1. Nuestra vida espiritual presenta grandes analogías con la vida orgánica de nuestro cuerpo. En la vida natural no basta al hombre nacer y crecer, es necesario también alimentarse para conservar y aumentar las energías. Así acontece con la vida del alma. Por el Bautismo se nace a la gracia, por la Confirmación se robustece el alma. Tiene, además, necesidad del alimento que conserve y repare sus fuerzas. Y es lo que nos proporciona el Salvador por medio del Santísimo Sacramento, la Eucaristía, que es el manjar espiritual que sustenta el alma. En la Iglesia la Eucaristía es el primero y principal Sacramento. Y lo llamamos primero y principal porque es el más digno y excelente, en si mismo, en relación con los demás Sacramentos, y en relación con la vida de la Iglesia y con la vida del cristiano.

2. La Eucaristía es el más digno y excelente de los Sacramentos en sí misma, porque representa la obra maestra de Dios Todopoderoso. Es el memorial de todas las maravillas y misericordias del Señor. En la Eucaristía Dios se muestra más grande y magnífico que en la creación y que en la Encarnación. En la creación da el ser a todas las criaturas y en la Encarnación se da a sí mismo a toda la naturaleza humana, haciéndose hombre; mas en la Eucaristía se da todo a cada hombre que le recibe convirtiéndose en su alimento o substancia. La Eucaristía es a un tiempo misterio de sabiduría y omnipotencia y misterio de humildad y misericordia divinas.

3. Ostenta la Eucaristía ciertas preeminencias sobre los demás Sacramentos, ya que es el más noble y digno de ellos; así como el sol irradia luz y calor sobre las criaturas, la Eucaristía lo hace sobre los demás Sacramentos. Ellos confieren y aumentan la gracia que del sol proviene; la Eucaristía contiene al mismo Sol, a la misma fuente de gracia. Los Sacramentos producen la gracia sólo en el momento de su aplicación; el Bautismo, por ejemplo, cuando el agua se vierte sobre el bautizado pronunciando el sacerdote la fórmula “Yo te bautizo…Antes y después no hay allí nada más que agua natural. La Eucaristía conserva de modo permanente la plenitud de su ser, es fuente perenne de gracia, es el mismo Jesucristo.

4. A la Eucaristía dicen relación todos los Sacramentos como a su centro y fin inmediato. El Bautismo abre la puerta por donde entramos en la Iglesia, en donde el Padre brinda y convida a sus hijos con el banquete eucarístico. La Confirmación lo arma y robustece contra los combates de sus enemigos, preparándolo así a la fe y a la pureza de vida, que son fruto sazonado de la Eucaristía. La Penitencia y Extremaunción disponen al creyente a dignamente recibirle. El Orden Sagrado fue expresamente instituido para la confección y administración de la Eucaristía. Y finalmente el Matrimonio representa la unión de Cristo con la Iglesia, unión que nunca se realiza tan íntima y perfectamente como en la Eucaristía.

Por otra parte, la Eucaristía perfecciona y enaltece la obra de los demás Sacramentos. Ella restaura y aviva en nosotros la imagen y semejanza de Dios que reengendra el Bautismo. La Penitencia cancela los pecados cometidos después del bautismo. La Eucaristía prosigue la obra de santificación de nuestra alma, purificándola hasta de los pecados veniales, extinguiendo las raíces de la culpa y apagando en ella el fuego de la concupiscencia.

La Confirmación da fuerzas para confesar y defender la religión. La Eucaristía corrobora esa fuerza, a la cual añade la del amor, que es irresistible y dura como la muerte. La Extremaunción sostiene y ayuda al alma en el trance de la muerte, y es la Eucaristía como Viático la que la conforta y presta auxilio seguro en el viaje hacia la eternidad. A los esposos la Eucaristía también los esfuerza y anima a guardar continencia y a vivir en amor y caridad, que tanto han menester para cumplir con las normas y sacrificios propios de su estado, justamente llamado conyugio, que quiere decir común yugo. Con razón, pues, el Sacramento eucarístico se denomina cifra y compendio; centro y corona de todos los Sacramentos.

5. También respecto a la vida de la Iglesia y la vida del cristiano la Eucaristía se presenta como Sacramento altísimo y eminente. Es el centro del culto católico. Para ella se alzan las grandes basílicas y catedrales y los templos más suntuosos de la cristiandad; para ella los teólogos y los sabios han producido sus mejores composiciones; los artistas todos, pintores, escultores, orfebres, oradores, etcétera, a ella han dedicado sus más bellas inspiraciones. Y sobre todo los Santos ante la Hostia divina han quedado extáticos y arrobados con la más sublime adoración. La naturaleza ofrece igualmente a la Eucaristía el homenaje de sus maravillas y de sus bellezas: las flores, las plantas, el oro, la plata, las piedras preciosas, los mármoles y los jaspes, todo se rinde y adora a su modo al Dios de nuestro Sagrario.

La liturgia creó asimismo emotivas y misteriosas manifestaciones de culto: arcos de triunfo, procesiones, congresos, oraciones y expansiones del corazón creyente. La Eucaristía señala también el nivel de piedad y santidad de los pueblos. Donde hay vida eucarística allí florecen los Santos y las almas de acendrada devoción y contemplación altísima. Porque así como donde no alumbra ni calienta el sol dominan las tinieblas, y con la humedad se apoderan del organismo la enfermedad y el dolor, así en la vida cristiana donde el Sol de la Eucaristía no alumbra ni esplendora no reina más que la imbecilidad del entendimiento, la rebeldía del corazón y la indolencia moral más lamentable.

Nombres del Sacramento Eucarístico

6. El Sacramento Eucarístico ha recibido varios nombres a través de la historia. Se denomina, en primer término, “Eucaristía”, que quiere decir “Buena Gracia o Acción de gracias, porque al instituir Jesucristo este Sacramento dio gracias a su Padre, y los creyentes, al recibirlo, deben darlas a Dios por este don singularísimo y por todos los dones que reciben del Padre que está en los cielos. También se denomina “Comunión”, bien porque significa la unión de todos los fieles entre sí y con Jesucristo su Cabeza, bien porque los cristianos solían reunirse en lugar determinado para celebrar este misterio de Unión (Synaxis). Las espigas y el racimo, resultado de tantos granos con vida independiente, representan a maravilla la Unión Eucarística. Recibió, asimismo, el nombre de “Cena del Señor” por haberla instituido Cristo en su última Cena. Y llamóse también Fractio Panis porque al partir el pan descubrióse Jesús a sus discípulos en Emaús. “Pan de Vida”, porque así lo llamó el Señor en el sermón de la Promesa, y “Pan de Ángeles”, por la pureza que engendra, y, finalmente, se le dio el nombre de “Viático” porque sustenta al alma en el camino de la vida presente y sobre todo en el último viaje a la eternidad.

Se le conoce de ordinario con el nombre de Sacramento del Amor porque en él, según enseña el Concilio de Trento, escanció Cristo las riquezas de su amor a los hombres. Y, finalmente, se le denomina comúnmente Santísimo Sacramento por su excelsitud entre los demás Sacramentos y por sus efectos admirables en la santificación de las almas.

