Triple Ignorancia

Las objeciones contra el Bautismo de los niños proceden de una triple ignorancia: Ignorancia de los bienes del Bautismo,de la Palabra de Dios, de la práctica de la Iglesia.

Gracia Enestimable

El Bautismo nos hace hijos de Dios. Gálatas 4, 5-7

El Bautismo es la fuente de la vida nueva en Cristo. Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) 1253

El Bautismo nos lava el pecado. Hechos 2, 38

El Bautismo nos incorpora a Cristo, Romanos 8, 29. CIC 1272 y a la comunidad de salvación. CIC1273

El Bautismo nos imprime el “sello del Señor” con que el Espíritu Santo nos ha marcado para el día de la redención. Efesios 4, 30

Los padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios si no le administraran el Bautismo.

¿Que Dice La Biblia?

Jesucristo lo dijo claramente a Nicodemo: “Quien no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” Juan 3, 5. Jesucristo no excluye a nadie, todos necesitan del Bautismo. “Lo nacido de la carne, es carne, lo nacido del Espíritu, es espíritu”. Si un niño no está bautizado no es nacido del Espíritu.

Lo Que Enseña el Antiguo Testamento

Los niños en la Antigua Alianza no esperaban a ser adultos para incorporarse al pueblo de Dios, sino que eran circuncidados al octavo día. Lee: Hechos 7, 8. El Bautismo sustituye a la circuncisión, por eso los primeros cristianos bautizaban a los niños.

La Práctica de la Iglesia

a. En un inicio, la mayoría de los bautizados eran adultos. No era posible de otra manera porque era una Iglesia de convertidos.

b. Pero ya desde entonces era costumbre bautizar “casas” enteras: 1 Corintios 1, 16; Hechos 16, 15. 33. Los miembros de la casa incluían a las mujeres, a los niños y a los esclavos aunque no se mencione.

c. El Bautismo era comparado con el Arca de Noé, donde se salvaba la familia entera: Padres e hijos. 1Pedro 3, 20-21. La salvación era para toda la familia.

d. San Policarpo que murió en 155 d.C. en el momento de su martirio, cuando se le pide abjurar de su fe en Cristo, atestigua: “Hace ochenta seis años que le sirvo”, difícilmente podría haber dicho eso si no hubiese sido bautizado desde niño.
Lo Que Enseña La Iglesia

La advertencia de Cristo en el Evangelio: “Quien no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de los cielos” (Juan 3,5), debe entenderse como la invitación de un amor universal e infinito; un llamado a sus hijos deseando para ellos el mayor bien. Este llamamiento irrevocable y urgente no puede dejar al hombre en una actitud idiferente o neutral, ya que su acepatación es para él la condición del cumplimiento de su destino. (Instrucción soble el Bautismo de los niños #10)

La fe, no es sólo un acto personal, sino también una virtud sobernatural. Los niños no son capaces de un acto personal de fe, pero sí pueden tener la fe como virtud sobrenatural. De la misma manera que “el amor ha sido derramado en nuestros corazones por el Espírtu Santo que nos ha sido dado”, es decir, por gracia y no por nuestro propio esfuerzo asi también el Espíritu Santo da la fe a los que reciben el Bautismo. (La Doctrina de la Fe, Franco Amerio p.445)

Objeciones

1ª. Objeción. La fe es necesaria para el Bautismo, los niños no pueden hacer un acto de fe, por tanto no pueden ser bautizados.

La Iglesia está de acuerdo: “El Bautismo es el sacramento de la fe”. (CIC 1253). “El que creyere y se bautizare se salvará” (Marcos 16, 16) Por eso “..el Bautismo jamás se ha administrado sin fe: para los niños se trata de la fe de la Iglesia”. (Instrucción sobre el Bautismo de los Niños No. 18).

Entrar al cine sin boleto es un fraude, pero si otro paga mi boleto, tengo tanto derecho a entrar como si yo lo hubiera pagado.

Cristo siempre exigió la fe para sanar a los enfermos, pero en el caso de los niños bastaba la fe de su padre o su madre, como es el caso de la hija de Jairo, Marcos 5, 36 y de la hija de la sirofenicia, Mateo 15, 28.

Nadie se puede dar la fe a sí mismo. El niño recibe la vida de sus padres, y la fe de la Iglesia. Es una fe inicial, en semilla, que después debe crecer y volverse adulta, sin embargo basta para recibir el Bautismo.De esta forma los niños reciben la fe y con ella la vida eterna como un don gratuito de Dios a través de la iglesia. Lee: CIC n. 169.

El Bautismo de los niños pone de manifiesto la gratuidad de la salvación.

“Dejad que los niõs vangan a mí”

La Sra. Edith era una convencida Bautista, pero sucedió que uno de sus hijos nació con Síndrome de Down. El pastor se negó a bautizarlo porque el niño “no podía hacer un acto de fe”. Para la Sra. Edith las palabras de Cristo eran claras: “Quien no nace del agua y del espíritu no puede entrar en el Reino de Dios”. ¿Por qué su hijo iba a estar excluído del Reino de Dios? Decidió llevar a su hijo a una iglesia donde lo bautizaran y así se convirtió el niño en hijo de Dios y ella a la fe católica.

2ª. Objeción. Los niños no necesitan Bautismo porque ellos son inocentes y no tienen pecado.

El que no distingue, confunde. Los niños no tienen pecados personales, pero sí tienen el pecado original.

San Pablo opone a la universalidad del pecado, la universalidad de la salvación en Cristo: “Por un sólo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, pues todos pecaron…” Romanos 5, 12 Si todos sufren la derrota del pecado, entonces, todos necesitan el baño que nos lava del pecado: el bautizo.

TODOS SOMOS PECADORES

El Rey David dice en el salmo 50: “Míra, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre…” Si el bebé, desde el seno de su madre, nace con culpa y es un pecador, quiere decir que también necesita el “Bautismo para el perdón de los pecados”. Lee: Hechos 2, 37. Estudia detenidamente: CIC n.1250 y 405.

TODOS SOMOS CIEGOS

La historia del ciego de nacimiento (Juan 9) es muy aleccionadora. El ciego representa al cristiano, porque todos nacemos ciegos a la fe y, por tanto, todos necesitamos lavarnos en la Piscina del Enviado = el Bautismo de Cristo. Si los gatitos a los ocho días abren los ojos ¿porqué los niños deben esperar a ser adultos para abrirlos?

3ª. Objeción. No es bueno imponer a los niños una fe que ellos no han escogido.

La fe ni es “escogida”, ni es “impuesta” sino que es don y gracia de Dios. Si el Bautismo confiere a los hijos el bien sublime de la gracia divina, sólo unos padres ignorantes o incrédulos podran negar a sus hijos este don. Pero además, ¿quién eres tú para negar a Jesucristo el derecho legítimo sobre aquel por quien Él murió y resucitó?

4ª. Objeción. Jesucristo se bautizó de grande y se bautizó en el río.

Esta objeción revela una gran ignorancia de la palabra de Dios. Porque Cristo recibió el Bautismo de Juan, que era un bautismo de penitencia, nosotros en cambio, recibimos el Bautismo de Cristo, en fuego y Espíritu. Por eso somos “cristianos” y no “bautistas”. Y por eso los católicos bautizamos no como el Bautista lo hacía, sino como Cristo manda: “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Lee: Mateo 28, 19.

5ª. Objeción. ¿Y qué hay de los niños que mueren sin Bautismo?

“La Iglesia los confía a la misericordia de Dios que quiere que todos los hombres se salven” (1Timoteo 2, 4) y a la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: “Dejad que los niños se acerquen a mí, y no se lo impidáis” (Marcos 10, 14). Esto nos permite confiar en que hay un camino de salvación para los niños que mueren sin el Bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños vengan a Cristo por el don del Bautismo. (CIC n. 1261).

Si deseas conocer mejor tu fe solicita los audiocassettes a la página e-ventas audio.

El Objetivo de Radio Misiones Corp. es exponer la fe católica con claridad y vigor, y ofrecer una herramienta de evangelización a todos los cristianos. Util para la reflexión personal y círculos de estudios. Solicite una copia gratuita de este folleto escribiendo a:

P. Juan Rivas , L.C.

RADIO MISIONES,
P.O. Box 5445,
El MONTE, CA 91734, USA
P. Juan Rivas , L.C. Director.
Teléfono: (626) 444-4442
(800) 777 4547.
Fax (626) 444-1435
hn@catolico.com

Tagged with:
 

1. Introducción

Capítulo siguiente: 2 – La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida eclesial

La Sagrada Eucaristía culmina la iniciación cristiana. Los que han sido elevados a la dignidad del sacerdocio real por el Bautismo y configurados más profundamente con Cristo por la Confirmación, participan por medio de la Eucaristía con toda la comunidad en el sacrificio mismo del Señor.

“Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura” (SC 47).

La Eucaristía es “fuente y cima de toda la vida cristiana” (LG 11). “Los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua” (PO 5).

“La Eucaristía significa y realiza la comunión de vida con Dios y la unidad del Pueblo de Dios por las que la Igle sia es ella misma. En ella se encuentra a la vez la cumbre de la acción por la que, en Cristo, Dios santifica al mundo, y del culto que en el Espíritu Santo los hombres dan a Cristo y por él al Padre” (CdR, inst. “Eucharisticum mysterium” 6).

Finalmente, la celebración eucarística nos unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna cuando Dios será todo en todos (cf 1 Co 15,28).

En resumen, la Eucaristía es el compendio y la suma de nuestra fe: “Nuestra manera de pensar armoniza con la Eucaristía, y a su vez la Eucaristía confirma nuestra manera de pensar” (S. Ireneo, haer. 4, 18, 5).

