1. Nuestra vida espiritual presenta grandes analogías con la vida orgánica de nuestro cuerpo. En la vida natural no basta al hombre nacer y crecer, es necesario también alimentarse para conservar y aumentar las energías. Así acontece con la vida del alma. Por el Bautismo se nace a la gracia, por la Confirmación se robustece el alma. Tiene, además, necesidad del alimento que conserve y repare sus fuerzas. Y es lo que nos proporciona el Salvador por medio del Santísimo Sacramento, la Eucaristía, que es el manjar espiritual que sustenta el alma. En la Iglesia la Eucaristía es el primero y principal Sacramento. Y lo llamamos primero y principal porque es el más digno y excelente, en si mismo, en relación con los demás Sacramentos, y en relación con la vida de la Iglesia y con la vida del cristiano.

2. La Eucaristía es el más digno y excelente de los Sacramentos en sí misma, porque representa la obra maestra de Dios Todopoderoso. Es el memorial de todas las maravillas y misericordias del Señor. En la Eucaristía Dios se muestra más grande y magnífico que en la creación y que en la Encarnación. En la creación da el ser a todas las criaturas y en la Encarnación se da a sí mismo a toda la naturaleza humana, haciéndose hombre; mas en la Eucaristía se da todo a cada hombre que le recibe convirtiéndose en su alimento o substancia. La Eucaristía es a un tiempo misterio de sabiduría y omnipotencia y misterio de humildad y misericordia divinas.

3. Ostenta la Eucaristía ciertas preeminencias sobre los demás Sacramentos, ya que es el más noble y digno de ellos; así como el sol irradia luz y calor sobre las criaturas, la Eucaristía lo hace sobre los demás Sacramentos. Ellos confieren y aumentan la gracia que del sol proviene; la Eucaristía contiene al mismo Sol, a la misma fuente de gracia. Los Sacramentos producen la gracia sólo en el momento de su aplicación; el Bautismo, por ejemplo, cuando el agua se vierte sobre el bautizado pronunciando el sacerdote la fórmula “Yo te bautizo…Antes y después no hay allí nada más que agua natural. La Eucaristía conserva de modo permanente la plenitud de su ser, es fuente perenne de gracia, es el mismo Jesucristo.

4. A la Eucaristía dicen relación todos los Sacramentos como a su centro y fin inmediato. El Bautismo abre la puerta por donde entramos en la Iglesia, en donde el Padre brinda y convida a sus hijos con el banquete eucarístico. La Confirmación lo arma y robustece contra los combates de sus enemigos, preparándolo así a la fe y a la pureza de vida, que son fruto sazonado de la Eucaristía. La Penitencia y Extremaunción disponen al creyente a dignamente recibirle. El Orden Sagrado fue expresamente instituido para la confección y administración de la Eucaristía. Y finalmente el Matrimonio representa la unión de Cristo con la Iglesia, unión que nunca se realiza tan íntima y perfectamente como en la Eucaristía.

Por otra parte, la Eucaristía perfecciona y enaltece la obra de los demás Sacramentos. Ella restaura y aviva en nosotros la imagen y semejanza de Dios que reengendra el Bautismo. La Penitencia cancela los pecados cometidos después del bautismo. La Eucaristía prosigue la obra de santificación de nuestra alma, purificándola hasta de los pecados veniales, extinguiendo las raíces de la culpa y apagando en ella el fuego de la concupiscencia.

La Confirmación da fuerzas para confesar y defender la religión. La Eucaristía corrobora esa fuerza, a la cual añade la del amor, que es irresistible y dura como la muerte. La Extremaunción sostiene y ayuda al alma en el trance de la muerte, y es la Eucaristía como Viático la que la conforta y presta auxilio seguro en el viaje hacia la eternidad. A los esposos la Eucaristía también los esfuerza y anima a guardar continencia y a vivir en amor y caridad, que tanto han menester para cumplir con las normas y sacrificios propios de su estado, justamente llamado conyugio, que quiere decir común yugo. Con razón, pues, el Sacramento eucarístico se denomina cifra y compendio; centro y corona de todos los Sacramentos.

5. También respecto a la vida de la Iglesia y la vida del cristiano la Eucaristía se presenta como Sacramento altísimo y eminente. Es el centro del culto católico. Para ella se alzan las grandes basílicas y catedrales y los templos más suntuosos de la cristiandad; para ella los teólogos y los sabios han producido sus mejores composiciones; los artistas todos, pintores, escultores, orfebres, oradores, etcétera, a ella han dedicado sus más bellas inspiraciones. Y sobre todo los Santos ante la Hostia divina han quedado extáticos y arrobados con la más sublime adoración. La naturaleza ofrece igualmente a la Eucaristía el homenaje de sus maravillas y de sus bellezas: las flores, las plantas, el oro, la plata, las piedras preciosas, los mármoles y los jaspes, todo se rinde y adora a su modo al Dios de nuestro Sagrario.

La liturgia creó asimismo emotivas y misteriosas manifestaciones de culto: arcos de triunfo, procesiones, congresos, oraciones y expansiones del corazón creyente. La Eucaristía señala también el nivel de piedad y santidad de los pueblos. Donde hay vida eucarística allí florecen los Santos y las almas de acendrada devoción y contemplación altísima. Porque así como donde no alumbra ni calienta el sol dominan las tinieblas, y con la humedad se apoderan del organismo la enfermedad y el dolor, así en la vida cristiana donde el Sol de la Eucaristía no alumbra ni esplendora no reina más que la imbecilidad del entendimiento, la rebeldía del corazón y la indolencia moral más lamentable.