Figuras eucarísticas

7. La Eucaristía, don excelentísimo y misterio insondable, estuvo prefigurada de varias maneras en el Antiguo Testamento. Principalmente:

A) Por razón de la materia, en el pan y vino que ofreció Melquisedec, rey de Salem, en acción de gracias por la victoria que alcanzó Abraham sobre los reyes orientales; en los Panes de la Proposición, que se colocaban sobre la mesa de oro en el Sancta sanctórum y se ofrecían al Señor junto con vino e incienso; en el pan subcinericio o torta que robusteció y dio alientos al profeta Elías para caminar cuarenta días hasta el monte santo de Dios.

B) Por razón del manjar contenido, en el cordero pascual, que comían los hebreos cada año en memoria de la liberación de la esclavitud de Egipto; en el sacrificio, o mejor, inmolación de Isaac intentada por Abraham sobre el monte de los Amorreos.

C) Finalmente, por los efectos que produce, en el árbol de la vida, cuyo fruto preservaba de las enfermedades y de la muerte; en el maná celestial que caía cada día del cielo y a cada uno sabía según su paladar. Se representaba también en otras muchas figuras menos interesantes.

Fines de la Eucaristía

8. Los fines por los cuales instituyó Jesucristo la Eucaristía son tres principalmente:

I.) En la Eucaristía Jesús es nuestro compañero: Real presencia de Jesús en este Sacramento.

II.) Jesús es nuestro alimento: La Sagrada Comunión.

III.) Jesús se inmola como víctima sobre el ara de nuestros altares: La Santa Misa.

La real presencia de Cristo en la Eucaristía

9. En la antigüedad negaron principalmente el dogma de la real presencia de Cristo en la Eucaristía los docetas, que no admitían la realidad de la carne en el cuerpo de Cristo. Más tarde, en el siglo IX, Berengario lo impugnó igualmente, pero retractóse luego por dos veces públicamente y murió dentro de la fe católica. Después los protestantes, que explicaron de diferente manera el pasaje bíblico de la institución de la Eucaristía. Y, finalmente, los racionalistas y modernistas de nuestros días, que no ven en la Eucaristía sino un símbolo o memorial de la Pasión.

10. La verdadera doctrina de la Iglesia acerca de la real presencia de Jesucristo en la Eucaristía exprésala el sagrado Concilio de Trento: “En la Eucaristía se contiene verdadera, real y substancialmente -vere, realiter et substantialiter- el cuerpo y la sangre junto con el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, no en señal, ni en figura, ni en virtud.” Los teólogos explican esta definición del Concilio afirmando que Jesucristo se contiene en la Eucaristía, no en señal, como, por ejemplo, la bandera de la nación representa a la patria, sino verdaderamente. Se contiene realmente, no en figura, como una imagen o estampa de la persona a quien se quiere honrar, verbigracia, la imagen de una moneda que representa al rey o jefe de Estado. Se contiene substancialmente, no en su virtud, como el sol está en la tierra por su calor y sus efectos, sino verdaderamente, como suenan las palabras, allí hay cuerpo, sangre, alma y divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

Pruebas de la real presencia

11. La real presencia de Jesús en la Eucaristía se prueba únicamente por las palabras del mismo Jesucristo, así en el sermón de la Promesa (Jn., cap. 6), como en el acto de la institución, y por el testimonio unánime de la tradición cristiana. Todos estos argumentos no forman sino una sola prueba sobre el misterio de la real presencia de Jesús en la Eucaristía: la afirmación del Divino Maestro.

Jesús promete la Eucaristía

12. El divino Salvador prepara el ánimo de sus oyentes a la fe en el misterio eucarístico con el milagro de la multiplicación de los panes y con el caminar sobre las aguas, mostrándose así dueño y señor de la naturaleza. De seguro la mejor disposición para admitir la verdad de la Eucaristía es la fe. Y luego claramente les dice Jesús: “Yo soy el pan de la vida.” (Jn., 6, 35.) “El pan que yo os daré es mi carne, la cual da la vida al mundo.” (Jn., 6, 52.) Como los judíos se mostrasen sorprendidos acerca del sentido de sus palabras; “¿cómo, se decían, puede éste darnos a comer su carne?” (Jn., 6, 53), el Señor afirma su pensamiento: “En verdad, en verdad os digo, si no comiereis la carne del Hijo del Hombre y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros.” (Jn., 6, 54.)

Y da la razón de su aserto: “Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.” (Jn., 6, 56.) Y a pesar de que sus oyentes no disimulan su repugnancia a creer sus palabras: “durus est hic sermo” (Jn., 6, 61), Jesús ratifica el sentido de sus afirmaciones: “El pan que yo os daré es mi carne y la bebida es mi sangre. Y si no comiereis mi carne y bebiereis mi sangre, no tendréis la vida eterna.” Comenzaron entonces a desfilar a la desbandada. Y Jesús se dirige a los suyos, diciéndoles: “¿Y vosotros también os queréis marchar?” Respondió Simón Pedro en nombre de todos: “¿Adónde iremos nosotros? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres Cristo, el Hijo de Dios.” Y hubiera consentido Jesús que se marchasen los suyos, antes que ver torcido o trocado el sentido de sus palabras.

La institución

13. Las palabras que usó Jesús al instituir este adorable Sacramento son claras y perentorias y no admiten interpretación figurada. Los tres evangelistas sinopticos (Mateo, Marcos, Lucas) lo refieren con las mismas palabras (Mt., 26, 26 y sigs.; Mc., 14, 22 y sigs. Lc., 22, 15 y sigs.). Jesús consagrando el pan afirmo: “Éste es mi cuerpo”, y al consagrar el vino: “Ésta es mi sangre, del Nuevo Testamento, que por vosotros se derramará.” Ahora bien, la palabra de Dios es eficaz y omnipotente para obrar lo que significa. Luego en la Eucaristía está el cuerpo y la sangre de Jesucristo.

Y las palabras de Jesús no pueden entenderse de otra manera. El contexto nos dice que el cuerpo de que se trata es el mismo que va a ser sacrificado por ellos, -Quod pro vobis tradetur-, y su sangre la que será derramada, -Qui pro vobis eflundetur-. Jesucristo, no hay duda, inmoló su cuerpo y derramó su sangre. Las circunstancias en que Jesucristo hizo tales afirmaciones declaran igualmente el sentido real y propio que intentamos:

a) En su última cena, antes de su muerte;

b) Extendiendo su testamento, mi sangre del Nuevo Testamento;

c) En prenda de su perpetuo y acendrado amor.

La inteligencia que de tales palabras dejaron los apóstoles, especialmente el apóstol San Pablo (1 Cor. 11), el cual asegura que todo aquel que coma este pan y beba este vino indignamente, se hace reo del cuerpo y de la sangre del Señor. El que insulta la imagen y no a la persona, no es reo de lesa majestad. Examine cada uno, prosigue San Pablo, su conciencia, y así acérquese a comer de aquel pan y a beber de aquel cáliz. Si en la Eucaristía no se contiene más que la imagen de Jesús, bastaría un acto de fe para comerla, como basta contemplar el Crucifijo. Además no se ve la razón por que la carne que Jesucristo aquí nos impone como manjar o pan de vida sea distinta de la que tomó el Verbo de Dios en las entrañas de María, siendo verdad admitida por todos los teólogos que la Eucaristía es una continuación de la Encarnación -extensio Incarnationis-. Es, pues, la palabra de Jesús la que nos fuerza a creer en su real presencia en la Eucaristía.

