Como educar a los nietos

Cuando se reflexiona un poco sobre lo que los abuelos pueden hacer y lo que no deben hacer en relación con la educación de los nietos, se ha de resistir a la tentación de apoyarse básicamente en la casuística, como medio de llegar a conclusiones.

Podríamos pensar en hijos casados que, por una temporada, viven en casa de sus padres, de modo que coinciden bajo el mismo techo abuelos jóvenes, hijos casados y nietos pequeños. O cuando, viviendo cada familia en su casa, los abuelos jóvenes tienen una convivencia asidua con los nietos, por vía de aparcamiento. O cuando las vacaciones del abuelo con sus nietos están más espaciadas en el tiempo, y por tanto los abuelos conocen menos los cambios que se van operando en el crecer de los pequeños. O incluso, aquella situación, menos habitual, pero que se da, de abuelos que, por una u otra razón, tienen un nieto o más en casa, en permanente convivencia.

Cada situación requerirá diferentes indicaciones generales, respecto a la posible acción educativa de los abuelos, aparte de la necesidad de estudiar, una a una, cada situación familiar, por lo que tiene de irrepetible.

¿Cómo establecer unos criterios, más o menos generales, que abarquen todas, o casi todas las situaciones respecto del papel de los abuelos en la educación de sus nietos?

Refuerzo de la acción educativa de los padres

Todos sabemos que existe una condición elemental para que se dé una feliz convivencia -de cerca o de lejos- entre abuelos e hijos casados: el respeto mutuo. Que los hijos respeten la casa, las costumbres de sus padres; que los abuelos tengan clara la conciencia del respeto debido a la familia nueva, creada por el hijo o la hija, en la que, además, existe una persona -la nuera o el yerno- que vino a integrarse desde fuera, que merece por razones obvias la máxima consideración, el máximo respeto a su modo de ser y de hacer las cosas.

Si partimos de este criterio, habrá más aciertos que errores en lo referente a la educación de los nietos. Porque cada movimiento, cada actuación de los abuelos tenderá a reforzar, del modo más natural, los criterios educativos de los padres. Y no a establecer discrepancias entre lo que éstos dicen o hacen con lo que ellos, los abuelos, hagan o digan ante los nietos.

¿Que en ocasiones esta norma requerirá esfuerzo para ser cumplida? ¡Naturalmente! Requerirá un esfuerzo y un preocuparse por estar en la misma línea, y hasta una renuncia a las propias ideas, para:

no interferir, si los padres están sancionando una falta cometida por el pequeño;

preguntarle al nieto, cuando pide que se le compre algo, si la mamá o el papá van a estar de acuerdo con esa compra;

darle la razón a los padres cuando los nietos vienen con una queja (y, en el peor de los casos, para no entrar al tema).

Ello es compatible con el afán de darle lo mejor al nieto.

Porque lo mejor, en las situaciones normales de la vida cotidiana, será que él vea una coherencia en la conducta de todos los mayores, antes que una guerra de competidores por ver quién lo mima más.

Los abuelos que quieren de verdad a sus nietos, antes que a sí mismos y a su propia complacencia, saben delimitar perfectamente las fronteras entre el mimo razonable -que hará feliz al nieto sin ninguna complicación- y el mimo que puede resultarle nocivo.

¿Y los padres? ¿Qué pueden hacer por reforzar lo positivo de la acción de los abuelos en lo referente a la educación de los pequeños? Parece que lo primero deba ser enseñar a respetar y a querer mucho a los abuelos. Y en esto, como en todo, lo principal será el ejemplo, los hechos, no las palabras.

Un niño de seis años amanece un día con el capricho de no ir al colegio. Mientras la madre lo viste, se organiza la batalla-discusión, no exenta de algún que otro grito de la madre, acompañando al lloriqueo del muchacho. Entra el abuelo: se propone, naturalmente, apoyar a la mamá; pero apenas empieza a hablar, la madre dice: «Déjanos, abuelo, que éste no es asunto tuyo.» No entramos ahora en si es razonable o no lo que la madre ha dicho. Pero días después, con ocasión de que el abuelo está corrigiendo al niño sobre algo, éste sale con una música que le ha quedado de aquella escena: “Abuelo, éste no es asunto tuyo.”

