Era tarde, Fernando y Mónica platicaban dentro del coche, inquieto y preocupado tomó la palabra: “Sabes, mi amor, conviene que antes de formar nuestro matrimonio platiquemos sobre nuestro pasado para que no sea motivo de pleitos y reclamos en un futuro. Te pido que seas sincera, tú sabes que te amo y nada me va hacer cambiar de opinión, Yo por mi cuenta seré franco”. Ella no dudó y con mucha confianza accedió a la petición de su prometido. Hizo una profunda pausa y comenzó a hablar; “Primero quiero decirte que no soy virgen. Antes de conocerte tuve algunas experiencias sexuales con algunas personas, “ella guardó silencio”. Él escondió la cabeza en su decepción y dolor. ¡”Créeme que lo hacía porque necesitaba sentirme amada; Sentir que a alguien le importaba”! ¡No tengo mas pasado que éste y me da vergüenza! ¡Pero ahora que te tengo a ti me siento amada, segura, protegida, apreciada! Tú me has devuelto el valor y el sentido de las cosas. ¡Te amo tanto que no estoy dispuesta a renunciar a tu amor, a tus detalles, a tu paciencia!…Conforme continuaba hablando, el pensamiento de Fernando se perdía imaginando a su amada en brazos de otros. Su corazón comenzó a hacerse más humano: a transformar su sentimientos en algo que no lo iba de dejar descansar jamas. ¡Cállate! Interrumpió Fernando: “no quiero escuchar más”.

El despido fue frío. Su amor hacia ella comenzaba a transformarse. De regreso a casa la cabeza del joven era toda una confusión. El recuerdo de las palabras le martillaban el corazón. Lo atormentaban, le causaban un dolor que con el tiempo se llegaría a convertir en un odio profundo contra Mónica

Meses después, la vida de Fernando se hundió; la paz de su corazón se disipó: ya nada tenía sentido; la decepción había matado toda esperanza. El amor se había convertido en enemigo del corazón.

Para no volver a sufrir, su corazón amargado y endurecido se prometió no volver a amar. Por más que Fernando luchaba, por perdonar, su corazón permanecía frío, mudo, inaccesible. Por mas que expone su corazón, como una planta friolenta, a las caricias del sol; aunque lo riega con la suave ternura de la lluvia y lo alimenta con una presencia cálida, todo es imposible.

Como a un niño inquieto y corajudo, lo abraza, lo convierte, le cuenta historias de amores que han revivido a la felicidad, pero todo es inútil, su silencio es la respuesta.

Fernando ha luchado contra el odio. A veces siente que su corazón le cree, se abre tímido y temeroso, y asustado vacila entre el deseo de amar de nuevo y la necesidad de proteger su orgullo herido. Después se permite llorar. Aborda su decepción y humillación. El recuerdo es un aguijón que ataca y desaparece. Su corazón ha renunciado a perdonar.

¿Es posible el perdón en nuestro ambiente secularizado? Sí, basta acercarse a algunos hombres que lo han logrado.

El perdón es una necesidad en nuestro tiempo. La imperiosa necesidad que tenemos de él surge del hecho de que nadie está libre de heridas, como consecuencia de frustraciones, decepciones, penas de amor, traiciones… Las dificultadas de vivir en sociedad se encuentran por doquier. Conflictos en las parejas, entre familia, personas divorciadas, patrones y empleados, etc., y todos tienen algún día necesidad de perdonar para establecer la paz y seguridad viviendo juntos.

Para descubrir la plena importancia del perdón en las relaciones humanas, intentemos imaginar cómo sería un mundo sin él.Estaríamos condenados a perpetuar en nosotros mismos y en los demás el daño sufrido.

Cuando lesionan nuestra integridad física, moral o espiritual, algo sustancial que ocurre en nosotros. Una parte de nuestro ser se ve afectada, lastimada, incluso mancillada, como si la maldad del agresor hubiera alcanzado nuestro yo íntimo. Nos sentimos inclinados a imitar a nuestro agresor como si un virus contagioso nos hubiese infectado.

Quién ha sido maltratado determinará no dejarse maltratar más. Estará a la defensiva y todos serán de su desconfianza.

A vivir con el sentimiento.

Vivir irritado, incluso inconscientemente, exige mucha energía y mantiene en una tensión constante. El resentimiento y la hostilidad se instalan de manera estable como actitud defensiva siempre alerta contra cualquier ataque real o imaginario. El odio es una ocupación de tiempo completo.

A permanecer aferrados al pasado.

La persona que no quiere o no puede perdonar, como en el caso de Fernando, difícilmente logra vivir el momento presente. Aferrarse al pasado es la condena a malograr su presente, además de bloquear su futuro.

Ante la incapacidad de perdonar, la vida se paraliza. El recuerdo del pasado vuelve a su antiguo sufrimiento. El momento presente pasa inútilmente, sin felicidad; la posible alegría de las relaciones personales se desvanece. El futuro se cierra y es amenazador.

A desear la venganza.

Una vida sin perdón no ofrece nada gratificaste. La venganza ¿es la solución?.

Se trata, sin duda de la respuesta a la agresión recibida; sin embargo, intentar compensar el propio sufrimiento compartiéndoselo al agresor, a nadie ha hecho feliz. La obsesión revanchismo no contribuye a nada a sanar las heridas del ofendido, por el contrario, la agrava.