La tradición cristiana

14. En los primeros siglos del cristianismo apenas se conoce quién haya impugnado el dogma de la real presencia. Los Padres y escritores de la primitiva Iglesia la atestiguan y suponen en sus escritos. La autoridad de todas las liturgias antiguas, las pinturas de las catacumbas, en donde tanto abunda el pez con la espuerta a las espaldas, y todas las cristiandades antiguas en este punto convienen.

La Didaché, a fines del siglo I, afirma que del pan y del vino sólo pueden participar los bautizados. En el siglo II, San Justino asegura que la Eucaristía no se hace con pan y vino comunes. San Ireneo y Orígenes demuestran la incorrupción de nuestra carne por el cuerpo y la sangre de Jesucristo, que toma el cristiano. San Cipriano atestigua que una comunión indigna es mayor crimen que negar a Dios con la boca. La liturgia cristiana, así griega como latina, legítima expresión de la fe, constituye un grave y antiguo argumento a favor de la real presencia, puesto que supone la fe del pueblo cristiano en ella. San Clemente Romano afirma que al dar la Comunión el sacerdote decía panis Christi y el recipiente respondía: amen. Y lo mismo sucedía con el cáliz.

El consentimiento de todas las iglesias antiguas esparcidas por las regiones de Oriente, nestorianos, eutiquianos, armenios, sirios, griegos, etc., los cuales han creído y creen en el misterio de la Eucaristía en el sentido cristiano. Algunos teólogos añaden en comprobación de la real presencia de Jesús en la Eucaristía los innumerables milagros que traen las historias obrados por Jesucristo oculto en la sagrada Hostia. Concluyamos con Santo Tomás: Creo en la real presencia, porque así lo ha enseñado el Hijo de Dios; nada hay más firme que esta verdad. “Nihil hac veritate verius.”

¿Cómo Jesucristo se hace presente en la Eucaristía?

15. Presupuesta la real presencia de Cristo en la Eucaristía, conviene examinar ahora cómo se pone en ella. Algunos autores han errado también sobre ese punto. Berengario aseguraba que permanecía allí el pan y el vino junto con Cristo. Lutero no se preocupaba del modo y entendía que el Evangelio debía interpretarse como adverbio de lugar: aquí, en este lugar, está mi cuerpo. Osiander enseñó la impanación, o sea la unión hipostática con el pan y con el vino. La Iglesia Católica creyó siempre y definió por el sagrado Concilio de Trento que Cristo se hace presente en la Eucaristía por la transubstanciación. Es necesario explicar esta palabra.

Transubstanciación quiere decir conversión de toda la substancia del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, permaneciendo sólo los accidentes o apariencias, los cuales caen solamente bajo los sentidos, el color, el sabor, etcétera. No queda, pues, nada en la Eucaristía de la substancia del pan y del vino. Este concepto es el resultado de la inteligencia obvia y recta de la institución eucarística. Jesucristo, al instituir el Sacramento, dijo: “Esto -es decir: lo que tengo en mis manos, la substancia de pan- es mi cuerpo.” Luego aquella substancia de pan dejaba de ser tal para trocarse en cuerpo de Cristo. Lo mismo decimos de la sangre.

16. ¿Cómo se realiza ese cambio de substancia? Para Dios no hay ninguna cosa imposible. Con su palabra sacó de la nada todas las cosas -ipse dixit et facta sunt-. Con sus manos formó una estatua humana y le infundió el hálito de vida, esto es, el alma. El Señor hizo que se cambiase la vara de Moisés en serpiente, y hace manar agua de la piedra y muda el agua en vino en las bodas de Caná, multiplica los panes en el desierto, etc. Dios puede producir por sí mismo los efectos que producen las causas segundas. Así creó al hombre sin pasar por la ley de la generación. Y de la misma manera puede hacer que se mantengan los accidentes de pan y de vino sin su propia substancia.

Se dan ciertas analogías en la naturaleza con el caso eucarístico. En la petrificación, por ejemplo, la substancia de un animal, del pez, de la serpiente, del caracol, se cambia totalmente en piedra, permaneciendo, no obstante, su figura anterior. Un tronco de árbol se cambia en piedra de modo que sus fibras más sutiles y delicadas aparecen y son verdadera piedra. Por semejante manera Jesucristo se contiene real y substancialmente en la Eucaristía, permaneciendo sólo las especies o apariencias de pan y de vino.

17. En todas las Hostias consagradas del mundo está viviente Jesucristo, el que nació de la Virgen María y está ahora gozando en el cielo. Es de fe porque Jesucristo dijo a todos los presentes: “Tomad y comed, éste es mí cuerpo”, y a todos comulgó, ya que en todos los panes estaba realmente presente. He aquí el primero y principal milagro que entraña la Eucaristía: la simultaneidad de presencia. A varios Santos ha concedido el Señor el don de la bilocación. San Antonio de Padua estuvo a un tiempo predicando en un pueblo de Italia y defendiendo a su padre ante los tribunales en otro de Portugal. A San Alfonso Maria de Ligorio se le vio cabizbajo y sin hablar por espacio de dos días en su comunidad, y cuando se rehizo le preguntaron cómo había sido eso, a lo que él respondió: “He estado asistiendo al Papa.” Así sucedió efectivamente. Lo mismo pudo Dios obrar este milagro de simultaneidad, quedándose en cada Hostia por amor de los hombres. El pensamiento entero se comunica a cada uno de los interlocutores, aunque sean innumerables los que escu­chan. Así se contiene Jesucristo en cada forma a la cual ha alcanzado la consagración.

¿Cristo todo entero está presente en cada una de las especies?

18. El que come indignamente mi cuerpo y bebe mi sangre, afirma San Pablo hablando de este misterio -1 Cor., 18, 29-, come y bebe su condenación y se hace reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Luego en el cuerpo solo está todo Jesucristo y también en la sangre sola. El Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad son inseparables en Cristo, después de haber resucitado. Si no estuviese todo Cristo en cada una de las especies, Cristo en la Eucaristía moriría al separarse la sangre del cuerpo y de éstos el alma y de todos la divinidad. Pero Cristo resucitado ya no vuelve a morir, según nos enseña la fe; tiene, por consiguiente, que estar entero en cada una de las especies sacramentales.

¿Está igualmente que en toda especie, en cualquier parte de las especies?

19. Al que el alma, siendo una sola, está en cualquier parte del cuerpo y en todo él, así Jesucristo está en cualquier parte de las especies consagradas. Y está de la misma manera en cada una de las partes consagradas en que se divida la Hostia. Los apóstoles bebieron todos del mismo cáliz, obedeciendo a la invitación de Cristo. “Y bebieron de él todos.” Sería absurdo afirmar que ellos no recibieron por igual a Cristo en la Cena. Tertuliano asegura: “Una migaja de este pan puede santificar a miles y millones de almas.”

20. La substancia del pan y del vino estaba también antes de la consagración en cada parte o partícula de los mismos. Lo mismo está Jesucristo en la Eucaristía. Si partís en varias partes un espejo, vuestro rostro se reflejará por entero en cada una de ellas. Algo de eso es lo que acontece con la presencia de Jesús en la Eucaristía.

