Eucaristía sin murallas

Una Vision hacia la Iglesia para el Año 2000

Carta Pastoral por Rembert G. Weakland, O.S.B., Arzobispo de Milwaukee

Somos Eucaristía en la manera que amamos, nos desafiámos, y apoyamos los unos a los otros al vivir nuestra fe en Dios. Somos Eucaristía cuando hacemos sentir la presencia de Cristo diaria a nuestros miembros de la familia, a nuestros vecinos, a nuestros compañeros de trabajo, a todos con quienes nos encontramos en cada lugar de nuestras vidas.

Recientemente hemos emprendido un proceso de planificación difícil y vital para asegurar la continuación de una presencia Católica vibrante a través de los diez municipios de la Arquidiócesis. Estamos orgullosos de la tradición de una fe rica que compartimos, y juntos podremos construír sobre ese cimiento, enfrentando los desafíos que nos impidan ser Católico en el nuevo milenio.

Para hacerlo de esa manera debemos unir nuestros esfuerzos y oraciones siendo una Iglesia con más pocos sacerdotes, dentro de una población que se mueve a nuevos lugares, con un crecimiento inaudito de ministros seglares.
¡En realidad es un tiempo complejo y animado para el Católico!

Como obispos de ustedes, estamos orgullosos de la dedicación y participación seria de los Católicos en todas las partes de la Arquidiócesís durante el proceso de planificación y especialmente en las juntas de audiencias, etapas esenciales de todo el proceso. Le dirigimos a nuestra comunidad Católica cuatro desafíos primordiales para el momento en que empiece a realizar esos esfuerzos de planificación.

1. Participen activamente en la misa Dominical y animen a los demás a hacer lo mismo. Hagan de eso como la manera primordial de evangelización.

2. Ayuden a su parroquia a vivir plenamente la Eucaristía fuera de la misa al atender a los demás. Transfórmense en símbolos vivientes de la Eucaristía sin murallas. Hagan de eso su segunda forma de evangelización.

3. No tengan miedo de compartir el entusiasmo que tienen debido a su propia fe para los demás. Hagan de esto como su tercera forma de evangelización.

4. Prepárense para la celebración del Jubileo del Año 2000 a través de una renovación espiritual personal.
Estamos muy estusiasmados sobre el contenido de las páginas que siguen. ¡Les pedimos que las lean! Discutan los asuntos de nuestro Catolicísmo, en su familia, en su parroquia, en su salón de clases. ¡Siéntanse orgullosos de su fe y hablen sobre ella en cada oportunidad que tengan!
Dentro de solamente dos años, entraremos al sigiente milenio. Empesemos ahora nuestra preparación para tomar posesión de este momento de gracia y aventura, caminando juntos hacia adelante en la plenitud de nuestra fe Católica.

Mirando Hacia el Pasado, y Mirando el Porvenir
Cuando nosotros obispos terminamos las visitas a las parroquias con el propósito de hacer llegar el 150avo aniversario de la Arquidiócesis a cada rincón de la diócesis, nos encontramos llenos de optimismo. Encontramos un espíritu verdadero y una fe sólida entre ustedes nuestro Pueblo. Estamos muy agradecidos con ustedes por hacer estas visitas tan apremiantes. Percibimos que la Iglesia está ahora lista para el futuro con una fe firme y confianza en Dios. Nos damos cuenta que existirán dificultades más adelante, pero la evidencia de buena voluntad que vemos y la fidelidad fuerte a la Igesia, nos llena de esperanza. Gracias por su firmeza en la fe.

El futuro estará lleno de entusiasmo. De alguna manera Dios nos está guiando hacía un nueva dimensión en lo que significa el ser discípulo de Cristo. No podemos analizarlo todo con mucha claridad ahora, pero sabemos que los sacrificios que se nos han pedido para hacer hoy y para el futuro próximo debido a la escasés de sacerdotes, nos traerá gracias abundantes. ¿Cómo sucederá todo eso?, permanece ahora aún como un misterio pero de una sola cosa sí estamos seguros – y es que, el amor de Dios nunca terminará.

El vivir en estos tiempos es una gracia especial. No todos tienen el privilegio de experimentar la apertura emocionante y conmemorable de un nuevo milenio.
Nosotros los Católicos tenemos una tradición rica para santificar todas las divisiones de los tiempos. El tiempo es importante para nosotros, puesto que Dios, en la persona de Jesucristo, se hizo semejante a nosotros, en el tiempo, y ahora comparte nuestra historia. Celebramos todos los acontecimientos de Cristo especialmente su nacimiento, muerte y resurrección-importantes en nuestras propias vidas. En el sacramento sus acontecimientos se hacen nuestros, y los nuestros suyos.

El ciclo de la existencia de la Iglesia culmina en la Pascua, cada Domingo, el memorial de la resurrección de Cristo es para nosotros, una celebración de Pascua, al morir y levantarse de nuevo. Así mismo a través del año, todos los demás acontecimientos de la vida de Cristo, también son conmemorados. Por ejemplo, cada año celebramos las Navidades en el nacimiento de Jesucristo, cuando Dios vino hacia nosotros y compartió su condición humana. ¿Cómo debemos celebrar el aniversario 2000 del nacimiento de Jesucristo? No podemos dejar pasar por alto tal acontecimiento sin considerarlo como un regalo para nuestra generación.

Al acercarnos al jubileo del año 2000, debemos prepararnos. La profundidad de nuestra preparación determinará la calidad de nuestra celebración. Nos preparamos bien si utilizamos el momento presente para encendernos con una confianza firme en Dios, redescubriendo las verdades fundamentales de nuestra fe, y tomándolas como normas para nuestra manera de vivir.
Nosotros los obispos, queremos ahora subrayar la historia de nuestra fe, lo que percibimos que es el esquema esencial de ideas sobre nuestra tradición Católica. Debemos de tratar de obtener estas convicciones para reafirmarlas y vivirlas al prepararnos para el año 2000.

Lo Que Nosotros Creemos
Nosotros los Católicos creemos que Dios nos creo por amor.
Podemos llamarle a tal amor “una presencia de sustento”. Pero Dios desea desarrollar una relación profunda y más personal con cada uno de nosotros, y no tan solo quiere darnos un apoyo sin vida para mantenernos en existencia. La presencia de Dios desea penetrar en nosotros, abrazarnos en amor, para compartir con nosotros una vida nueva, Su Vida Divina eterna. Ese es el Dios en quien creemos.

Nosotros los Católicos creemos que el amor de Dios hacia nosotros, jamás se agota, aunque algunas veces nosotros lo rechacemos.

Estamos conscientes del pecado y de nuestra separación de Dios; experimentamos un ambiente malo de violencia, explotación a los demás y egoísmos. Nuestro mundo no es perfecto.

Nuestras Escrituras nos dicen, que aún el amor de Dios para nosotros, Sus propias criaturas, en el principio no fué recíproco sino que fué rechazado. Dios continúa amándonos con el deseo de hacer las cosas de nuevo, para restaurar la posibilidad de su morada de amor entre nosotros. Cuando decimos que Jesucristo es nuestro salvador. Reconocemos que el es el Dios y al mismo tiempo el enviado a ser puente en la ruptura entre nosotros pecadores y su Padre amoroso. El fué enviado a reconciliarnos, a hacernos personas renovadas al rescatarnos como hijos pródigos, llevándonos al regazo del Padre.

