La paciencia, según San Agustín, es «la virtud por la que soportamos con ánimo sereno los males». Y añadía: «no sea que por perder la serenidad del alma abandonemos bienes que nos han de llevar a conseguir otros mayores». Esta virtud lleva a soportar con buen ánimo, por amor a Dios, sin quejas, los sufrimientos físicos y morales de la vida.

Frecuentemente tendremos que ejercerla sobre todo en lo ordinario, quizá en cosas que parecen triviales: un defecto que no se acaba de vencer, aceptar que las cosas no salgan como nosotros querríamos, los imprevistos que surgen, el carácter de una persona con la que hemos de convivir en el trabajo, gentes bien dispuestas pero que no entienden, aglomeraciones en el tráfico, retraso de los medios públicos de transporte, llamadas imprevistas que impiden terminar el trabajo a su hora, olvidos… Son ocasiones para afirmar la humildad, para hacer más fina la caridad.

La paciencia es una virtud bien distinta de la mera pasividad ante el sufrimiento; no es un no reaccionar, ni un simple aguantarse: es parte de la virtud de la fortaleza, y lleva a aceptar con serenidad el dolor y las pruebas de la vida, grandes o pequeñas, como venidos del amor de Dios. Identificamos entonces nuestra voluntad con la del Señor, y eso nos permite mantener la fidelidad en medio de las persecuciones y pruebas, y es el fundamento de la grandeza de ánimo y de la alegría de quien está seguro de recibir unos bienes futuros mayores.

III. Caritas patiens est., la caridad está llena de paciencia. Y al mismo tiempo esta virtud es el gran soporte de la caridad, sin el cual no podría subsistir. Para el apostolado, singular manifestación de la caridad, la paciencia es absolutamente imprescindible. El Señor quiere que tengamos la calma del sembrador que echa su semilla sobre el terreno que ha preparado previamente y sigue los ritmos de las estaciones, esperando el momento oportuno, sin desánimos, con la confianza puesta en que aquel pequeño tallo que acaba de aparecer será un día espiga granada.
Si tenemos paciencia, seremos fieles, salvaremos nuestras almas y también las de muchos otros que la Virgen Nuestra Madre pone constantemente en nuestro camino.

-Pbro. Dr. Francisco Fernández Carvajal

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Finalidad de la catequesis

Desde que comencé a ser catequista, siempre me he preocupado por buscar la manera de que la catequesis no sea un simple “dar la clase”, sino que trato de estudiar bien el tema, profundizarlo y posteriormente buscar recursos novedosos, llamativos, entretenidos y pedagógicos que ayuden a que ese tiempo sea agradable y los alumnos se interesen.

De acuerdo a los manuales de catequesis, esto es lo que se debe hacer, pero… le confieso que en ocasiones me ha sucedido que me concentro tanto en esos recursos que pierdo de vista lo fundamental, la finalidad de la catequesis:

” El fin definitivo de la catequesis es poner a uno no sólo en contacto sino en comunión, en intimidad con Jesucristo “.

Toda la acción evangelizadora siempre debe buscar favorecer la comunión con Jesucristo.

Porque la catequesis se propone fundamentar y hacer madurar la conversión ” inicial ” de una persona al Señor, suscitada por el Espíritu Santo mediante el primer anuncio.

Nunca debemos de perder de vista que la catequesis debe ayudar a que el catequizando logre una INTIMIDAD MAS PROFUNDA EN EL ENCUENTRO PERSONAL CON JESUCRISTO, ayudar a que la persona conozca y tome conciencia cada vez más, de que Jesucristo lo llamó a una aventura desafiante, la aventura más seria y decisiva de su vida que consiste en llegar a una comunión plena con Jesucristo, en experimentar Su Amor, un amor que es capaz de satisfacer esa inquietud creadora que bate y pulsa en lo más profundo de cada uno de nosotros que es la búsqueda de la Verdad, la insaciable necesidad del Bien, el hambre de la Libertad y la nostalgia de la verdadera Bondad y Belleza. Y entonces, dicha comunión con Jesucristo, por su propia dinámica, impulsa al discípulo a unirse con todo aquello con lo que el propio Jesucristo estaba profundamente unido: con Dios, su Padre, que le había enviado al mundo y con el Espíritu Santo, que le impulsaba a la misión; con la Iglesia, su Cuerpo, por la cual se entregó; con los hombres, sus hermanos, cuya suerte quiso compartir.