21. Lo mismo que la substancia bajo los accidentes, puede permanecer Cristo presente en todas las partículas de Hostia consagrada. El cuerpo de Cristo en la Eucaristía no es pasible, sino glorioso e inmortal, como está en el cielo. Los paisajes y panoramas que ofrece la naturaleza se restringen por el sentido de la vista hasta encerrarlos en la retina.

¿Puede llamarse la Eucaristía Sacramento perenne?

22. En cuanto allí está presente Jesucristo mientras duran sin corromperse las especies sacramentales, puede decirse sacramento perenne. El Jueves Santo se conserva el Santísimo Sacramento todo el día en la urna y el Viernes se consume sin nueva consagración. La Eucaristía fue instituida a manera de comida, y toda comida por su misma naturaleza es algo permanente.

El culto de Jesús en la Eucaristía

23. Hay que honrarlo con el culto de latría, que es el que a Dios corresponde. Jesucristo, en la Hostia consagrada presente, se merece el culto de adoración propiamente dicha. Las especies sacramentales no exigen, según la común doctrina de los teólogos, más veneración que la que se tributaría a los vestidos que cubrieron la carne virginal de Jesús durante su vida.

Dios debe ser adorado donde se hallare con el culto que al Ser Supremo compete. Y como se halla realmente presente en la Eucaristía, por eso le conviene la adoración propiamente dicha, o sea, el culto de latría. Según San Pablo, hasta el nombre de Jesús merece la adoración en su sentido propio: “In nomine Jesu omne genuflectatur.” (Fil. 2, 10) Con mucha más razón la Eucaristía. San Agustín escribió: “Nadie se acerque a comer de esta carne sin adorarla primero.”

24. Consecuencias que se siguen del dogma de la real presencia de Jesús en la Eucaristía:

a) Que es legítima y provechosa a las almas la costumbre litúrgicamente recomendada de exponer solemnemente la Sagrada Eucaristía. Así, Jesús se resarce de las injurias, menosprecio y olvido que sufre en el Sacramento del Amor. Así se le tributan públicamente los honores que se merece. Y los fieles se acercan más y más al trono de la gracia a recibir las bendiciones del Señor.

b) Mucho más puesta en razón se ve la institución de la fiesta del Corpus Christi, para dar a Dios públicas gracias por tan soberana institución; para expresar el triunfo de Jesús sobre sus adversarios, y para acrecentar la piedad de los fieles creyentes.

Que se debe propagar con grande encarecimiento la práctica de visitar a menudo a Jesús Sacramentado. Dios se ha quedado perpetuamente con nosotros en la Eucaristía: como Señor, para recibir nuestras adoraciones y ho­menajes; como bienhechor, para otorgarnos nuevas gra­cias y favores; como amigo, para testimoniar el amor que nos profesa y recibir el que nosotros a Él le debemos; en fin, como ejemplar de todas las virtudes que tenemos obli­gación de practicar y que Él nos enseña. Ningún medio más eficaz y a propósito que las frecuentes visitas a Jesús Sacramentado para sacar fruto práctico y aprovechar en las virtudes cristianas y embriagar nuestras almas en su amor.

25. Otros deberes que impone al creyente la real presencia de Jesús en la Eucaristía. 1) Encerrado en el Sagrario:

a. Debe el cristiano visitarlo a menudo, considerando que allí está nuestro amigo, nuestro bienhechor, nuestro padre, nuestro maestro y nuestro Dios.

b. Hacer cumplidamente las genuflexiones e inclinaciones al pasar delante de Él y estar en su presencia con el debido respeto.

c. Cooperar según sus fuerzas a su culto y al decoro y limpieza de su altar, vasos sagrados y, en general, del ornato de su iglesia.

26. 2) En la iglesia, fuera del Tabernáculo:

a) Adorarlo debidamente y sentir complacencia de hallarse ante Su Divina Majestad, evitando toda distracción y falta de modestia y respeto. A los fieles que, dentro de la iglesia, adoren brevemente al Santísimo Sacramento, concede la Iglesia trescientos días de indulgencia. Y si rezasen la Estación al Santísimo, indulgencia de diez años.

b) Creer un honor acudir a su adoración en las Cuarenta Horas, asistir a la Bendición solemne del Santísimo Sacramento y a la Exposición mayor. Los que visitaren al Santísimo solemnemente expuesto durante las Cuarenta Horas, tienen concedida indulgencia de quince años, e indulgencia plenaria confesando y comulgando cada día de la Exposición. Sólo en la eternidad conoceremos lo que vale una bendición con Jesús en el divino Sacramento.

27. 3) Fuera de la iglesia o en la calle:

a) En la procesión del Corpus uniéndose al triunfo de Jesús en la Eucaristía, y en cuanto a nosotros atañe, arreglando bien las calles y lugares por donde el divino Prisionero ha de pasar triunfalmente y adornando cuanto podamos las fachadas y lugares públicos que nos pertenecen.

b) Fomentando con decisión y espíritu de sacrificio los Congresos, Asambleas y Reuniones Eucarísticas y contribuyendo según la menté de la Iglesia a difundir el reinado de Jesús en la Eucaristía por todos los medios a nuestro alcance: Hay que estar dispuestos a derrochar en su organización y encarecimiento oraciones, sacrificios, limosnas y propaganda sin límites. Las gracias y bendiciones de Dios no descienden del cielo si no es por medio de Jesús en la Eucaristía, verdadero Mediador entre el cielo y la tierra y Cordero de Dios que borra los pecados del mundo.

c) Cuando lo llevan como Viático, es de buenos cristianos acompañarlo hasta el domicilio del enfermo, o al menos salir a su encuentro para adorarlo, pedirle por la salud y alivio del paciente y contribuir a que el Señor sea siempre bien hospedado. La Iglesia ha enriquecido con indulgencias a los que por devoción y caridad acompañan al Santísimo Viático. Concede siete años de indulgencia a los que acompañaren el Viático con antorcha en la mano, y tres años al que no pudiendo él hacerlo envíe otra persona en su puesto. Son muchos los reyes y príncipes que se han sentido honrados en seguir al sacerdote que llevaba en sus manos el Santo Viático.

Un santo obispo de América cuenta haber visitado un pueblecito, en el cual todas las puertas de las viviendas estaban orientadas de manera que desde ellas se podía ver cómodamente la puerta de la iglesia. Los habitantes de dicho poblado acostumbraban visitar a menudo al Santísimo Sacramento y, cuando no podían hacerlo, se contentaban con mirar a la iglesia donde se guardaba su tesoro: la Hostia Santa. Sabían muy bien y apreciaban lo que vale estar en compañía de Jesús, quien se ha quedado en la Eucaristía para ser nuestro Compañero y Amigo. “Mis delicias son estar con los hijos de los hombres”, ha dicho Jesús, y la Eucaristía es buena prueba de esa verdad y es la mejor demostración de ese acendrado y divino amor.
De la Santa Misa y cómo se ha de oír
por San Francisco de Sales

No te he hablado aún del sol de los Ejercicios espirituales, que es el santísimo y soberano Sacrificio de la Misa, centro de la Religión cristiana, alma de la devoción, vida de la piedad, misterio inefable que comprende el abismo de la caridad divina, por el cual, Dios, uniéndose realmente a nosotros, nos comunica con magnificencia sus gracias y favores.