Nosotros Católicos creemos que Jesucristo, cuando estaba por salir de este mundo, fijó la base para una fundación sólida para la Iglesia, con el don del Espíritu.
En Pentecostés, Cristo envió su Espíritu a la comunidad primitiva reunida, haciendo a su Iglesia un instrumento privilegiado a través del cual el amor vigorizante del Espíritu de Cristo, por medio del bautismo, continúa haciendo renacer a sus miembros a una nueva vida. A través de la acción de ese mismo Espíritu Santo existe entre nosotros la presencia salvadora y dadora de vida.

Nosotros, Católicos creemos que el ministerio de Jesucristo de animar y sanar, es tambien ahora nuestro ministerio.

Nosotros bautizados dentro de la Iglesia, somos los instrumentos de la misión de Cristo para el mundo. El nos envió a evangelizar, a llevar la Buena Nueva a todos, a caminar cautelosamente, sin aflijirnos por los afanes terrenales en nuestra jornada de fé.

Nosotros Católicos creemos que Dios desea que su compasión y amor sean ejemplo para nosotros de manera que nos reconciliemos entre nosotros.

El Papa Juan Pablo II sabiamente ha añadido este tema de reconciliación como necesario para nuestra preparación para el jubileo del año 2000. Año de jubileo es el año del perdón y el de un nuevo comienzo. El Santo Padre, por su sabiduría conoce que solamente Dios puede realizar una unidad completa de todas las Iglesias Cristianas, pero El nos pide dos aspectos de reconciliación-entre nosotros mismos como Católicos y con los demás con quienes creen en Cristo nuestro Salvador. Reconciliación entre nosotros mismos significa estar ligados activamente en la búsqueda y dádivas del perdón. Dentro de nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestra nación, entre razas, entre naciones.

El perdón no será algo fácil, pero la unidad que contiene la Eucaristía nos exige seguir adelante con ánimo para pedir y ofrecer perdón. Dios nos llama a profundizar dentro de nuestros corazones, y a ser generosos en nuestro perdonar, tal como Cristo nos enseñó. Debemos de tratar de imitar a Dios en su compasión y perdón. El vino a nosotros primero, sin que nosotros mereciéramos su amor.

Nosotros Católicos creemos que el don de la Eucaristía es para la Iglesia y en ella se encuentra la presencia de Cristo entre nosotros, y en la Iglesia se hace aún más real.

Sabemos que la presencia de Cristo en la Eucaristía es un misterio inexplicable, que, nutre, levanta, humaniza y diviniza, construyendo la Iglesia y desafiándola para que siga adelante para el cumplimiento del Reino. Cristo es un don único y especial para nosotros-su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Creemos que Cristo está real y verdaderamente presente en la Eucaristía.

Nosotros Católicos creemos que el don de la Eucaristía existe para ser compartido, de manera que todos puedan ser uno; creemos en la Eucaristía sin murallas.
Anhelamos que venga el día cuando todos sean uno en la
Eucaristía del Señor, cuando eso suceda ya estaremos ungidos por la confirmación para dar los frutos de la Eucaristía al mundo de nuestro alderredor, compartiendo la presencia real de Cristo a los demás. Estos frutos son palpables en nuestro servicio amoroso para los demás, compartiendo la sanación de Cristo y alimentando esa presencia a través de nuestro amor y generosidad hacia los demás. Más que todo, la Eucaristía exige que nosotros llevemos a Cristo a nuestras familias y a lugares de trabajo. El desafío para nuestra generación, es la de reflexionar más y más en como los Cristianos, quienes viven en la presencia Eucarística de Cristo, lleven esa presencia a su trabajo. Nuestras vidas deben de estar integradas en Cristo.

Nosotros Católicos creemos que algún día todo será consumado en las bondades de Dios, todos serán restaurados por Cristo para ir a su Padre.
Con esperanza vemos hacia adelante, para ese cumplimento del Reino conocido solamente por el Padre. Creemos que la Eucaristía, prepara ese banquete celestial. Tenemos ahora únicamente una vislumbre de ese esplendor.

Al acercarse el año de Jubileo, esperamos que todos los bautizados en la Iglesia del Sudeste de Wisconsin vivan hoy como si fuese el día del cumplimiento, y no hay que estar engañados pensando que esto o esa persona tiene el conocimiento que pertenece a Dios solamente.

En resumidas cuentas, lo que creemos nosotros los Católicos que es importante para nosotros al acercarse el año 2000, diríamos, es:

Que nosotros los Católicos creemos en el amor de Dios, que nos ha sido compartido de una manera única en Jesucristo. Creemos que Jesucristo está con nosotros en su Iglesia y especialmente en la Eucaristía. Sabemos que deben compartise los efectos de la Eucaristía. Puesto que creemos en la Eucaristía sin murallas.

Los Desafíos
Al resumir esta visión de Iglesia, nosotros obispos nos damos cuenta muy bien del dilema que nosotros como Católicos, enfrentamos. Por otra parte, estamos atónitos por la escasés de sacerdotes, pero a la vez, estamos muy convencidos de que somos un pueblo Eucarístico, construído dentro de una comunidad de creyentes bautizados a través de la Misa, del sacrificio Eucarístico.

Así mismo buscamos la presencia sanadora de Cristo cuando pedimos a la Iglesia el perdón y la reconciliación o cuando pedimos con súplica el aceite de sanación a la Iglesia, la unción de los enfermos. Así mismo deseamos la presencia de Cristo salvadora y animadora en el sacramento del matrimonio. Deseamos que haya manos extendidas de manera que el ministerio santificante sacerdotal de Cristo pueda continuar en la Iglesia.

Estas no son palabras vacías o deseos nuestros. Son expresiones de nuestra fe hacia un Padre amoroso, a un Redentor de salvación, y a un Espíritu que da vida.
Ahora vemos que el número de sacerdotes disminuye rápidamente. Tenemos temor de que habrá pocas posibilidades de participar plenamente en la misa cada Domingo. Decimos plenitud de la Eucaristía porque la Eucaristía contiene tres momentos esenciales dentro de ella:

1. cuando se escucha la Palabra de Dios y se hace viva en nuestro mundo contemporaneo;

2. cuando se ofrece a través del ministerio del sacerdote, el sacrificio del Calvario así como Jesús nos dijo para hacerlo hasta que el venga de nuevo en gloria;

3. al recibir el Cuerpo y Sangre de Cristo.
Tenemos temor de no poder recibir otros sacramentos a la vez. Oramos de rodillas por las vocaciones al sacerdocio, pero no queremos disminuír nuestra posición en este llamado desafiante. Como miembros de la Iglesia Universal sabemos que debemos aceptar la decisión del Papa en contra de la aceptación del Clérigo casado y la ordenación de mujeres, como posibles soluciones inmediatas.
Sabemos que es difícil para algunos el aceptar esta realidad. Algunas veces la fe puede ser demandante y nos forza en maneras inesperadas.