Sí, el ejemplo es siempre decisivo. Si los hijos viven el ejemplo de sus padres amando a los abuelos (al hablar de ellos, al poner calor en la celebración de una fiesta para los abuelos, al transmitir alegría, porque hoy vamos a ir a casa de los abuelos), aprenderán a quererlos.

Todo esto vendrá acompañado por cuanto sean y hagan los abuelos para inspirar cariño; y el lograrlo será bueno, ya de por sí; pero será al mismo tiempo el mejor vehículo para que el niño acepte la autoridad de los abuelos y la valía de cuanto éstos quieran inculcarles en el orden educativo.

Entonces, ¿es preciso que los abuelos se fijen unos objetivos en el capítulo de educar a los nietos? Diríamos que esto más bien corresponde a los padres.

A los abuelos toca interesarse, conocer estos objetivos de los padres, y adaptarse a ellos, con lo cual todo será más fácil. Los abuelos disfrutarán así de esa gozosa libertad de dar, sin más preocupaciones, desvinculados de cuanto suponga atenerse a obligaciones señas, aunque se obliguen a no salirse de las pautas educativas marcadas por los padres.

LOS ABUELOS DEBEN ADAPTARSE A LOS
OBJETIVOS EDUCATIVOS DE LOS PADRES

Y con tales premisas, ¿qué dan habitualmente los abuelos que, sobre otros considerandos, pueda entrar en el ámbito de la educación? ¡Tantas cosas!

Dan un tiempo sin prisas, donde el niño se abre en contar cosas, seguro de ser comprendido; donde hará preguntas, para prenderse en las respuestas maravillosas de los abuelos.

Dan caminos por los que ande suelta la imaginación y la fantasía -los cuentos de los abuelos, y las historias verdaderas de los abuelos sobre una vida de atrás, en la que estaban los padres cuando eran niños-; y dan mucho cariño, otra clase de cariño, que sirve de campo abonado donde se sostengan las tiernas raicillas del alma del niño, para que rebroten en virtudes, en amor a lo bueno.

Mucho pueden incidir los abuelos, aunque la tarea básica compita a los padres, en la educación de la fe. Desgranando, en lenguaje del niño, bellas historias evangélicas; enseñando oraciones de sabor antiguo; uniendo afectos humanos con amores divinos. Otra vez, será la paz de los años y el sosiego que emana de las palabras de los abuelos, el mejor marco que encuadre un interesarse de los niños por lo que oyen, un sembrarles algo que limpiamente imiten y sientan.

Desde la acción cultural

El segundo criterio sería éste: los abuelos educan a los nietos desde su acción cultural.

Acabamos de referirnos a la educación de la fe. Los elementos esenciales del bien común de una sociedad son:

bienestar;

paz;

cultura.

En la cultura, cuya relación etimológica con culto no debería olvidarse, se incluyen los bienes religiosos.

En el mundo de hoy, no es raro encontrarse con padres despegados de lo religioso, en una familia donde los abuelos, por normales, viven una vida de fe.

¿Qué pueden, o qué deben hacer entonces los abuelos? ¿Cómo actuar cuando -tomemos un ejemplo directo- los padres dicen que sus hijos no tienen por qué ir a Misa, o anuncian su decisión de no bautizar al nuevo hermanito, próximo a nacer? Porque se trata de un problema de conciencia, no cabe quedarse parados ante algo que los abuelos contemplan como grave y perjudicial para los nietos. ¿Qué hacer, entonces?

Cabe empezar reflexionando sobre lo que no debe hacerse, por bien de los nietos.

NO SE PUEDE HACER NADA QUE
PUEDA DETERIORAR LA IMAGEN DE LOS PADRES

No se puede decir a los nietos que sus padres lo están haciendo mal, porque esto sería causarles -a los nietos- un serio daño.

Sí se puede, y se debe, dialogar incansablemente con los padres, para que modifiquen su actitud. Y hay que correr riesgos: el de que los hijos casados piensen que sus padres se están entrometiendo en sus vidas; el de los peligros de saltar del diálogo a la discusión, evitables si los abuelos saben y se empeñan en hacerlo bien.