La riqueza inagotable de este sacramento se expresa mediante los distintos nombres que se le da. Cada uno de estos nombres evoca alguno de sus aspectos. Se le llama:

Eucaristía porque es acción de gracias a Dios. Las palabras “eucharistein” (Lc 22,19; 1 Co 11,24) y “eulogein” (Mt 26,26; Mc 14,22) recuerdan las bendiciones judías que proclaman -sobre todo durante la comida – las obras de Dios: la creación, la redención y la santificación.

Banquete del Señor (cf 1 Co 11,20) porque se trata de la Cena que el Señor celebró con sus discípulos la víspera de su pasión y de la anticipación del banquete de bodas del Cordero (cf Ap 19,9) en la Jerusalén celestial.

Fracción del pan porque este rito, propio del banquete judío, fue utilizado por Jesús cuando bendecía y distribuía el pan como cabeza de familia (cf Mt 14,19; 15,36; Mc 8,6.19), sobre todo en la última Cena (cf Mt 26,26; 1 Co 11,24). En este gesto los discípulos lo reconocerán después de su resurrección (Lc 24,13-35), y con esta expresión los primeros cristianos designaron sus asambleas eucarísticas (cf Hch 2,42.46; 20,7.11). Con él se quiere significar que todos los que comen de este único pan, partido, que es Cristo, entran en comunión con él y forman un solo cuerpo en él (cf 1 Co 10,16-17).

Asamblea eucarística (synaxis), porque la Eucaristía es celebrada en la asamblea de los fieles, expresión visibl e de la Iglesia (cf 1 Co 11,17-34).

Memorial de la pasión y de la resurrección del Señor.

Santo Sacrificio, porque actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador e incluye la ofrenda de la Iglesia; o también santo sacrificio de la misa, “sacrificio de alabanza” (Hch 13,15; cf Sal 116, 13.17), sacrificio espiritual (cf 1 P 2,5), sacrificio puro (cf Ml 1,11) y santo, puesto que completa y supera todos los sacrificios de la Antigua Alianza.

Santa y divina Liturgia, porque toda la liturgia de la Iglesia encuentra su centro y su expresión más densa en la celebración de este sacramento; en el mismo sentido se la llama también celebración de los santos misterios. Se habla también del Santísimo Sacramento porque es el Sacramento de los Sacramentos. Con este nombre se designan las especies eucarísticas guardadas en el sagrario.

Comunión, porque por este sacramento nos unimos a Cristo que nos hace partícipes de su Cuerpo y de su Sangre para formar un solo cuerpo (cf 1 Co 10,16-17); se la llama también las cosas santas [ta hagia; sancta] (Const. Apost. 8, 13, 12; Didaché 9,5; 10,6) -es el sentido primero de la comunión de los santos de que habla el Símbolo de los Apóstoles -, pan de los ángeles, pan del cielo, medicina de inmortalidad (S. Ignacio de Ant. Eph 20,2), viático…

Santa Misa porque la liturgia en la que se realiza el misterio de salvación se termina con el envío de los fieles (missio) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana.

Los signos del pan y del vino

En el corazón de la celebración de la Eucaristía se encuentran el pan y el vino que, por las palabras de Cristo y por la invocación del Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Fiel a la orden del Señor, la Iglesia continúa haciendo, en memoria de él, hasta su retorno glorioso, lo que él hizo la víspera de su pasión: “Tomó pan…”, “tomó el cáliz lleno de vino…”. Al convertirse misteriosamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los signos del pan y del vino siguen significando también la bondad de la creación. Así, en el ofertorio, damos gracias al Creador por el pan y el vino (cf Sal 104,13-15), fruto “del trabajo del hombre”, pero antes, “fruto de la tierra” y “de la vid”, dones del Creador. La Iglesia ve en en el gesto de Melquisedec, rey y sacerdote, que “ofreció pan y vino” (Gn 14,18) una prefiguración de su propia ofrenda (cf MR, Canon Romano 95).

En la Antigua Alianza, el pan y el vino eran ofrecidos como sacrificio entre las primicias de la tierra en señal de reconocimiento al Creador. Pero reciben también una nueva significación en el contexto del Exodo: los panes ácimos que Israel come cada año en la Pascua conmemoran la salida apresurada y liberadora de Egipto. El recuerdo del maná del desierto sugerirá siempre a Israel que vive del pan de la Palabra de Dios (Dt 8,3). Finalmente, el pan de cada día es el fruto de la Tierra prometida, prenda de la fidelidad de Dios a sus promesas. El “cáliz de bendición” (1 Co 10,16), al final del banquete pascual de los judíos, añade a la alegría festiva del vino una dimensión escatológica, la de la espera mesiánica del restablecimiento de Jerusalén. Jesús instituyó su Eucaristía dando un sentido nuevo y definitivo a la bendición del pan y del cáliz.

Los milagros de la multiplicación de los panes, cuando el Señor dijo la bendición, partió y distribuyó los panes por medio de sus discípulos para alimentar la multitud, prefiguran la sobreabundancia de este único pan de su Eucaristía (cf. Mt 14,13-21; 15, 32-29). El signo del agua convertida en vino en Caná (cf Jn 2,11) anuncia ya la Hora de la glorificación de Jesús. Manifiesta el cumplimiento del banquete de las bodas en el Reino del Padre, donde los fieles beberán el vino nuevo (cf Mc 14,25) convertido en Sangre de Cristo.

El primer anuncio de la Eucaristía dividió a los discípulos, igual que el anuncio de la pasión los escandalizó: “Es duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?” (Jn 6,60). La Eucaristía y la cruz son piedras de tropiezo. Es el mismo misterio, y no cesa de ser ocasión de división. “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6,67): esta pregunta del Señor, resuena a través de las edades, invitación de su amor a descubrir que sólo él tiene “palabras de vida eterna” (Jn 6,68), y que acoger en la fe el don de su Eucaristía es acogerlo a él mismo.

La institución de la Eucaristía

El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin. Sabiendo que había llegado la hora de partir de este mundo para retornar a su Padre, en el transcurso de una cena, les lavó los pies y les dio el mandamiento del amor (Jn 13,1-17). Para dejarles una prenda de este amor, para no alejarse nunca de los suyos y hacerles partícipes de su Pascua, instituyó la Eucaristía como memorial de su muerte y de su resurrección y ordenó a sus apóstoles celebrarlo hasta su retorno, “constituyéndoles entonces sacerdotes del Nuevo Testamento” (Cc. de Trento: DS 1740).

Los tres evangelios sinópticos y S. Pablo nos han tran smitido el relato de la institución de la Eucaristía; por su parte, S. Juan relata las palabras de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, palabras que preparan la institución de la Eucaristía: Cristo se designa a sí mismo como el pan de vida, bajado del cielo (cf Jn 6).

Jesús escogió el tiempo de la Pascua para realizar lo que había anunciado en Cafarnaúm: dar a sus discípulos su Cuerpo y su Sangre:

Llegó el día de los Azimos, en el que se había de inmolar el cordero de Pascua; (Jesús) envió a Pedro y a Juan, diciendo: `Id y preparadnos la Pascua para que la comamos’…fueron… y prepararon la Pascua. Llegada la hora, se puso a la mesa con los apóstoles; y les dijo: `Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios’…Y tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: `Esto es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío’. De igual modo, después de cenar, el cáliz, diciendo: `Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que va a ser derramada por vosotros’ (Lc 22,7-20; cf Mt 26,17-29; Mc 14,12-25; 1 Co 11,23-26).

Al celebrar la última Cena con sus apóstoles en el transcurso del banquete pascual, Jesús dio su sentido definitivo a la pascua judía. En efecto, el paso de Jesús a su Padre por su muerte y su resurrección, la Pascua nueva, es anticipada en la Cena y celebrada en la Eucaristía que da cumplimiento a la pascua judía y anticipa la pascua final de la Iglesia en la gloria del Reino.

“Haced esto en memoria mía”

El mandamiento de Jesús de repetir sus gestos y sus palabras “hasta que venga” (1 Co 11,26), no exige solamente acordarse de Jesús y de lo que hizo. Requiere la celebración litúrgica por los apóstoles y sus sucesores del memorial de Cristo, de su vida, de su muerte, de su resurrección y de su intercesión junto al Padre.

Desde el comienzo la Iglesia fue fiel a la orden del Señor. De la Iglesia de Jerusalén se dice: Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones…Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y con sencillez de corazón (Hch 2,42.46).

Era sobre todo “el primer día de la semana”, es decir, el domingo, el día de la resurrección de Jesús, cuando los cristianos se reunían para “partir el pan” (Hch 20,7). Desde entonces hasta nuestros días la celebración de la Eucaristía se ha perpetuado, de suerte que hoy la encontramos por todas partes en la Iglesia, con la misma estructura fundamental. Sigue siendo el centro de la vida de la Iglesia.

Así, de celebración en celebración, anunciando el misterio pascual de Jesús “hasta que venga” (1 Co 11,26), el pueblo de Dios peregrinante “camina por la senda estrecha de la cruz” (AG 1) hacia el banquete celestial, donde todos los elegidos se sentarán a la mesa del Reino.

