a la misa Dominical es un desafío especial para nuestra generación al acercarnos al nuevo siglo, al nuevo milenio.

Nuestra segunda respuesta: Viviendo la Eucaristía
En segundo lugar, debemos hacer de cada parroquia una verdadera Eucaristía sin murallas.

Si solamente permitiéramos la presencia de Cristo en nuestras vidas, como fuerza electrisante de vida, nos extenderíamos a cubrir toda la tierra de bondades. Cristo no misionó en su Iglesia para que fuera un cuerpo de gente perfecta, sino que ayudó a todos los necesitados -perdonando a los pecadores, amando a los abandonados, fortaleciendo y animando a los débiles, dando comida y abrigo a los necesitados, y esperanza a los desanimados. La Eucaristía no tan solo alimenta al pueblo peregrino, sin hacer distinción entre grupos particulares, sino que alimenta a todo mundo en general.

La Eucaristía sin murallas significa que luchemos para llevar a Cristo en cada acción de nuestro día, a cada duda, deseo, y a cada intento en contra del egoísmo. También reconocemos que no tenemos monopolio en la acción del Espíritu y muchas veces estamos animados, no tan solo por el alimento que tomamos, sino también por el Espíritu que va adelante de nosotros. Nos regocijamos en la presencia de Dios en el mundo y en los demás, y decimos que eso es bueno.

Nuestra Tercera Respuesta: El Año de Jubileo
¿Cómo vamos a celebrar nosotros miembros de la Arquidiócesis de Milwaukee, como un Pueblo Eucarístico para el año 2000?

1. Nosotros los obispos esperamos que toda la noche del 31 de diciembre de 1999 y la del primero de enero del 2000 estemos en Vigilia toda la noche, y enseguida para terminar, celebremos la Misa como preparación para empezar el nuevo milenio siendo como un pueblo Eucarístico.

2. Se está planeando un congreso Eucarístico Arquidiocesano para la primavera del año 2000, a través del cual podamos afirmar nosotros los Católicos, la naturaleza Eucarística de la Iglesia.

3. Así mismo estamos considerando el tener una asamblea Arquidiocesana, similar a la que terminó en nuestro Sínodo en el año 1987, para que nos ayude a enfrentarnos al futuro con esperanza.

4. Se le pedirá a cada parroquia hacer algo especial para los pobres y para los menos afortunados, para manifestar que tomamos muy en serio el hecho de ser Eucaristía sin murallas.

Mensajes

A los Mayores
Su desafío especial, es el de ayudarnos a todos a ser agradecidos por el don de la vida y de la fe, al acercarnos al año 2000.
No tengan miedo de hablar sobre lo que es ser Católico, sobre en como la fé les condujo en tiempos difíciles. Dénos a saber, el que ustedes ven el futuro con alegría y confianza. Lo que la Iglesia de Milwaukee les pide es el ser testimonios de confianza y seguridad en la misericordia y bondad de Dios. No se quejen. Sean pilares fuertes de esperanza para todos para que logren la bondad de Dios. Enséñenos a orar.

Nosotros obispos decimos a todos ustedes: prepárense para el año de Jubileo para un encuentro espiritual profundo con Dios que les ama y vivan ese amor en sus vidas.

Para los de Edad Media
Sean positivos en su fe y en la Iglesia. Den importancia a las formas en que ven a Dios en sus vidas y en los acontecimientos presentes, de manera que puedan celebrar el año 2000 espiritualmente.
¿Qué cosa les está pidiendo la Iglesia? Que resistan a toda tentación de cinísmo y escepticísmo. No se conviertan en rudos y amargados. Utilicen el milenio como una manera de aceptar el futuro con entusiasmo, pidiendo las gracias para crecer espiritualmente entre nosotros y entre todos los problemas de la vida. Aprendan a perdonar. Si han estado ausentes de la Iglesia, o no atienden regularmente, ahora es el momento de regresar a participar de lleno.

Nosotros obispos, decimos a cada uno de ustedes: prepárense para el año de Jubileo para un encuentro profundo personal con Dios que les ama y vivan ese amor en sus vidas.

