Por P. Flaviano Amatulli Valente, fmap,

No hay estadísticas precisas, pero el éxodo de católicos hacia los más variados grupos religiosos proselitistas está en franco crecimiento. Unos 40 millones de católicos han dejado nuestra Iglesia. ¿Por qué se van con tanta facilidad? Al parecer nuestra catequesis, más que formar debidamente al católico, parece una escuela de desertores.

¿Qué les proporcionan a los católicos, que los sacan de la Iglesia donde han crecido y en la cual han recibido los sacramentos? He aquí un intento de solución, en espera de mayores profundizaciones:

1. Un encuentro personal con la Biblia, con la Palabra de Dios, pero de manera vivencial, no meramente académica.
2. Una cierta experiencia de Dios, buscada sistemáticamente.
3. Una entrega personal a Cristo, al que llegan a reconocer y aceptar explícitamente como el único Salvador y el único Señor.
4. La pertenencia a una comunidad cristiana, donde es atendido de manera personalizada por un pastor, que lo conoce y se preocupa por él.
5. La posibilidad de participar activamente en el apostolado. Cada uno se siente misionero, co-responsable de la Gran Comisión encomendada por Jesús a sus discípulos (Mc 16, 15; Mt 28, 18-20).
6. Una aparente respuesta bíblica a las supuestas “desviaciones” católicas, tales como el uso de imágenes religiosas, la confesión con un sacerdote, la devoción a María y a los santos…
7. Un entrenamiento y una vivencia de la oración desde el primer encuentro, en un clima de confianza.
8. Cercanía en situaciones límite: enfermedad o muerte de un ser querido, problemas económicos, etc.

El P. Flaviano Amatulli Valente, fmap, ha hablado desde hace años de las cinco banderas de la Iglesia Católica, es decir, cinco ideales y actitudes que explican el crecimiento de la Iglesia en sus primeros siglos de existencia, y que en la praxis actual hemos descuidado: La Palabra de Dios es para todos; la experiencia de Dios es para todos; la entrega personal a Cristo es para todos; la vida en comunidad es para todos y la misión es para todos. Como pueden ver, son las primeras cinco de nuestra lista.

Pues bien, el Documento de Aparecida, las presenta de esta forma:

“Hemos de reforzar en nuestra Iglesia cuatro ejes:

* a) La experiencia religiosa. En nuestra Iglesia debemos ofrecer a todos nuestros fieles un “encuentro personal con Jesucristo”, una experiencia religiosa profunda e intensa, un anuncio kerigmático y el testimonio personal de los evangelizadores, que lleve a una conversión personal y a un cambio de vida integral.

* b) La vivencia comunitaria. Nuestros fieles buscan comunidades cristianas, en donde sean acogidos fraternalmente y se sientan valorados, visibles y eclesialmente incluidos. Es necesario que nuestros fieles se sientan realmente miembros de una comunidad eclesial y corresponsables en su desarrollo. Eso permitirá un mayor compromiso y entrega en y por la Iglesia.

* c) La formación bíblico-doctrinal. Junto con una fuerte experiencia religiosa y una destacada convivencia comunitaria, nuestros fieles necesitan profundizar el conocimiento de la Palabra de Dios y los contenidos de la fe, ya que es la única manera de madurar su experiencia religiosa. En este camino, acentuadamente vivencial y comunitario, la formación doctrinal no se experimenta como un conocimiento teórico y frío, sino como una herramienta fundamental y necesaria en el crecimiento espiritual, personal y comunitario.

* d) El compromiso misionero de toda la comunidad. Ella sale al encuentro de los alejados, se interesa por su situación, a fin de reencantarlos con la Iglesia e invitarlos a volver a ella.” (Documento de Aparecida 226).

¿Qué esperamos para iniciar de manera sistemática y consciente la recuperación de estos grandes ideales, que nos permitan la atención personalizada de todo bautizado?