La misa de todos los siglos

Desde el siglo II, según el testimonio de S. Justino mártir, tenemos las grandes líneas del desarrollo de la celebración eucarística. Estas han permanecido invariables hasta nuestros días a través de la diversidad de tradiciones rituales litúrgicas. He aquí lo que el santo escribe, hacia el año 155, para explicar al emperador pagano Antonino Pío (138-161) lo que hacen los cristianos:

El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo.
Se leen las memorias de los Apóstoles y los escritos de los profetas, tanto tiempo como es posible.
Cuando el lector ha terminado, el que preside toma la palabra para incitar y exhortar a la imitación de tan bellas cosas.
Luego nos levantamos todos juntos y oramos por nosotros…y por todos los demás donde quiera que estén a fin de que seamos hallados justos en nuestra vida y nuestras acciones y seamos fieles a los mandamientos para alcanzar así la salvación eterna.
Cuando termina esta oración nos besamos unos a otros.
Luego se lleva al que preside a los hermanos pan y una copa de agua y de vino mezclados.
El presidente los toma y eleva alabanza y gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo y da gracias (en griego: eucharistian) largamente porque hayamos sido juzgados dignos de estos dones.
Cuando terminan las oraciones y las acciones de gracias todo el pueblo presente pronuncia una aclamación diciendo: Amén.
Cuando el que preside ha hecho la acción de gracias y el pueblo le ha respondido, los que entre nosotros se llaman diáconos distribuyen a todos los que están presentes pan, vino y agua “eucaristizados” y los llevan a los ausentes (S. Justino, apol. 1, 65; 67).

La liturgia de la Eucaristía se desarrolla conforme a una estructura fundamental que se ha conservado a través de los siglos hasta nosotros. Comprende dos grandes momentos que forman una unidad básica:

- La reunión, la liturgia de la Palabra, con las lecturas, la homilía y la oración universal;

- la liturgia eucarística, con la presentación del pan y del vino, la acción de gracias consecratoria y la comunión.

Liturgia de la Palabra y Liturgia eucarística constituyen juntas “un solo acto de culto” (SC 56); en efecto, la mesa preparada para nosotros en la Eucaristía es a la vez la de la Palabra de Dios y la del Cuerpo del Señor (cf. DV 21).

He aquí el mismo dinamismo del banquete pascual de Jesús resucitado con sus discípulos: en el camino les explicaba las Escrituras, luego, sentándose a la mesa con ellos, “tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio” (cf Lc 24,13- 35).

El desarrollo de la celebración

Todos se reúnen. Los cristianos acuden a un mismo lugar para la asamblea eucarística. A su cabeza está Cristo mismo que es el actor principal de la Eucaristía. El es sumo sacerdote de la Nueva Alianza. El mismo es quien preside invisiblemente toda celebración eucarística. Como representante suyo, el obispo o el presbítero (actuando “in persona Christi capitis”) preside la asamblea, toma la palabra después de las lecturas, recibe las ofrendas y dice la plegaria eucarística. Todos tienen parte activa en la celebración, cada uno a su manera: los lectores, los que presentan las ofrendas, los que dan la comunión, y el pueblo entero cuyo “Amén” manifiesta su participación.

La liturgia de la Palabra comprende “los escritos de los profetas”, es decir, el Antiguo Testamento, y “las memorias de los apóstoles”, es decir sus cartas y los Evangelios; después la homilía que exhorta a acoger esta palabra como lo que es verdaderamente, Palabra de Dios (cf 1 Ts 2,13), y a ponerla en práctica; vienen luego las intercesiones por todos los hombres, según la palabra del Apóstol: “Ante todo, recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad” (1 Tm 2,1-2).

La presentación de las ofrendas (el ofertorio): entonces se lleva al altar, a veces en procesión, el pan y el vino que serán ofrecidos por el sacerdote en nombre de Cristo en el sacrificio eucarístico en el que se convertirán en su Cuerpo y en su Sangre. Es la acción misma de Cristo en la última Cena, “tomando pan y una copa”. “Sólo la Iglesia presenta esta oblación, pura, al Creador, ofreciéndole con acción de gracias lo que proviene de su creación” (S. Ireneo, haer. 4, 18, 4; cf. Ml 1,11). La presentación de las ofrendas en el altar hace suyo el gesto de Melquisedec y pone los dones del Creador en las manos de Cristo. El es quien, en su sacrificio, lleva a la perfección todos los intentos humanos de ofrecer sacrificios.

Desde el principio, junto con el pan y el vino para la Eucaristía, los cristianos presentan tambié n s u s d o n e s p a r a compartirlos con los que tienen necesidad. Esta costumbre de la colecta (cf 1 Co 16,1), siempre actual, se inspira en el ejemplo de Cristo que se hizo pobre para enriquecernos (cf 2 Co 8,9):

Los que son ricos y lo desean, cada uno según lo que se ha impuesto; lo que es recogido es entregado al que preside, y él atiende a los huérfanos y viudas, a los que la enfermedad u otra causa priva de recursos, los presos, los inmigrantes y, en una palabra, socorre a todos los que están en necesidad (S. Justino, apol. 1, 67,6).

La Anáfora: Con la plegaria eucarística, oración de acción de gracias y de consagración llegamos al corazón y a la cumbre de la celebración:

En el prefacio, la Iglesia da gracias al Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo, por todas sus obras , por la creación, la redención y la santificación. Toda la asamblea se une entonces a la alabanza incesante que la Iglesia celestial, los ángeles y todos los santos, cantan al Dios tres veces santo;

En la epíclesis, la Iglesia pide al Padre que envíe su Espíritu Santo (o el poder de su bendición (cf MR, canon romano, 90) sobre el pan y el vino, para que se conviertan por su poder, en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, y que quienes toman parte en la Eucaristía sean un solo cuerpo y un solo espíritu (algunas tradiciones litúrgicas colocan la epíclesis después de la anámnesis);

en el relato de la institución, la fuerza de las palabras y de la acción de Cristo y el poder del Espíritu Santo hacen sacramentalmente presentes bajo las especies de pan y de vino su Cuerpo y su Sangre, su sacrificio ofrecido en la cruz de una vez para siempre;

en la anámnesis que sigue, la Iglesia hace memoria de la pasión, de la resurrección y del retorno glorioso de Cristo Jesús; presenta al Padre la ofrenda de su Hijo que nos reconcilia con él;

en las intercesiones, la Iglesia expresa que la Eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia del cielo y de la tierra, de los vivos y de los difuntos, y en comunión con los pastores de la Iglesia, el Papa, el obispo de la diócesis, su presbiterio y sus diáconos y todos los obispos del mundo entero con sus iglesias.

En la comunión, precedida por la oración del Señor y de la fracción del pan, los fieles reciben “el pan del cielo” y “el cáliz de la salvación”, el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se entregó “para la vida del mundo” (Jn 6,51):

Porque este pan y este vino han sido, según la expresión antigua “eucaristizados”, “llamamos a este alimento Eucaristía y nadie puede tomar parte en él s i no cree en la verdad de lo que se enseña entre nosotros, si no ha recibido el baño para el perdón de los pecados y el nuevo nacimiento, y si no vive según los preceptos de Cristo” (S. Justino, apol. 1, 66,1-2).

“Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros” (Rm 8,34), está presente de múltiples maneras en su Iglesia (cf LG 48): en su Palabra, en la oración de su Iglesia, “allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre” (Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los presos (Mt 25,31-46), en los sacramentos de los que él es autor, en el sacrificio de la misa y en la persona del ministro. Pero, “sobre todo, (está presente) bajo las especies eucarísticas” (SC 7).

El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. Eleva la eucaristía por encima de todos los sacramentos y hace de ella “como la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos” (S. Tomás de A., s.th. 3, 73, 3). En el santísimo sacramento de la Eucaristía están “contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero” (Cc. de Trento: DS 1651). “Esta presencia se denomina `real’, no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen `reales’, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente” (MF 39).

Mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento. Los Padres de la Iglesia afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia en la eficacia de la Palabra de Cristo y de la acción del Espíritu Santo para obrar esta conversión. Así, S. Juan Crisóstomo declara que:

No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios. Esto es mi Cuerpo, dice. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas (Prod. Jud. 1,6).

Y S. Ambrosio dice respecto a esta conversión:

Estemos bien persuadidos de que esto no es lo que la naturaleza ha producido, sino lo que la bendición ha consagrado, y de que la fuerza de la bendición supera a la de la naturaleza, porque por la bendición la naturaleza misma resulta cambiada…La palabra de Cristo, que pudo hacer de la nada lo que no existía, ¿no podría cambiar las cosas existentes en lo que no eran todavía? Porque no es menos dar a las cosas su naturaleza primera que cambiársela (myst. 9,50.52).

El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: “Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación” (DS 1642).

La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas. Cristo está todo entero presente en cada una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo (cf Cc. de Trento: DS 1641).

El culto de la Eucaristía. En la liturgia de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente en señal de adoración al Señor. “La Iglesia católica ha dado y continua dando este culto de adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la misa, sino también fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión” (MF 56).

El Sagrario (tabernáculo) estaba primeramente destinado a guardar dignamente la Eucaristía para que pudiera ser llevada a los enfermos y ausentes fuera de la misa. Por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas. Por eso, el sagrario debe estar colocado en un lugar particularmente digno de la iglesia; debe estar construido de tal forma que subraye y manifieste la verdad de la presencia real de Cristo en el santo sacramento.

Es grandemente admirable que Cristo haya querido hacerse presente en su Iglesia de esta singular manera. Puesto que Cristo iba a dejar a los suyos bajo su forma visible, quiso darnos su presencia sacramental; puesto que iba a ofrecerse en la cruz por muestra salvación, quiso que tuviéramos el memorial del amor con que nos había amado “hasta el fin” (Jn 13,1), hasta el don de su vida. En efecto, en su presencia eucarística permanece misteriosamente en medio de nosotros como quien nos amó y se entregó por nosotros (cf Ga 2,20), y se queda bajo los signos que expresan y comunican este amor:

La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración. (Juan Pablo II, lit. Dominicae Cenae, 3).

