Hay poca duda de que en nuestra experiencia humana todos necesitamos puentes. Es posible que un puente se manifieste por medio de un pariente, un amigo o un grupo de oración tal como en la parroquia. Sin embargo, puede que ese puente no se manifieste a través de ninguno de ellos, podría ser un libro, una conferencia, el comentario de un desconocido. Cualquier cosa que nos dirija a Dios se vuelve un factor importante en el desarrollo de nuestra alma, un puente al logro.
Necesitamos un puente; quizás necesitemos muchos puentes. Si hemos sentido un abismo de separación de todo lo que es bueno -o sea de Dios que es la fuente de nuestro bien- entonces necesitamos un puente que se extienda mental y emocionalmente sobre este abismo.
Es cierto que tenemos que encontrar nuestro propio camino hacia Dios, pero podemos pedir a otro que sea un puente para orar con nosotros en nuestro momento de necesidad. Cuando recibimos ayuda de otros por medio de la oración, es como si hubiésemos sido llevados de la mano para ser colocados en la senda que nos dirige a Dios.
Cuando una condición de enfermedad parece pesar tan duramente sobre nosotros que sentimos que no hay una respuesta satisfactoria, quizás el preguntarnos de manera impersonal por qué estamos aquí y quién nos creó, hace que tomemos una actitud mental con la cual podemos levantarnos sobre esa condición. Cuando pensamos en Dios como Creador, Sustentador, la única Presencia y el único Poder, aun intelectualmente, llegamos a la conclusión de que tiene que haber un Creador que está interesado continuamente en la creación. Esta nueva actitud llega a ser un puente para reconocer a Dios como la vida sanadora en nosotros.
La meditación es un puente que nos lleva a ese lugar donde ya no nos satisface sólo el pensar en Dios, no importa cuán nobles puedan ser nuestros pensamientos. Por lo tanto, la meditación se convierte en el puente por el cual pasamos a esa fase más íntima que llamamos oración. La oración es mucho más que pensar meramente en Dios y en las necesidades de nuestras vidas o de nuestro mundo. En esta fase mental conversamos con Dios. Como Samuel, decimos al Señor: “¡Heme aquí!” Pero nunca podríamos estar satisfechos sólo con hablar con Dios, pues deseamos hacerlo como con un amigo, oyendo lo que Dios nos habla. Así, esta fase de oración se convierte en otro puente que nos lleva al lugar interior de silencio donde Dios nos habla y nosotros escuchamos.
A veces una persona pregunta: “¿Cómo sabes cuando Dios habla contigo?” La forma en que Dios responde no es siempre lo que se desea o espera. El modo en que Dios habla muchas veces es lo que llamamos una “corazonada” o un destello súbito de inspiración.
No obstante, a veces Dios responde en una forma muy simple o discreta. Tal vez sea en las pa-labras de un amigo o a través del comentario de un desconocido, una frase en un periódico, un libro, un artículo. ¿No son estas avenidas a través de las cuales recibimos el mensaje que necesitamos, un puente?
Decimos que nos gusta comunicarnos con la naturaleza. ¿Qué queremos decir? ¿Acaso significa que encontramos unidad en las cosas que crecen, los pájaros que vuelan y los animales que trepan o caminan? Encontramos afinidad con el sol, el cielo, el mar, las montañas, las nubes, sí, aun la lluvia, el viento y la nieve. Tal vez no podamos explicar este sentimiento, pero sabemos que nos toca en lo más profundo de nuestro ser.
¿Quién puede decir que comunicarse con la naturaleza no es un puente que nos trae a la presencia de Dios, a “El que habita al abrigo del Altísimo” (Sal. 91:1)? Oímos la voz de Dios, no como una voz humana, sino como un mensaje que dice: “Todo está bien. Estoy a cargo de Mi mundo. Estoy a cargo de tu vida”.
Aun nuestros sentimientos perturbados, debido a las noticias de acontecimientos alarmantes en el mundo, pueden, si nos dirigimos inmedia-tamente a Dios, ser un puente para asegurar la presencia de Dios en el mundo. Nuestro deseo de aliviar las condiciones indeseables puede ser un puente. Así que podemos volvernos centros poderosos de paz, comprensión, amor y buen discernimiento en nuestro mundo individual y en el mundo entero.
Tal vez hayas leído o escuchado esta frase: Hay muchos canales pero una sola Fuente. Estamos agradecidos, por supuesto, a Dios, la fuente, pero estemos agradecidos también por los muchos canales que hacen el papel de puentes que nos permiten alcanzar el lugar de seguridad donde tenemos un profundo conocimiento de que Dios está a cargo de nuestras vidas y que todo está bien.
Sí, a veces todos necesitamos puentes. Y cuando necesitamos uno, ¡está allí!
-por Vera Dawson Tait
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