Para los Jóvenes Adultos
Vean el año de Jubileo como un acontecimiento especial que Dios les da para empezar y continuar su vida temprana en un estilo de vida más espiritual. No se estanquen entre las distracciones. Cuando lleguen y pasen los acontecimientos de la vida encuentren tiempo para reflexionar en ellos y en lo que significan para ustedes.

El futuro es de ustedes. Ustedes creen en Dios pero recuerden que Dios necesita muchas manos. Manténganse cerca de la Iglesia y de su potencial espiritual y verán la diferencia en sus vidas. Aprendan a disfrutar estando cerca de Dios y atendiendo a Misa todos los domingos. En seguida tengan buenos proyectos de servicio para ayudar a los demás. Hagan presente a Cristo en el mundo.

Usen estos años de preparación para el nuevo milenio como una manera más de prepararse mejor para la misma vida. Usen el Año de Jubileo como una preparación para toda la vida venidera. La mejor preparación es el tratar de ser buenos y hacer el bien. El ayudar a los demás debe ser una parte de cada plan para nuestro futuro. Consideren cuales son los talentos que tienen, como desean usarlos para el mejoramiento de los demás. No se olviden de reflexionar sobre el sacerdocio y vida religiosa, como medio para de servir a los demás.

Nosotros obispos, decimos a cada uno de ustedes. Prepárense para el año del Jubileo para un encuentro espiritual y profundo con Dios que les ama y vivan ese amor en sus vidas.

Al acercarnos al año 2000, traten de pensar más en Dios y en lo que Dios quiere de sus vidas. Usen estos acontecimientos para tener una imágen más amplia del mundo y de la Iglesia y del Reino de Dios. Participen en la Eucaristía regularmente; y extiéndanse a ayudar a los demás.

No tengan miedo, tengan calma. El mundo cambiará rápidamente entre ustedes, pero la presencia amorosa de Dios siempre estará presente. Manténganse unidos a la Iglesia y a la Eucaristía. Tengan confianza en que el amor de Dios para ustedes nunca se terminará. Permitan que el Espíritu Santo les guíe y les cuide. Estén conscientes de la presencia de Dios en sus vidas. Oren mucho.

Usen el Año de Jubileo como una preparación para toda la vida venidera. La mejor preparación es el tratar de ser buenos y hacer el bien. El ayudar a los demás debe ser una parte de cada plan para nuestro futuro. Consideren cuales son los talentos que tienen, como desean usarlos para el mejoramiento de los demás. No se oliven de reflexionar sobre el sacerdocio y vida religiosa, como medio para de servir a los demás.

Nosotros los obispos les decimos a cada uno de ustedes: prepárense para el año del Jubileo para un encuentro profundo espiritual con Dios quien les ama y vivan ese amor en sus vidas.

A los Niños
Piensa en el gran amor que Dios tiene para ti. El te ama tanto que desea estar contigo, es por todo esto por lo que se hizo niño como tu. La oración es el hablar con El. Habla con el como si hablaras con uno de tus compañeros del salón de clases.

Jesús era una persona como tu, pero el era también Dios. Vino para estar con nosotros de manera que pudiera ayudarnos a ser mejores personas. El curó a los que estaban enfermos o que sufrían. El quiere que nosotros ayudemos a otros también. El desea estar con nosotros. El encontró la manera de hacerlo a través de la Eucaristía o de la misa. Allí se encuentra el real y verdaderamente presente. Jesucristo desea estar contigo. Habla con el; date cuenta de su presencia en tí y en los demás.

Nosotros los obispos les decimos a cada uno de ustedes: prepárense para el año del Jubileo para un encuentro profundo espiritual con Dios quien les ama y vivan ese amor en sus vidas.

A todos los Ministros de la Iglesia- Sacerdotes, Diáconos y a todos los Ministros Seglares

Manténganse fuertes en la fe; ayuden a los demás en sus luchas en la fe.