“La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento, `no se conoce por los sentidos, dice S. Tomás, sino solo por la fe , la cual se apoya en la autoridad de Dios’. Por ello, comentando el texto de S. Lucas 22,19: `Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros’, S. Cirilo declara: `No te preguntes si esto es verdad, sino acoge más bien con fe las palabras del Señor, porque él, que es la Verdad, no miente” (S. Tomás de Aquino, s.th. 3,75,1, citado por Pablo VI, MF 18):

Adoro te devote, latens Deitas,
Quae sub his figuris vere latitas:
Tibi se cor meum totum subjicit,
Quia te contemplans totum deficit.

Visus, gustus, tactus in te fallitur,
Sed auditu solo tuto creditur:
Credo quidquod dixit Dei Filius:
Nil hoc Veritatis verbo verius.

(Adórote devotamente, oculta Deidad,
que bajo estas sagradas especies te ocultas verdaderamente:
A ti mi corazón totalmente se somete,
pues al contemplarte, se siente desfallecer por completo.

La vista, el tacto, el gusto, son aquí falaces;
sólo con el oído se llega a tener fe segura.
Creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios,
nada más verdadero que esta palabra de Verdad.)

La Eucaristía, sacramento de nuestra salvación realizada por Cristo en la cruz, es también un sacrificio de alabanza en acción de gracias por la obra de la creación. En el sacrificio eucarístico, toda la creación amada por Dios es presentada al Padre a través de la muerte y resurrección de Cristo. Por Cristo, la Iglesia puede ofrecer el sacrificio de alabanza en acción de gracias por todo lo que Dios ha hecho de bueno, de bello y de justo en la creación y en la humanidad.

La Eucaristía es un sacrificio de acción de gracias al Padre, una bendición por la cual la Iglesia expresa su reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo lo que ha realizado mediante la creación, la redención y la santificación. “Eucaristía” significa, ante todo, acción de gracias.

La Eucaristía es también el sacrificio de alabanza por medio del cual la Iglesia canta la gloria de Dios en nombre de toda la creación. Este sacrificio de alabanza sólo es posible a través de Cristo: él une los fieles a su persona, a su alabanza y a su intercesión, de manera que el sacrificio de alabanza al Padre es ofrecido por Cristo y con Cristo para ser aceptado en él.

La misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros.

El altar, en torno al cual la Iglesia se reúne en la celebración de la Eucaristía, representa los dos aspectos de un mismo misterio: el altar del sacrificio y la mesa del Señor, y esto, tanto más cuanto que el altar cristiano es el símbolo de Cristo mismo, presente en medio de la asamblea de sus fieles, a la vez como la víctima ofrecida por nuestra reconciliación y como alimento celestial que se nos da. “¿Qué es, en efecto, el altar de Cristo sino la imagen del Cuerpo de Cristo?”, dice S. Ambrosio (sacr. 5,7), y en otro lugar: “El altar representa el Cuerpo (de Cristo), y el Cuerpo de Cristo está sobre el altar” (sacr. 4,7). La liturgia expresa esta unidad del sacrificio y de la comunión en numerosas oraciones. Así, la Iglesia de Roma ora en su anáfora:

Te pedimos humildemente, Dios todopoderoso, que esta ofrenda sea llevada a tu presencia hasta el altar del cielo, por manos de tu ángel, para que cuantos recibimos el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, al participar aquí de este altar, seamos colmados de gracia y bendición.

“Tomad y comed todos de él”: la comunión

1384 El Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía: “En verdad en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Jn 6,53).

Para responder a esta invitación, debemos prepararnos para este momento tan grande y santo. S. Pablo exhorta a un examen de conciencia: “Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo” ( 1 Co 11,27-29). Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.

Ante la grandeza de este sacramento, el fiel sólo puede repetir humildemente y con fe ardiente las palabras del Centurión (cf Mt 8,8): “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. En la Liturgia de S. Juan Crisóstomo, los fieles oran con el mismo espíritu:

Hazme comulgar hoy en tu cena mística, oh Hijo de Dios. Porque no diré el secreto a tus enemigos ni te daré el beso de Judas. Sino que, como el buen ladrón, te digo: Acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Para prepararse convenientemente a recibir este sacramento, los fieles deben observar el ayuno prescrito por la Iglesia (cf = CIC can. 919). Por la actitud corporal (gestos, vestido) se manifiesta el respeto, la solemnidad, el gozo de ese momento en que Cristo se hace nuestro huésped.

Es conforme al sentido mismo de la Eucaristía que los fieles, con las debidas disposiciones (cf = CIC, can. 916), comulguen cuando participan en la misa (cf = CIC, can 917. Los fieles, en el mismo día, pueden recibir la Santísima Eucaristía sólo una segunda vez: Cf Pontificia Commissio Codici Iuris Canonici Authentice Interpretando, Responsa ad proposita dubia, 1: AAS 76 (1984) 746): “Se recomienda especialmente la participación más perfecta en la misa, recibiendo los fieles, después de la comunión del sacerdote, del mismo sacrificio, el cuerpo del Señor” (SC 55).

La Iglesia obliga a los fieles a participar los domingos y días de fiesta en la divina liturgia (cf OE 15) y a recibir al menos una vez al año la Eucaristía, s i es posible en tiempo pascual (cf = CIC, can. 920), preparados por el sacramento de la Reconciliación. Pero la Iglesia recomienda vivamente a los fieles recibir la santa Eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días.

Gracias a la presencia sacramental de Cristo bajo cada una de las especies, la comunión bajo la sola especie de pan ya hace que se reciba todo el fruto de gracia propio de la Eucaristía. Por razones pastorales, esta manera de comulgar se ha establecido legítimamente como la más habitual en el rito latino. “La comunión tiene una expresión más plena por razón del signo cuando se hace bajo las dos especies. Ya que en esa forma es donde más perfectamente se manifiesta el signo del banquete eucarístico” (IGMR 240). Es la forma habitual de comulgar en los ritos orientales.

La comunión acrecienta nuestra unión con Cristo. Recibir la Eucaristía en la comunión da como fruto principal la unión íntima con Cristo Jesús. En efecto, el Señor dice: “Quien come mi Carne y bebe mi Sangre habita en mí y yo en él” (Jn 6,56). La vida en Cristo encuentra su fundamento en el banquete eucarístico: “Lo mismo que me ha enviado el Padre, que vive, y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí” (Jn 6,57):

Cuando en las fiestas del Señor los fieles reciben el Cuerpo del Hijo, proclaman unos a otros la Buena Nueva de que se dan las arras de la vida, como cuando el ángel dijo a María de Magdala: “¡Cristo ha resucitado!” He aquí que ahora también la vida y la resurrección son comunicadas a quien recibe a Cristo (Fanqîth, Oficio siriaco de Antioquía, vol. I, Commun, 237 a-b).

Lo que el alimento material produce en nuestra vida corporal, la comunión lo realiza de manera admirable en nuestra vida espiritual. La comunión con la Carne de Cristo resucitado, vivificada por el Espíritu Santo y vivificante (PO 5), conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo. Este crecimiento de la vida cristiana necesita ser alimentado por la comunión eucarística, pan de nuestra peregrinación, hasta el momento de la muerte, cuando nos sea dada como viático.

La comunión nos separa del pecado. El Cuerpo de Cristo que recibimos en la comunión es “entregado por nosotros”, y la Sangre que bebemos es “derramada por muchos para el perdón de los pecados”. Por eso la Eucaristía no puede unirnos a Cristo sin purificarnos al mismo tiempo de los pecados cometidos y preservarnos de futuros pecados:

“Cada vez que lo recibimos, anunciamos la muerte del Señor” (1 Co 11,26). Si anunciamos la muerte del Señor, anunciamos también el perdón de los pecados . Si cada vez que su Sangre es derramada, lo es para el perdón de los pecados, debo recibirle siempre, para que siempre me perdone los pecados. Yo que peco siempre, debo tener siempre un remedio (S. Ambrosio, sacr. 4, 28).

Como el alimento corporal sirve para restaurar la pérdida de fuerzas, la Eucaristía fortalece la caridad que, en la vida cotidiana, tiende a debilitarse; y esta caridad vivificada borra los pecados veniales (cf Cc. de Trento: DS 1638). Dándose a nosotros, Cristo reaviva nuestro amor y nos hace capaces de romper los lazos desordenados con las criaturas y de arraigarnos en él:

Porque Cristo murió por nuestro amor, cuando hacemos conmemoración de su muerte en nuestro sacrificio, pedimos que venga el Espíritu Santo y nos comunique el amor; suplicamos fervorosamente que aquel mismo amor que impulsó a Cristo a dejarse crucificar por nosotros sea infundido por el Espíritu Santo en nuestro propios corazones, con objeto de que consideremos al mundo como crucificado para nosotros, y sepamos vivir crucificados para el mundo…y, llenos de caridad, muertos para el pecado vivamos para Dios (S. Fulgencio de Ruspe, Fab. 28,16-19).

Por la misma caridad que enciende en nosotros, la Eucaristía nos preserva de futuros pecados mortales. Cuanto más participamos en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad, tanto más difícil se nos hará romper con él por el pecado mortal. La Eucaristía no está ordenada al perdón de los pecados mortales. Esto es propio del sacramento de la Reconciliación. Lo propio de la Eucaristía es ser el sacramento de los que están en plena comunión con la Iglesia.

La unidad del Cuerpo místico: La Eucaristía hace la Iglesia. Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada ya por el Bautismo. En el Bautismo fuimos llamados a no formar más que un solo cuerpo (cf 1 Co 12,13). La Eucaristía realiza esta llamada: “El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? y el pan que partimos ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan” (1 Co 10,16-17):

Si vosotros mismos sois Cuerpo y miembros de Cristo, sois el sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor, y recibís este sacramento vuestro. Respondéis “Amén” (es decir, “sí”, “es verdad”) a lo que recibís, con lo que, respondiendo, lo reafirmáis. Oyes decir “el Cuerpo de Cristo”, y respondes “amén”. Por lo tanto, se tú verdadero miembro de Cristo para que tu “amén” sea también verdadero (S. Agustín, serm. 272).