Las tareas de la catequesis deben realizan la finalidad En los Evangelios aprendemos bastante acerca de la excelente pedagogía que usa Jesús con sus discípulos y que nosotros, sus discípulos también, debemos imitar:

* Jesús les daba a conocer las diferentes dimensiones del Reino de Dios “a vosotros se os ha dado a conocer los misterios del Reino de los cielos” [Mt 13,11],

* Les enseñaba a orar (“cuando oréis, decid: Padre…” [Lc 11,2],

* Les inculcaba las actitudes evangélicas (“aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón” [Mt 11,29],

* Les iniciaba en la misión (“les envió de dos en dos” [Lc 10,1]

La finalidad se realiza a través de diversas tareas que están mutuamente implicadas.

¿Cuáles son estas tareas?

Las tareas fundamentales de la catequesis se enfocan a la educación de las diferentes dimensiones de la fe:

Para finalizar quiero compartir con ustedes, unas palabras del Papa Juan Pablo II que dirigió a los participantes en una sesión del consejo internacional para la Catequesis:

Amadísimos: Sabed que llevo muy en el corazón vuestro trabajo. De vosotros, en efecto, depende en gran parte la eficacia del anuncio cristiano, que está destinado a dar frutos en la vida diaria de los bautizados. Por esto, es mi deber recordaros a todos vosotros ante el Señor en la oración, con el fin de que Él ilumine vuestras mentes, robustezca vuestras voluntades, fecunde vuestros esfuerzos. La renovación de la catequesis debe ser considerada verdaderamente como un don del Espíritu Santo a la Iglesia (Catechesi tradendae, 3). Al dirigiros mi palabra de ánimo, quiero hablar a cuantos comparten con vosotros la responsabilidad de la búsqueda y de la experimentación, así como también a todos los padres, catequistas y profesores, que humildemente y con alegría ejercen el apostolado catequístico en las casas, en las parroquias, en los grupos.

Que el Señor os bendiga ampliamente, mientras con alegría os imparto mi bendición apostólica a todos vosotros, a vuestros colaboradores y a cuantos de diferentes maneras se beneficiasen de vuestros preciosos trabajos.

por Martha Carrillo

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EL APOSTOLADO DEL EJEMPLO

Recibí un escrito de una joven que me decía:

“Se burlan de mí porque voy a misa”. “Pareciera que en mi barrio los jóvenes ya no creen en Dios”.

EL APOSTOLADO DEL EJEMPLO

No sé por qué, pero me nació del alma responderle:

“Pues ya tienes un apostolado”. “Ser luz en ese barrio”.

“Iluminar con tu vida los caminos que llevan a Dios”.

“¿Pero, qué debo hacer?”, me preguntó inquieta.

“Nada”. Respondí. “Dios lo hará todo”. “Solamente vive el Evangelio”. “Sé santa”.

“Tu ejemplo bastará para tocar sus vidas e iluminarlas”.

“Pide al buen Dios que te haga instrumento suyo”.

Señor, hazme un instrumento de tu paz;
donde haya odio, ponga amor;
donde hay ofensa, perdón;
donde hay duda, fe;
donde hay desesperanza, esperanza;
donde hay tinieblas, luz;
donde hay tristeza, alegría.

Oh divino Maestro, que no busque yo tanto.
Ser consolado como consolar.
Ser comprendido como comprender.
Ser amado como amar.

Porque dando se recibe.
Perdonando se es perdonado.
Y muriendo a si mismo se nace a la vida eterna.

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