Realmente, los abuelos no pueden desertar en tales ocasiones. Asumir la realidad es estar dispuesto a seguir luchando, cuando los hijos y los nietos así lo precisan. Aunque esto suponga perder un poco de comodidad y de tranquilidad en su vida.

La fuerza educativa de los abuelos radica en un ambicioso plan de acción cultural y en los pequeños detalles de servicio.

¿Incidencia educativa en los padres?

Los abuelos jóvenes, por el modo de educar de sus hijos, los padres de sus nietos, irán descubriendo lagunas en su anterior acción educativa de padres.

No es corriente, por ejemplo, y sí necesario

EDUCAR A LOS HIJOS PARA LA FAMILIA

No sólo como segundos responsables de su familia de origen, sino también como posibles primeros responsables de una nueva familia, la fundada por cada nuevo matrimonio.

Y ahora, ya recién abuelos, descubren lo que debieron hacer años atrás con sus hijos, y no hicieron. ¿Cómo subsanarlo? Continuando, discretamente, su acción educativa con sus hijos, aunque éstos ya sean padres.

En realidad, aunque éstos se casen y creen su propia familia, aunque se hagan muy mayores e independientes, ¿es que un padre y una madre no están educando a los hijos -llámese de otra forma, si se quiere- hasta el último momento de estar en el mundo (los hijos)?

El modo educativo será sugerente, y en muchos casos indirecto, o por vía de terceras personas (en quienes delegan), pero hasta la muerte del hijo no termina la responsabilidad de ayuda educativa de los padres.

La acción educativa de un abuelo joven que sigue ejerciendo como padre de sus hijos, ya casados y padres, tiene la ventaja de poder observar en los nietos las prioridades educativas. Es prioritario, por ejemplo, aquello en que consienten a los hijos y no deberían consentirlo. Las permisividades de los padres de sus nietos les dan pistas para ver qué es lo más urgente en su discreta y eficaz ayuda educativa a esos primeros educadores que son sus hijos.

Lo que no pueden olvidar los abuelos jóvenes, en cualquier situación -normal o anómala-, es que están ahí, en la mayor proximidad de esa nueva familia, y que algo -mucho- se está esperando de ellos, aunque no se lo digan.

Son los terceros responsables de esa familia. No es una responsabilidad titular, sino una co-responsabilidad, de ayuda. Pero es una ayuda con categoría de arte.

Los abuelos necesitarán ayuda orientadora para saber cómo seguir educando a sus hijos, sin que éstos se molesten o lo rechacen.

Aunque tampoco se lo podrán agradecer, porque apenas se notará su ayuda. Consistirá en:

conversar en tertulias sobre temas educativos;

sugerir una lectura;

alabar una actuación educativa;

destacar algún progreso en la conducta del nieto;

poner en contacto a su hijo (o hija) con una persona que beneficie su acción educativa;

informar sobre algún curso de orientación familiar de interés;

animar a algún amigo común a que les ayude a sus hijos en tal o cual aspecto subjetivo, etc.
OLIVEROS F. OTERO – JOSÉ ALTAREJOS, Los abuelos jóvenes, ed. Palabra, Madrid, 1.999

Cuando se reflexiona un poco sobre lo que los abuelos pueden hacer y lo que no deben hacer en relación con la educación de los nietos, se ha de resistir a la tentación de apoyarse básicamente en la casuística, como medio de llegar a conclusiones.

Podríamos pensar en hijos casados que, por una temporada, viven en casa de sus padres, de modo que coinciden bajo el mismo techo abuelos jóvenes, hijos casados y nietos pequeños. O cuando, viviendo cada familia en su casa, los abuelos jóvenes tienen una convivencia asidua con los nietos, por vía de aparcamiento. O cuando las vacaciones del abuelo con sus nietos están más espaciadas en el tiempo, y por tanto los abuelos conocen menos los cambios que se van operando en el crecer de los pequeños. O incluso, aquella situación, menos habitual, pero que se da, de abuelos que, por una u otra razón, tienen un nieto o más en casa, en permanente convivencia.