Por otra parte, el no vengarse es el primer paso importante y decisivo para emprender el camino del perdón, es el punto de partida de cualquier perdón verdadero.

¿Qué es el odio?

Es en principio una aversión; por lo tanto, es posible odiar cosas y personas. El odio es una cólera disfrazada que supura una herida mal curada; es un resentimiento; es un sinónimo de destruir, de no perdonar; es una pasión que consume a quien lo profesa.

Odiar es lo más sencillo, donde no se necesita maestro; es una ocupación de tiempo completo.

Esta aversión es generada comúnmente por el dolor, la impotencia, el rencor resultante de la violencia, injusticia, la ofensa, la agresión, la mentira, etc.

Toda ofensa provoca confusión y pánico. La apacible armonía de la persona herida se ve trastornada; su tranquilidad perturbada; su integridad interior amenazada. Sus deficiencias personales, hasta entonces escondidas, afloran de reprende; sus ideales, por no decir sus ilusiones de tolerancia y de generosidad se ponen a prueba. La sombra de su personalidad emerge; las emociones, que se creían bien controladas, enloquecen y se desencadenan. Ante esta confusión, la persona se siente impotente y humillada. Su mente es gobernada por el rencor, un verdugo ha entrado en su organismo; su fecilidad se aleja, las relaciones, afectuosas comienzan a agriarse, lo que se amó pasa a formar parte del ayer; Se desvirtúa la imagen de Dios; se reduce la escala de valores en las relaciones sociales; Nacen los deseos de destruir y las viejas heridas mal curadas suman sus voces a una sola voz.

Perdonar no es olvidar.

Cuantas veces hemos oído frases como éstas: “No puedo perdonarte, porque no puedo olvidar”, o también “olvidado todo”, esta manera de hablar y de actuar es un callejón sin salida para el corazón maltratado.

Si perdonar significa olvidar, ¿qué ocurriría con las personas dotas de una excelente memoria? El perdón les sería inaccesible. Por lo tanto, el proceso del perdón exige una memoria y una conciencia lúcida de las ofensa; si no, no es posible la cirugía del corazón.

La prueba del perdón no es el olvido; el perdón ayuda a la memoria a sanar; la herida poco a poco va cicatrizando; el recuerdo de la ofensa ya no inflige dolor. Una memoria curada se libera y puede emplearse en actividades distintas del recuerdo deprimente de la ofensa.

Las personas que afirman “Perdono pero no olvido”, han comprendido que el perdón no exige amnesia.

Perdonar no es sólo un acto de la voluntad.

Algunos ven el perdón como una fórmula mágica apta para corregir todas las ofensas. El perdón lo reducen a un simple acto de la voluntad capaz de resolver todos los conflictos de un modo instantáneo. Muchas personas dicen:

“Cuando me lo proponga lo voy a olvidar todo” “cuando yo lo quiera lo voy a perdonar”, “a mí nadie me roba la paz, basta que me lo proponga”, etc. Este tipo de perdón es muy superficial. Lo pronuncian los labios pero no el corazón, sirve para calmar la conciencia, la ansiedad, pero no cura de raíz.

Por supuesto que la voluntad representa un papel importante, pero no realiza el trabajo del perdón por sí solo. Para el perdón se movilizan todas las facultades; la sensibilidad, el corazón, la inteligencia, el juicio, la imaginación, la fe, etc.

Perdonar no puede ser una obligación.

El perdón o es libre o no existe,. Es un acto sublime de generosidad. Hay algunos que sienten la gran tentación de obligar a la gente a perdonar libremente: “hay que perdonar”, “se debe perdonar a los demás”, etc…Pensar así es crear un debate interior entre la voluntad de perdonar contra las reticencias de los sentimientos y las emociones, que también exigen ser escuchados.

Reducir el perdón, como cualquier otra práctica espiritual, a una obligación moral es contraproducente, porque, al hacerlo, el perdón pierde carácter gratuito y espontáneo. Es más eficaz convertir el corazón, hacerlo mas humano, ya que el corazón no miente y es lo más sincero que tenemos.

Las grandes paradojas del perdón .

-Es fácil, pero a menudo inaccesible;

-Disponible, pero con frecuencia olvidado; primero y a veces ultimo para resolver problemas;

-liberador para uno, humillante para el otro;

-esta en todos los labios y, sin embargo, mal comprendido;

-agregado en la razón, pero lejano del corazón;

-vital para los humanos, pero a menudo tímido;

-otorgado al alma y, sin embargo amenazador;

-misterioso y, no obstante, cotidiano;

-tan divino y a la vez tan humano, pero muy doloroso;

-siempre necesario, nunca opcional;

-un sí al amor y un no al odio;

-gloria para algunos, calvario para otros;

-cielo e infierno;

-es poder del humilde y debilidad del soberbio;

-es don de Dios que mendiga los corazones de los hombres.

Como perdonar.

El perdón se integra simultáneamente en dos universos: el humano y el divino; es importante respetar estos dos componentes para articularlos bien, pues, de no hacerlo así, se corre el riesgo de amputar el perdón en uno de sus elementos esenciales. El perdón constituye el único vínculo posible entre los hombres y Dios.