La Eucaristía entraña un compromiso en favor de los pobres: Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos (cf Mt 25,40):

Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano. Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aún así, no te has hecho más misericordioso (S. Juan Crisóstomo, hom. in 1 Co 27,4).

La Eucaristía y la unidad de los cristianos. Ante la grandeza de esta misterio, S. Agustín exclama: “O sacramentum pietatis! O signum unitatis! O vinculum caritatis!” (“¡Oh sacramento de piedad, oh signo de unidad, oh vínculo de caridad!”, Ev. Jo. 26,13; cf SC 47). Cuanto más dolorosamente se hacen sentir las divisiones de la Iglesia que rompen la participación común en la mesa del Señor, tanto más apremiantes son las oraciones al Señor para que lleguen los días de la unidad completa de todos los que creen en él.

Las Iglesias orientales que no están en plena comunión con la Iglesia católica celebran la Eucaristía con gran amor. “Mas como estas Iglesias, aunque separadas, tienen verdaderos sacramentos, y sobre todo, en virtud de la sucesión apostólica, el sacerdocio y la Eucaristía, con los que se unen aún más con nosotros con vínculo estrechísimo” (UR 15). Una cierta comunión in sacris, por tanto, en la Eucaristía, “no solamente es posible, sino que se aconseja…en circunstancias oportunas y aprobándolo la autoridad eclesiástica” (UR 15, cf = CIC can. 844,3).

Las comunidades eclesiales nacidas de la Reforma, separadas de la Iglesia católica, “sobre todo por defecto del sacramento del orden, no han conservado la sustancia genuina e íntegra del Misterio eucarístico” (UR 22). Por esto, para la Iglesia católica, la intercomunión eucarística con estas comunidades no es posible. Sin embargo, estas comunidades eclesiales “al conmemorar en la Santa Cena la muerte y la resurrección del Señor, profesan que en la comunión de Cristo se significa la vida, y esperan su venida gloriosa” (UR 22).

Si, a juicio del ordinario, se presenta una necesidad grave, los ministros católicos pueden administrar los sacramentos (eucaristía, penitencia, unción de los enfermos) a cristianos que no están en plena comunión con la Iglesia católica, pero que piden estos sacramentos con deseo y rectitud: en tal caso se precisa que profesen la fe católica respecto a estos sacramentos y estén bien dispuestos (cf = CIC, can. 844,4).

En una antigua oración, la Iglesia aclama el misterio de la Eucaristía: “O sacrum convivium in quo Christus sumitur . Recolitur memoria passionis eius; mens impletur gratia et futurae gloriae nobis pignus datur” (“¡Oh sagrado banquete, en que Cristo es nuestra comida; se celebra el memorial de su pasión; el alma se llena de gracia, y se nos da la prenda de la gloria futura!”). Si la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor y s i por nuestra comunión en el altar somos colmados “de toda bendición celestial y gracia” (MR, Canon Romano 96: “Supplices te rogamus”), la Eucaristía es también la anticipación de la gloria celestial.

En la última cena, el Señor mismo atrajo la atención de sus discípulos hacia el cumplimiento de la Pascua en el reino de Dios: “Y os digo que desde ahora no beberé de este fruto de la vid hasta el día en que lo beba con vosotros, de nuevo, en el Reino de mi Padre” (Mt 26,29; cf. Lc 22,18; Mc 14,25). Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía recuerda esta promesa y su mirada se dirige hacia “el que viene” (Ap 1,4). En su oración, implora su venida: “Maran atha” (1 Co 16,22), “Ven, Señor Jesús” (Ap 22,20), “que tu gracia venga y que este mundo pase” (Didaché 10,6).

La Iglesia sabe que, ya ahora, el Señor viene en su Eucaristía y que está ahí en medio de nosotros. Sin embargo, esta presencia está velada. Por eso celebramos la Eucaristía “expectantes beatam spem et adventum Salvatoris nostri Jesu Christi” (“Mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo”, Embolismo después del Padre Nuestro; cf Tt 2,13), pidiendo entrar “en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro” (MR, Plegaria Eucarística 3, 128: oración por los difuntos).

De esta gran esperanza, la de los cielos nuevos y la tierra nueva en los que habitará la justicia (cf 2 P 3,13), no tenemos prenda más segura, signo más manifiesto que la Eucaristía. En efecto, cada vez que se celebra este misterio, “se realiza la obra de nuestra redención” (LG 3) y “partimos un mismo pan que es remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre” (S. Ignacio de Antioquía, Eph 20,2).

Tagged with:
 

1. Nuestra vida espiritual presenta grandes analogías con la vida orgánica de nuestro cuerpo. En la vida natural no basta al hombre nacer y crecer, es necesario también alimentarse para conservar y aumentar las energías. Así acontece con la vida del alma. Por el Bautismo se nace a la gracia, por la Confirmación se robustece el alma. Tiene, además, necesidad del alimento que conserve y repare sus fuerzas. Y es lo que nos proporciona el Salvador por medio del Santísimo Sacramento, la Eucaristía, que es el manjar espiritual que sustenta el alma. En la Iglesia la Eucaristía es el primero y principal Sacramento. Y lo llamamos primero y principal porque es el más digno y excelente, en si mismo, en relación con los demás Sacramentos, y en relación con la vida de la Iglesia y con la vida del cristiano.

2. La Eucaristía es el más digno y excelente de los Sacramentos en sí misma, porque representa la obra maestra de Dios Todopoderoso. Es el memorial de todas las maravillas y misericordias del Señor. En la Eucaristía Dios se muestra más grande y magnífico que en la creación y que en la Encarnación. En la creación da el ser a todas las criaturas y en la Encarnación se da a sí mismo a toda la naturaleza humana, haciéndose hombre; mas en la Eucaristía se da todo a cada hombre que le recibe convirtiéndose en su alimento o substancia. La Eucaristía es a un tiempo misterio de sabiduría y omnipotencia y misterio de humildad y misericordia divinas.

3. Ostenta la Eucaristía ciertas preeminencias sobre los demás Sacramentos, ya que es el más noble y digno de ellos; así como el sol irradia luz y calor sobre las criaturas, la Eucaristía lo hace sobre los demás Sacramentos. Ellos confieren y aumentan la gracia que del sol proviene; la Eucaristía contiene al mismo Sol, a la misma fuente de gracia. Los Sacramentos producen la gracia sólo en el momento de su aplicación; el Bautismo, por ejemplo, cuando el agua se vierte sobre el bautizado pronunciando el sacerdote la fórmula “Yo te bautizo…Antes y después no hay allí nada más que agua natural. La Eucaristía conserva de modo permanente la plenitud de su ser, es fuente perenne de gracia, es el mismo Jesucristo.

4. A la Eucaristía dicen relación todos los Sacramentos como a su centro y fin inmediato. El Bautismo abre la puerta por donde entramos en la Iglesia, en donde el Padre brinda y convida a sus hijos con el banquete eucarístico. La Confirmación lo arma y robustece contra los combates de sus enemigos, preparándolo así a la fe y a la pureza de vida, que son fruto sazonado de la Eucaristía. La Penitencia y Extremaunción disponen al creyente a dignamente recibirle. El Orden Sagrado fue expresamente instituido para la confección y administración de la Eucaristía. Y finalmente el Matrimonio representa la unión de Cristo con la Iglesia, unión que nunca se realiza tan íntima y perfectamente como en la Eucaristía.

Por otra parte, la Eucaristía perfecciona y enaltece la obra de los demás Sacramentos. Ella restaura y aviva en nosotros la imagen y semejanza de Dios que reengendra el Bautismo. La Penitencia cancela los pecados cometidos después del bautismo. La Eucaristía prosigue la obra de santificación de nuestra alma, purificándola hasta de los pecados veniales, extinguiendo las raíces de la culpa y apagando en ella el fuego de la concupiscencia.

La Confirmación da fuerzas para confesar y defender la religión. La Eucaristía corrobora esa fuerza, a la cual añade la del amor, que es irresistible y dura como la muerte. La Extremaunción sostiene y ayuda al alma en el trance de la muerte, y es la Eucaristía como Viático la que la conforta y presta auxilio seguro en el viaje hacia la eternidad. A los esposos la Eucaristía también los esfuerza y anima a guardar continencia y a vivir en amor y caridad, que tanto han menester para cumplir con las normas y sacrificios propios de su estado, justamente llamado conyugio, que quiere decir común yugo. Con razón, pues, el Sacramento eucarístico se denomina cifra y compendio; centro y corona de todos los Sacramentos.

5. También respecto a la vida de la Iglesia y la vida del cristiano la Eucaristía se presenta como Sacramento altísimo y eminente. Es el centro del culto católico. Para ella se alzan las grandes basílicas y catedrales y los templos más suntuosos de la cristiandad; para ella los teólogos y los sabios han producido sus mejores composiciones; los artistas todos, pintores, escultores, orfebres, oradores, etcétera, a ella han dedicado sus más bellas inspiraciones. Y sobre todo los Santos ante la Hostia divina han quedado extáticos y arrobados con la más sublime adoración. La naturaleza ofrece igualmente a la Eucaristía el homenaje de sus maravillas y de sus bellezas: las flores, las plantas, el oro, la plata, las piedras preciosas, los mármoles y los jaspes, todo se rinde y adora a su modo al Dios de nuestro Sagrario.