Nombres del Sacramento Eucarístico

6. El Sacramento Eucarístico ha recibido varios nombres a través de la historia. Se denomina, en primer término, “Eucaristía”, que quiere decir “Buena Gracia o Acción de gracias, porque al instituir Jesucristo este Sacramento dio gracias a su Padre, y los creyentes, al recibirlo, deben darlas a Dios por este don singularísimo y por todos los dones que reciben del Padre que está en los cielos. También se denomina “Comunión”, bien porque significa la unión de todos los fieles entre sí y con Jesucristo su Cabeza, bien porque los cristianos solían reunirse en lugar determinado para celebrar este misterio de Unión (Synaxis). Las espigas y el racimo, resultado de tantos granos con vida independiente, representan a maravilla la Unión Eucarística. Recibió, asimismo, el nombre de “Cena del Señor” por haberla instituido Cristo en su última Cena. Y llamóse también Fractio Panis porque al partir el pan descubrióse Jesús a sus discípulos en Emaús. “Pan de Vida”, porque así lo llamó el Señor en el sermón de la Promesa, y “Pan de Ángeles”, por la pureza que engendra, y, finalmente, se le dio el nombre de “Viático” porque sustenta al alma en el camino de la vida presente y sobre todo en el último viaje a la eternidad.

Se le conoce de ordinario con el nombre de Sacramento del Amor porque en él, según enseña el Concilio de Trento, escanció Cristo las riquezas de su amor a los hombres. Y, finalmente, se le denomina comúnmente Santísimo Sacramento por su excelsitud entre los demás Sacramentos y por sus efectos admirables en la santificación de las almas.

Figuras eucarísticas

7. La Eucaristía, don excelentísimo y misterio insondable, estuvo prefigurada de varias maneras en el Antiguo Testamento. Principalmente:

A) Por razón de la materia, en el pan y vino que ofreció Melquisedec, rey de Salem, en acción de gracias por la victoria que alcanzó Abraham sobre los reyes orientales; en los Panes de la Proposición, que se colocaban sobre la mesa de oro en el Sancta sanctórum y se ofrecían al Señor junto con vino e incienso; en el pan subcinericio o torta que robusteció y dio alientos al profeta Elías para caminar cuarenta días hasta el monte santo de Dios.

B) Por razón del manjar contenido, en el cordero pascual, que comían los hebreos cada año en memoria de la liberación de la esclavitud de Egipto; en el sacrificio, o mejor, inmolación de Isaac intentada por Abraham sobre el monte de los Amorreos.

C) Finalmente, por los efectos que produce, en el árbol de la vida, cuyo fruto preservaba de las enfermedades y de la muerte; en el maná celestial que caía cada día del cielo y a cada uno sabía según su paladar. Se representaba también en otras muchas figuras menos interesantes.

Fines de la Eucaristía

8. Los fines por los cuales instituyó Jesucristo la Eucaristía son tres principalmente:

I.) En la Eucaristía Jesús es nuestro compañero: Real presencia de Jesús en este Sacramento.

II.) Jesús es nuestro alimento: La Sagrada Comunión.

III.) Jesús se inmola como víctima sobre el ara de nuestros altares: La Santa Misa.

La real presencia de Cristo en la Eucaristía

9. En la antigüedad negaron principalmente el dogma de la real presencia de Cristo en la Eucaristía los docetas, que no admitían la realidad de la carne en el cuerpo de Cristo. Más tarde, en el siglo IX, Berengario lo impugnó igualmente, pero retractóse luego por dos veces públicamente y murió dentro de la fe católica. Después los protestantes, que explicaron de diferente manera el pasaje bíblico de la institución de la Eucaristía. Y, finalmente, los racionalistas y modernistas de nuestros días, que no ven en la Eucaristía sino un símbolo o memorial de la Pasión.

10. La verdadera doctrina de la Iglesia acerca de la real presencia de Jesucristo en la Eucaristía exprésala el sagrado Concilio de Trento: “En la Eucaristía se contiene verdadera, real y substancialmente -vere, realiter et substantialiter- el cuerpo y la sangre junto con el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, no en señal, ni en figura, ni en virtud.” Los teólogos explican esta definición del Concilio afirmando que Jesucristo se contiene en la Eucaristía, no en señal, como, por ejemplo, la bandera de la nación representa a la patria, sino verdaderamente. Se contiene realmente, no en figura, como una imagen o estampa de la persona a quien se quiere honrar, verbigracia, la imagen de una moneda que representa al rey o jefe de Estado. Se contiene substancialmente, no en su virtud, como el sol está en la tierra por su calor y sus efectos, sino verdaderamente, como suenan las palabras, allí hay cuerpo, sangre, alma y divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

Pruebas de la real presencia

11. La real presencia de Jesús en la Eucaristía se prueba únicamente por las palabras del mismo Jesucristo, así en el sermón de la Promesa (Jn., cap. 6), como en el acto de la institución, y por el testimonio unánime de la tradición cristiana. Todos estos argumentos no forman sino una sola prueba sobre el misterio de la real presencia de Jesús en la Eucaristía: la afirmación del Divino Maestro.