La oración, unida con este divino Sacrificio, tiene una indecible fuerza, de modo que por este medio abunda el alma de celestiales favores, como apoyada sobre su amado, el cual la llena tanto de olores y suavidades espirituales, que parece una columna de humo producida de las maderas aromáticas de mirra y de incienso y de todos los polvos que usan los perfumadores, como se dice en los Cantares.

Procura, pues, con toda diligencia oír todos los días Misa para ofrecer con el sacerdote el sacrificio de tu Redentor a Dios, su Padre, por ti y por toda la Iglesia. Allí están presentes muchos ángeles, como dice San Juan Crisóstomo, para venerar este santo misterio; y así, estando nosotros con ellos y con la misma intención, es preciso que con tal compañía recibamos muchas influencias propicias. En esta acción divina se vienen a unir a nuestro Señor los corazones de la Iglesia triunfante y los de la Iglesia militante, para prendar con El, en El y por El el corazón de Dios Padre, y apoderarse de toda su misericordia. ¡Oh, qué felicidad es para un alma contribuir devotamente con sus afectos a un bien tan necesario y apetecible!

Si por algún estorbo inexcusable no puedes asistir corporalmente a la celebración de este soberano Sacrificio, a lo menos envía allá tu corazón, asistiendo espiritualmente. Para esto, a cualquiera hora de la mañana mira con el espíritu a la Iglesia, ya que no puedes de otro modo; une tu intención con la de todos los cristianos y haz desde el lugar en que te halles los mismos actos interiores que harías si te hallases realmente presente en la iglesia al santo Sacrificio.

Para oír Misa como conviene, ya sea real, ya espiritualmente, has de seguir este método:

* Desde el principio has que el sacerdote sube al altar prepárate juntamente con él, lo cual harás poniéndote en la presencia de Dios, reconociendo tu indignidad y pidiéndole perdón de tus defectos.
* Desde que el sacerdote suba al altar hasta el Evangelio, considera sencillamente y en general la venida de nuestro Señor al mundo y su vida en él.
* Desde el Evangelio, hasta concluido el Credo, considera la predicación del Salvador, protesta que quieres vivir y morir en la fe y obediencia a su santa palabra y en la unión de la Santa Iglesia Católica.
* Desde el Credo hasta el Pater noster contempla con el espíritu los misterios de la Pasión y muerte de nuestro Redentor, que actual y esencialmente se representan en este santo Sacrificio, que has de ofrecer, juntamente con el sacerdote y con el resto del pueblo, a Dios Padre para honra suya y salvación de tu alma.
* Desde el Pater noster hasta la Comunión, esfuérzate a excitar en tu corazón muchos y ardientes deseos de estar siempre junta y unida a nuestro Señor con un amor eterno.
* Desde la Comunión hasta el fin, da gracias a su Divina Majestad por su encarnación, vida, Pasión y muerte, y por el amor que nos muestra en este santo Sacrificio, pidiéndole por él que te sea siempre propicio a ti, a tus parientes, a tus amigos y a toda la Iglesia, y humillándote de todo corazón recibe devotamente la bendición divina que te da nuestro Señor por medio de su ministro.

Pero si quieres tener mientras la Misa la meditación de los misterios que vas siguiendo por orden todos los días, no es necesario que te diviertas en hacer estos actos particulares: bastará que al principio hagas intención de que el ejercicio de meditación y oración que tienes sirva para adorar y ofrecer este santo Sacrificio, puesto que en cualquiera meditación se encuentran los actos arriba dichos o ya expresos, o a lo menos implícita y virtualmente.

Ya en el Antiguo Testamento se dieron de modo muy significativo las grandes asambleas del pueblo de Israel, como en Ex 19-24, 1 Re 8 y Neh 8-9. En el Nuevo Testamento la convocatoria se produce en torno a Cristo Jesús y se llama sobre todo “Iglesia”, “Ekklesia”, pueblo congregado, y desde la primera generación es una realidad importante en el conjunto de la vida cristiana. Sobre todo en la convocatoria de la Eucaristía dominical.

La motivación no sólo es pedagógica, sino mas bien teológica: “En la celebración de la Misa los fieles forman la nación santa, el pueblo adquirido por Dios, el sacerdocio real”.

Cristo prometió: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20); esta es la razón fundamental de la dignidad de la asamblea litúrgica; es signo eficaz de la presencia de Cristo. A la vez es la realización concentrada de toda la Iglesia: “En la asamblea que se congrega para la Misa…se hará visible la Iglesia constituida en su diversidad de órdenes y misterios”. Además la misma asamblea es la que, bajo la presidencia del ministro que la completa en nombre de Cristo, celebra la Eucaristía: ” En la Misa o Cena del Señor, el pueblo de Dios es convocado, bajo la presencia del sacerdote, que hace presente a Cristo en persona, para celebrar el memorial del Señor o sacrificio eucarístico”.

Por eso, al reformar las celebraciones sacramentales, y también la Liturgia de las Horas, se ha tomado como uno de los criterios fundamentales el favorecer por todos los medios la participación activa por parte de toda la asamblea reunida, cuidando de modo especial lo más propio de ella; la escucha atenta, la oración y el canto en los momentos oportunos, las acciones sacramentales en las que participa, las exclamaciones y los diálogos.

El magisterio oral de la Iglesia en la carta a los Gálatas

Pablo y la tradición oral. José M. Bover

San Pablo es el Apóstol de la libertad cristiana. Mas para San Pablo, la libertad no es el libertinaje ni la anarquía. A la libertad de la carne opone el Apóstol la ley del Espíritu y del amor; y la libertad social o de acción la refrena o modera con el principio de autoridad eclesiástica, principalmente con el primado de San Pedro. Otra libertad reclaman para sí los protestantes, con mayor obstinación que ninguna otra: la del libre examen, que por natural evolución ha degenerado en la moderna libertad de pensamiento. Sin duda que los protestantes, los conservadores por lo menos, limitan o moderan esta libertad de pensar acatando el magisterio escrito de la Biblia. Pero semejante magisterio escrito, al ser sometido al libre examen, resulta ineficaz e irrisorio. Al interpretar la Biblia según su criterio personal, hacen decir a la Biblia lo que ellos quieren, y, en definitiva, piensan como se les antoja. El verdadero freno moderador de la libertad de pensar en materias religiosas no es ni puede ser otro que la autoridad doctrinal, el magisterio viviente instituido por el mismo Jesucristo. Este magisterio oral y externo se hizo para los protestantes un yugo insoportable, como contrario a la libertad cristiana de pensar. Y, sin embargo, este yugo lo impuso Jesucristo sobre las cervices de cuantos generosamente se resolviesen a dar fe a su palabra y aceptar su autoridad y su doctrina. Y este yugo lo proclama también y lo impone el Apóstol de la libertad en la misma Carta magna de la libertad cristiana, la Epístola a los Gálatas. Vamos a demostrarlo. Comencemos por una razón que podemos llamar de experiencia.San Pablo proclama enérgicamente la unidad o unicidad del Evangelio.. Me maravillo dice de que tan de repente os paséis… a un Evangelio diferente, que… no es otro [Evangelio], sino que hay algunos que os revuelven y pretenden trastornar el Evangelio de Cristo (Gál. 1,6 7). Y este Evangelio único de Jesucristo es inmutable e intangible; intentar tocarlo o modificarlo es profanarlo y destruirlo sacrílegamente.