La liturgia creó asimismo emotivas y misteriosas manifestaciones de culto: arcos de triunfo, procesiones, congresos, oraciones y expansiones del corazón creyente. La Eucaristía señala también el nivel de piedad y santidad de los pueblos. Donde hay vida eucarística allí florecen los Santos y las almas de acendrada devoción y contemplación altísima. Porque así como donde no alumbra ni calienta el sol dominan las tinieblas, y con la humedad se apoderan del organismo la enfermedad y el dolor, así en la vida cristiana donde el Sol de la Eucaristía no alumbra ni esplendora no reina más que la imbecilidad del entendimiento, la rebeldía del corazón y la indolencia moral más lamentable.

Nombres del Sacramento Eucarístico

6. El Sacramento Eucarístico ha recibido varios nombres a través de la historia. Se denomina, en primer término, “Eucaristía”, que quiere decir “Buena Gracia o Acción de gracias, porque al instituir Jesucristo este Sacramento dio gracias a su Padre, y los creyentes, al recibirlo, deben darlas a Dios por este don singularísimo y por todos los dones que reciben del Padre que está en los cielos. También se denomina “Comunión”, bien porque significa la unión de todos los fieles entre sí y con Jesucristo su Cabeza, bien porque los cristianos solían reunirse en lugar determinado para celebrar este misterio de Unión (Synaxis). Las espigas y el racimo, resultado de tantos granos con vida independiente, representan a maravilla la Unión Eucarística. Recibió, asimismo, el nombre de “Cena del Señor” por haberla instituido Cristo en su última Cena. Y llamóse también Fractio Panis porque al partir el pan descubrióse Jesús a sus discípulos en Emaús. “Pan de Vida”, porque así lo llamó el Señor en el sermón de la Promesa, y “Pan de Ángeles”, por la pureza que engendra, y, finalmente, se le dio el nombre de “Viático” porque sustenta al alma en el camino de la vida presente y sobre todo en el último viaje a la eternidad.

Se le conoce de ordinario con el nombre de Sacramento del Amor porque en él, según enseña el Concilio de Trento, escanció Cristo las riquezas de su amor a los hombres. Y, finalmente, se le denomina comúnmente Santísimo Sacramento por su excelsitud entre los demás Sacramentos y por sus efectos admirables en la santificación de las almas.

Figuras eucarísticas

7. La Eucaristía, don excelentísimo y misterio insondable, estuvo prefigurada de varias maneras en el Antiguo Testamento. Principalmente:

A) Por razón de la materia, en el pan y vino que ofreció Melquisedec, rey de Salem, en acción de gracias por la victoria que alcanzó Abraham sobre los reyes orientales; en los Panes de la Proposición, que se colocaban sobre la mesa de oro en el Sancta sanctórum y se ofrecían al Señor junto con vino e incienso; en el pan subcinericio o torta que robusteció y dio alientos al profeta Elías para caminar cuarenta días hasta el monte santo de Dios.

B) Por razón del manjar contenido, en el cordero pascual, que comían los hebreos cada año en memoria de la liberación de la esclavitud de Egipto; en el sacrificio, o mejor, inmolación de Isaac intentada por Abraham sobre el monte de los Amorreos.

C) Finalmente, por los efectos que produce, en el árbol de la vida, cuyo fruto preservaba de las enfermedades y de la muerte; en el maná celestial que caía cada día del cielo y a cada uno sabía según su paladar. Se representaba también en otras muchas figuras menos interesantes.

Fines de la Eucaristía

8. Los fines por los cuales instituyó Jesucristo la Eucaristía son tres principalmente:

I.) En la Eucaristía Jesús es nuestro compañero: Real presencia de Jesús en este Sacramento.

II.) Jesús es nuestro alimento: La Sagrada Comunión.

III.) Jesús se inmola como víctima sobre el ara de nuestros altares: La Santa Misa.

La real presencia de Cristo en la Eucaristía

9. En la antigüedad negaron principalmente el dogma de la real presencia de Cristo en la Eucaristía los docetas, que no admitían la realidad de la carne en el cuerpo de Cristo. Más tarde, en el siglo IX, Berengario lo impugnó igualmente, pero retractóse luego por dos veces públicamente y murió dentro de la fe católica. Después los protestantes, que explicaron de diferente manera el pasaje bíblico de la institución de la Eucaristía. Y, finalmente, los racionalistas y modernistas de nuestros días, que no ven en la Eucaristía sino un símbolo o memorial de la Pasión.

10. La verdadera doctrina de la Iglesia acerca de la real presencia de Jesucristo en la Eucaristía exprésala el sagrado Concilio de Trento: “En la Eucaristía se contiene verdadera, real y substancialmente -vere, realiter et substantialiter- el cuerpo y la sangre junto con el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, no en señal, ni en figura, ni en virtud.” Los teólogos explican esta definición del Concilio afirmando que Jesucristo se contiene en la Eucaristía, no en señal, como, por ejemplo, la bandera de la nación representa a la patria, sino verdaderamente. Se contiene realmente, no en figura, como una imagen o estampa de la persona a quien se quiere honrar, verbigracia, la imagen de una moneda que representa al rey o jefe de Estado. Se contiene substancialmente, no en su virtud, como el sol está en la tierra por su calor y sus efectos, sino verdaderamente, como suenan las palabras, allí hay cuerpo, sangre, alma y divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

Pruebas de la real presencia

11. La real presencia de Jesús en la Eucaristía se prueba únicamente por las palabras del mismo Jesucristo, así en el sermón de la Promesa (Jn., cap. 6), como en el acto de la institución, y por el testimonio unánime de la tradición cristiana. Todos estos argumentos no forman sino una sola prueba sobre el misterio de la real presencia de Jesús en la Eucaristía: la afirmación del Divino Maestro.

Jesús promete la Eucaristía

12. El divino Salvador prepara el ánimo de sus oyentes a la fe en el misterio eucarístico con el milagro de la multiplicación de los panes y con el caminar sobre las aguas, mostrándose así dueño y señor de la naturaleza. De seguro la mejor disposición para admitir la verdad de la Eucaristía es la fe. Y luego claramente les dice Jesús: “Yo soy el pan de la vida.” (Jn., 6, 35.) “El pan que yo os daré es mi carne, la cual da la vida al mundo.” (Jn., 6, 52.) Como los judíos se mostrasen sorprendidos acerca del sentido de sus palabras; “¿cómo, se decían, puede éste darnos a comer su carne?” (Jn., 6, 53), el Señor afirma su pensamiento: “En verdad, en verdad os digo, si no comiereis la carne del Hijo del Hombre y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros.” (Jn., 6, 54.)

Y da la razón de su aserto: “Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.” (Jn., 6, 56.) Y a pesar de que sus oyentes no disimulan su repugnancia a creer sus palabras: “durus est hic sermo” (Jn., 6, 61), Jesús ratifica el sentido de sus afirmaciones: “El pan que yo os daré es mi carne y la bebida es mi sangre. Y si no comiereis mi carne y bebiereis mi sangre, no tendréis la vida eterna.” Comenzaron entonces a desfilar a la desbandada. Y Jesús se dirige a los suyos, diciéndoles: “¿Y vosotros también os queréis marchar?” Respondió Simón Pedro en nombre de todos: “¿Adónde iremos nosotros? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres Cristo, el Hijo de Dios.” Y hubiera consentido Jesús que se marchasen los suyos, antes que ver torcido o trocado el sentido de sus palabras.

La institución

13. Las palabras que usó Jesús al instituir este adorable Sacramento son claras y perentorias y no admiten interpretación figurada. Los tres evangelistas sinopticos (Mateo, Marcos, Lucas) lo refieren con las mismas palabras (Mt., 26, 26 y sigs.; Mc., 14, 22 y sigs. Lc., 22, 15 y sigs.). Jesús consagrando el pan afirmo: “Éste es mi cuerpo”, y al consagrar el vino: “Ésta es mi sangre, del Nuevo Testamento, que por vosotros se derramará.” Ahora bien, la palabra de Dios es eficaz y omnipotente para obrar lo que significa. Luego en la Eucaristía está el cuerpo y la sangre de Jesucristo.

Y las palabras de Jesús no pueden entenderse de otra manera. El contexto nos dice que el cuerpo de que se trata es el mismo que va a ser sacrificado por ellos, -Quod pro vobis tradetur-, y su sangre la que será derramada, -Qui pro vobis eflundetur-. Jesucristo, no hay duda, inmoló su cuerpo y derramó su sangre. Las circunstancias en que Jesucristo hizo tales afirmaciones declaran igualmente el sentido real y propio que intentamos:

a) En su última cena, antes de su muerte;

b) Extendiendo su testamento, mi sangre del Nuevo Testamento;

c) En prenda de su perpetuo y acendrado amor.

La inteligencia que de tales palabras dejaron los apóstoles, especialmente el apóstol San Pablo (1 Cor. 11), el cual asegura que todo aquel que coma este pan y beba este vino indignamente, se hace reo del cuerpo y de la sangre del Señor. El que insulta la imagen y no a la persona, no es reo de lesa majestad. Examine cada uno, prosigue San Pablo, su conciencia, y así acérquese a comer de aquel pan y a beber de aquel cáliz. Si en la Eucaristía no se contiene más que la imagen de Jesús, bastaría un acto de fe para comerla, como basta contemplar el Crucifijo. Además no se ve la razón por que la carne que Jesucristo aquí nos impone como manjar o pan de vida sea distinta de la que tomó el Verbo de Dios en las entrañas de María, siendo verdad admitida por todos los teólogos que la Eucaristía es una continuación de la Encarnación -extensio Incarnationis-. Es, pues, la palabra de Jesús la que nos fuerza a creer en su real presencia en la Eucaristía.