Sabemos que existen muchas necesidades tanto dentro de la comunidad Católica como también dentro de la sociedad en que vivimos, a las cuales, se espera que nosotros Católicos respondamos generosamente.Deseamos hacerlo así como un Pueblo de fe, individualmente y juntamente con los demás. Nos damos cuenta que para que nuestras parroquias asuman esa tarea, necesitamos unir nuestros materiales y recursos humanos en un fondo común, ya sean recursos humanos o dinero. Esta es la única manera de ser más efectivos en nuestros ministerios.

Al enfrentarnos a tal dilema debemos usar sabiamente y efectivamente todos nuestros recursos, muy en especial los dones sacerdotales. No podemos tener sacerdotes celebrando misas todos los Domingos para solamente un pequeño grupo de feligreses, mientras otros esten privados de la misa.
La misa, creemos, no es una devoción privada sino que es el don que Cristo da a toda la comunidad de fe – para edificar la Iglesia. Pero solamente el proveer la misa en una parroquia en Domingo, no es suficiente para poder ser Iglesia; debemos también ofrecer todo lo que incluye vida Cristiana, educación y atención a los demás. La experiencia también, nos ha enseñado que cuando los números de los presentes son más grandes para celebrar juntos la Eucaristía, no solamente es posible tener una liturgia más llena de vida, sino que también crece en el sentido de comunidad. La experiencia nos ha enseñado que cuando está presente un gran número de personas para celebrar la Eucaristía juntos, no tan solo es posible tener una liturgia más llena de vida, sino que también crece el sentido de comunidad.

Nuestra Primera Respuesta: Participación en la Misa
La primera resolución para todos en este momento en el cual nos preparamos para el año 2000 y más allá, debe ser, trabajar para aumentar la participación en la Misa Dominical.

En años recientes esa asistencia ha decaído. Debemos de estar convencidos de que la Eucaristía es necesarea para ser la Iglesia que Jesús intentó.

Primero, los feligreses de cada parroquia deben de juntarse para escuchar la Palabra de Dios proclamada en su medio. Esa Palabra debe ser digerida, interpretada, y actualizada para que pueda ser aplicada a sus vidas diarias desafiándoles, animándoles, y alimentándoles espiritualmente. Esa Palabra y su aplicación para nuestro tiempo de hoy, también nos recuerda a muchos santos que ya partieron de este mundo y quienes estan presentes con nosotros en la misa. Escuchamos sobre sus vidas históricas, e imitamos sus virtudes. Nos ofrecemos nosotros mismos en el altar con los dones, anhelando cumplir la Voluntad de Dios en nuestras vidas. Por lo tanto debemos reunirnos alrededor del altar y hacernos uno solo en Cristo y entre nosotros. También recordamos a todos los vivos y a los difuntos quienes se han ido antes de nosotros. Cada Domingo nos unimos a los demás miembros bautizados de la comunidad en acción de gracias a Dios por el don de la fe, por Su amor, por el poder de la redención de Cristo, por la fuerza del Espíritu Santo en nuestras vidas, por la misión de la Iglesia para el mundo.
La misa Dominical es un privilegio que no debe tomarse a la ligera. Debe ser una prioridad en nuestras vidas personales, tal, que esté por encima de lo demás. Debemos hacer a un lado todas las excusas. Mientras que la escasés de sacerdotes existe entre nosotros, no podemos permitir que nuestra asistencia disminuya; debemos de aumentarla.
Al mantenter esta visión de una Iglesia Eucarística, también debemos conocer que Dios nos está llamando hoy para hacer más sacrificios que antes, de manera que todos en la arquidiócesis puedan tener la oportunidad de participar los Domingos en la misa. Todo bautizado necesita alimentarse con la Eucaristía para llever a Cristo al mundo.

La asistencia regular a la misa Dominical es un desafío especial para nuestra generación al acercarnos al nuevo siglo, al nuevo milenio.

Nuestra segunda respuesta: Viviendo la Eucaristía
En segundo lugar, debemos hacer de cada parroquia una verdadera Eucaristía sin murallas.

Si solamente permitiéramos la presencia de Cristo en nuestras vidas, como fuerza electrisante de vida, nos extenderíamos a cubrir toda la tierra de bondades. Cristo no misionó en su Iglesia para que fuera un cuerpo de gente perfecta, sino que ayudó a todos los necesitados -perdonando a los pecadores, amando a los abandonados, fortaleciendo y animando a los débiles, dando comida y abrigo a los necesitados, y esperanza a los desanimados. La Eucaristía no tan solo alimenta al pueblo peregrino, sin hacer distinción entre grupos particulares, sino que alimenta a todo mundo en general.

La Eucaristía sin murallas significa que luchemos para llevar a Cristo en cada acción de nuestro día, a cada duda, deseo, y a cada intento en contra del egoísmo. También reconocemos que no tenemos monopolio en la acción del Espíritu y muchas veces estamos animados, no tan solo por el alimento que tomamos, sino también por el Espíritu que va adelante de nosotros. Nos regocijamos en la presencia de Dios en el mundo y en los demás, y decimos que eso es bueno.

Nuestra Tercera Respuesta: El Año de Jubileo
¿Cómo vamos a celebrar nosotros miembros de la Arquidiócesis de Milwaukee, como un Pueblo Eucarístico para el año 2000?

1. Nosotros los obispos esperamos que toda la noche del 31 de diciembre de 1999 y la del primero de enero del 2000 estemos en Vigilia toda la noche, y enseguida para terminar, celebremos la Misa como preparación para empezar el nuevo milenio siendo como un pueblo Eucarístico.

2. Se está planeando un congreso Eucarístico Arquidiocesano para la primavera del año 2000, a través del cual podamos afirmar nosotros los Católicos, la naturaleza Eucarística de la Iglesia.

3. Así mismo estamos considerando el tener una asamblea Arquidiocesana, similar a la que terminó en nuestro Sínodo en el año 1987, para que nos ayude a enfrentarnos al futuro con esperanza.

4. Se le pedirá a cada parroquia hacer algo especial para los pobres y para los menos afortunados, para manifestar que tomamos muy en serio el hecho de ser Eucaristía sin murallas.

Mensajes

A los Mayores
Su desafío especial, es el de ayudarnos a todos a ser agradecidos por el don de la vida y de la fe, al acercarnos al año 2000.
No tengan miedo de hablar sobre lo que es ser Católico, sobre en como la fé les condujo en tiempos difíciles. Dénos a saber, el que ustedes ven el futuro con alegría y confianza. Lo que la Iglesia de Milwaukee les pide es el ser testimonios de confianza y seguridad en la misericordia y bondad de Dios. No se quejen. Sean pilares fuertes de esperanza para todos para que logren la bondad de Dios. Enséñenos a orar.

Nosotros obispos decimos a todos ustedes: prepárense para el año de Jubileo para un encuentro espiritual profundo con Dios que les ama y vivan ese amor en sus vidas.