1.El universo divino.

Perdonar significa dar en plenitud; llevar el amor hasta el extremo a ejemplo de nuestro Señor Jesucristo. Para dar este paso se requieren fuerzas espirituales que superen las fuerzas humanas. En el perdón todo es cuestión de amor. Así es, quien verdaderamente ama, ni siquiera tiene que perdonar porque el amor verdadero desconoce el resentimiento. No perdonar equivale a crear un universo sin Dios.

No cabe duda que Dios es el autor intelectual y práctico del perdón, el cual ha convertido este gusto en un don gratuito para todo hombre que quiere forjarse un futuro. Renunciar a la voluntad de perdonar es cerrar mente, corazón y cuerpo a la acción de Dios.

El perdón de Dios se hace discreto, humilde, incluso silencioso. No depende de la sensibilidad ni de la emotividad, sino que emerge desde el ser y del corazón animado por el espíritu. Goza de algo único que no tiene nada en común con el sentimiento.

El perdón es Dios mismo; es el Padre misericordioso del hijo pródigo; es el amor en su pura gratuidad; es el papá que allí donde los hijos engendran muerte, hace surgir la vida con el perdón.

Dios es y será la fuente primera y última del perdón autentico, pero el perdón no acontece sin la cooperación humana.

2.El universo humano.

El perdón se sitúa en el tiempo y tiene sus períodos largos y cortos; implica un antes, un durante y un después.

Perdonar requiere una multitud de condiciones; tiempo paciencia consigo mismo, moderación, prudencia y perseverancia en la decisión de llegar hasta el final.

El perdón comienza con la decisión de no vengarse; “si quieres ser feliz un instante: véngate. Si quieres ser feliz toda la vida: perdona”.

El perdón requiere una introspección; una conversión interior, una peregrinación al corazón; una iniciación al amor hacia los enemigos. Perdonar para liberar en uno la fuerza del amor.

El perdón requiere una búsqueda de una visión nueva de las relaciones humanas. El perdón no es el olvido del pasado, sino la posibilidad de un futuro distinto del impuesto por el pasado o por la memoria.

Para perdonar es indispensable seguir creyendo en la dignidad de aquél o aquélla que nos ha herido o traicionado. Las amistades renovadas exigen mas cuidado que las que nunca se han roto.

Perdonar no sólo supone liberarse del peso del dolor, sino también liberar al otro del juicio malintencionado y severo que de él nos hemos formado.

El perdón es liberación. Renueva devuelve la alegría y la libertad a quienes estaban oprimidos pon el peso de la culpabilidad.

Perdonar es un gesto de confianza hacia un ser humano; es un acto de amor hacia el pecador, al que no queremos cerrar definitivamente el futuro.

El perdón es un derecho del corazón herido y de la mente perturbada por el odio.

P. Joel Santos M.msp.

Cuando Pedro le pregunto a N.S. Jesucristo cuantas veces tengo que perdonar le contesto hasta setenta veces siete. (Lo que es lo mismo que siempre)

¡Perdona y serás feliz!.

Tagged with:
 

Brujería
Naturaleza e historia

Padre Jordi Rivero

Es difícil distinguir claramente entre brujería, hechicería y magia… Estas prácticas utilizan medios ocultos (fuera de la revelación dada por Dios) para producir efectos mas allá de los poderes naturales del hombre. La brujería se adapta a los tiempos modernos y abunda aun en los libros populares para niños.

Nos escriben: “La brujería no es mala. En ella realmente no hay dioses o demonios ya que esos son solo conceptos de la religión católica aplicados a la brujería. Además, la brujería no tiene nada que ver con el satanismo. Cuando se confunde con este es generalmente por dos razones:

1 El satanismo utiliza, aunque invertido, el pentagrama de la brujería, para sacrificios humanos y de animales. En la brujería este pentagrama solo significa el equilibrio entre el agua, el fuego, la tierra, el aire y el espíritu del ser humano.
2 En la antigüedad se llamaron brujas o brujos a todos aquellos que renegaban de la fe Católica.

Simplemente son creencias de cada quien y respeto su opinión.

RESPUESTA:
Padre Jordi Rivero

Es una grave mal intentar imponer la fe. Los católicos, como todos, han sido culpables de ese mal. El Papa hizo bien en pedir perdón por ello. Pero en la actualidad se cae con frecuencia en el extremo opuesto: el relativismo. Se quiere pensar que nada es bueno ni malo sino que todo depende de la opinión de cada cual. Esta posición evita discusiones pero evita también la posibilidad de crecer en el conocimiento de la verdad. ¿Es lo mismo creer en Dios que no creer?, ¿La verdad, importa?

Si no creen en el diablo como lo conoce la revelación cristiana no por eso dejan los brujos de recurrir a el. La brujería implica un pacto o por lo menos una búsqueda de la intervención de esos espíritus. El ser brujo o bruja se obtiene por vínculos satánicos en los que se entra por una “dedicación”, muchas veces dentro de la familia.

El rechazo a la brujería no comienza con la Iglesia Católica. Como podrá ver en este artículo, la condena ya existía en el Antiguo Testamento. También el Imperio Romano penalizaba ciertas actividades de la brujería con la pena de muerte.