Cada situación requerirá diferentes indicaciones generales, respecto a la posible acción educativa de los abuelos, aparte de la necesidad de estudiar, una a una, cada situación familiar, por lo que tiene de irrepetible.

¿Cómo establecer unos criterios, más o menos generales, que abarquen todas, o casi todas las situaciones respecto del papel de los abuelos en la educación de sus nietos?

Refuerzo de la acción educativa de los padres

Todos sabemos que existe una condición elemental para que se dé una feliz convivencia -de cerca o de lejos- entre abuelos e hijos casados: el respeto mutuo. Que los hijos respeten la casa, las costumbres de sus padres; que los abuelos tengan clara la conciencia del respeto debido a la familia nueva, creada por el hijo o la hija, en la que, además, existe una persona -la nuera o el yerno- que vino a integrarse desde fuera, que merece por razones obvias la máxima consideración, el máximo respeto a su modo de ser y de hacer las cosas.

Si partimos de este criterio, habrá más aciertos que errores en lo referente a la educación de los nietos. Porque cada movimiento, cada actuación de los abuelos tenderá a reforzar, del modo más natural, los criterios educativos de los padres. Y no a establecer discrepancias entre lo que éstos dicen o hacen con lo que ellos, los abuelos, hagan o digan ante los nietos.

¿Que en ocasiones esta norma requerirá esfuerzo para ser cumplida? ¡Naturalmente! Requerirá un esfuerzo y un preocuparse por estar en la misma línea, y hasta una renuncia a las propias ideas, para:

 no interferir, si los padres están sancionando una falta cometida por el pequeño;

 preguntarle al nieto, cuando pide que se le compre algo, si la mamá o el papá van a estar de acuerdo con esa compra;

 darle la razón a los padres cuando los nietos vienen con una queja (y, en el peor de los casos, para no entrar al tema).

Ello es compatible con el afán de darle lo mejor al nieto.

Porque lo mejor, en las situaciones normales de la vida cotidiana, será que él vea una coherencia en la conducta de todos los mayores, antes que una guerra de competidores por ver quién lo mima más.

Los abuelos que quieren de verdad a sus nietos, antes que a sí mismos y a su propia complacencia, saben delimitar perfectamente las fronteras entre el mimo razonable -que hará feliz al nieto sin ninguna complicación- y el mimo que puede resultarle nocivo.

¿Y los padres? ¿Qué pueden hacer por reforzar lo positivo de la acción de los abuelos en lo referente a la educación de los pequeños? Parece que lo primero deba ser enseñar a respetar y a querer mucho a los abuelos. Y en esto, como en todo, lo principal será el ejemplo, los hechos, no las palabras.

Un niño de seis años amanece un día con el capricho de no ir al colegio. Mientras la madre lo viste, se organiza la batalla-discusión, no exenta de algún que otro grito de la madre, acompañando al lloriqueo del muchacho. Entra el abuelo: se propone, naturalmente, apoyar a la mamá; pero apenas empieza a hablar, la madre dice: «Déjanos, abuelo, que éste no es asunto tuyo.» No entramos ahora en si es razonable o no lo que la madre ha dicho. Pero días después, con ocasión de que el abuelo está corrigiendo al niño sobre algo, éste sale con una música que le ha quedado de aquella escena: “Abuelo, éste no es asunto tuyo.”

Sí, el ejemplo es siempre decisivo. Si los hijos viven el ejemplo de sus padres amando a los abuelos (al hablar de ellos, al poner calor en la celebración de una fiesta para los abuelos, al transmitir alegría, porque hoy vamos a ir a casa de los abuelos), aprenderán a quererlos.

Todo esto vendrá acompañado por cuanto sean y hagan los abuelos para inspirar cariño; y el lograrlo será bueno, ya de por sí; pero será al mismo tiempo el mejor vehículo para que el niño acepte la autoridad de los abuelos y la valía de cuanto éstos quieran inculcarles en el orden educativo.

Entonces, ¿es preciso que los abuelos se fijen unos objetivos en el capítulo de educar a los nietos? Diríamos que esto más bien corresponde a los padres.