Por eso prosigue el Apóstol: Aun cuando nosotros o un ángel [bajado] del cielo os anuncie un Evangelio fuera del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes lo tenemos dicho, ahora también lo digo de nuevo: Si alguno os anuncia un Evangelio diferente del que recibisteis, sea anatema (Gál. 1,8 9). Es que el Evangelio no es un mensaje amorfo, que reciba su determinación o significación concreta de la interpretación subjetiva que se le quiera dar, sino que tiene su verdad objetiva y determinada, a la cual hay que someter la inteligencia. Por esto dos veces habla San Pablo de la verdad del Evangelio (Gál. 2,5; 2,14). Por esto también deben los fieles estar o ponerse de acuerdo sobre la inteligencia del Evangelio, como lo significa el mismo Apóstol, cuando escribe: Confío de vosotros en el Señor que no pensaréis de otra manera de como os tengo dicho (Gál. 5,10; cf. 6,16). Esta unidad y verdad intangible, con la consiguiente conformidad en el pensar, la posee el Evangelio por razón de su origen divino. Porque os hago saber, hermanos, que el Evangelio predicado por mí no es conforme al gusto de los hombres; pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo (Gál. 1,11 12; cf. 1,16). Los hombres no tienen derecho a desfigurar el Evangelio de Dios.

Tales son los principios doctrinales establecidos por San Pablo. Ahora con estos principios comparemos los hechos.
Por ahora podemos conceder o permitir a los protestantes que el Evangelio de que habla San Pablo se contiene íntegramente en las Escrituras del Nuevo Testamento. Podríamos también conceder, sin dificultad, que en el terreno abstracto de las ideas este Evangelio escrito, uniformemente interpretado, pudiera consiguientemente ser para los fieles principio de uniformidad en el pensar y sentir. Pero, decimos, de hecho ni lo ha sido ni lo es. Es, por tanto, el Evangelio escrito insuficiente para crear o mantener la unidad doctrinal que preconiza el Apóstol. Si Dios, pues, quiso, como evidentemente lo quiso, asegurar la verdad del Evangelio, debió instituir en la Iglesia un magisterio no escrito, esto es, un magisterio viviente y oral. Examinemos a fondo esta razón. Nos concederán los protestantes que el Evangelio escrito no lo destinó Dios para que fuese entretenimiento de ociosos, ni menos campo de batalla donde se librasen sangrientos combates teológicos que desgarrasen la unidad de la fe, sino para que fuese criterio de verdad y norma de vida eterna para todos los hombres de buena voluntad. Ahora bien: estos designios de Dios jamás se han realizado, siempre se han frustrado; cuando el Evangelio escrito ha sido sometido al libre examen, ha sido aislado del magisterio oral y viviente de la Iglesia. Ahí está para comprobar este hecho el testimonio de la Historia. Ya los Padres de los primeros siglos notaron que todos los herejes pretendían fundar en la Escritura los más disparatados errores, contrarios unos de otros. Y, sin ir tan lejos, ahí esta la historia del protestantismo, antiguo y moderno, que, buscando en solo el Evangelio escrito la doctrina revelada, ha venido a parar en muchos puntos capitales a soluciones contradictorias. Es clásico el ejemplo de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Apelando igualmente al testimonio de la Biblia, Lutero la admitía, Calvino y Zwinglio la negaban. Este fenómeno, constantemente repetido en la Historia, demuestra a todas luces que el Evangelio escrito no podía ser en los planes de Dios el único magisterio que El dejaba a los hombres para conocer la verdad de su divina revelación. A no ser que digamos que Dios ignoraba el resultado de su obra o se complacía en dejar a la pobre humanidad un magisterio ambiguo y enigmático. En conclusión: el Evangelio escrito, aislado del magisterio viviente, es enigmático y lleva fatalmente a la contradicción y a la discordia; completado por el magisterio oral, es luminoso y lleva suavemente a la concordia y a la unidad. ¿Cuál de estas dos hipótesis es más digna de Dios? ¿Cuál salva mejor el honor de la divina Escritura? San Pablo, a lo menos, que tan ardientemente deseaba y recomendaba la unidad de la fe, no podía imaginar un Evangelio que llevase necesariamente a la contradicción y a la discordia.Mas no tenemos necesidad de apelar a la lógica para deducir de los principios establecidos por San Pablo la necesidad del magisterio oral, cuando él mismo lo acredita e inculca.

Por de pronto, el Evangelio de Cristo, cuya verdad quiere sostener a todo trance, es el Evangelio anunciado a los Gálatas por la predicación oral. Seis veces en la Epístola emplea el Apóstol el verbo evangelizar y siete veces el sustantivo Evangelio. Ahora bien: tanto el sustantivo como el verbo no se refieren, ni una sola vez, exclusiva o preferentemente, al Evangelio escrito, y muchas veces, por no decir siempre, se refieren clara y exclusivamente a la predicación oral; como cuando dice: El Evangelio predicado por mí no es conforme al gusto de los hombres (Gál. 1,11). El Evangelio anunciado por el Apóstol a los Gálatas anteriormente a la Epístola, la primera y la única que les escribió, no puede ser sino el Evangelio oral.

Oral era también el Evangelio que poco después menciona: Les expuse el Evangelio que predico entre los gentiles (Gál. 2,2). Cuando San Pablo, hacia el ano 50, exponía a los apóstoles de Jerusalén su Evangelio, no había escrito ninguna de sus cartas (cf. Gál. 1,6; 1,7, 2,5; 2,7; 2,14; 1,8 9; 1,16; 1,23). Más explícitamente aún alude al Evangelio oral cuando escribe: Sabéis que a causa de una enfermedad de la carne os anuncié la primera vez el Evangelio (Gál. 4,13). Esta importancia y relieve que da San Pablo al Evangelio oral prueba evidentemente no sólo la existencia del magisterio viviente, sino también que el magisterio oral era para el Apóstol el medio normal y ordinario de anunciar el Evangelio. ¿Y dónde después ha dicho San Pablo, ni otro alguno de los escritores inspirados, que, una vez escritos los libros del Nuevo Testamento, éstos suplantaban y abrogaban el magisterio vivo, empleado hasta entonces ordinariamente? De los textos en que San Pablo, sin emplear la palabra Evangelio, enaltece la predicación oral, sólo citaremos algunos que tienen especial significación.Después de reproducir, resumido, el discurso de Antioquía, apostrofa así el Apóstol a los Gálatas: ¡Oh insensatos Gálatas! ¿Quién os fascinó a vosotros, ante cuyos ojos fue exhibida la figura de Jesucristo clavado en cruz? (Gál. 3,1).

Estas palabras tan expresivas muestran que en la predicación oral declaraba el Apóstol con tal viveza y plenitud la palabra de la cruz (1 Cor. 1,18), el misterio de la redención, que parecía trasladar a los oyentes al Calvario para hacerles presenciar la crucifixión y muerte de Jesucristo por los pecados de los hombres. Semejantes visiones de los misterios divinos, ¿perdían su valor y debían olvidarse una vez se escribieran los libros del Nuevo Testamento? Al refrescar su recuerdo, ¿no propone más bien el Apóstol que se conserven y se transmitan a las generaciones sucesivas? ¿Y qué otra cosa es la tradición oral, que los protestantes condenan y los católicos veneran?