La brujería implica la creencia en una realidad invisible a la que el practicante queda atado. Las Sagradas Escrituras y los Padres enseñan que se trata de una entidad diabólica (Dt 18,12). Con frecuencia he orado por personas que han sido víctimas de “trabajos” de brujería.

¿Por qué se recurre a la brujería?

La ayuda que ofrece la brujería se busca por diferentes razones. Las principales son: Para hacer daño a quien se odia; para atraerse la pasión amorosa de alguien; para invocar a los muertos; para suscitar calamidades o impotencia contra enemigos, rivales u opresores reales o imaginarios; para resolver un problema el cual se ha convertido en obsesión y ya no importa por que medio se resuelve.

Prácticas de los Brujos

La brujería data desde los tiempos de la antigua Mesopotamia y Egipto. Así lo demuestra la Biblia como también otros antiguos escritos como el Código de Hammurabi (2000 a.C.).

No todos los brujos siguen las mismas prácticas, pero las siguientes son muy comunes entre ellos en la era cristiana. El brujo hace un pacto con el demonio, adjura a Cristo y los Sacramentos, tienen ritos diabólicos en los que hacen una parodia de la Santa Misa o de los oficios de la Iglesia y adoran al Príncipe de las Tinieblas y participan en aquelarres (reuniones de brujos donde hacen sus maledicencias). La brujería está relacionada con el satanismo.

Tanto en la brujería como en la magia se encuentran estos elementos:

1-La realización de rituales o de gestos simbólicos.
2- El uso de sustancias y objetos materiales que tienen significado simbólico.
3- Pronunciamiento de un hechizo .
4- Una condición prescrita del que efectúa el rito.

La brujería consta de rituales para hacer sus hechizos (ejercer un maleficio o atadura sobre alguien), algunos de los cuales requieren hierbas particulares. También hay palabras de conjuro o hechizo que pueden ser escritas para obtener un mayor poder. Quién realiza el rito debe desear su propósito con todas sus fuerzas para obtener mayores efectos y algunas veces debe ayunar por 24 horas antes de realizar el rito para purificar el cuerpo.

¿Es real el poder de la brujería?

Puede ser real, pero en muchos casos puede ser también sugestión de la mente, es decir pura mentira. En ambos casos está actuando el demonio, príncipe de la mentira.

La Biblia, la enseñanza de los Padres de la Iglesia y la tradición no dejan lugar a dudas sobre el hecho que los seres humanos tienen la libertad para pactar con el diablo el cual tiene influencia en la tierra y en las actividades humanas. Por otro lado algunos Padres como San Jerónimo, pensaban que en muchos casos la brujería es sugestión de la mente.

La Biblia condena la brujería y la hechicería, no como falsas o fraudulentas, sino por ser una abominación: “A la hechicera no la dejarás con vida” (Exodo 22,18; Ver también Deuteronomio 18,11-12). La narrativa de la visita del rey Saúl a la hechicera de Endor (I Reyes 28) demuestra que su evocación de Samuel fue real y tuvo efecto. En Levítico 20,27 se lee: “El hombre o la mujer en que haya espíritu de nigromante o adivino, morirá sin remedio: los lapidarán. Caerá su sangre sobre ellos”. Está claro que en estos casos se trata de un espíritu adivino.

El Pueblo de Israel, en muchas ocasiones, se tornó a la práctica de la adivinación y a la consulta de brujos, yendo así en contra de los mandatos de Dios. (Ez 13:18-19; 2 Cron 33:6; Jer 27:9…).

El Antiguo Testamento muestra claramente como los Israelitas y sus vecinos paganos estaban conscientes de la brujería y la magia. En el libro de Éxodo 7:11 leemos que el Faraón: “llamó a todos los sabios y adivinos. Y ellos también, los magos de Egipto, hicieron las mismas cosas (que Moisés) por medio de sus artes secretas”.

El Primer Mandamiento condena la brujería, la magia y todo tipo de adivinación: “Yo Soy el señor tu Dios…no tendrás dioses extraños delante de mi” (Ex 20:2-3).

El Nuevo Testamento igualmente condena la brujería como una realidad perversa: (Gálatas 5,20; 13,6; Apocalipsis 21,8; 22,15). El mago Simón era practicante de la magia pero estaba envidioso de los Apóstoles cuando vio a la gente recibir el Espíritu Santo a través de la imposición de las manos. Ofreció dinero a los Apóstoles para que le enseñaran como hacer esto y Pedro le contestó: “…tú corazón no es recto delante de Dios. Arrepiéntete , pues, de esa tu maldad…” (Hechos 8:9-22).

La brujería opera con poder satánico (dado por Satanás). Se trata de los poderes que oprimen a los hombres y que Jesucristo confrontó hasta morir y resucitar para librarnos de ellos. Su victoria no nos evita la lucha contra el maligno sino que nos da la fuerza para vencerlo si tenemos fe.

Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas. Efesios 6:12

Debemos evitar tanto el exagerar como el minimizar el poder de Satanás. En una guerra es esencial conocer las fuerzas contrarias y saber como vencerlas. Satanás tiene poder para tentar y asediar a los fieles, pero su poder no es comparable al de Dios Todopoderoso. Satanás puede causar persecuciones y hasta el martirio de los fieles. La victoria de los santos no está en vivir sin pruebas sino en vencerlas manteniéndose fieles a Dios.