Jesús promete la Eucaristía

12. El divino Salvador prepara el ánimo de sus oyentes a la fe en el misterio eucarístico con el milagro de la multiplicación de los panes y con el caminar sobre las aguas, mostrándose así dueño y señor de la naturaleza. De seguro la mejor disposición para admitir la verdad de la Eucaristía es la fe. Y luego claramente les dice Jesús: “Yo soy el pan de la vida.” (Jn., 6, 35.) “El pan que yo os daré es mi carne, la cual da la vida al mundo.” (Jn., 6, 52.) Como los judíos se mostrasen sorprendidos acerca del sentido de sus palabras; “¿cómo, se decían, puede éste darnos a comer su carne?” (Jn., 6, 53), el Señor afirma su pensamiento: “En verdad, en verdad os digo, si no comiereis la carne del Hijo del Hombre y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros.” (Jn., 6, 54.)

Y da la razón de su aserto: “Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.” (Jn., 6, 56.) Y a pesar de que sus oyentes no disimulan su repugnancia a creer sus palabras: “durus est hic sermo” (Jn., 6, 61), Jesús ratifica el sentido de sus afirmaciones: “El pan que yo os daré es mi carne y la bebida es mi sangre. Y si no comiereis mi carne y bebiereis mi sangre, no tendréis la vida eterna.” Comenzaron entonces a desfilar a la desbandada. Y Jesús se dirige a los suyos, diciéndoles: “¿Y vosotros también os queréis marchar?” Respondió Simón Pedro en nombre de todos: “¿Adónde iremos nosotros? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres Cristo, el Hijo de Dios.” Y hubiera consentido Jesús que se marchasen los suyos, antes que ver torcido o trocado el sentido de sus palabras.

La institución

13. Las palabras que usó Jesús al instituir este adorable Sacramento son claras y perentorias y no admiten interpretación figurada. Los tres evangelistas sinopticos (Mateo, Marcos, Lucas) lo refieren con las mismas palabras (Mt., 26, 26 y sigs.; Mc., 14, 22 y sigs. Lc., 22, 15 y sigs.). Jesús consagrando el pan afirmo: “Éste es mi cuerpo”, y al consagrar el vino: “Ésta es mi sangre, del Nuevo Testamento, que por vosotros se derramará.” Ahora bien, la palabra de Dios es eficaz y omnipotente para obrar lo que significa. Luego en la Eucaristía está el cuerpo y la sangre de Jesucristo.

Y las palabras de Jesús no pueden entenderse de otra manera. El contexto nos dice que el cuerpo de que se trata es el mismo que va a ser sacrificado por ellos, -Quod pro vobis tradetur-, y su sangre la que será derramada, -Qui pro vobis eflundetur-. Jesucristo, no hay duda, inmoló su cuerpo y derramó su sangre. Las circunstancias en que Jesucristo hizo tales afirmaciones declaran igualmente el sentido real y propio que intentamos:

a) En su última cena, antes de su muerte;

b) Extendiendo su testamento, mi sangre del Nuevo Testamento;

c) En prenda de su perpetuo y acendrado amor.

La inteligencia que de tales palabras dejaron los apóstoles, especialmente el apóstol San Pablo (1 Cor. 11), el cual asegura que todo aquel que coma este pan y beba este vino indignamente, se hace reo del cuerpo y de la sangre del Señor. El que insulta la imagen y no a la persona, no es reo de lesa majestad. Examine cada uno, prosigue San Pablo, su conciencia, y así acérquese a comer de aquel pan y a beber de aquel cáliz. Si en la Eucaristía no se contiene más que la imagen de Jesús, bastaría un acto de fe para comerla, como basta contemplar el Crucifijo. Además no se ve la razón por que la carne que Jesucristo aquí nos impone como manjar o pan de vida sea distinta de la que tomó el Verbo de Dios en las entrañas de María, siendo verdad admitida por todos los teólogos que la Eucaristía es una continuación de la Encarnación -extensio Incarnationis-. Es, pues, la palabra de Jesús la que nos fuerza a creer en su real presencia en la Eucaristía.

La tradición cristiana

14. En los primeros siglos del cristianismo apenas se conoce quién haya impugnado el dogma de la real presencia. Los Padres y escritores de la primitiva Iglesia la atestiguan y suponen en sus escritos. La autoridad de todas las liturgias antiguas, las pinturas de las catacumbas, en donde tanto abunda el pez con la espuerta a las espaldas, y todas las cristiandades antiguas en este punto convienen.

La Didaché, a fines del siglo I, afirma que del pan y del vino sólo pueden participar los bautizados. En el siglo II, San Justino asegura que la Eucaristía no se hace con pan y vino comunes. San Ireneo y Orígenes demuestran la incorrupción de nuestra carne por el cuerpo y la sangre de Jesucristo, que toma el cristiano. San Cipriano atestigua que una comunión indigna es mayor crimen que negar a Dios con la boca. La liturgia cristiana, así griega como latina, legítima expresión de la fe, constituye un grave y antiguo argumento a favor de la real presencia, puesto que supone la fe del pueblo cristiano en ella. San Clemente Romano afirma que al dar la Comunión el sacerdote decía panis Christi y el recipiente respondía: amen. Y lo mismo sucedía con el cáliz.

El consentimiento de todas las iglesias antiguas esparcidas por las regiones de Oriente, nestorianos, eutiquianos, armenios, sirios, griegos, etc., los cuales han creído y creen en el misterio de la Eucaristía en el sentido cristiano. Algunos teólogos añaden en comprobación de la real presencia de Jesús en la Eucaristía los innumerables milagros que traen las historias obrados por Jesucristo oculto en la sagrada Hostia. Concluyamos con Santo Tomás: Creo en la real presencia, porque así lo ha enseñado el Hijo de Dios; nada hay más firme que esta verdad. “Nihil hac veritate verius.”