La tradición cristiana

14. En los primeros siglos del cristianismo apenas se conoce quién haya impugnado el dogma de la real presencia. Los Padres y escritores de la primitiva Iglesia la atestiguan y suponen en sus escritos. La autoridad de todas las liturgias antiguas, las pinturas de las catacumbas, en donde tanto abunda el pez con la espuerta a las espaldas, y todas las cristiandades antiguas en este punto convienen.

La Didaché, a fines del siglo I, afirma que del pan y del vino sólo pueden participar los bautizados. En el siglo II, San Justino asegura que la Eucaristía no se hace con pan y vino comunes. San Ireneo y Orígenes demuestran la incorrupción de nuestra carne por el cuerpo y la sangre de Jesucristo, que toma el cristiano. San Cipriano atestigua que una comunión indigna es mayor crimen que negar a Dios con la boca. La liturgia cristiana, así griega como latina, legítima expresión de la fe, constituye un grave y antiguo argumento a favor de la real presencia, puesto que supone la fe del pueblo cristiano en ella. San Clemente Romano afirma que al dar la Comunión el sacerdote decía panis Christi y el recipiente respondía: amen. Y lo mismo sucedía con el cáliz.

El consentimiento de todas las iglesias antiguas esparcidas por las regiones de Oriente, nestorianos, eutiquianos, armenios, sirios, griegos, etc., los cuales han creído y creen en el misterio de la Eucaristía en el sentido cristiano. Algunos teólogos añaden en comprobación de la real presencia de Jesús en la Eucaristía los innumerables milagros que traen las historias obrados por Jesucristo oculto en la sagrada Hostia. Concluyamos con Santo Tomás: Creo en la real presencia, porque así lo ha enseñado el Hijo de Dios; nada hay más firme que esta verdad. “Nihil hac veritate verius.”

¿Cómo Jesucristo se hace presente en la Eucaristía?

15. Presupuesta la real presencia de Cristo en la Eucaristía, conviene examinar ahora cómo se pone en ella. Algunos autores han errado también sobre ese punto. Berengario aseguraba que permanecía allí el pan y el vino junto con Cristo. Lutero no se preocupaba del modo y entendía que el Evangelio debía interpretarse como adverbio de lugar: aquí, en este lugar, está mi cuerpo. Osiander enseñó la impanación, o sea la unión hipostática con el pan y con el vino. La Iglesia Católica creyó siempre y definió por el sagrado Concilio de Trento que Cristo se hace presente en la Eucaristía por la transubstanciación. Es necesario explicar esta palabra.

Transubstanciación quiere decir conversión de toda la substancia del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, permaneciendo sólo los accidentes o apariencias, los cuales caen solamente bajo los sentidos, el color, el sabor, etcétera. No queda, pues, nada en la Eucaristía de la substancia del pan y del vino. Este concepto es el resultado de la inteligencia obvia y recta de la institución eucarística. Jesucristo, al instituir el Sacramento, dijo: “Esto -es decir: lo que tengo en mis manos, la substancia de pan- es mi cuerpo.” Luego aquella substancia de pan dejaba de ser tal para trocarse en cuerpo de Cristo. Lo mismo decimos de la sangre.

16. ¿Cómo se realiza ese cambio de substancia? Para Dios no hay ninguna cosa imposible. Con su palabra sacó de la nada todas las cosas -ipse dixit et facta sunt-. Con sus manos formó una estatua humana y le infundió el hálito de vida, esto es, el alma. El Señor hizo que se cambiase la vara de Moisés en serpiente, y hace manar agua de la piedra y muda el agua en vino en las bodas de Caná, multiplica los panes en el desierto, etc. Dios puede producir por sí mismo los efectos que producen las causas segundas. Así creó al hombre sin pasar por la ley de la generación. Y de la misma manera puede hacer que se mantengan los accidentes de pan y de vino sin su propia substancia.

Se dan ciertas analogías en la naturaleza con el caso eucarístico. En la petrificación, por ejemplo, la substancia de un animal, del pez, de la serpiente, del caracol, se cambia totalmente en piedra, permaneciendo, no obstante, su figura anterior. Un tronco de árbol se cambia en piedra de modo que sus fibras más sutiles y delicadas aparecen y son verdadera piedra. Por semejante manera Jesucristo se contiene real y substancialmente en la Eucaristía, permaneciendo sólo las especies o apariencias de pan y de vino.

17. En todas las Hostias consagradas del mundo está viviente Jesucristo, el que nació de la Virgen María y está ahora gozando en el cielo. Es de fe porque Jesucristo dijo a todos los presentes: “Tomad y comed, éste es mí cuerpo”, y a todos comulgó, ya que en todos los panes estaba realmente presente. He aquí el primero y principal milagro que entraña la Eucaristía: la simultaneidad de presencia. A varios Santos ha concedido el Señor el don de la bilocación. San Antonio de Padua estuvo a un tiempo predicando en un pueblo de Italia y defendiendo a su padre ante los tribunales en otro de Portugal. A San Alfonso Maria de Ligorio se le vio cabizbajo y sin hablar por espacio de dos días en su comunidad, y cuando se rehizo le preguntaron cómo había sido eso, a lo que él respondió: “He estado asistiendo al Papa.” Así sucedió efectivamente. Lo mismo pudo Dios obrar este milagro de simultaneidad, quedándose en cada Hostia por amor de los hombres. El pensamiento entero se comunica a cada uno de los interlocutores, aunque sean innumerables los que escu­chan. Así se contiene Jesucristo en cada forma a la cual ha alcanzado la consagración.

¿Cristo todo entero está presente en cada una de las especies?

18. El que come indignamente mi cuerpo y bebe mi sangre, afirma San Pablo hablando de este misterio -1 Cor., 18, 29-, come y bebe su condenación y se hace reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Luego en el cuerpo solo está todo Jesucristo y también en la sangre sola. El Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad son inseparables en Cristo, después de haber resucitado. Si no estuviese todo Cristo en cada una de las especies, Cristo en la Eucaristía moriría al separarse la sangre del cuerpo y de éstos el alma y de todos la divinidad. Pero Cristo resucitado ya no vuelve a morir, según nos enseña la fe; tiene, por consiguiente, que estar entero en cada una de las especies sacramentales.

¿Está igualmente que en toda especie, en cualquier parte de las especies?

19. Al que el alma, siendo una sola, está en cualquier parte del cuerpo y en todo él, así Jesucristo está en cualquier parte de las especies consagradas. Y está de la misma manera en cada una de las partes consagradas en que se divida la Hostia. Los apóstoles bebieron todos del mismo cáliz, obedeciendo a la invitación de Cristo. “Y bebieron de él todos.” Sería absurdo afirmar que ellos no recibieron por igual a Cristo en la Cena. Tertuliano asegura: “Una migaja de este pan puede santificar a miles y millones de almas.”

20. La substancia del pan y del vino estaba también antes de la consagración en cada parte o partícula de los mismos. Lo mismo está Jesucristo en la Eucaristía. Si partís en varias partes un espejo, vuestro rostro se reflejará por entero en cada una de ellas. Algo de eso es lo que acontece con la presencia de Jesús en la Eucaristía.

21. Lo mismo que la substancia bajo los accidentes, puede permanecer Cristo presente en todas las partículas de Hostia consagrada. El cuerpo de Cristo en la Eucaristía no es pasible, sino glorioso e inmortal, como está en el cielo. Los paisajes y panoramas que ofrece la naturaleza se restringen por el sentido de la vista hasta encerrarlos en la retina.

¿Puede llamarse la Eucaristía Sacramento perenne?

22. En cuanto allí está presente Jesucristo mientras duran sin corromperse las especies sacramentales, puede decirse sacramento perenne. El Jueves Santo se conserva el Santísimo Sacramento todo el día en la urna y el Viernes se consume sin nueva consagración. La Eucaristía fue instituida a manera de comida, y toda comida por su misma naturaleza es algo permanente.

El culto de Jesús en la Eucaristía

23. Hay que honrarlo con el culto de latría, que es el que a Dios corresponde. Jesucristo, en la Hostia consagrada presente, se merece el culto de adoración propiamente dicha. Las especies sacramentales no exigen, según la común doctrina de los teólogos, más veneración que la que se tributaría a los vestidos que cubrieron la carne virginal de Jesús durante su vida.

Dios debe ser adorado donde se hallare con el culto que al Ser Supremo compete. Y como se halla realmente presente en la Eucaristía, por eso le conviene la adoración propiamente dicha, o sea, el culto de latría. Según San Pablo, hasta el nombre de Jesús merece la adoración en su sentido propio: “In nomine Jesu omne genuflectatur.” (Fil. 2, 10) Con mucha más razón la Eucaristía. San Agustín escribió: “Nadie se acerque a comer de esta carne sin adorarla primero.”

24. Consecuencias que se siguen del dogma de la real presencia de Jesús en la Eucaristía:

a) Que es legítima y provechosa a las almas la costumbre litúrgicamente recomendada de exponer solemnemente la Sagrada Eucaristía. Así, Jesús se resarce de las injurias, menosprecio y olvido que sufre en el Sacramento del Amor. Así se le tributan públicamente los honores que se merece. Y los fieles se acercan más y más al trono de la gracia a recibir las bendiciones del Señor.

b) Mucho más puesta en razón se ve la institución de la fiesta del Corpus Christi, para dar a Dios públicas gracias por tan soberana institución; para expresar el triunfo de Jesús sobre sus adversarios, y para acrecentar la piedad de los fieles creyentes.

Que se debe propagar con grande encarecimiento la práctica de visitar a menudo a Jesús Sacramentado. Dios se ha quedado perpetuamente con nosotros en la Eucaristía: como Señor, para recibir nuestras adoraciones y ho­menajes; como bienhechor, para otorgarnos nuevas gra­cias y favores; como amigo, para testimoniar el amor que nos profesa y recibir el que nosotros a Él le debemos; en fin, como ejemplar de todas las virtudes que tenemos obli­gación de practicar y que Él nos enseña. Ningún medio más eficaz y a propósito que las frecuentes visitas a Jesús Sacramentado para sacar fruto práctico y aprovechar en las virtudes cristianas y embriagar nuestras almas en su amor.