Para los de Edad Media
Sean positivos en su fe y en la Iglesia. Den importancia a las formas en que ven a Dios en sus vidas y en los acontecimientos presentes, de manera que puedan celebrar el año 2000 espiritualmente.
¿Qué cosa les está pidiendo la Iglesia? Que resistan a toda tentación de cinísmo y escepticísmo. No se conviertan en rudos y amargados. Utilicen el milenio como una manera de aceptar el futuro con entusiasmo, pidiendo las gracias para crecer espiritualmente entre nosotros y entre todos los problemas de la vida. Aprendan a perdonar. Si han estado ausentes de la Iglesia, o no atienden regularmente, ahora es el momento de regresar a participar de lleno.

Nosotros obispos, decimos a cada uno de ustedes: prepárense para el año de Jubileo para un encuentro profundo personal con Dios que les ama y vivan ese amor en sus vidas.

Para los Jóvenes Adultos
Vean el año de Jubileo como un acontecimiento especial que Dios les da para empezar y continuar su vida temprana en un estilo de vida más espiritual. No se estanquen entre las distracciones. Cuando lleguen y pasen los acontecimientos de la vida encuentren tiempo para reflexionar en ellos y en lo que significan para ustedes.

El futuro es de ustedes. Ustedes creen en Dios pero recuerden que Dios necesita muchas manos. Manténganse cerca de la Iglesia y de su potencial espiritual y verán la diferencia en sus vidas. Aprendan a disfrutar estando cerca de Dios y atendiendo a Misa todos los domingos. En seguida tengan buenos proyectos de servicio para ayudar a los demás. Hagan presente a Cristo en el mundo.

Usen estos años de preparación para el nuevo milenio como una manera más de prepararse mejor para la misma vida. Usen el Año de Jubileo como una preparación para toda la vida venidera. La mejor preparación es el tratar de ser buenos y hacer el bien. El ayudar a los demás debe ser una parte de cada plan para nuestro futuro. Consideren cuales son los talentos que tienen, como desean usarlos para el mejoramiento de los demás. No se olviden de reflexionar sobre el sacerdocio y vida religiosa, como medio para de servir a los demás.

Nosotros obispos, decimos a cada uno de ustedes. Prepárense para el año del Jubileo para un encuentro espiritual y profundo con Dios que les ama y vivan ese amor en sus vidas.

Al acercarnos al año 2000, traten de pensar más en Dios y en lo que Dios quiere de sus vidas. Usen estos acontecimientos para tener una imágen más amplia del mundo y de la Iglesia y del Reino de Dios. Participen en la Eucaristía regularmente; y extiéndanse a ayudar a los demás.

No tengan miedo, tengan calma. El mundo cambiará rápidamente entre ustedes, pero la presencia amorosa de Dios siempre estará presente. Manténganse unidos a la Iglesia y a la Eucaristía. Tengan confianza en que el amor de Dios para ustedes nunca se terminará. Permitan que el Espíritu Santo les guíe y les cuide. Estén conscientes de la presencia de Dios en sus vidas. Oren mucho.

Usen el Año de Jubileo como una preparación para toda la vida venidera. La mejor preparación es el tratar de ser buenos y hacer el bien. El ayudar a los demás debe ser una parte de cada plan para nuestro futuro. Consideren cuales son los talentos que tienen, como desean usarlos para el mejoramiento de los demás. No se oliven de reflexionar sobre el sacerdocio y vida religiosa, como medio para de servir a los demás.

Nosotros los obispos les decimos a cada uno de ustedes: prepárense para el año del Jubileo para un encuentro profundo espiritual con Dios quien les ama y vivan ese amor en sus vidas.

A los Niños
Piensa en el gran amor que Dios tiene para ti. El te ama tanto que desea estar contigo, es por todo esto por lo que se hizo niño como tu. La oración es el hablar con El. Habla con el como si hablaras con uno de tus compañeros del salón de clases.

Jesús era una persona como tu, pero el era también Dios. Vino para estar con nosotros de manera que pudiera ayudarnos a ser mejores personas. El curó a los que estaban enfermos o que sufrían. El quiere que nosotros ayudemos a otros también. El desea estar con nosotros. El encontró la manera de hacerlo a través de la Eucaristía o de la misa. Allí se encuentra el real y verdaderamente presente. Jesucristo desea estar contigo. Habla con el; date cuenta de su presencia en tí y en los demás.

Nosotros los obispos les decimos a cada uno de ustedes: prepárense para el año del Jubileo para un encuentro profundo espiritual con Dios quien les ama y vivan ese amor en sus vidas.

A todos los Ministros de la Iglesia- Sacerdotes, Diáconos y a todos los Ministros Seglares

Manténganse fuertes en la fe; ayuden a los demás en sus luchas en la fe.

Mantengan la dimensión Eucarística presente a los ojos de todos los bautizados. Ayúdenles a darse cuenta de la necesidad de estar presentes en la comunidad durante el Sacrificio de la Misa todos los Domingos, y en cómo hacer presente la Eucaristía en el mundo. Manténganse ustedes y demás personas, enfocados en lo que en realidad cuenta. Sean personas positivas y de fé. Solamente de esa manera podremos reafirmar a los demás en la fé.

Nosotros obispos, decimos a cada uno de ustedes. Prepárense para el año del Jubileo para un encuentro personal y profundo con Dios que les ama y vivan ese amor en sus vidas.

A todos Nosotros, al Enfrentarnos al Mundo en que Vivimos:
Los desafíos que enfrentamos hoy en día se encuentran en como debemos hacer presente a Cristo en la cultura existente entre nosotros-en nuestras familias, en el lugar de trabajo, en nuestros tiempos libres.

Todos estamos incluídos de una manera u otra en esta categoría, al tratar de ser Cristianos en el mundo. El Año de Jubileo debe traer un desafío especial para nosotros en como debemos reflexionar en nuestras vidas de fe que profesamos. La Misa Dominical debe cambiar nuestra manera de actuar para el Lunes.

Al prepararnos todos para el año 2000, debemos pedir a Dios la gracia de estar atentos para hacer presente a Cristo a todos los que estan a nuestro alderredor. Debemos asegurar que todas nuestras acciones esten motivadas por los Evangelios, con un compromiso profundo de nuestra fe en Jesucristo. Debemos hacer algo más que solo hablar de nuestra fe; debemos vivirla.

Nosotros obispos, decimos a cada uno de ustedes. Prepárense para el año del Jubileo para un encuentro personal y profundo con Dios que les ama y vivan ese amor en sus vidas.

A las Familias
Tomen los siguientes años de preparación para el milenio como una oportunidad para solidificar todas las relaciones en la familia. Hagan de la familia un hogar donde la presencia de Dios esté siempre reconocida.

La preparación para el milenio, ante todo, debe vigorizar la relación existente, en la familia, esto significa, el vivir en la presencia de Dios. Haciendo del hogar una extensión de la Eucaristía. Este ambiente puede ser creado de una manera especial al compartir los alimentos. Tomen tales ocasiones para tener un entendimiento más profundo de como hacer llegar la presencia de Cristo a los demás, especialmente a aquellos con quienes compartimos con más frecuencia en la vida.