¿Cómo Jesucristo se hace presente en la Eucaristía?

15. Presupuesta la real presencia de Cristo en la Eucaristía, conviene examinar ahora cómo se pone en ella. Algunos autores han errado también sobre ese punto. Berengario aseguraba que permanecía allí el pan y el vino junto con Cristo. Lutero no se preocupaba del modo y entendía que el Evangelio debía interpretarse como adverbio de lugar: aquí, en este lugar, está mi cuerpo. Osiander enseñó la impanación, o sea la unión hipostática con el pan y con el vino. La Iglesia Católica creyó siempre y definió por el sagrado Concilio de Trento que Cristo se hace presente en la Eucaristía por la transubstanciación. Es necesario explicar esta palabra.

Transubstanciación quiere decir conversión de toda la substancia del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, permaneciendo sólo los accidentes o apariencias, los cuales caen solamente bajo los sentidos, el color, el sabor, etcétera. No queda, pues, nada en la Eucaristía de la substancia del pan y del vino. Este concepto es el resultado de la inteligencia obvia y recta de la institución eucarística. Jesucristo, al instituir el Sacramento, dijo: “Esto -es decir: lo que tengo en mis manos, la substancia de pan- es mi cuerpo.” Luego aquella substancia de pan dejaba de ser tal para trocarse en cuerpo de Cristo. Lo mismo decimos de la sangre.

16. ¿Cómo se realiza ese cambio de substancia? Para Dios no hay ninguna cosa imposible. Con su palabra sacó de la nada todas las cosas -ipse dixit et facta sunt-. Con sus manos formó una estatua humana y le infundió el hálito de vida, esto es, el alma. El Señor hizo que se cambiase la vara de Moisés en serpiente, y hace manar agua de la piedra y muda el agua en vino en las bodas de Caná, multiplica los panes en el desierto, etc. Dios puede producir por sí mismo los efectos que producen las causas segundas. Así creó al hombre sin pasar por la ley de la generación. Y de la misma manera puede hacer que se mantengan los accidentes de pan y de vino sin su propia substancia.

Se dan ciertas analogías en la naturaleza con el caso eucarístico. En la petrificación, por ejemplo, la substancia de un animal, del pez, de la serpiente, del caracol, se cambia totalmente en piedra, permaneciendo, no obstante, su figura anterior. Un tronco de árbol se cambia en piedra de modo que sus fibras más sutiles y delicadas aparecen y son verdadera piedra. Por semejante manera Jesucristo se contiene real y substancialmente en la Eucaristía, permaneciendo sólo las especies o apariencias de pan y de vino.

17. En todas las Hostias consagradas del mundo está viviente Jesucristo, el que nació de la Virgen María y está ahora gozando en el cielo. Es de fe porque Jesucristo dijo a todos los presentes: “Tomad y comed, éste es mí cuerpo”, y a todos comulgó, ya que en todos los panes estaba realmente presente. He aquí el primero y principal milagro que entraña la Eucaristía: la simultaneidad de presencia. A varios Santos ha concedido el Señor el don de la bilocación. San Antonio de Padua estuvo a un tiempo predicando en un pueblo de Italia y defendiendo a su padre ante los tribunales en otro de Portugal. A San Alfonso Maria de Ligorio se le vio cabizbajo y sin hablar por espacio de dos días en su comunidad, y cuando se rehizo le preguntaron cómo había sido eso, a lo que él respondió: “He estado asistiendo al Papa.” Así sucedió efectivamente. Lo mismo pudo Dios obrar este milagro de simultaneidad, quedándose en cada Hostia por amor de los hombres. El pensamiento entero se comunica a cada uno de los interlocutores, aunque sean innumerables los que escu­chan. Así se contiene Jesucristo en cada forma a la cual ha alcanzado la consagración.

¿Cristo todo entero está presente en cada una de las especies?

18. El que come indignamente mi cuerpo y bebe mi sangre, afirma San Pablo hablando de este misterio -1 Cor., 18, 29-, come y bebe su condenación y se hace reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Luego en el cuerpo solo está todo Jesucristo y también en la sangre sola. El Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad son inseparables en Cristo, después de haber resucitado. Si no estuviese todo Cristo en cada una de las especies, Cristo en la Eucaristía moriría al separarse la sangre del cuerpo y de éstos el alma y de todos la divinidad. Pero Cristo resucitado ya no vuelve a morir, según nos enseña la fe; tiene, por consiguiente, que estar entero en cada una de las especies sacramentales.

¿Está igualmente que en toda especie, en cualquier parte de las especies?

19. Al que el alma, siendo una sola, está en cualquier parte del cuerpo y en todo él, así Jesucristo está en cualquier parte de las especies consagradas. Y está de la misma manera en cada una de las partes consagradas en que se divida la Hostia. Los apóstoles bebieron todos del mismo cáliz, obedeciendo a la invitación de Cristo. “Y bebieron de él todos.” Sería absurdo afirmar que ellos no recibieron por igual a Cristo en la Cena. Tertuliano asegura: “Una migaja de este pan puede santificar a miles y millones de almas.”

20. La substancia del pan y del vino estaba también antes de la consagración en cada parte o partícula de los mismos. Lo mismo está Jesucristo en la Eucaristía. Si partís en varias partes un espejo, vuestro rostro se reflejará por entero en cada una de ellas. Algo de eso es lo que acontece con la presencia de Jesús en la Eucaristía.