Mantengan la dimensión Eucarística presente a los ojos de todos los bautizados. Ayúdenles a darse cuenta de la necesidad de estar presentes en la comunidad durante el Sacrificio de la Misa todos los Domingos, y en cómo hacer presente la Eucaristía en el mundo. Manténganse ustedes y demás personas, enfocados en lo que en realidad cuenta. Sean personas positivas y de fé. Solamente de esa manera podremos reafirmar a los demás en la fé.

Nosotros obispos, decimos a cada uno de ustedes. Prepárense para el año del Jubileo para un encuentro personal y profundo con Dios que les ama y vivan ese amor en sus vidas.

A todos Nosotros, al Enfrentarnos al Mundo en que Vivimos:
Los desafíos que enfrentamos hoy en día se encuentran en como debemos hacer presente a Cristo en la cultura existente entre nosotros-en nuestras familias, en el lugar de trabajo, en nuestros tiempos libres.

Todos estamos incluídos de una manera u otra en esta categoría, al tratar de ser Cristianos en el mundo. El Año de Jubileo debe traer un desafío especial para nosotros en como debemos reflexionar en nuestras vidas de fe que profesamos. La Misa Dominical debe cambiar nuestra manera de actuar para el Lunes.

Al prepararnos todos para el año 2000, debemos pedir a Dios la gracia de estar atentos para hacer presente a Cristo a todos los que estan a nuestro alderredor. Debemos asegurar que todas nuestras acciones esten motivadas por los Evangelios, con un compromiso profundo de nuestra fe en Jesucristo. Debemos hacer algo más que solo hablar de nuestra fe; debemos vivirla.

Nosotros obispos, decimos a cada uno de ustedes. Prepárense para el año del Jubileo para un encuentro personal y profundo con Dios que les ama y vivan ese amor en sus vidas.

A las Familias
Tomen los siguientes años de preparación para el milenio como una oportunidad para solidificar todas las relaciones en la familia. Hagan de la familia un hogar donde la presencia de Dios esté siempre reconocida.

La preparación para el milenio, ante todo, debe vigorizar la relación existente, en la familia, esto significa, el vivir en la presencia de Dios. Haciendo del hogar una extensión de la Eucaristía. Este ambiente puede ser creado de una manera especial al compartir los alimentos. Tomen tales ocasiones para tener un entendimiento más profundo de como hacer llegar la presencia de Cristo a los demás, especialmente a aquellos con quienes compartimos con más frecuencia en la vida.

Nosotros obispos, decimos a cada uno de ustedes. Prepárense para el año del Jubileo para un encuentro personal y profundo con Dios que les ama y vivan ese amor en sus vidas junto a su familia.

A los Religiosos
Ayudémonos a mantenernos llenos de vida durante estos años de preparación para el año del Jubileo desde la perspectiva de Dios. Mantengámonos enfocados en Dios, y ayudémonos a ver qué es lo que sucede en cuanto a la Providencia de Dios.

La vida Religiosa siempre tiene una conección con el final de los tiempos, un recuerdo de que, lo que tiene valor para el mundo, no es lo que vale ante Dios. Al mismo tiempo que mantengan esa dimensión transcendental viva en sus vidas, ayúdenos a todos a buscar a Dios en primer lugar, para quienes ya estan pensionados, les enviamos un mensaje especial: continuen orando por todos los miembros de la arquidiócesis, para que nos mantengamos fuertes en la fe y en el amor.

Nosotros obispos, decimos a cada uno de ustedes. Prepárense para el año del Jubileo para un encuentro personal y profundo con Dios que les ama y vivan ese amor en sus vidas.

Listos para el Futuro
El tema que hemos escogido, al adentrarnos al futuro y para prepararnos para el nuevo milenio es “Eucaristía Sin Murallas”. Puesto que somos un pueblo sacramental, sabemos que la Eucaristía es esencial en nuestras vidas, ya sea individualmente o como parroquia. Asi mismo sabemos que la Eucaristía no es solamente una acción solitaria que sucede únicamente en la Iglesia. Hacemos presente la Eucaristía en el mercado, en donde vivimos, trabajamos, y en nuestros tiempos libres.