El demonio existe y entra en relación con aquellos que lo buscan. Como recompensa a quién le ofrece culto, el demonio otorga poderes preternaturales para obtener poder, fama, dinero, influencia, es decir las cosas que desea la carne. Por medio de la brujería se puede llegar a lograr el éxito en el mundo profesional ya sea como artista, profesional, militar, político, etc. Estas personas pueden parecer muy atractivas y tener un gran don de ganarse a la gente hasta el punto de atraer grandes multitudes y convertirse en dioses para sus admiradores los cuales son capaces de hacer hasta lo irrazonable por sus ellos. Los poderes del mal pueden cegar las mentes y fanatizarlas portentosamente. La brujería no es mera superstición. El demonio ciertamente arrastra hacia su reino del mal a los que se involucran en ella y a sus aduladores. Si no hay arrepentimiento y conversión, el final será el infierno.

Qué hacer contra las brujerías

Al enterarse de que alguien le está haciendo un “trabajo” de brujería, muchas personas tienen miedo. Esto es lo que el quiere ya que por el miedo puede dominarnos. Debemos recordar que el demonio nada puede contra los que son fieles a Dios. Nuestro Padre Celestial es Todopoderoso y nos ama. El demonio sólo puede con aquellos que no confían en Dios y por falta de fe están espiritualmente débiles o muertos. Son como pollitos que se han alejado de la protección de la gallina y se exponen al gavilán. Por eso Jesús nos dice:

¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas, y no habéis querido! Mateo 23:37

Quién está amenazado por brujerías que recurra al Señor por protección y no tema. Debe poner en Dios toda su confianza y practicar su fe, no por miedo a la brujería sino por convicción: acercarse a los sacramentos, la oración personal y pedir a los hermanos que oren por él. La gracia del Señor jamás faltará a quién la busque.

Jamás debemos ir a otro brujo para “defendernos”. Eso sería caer en la trampa del demonio haciendo lo que él quiere: que desconfiemos de Dios para que recurramos a él.

Muchas veces las personas recurren a la brujería en momentos de desesperación, cuando creen que es el último recurso que les queda. En esos momento vulnerables alguien les ofrece la brujería como una solución fácil. Como católicos jamás recurrimos a ningún medio espiritual fuera de Dios. Cuando pedimos la intercesión de los santos, por ejemplo, no buscamos una vía alterna sino que buscamos su ayuda tan solo y precisamente para mantenernos fieles al Señor como ellos lo hicieron. Hay dos familias: la de Dios y la del demonio. Cada uno recurre a los miembros de la suya. Pidamos a Dios que prefiramos morir antes de buscar algo del demonio.

Fantasías en torno a la brujería

Aunque es cierto que en la brujería hay acción diabólica, la gente ignorante y supersticiosa ha creado muchísimas fábulas y supersticiones: Brujas que vuelan sobre una escoba, encantaciones que transforman a la víctima en un sapo… Estas fantasías no son causadas por la religión, sino al contrario, ocurren por faltar la auténtica fe.

En el trabajo “De ecclesiasticis disciplinis” atribuido a Regino de Prum (906 d.C.), en la sección 364, critica a “ciertas mujeres” que “seducidas por ilusiones y fantasmas de demonios, creen y abiertamente profesan que en plena noche ellas viajan sobre ciertas bestias junto con la diosa pagana Diana y una cantidad innumerable de mujeres, y que en estas horas de silencio vuelan sobre vastas expansiones de terreno y la obedecen como señora…” Regio se lamenta que ellas llevan a esas fantasías y por lo tanto al paganismo a mucha gente (innumera multitudo). Concluye que es “el deber de los sacerdotes enseñar a la gente que estas cosas son absolutamente falsas… implantadas por el maligno”

Falsas acusaciones y crueldades contra presuntos brujos y brujas.

Lamentablemente no siempre se siguió el consejo de Regino de Prum. La brujería se convirtió en escape para culpar de cualquier cosa, hasta desastres naturales y epidemias. Pero existieron otras razones, entre ellas el poder y el interés de crear causa contra enemigos. El resultado fue la persecución y “caza de brujas” en el que se enjuiciaron y condenaron a muerte injustamente a muchas personas, casi siempre las más indefensas. Quizás el caso más famoso es el de Santa Juana de Arco quién, acusada de bruja, murió quemada. Nos sirve para elucidar los intereses de poder, venganza y maldad que daban lugar a las persecuciones de brujas.

La persecución de las brujas comienza con el poder secular. El Imperio Romano, en el siglo III, castigaba con la pena de la hoguera a los que causaran la muerte de alguien con sus encantamientos (Julius Paulus, “Sent.”, V, 23, 17). En el siglo IV, la legislación eclesiástica quiso atenuar la severidad del estado.

El Concilio de Elvira (306), Canon 6, rehusó el Viáticum a aquellos que matasen con una encantación (per maleficium) y añade que la razón por tal crimen no podía efectuarse “sin idolatría”; ya que el culto al demonio es idolatría. El canon xxiv del Concilio de Ancyra (314) impone cinco años de penitencia a los que consulten magos. Penas similares fueron establecidas por el concilio oriental en Trullo (692).