21. Lo mismo que la substancia bajo los accidentes, puede permanecer Cristo presente en todas las partículas de Hostia consagrada. El cuerpo de Cristo en la Eucaristía no es pasible, sino glorioso e inmortal, como está en el cielo. Los paisajes y panoramas que ofrece la naturaleza se restringen por el sentido de la vista hasta encerrarlos en la retina.

¿Puede llamarse la Eucaristía Sacramento perenne?

22. En cuanto allí está presente Jesucristo mientras duran sin corromperse las especies sacramentales, puede decirse sacramento perenne. El Jueves Santo se conserva el Santísimo Sacramento todo el día en la urna y el Viernes se consume sin nueva consagración. La Eucaristía fue instituida a manera de comida, y toda comida por su misma naturaleza es algo permanente.

El culto de Jesús en la Eucaristía

23. Hay que honrarlo con el culto de latría, que es el que a Dios corresponde. Jesucristo, en la Hostia consagrada presente, se merece el culto de adoración propiamente dicha. Las especies sacramentales no exigen, según la común doctrina de los teólogos, más veneración que la que se tributaría a los vestidos que cubrieron la carne virginal de Jesús durante su vida.

Dios debe ser adorado donde se hallare con el culto que al Ser Supremo compete. Y como se halla realmente presente en la Eucaristía, por eso le conviene la adoración propiamente dicha, o sea, el culto de latría. Según San Pablo, hasta el nombre de Jesús merece la adoración en su sentido propio: “In nomine Jesu omne genuflectatur.” (Fil. 2, 10) Con mucha más razón la Eucaristía. San Agustín escribió: “Nadie se acerque a comer de esta carne sin adorarla primero.”

24. Consecuencias que se siguen del dogma de la real presencia de Jesús en la Eucaristía:

a) Que es legítima y provechosa a las almas la costumbre litúrgicamente recomendada de exponer solemnemente la Sagrada Eucaristía. Así, Jesús se resarce de las injurias, menosprecio y olvido que sufre en el Sacramento del Amor. Así se le tributan públicamente los honores que se merece. Y los fieles se acercan más y más al trono de la gracia a recibir las bendiciones del Señor.

b) Mucho más puesta en razón se ve la institución de la fiesta del Corpus Christi, para dar a Dios públicas gracias por tan soberana institución; para expresar el triunfo de Jesús sobre sus adversarios, y para acrecentar la piedad de los fieles creyentes.

Que se debe propagar con grande encarecimiento la práctica de visitar a menudo a Jesús Sacramentado. Dios se ha quedado perpetuamente con nosotros en la Eucaristía: como Señor, para recibir nuestras adoraciones y ho­menajes; como bienhechor, para otorgarnos nuevas gra­cias y favores; como amigo, para testimoniar el amor que nos profesa y recibir el que nosotros a Él le debemos; en fin, como ejemplar de todas las virtudes que tenemos obli­gación de practicar y que Él nos enseña. Ningún medio más eficaz y a propósito que las frecuentes visitas a Jesús Sacramentado para sacar fruto práctico y aprovechar en las virtudes cristianas y embriagar nuestras almas en su amor.

25. Otros deberes que impone al creyente la real presencia de Jesús en la Eucaristía. 1) Encerrado en el Sagrario:

a. Debe el cristiano visitarlo a menudo, considerando que allí está nuestro amigo, nuestro bienhechor, nuestro padre, nuestro maestro y nuestro Dios.

b. Hacer cumplidamente las genuflexiones e inclinaciones al pasar delante de Él y estar en su presencia con el debido respeto.

c. Cooperar según sus fuerzas a su culto y al decoro y limpieza de su altar, vasos sagrados y, en general, del ornato de su iglesia.

26. 2) En la iglesia, fuera del Tabernáculo:

a) Adorarlo debidamente y sentir complacencia de hallarse ante Su Divina Majestad, evitando toda distracción y falta de modestia y respeto. A los fieles que, dentro de la iglesia, adoren brevemente al Santísimo Sacramento, concede la Iglesia trescientos días de indulgencia. Y si rezasen la Estación al Santísimo, indulgencia de diez años.

b) Creer un honor acudir a su adoración en las Cuarenta Horas, asistir a la Bendición solemne del Santísimo Sacramento y a la Exposición mayor. Los que visitaren al Santísimo solemnemente expuesto durante las Cuarenta Horas, tienen concedida indulgencia de quince años, e indulgencia plenaria confesando y comulgando cada día de la Exposición. Sólo en la eternidad conoceremos lo que vale una bendición con Jesús en el divino Sacramento.

27. 3) Fuera de la iglesia o en la calle:

a) En la procesión del Corpus uniéndose al triunfo de Jesús en la Eucaristía, y en cuanto a nosotros atañe, arreglando bien las calles y lugares por donde el divino Prisionero ha de pasar triunfalmente y adornando cuanto podamos las fachadas y lugares públicos que nos pertenecen.

b) Fomentando con decisión y espíritu de sacrificio los Congresos, Asambleas y Reuniones Eucarísticas y contribuyendo según la menté de la Iglesia a difundir el reinado de Jesús en la Eucaristía por todos los medios a nuestro alcance: Hay que estar dispuestos a derrochar en su organización y encarecimiento oraciones, sacrificios, limosnas y propaganda sin límites. Las gracias y bendiciones de Dios no descienden del cielo si no es por medio de Jesús en la Eucaristía, verdadero Mediador entre el cielo y la tierra y Cordero de Dios que borra los pecados del mundo.

c) Cuando lo llevan como Viático, es de buenos cristianos acompañarlo hasta el domicilio del enfermo, o al menos salir a su encuentro para adorarlo, pedirle por la salud y alivio del paciente y contribuir a que el Señor sea siempre bien hospedado. La Iglesia ha enriquecido con indulgencias a los que por devoción y caridad acompañan al Santísimo Viático. Concede siete años de indulgencia a los que acompañaren el Viático con antorcha en la mano, y tres años al que no pudiendo él hacerlo envíe otra persona en su puesto. Son muchos los reyes y príncipes que se han sentido honrados en seguir al sacerdote que llevaba en sus manos el Santo Viático.