25. Otros deberes que impone al creyente la real presencia de Jesús en la Eucaristía. 1) Encerrado en el Sagrario:

a. Debe el cristiano visitarlo a menudo, considerando que allí está nuestro amigo, nuestro bienhechor, nuestro padre, nuestro maestro y nuestro Dios.

b. Hacer cumplidamente las genuflexiones e inclinaciones al pasar delante de Él y estar en su presencia con el debido respeto.

c. Cooperar según sus fuerzas a su culto y al decoro y limpieza de su altar, vasos sagrados y, en general, del ornato de su iglesia.

26. 2) En la iglesia, fuera del Tabernáculo:

a) Adorarlo debidamente y sentir complacencia de hallarse ante Su Divina Majestad, evitando toda distracción y falta de modestia y respeto. A los fieles que, dentro de la iglesia, adoren brevemente al Santísimo Sacramento, concede la Iglesia trescientos días de indulgencia. Y si rezasen la Estación al Santísimo, indulgencia de diez años.

b) Creer un honor acudir a su adoración en las Cuarenta Horas, asistir a la Bendición solemne del Santísimo Sacramento y a la Exposición mayor. Los que visitaren al Santísimo solemnemente expuesto durante las Cuarenta Horas, tienen concedida indulgencia de quince años, e indulgencia plenaria confesando y comulgando cada día de la Exposición. Sólo en la eternidad conoceremos lo que vale una bendición con Jesús en el divino Sacramento.

27. 3) Fuera de la iglesia o en la calle:

a) En la procesión del Corpus uniéndose al triunfo de Jesús en la Eucaristía, y en cuanto a nosotros atañe, arreglando bien las calles y lugares por donde el divino Prisionero ha de pasar triunfalmente y adornando cuanto podamos las fachadas y lugares públicos que nos pertenecen.

b) Fomentando con decisión y espíritu de sacrificio los Congresos, Asambleas y Reuniones Eucarísticas y contribuyendo según la menté de la Iglesia a difundir el reinado de Jesús en la Eucaristía por todos los medios a nuestro alcance: Hay que estar dispuestos a derrochar en su organización y encarecimiento oraciones, sacrificios, limosnas y propaganda sin límites. Las gracias y bendiciones de Dios no descienden del cielo si no es por medio de Jesús en la Eucaristía, verdadero Mediador entre el cielo y la tierra y Cordero de Dios que borra los pecados del mundo.

c) Cuando lo llevan como Viático, es de buenos cristianos acompañarlo hasta el domicilio del enfermo, o al menos salir a su encuentro para adorarlo, pedirle por la salud y alivio del paciente y contribuir a que el Señor sea siempre bien hospedado. La Iglesia ha enriquecido con indulgencias a los que por devoción y caridad acompañan al Santísimo Viático. Concede siete años de indulgencia a los que acompañaren el Viático con antorcha en la mano, y tres años al que no pudiendo él hacerlo envíe otra persona en su puesto. Son muchos los reyes y príncipes que se han sentido honrados en seguir al sacerdote que llevaba en sus manos el Santo Viático.

Un santo obispo de América cuenta haber visitado un pueblecito, en el cual todas las puertas de las viviendas estaban orientadas de manera que desde ellas se podía ver cómodamente la puerta de la iglesia. Los habitantes de dicho poblado acostumbraban visitar a menudo al Santísimo Sacramento y, cuando no podían hacerlo, se contentaban con mirar a la iglesia donde se guardaba su tesoro: la Hostia Santa. Sabían muy bien y apreciaban lo que vale estar en compañía de Jesús, quien se ha quedado en la Eucaristía para ser nuestro Compañero y Amigo. “Mis delicias son estar con los hijos de los hombres”, ha dicho Jesús, y la Eucaristía es buena prueba de esa verdad y es la mejor demostración de ese acendrado y divino amor.
De la Santa Misa y cómo se ha de oír
por San Francisco de Sales

No te he hablado aún del sol de los Ejercicios espirituales, que es el santísimo y soberano Sacrificio de la Misa, centro de la Religión cristiana, alma de la devoción, vida de la piedad, misterio inefable que comprende el abismo de la caridad divina, por el cual, Dios, uniéndose realmente a nosotros, nos comunica con magnificencia sus gracias y favores.

La oración, unida con este divino Sacrificio, tiene una indecible fuerza, de modo que por este medio abunda el alma de celestiales favores, como apoyada sobre su amado, el cual la llena tanto de olores y suavidades espirituales, que parece una columna de humo producida de las maderas aromáticas de mirra y de incienso y de todos los polvos que usan los perfumadores, como se dice en los Cantares.

Procura, pues, con toda diligencia oír todos los días Misa para ofrecer con el sacerdote el sacrificio de tu Redentor a Dios, su Padre, por ti y por toda la Iglesia. Allí están presentes muchos ángeles, como dice San Juan Crisóstomo, para venerar este santo misterio; y así, estando nosotros con ellos y con la misma intención, es preciso que con tal compañía recibamos muchas influencias propicias. En esta acción divina se vienen a unir a nuestro Señor los corazones de la Iglesia triunfante y los de la Iglesia militante, para prendar con El, en El y por El el corazón de Dios Padre, y apoderarse de toda su misericordia. ¡Oh, qué felicidad es para un alma contribuir devotamente con sus afectos a un bien tan necesario y apetecible!

Si por algún estorbo inexcusable no puedes asistir corporalmente a la celebración de este soberano Sacrificio, a lo menos envía allá tu corazón, asistiendo espiritualmente. Para esto, a cualquiera hora de la mañana mira con el espíritu a la Iglesia, ya que no puedes de otro modo; une tu intención con la de todos los cristianos y haz desde el lugar en que te halles los mismos actos interiores que harías si te hallases realmente presente en la iglesia al santo Sacrificio.

Para oír Misa como conviene, ya sea real, ya espiritualmente, has de seguir este método:

* Desde el principio has que el sacerdote sube al altar prepárate juntamente con él, lo cual harás poniéndote en la presencia de Dios, reconociendo tu indignidad y pidiéndole perdón de tus defectos.
* Desde que el sacerdote suba al altar hasta el Evangelio, considera sencillamente y en general la venida de nuestro Señor al mundo y su vida en él.
* Desde el Evangelio, hasta concluido el Credo, considera la predicación del Salvador, protesta que quieres vivir y morir en la fe y obediencia a su santa palabra y en la unión de la Santa Iglesia Católica.
* Desde el Credo hasta el Pater noster contempla con el espíritu los misterios de la Pasión y muerte de nuestro Redentor, que actual y esencialmente se representan en este santo Sacrificio, que has de ofrecer, juntamente con el sacerdote y con el resto del pueblo, a Dios Padre para honra suya y salvación de tu alma.
* Desde el Pater noster hasta la Comunión, esfuérzate a excitar en tu corazón muchos y ardientes deseos de estar siempre junta y unida a nuestro Señor con un amor eterno.
* Desde la Comunión hasta el fin, da gracias a su Divina Majestad por su encarnación, vida, Pasión y muerte, y por el amor que nos muestra en este santo Sacrificio, pidiéndole por él que te sea siempre propicio a ti, a tus parientes, a tus amigos y a toda la Iglesia, y humillándote de todo corazón recibe devotamente la bendición divina que te da nuestro Señor por medio de su ministro.

Pero si quieres tener mientras la Misa la meditación de los misterios que vas siguiendo por orden todos los días, no es necesario que te diviertas en hacer estos actos particulares: bastará que al principio hagas intención de que el ejercicio de meditación y oración que tienes sirva para adorar y ofrecer este santo Sacrificio, puesto que en cualquiera meditación se encuentran los actos arriba dichos o ya expresos, o a lo menos implícita y virtualmente.

Ya en el Antiguo Testamento se dieron de modo muy significativo las grandes asambleas del pueblo de Israel, como en Ex 19-24, 1 Re 8 y Neh 8-9. En el Nuevo Testamento la convocatoria se produce en torno a Cristo Jesús y se llama sobre todo “Iglesia”, “Ekklesia”, pueblo congregado, y desde la primera generación es una realidad importante en el conjunto de la vida cristiana. Sobre todo en la convocatoria de la Eucaristía dominical.

La motivación no sólo es pedagógica, sino mas bien teológica: “En la celebración de la Misa los fieles forman la nación santa, el pueblo adquirido por Dios, el sacerdocio real”.

Cristo prometió: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20); esta es la razón fundamental de la dignidad de la asamblea litúrgica; es signo eficaz de la presencia de Cristo. A la vez es la realización concentrada de toda la Iglesia: “En la asamblea que se congrega para la Misa…se hará visible la Iglesia constituida en su diversidad de órdenes y misterios”. Además la misma asamblea es la que, bajo la presidencia del ministro que la completa en nombre de Cristo, celebra la Eucaristía: ” En la Misa o Cena del Señor, el pueblo de Dios es convocado, bajo la presencia del sacerdote, que hace presente a Cristo en persona, para celebrar el memorial del Señor o sacrificio eucarístico”.

Por eso, al reformar las celebraciones sacramentales, y también la Liturgia de las Horas, se ha tomado como uno de los criterios fundamentales el favorecer por todos los medios la participación activa por parte de toda la asamblea reunida, cuidando de modo especial lo más propio de ella; la escucha atenta, la oración y el canto en los momentos oportunos, las acciones sacramentales en las que participa, las exclamaciones y los diálogos.

  • Página 1 de 2
  • 1
  • 2
  • >