Nosotros obispos, decimos a cada uno de ustedes. Prepárense para el año del Jubileo para un encuentro personal y profundo con Dios que les ama y vivan ese amor en sus vidas junto a su familia.

A los Religiosos
Ayudémonos a mantenernos llenos de vida durante estos años de preparación para el año del Jubileo desde la perspectiva de Dios. Mantengámonos enfocados en Dios, y ayudémonos a ver qué es lo que sucede en cuanto a la Providencia de Dios.

La vida Religiosa siempre tiene una conección con el final de los tiempos, un recuerdo de que, lo que tiene valor para el mundo, no es lo que vale ante Dios. Al mismo tiempo que mantengan esa dimensión transcendental viva en sus vidas, ayúdenos a todos a buscar a Dios en primer lugar, para quienes ya estan pensionados, les enviamos un mensaje especial: continuen orando por todos los miembros de la arquidiócesis, para que nos mantengamos fuertes en la fe y en el amor.

Nosotros obispos, decimos a cada uno de ustedes. Prepárense para el año del Jubileo para un encuentro personal y profundo con Dios que les ama y vivan ese amor en sus vidas.

Listos para el Futuro
El tema que hemos escogido, al adentrarnos al futuro y para prepararnos para el nuevo milenio es “Eucaristía Sin Murallas”. Puesto que somos un pueblo sacramental, sabemos que la Eucaristía es esencial en nuestras vidas, ya sea individualmente o como parroquia. Asi mismo sabemos que la Eucaristía no es solamente una acción solitaria que sucede únicamente en la Iglesia. Hacemos presente la Eucaristía en el mercado, en donde vivimos, trabajamos, y en nuestros tiempos libres.

En muchas maneras la Eucaristía resume lo que somos como Católicos, creemos en Dios de una manera especial a través de las Escrituras. Escuchamos en la Misa esa Palabra proclamada a nosotros en todas las formas nuevas. Estamos orgullosos de ser un Pueblo bíblico, con la esperanza de poder crecer en un entendimiento completo de la Palabra de Dios. Reconocemos que la Eucaristía también debe animarnos a atender a los necesitados, a quienes estan sufriendo en nuestra sociedad en cualquier forma.

Sabemos que el compartir en la Eucaristía también debe impulsarnos a desear compartir la plenitud de nuestra fe con los demás. A este deseo le llamamos evangelización. Así como Jesucristo envió a sus discípulos a anunciar que el Reino de Dios estaba entre nosotros, de manera que nosotros sabamos que, a través del bautismo y de la confirmación, el nos envía a todos a proclamar la buena nueva a nuestra propia generación. Al responder positivamente a su encomienda requiere entusiasmo. Debemos de estar entusiasmados sobre el regalo de fe que hemos recibido. Tal entusiasmo debe ser contagioso. El ser personas Eucarísticas significa ser personas que comparten y evangelizan.

Al prepararnos para el año 2000 y más allá, nosotros obispos no podríamos pensar en mejor manera para prepararnos nosotros mismos como Católicos, que manteniendo vivas todas estas dimensiones de la Eucaristía-Eucaristía como culto, Eucaristía como servicio, Eucaristía como compartimiento, Eucaristía como verdaderamente debe decirse que sobre esos pilares, Dios pueda usarnos para construír Su Iglesia del futuro..

¡Deseamos a todas ustedes paz en abundancia!

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El magisterio oral de la Iglesia en la carta a los Gálatas

Pablo y la tradición oral. José M. Bover

San Pablo es el Apóstol de la libertad cristiana. Mas para San Pablo, la libertad no es el libertinaje ni la anarquía. A la libertad de la carne opone el Apóstol la ley del Espíritu y del amor; y la libertad social o de acción la refrena o modera con el principio de autoridad eclesiástica, principalmente con el primado de San Pedro. Otra libertad reclaman para sí los protestantes, con mayor obstinación que ninguna otra: la del libre examen, que por natural evolución ha degenerado en la moderna libertad de pensamiento. Sin duda que los protestantes, los conservadores por lo menos, limitan o moderan esta libertad de pensar acatando el magisterio escrito de la Biblia. Pero semejante magisterio escrito, al ser sometido al libre examen, resulta ineficaz e irrisorio. Al interpretar la Biblia según su criterio personal, hacen decir a la Biblia lo que ellos quieren, y, en definitiva, piensan como se les antoja. El verdadero freno moderador de la libertad de pensar en materias religiosas no es ni puede ser otro que la autoridad doctrinal, el magisterio viviente instituido por el mismo Jesucristo. Este magisterio oral y externo se hizo para los protestantes un yugo insoportable, como contrario a la libertad cristiana de pensar. Y, sin embargo, este yugo lo impuso Jesucristo sobre las cervices de cuantos generosamente se resolviesen a dar fe a su palabra y aceptar su autoridad y su doctrina. Y este yugo lo proclama también y lo impone el Apóstol de la libertad en la misma Carta magna de la libertad cristiana, la Epístola a los Gálatas. Vamos a demostrarlo. Comencemos por una razón que podemos llamar de experiencia.San Pablo proclama enérgicamente la unidad o unicidad del Evangelio.. Me maravillo dice de que tan de repente os paséis… a un Evangelio diferente, que… no es otro [Evangelio], sino que hay algunos que os revuelven y pretenden trastornar el Evangelio de Cristo (Gál. 1,6 7). Y este Evangelio único de Jesucristo es inmutable e intangible; intentar tocarlo o modificarlo es profanarlo y destruirlo sacrílegamente.

Por eso prosigue el Apóstol: Aun cuando nosotros o un ángel [bajado] del cielo os anuncie un Evangelio fuera del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes lo tenemos dicho, ahora también lo digo de nuevo: Si alguno os anuncia un Evangelio diferente del que recibisteis, sea anatema (Gál. 1,8 9). Es que el Evangelio no es un mensaje amorfo, que reciba su determinación o significación concreta de la interpretación subjetiva que se le quiera dar, sino que tiene su verdad objetiva y determinada, a la cual hay que someter la inteligencia. Por esto dos veces habla San Pablo de la verdad del Evangelio (Gál. 2,5; 2,14). Por esto también deben los fieles estar o ponerse de acuerdo sobre la inteligencia del Evangelio, como lo significa el mismo Apóstol, cuando escribe: Confío de vosotros en el Señor que no pensaréis de otra manera de como os tengo dicho (Gál. 5,10; cf. 6,16). Esta unidad y verdad intangible, con la consiguiente conformidad en el pensar, la posee el Evangelio por razón de su origen divino. Porque os hago saber, hermanos, que el Evangelio predicado por mí no es conforme al gusto de los hombres; pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo (Gál. 1,11 12; cf. 1,16). Los hombres no tienen derecho a desfigurar el Evangelio de Dios.