Un santo obispo de América cuenta haber visitado un pueblecito, en el cual todas las puertas de las viviendas estaban orientadas de manera que desde ellas se podía ver cómodamente la puerta de la iglesia. Los habitantes de dicho poblado acostumbraban visitar a menudo al Santísimo Sacramento y, cuando no podían hacerlo, se contentaban con mirar a la iglesia donde se guardaba su tesoro: la Hostia Santa. Sabían muy bien y apreciaban lo que vale estar en compañía de Jesús, quien se ha quedado en la Eucaristía para ser nuestro Compañero y Amigo. “Mis delicias son estar con los hijos de los hombres”, ha dicho Jesús, y la Eucaristía es buena prueba de esa verdad y es la mejor demostración de ese acendrado y divino amor.
De la Santa Misa y cómo se ha de oír
por San Francisco de Sales

No te he hablado aún del sol de los Ejercicios espirituales, que es el santísimo y soberano Sacrificio de la Misa, centro de la Religión cristiana, alma de la devoción, vida de la piedad, misterio inefable que comprende el abismo de la caridad divina, por el cual, Dios, uniéndose realmente a nosotros, nos comunica con magnificencia sus gracias y favores.

La oración, unida con este divino Sacrificio, tiene una indecible fuerza, de modo que por este medio abunda el alma de celestiales favores, como apoyada sobre su amado, el cual la llena tanto de olores y suavidades espirituales, que parece una columna de humo producida de las maderas aromáticas de mirra y de incienso y de todos los polvos que usan los perfumadores, como se dice en los Cantares.

Procura, pues, con toda diligencia oír todos los días Misa para ofrecer con el sacerdote el sacrificio de tu Redentor a Dios, su Padre, por ti y por toda la Iglesia. Allí están presentes muchos ángeles, como dice San Juan Crisóstomo, para venerar este santo misterio; y así, estando nosotros con ellos y con la misma intención, es preciso que con tal compañía recibamos muchas influencias propicias. En esta acción divina se vienen a unir a nuestro Señor los corazones de la Iglesia triunfante y los de la Iglesia militante, para prendar con El, en El y por El el corazón de Dios Padre, y apoderarse de toda su misericordia. ¡Oh, qué felicidad es para un alma contribuir devotamente con sus afectos a un bien tan necesario y apetecible!

Si por algún estorbo inexcusable no puedes asistir corporalmente a la celebración de este soberano Sacrificio, a lo menos envía allá tu corazón, asistiendo espiritualmente. Para esto, a cualquiera hora de la mañana mira con el espíritu a la Iglesia, ya que no puedes de otro modo; une tu intención con la de todos los cristianos y haz desde el lugar en que te halles los mismos actos interiores que harías si te hallases realmente presente en la iglesia al santo Sacrificio.

Para oír Misa como conviene, ya sea real, ya espiritualmente, has de seguir este método:

* Desde el principio has que el sacerdote sube al altar prepárate juntamente con él, lo cual harás poniéndote en la presencia de Dios, reconociendo tu indignidad y pidiéndole perdón de tus defectos.
* Desde que el sacerdote suba al altar hasta el Evangelio, considera sencillamente y en general la venida de nuestro Señor al mundo y su vida en él.
* Desde el Evangelio, hasta concluido el Credo, considera la predicación del Salvador, protesta que quieres vivir y morir en la fe y obediencia a su santa palabra y en la unión de la Santa Iglesia Católica.
* Desde el Credo hasta el Pater noster contempla con el espíritu los misterios de la Pasión y muerte de nuestro Redentor, que actual y esencialmente se representan en este santo Sacrificio, que has de ofrecer, juntamente con el sacerdote y con el resto del pueblo, a Dios Padre para honra suya y salvación de tu alma.
* Desde el Pater noster hasta la Comunión, esfuérzate a excitar en tu corazón muchos y ardientes deseos de estar siempre junta y unida a nuestro Señor con un amor eterno.
* Desde la Comunión hasta el fin, da gracias a su Divina Majestad por su encarnación, vida, Pasión y muerte, y por el amor que nos muestra en este santo Sacrificio, pidiéndole por él que te sea siempre propicio a ti, a tus parientes, a tus amigos y a toda la Iglesia, y humillándote de todo corazón recibe devotamente la bendición divina que te da nuestro Señor por medio de su ministro.

Pero si quieres tener mientras la Misa la meditación de los misterios que vas siguiendo por orden todos los días, no es necesario que te diviertas en hacer estos actos particulares: bastará que al principio hagas intención de que el ejercicio de meditación y oración que tienes sirva para adorar y ofrecer este santo Sacrificio, puesto que en cualquiera meditación se encuentran los actos arriba dichos o ya expresos, o a lo menos implícita y virtualmente.

Ya en el Antiguo Testamento se dieron de modo muy significativo las grandes asambleas del pueblo de Israel, como en Ex 19-24, 1 Re 8 y Neh 8-9. En el Nuevo Testamento la convocatoria se produce en torno a Cristo Jesús y se llama sobre todo “Iglesia”, “Ekklesia”, pueblo congregado, y desde la primera generación es una realidad importante en el conjunto de la vida cristiana. Sobre todo en la convocatoria de la Eucaristía dominical.