En los primeros trece siglos de la era cristiana no se dieron por lo general las crueles persecuciones y cazas de hechiceros que aparecieron más tarde. Mientras el estado permitía la tortura contra los hechiceros, el Papa Nicolás I (d.C. 866) la prohibió. Una ordenanza similar aparece en los Decretos Pseudo-Isidoros. Pero la Iglesia no pudo eliminar la tortura y otros abusos que están arraigados en el corazón del hombre. Llevar el nombre de cristiano no es suficiente para comportarse como tal.

En muchas ocasiones el clero habló con autoridad para evitar las acusaciones fanáticas y abusivas. Entre ellos San Agobardo, arzobispo de Lyon (m. 841) quien escribió “Contra insulsam vulgi opinionem de grandine et tonitruis” (contra las necias creencias de la gente sobre el granizo y el rayo) (P.L., CIV, 147). El Papa Gregorio VII en 1080 escribió al Rey Harold de Denmark prohibiendo que las brujas sean sentenciadas a muerte .

La Inquisición

En la segunda mitad del siglo XIII, la recién instituída Inquisición Papal comenzó a ocuparse con cargos de hechicería. Alejandro IV, ordenó (1258) que los inquisidores deben limitar su intervenciones a casos con alguna clara presunción de creencias heréticas (manifeste haeresim saparent). Pero como la brujería, con sus prácticas diabólicas, está muy ligada a la herejía, la persecución de brujas no se evitó.

En Toulouse, cede de la herejía de los Cátaros, fue donde en 1275 se dio el primer caso conocido de una bruja llevada a la hoguera por la sentencia jurídica de un inquisitor (Hugues de Baniol (Cauzons, “La Magic”, II, 217). La mujer, “confesó” haber dado a luz un monstruo, resultado de su relación carnal con espíritus malignos y haberlo alimentado con carne de infantes la cual procuraba en expediciones nocturnas. La posibilidad de relaciones carnales entre seres humanos y demonios era aceptado por algunos grandes teólogos como Santo Tomas y San Buenaventura, sin embargo, en la Iglesia prevalecía el sentir contrario. Un testigo poco amistoso a la Iglesia, Riezler (Hexenprozesse en Bayern, p. 32) reconoce que “entre los representantes oficiales de la Iglesia, esta tendencia más saludable prevaleció hasta los umbrales de la epidemia del juicio de brujas, o sea, hasta avanzado el siglo XVI”. En el Sínodo Provincial de Salzburg de 1569 (Dalham, “Concillia Salisburgensia”, p. 372), hay una fuerte tendencia a prevenir la imposición de la pena de muerte en acusaciones de brujería, insistiendo que estas son ilusiones diabólicas.

Pero no hay duda de que en el siglo XIV algunas constituciones papales de Juan XXII y Benedicto XII (cf. Hansen, “Quellen und Untersuchungen”, pp. 2-15) estimularon mucho el enjuiciamiento por brujería y otras prácticas mágicas por parte de los inquisitores, especialmente en el sur de Francia. En un juicio a gran escala en Toulouse en 1334, de 63 personas acusadas de ofensas de este tipo, 8 fueron entregadas al poder secular para ser quemadas. El resto fueron a prisión de por vida o con largas sentencias. Dos de las condenadas, ambas mujeres mayores, después de ser torturadas, confesaron haber asistido a un aquelarre de brujas, haber allí adorado al demonio y ser culpable de indecencias con él y otras personas presentes y haber comido carne de infantes. (Hansen, “Zauberwahn”, 315; y “Quellen und Untersuchungen”, 451). En 1324 Petronilla de Midia fue quemada en Irlanda por recomendación de Richard, Obispo de Ossory. Durante este período, las cortes seculares acusaban y enjuiciaban por brujería con igual o mayor severidad que los tribunales eclesiásticos. Se usaba la tortura y la hoguera.

No se conoce que enjuiciamientos de este tipo se llevaron a cabo en Alemania por inquisitores papales durante los siglos XIII y XIV. Alrededor del año 1400 encontramos muchos enjuiciamientos de brujas en Berne, Suiza por manos de Pedro de Gruyères, que, a pesar de lo que dice Riezler, era sin lugar a dudas un juez secular (Hansen, “Quellen, etc.”, 91 n.). También jueces seculares en Valais (1428-1434) mataron 200 brujas y en Briancon en 1437 más de 150. Las víctimas de los inquisitores, ej. en Heidelberg en 1447; o Savoya en 1462, parecen no haber sido tan numerosas.

Algunos escritores han pensado que la Bula, “Summis desiderantes affectibus”, del Papa Inocencio VIII (1484) fué responsable por la fiebre contra las brujas. Esto no es cierto ya que las campañas anti-brujas preceden a esta Bula la cual no contiene nada nuevo. Su efecto fue más bien el de ratificar el poder ya conferido a los inquisitores Enrique Institoris y Santiago Sprenger, para tratar con crímenes de brujería y herejía y pedir al Obispo de Strasburg que apoye a los inquisitores. Esta Bula Papal, sin embargo, no pronuncia ninguna decisión dogmática. Quizás el libro “Malleus Maleficarum” (el martillo de las brujas), publicado unos dos años después por los mismos inquisitores, fue el que más incitó al enjuiciamiento de brujas. Pero los enjuiciamientos de brujas en los siglos XVI y XVII fueron en su mayoría hechos por el poder secular.