A los abuelos toca interesarse, conocer estos objetivos de los padres, y adaptarse a ellos, con lo cual todo será más fácil. Los abuelos disfrutarán así de esa gozosa libertad de dar, sin más preocupaciones, desvinculados de cuanto suponga atenerse a obligaciones señas, aunque se obliguen a no salirse de las pautas educativas marcadas por los padres.

LOS ABUELOS DEBEN ADAPTARSE A LOS
OBJETIVOS EDUCATIVOS DE LOS PADRES

Y con tales premisas, ¿qué dan habitualmente los abuelos que, sobre otros considerandos, pueda entrar en el ámbito de la educación? ¡Tantas cosas!

Dan un tiempo sin prisas, donde el niño se abre en contar cosas, seguro de ser comprendido; donde hará preguntas, para prenderse en las respuestas maravillosas de los abuelos.

Dan caminos por los que ande suelta la imaginación y la fantasía -los cuentos de los abuelos, y las historias verdaderas de los abuelos sobre una vida de atrás, en la que estaban los padres cuando eran niños-; y dan mucho cariño, otra clase de cariño, que sirve de campo abonado donde se sostengan las tiernas raicillas del alma del niño, para que rebroten en virtudes, en amor a lo bueno.

Mucho pueden incidir los abuelos, aunque la tarea básica compita a los padres, en la educación de la fe. Desgranando, en lenguaje del niño, bellas historias evangélicas; enseñando oraciones de sabor antiguo; uniendo afectos humanos con amores divinos. Otra vez, será la paz de los años y el sosiego que emana de las palabras de los abuelos, el mejor marco que encuadre un interesarse de los niños por lo que oyen, un sembrarles algo que limpiamente imiten y sientan.

Desde la acción cultural

El segundo criterio sería éste: los abuelos educan a los nietos desde su acción cultural.

Acabamos de referirnos a la educación de la fe. Los elementos esenciales del bien común de una sociedad son:

 bienestar;

 paz;

 cultura.

En la cultura, cuya relación etimológica con culto no debería olvidarse, se incluyen los bienes religiosos.

En el mundo de hoy, no es raro encontrarse con padres despegados de lo religioso, en una familia donde los abuelos, por normales, viven una vida de fe.

¿Qué pueden, o qué deben hacer entonces los abuelos? ¿Cómo actuar cuando -tomemos un ejemplo directo- los padres dicen que sus hijos no tienen por qué ir a Misa, o anuncian su decisión de no bautizar al nuevo hermanito, próximo a nacer? Porque se trata de un problema de conciencia, no cabe quedarse parados ante algo que los abuelos contemplan como grave y perjudicial para los nietos. ¿Qué hacer, entonces?

Cabe empezar reflexionando sobre lo que no debe hacerse, por bien de los nietos.

NO SE PUEDE HACER NADA QUE
PUEDA DETERIORAR LA IMAGEN DE LOS PADRES

No se puede decir a los nietos que sus padres lo están haciendo mal, porque esto sería causarles -a los nietos- un serio daño.

Sí se puede, y se debe, dialogar incansablemente con los padres, para que modifiquen su actitud. Y hay que correr riesgos: el de que los hijos casados piensen que sus padres se están entrometiendo en sus vidas; el de los peligros de saltar del diálogo a la discusión, evitables si los abuelos saben y se empeñan en hacerlo bien.

Realmente, los abuelos no pueden desertar en tales ocasiones. Asumir la realidad es estar dispuesto a seguir luchando, cuando los hijos y los nietos así lo precisan. Aunque esto suponga perder un poco de comodidad y de tranquilidad en su vida.

La fuerza educativa de los abuelos radica en un ambicioso plan de acción cultural y en los pequeños detalles de servicio.

¿Incidencia educativa en los padres?

Los abuelos jóvenes, por el modo de educar de sus hijos, los padres de sus nietos, irán descubriendo lagunas en su anterior acción educativa de padres.

No es corriente, por ejemplo, y sí necesario

EDUCAR A LOS HIJOS PARA LA FAMILIA

No sólo como segundos responsables de su familia de origen, sino también como posibles primeros responsables de una nueva familia, la fundada por cada nuevo matrimonio.