La motivación no sólo es pedagógica, sino mas bien teológica: “En la celebración de la Misa los fieles forman la nación santa, el pueblo adquirido por Dios, el sacerdocio real”.

Cristo prometió: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20); esta es la razón fundamental de la dignidad de la asamblea litúrgica; es signo eficaz de la presencia de Cristo. A la vez es la realización concentrada de toda la Iglesia: “En la asamblea que se congrega para la Misa…se hará visible la Iglesia constituida en su diversidad de órdenes y misterios”. Además la misma asamblea es la que, bajo la presidencia del ministro que la completa en nombre de Cristo, celebra la Eucaristía: ” En la Misa o Cena del Señor, el pueblo de Dios es convocado, bajo la presencia del sacerdote, que hace presente a Cristo en persona, para celebrar el memorial del Señor o sacrificio eucarístico”.

Por eso, al reformar las celebraciones sacramentales, y también la Liturgia de las Horas, se ha tomado como uno de los criterios fundamentales el favorecer por todos los medios la participación activa por parte de toda la asamblea reunida, cuidando de modo especial lo más propio de ella; la escucha atenta, la oración y el canto en los momentos oportunos, las acciones sacramentales en las que participa, las exclamaciones y los diálogos.

Hay momentos que sentimos que todo esta mal, que nuestras vidas se hunden en un abismo tan profundo, que no se alcanza a ver ni un pequeño resquicio por el que pase la luz.

En esos momentos debemos de tomar todo nuestro amor, nuestro coraje, nuestros sentimientos, nuestra fuerza y luchar por salir adelante.

Muchas veces nos hemos preguntado si vale la pena levantarnos de nuevo, y solo puedo contestar una cosa; hagamos que nuestra vida valga la pena.

Vale la pena sufrir, porque he aprendido a amar con todo el corazón.

Vale la pena estar en la oscuridad y caer hasta lo más profundo, porque ya no puedo ir hacia más abajo, de ahí en adelante todo va a ser hacia arriba hasta que vea la luz.

Vale la pena agachar la cabeza y bajar las manos, porque al levantarlas sere mas fuerte de corazón.

Vale la pena una lagrima, porque es el filtro de mis sentimientos, a traves de ella me reconozco frágil y me muestro tal cual soy.

Vale la pena cometer errores, porque me da mayor experiencia y objetividad.

Vale la pena volver a levantar la cabeza, porque una sola mirada puede llenar ese espacio vacio.

Vale la pena volver a sonreir, porque eso demuestra que he aprendido algo más.

Vale la pena acordarme de todsas las cosas malas que me han pasado, porque ellas forjan lo que soy el dia de hoy.

Vale la pena voltear hacia atrás, porque asi se que he dejado huella en los demas.

Vale la pena vivir, porque cada minuto que pasa es un oportunidad de volver a empezar.

Todo esto son solo palabras, letras entrelazadas con el unico fin de dar una idea. Lo demás, depende de cada uno de nosotros. Dejemos que nuestras acciones hablen por nosotros.

SE FELIZ.

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El sexto mandamiento, que nos habla de castidad, afecta a todos: casados, solteros, heterosexuales y homosexuales

Este es el tercer capítulo, y último de momento, que dedicamos en esta sección al tema de la homosexualidad. Tema de rabiosa actualidad debido a la proliferación de manifestaciones, cuestiones y problemas que plantea en la actualidad. Como hemos dejado claro en artículos anteriores, no estamos juzgando ni condenando a personas, y menos a las que por “capricho” de la naturaleza, o debido a las circunstancias que han influido, han provocado en individuos concretos actitudes, costumbres, reacciones, e incluso criterios, no propios del sexo al que biológicamente pertenece. Estamos aclarando que la homosexualidad en sí no es una manifestación normal de la naturaleza humana. Dios creó al ser humano macho y hembra, hombre y mujer, con sus diferencias biológicas, fisiológicas, psicológicas, etc., para que fuesen un complemento y una ayuda mutua, y de esa relación normal entre ambos fueran llenando la tierra de otros seres humanos, de ambos sexos, iguales en dignidad y derechos, pero distintos en cuanto al sexo. La naturaleza no siempre cumple la leyes a la perfección, y surgen de vez en cuando, sin que nadie tenga la culpa, individuos con distintas carencias o malformaciones. Esos individuos son tan dignos como los demás de su especie, y están sometidos igualmente a la norma moral de conducta grabada en nuestra naturaleza y plasmada explícitamente en las tablas de la Ley de Dios. El sexto mandamiento, que nos habla de castidad, afecta a todos: casados, solteros, heterosexuales y homosexuales. Cada uno, con la ayuda de la Gracia de Dios, ha de intentar ser honesto y limpio en sus relaciones afectivas con los demás, y nunca se debe ir contra la propia naturaleza. Primero por amor de Dios, segundo por respeto a la dignidad del ser humano, y tercero porque la naturaleza NUNCA PERDONA, y normalmente pasa factura de los atentados que se cometen contra ella. Ahí tenemos un ejemplo claro en el SIDA que ya sabemos cual es su origen y quienes son los que más riesgo corren de contagio.

Cuestiones que nos planteamos:

¿Es admisible el matrimonio entre homosexuales?