La Reforma Protestante ante la caza de brujas.

Lutero y Calvino y sus seguidores acentuaron la creencia popular en el poder del demonio en la brujería y otras prácticas mágicas. Lutero, basado en su interpretación del mandamiento Bíblico, abogó por la exterminación de las brujas. “La Historia del Pueblo Alemán” de Janssen, argumenta con muchas pruebas (capítulos IV y V, del último volumen -vol. XVI de la edición inglesa), que una gran responsabilidad por la caza de brujas recae en los Reformadores.

El código penal conocido como “Carolina” (1532), decretó que la hechicería debe ser tratada como una ofensa criminal en el imperio Alemán y si causó daño a alguna persona, la bruja debía ser quemada. Hubo mayor actividad de cacería de brujas en los distritos Protestantes de Alemania que en las provincias católicas. Ejemplos de ello son Osnabruck y Wolfenbuttenl. En Osnabruck, en 1583, 121 personas fueron quemadas en tres meses. En Wolfenbuttenl, en 1593 hasta diez brujas fueron quemadas en un día. No fue hasta el 1563 que se le hizo una resistencia eficaz a la persecución por medio de un protestante de Cleues, Juan Weyer. Se le unieron las protestas de Ewich y Witekind.

En el debate sobre las brujas habían católicos y protestantes en ambos lados. Quizás la protesta más efectiva contra la caza de brujas fue la del jesuita Friedrich von Spee, quién en 1631 publicó “Cautio criminalis”.

La persecución ocurrió en muchos países

La persecución de brujas se extendió por muchos países. En el siglo XVI habían enjuiciamientos por tribunales seculares en Roma. En Inglaterra y Escocia también hubo persecuciones pero no hay cifras precisas sobre las ejecuciones. Howell, escribiendo en 1648, dice que en el período de dos años hubo casi 300 brujas procesadas y la mayoría ejecutadas en Essex y Suffolk solamente.

El Papa Gregorio XV, en su constitución “omnipotentis” (1623), recomendó un procedimiento más clemente y en 1657 una Instrucción de la Inquisición amonestó con eficacia la crueldad de las persecuciones. Al final del siglo XVII la persecución comenzó a reducirse en casi en todo el mundo y al principio de XVIII prácticamente cesaron. El último juicio por brujería en Alemania fue en 1749 en Wurzburg, pero en Suiza una niña fue ejecutada como bruja en el Cantón Protestante de Glarus en 1783.

En los Estados Unidos, Cotton Mather, en su “Maravillas del Mundo Invisible” (1693), cuenta que 19 ejecuciones de brujas ocurrieron en Nueva Inglaterra. En la actualidad Estados Unidos celebra Halloween el 31 de octubre (la víspera del día de todos los santos) en que se recuerdan las historias de brujas de una forma fantasiosa. Se acostumbra a disfrazarse, preferiblemente de brujas, duendes, monstruos o cualquier cosa que de miedo, se reviven los cuentos de brujas. En el ambiente materialista de la actualidad se hace de todo ello una broma, pero en el fondo opera también un deseo pagano de llenar un vacío espiritual.

No hay pruebas para las alegaciones de que algunas mujeres fueron enjuiciadas formalmente en México a finales del siglo XIX (ver Stimmen aus Maria-Laach, XXXII, 1887, p. 378).

En un gran número de enjuiciamientos, las confesiones de haber participado en toda clase de horrores satánicos, fueron hechas espontáneamente y aparentemente sin amenaza o miedo de tortura. Además el pleno reconocimiento de culpa parece constantemente haber sido confirmado justo antes de la ejecución, cuando el acusado no tenía nada que ganar o perder con la confesión. Esto puede atribuirse en muchos casos a razones psicológicas.

Conclusión

Los males que sufre la humanidad son fruto de su apertura al demonio por el pecado. Una forma extrema de esa relación es la brujería. Se llega a pactar con él y buscar su intervención. La enseñanza de la Biblia, los Padres de la Iglesia y la tradición concuerdan en que la brujería es real y digna de condenación. Jesucristo vino para vencer y atar al demonio. Con frecuencia se enfrentó directamente con él para reprimir su actividad sobre sus víctimas. El tiempo entre la primera y segunda venida del Señor son de gran batalla espiritual que envuelve a todos.

Por muchos siglos y en muchas naciones la ignorancia, la crueldad y falta de justos procesos judiciales llevaron a terribles persecuciones, falsas acusaciones y la matanza de muchos acusados de brujería. Hechos injustificados y deplorables.

En la actualidad hemos caído en el extremo opuesto: se niega la realidad de la actividad satánica y por ende la brujería.