En muchas maneras la Eucaristía resume lo que somos como Católicos, creemos en Dios de una manera especial a través de las Escrituras. Escuchamos en la Misa esa Palabra proclamada a nosotros en todas las formas nuevas. Estamos orgullosos de ser un Pueblo bíblico, con la esperanza de poder crecer en un entendimiento completo de la Palabra de Dios. Reconocemos que la Eucaristía también debe animarnos a atender a los necesitados, a quienes estan sufriendo en nuestra sociedad en cualquier forma.

Sabemos que el compartir en la Eucaristía también debe impulsarnos a desear compartir la plenitud de nuestra fe con los demás. A este deseo le llamamos evangelización. Así como Jesucristo envió a sus discípulos a anunciar que el Reino de Dios estaba entre nosotros, de manera que nosotros sabamos que, a través del bautismo y de la confirmación, el nos envía a todos a proclamar la buena nueva a nuestra propia generación. Al responder positivamente a su encomienda requiere entusiasmo. Debemos de estar entusiasmados sobre el regalo de fe que hemos recibido. Tal entusiasmo debe ser contagioso. El ser personas Eucarísticas significa ser personas que comparten y evangelizan.

Al prepararnos para el año 2000 y más allá, nosotros obispos no podríamos pensar en mejor manera para prepararnos nosotros mismos como Católicos, que manteniendo vivas todas estas dimensiones de la Eucaristía-Eucaristía como culto, Eucaristía como servicio, Eucaristía como compartimiento, Eucaristía como verdaderamente debe decirse que sobre esos pilares, Dios pueda usarnos para construír Su Iglesia del futuro..

¡Deseamos a todas ustedes paz en abundancia!

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¿Existen pecados imperdonables?

“Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada”. S. Mateo 12:31.

El texto que estudiaremos tiene dos partes: la primera es una promesa maravillosa de Jesús: “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres.” La Biblia dice: “El que oculta sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y se aparta de ellos alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13).

Dentro de tales pautas bíblicas,
¿qué pecados perdona Dios?
¿El adulterio? Sí.
¿El homosexualismo? Sí.
¿El asesinato? Sí.
¿Las drogas? Sí, todo. No hay palabra que abarque más que la palabra todo. Dios dice que no hay nada que él no pueda perdonar.

No importa cuán bajo hayas caído, no importa cuán lejos hayas ido, todo te será perdonado. Menos el pecado contral el Espíritu Santo.

¿Por qué Dios no perdona este pecado? ¿Será que Dios se cansa de perdonar? ¿Será porque el hombre hizo demasiado mal que Dios dice: “Se acabó la oportunidad para este hombre”?.

El pecado contra el Espíritu Santo es imperdonable no porque Dios no quiera perdonar, sino porque el hombre que lo comete no quiere ser perdonado y Dios no puede perdonar a nadie por la fuerza. El ser humano tiene que querer ser perdonado, tiene que caer arrepentido a los pies de la cruz. Entonces, Dios envía inmediatamente a millares de ángeles en su auxilio.

Dios le habla todo el día al ser humano a través de la voz de su conciencia, de la Palabra escrita y de la naturaleza.
Una conciencia santificada por la presencia de Jesús en la vida es, sin duda, la voz del Espíritu Santo. Quien preste oídos a esa voz tiene la garantía de que continuará oyéndola y permanecerá sensible a ella. Quien cierre los oídos a la voz de Dios, a pesar de oírla, corre el riesgo de endurecer lentamente el corazón y llegar al punto en el cual no sienta más la voz de Dios. No significa que Dios no le hable más, no. El Espíritu de Dios nunca se cansa; siempre continuará hablando, siempre suplicando, siempre esperando. El problema no está en Dios, está en nosotros.
Somos nosotros quienes corremos el peligro de llegar al punto en el cual no logramos oír más su voz.

Que hoy nuestra oración sea: “Señor, ayúdame a prestar oídos a tu voz. Cuando sienta que otras voces me llaman a caminar por caminos peligrosos, dame fuerza y la sensibilidad necesarias para oír tu voz. Guía mis pasos en este día. Camina a mi lado; dame tu brazo poderoso para sustentar mis pasos. ¡Amén!

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