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Si nos damos cuenta, la Virgen María siempre aparece en momentos muy puntuales pero claves. Aparece, como es lógico, antes de la encarnación, después de quedar embarazada y en el alumbramiento. Luego aparece (Luc 2,41-52) cuando Cristo cumple la mayoría de edad espiritual para los judíos (12 años) haciéndole observaciones que más parecen una reprimenda de una madre asustada que otra cosa. Cuando Jesús le responde, ella, a pesar de no entender bien, guardó todo en su corazón. Por cierto que Jesús se sujetó tanto a ella como a José cuando regresaron de Jerusalen. También aparece en el comienzo del ministerio de Cristo cuando le pide que realice el milagro de la conversión del agua en vino. Otra vez la responde Cristo de una manera que parece cortante pero ¡mirad qué curioso!…. al final accede a lo que ella le había pedido y realiza el milagro (Juan 2,1-11) que, ¡¡curiosamente!!, es descrito por Juan como el “principio de señales” de Cristo. También aparece en la cruz, donde ya sabemos lo que pasó. Pensemos que Juan fue el único apóstol que permaneció fiel a Cristo estando a su lado en la cruz. Pedro le había negado poco antes. El resto andaban escondidos. En cierta forma Juan representa a todo discípulo amado que es fiel al Señor en medio de los momentos más difíciles. El que en ese momento Cristo le entregue María a Juan como madre y, no se nos olvide, entregue Juan a María como hijo…… pues es una de esas cosas que, siguiendo el propio ejemplo de la virgen, hay que guardar en el corazón para meditar sobre ellas. Desde luego, como bien sabemos, nada está en la Biblia por casualidad. Algo quiso mostrar el Señor con ese gesto. Y lo hizo justo en el momento en que estaba ofreciéndose como sacrificio propiciatorio por nuestros pecados, así que sea lo que sea aquello que quiso mostrar con esa entrega de su madre, desde luego ha de ser muy importante.
Y para completar sus apariciones en momentos claves, la tenemos en Pentecostés. Conviene recordar que ella ya había sido llena del Espíritu Santo para poder concebir a Cristo en su seno.
Su unión con el Espíritu Santo fue de tal magnitud que concibió al Hijo de Dios y yo me pregunto, ¿acaso no es eso lo que debe de ocurrir en la vida de los cristianos de manera que nuestra comunión con el Espíritu Santo haga que Cristo crezca en nosotros? Como ya he comentado en alguna ocasión, María es todo lo que la Iglesia ha de ser, todo lo que los cristianos hemos de ser.
Si la Iglesia es santa y pura (a pesar de los pecados de sus miembros), María es santa y pura por la gracia de Dios. Si los cristianos hemos de ser esclavos del Señor, María se confiesa como la esclava de Dios. Si los cristianos hemos de ser bienaventurados, ella es la siempre bienaventurada. Y si los que guardamos los mandamientos de Dios somos las madres y los hermanos de Cristo, ella es madre, hermana e hija de Dios. Pero aún más. Ella es, según Apocalipsis 12,17, la madre de los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo.

María, regalo de Dios

Por eso, cuando hace no mucho una hermana me preguntaba “¿qué se están perdiendo los protestantes respecto a María?” le respondí:

Podrías preguntárselo a Elisabet
Lucas 1,41-43
Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo, y exclamó a gran voz, y dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.

Fíjate en varias cosas:
1- Es la voz de María la que hace saltar al pequeñajo Juan el bautista en el vientre de su propia madre. Es justo al oir esa voz cuando Elisabet fue llena del Espíritu Santo……. interesante, ¿no?
2- Elisabet bendice, no en un tono suave sino a voz en grito, tanto a la Madre como al Hijo de la madre. Tanto a María como al fruto de su vientre que es Jesús.
3- Elisabet considera que es un don el que María venga a ella. María es, por tanto, un regalo de Dios. Eso es dicho por una mujer llena del Espíritu Santo.

Por eso, cuando preguntas qué es lo que se están perdiendo los protestantes tengo que responderte que se están perdiendo uno de los regalos más maravillosos que Dios puede dar a nadie quitando el de la propia salvación y la adopción como hijos suyos. María es un regalo de Dios a Elisabet cuando Cristo está en el seno de la Virgen. María es un regalo de Cristo al discípulo amado cuando está sufriendo en la cruz. Rechazar ese regalo porque algunos hayan hecho, supuestamente, un uso abusivo de él, me parece poco inteligente. Pero es que muchos están cegados y no son capaces de captar que la maternidad de María es un don de Dios para los creyentes. Y como todo don que viene de Él, nunca puede ser para perjuicio de su gloria o menoscabo de su divinidad sino todo lo contrario.

Bienaventurada seas María, Madre de nuestro Salvador y Madre nuestra, por los siglos de los siglos.

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