Tales son los principios doctrinales establecidos por San Pablo. Ahora con estos principios comparemos los hechos.
Por ahora podemos conceder o permitir a los protestantes que el Evangelio de que habla San Pablo se contiene íntegramente en las Escrituras del Nuevo Testamento. Podríamos también conceder, sin dificultad, que en el terreno abstracto de las ideas este Evangelio escrito, uniformemente interpretado, pudiera consiguientemente ser para los fieles principio de uniformidad en el pensar y sentir. Pero, decimos, de hecho ni lo ha sido ni lo es. Es, por tanto, el Evangelio escrito insuficiente para crear o mantener la unidad doctrinal que preconiza el Apóstol. Si Dios, pues, quiso, como evidentemente lo quiso, asegurar la verdad del Evangelio, debió instituir en la Iglesia un magisterio no escrito, esto es, un magisterio viviente y oral. Examinemos a fondo esta razón. Nos concederán los protestantes que el Evangelio escrito no lo destinó Dios para que fuese entretenimiento de ociosos, ni menos campo de batalla donde se librasen sangrientos combates teológicos que desgarrasen la unidad de la fe, sino para que fuese criterio de verdad y norma de vida eterna para todos los hombres de buena voluntad. Ahora bien: estos designios de Dios jamás se han realizado, siempre se han frustrado; cuando el Evangelio escrito ha sido sometido al libre examen, ha sido aislado del magisterio oral y viviente de la Iglesia. Ahí está para comprobar este hecho el testimonio de la Historia. Ya los Padres de los primeros siglos notaron que todos los herejes pretendían fundar en la Escritura los más disparatados errores, contrarios unos de otros. Y, sin ir tan lejos, ahí esta la historia del protestantismo, antiguo y moderno, que, buscando en solo el Evangelio escrito la doctrina revelada, ha venido a parar en muchos puntos capitales a soluciones contradictorias. Es clásico el ejemplo de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Apelando igualmente al testimonio de la Biblia, Lutero la admitía, Calvino y Zwinglio la negaban. Este fenómeno, constantemente repetido en la Historia, demuestra a todas luces que el Evangelio escrito no podía ser en los planes de Dios el único magisterio que El dejaba a los hombres para conocer la verdad de su divina revelación. A no ser que digamos que Dios ignoraba el resultado de su obra o se complacía en dejar a la pobre humanidad un magisterio ambiguo y enigmático. En conclusión: el Evangelio escrito, aislado del magisterio viviente, es enigmático y lleva fatalmente a la contradicción y a la discordia; completado por el magisterio oral, es luminoso y lleva suavemente a la concordia y a la unidad. ¿Cuál de estas dos hipótesis es más digna de Dios? ¿Cuál salva mejor el honor de la divina Escritura? San Pablo, a lo menos, que tan ardientemente deseaba y recomendaba la unidad de la fe, no podía imaginar un Evangelio que llevase necesariamente a la contradicción y a la discordia.Mas no tenemos necesidad de apelar a la lógica para deducir de los principios establecidos por San Pablo la necesidad del magisterio oral, cuando él mismo lo acredita e inculca.

Por de pronto, el Evangelio de Cristo, cuya verdad quiere sostener a todo trance, es el Evangelio anunciado a los Gálatas por la predicación oral. Seis veces en la Epístola emplea el Apóstol el verbo evangelizar y siete veces el sustantivo Evangelio. Ahora bien: tanto el sustantivo como el verbo no se refieren, ni una sola vez, exclusiva o preferentemente, al Evangelio escrito, y muchas veces, por no decir siempre, se refieren clara y exclusivamente a la predicación oral; como cuando dice: El Evangelio predicado por mí no es conforme al gusto de los hombres (Gál. 1,11). El Evangelio anunciado por el Apóstol a los Gálatas anteriormente a la Epístola, la primera y la única que les escribió, no puede ser sino el Evangelio oral.

Oral era también el Evangelio que poco después menciona: Les expuse el Evangelio que predico entre los gentiles (Gál. 2,2). Cuando San Pablo, hacia el ano 50, exponía a los apóstoles de Jerusalén su Evangelio, no había escrito ninguna de sus cartas (cf. Gál. 1,6; 1,7, 2,5; 2,7; 2,14; 1,8 9; 1,16; 1,23). Más explícitamente aún alude al Evangelio oral cuando escribe: Sabéis que a causa de una enfermedad de la carne os anuncié la primera vez el Evangelio (Gál. 4,13). Esta importancia y relieve que da San Pablo al Evangelio oral prueba evidentemente no sólo la existencia del magisterio viviente, sino también que el magisterio oral era para el Apóstol el medio normal y ordinario de anunciar el Evangelio. ¿Y dónde después ha dicho San Pablo, ni otro alguno de los escritores inspirados, que, una vez escritos los libros del Nuevo Testamento, éstos suplantaban y abrogaban el magisterio vivo, empleado hasta entonces ordinariamente? De los textos en que San Pablo, sin emplear la palabra Evangelio, enaltece la predicación oral, sólo citaremos algunos que tienen especial significación.Después de reproducir, resumido, el discurso de Antioquía, apostrofa así el Apóstol a los Gálatas: ¡Oh insensatos Gálatas! ¿Quién os fascinó a vosotros, ante cuyos ojos fue exhibida la figura de Jesucristo clavado en cruz? (Gál. 3,1).

Estas palabras tan expresivas muestran que en la predicación oral declaraba el Apóstol con tal viveza y plenitud la palabra de la cruz (1 Cor. 1,18), el misterio de la redención, que parecía trasladar a los oyentes al Calvario para hacerles presenciar la crucifixión y muerte de Jesucristo por los pecados de los hombres. Semejantes visiones de los misterios divinos, ¿perdían su valor y debían olvidarse una vez se escribieran los libros del Nuevo Testamento? Al refrescar su recuerdo, ¿no propone más bien el Apóstol que se conserven y se transmitan a las generaciones sucesivas? ¿Y qué otra cosa es la tradición oral, que los protestantes condenan y los católicos veneran?

Habiendo enumerado las obras de la carne, concluye San Pablo: Os prevengo, como ya os previne, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios (Gál. 5,21). Aquí el magisterio escrito reproduce y confirma el magisterio oral, el cual, según esta declaración del Apóstol, tiene su valor propio, y lo tendría aun cuando no hubiera sido confirmado Por el magisterio escrito. Al magisterio oral y oído atribuye exclusivamente San Pablo las efusiones del Espíritu Santo sobre los fieles de Galacia. Dos veces les pregunta: Esto sólo quiero saber de vosotros: ¿recibisteis el Espíritu en virtud de las obras de la ley o bien por la fe que habéis oído?… El que os suministra, pues, el Espíritu y obra prodigios entre vosotros, [hace eso] en virtud de las prácticas de la ley o bien por la fe que habéis oído? (Gál. 3,2 5). La fe oída no debía ser anulada por la palabra de Dios escrita; debía subsistir al lado de ésta y podía ser transmitida a otros.

De nuevo la tradición oral

Pretenden los protestantes que el único magisterio auténtico de Dios es el escrito; los textos aducidos hasta aquí demuestran, por el contrario, que también el magisterio oral es en la Iglesia (con las debidas condiciones, claro está) magisterio auténtico de Dios.