Habiendo enumerado las obras de la carne, concluye San Pablo: Os prevengo, como ya os previne, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios (Gál. 5,21). Aquí el magisterio escrito reproduce y confirma el magisterio oral, el cual, según esta declaración del Apóstol, tiene su valor propio, y lo tendría aun cuando no hubiera sido confirmado Por el magisterio escrito. Al magisterio oral y oído atribuye exclusivamente San Pablo las efusiones del Espíritu Santo sobre los fieles de Galacia. Dos veces les pregunta: Esto sólo quiero saber de vosotros: ¿recibisteis el Espíritu en virtud de las obras de la ley o bien por la fe que habéis oído?… El que os suministra, pues, el Espíritu y obra prodigios entre vosotros, [hace eso] en virtud de las prácticas de la ley o bien por la fe que habéis oído? (Gál. 3,2 5). La fe oída no debía ser anulada por la palabra de Dios escrita; debía subsistir al lado de ésta y podía ser transmitida a otros.

De nuevo la tradición oral

Pretenden los protestantes que el único magisterio auténtico de Dios es el escrito; los textos aducidos hasta aquí demuestran, por el contrario, que también el magisterio oral es en la Iglesia (con las debidas condiciones, claro está) magisterio auténtico de Dios.

Mas no se contenta San Pablo con atestiguar y acreditar la legitimidad de entrambos magisterios;
declara, además, que el magisterio escrito es secundario respecto del oral, que es el principal. Después de agotar todos los recursos de su persuasiva elocuencia, ya terriblemente acerba y sacudida, ya inefablemente blanda y halagadora, no satisfecho de haber expresado fielmente su pensamiento o temeroso de no ser comprendido por los Gálatas, les dice por fin: Quisiera ahora hallarme presente entre vosotros y variar [los tonos de] mi voz, pues no sé qué hacerme con vosotros (Gál. 4,20). Como quien dice: la palabra escrita es incapaz de reproducir fielmente el pensamiento; y, aun cuando lo fuese, yo no sé la impresión que os va causando cada una de las cosas que os voy escribiendo; si os hablase cara a cara, daría yo a mi voz tonos y vibraciones que os revelarían los sentimientos íntimos de mi corazón, y a medida que viese la impresión que os hacían mis palabras, os diría esto o aquello, y os lo diría de este modo o del otro, con tono imperativo o con voz insinuante y amorosa.
Reflexionemos unos instantes sobre esta declaración del Apóstol.

A ser posible, en vez de apelar al lenguaje muerto de una carta, San Pablo hubiera preferido hallarse personalmente entre los fieles de Galacia y hablarles de viva voz. Apela al recurso de la carta, porque entonces le era imposible ir a Galacia; apela al magisterio escrito, porque le era entonces imposible el magisterio oral; redacta una carta inspirada en sustitución y como suplemento de la predicación o enseñanza oral. Este hecho significativo manifiesta que en la propaganda y defensa del Evangelio, el medio primario, normal y ordinario es el magisterio viviente, es la enseñanza oral.

Y esta economía de la primitiva predicación evangélica no ha sido modificada; subsiste y subsistirá perpetuamente en la Iglesia de Jesucristo. Y esto por dos razones importantísimas. Porque, primeramente, este cambio de economía o de procedimientos, como cosa tan esencial y de tan graves consecuencias, debería haberse notificado o promulgado con claridad inequívoca;
más aún, dentro de los principios protestantes, debería constar en la Escritura. Ahora bien: semejante cambio de economía o de táctica en la predicación del Evangelio no se nos ha intimado ni insinuado ni en la Escritura ni en ninguna otra parte. Subsiste, por tanto, no sólo la legitimidad, sino también la preponderancia del magisterio oral sobre el escrito.

Además, en vida de los apóstoles era posible el magisterio escrito, divinamente inspirado, que subsanase la falta o la imposibilidad del magisterio oral; muertos los apóstoles, cesó ya este recurso suplementario. Luego el magisterio oral, necesario en tiempo de los apóstoles, lo es mucho más después de su muerte.

Otra consecuencia importantísima se desprende de la declaración del Apóstol y de todo el tenor de la Epístola a los Gálatas. Sin los manejos de los judaizantes, y sin la imposibilidad de ir entonces el Apóstol a Galacia, no se hubiera escrito jamás esta Epístola. Esto demuestra el origen circunstancial y el carácter ocasional de la Epístola a los Gálatas, y lo mismo pudiéramos decir de muchos y aun de todos los escritos del Nuevo Testamento.

Los protestantes se revuelven contra los católicos, y aun nos tratan de sacrílegos, porque señalamos el carácter ocasional de muchos escritos neotestamentarios. Pero la historia de estos escritos y las declaraciones mismas de sus autores inspirados no dejan lugar a duda sobre la verdad de este hecho capital. Ahora bien: si esto es así, como lo es, ¿podrán hacernos creer jamás los protestantes que escritos ocasionales y accidentales constituyen el único magisterio divino, ni siquiera el primario o principal? O si no, que lo prueben, y que lo prueben por la Escritura, y que lo prueben con toda evidencia, como exige la gravedad del caso.

Otra lección importantísima nos suministra la Epístola a los Gálatas. El Apóstol había predicado en Galacia, y, a lo que parece, dos veces (Gál. 4,13), y les había expuesto con toda amplitud principalmente el misterio de la redención.

A pesar de ello, bastaron las pérfidas insinuaciones de unos intrusos y falsos hermanos para hacer vacilar o poner en grave riesgo la fe de los Gálatas, precisamente en la eficacia de la redención de Cristo.

Estas perversas sugestiones de falsos apóstoles empeñados en trastornar el Evangelio de Cristo (Gál. 1,7), con el consiguiente escándalo y peligro de los fieles, ¿no habían de repetirse en la Iglesia después de la muerte de los apóstoles? Ahí está la historia de las herejías. Y, en medio de esas crisis, ¿debía quedar la Iglesia desprovista de una autoridad doctrinal que desenmascarase a los falsos apóstoles y sostuviese la fe vacilante de los fieles?