Radicalmente hay que responder que NO. Aunque haya leyes en algún lugar que puedan admitirlo. Eso es una aberración. Una cosa son las parejas de hecho que voluntariamente puedan darse entre homosexuales, como también entre heterosexuales, y otra cosa es el MATRIMONIO. No hay que confundir las cosas. Hay que ser más serios y llamarle a cada situación por su nombre. El MATRIMONIO, que es una institución natural, y elevada por Cristo a la categoría de Sacramento, no puede verse mancillado por una caprichosa y deshonesta práctica de intentar vivir una relación afectiva y sexual aberrante. El MATRIMONIO es una institución que merece todo el respeto y respaldo legal y social por ser el modo natural de formalizar un compromiso entre hombre y mujer para fundar una FAMILIA, ayudarse mutuamente con el complemento de ambos sexos, y crear un ambiente adecuado para la educación de los hijos, seres humanos que necesitan el clima adecuado para crecer sanos física y psíquicamente. Y esto no lo puede ofrecer una pareja de homosexuales por pura lógica. Que vivan como quieran, pero que no confundan los término. El MATRIMONIO es lo que es, y nada más.

¿Es admisible la adopción de hijos por parte de parejas homosexuales?

A finales de Abril de este año 2001 se ha celebrado en Murcia (España) el Congreso Internacional sobre “Educación, Familia y Vida”, organizado por la Universidad Católica de la Diócesis. Los ponentes han sido primeras figuras internacionales sobre el tema de que se trataba. Uno de ellos fue el Cardenal Alfonso López Trujillo, Presidente del Pontificio Consejo de la Familia en la Santa Sede. En su intervención, y en una rueda de prensa posterior afirmó rotundamente sobre esta cuestión que nos hemos planteado: “Es horrenda la concepción educativa que subyace a las adopciones de niños por parte de parejas homosexuales”.

Para este Cardenal colombiano, la aprobación en Holanda de una ley que permite los matrimonios entre personas del mismo sexo y la adopción de niños es un hecho aislado que se ha producido “en oposición al resto del mundo”. “Parece como si todos los países del mundo -añadió- estuviesen equivocados y de pronto Holanda hubiese visto un nuevo sol y una nueva luz”. El Cardenal sostiene que en este tipo de adopciones “los derechos del niño son vulnerados” ya que se utiliza al pequeño “como objeto para llenar soledades”.

López Trujillo advierte de las graves consecuencias psicológicas que tendrá para el sujeto haberse criado en un ambiente sin el equilibrio que aportan el padre y la madre, un hombre y una mujer, y alerta sobre el hecho de que, una vez adultos, estas personas podrán reclamar al Estado que ha permitido su adopción indemnizaciones por daños sufridos.

Considero que son suficientes estas afirmaciones tan claras y rotundas para contestar a la pregunta que nos hemos planteado. No se puede jugar con la dignidad humana, utilizando a los niños indefensos como instrumentos al servicio de nuestros vacíos sentimentales, o de las pasiones descontroladas. El Estado que permite esto atenta contra el derecho que asiste a los niños a vivir y ser educados como corresponde a su naturaleza.

¿Puede un homosexual ser sacerdote o religioso/a?

Interesante cuestión esta. En otros tiempos esta situación era un impedimento serio para acceder al sacerdocio o a la vida religiosa. Hoy las dificultades no son mayores, o distintas, que para una persona heterosexual. Para uno y para otros es cuestión de integrar la sexualidad en una opción de amor célibe. Lola Arrieta, religiosa Carmelita de la Caridad, afirma: “Que una persona homosexual se integre o no en la vida religiosa, no puede argumentarse desde su condición de homosexual, sino desde el grado de integración, salud, apertura y sinceridad con la que se le hace posible acoger la vida y la vocación recibida…” La persona con buena integración de su sexualidad, sea cual sea su orientación, es capaz de establecer relaciones profundamente positivas, compromiso en el amor en cualquier estilo de vida.

El P. Jesuita Carlos Domínguez Morado afirma que “probablemente, han sido muchos los hombres y las mujeres homosexuales que, a lo largo de la historia de la Iglesia, han vivido honesta y creativamente su vocación de célibes por el Reino. Nunca sabremos lo que en su intimidad más profunda esto les significó de dolor y de grandeza”.

Lo importante es comprender que somos hijos de Dios, y que se puede asumir la situación de cada uno, siguiendo la auténtica vocación que Dios da, y comprometiéndose a entregarse de todo corazón a una vida de total compromiso con Dios y sus planes salvíficos, dando un sí rotundo a un celibato apostólico vivido con toda lealtad. Y en estas circunstancias, en la que siempre hay que evitar todo tipo de sospechas, hay que respetar a una persona que puede tener un cierto grado de anomalía, pero no hasta el punto de ser un obstáculo serio, y que asumida, llevada con dignidad, y vivida con la entereza del que busca la santidad en una entrega total del corazón a Dios, da de sí lo mejor que tiene para vivir el Evangelio sirviendo a los hermanos desde el celibato por el Reino de los Cielos.

Con esta tercera entrega damos por terminado nuestro trabajo sobre el tema de la homosexualidad, con el convencimiento de que, ni mucho menos, hemos intentado agotar el tema, que sigue abierto para cualquier pregunta que quieran formularnos. Hemos intentado sentar los principios básicos desde el respeto más profundo a la persona, pero dejando claro que la virtud de la castidad obliga a todos desde la situación en que se encuentren. Y el que sufra algún tipo de anormalidad en este campo, que lo lleve con dignidad, sin complejos, y pida ayuda a Dios para encauzar cristianamente su afectividad por el camino que Dios lo llame.

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