Mas no se contenta San Pablo con atestiguar y acreditar la legitimidad de entrambos magisterios;
declara, además, que el magisterio escrito es secundario respecto del oral, que es el principal. Después de agotar todos los recursos de su persuasiva elocuencia, ya terriblemente acerba y sacudida, ya inefablemente blanda y halagadora, no satisfecho de haber expresado fielmente su pensamiento o temeroso de no ser comprendido por los Gálatas, les dice por fin: Quisiera ahora hallarme presente entre vosotros y variar [los tonos de] mi voz, pues no sé qué hacerme con vosotros (Gál. 4,20). Como quien dice: la palabra escrita es incapaz de reproducir fielmente el pensamiento; y, aun cuando lo fuese, yo no sé la impresión que os va causando cada una de las cosas que os voy escribiendo; si os hablase cara a cara, daría yo a mi voz tonos y vibraciones que os revelarían los sentimientos íntimos de mi corazón, y a medida que viese la impresión que os hacían mis palabras, os diría esto o aquello, y os lo diría de este modo o del otro, con tono imperativo o con voz insinuante y amorosa.
Reflexionemos unos instantes sobre esta declaración del Apóstol.

A ser posible, en vez de apelar al lenguaje muerto de una carta, San Pablo hubiera preferido hallarse personalmente entre los fieles de Galacia y hablarles de viva voz. Apela al recurso de la carta, porque entonces le era imposible ir a Galacia; apela al magisterio escrito, porque le era entonces imposible el magisterio oral; redacta una carta inspirada en sustitución y como suplemento de la predicación o enseñanza oral. Este hecho significativo manifiesta que en la propaganda y defensa del Evangelio, el medio primario, normal y ordinario es el magisterio viviente, es la enseñanza oral.

Y esta economía de la primitiva predicación evangélica no ha sido modificada; subsiste y subsistirá perpetuamente en la Iglesia de Jesucristo. Y esto por dos razones importantísimas. Porque, primeramente, este cambio de economía o de procedimientos, como cosa tan esencial y de tan graves consecuencias, debería haberse notificado o promulgado con claridad inequívoca;
más aún, dentro de los principios protestantes, debería constar en la Escritura. Ahora bien: semejante cambio de economía o de táctica en la predicación del Evangelio no se nos ha intimado ni insinuado ni en la Escritura ni en ninguna otra parte. Subsiste, por tanto, no sólo la legitimidad, sino también la preponderancia del magisterio oral sobre el escrito.

Además, en vida de los apóstoles era posible el magisterio escrito, divinamente inspirado, que subsanase la falta o la imposibilidad del magisterio oral; muertos los apóstoles, cesó ya este recurso suplementario. Luego el magisterio oral, necesario en tiempo de los apóstoles, lo es mucho más después de su muerte.

Otra consecuencia importantísima se desprende de la declaración del Apóstol y de todo el tenor de la Epístola a los Gálatas. Sin los manejos de los judaizantes, y sin la imposibilidad de ir entonces el Apóstol a Galacia, no se hubiera escrito jamás esta Epístola. Esto demuestra el origen circunstancial y el carácter ocasional de la Epístola a los Gálatas, y lo mismo pudiéramos decir de muchos y aun de todos los escritos del Nuevo Testamento.

Los protestantes se revuelven contra los católicos, y aun nos tratan de sacrílegos, porque señalamos el carácter ocasional de muchos escritos neotestamentarios. Pero la historia de estos escritos y las declaraciones mismas de sus autores inspirados no dejan lugar a duda sobre la verdad de este hecho capital. Ahora bien: si esto es así, como lo es, ¿podrán hacernos creer jamás los protestantes que escritos ocasionales y accidentales constituyen el único magisterio divino, ni siquiera el primario o principal? O si no, que lo prueben, y que lo prueben por la Escritura, y que lo prueben con toda evidencia, como exige la gravedad del caso.

Otra lección importantísima nos suministra la Epístola a los Gálatas. El Apóstol había predicado en Galacia, y, a lo que parece, dos veces (Gál. 4,13), y les había expuesto con toda amplitud principalmente el misterio de la redención.

A pesar de ello, bastaron las pérfidas insinuaciones de unos intrusos y falsos hermanos para hacer vacilar o poner en grave riesgo la fe de los Gálatas, precisamente en la eficacia de la redención de Cristo.

Estas perversas sugestiones de falsos apóstoles empeñados en trastornar el Evangelio de Cristo (Gál. 1,7), con el consiguiente escándalo y peligro de los fieles, ¿no habían de repetirse en la Iglesia después de la muerte de los apóstoles? Ahí está la historia de las herejías. Y, en medio de esas crisis, ¿debía quedar la Iglesia desprovista de una autoridad doctrinal que desenmascarase a los falsos apóstoles y sostuviese la fe vacilante de los fieles?

Dicen, sin duda, los protestantes que en la Escritura se halla ya fijada definitivamente la doctrina de los apóstoles y la verdad revelada, y que a su luz pueden desenmascararse y refutarse todas las herejías. ¿De veras? ¿Es que olvidan los protestantes que precisamente en la Escritura se apoyaban, generalmente, los herejes los que ellos, si son cristianos, deben calificar de herejes para sostener sus herejías? Se presenta, por ejemplo, Arrio, y con aquel texto de San Pablo que llama a Jesucristo primogénito de toda la creación (Col. 1,15) pretende negar la divinidad del Salvador. Hay, sin duda, en la Escritura numerosos textos que demuestran la divinidad de Jesucristo; mas también hay otros que parecen desconocerla. Si no existe en la Iglesia otro magisterio divino auténtico fuera de la Escritura, entregada al libre examen de cada uno, deben los fieles, para mantener la incolumidad de su fe, entregarse al estudio de todos los pasajes de la Escritura relativos a la divinidad de Jesucristo, comparando entre sí escrupulosamente los textos, a primera vista discordantes, para armonizarlos y sacar en limpio la verdad revelada. Y semejante estudio, hoy día sobre todo, cuando son desconocidas para la inmensa mayoría de los fieles las lenguas originales de la Escritura, ¿cuántos fieles son capaces de hacerlo por sí mismos? ¿Y la fe de la gran mayoría de la Iglesia ha de depender de la inteligencia personal de la Escritura, tan erizada de dificultades espinosísimas, expuesta, además, a las pérfidas sugestiones de los falsos apóstoles, más hábiles, por desgracia, generalmente que los hijos de la luz? Y, sobre todo, ¿dónde se dice en la Escritura que éste sea el medio, y medio único, de hallar y de mantener la fe? No salgamos de la Epístola a los Gálatas. Es proverbial la enorme dificultad exegética de esta Epístola, de estilo entrecortado, tembloroso, palpitante.
Y no son mucho más fáciles, ni lo eran cuando fueron escritas, según el testimonio de San Pedro (2 Pe 3,16), las demás Epístolas de San Pablo. ¿Y es de creer que semejantes escritos, en que tropiezan a cada paso los exegetas de oficio, sean para la universalidad de los fieles el magisterio principal, definitivo y único de Dios? ¿Es que los hombres sencillos e incultos, aquellos precisamente a quienes, según la palabra de Jesucristo (Mt. 11,25), revela sus misterios el Padre celestial, han de quedar excluidos del reino de Dios? Credat Iudaeus Apella. Los católicos sentimos más altamente de la bondadosa providencia de Dios, que ha puesto al alcance de todo hombre de buena voluntad, por medio del magisterio viviente, a todos asequible, el conocimiento de la verdad revelada en toda su pureza e integridad, inasequible para la inmensa mayoría de los hombres, si no para todos, en el estudio personal de la Escritura.