Dicen, sin duda, los protestantes que en la Escritura se halla ya fijada definitivamente la doctrina de los apóstoles y la verdad revelada, y que a su luz pueden desenmascararse y refutarse todas las herejías. ¿De veras? ¿Es que olvidan los protestantes que precisamente en la Escritura se apoyaban, generalmente, los herejes los que ellos, si son cristianos, deben calificar de herejes para sostener sus herejías? Se presenta, por ejemplo, Arrio, y con aquel texto de San Pablo que llama a Jesucristo primogénito de toda la creación (Col. 1,15) pretende negar la divinidad del Salvador. Hay, sin duda, en la Escritura numerosos textos que demuestran la divinidad de Jesucristo; mas también hay otros que parecen desconocerla. Si no existe en la Iglesia otro magisterio divino auténtico fuera de la Escritura, entregada al libre examen de cada uno, deben los fieles, para mantener la incolumidad de su fe, entregarse al estudio de todos los pasajes de la Escritura relativos a la divinidad de Jesucristo, comparando entre sí escrupulosamente los textos, a primera vista discordantes, para armonizarlos y sacar en limpio la verdad revelada. Y semejante estudio, hoy día sobre todo, cuando son desconocidas para la inmensa mayoría de los fieles las lenguas originales de la Escritura, ¿cuántos fieles son capaces de hacerlo por sí mismos? ¿Y la fe de la gran mayoría de la Iglesia ha de depender de la inteligencia personal de la Escritura, tan erizada de dificultades espinosísimas, expuesta, además, a las pérfidas sugestiones de los falsos apóstoles, más hábiles, por desgracia, generalmente que los hijos de la luz? Y, sobre todo, ¿dónde se dice en la Escritura que éste sea el medio, y medio único, de hallar y de mantener la fe? No salgamos de la Epístola a los Gálatas. Es proverbial la enorme dificultad exegética de esta Epístola, de estilo entrecortado, tembloroso, palpitante.
Y no son mucho más fáciles, ni lo eran cuando fueron escritas, según el testimonio de San Pedro (2 Pe 3,16), las demás Epístolas de San Pablo. ¿Y es de creer que semejantes escritos, en que tropiezan a cada paso los exegetas de oficio, sean para la universalidad de los fieles el magisterio principal, definitivo y único de Dios? ¿Es que los hombres sencillos e incultos, aquellos precisamente a quienes, según la palabra de Jesucristo (Mt. 11,25), revela sus misterios el Padre celestial, han de quedar excluidos del reino de Dios? Credat Iudaeus Apella. Los católicos sentimos más altamente de la bondadosa providencia de Dios, que ha puesto al alcance de todo hombre de buena voluntad, por medio del magisterio viviente, a todos asequible, el conocimiento de la verdad revelada en toda su pureza e integridad, inasequible para la inmensa mayoría de los hombres, si no para todos, en el estudio personal de la Escritura.

Otro carácter de la Epístola a los Gálatas, y de otras epístolas de San Pablo, por no decir todas, es su tono polémico y batallador, y, consiguientemente, apasionado. Ahora bien: nadie ignora que en las discusiones acaloradas, aun cuando se desee sinceramente defender la verdad, es natural y necesario dar a las verdades negadas por el adversario un relieve que no se le daría en la exposición sosegada de la verdad. A este mayor relieve de una parte de la verdad se añade el dejar, como en la sombra, la otra parte, admitida por el contrincante. ¿Y quién dudará que esta manera, legítima ciertamente en las controversias, de proponer la verdad puede dar pie a torcidas inteligencias? Y una enseñanza necesariamente fragmentaria y abultada de la verdad, expuesta por añadidura a fatales equivocaciones, ¿puede ser el magisterio definitivo y, menos, único de Dios a la generalidad de los hombres? Imposible creerlo.

Otras consideraciones aun podríamos hacer valer; pero no hay por que insistir más en cosa tan clara, que solos los prejuicios, la parcialidad y la pasión han podido enturbiar. Un pormenor no queremos omitir, por cuanto se refiere a la libertad cristiana.

Escribe el Apóstol: ¿Cómo os tornáis de nuevo a los rudimentos impotentes y miserables, a los cuales de nuevo queréis otra vez servir como esclavos? ¡Andáis observando los días, los meses, las estaciones, los años! (Gál. 4,9 10). Con estas palabras pretenden los protestantes desacreditar, si no los dogmas, por lo menos ciertas prácticas de la devoción católica basadas en el ritmo de los días, fiestas, etc. Permítasenos aquí una breve digresión, no del todo ajena a nuestro objeto, sobre una denominación en particular, los adventistas del séptimo día. Esta secta, o cúmulo de sectas, tiene como uno de sus dogmas fundamentales y característicos el solemnizar el sábado en vez del domingo. Aplicando, aunque mal en este caso, el principio protestante de que, rechazada toda tradición, hay que atenerse estrictamente a lo que dice la Escritura, puesto que en la Escritura se manda celebrar el sábado, y este precepto, según ellos, en ninguna parte de la misma Escritura ha sido abolido, queda en pleno vigor el mandamiento de la ley y, en consecuencia, hay que celebrar no el domingo, sino el sábado.

Notemos de paso el curioso fenómeno de este protestantismo judaizante. Los que tanto odio mostraron contra los judíos, los que tan duramente impugnaron a la Iglesia Romana por haber, según ellos, reincidido en el judaísmo, ahora condenan una práctica tan cristiana como es la celebración del domingo para abrazar otra práctica tan esencial y característicamente judaica como es la celebración del sábado. Contra éstos, que no contra los católicos, recae aquella sentida querella de San Pablo, que se refiere precisamente a las fiestas Judaicas: ¡Andáis observando los días, los meses, las estaciones, los años! (Gál. 4,10). Celebrar fiestas judaicas con espíritu judaico, esto es lo que se opone a la libertad cristiana, preconizada por el Apóstol; no el celebrar fiestas cristianas con espíritu cristiano, esto es, con libertad de espíritu, sin esclavizarse a la práctica externa y sin sombra de superstición. Escribe el Apóstol: Hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la [esposa] libre. Cristo nos ha libertado para [que gocemos de] la libertad, Manteneos, pues, firmes, y no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud (Gál. 4,31 5,1; cf. 1,4; 2,4; 4,1 30; 5,13; 5,18; etc.). Los católicos acatamos reverentes y acogernos regocijados esta palabra de Dios y este beneficio de Jesucristo. Somos libres, y nos gozamos de vivir en libertad. Mas no por esto olvidamos aquellas otras palabras del mismo Apóstol: Vosotros habéis sido llamados a la libertad, hermanos; solamente no [toméis] esa libertad como pretexto para [soltar las riendas a] la carne, sino que por la caridad os habéis de hacer esclavos los unos de los otros (Gál. 5,13). Juntamente con la libertad admitimos los frenos con los cuales ha querido Dios moderarla o limitarla. Por esto, si rechazamos, como manda el Apóstol, el yugo de la ley mosaica, en cambio nos sometemos gustosos, como manda el mismo Apóstol, al yugo suave de la ley de Cristo (Gál. 6,2); y si admitimos el valor justificante de la fe, nos sometemos igualmente a los ritos sacramentales como instrumentos de justificación. Por esto también, si, rescatados con el precio de la sangre de Jesucristo, tenemos a gloria no hacernos esclavos de los hombres (1 Cor. 7,23), acatamos, empero, la autoridad divina de Jesucristo, así en su persona como en la de los representantes suyos que El ha dejado en su lugar en la Iglesia. Por esto, finalmente, si admitimos el magisterio divino de la Escritura, junto con la unción interna del Espíritu Santo (1 Jn. 2,20; 2,27), admitimos también como auténticamente divino el magisterio viviente y oral que Jesucristo ha instituido en su Iglesia. Si recibimos de Jesucristo el don precioso de la libertad, no es razón rechazar los frenos con que El ha querido moderarla o limitarla. Estos frenos moderadores, la ley de Cristo, los sacramentos, la autoridad y el magisterio de la Iglesia, el mismo Apóstol de la libertad los preconiza en su Carta magna de la libertad cristiana.

Al fin, con ellos no nos sometemos a los hombres, sino al mismo Dios.

Y someterse a Dios, ser esclavo de Dios, es condición necesaria y complemento de la verdadera libertad, de la libertad cristiana.

 

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