Y ahora, ya recién abuelos, descubren lo que debieron hacer años atrás con sus hijos, y no hicieron. ¿Cómo subsanarlo? Continuando, discretamente, su acción educativa con sus hijos, aunque éstos ya sean padres.

En realidad, aunque éstos se casen y creen su propia familia, aunque se hagan muy mayores e independientes, ¿es que un padre y una madre no están educando a los hijos -llámese de otra forma, si se quiere- hasta el último momento de estar en el mundo (los hijos)?

El modo educativo será sugerente, y en muchos casos indirecto, o por vía de terceras personas (en quienes delegan), pero hasta la muerte del hijo no termina la responsabilidad de ayuda educativa de los padres.

La acción educativa de un abuelo joven que sigue ejerciendo como padre de sus hijos, ya casados y padres, tiene la ventaja de poder observar en los nietos las prioridades educativas. Es prioritario, por ejemplo, aquello en que consienten a los hijos y no deberían consentirlo. Las permisividades de los padres de sus nietos les dan pistas para ver qué es lo más urgente en su discreta y eficaz ayuda educativa a esos primeros educadores que son sus hijos.

Lo que no pueden olvidar los abuelos jóvenes, en cualquier situación -normal o anómala-, es que están ahí, en la mayor proximidad de esa nueva familia, y que algo -mucho- se está esperando de ellos, aunque no se lo digan.

Son los terceros responsables de esa familia. No es una responsabilidad titular, sino una co-responsabilidad, de ayuda. Pero es una ayuda con categoría de arte.

Los abuelos necesitarán ayuda orientadora para saber cómo seguir educando a sus hijos, sin que éstos se molesten o lo rechacen.

Aunque tampoco se lo podrán agradecer, porque apenas se notará su ayuda. Consistirá en:

 conversar en tertulias sobre temas educativos;

 sugerir una lectura;

 alabar una actuación educativa;

 destacar algún progreso en la conducta del nieto;

 poner en contacto a su hijo (o hija) con una persona que beneficie su acción educativa;

 informar sobre algún curso de orientación familiar de interés;

 animar a algún amigo común a que les ayude a sus hijos en tal o cual aspecto subjetivo, etc.

OLIVEROS F. OTERO – JOSÉ ALTAREJOS, Los abuelos jóvenes, ed. Palabra, Madrid, 1.999

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Como Pelear

1.- No eviten el conflicto dejándose de hablar, sólo acentúan sus diferencias y eso se llama “desdén silencioso”.

2.- No vivan del pasado, ni se reprochen constantemente cosas que ya sucedieron, esto equivale a guardar cupones emocionales que se canjean siempre por sufrimiento.

3.- Ataquen el problema, no se ataquen entre sí.

4.- Respalden sus acusaciones con pruebas, no con suposiciones. (No se vale “creer”,” imaginar” o “sentir”).

5.- Recuerden que deben perdonarse y olvidar las ofensas del pasado.

6.- Cuando discutan, no mencionen a gente querida por el otro (parientes, amigos, compañeros de escuela, o de trabajo, o vecinos) . ¡No vale!

7.- No se insulten ni se traten con adjetivos ofensivos.

8.- Cuando hablen de algo, no se aparten del asunto, haciendo referencia a otro tema que no tiene nada que ver con el que están tratando.

9.- Al discutir, no dramaticen (gritos, llanto), ni exageren con los injustos “tu nunca” y “tu siempre”, eviten las odiosas e innecesarias comparaciones con las que solamente se lastiman.

10.- Pidan disculpas al otro cada vez que la ocasión lo requiera, cada uno debe ser humilde y pensar que tal vez no tenga la razón; sí alguno reconoce estar equivocado, admítalo con su pareja, si cree tener la razón; CÁLLESE.

COMENTARIO FINAL:
Toda pareja necesita saber como hacer frente a sus diferencias de manera sana y constructiva, analicen estas reglas entre los dos y póngalas en práctica, con buena voluntad es bien fácil y dan excelentes resultados.

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