Otro carácter de la Epístola a los Gálatas, y de otras epístolas de San Pablo, por no decir todas, es su tono polémico y batallador, y, consiguientemente, apasionado. Ahora bien: nadie ignora que en las discusiones acaloradas, aun cuando se desee sinceramente defender la verdad, es natural y necesario dar a las verdades negadas por el adversario un relieve que no se le daría en la exposición sosegada de la verdad. A este mayor relieve de una parte de la verdad se añade el dejar, como en la sombra, la otra parte, admitida por el contrincante. ¿Y quién dudará que esta manera, legítima ciertamente en las controversias, de proponer la verdad puede dar pie a torcidas inteligencias? Y una enseñanza necesariamente fragmentaria y abultada de la verdad, expuesta por añadidura a fatales equivocaciones, ¿puede ser el magisterio definitivo y, menos, único de Dios a la generalidad de los hombres? Imposible creerlo.

Otras consideraciones aun podríamos hacer valer; pero no hay por que insistir más en cosa tan clara, que solos los prejuicios, la parcialidad y la pasión han podido enturbiar. Un pormenor no queremos omitir, por cuanto se refiere a la libertad cristiana.

Escribe el Apóstol: ¿Cómo os tornáis de nuevo a los rudimentos impotentes y miserables, a los cuales de nuevo queréis otra vez servir como esclavos? ¡Andáis observando los días, los meses, las estaciones, los años! (Gál. 4,9 10). Con estas palabras pretenden los protestantes desacreditar, si no los dogmas, por lo menos ciertas prácticas de la devoción católica basadas en el ritmo de los días, fiestas, etc. Permítasenos aquí una breve digresión, no del todo ajena a nuestro objeto, sobre una denominación en particular, los adventistas del séptimo día. Esta secta, o cúmulo de sectas, tiene como uno de sus dogmas fundamentales y característicos el solemnizar el sábado en vez del domingo. Aplicando, aunque mal en este caso, el principio protestante de que, rechazada toda tradición, hay que atenerse estrictamente a lo que dice la Escritura, puesto que en la Escritura se manda celebrar el sábado, y este precepto, según ellos, en ninguna parte de la misma Escritura ha sido abolido, queda en pleno vigor el mandamiento de la ley y, en consecuencia, hay que celebrar no el domingo, sino el sábado.

Notemos de paso el curioso fenómeno de este protestantismo judaizante. Los que tanto odio mostraron contra los judíos, los que tan duramente impugnaron a la Iglesia Romana por haber, según ellos, reincidido en el judaísmo, ahora condenan una práctica tan cristiana como es la celebración del domingo para abrazar otra práctica tan esencial y característicamente judaica como es la celebración del sábado. Contra éstos, que no contra los católicos, recae aquella sentida querella de San Pablo, que se refiere precisamente a las fiestas Judaicas: ¡Andáis observando los días, los meses, las estaciones, los años! (Gál. 4,10). Celebrar fiestas judaicas con espíritu judaico, esto es lo que se opone a la libertad cristiana, preconizada por el Apóstol; no el celebrar fiestas cristianas con espíritu cristiano, esto es, con libertad de espíritu, sin esclavizarse a la práctica externa y sin sombra de superstición. Escribe el Apóstol: Hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la [esposa] libre. Cristo nos ha libertado para [que gocemos de] la libertad, Manteneos, pues, firmes, y no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud (Gál. 4,31 5,1; cf. 1,4; 2,4; 4,1 30; 5,13; 5,18; etc.). Los católicos acatamos reverentes y acogernos regocijados esta palabra de Dios y este beneficio de Jesucristo. Somos libres, y nos gozamos de vivir en libertad. Mas no por esto olvidamos aquellas otras palabras del mismo Apóstol: Vosotros habéis sido llamados a la libertad, hermanos; solamente no [toméis] esa libertad como pretexto para [soltar las riendas a] la carne, sino que por la caridad os habéis de hacer esclavos los unos de los otros (Gál. 5,13). Juntamente con la libertad admitimos los frenos con los cuales ha querido Dios moderarla o limitarla. Por esto, si rechazamos, como manda el Apóstol, el yugo de la ley mosaica, en cambio nos sometemos gustosos, como manda el mismo Apóstol, al yugo suave de la ley de Cristo (Gál. 6,2); y si admitimos el valor justificante de la fe, nos sometemos igualmente a los ritos sacramentales como instrumentos de justificación. Por esto también, si, rescatados con el precio de la sangre de Jesucristo, tenemos a gloria no hacernos esclavos de los hombres (1 Cor. 7,23), acatamos, empero, la autoridad divina de Jesucristo, así en su persona como en la de los representantes suyos que El ha dejado en su lugar en la Iglesia. Por esto, finalmente, si admitimos el magisterio divino de la Escritura, junto con la unción interna del Espíritu Santo (1 Jn. 2,20; 2,27), admitimos también como auténticamente divino el magisterio viviente y oral que Jesucristo ha instituido en su Iglesia. Si recibimos de Jesucristo el don precioso de la libertad, no es razón rechazar los frenos con que El ha querido moderarla o limitarla. Estos frenos moderadores, la ley de Cristo, los sacramentos, la autoridad y el magisterio de la Iglesia, el mismo Apóstol de la libertad los preconiza en su Carta magna de la libertad cristiana.

Al fin, con ellos no nos sometemos a los hombres, sino al mismo Dios.

Y someterse a Dios, ser esclavo de Dios, es condición necesaria y complemento de la verdadera libertad, de la libertad cristiana.

 

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EL APOSTOLADO DEL EJEMPLO

Recibí un escrito de una joven que me decía:

“Se burlan de mí porque voy a misa”. “Pareciera que en mi barrio los jóvenes ya no creen en Dios”.

EL APOSTOLADO DEL EJEMPLO

No sé por qué, pero me nació del alma responderle:

“Pues ya tienes un apostolado”. “Ser luz en ese barrio”.

“Iluminar con tu vida los caminos que llevan a Dios”.

“¿Pero, qué debo hacer?”, me preguntó inquieta.

“Nada”. Respondí. “Dios lo hará todo”. “Solamente vive el Evangelio”. “Sé santa”.

“Tu ejemplo bastará para tocar sus vidas e iluminarlas”.

“Pide al buen Dios que te haga instrumento suyo”.

Señor, hazme un instrumento de tu paz;
donde haya odio, ponga amor;
donde hay ofensa, perdón;
donde hay duda, fe;
donde hay desesperanza, esperanza;
donde hay tinieblas, luz;
donde hay tristeza, alegría.

Oh divino Maestro, que no busque yo tanto.
Ser consolado como consolar.
Ser comprendido como comprender.
Ser amado como amar.

Porque dando se recibe.
Perdonando se es perdonado.
Y muriendo a si mismo se nace a la vida eterna.

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