Como cristianos debemos seguir el camino de Jesucristo quién rechaza el pecado pero ama al pecador. La enseñanza de Jesús en el caso de la mujer sorprendida en adulterio se aplica también a la brujería como a cualquier pecado. El camino de Jesús no es la condenación al estilo de los que se proponían apedrearla. Tampoco es el la actitud de los que hoy pretenden que no existe el pecado. Eso sería abandonarla sumida en su desgracia. El camino de Jesús es el amor que defiende de la crueldad y llama a una vida nueva, libre de pecado. El mal no se vence matando sino ayudando con amor y verdad a salir del pecado. El Señor nos enseña a amar a nuestros enemigos. El amor de Dios es más fuerte que la maldición de todos los brujos del mundo. Una gota de su Preciosa Sangre tiene poder para disipar el más enfurecido ataque diabólico.

Tagged with:
 

La mentira

La mentira es la hermana menor del engaño, debemos ser consientes que cuando comenzamos a mentir, por más pequeña que sea la mentira, corremos el riesgo de iniciar un camino sin retorno, por que cuando nos demos cuenta (si es que nos damos cuenta) siempre hallaremos justificativo para una mentira cada vez más grande, y luego terminaremos caminando de la mano de su hermano mayor, el engaño. Si estamos cerca de estos dos “hermanos”, estaremos lejos de DIOS. La mentira y el engaño nos llevan por añadidura a cometer otros delitos mayores contra el altísimo.

De ellos pueden resultar el homicidio, el hambre de mucha gente, el dolor de otros tantos, el robo, la coima; ,en suma infinidad de calamidades que pueden afligir y/o perjudicar a mucha gente. Si estás cerca de la verdad, estarás cerca de DIOS, vivirás una vida tranquila y reposada, en cambio si estás cerca de la mentira y el engaño, pecador a DIOS serás, y tu vida será una constante turbación, te sentirás intranquilo con el miedo perpetuo de que los demás te hagan lo mismo que tu haces con ellos.

A veces mentimos al aparentar cosas que no somos, o exageramos lo que somos, el aparentar nos hace mentirnos a nosotros mismos, al altísimo, a los demás. Nos introducimos en el pecado y lo que es peor, logramos que otros lo hagan, obligándonos y obligándoles a que también quieran aparecer fatuos, presumiendo algo que no son, o exagerando algo que sí son. No me refiero solo a los que instigan a la superficialidad, sino a aquellos que hacen creer a la gente que solo los que tienen un cuerpo perfecto obtienen el éxito, y aquí no detenemos un poco, debemos pensar donde nos lleva a nosotros y a nuestros hijos la despiadada sensualidad que vemos a diario en todos lados y que es escupida en todas sus formas por los medios audiovisuales y gráficos.

En muchos programas de televisión se observa que es algo normal tener dos esposas, o en otros que niños de catorce años para abajo mantengan aventuras sentimentales. Ni que hablar de los comerciales de TV, donde en muchos se sugiere el acto sexual o se muestran desnudos parciales (cuando no casi totales) o salen señoritas vestidas de forma bien provocativa.

El apego exagerado a la “moda” y la imitación de esos “arquetipos” señalados mas arriba, nos hace presenciar en la calle, en una oficina, en los colegios, o casi diría en todos lados, el triste espectáculo de mujeres de todas las edades, luciendo todo tipo de ropa insinuante, polleras muy cortas, o en algunos casos prendas que dejan entrever las intimidades femeninas.

Pensemos un poco, esto, está bien?, claro usted dirá: “si, a mis ojos está bien”, pero…a su alma y a la proyección del comportamiento de todos, está bien?, donde nos lleva?, a que camino, nos conduce a nosotros y a nuestros hijos?.

Déjeme decirle que es verdad, es agradable a los ojos ver toda esa sensualidad derramada por doquier, es agradable, como todos los caminos que conducen al abismo. Usted dirá que exagero, para nada, ni una coma, veamos en detalle adonde lleva ese agradable camino de la sensualidad:

el observar y/o el mostrar demasiado nuestros cuerpos lleva a nuestros jóvenes al deseo constante y a una apetencia desmedida del sexo, a pensar solo en como agradar o agradarse y dejar de lado cosas a veces fundamentales en su proceso educativo, a olvidar la espiritualidad (con ello por supuesto a DIOS) a revelarse contra sus propios padres, cuando éstos no acceden a sus deseos, al SIDA, a ser padres fuera de tiempo. Y aquellos jóvenes que llegan al punto de la exageración en el sexo, terminan por ser esclavos de él, con el peligro de la droga, el alcoholismo etc. Para los mayores las consecuencias son parecidas, con el agravante para los que son casados, la excesiva sensualidad lleva siempre a provocar situaciones que llevan a la infidelidad, a la larga o a la corta ésta destroza los matrimonios, y deja chicos sin el padre o la madre, transmitiéndole a ellos una herencia de errores.

Aquel que se ocupa obsesivamente de su cuerpo y de exhibir su anatomía, peca, aquellos que viven pensando en tener aventuras en las que esté implicado el sexo, peca, porque los unos y los otros tienen como fin y dios al cuerpo y al sexo, por lo tanto están alejados del ALTÍSIMO.

Dijo JESUS a sus discípulos: ” imposible es que no vengan más tropiezos; mas, ay de aquel por quien vienen!. Mejor le fuera que se atase al cuello una piedra de molino y se le arrojase al mar, que hacer tropezar a uno de estos pequeñitos. Lucas 17:1-2.

Tagged with: