Homilía pronunciada por monseñor Escrivá el 12-X-1947.
Se contiene en el volumen Amigos de Dios.

Se oye a veces decir que actualmente son menos frecuentes los milagros. ¿No será que son menos las almas que viven vida de fe? Dios no puede faltar a su promesa: pídeme y haré de las gentes tu heredad, te daré en posesión los confines de la tierra [87] . Nuestro Dios es la Verdad, el fundamento de todo lo que existe: nada se cumple sin su querer omnipotente.

Como era en un principio y ahora y siempre, y por los siglos de los siglos [88] . El Señor no cambia; no necesita moverse para ir detrás de cosas que no tenga; es todo el movimiento y toda la belleza y toda la grandeza. Hoy como antes. Pasarán los cielos como humo, se envejecerá como un vestido la tierra (…) Pero mi salvación durará por la eternidad y mi justicia durará por siempre [89] .

Dios ha establecido en Jesucristo una nueva y eterna alianza con los hombres. Ha puesto su omnipotencia al servicio de nuestra salvación. Cundo las criaturas desconfían, cuando tiemblan por falta de fe, oímos de nuevo a Isaías que anuncia en nombre del Señor: ¿acaso se ha acortado mi brazo para salvar o no me queda ya fuerza para librar? Con sólo mi amenaza, seco el mar y torno en desierto los ríos, hasta perecer sus peces por falta de agua y morir de sed sus vivientes. Yo revisto los cielos de un velo de sombra y los cubro como de saco [90] .

La fe es virtud sobrenatural que dispone nuestra inteligencia a asentir a las verdades reveladas, a responder que sí a Cristo, que nos ha dado a conocer plenamente el designio salvador de la Trinidad Beatísima.

Dios, que en otro tiempo habló a nuestros padres en diferentes ocasiones y de muchas maneras por los profetas, nos ha hablado últimamente en estos días, por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todo, por quien crió también los siglos. El cual, siendo como el resplandor de su gloria, vivo retrato de su substancia, y sustentándolo todo con su poderosa palabra, después de habernos purificado de nuestros pecados, está sentado a la diestra de la Majestad en lo más alto de los cielos [91] .

Junto a la piscina de Siloé
Yo querría que fuese Jesús quien nos hablara de fe, quien nos diera lecciones de fe. Por eso abriremos el Nuevo Testamento, y viviremos con El algunos pasajes de su vida. Porque no desdeñó enseñar a sus discípulos, poco a poco, para que se entregaran con confianza en el cumplimiento de la Voluntad del Padre. Les adoctrina con palabras y con obras.

Mirad el capítulo noveno de San Juan. Al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: Maestro, ¿qué pecados son la causa de que éste haya nacido ciego, los suyos, o los de sus padres? [92] . Estos hombres, a pesar de estar tan cerca de Cristo, piensan mal de aquel pobre ciego. Para que no os extrañe si, en el rodar de la vida, cuando servís a la Iglesia, encontráis discípulos del Señor que se comportan de modo semejante con vosotros o con otros. No os importe y, como el ciego, no hagáis caso: abandonaos de verdad en las manos de Cristo; El no ataca, perdona; no condena, absuelve; no observa con despego la enfermedad, sino que aplica el remedio con diligencia divina.

Nuestro Señor escupió en la tierra, formó lodo con la saliva, lo aplicó sobre los ojos del ciego, y le dijo: anda, y lávate en la piscina de Siloé, que significa el Enviado. Fue, pues, el ciego y se lavó allí, y volvió con vista [93] .

¡Qué ejemplo de fe segura nos ofrece este ciego! Una fe viva, operativa. ¿Te conduces tú así con los mandatos de Dios, cuando muchas veces estás ciego, cuando en las preocupaciones de tu alma se oculta la luz? ¿Qué poder encerraba el agua, para que al humedecer los ojos fueran curados? Hubiera sido más apropiado un misterioso colirio, una preciosa medicina preparada en el laboratorio de un sabio alquimista. Pero aquel hombre cree; pone por obra el mandato de Dios, y vuelve con los ojos llenos de claridad.

Pareció útil -escribió San Agustín comentando este pasaje- que el Evangelista explicara el significado del nombre de la piscina, anotando que quiere decir Enviado. Ahora entendéis quién es este Enviado. Si el Señor no hubiese sido enviado a nosotros, ninguno de nosotros habría sido librado del pecado [94] . Hemos de creer con fe firme en quien nos salva, en este Médico divino que ha sido enviado precisamente para sanarnos. Creer con tanta más fuerza cuanta mayor o más desesperada sea la enfermedad que padezcamos.

Hemos de adquirir la medida divina de las cosas, no perdiendo nunca el punto de mira sobrenatural, y contando con que Jesús se vale también de nuestras miserias, para que resplandezca su gloria. Por eso, cuando sintáis serpentear en vuestra conciencia el amor propio, el cansancio, el desánimo, el peso de las pasiones, reaccionad prontamente y escuchad al Maestro, sin asustaros además ante la triste realidad de lo que cada uno somos; porque, mientras vivamos, nos acompañarán siempre las debilidades personales.

Es éste el camino del cristiano. Resulta necesario invocar sin descanso, con una fe recia y humilde: ¡Señor!, no te fíes de mí. Yo sí que me fío de Ti. Y al barruntar en nuestra alma el amor, la compasión, la ternura con que Cristo Jesús nos mira, porque El no nos abandona, comprenderemos en toda su hondura las palabras del Apóstol: virtus in infirmitate perficitur [95] ; con fe en el Señor, a pesar de nuestras miserias -mejor, con nuestras miserias-, seremos fieles a nuestro Padre Dios; brillará el poder divino, sosteniéndonos en medio de nuestra flaqueza.

La fe de Bartimeo
Esta vez es San Marcos quien nos cuenta la curación de otro ciego. Al salir de Jericó con sus discípulos, seguido de muchísima gente, Bartimeo el ciego, hijo de Timeo, estaba sentado junto al camino para pedir limosna [96] . Oyendo aquel gran rumor de la gente, el ciego preguntó: ¿qué pasa? Le contestaron: Jesús de Nazaret. Y entonces se le encendió tanto el alma en la fe de Cristo, que gritó: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí [97] .

No te entran ganas de gritar a ti, que estás también parado a la vera del camino, de ese camino de la vida, que es tan corta; a ti, que te faltan luces; a ti, que necesitas más gracias para decidirte a buscar la santidad? ¿No sientes la urgencia de clamar: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí? ¡Qué hermosa jaculatoria, para que la repitas con frecuencia!

Os aconsejo que meditéis despacio los momentos que preceden al prodigio, con el fin de que conservéis bien grabada en vuestra mente una idea muy clara: ¡qué distintos son, del Corazón misericordioso de Jesús, nuestros pobres corazones! Os servirá siempre, y de modo especial a la hora de la prueba, de la tentación, y también a la hora de la respuesta generosa en los pequeños quehaceres y en las ocasiones heroicas.

Había allí muchos que reñían a Bartimeo con el intento de que callara [98] . Como a ti, cuando has sospechado que Jesús pasaba a tu vera. Se aceleró el latir de tu pecho y comenzaste también a clamar, removido por una íntima inquietud. Y amigos, costumbres, comodidad, ambiente, todos te aconsejaron: ¡cállate, no des voces! ¿Por qué has de llamar a Jesús? ¡No le molestes!

Pero el pobre Bartimeo no les escuchaba, y aun continuaba con más fuerza: Hijo de David, ten compasión de mí. El Señor, que le oyó desde el principio, le dejó perseverar en su oración. Lo mismo que a ti. Jesús percibe la primera invocación de nuestra alma, pero espera. Quiere que nos convenzamos de que le necesitamos; quiere que le roguemos, que seamos tozudos, como aquel ciego que estaba junto al camino que salía de Jericó. Imitémosle. Aunque Dios no nos conceda enseguida lo que le pedimos, aunque muchos intenten alejarnos de la oración, no cesemos de implorarle [99] .

Parándose entonces Jesús, le mandó llamar. Y algunos de los mejores que le rodean, se dirigen al ciego: ea, buen ánimo, que te llama [100] . ¡Es la vocación cristiana! Pero no es una sola la llamada de Dios. Considerad además que el Señor nos busca en cada instante: levántate -nos indica-, sal de tu poltronería, de tu comodidad, de tus pequeños egoísmos, de tus problemitas sin importancia. Despégate de la tierra, que estás ahí plano, chato, informe. Adquiere altura, peso y volumen y visión
sobrenatural.

Aquel hombre, arrojando su capa, al instante se puso en pie y vino a él [101] . ¡Tirando su capa! No sé si tú habrás estado en la guerra. Hace ya muchos años, yo pude pisar alguna vez el campo de batalla, después de algunas horas de haber acabado la pelea; y allí había, abandonados por el suelo, mantas, cantimploras y macutos llenos de recuerdos de familia: cartas, fotografías de personas amadas… ¡Y no eran de los derrotados; eran de los victoriosos! Aquello, todo aquello les sobraba, para correr más aprisa y saltar el parapeto enemigo. Como a Bartimeo, para correr detrás de Cristo.

No olvides que, para llegar hasta Cristo, se precisa el sacrificio; tirar todo lo que estorbe: manta, macuto, cantimplora. Tú has de proceder igualmente en esta contienda para la gloria de Dios, en esta lucha de amor y de paz, con la que tratamos de extender el reinado de Cristo. Por servir a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas, debes estar dispuesto a renunciar a todo lo que sobre; a quedarte sin esa manta, que es abrigo en las noches crudas; sin esos recuerdos amados de la familia; sin el refrigerio del agua. Lección de fe, lección de amor. Porque hay que amar a Cristo así.

Fe con obras
E inmediatamente comienza un diálogo divino, un diálogo de maravilla, que conmueve, que enciende, porque tú y yo somos ahora Bartimeo. Abre Cristo la boca divina y pregunta: quid tibi vis faciam?, ¿qué quieres que te conceda? Y el ciego: Maestro que vea [102] . ¡Qué cosa más lógica! Y tú, ¿ves? ¿No te ha sucedido, en alguna ocasión, lo mismo que a ese ciego de Jericó? Yo no puedo dejar de recordar que, al meditar este pasaje muchos años atrás, al comprobar que Jesús esperaba algo de mí -¡algo que yo no sabía qué era!-, hice mis jaculatorias. Señor, ¿qué quieres?, ¿qué me pides? Presentía que me buscaba para algo nuevo y el Rabboni, ut videam -Maestro, que vea- me movió a suplicar a Cristo, en una continua oración: Señor, que eso que Tú quieres, se cumpla.

Rezad conmigo al Señor: doce me facere voluntatem tuam, quia Deus meus es tu [103] , enséñame a cumplir tu Voluntad, porque Tú eres mi Dios. En una palabra, que brote de nuestros labios el afán sincero de corresponder, con deseo eficaz, a las invitaciones de nuestro Creador, procurando seguir sus designios con una fe inquebrantable, con el convencimiento de que El no puede fallar.

Amada de este modo la Voluntad divina, entenderemos que el valor de la fe no está sólo en la claridad con que se expone, sino en la resolución para defenderla con las obras: y actuaremos en consecuencia.

Pero volvamos a la escena que se desarrolla a la salida de Jericó. Ahora es a ti, a quien habla Cristo. Te dice: ¿qué quieres de Mí? ¡Que vea, Señor, que vea! Y Jesús: anda, que tu fe te ha salvado. E inmediatamente vio y le iba siguiendo por el camino [104] . Seguirle en el camino. Tú has conocido lo que el Señor te proponía, y has decidido acompañarle en el camino. Tú intentas pisar sobre sus pisadas, vestirte de la vestidura de Cristo, ser el mismo Cristo: pues tu fe, fe en esa luz que el Señor te va dando, ha de ser operativa y sacrificada. No te hagas ilusiones, no pienses en descubrir modos nuevos. La fe que El nos reclama es así: hemos de andar a su ritmo con obras llenas de generosidad, arrancando y soltando lo que estorba.

Fe y humildad
Ahora es San Mateo quien nos cuenta una situación conmovedora. He aquí que una mujer, que hacia doce años que padecía un flujo de sangre, vino por detrás y rozó el borde de su vestidura [105] . ¡Qué humildad la suya!

Porque pensaba ella entre sí: con que pueda solamente tocar su vestido me veré curada [106] . Nunca faltan enfermos que imploran, como Bartimeo, con una fe grande, que no tienen reparos en confesar a gritos. Pero mirad cómo, en el camino de Cristo, no hay dos almas iguales. Grande es también la fe de esta mujer, y ella no grita: se acerca sin que nadie la note. Le basta tocar un poco de la ropa de Jesús, porque está segura de que será curada.

Cuando apenas lo ha hecho, Nuestro Señor se vuelve y la mira. Sabe ya lo que ocurre en el interior de aquel corazón; ha advertido su seguridad: hija, ten confianza, tu fe te ha salvado [107] .

Tocó delicadamente el ruedo del manto, se acercó con fe, creyó y supo que había sido sanada… Así nosotros, si queremos ser salvados, toquemos con fe el vestido de Cristo [108] . ¿Te persuades de cómo ha de ser nuestra fe? Humilde. ¿Quién eres tú, quién soy yo, para merecer esta llamada de Cristo? ¿Quiénes somos, para estar tan cerca de El? Como a aquella pobre mujer entre la muchedumbre, nos ha ofrecido una ocasión. Y no para tocar un poquito de su vestido, o un momento el extremo de su manto, la orla. Lo tenemos a El. Se nos entrega totalmente, con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad. Lo comemos cada día, hablamos íntimamente con El, como se habla con el padre, como se habla con el Amor. Y esto es verdad. No son imaginaciones.

Procuremos que aumente nuestra humildad. Porque sólo una fe humilde permite que miremos con visión sobrenatural. Y no existe otra alternativa. Sólo son posibles dos modos de vivir en la tierra: o se vive vida sobrenatural, o vida animal. Y tú y yo no podemos vivir más que la vida de Dios, la vida sobrenatural. ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde el alma? [109] . ¿Qué aprovecha al hombre todo lo que puebla la tierra, todas las ambiciones de la inteligencia y de la voluntad? ¿Qué vale esto, si todo se acaba, si todo se hunde, si son bambalinas de teatro todas las riquezas de este mundo terreno; si después es la eternidad para siempre, para siempre, para siempre?

Este adverbio -siempre- ha hecho grande a Teresa de Jesús. Cuando ella -niña- salía por la puerta del Adaja, atravesando las murallas de su ciudad acompañada de su hermano Rodrigo, para ir a tierra de moros a que les descabezaran por Cristo, susurraba al hermano que se cansaba: para siempre, para siempre, para siempre [110] .

Mienten los hombres, cuando dicen para siempre en cosas temporales. Sólo es verdad, con una verdad total, el para siempre cara a Dios; y así has de vivir tú, con una fe que te ayude a sentir sabores de miel, dulzuras de cielo, al pensar en la eternidad que de verdad es para siempre.

Vida ordinaria y contemplación
Volvemos al Santo Evangelio, y nos detenemos en lo que nos refiere San Mateo, en el capítulo veintiuno. Nos relata que Jesús, volviendo a la ciudad, tuvo hambre, y descubriendo una higuera junto al camino se acercó allí [111] . ¡Qué alegría, Señor, verte con hambre, verte también junto al Pozo de Sicar, sediento! [112] . Te contemplo perfectus Deus, perfectus homo [113] : verdadero Dios, pero verdadero Hombre: con carne como la mía. Se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo [114] , para que yo no dudase nunca de que me entiende, de que me ama.

Tuvo hambre. Cuando nos cansemos -en el trabajo, en el estudio, en la tarea apostólica-, cuando encontremos cerrazón en el horizonte, entonces, los ojos a Cristo: a Jesús bueno, a Jesús cansado, a Jesús hambriento y sediento. ¡Cómo te haces entender, Señor! ¡Cómo te haces querer! Te nos muestras como nosotros, en todo menos en el pecado: para que palpemos que contigo podremos vencer nuestras malas inclinaciones, nuestras culpas. Porque no importan ni el cansancio, ni el hambre, ni la sed, ni las lágrimas… Cristo se cansó, pasó hambre, estuvo sediento, lloró. Lo que importa es la lucha -una contienda amable, porque el Señor permanece siempre a nuestro lado- para cumplir la voluntad del Padre que está en los cielos [115] .

Se acerca a la higuera: se acerca a ti y se acerca a mí. Jesús, con hambre y sed de almas. Desde la Cruz ha clamado: sitio! [116] , tengo sed. Sed de nosotros, de nuestro amor, de nuestras almas y de todas las almas que debemos llevar hasta El, por el camino de la Cruz, que es el camino de la inmortalidad y de la gloria del Cielo.
Se llegó a la higuera, no hallando sino solamente hojas [117] . Es lamentable esto. ¿Ocurre así en nuestra vida? ¿Ocurre que tristemente falta fe, vibración de humildad, que no aparecen sacrificios ni obras? ¿Que sólo está la fachada cristiana, pero que carecemos de provecho? Es terrible. Porque Jesús ordena: nunca jamás nazca de ti fruto. Y la higuera se secó inmediatamente [118] . Nos da pena este pasaje de la Escritura Santa, a la vez que nos anima también a encender la fe, a vivir conforme a la fe, para que Cristo reciba siempre ganancia de nosotros.
No nos engañemos: Nuestro Señor no depende jamás de nuestras construcciones humanas; los proyectos más ambiciosos son, para El, juego de niños. El quiere almas, quiere amor; quiere que todos acudan, por la eternidad, a gozar de su Reino. Hemos de trabajar mucho en la tierra; y hemos de trabajar bien, porque esa tarea ordinaria es lo que debemos santificar. Pero no nos olvidemos nunca de realizarla por Dios. Si la hiciéramos por nosotros mismos, por orgullo, produciríamos sólo hojarasca: ni Dios ni los hombres lograrían, en árbol tan frondoso, un poco de dulzura.

Después, al mirar la higuera seca, los discípulos se maravillaron y comentaban: ¿cómo se ha secado en un instante? [119] . Aquellos primeros doce que han presenciado tantos milagros de Cristo, se pasman una vez más; su fe todavía no quemaba. Por eso el Señor asegura: en verdad os digo, que si tenéis fe y no andáis vacilando, no solamente haréis esto de la higuera, sino que aun cuando digáis a ese monte: arráncate y arrójate al mar, así lo hará [120] . Jesucristo pone esta condición: que vivamos de la fe, porque después seremos capaces de remover los montes. Y hay tantas cosas que remover… en el mundo y, primero, en nuestro corazón. ¡Tantos obstáculos a la gracia! Fe, pues; fe con obras, fe con sacrificio, fe con humildad. Porque la fe nos convierte en criaturas omnipotentes: y todo cuanto pidiereis en la oración, como tengáis fe, lo alcanzaréis [121] .

El hombre de fe sabe juzgar bien de las cuestiones terrenas, sabe que esto de aquí abajo es, en frase de la Madre Teresa, una mala noche en una mala posada [122] . Renueva su convencimiento de que nuestra existencia en la tierra es tiempo de trabajo y de pelea, tiempo de purificación para saldar la deuda debida a la justicia divina, por nuestros pecados. Sabe también que los bienes temporales son medios, y los usa generosamente, heroicamente.

La fe no es para predicarla sólo, sino especialmente para practicarla. Quizá con frecuencia nos falten las fuerzas. Entonces -y acudimos de nuevo al Santo Evangelio-, comportaos como aquel padre del muchacho lunático. Se interesaba por la salvación de su hijo, esperaba que Cristo lo curaría, pero no acaba de creer en tanta felicidad. Y Jesús, que pide siempre fe, conociendo las perplejidades de aquella alma, le anticipa: si tú puedes creer, todo es posible para el que cree [123] . Todo es posible: ¡omnipotentes! Pero con fe. Aquel hombre siente que su fe vacila, teme que esa escasez de confianza impida que su hijo recobre la salud. Y llora. Que no nos dé vergüenza este llanto: es fruto del amor de Dios, de la oración contrita, de la humildad. Y el padre del muchacho, bañado en lágrimas, exclamó: ¡Oh Señor!, yo creo: ayuda tú mi incredulidad [124] .

Se lo decimos con las mismas palabras nosotros ahora, al acabar este rato de meditación. ¡Señor, yo creo! Me he educado en tu fe, he decidido seguirte de cerca. Repetidamente, a lo largo de mi vida, he implorado tu misericordia. Y, repetidamente también, he visto como imposible que Tú pudieras hacer tantas maravillas en el corazón de tus hijos. ¡Señor, creo! ¡Pero ayúdame, para creer más y mejor!

Y dirigimos también esta plegaria a Santa María, Madre de Dios y Madre Nuestra, Maestra de fe: ¡bienaventurada tú, que has creído!, porque se cumplirán las cosas que se te han anunciado de parte del Señor [125] .

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Sor Faustina Kowalska.

Ayúdame, oh Señor, a que mis ojos sean misericordiosos, para que yo jamás recele o juzgue según las apariencias, sino que busque lo bello en el alma de mi prójimo y acuda a ayudarle.

Ayúdame, oh Señor, a que mis oídos sean misericordiosos, para que tome en cuenta las necesidades de mi prójimo y no sea indiferente a sus penas y gemidos.

Ayúdame, oh Señor, a que mi lengua sea misericordiosa, para que jamás hable negativamente de mi prójimo, sino que tenga una palabra de consuelo y de perdón para todos.

Ayúdame, oh Señor, a que mis manos sean misericordiosas y llenas de buenas obras, para que sepa hacer sólo el bien a mi prójimo y cargar sobre mí las tareas más difíciles y penosas.

Ayúdame, oh Señor, a que mis pies sean misericordiosos, para que siempre me apresure a socorrer a mi prójimo, dominando mi propia fatiga y mi cansancio. Mi reposo verdadero está en el servicio a mi prójimo.

Ayúdame, oh Señor, a que mi corazón sea misericordioso, para que yo sienta todos los sufrimientos de mi prójimo.
A nadie le rehusaré mi corazón. Seré sincera incluso con aquellos de los cuales sé que abusarán de mi bondad. Y yo misma me encerraré en el misericordiosísimo Corazón de Jesús. Soportaré mis propios sufrimientos en silencio. Que tu misericordia, Oh Señor, repose dentro de mí.

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El Bautismo en la Historia

El bautismo fue una vez un rito religioso pagano practicado entre los pueblos de la antigüedad y también entre los judíos. La palabra bautismo es de origen griego: “baptizo” significa sumergir como cuando uno sumerge una pieza de tela en la batea de tintura para teñirla, por ejemplo. Los baños sagrados son comunes a muchas religiones antiguas, como los ritos eléusicos o el hinduismo y el budismo.

El teólogo presbiteriano Francis Schaeffer escribe: “Hay dos señales designadas para marcar la promesa de los pactos [divinos]; la circuncisión en el caso de Abraham y el bautismo en el caso de los cristianos. Sin embargo ninguna de ellas es original. Han sido usadas por muchos pueblos anteriormente y en el caso del Judaísmo y el Cristianismo les han sido dados nuevos significados, que son definitivos por haber sido asignados por Dios mismo.” (“Genesis in Space and Time”, Intervarsity Press 1972)
Los romanos del tiempo de Cristo se interesaron en las religiones místicas de Egipto y Babilonia en algunas de las cuales se practicaba el bautismo como ritual. Por ejemplo en los ritos de iniciación del culto de Isis, el iniciado confesaba sus pecados delante de otros devotos y era luego bautizado en la creencia que el baño ritual lo purificaba de sus faltas y lo enrolaba en las filas de la diosa salvadora.

Los judíos también practicaban el bautismo ritual para purificación, como sabemos por citas varias del Apóstol Pablo y por los documentos sobrevivientes que muestran el uso que el bautismo era común entre los Levitas y las comunidades religiosas no levíticas de diferentes épocas, como por ejemplo entre los Esenios del primer siglo.

El bautismo cristiano deriva del bautismo establecido por Juan el Bautista. La genealogía de Juan en Lucas 1:5,6 indica que el hombre designado por Dios para bautizar a Jesús era descendiente de Levitas por la línea paterna y también materna. Juan es por lo tanto el hombre adecuado para bautizar y ordenar el ministerio de Nuestro Señor. No sabemos precisamente cuál es el origen del bautismo de Juan. Si la idea vino de fuentes judías o paganas, no lo sabemos, pero podemos afirmar que la práctica es adoptada y santificada por su adopción en la Iglesia Cristiana y por el ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo.

Otra importante función, la más importante, del bautismo de Juan fue la revelación del Cordero de Dios al mundo. El bautismo entonces no es una invención cristiana sino que fue precedido por ritos similares de otras religiones. Al incluirlo Jesús en la doctrina cristiana por orden y práctica, Nuestro Señor le ha dado un sentido sacramental. El bautismo es el primer sacramento de la Iglesia Cristiana, la primera iniciación y el medio para nacer de nuevo a la realidad del Reino de Dios.

El Salmo 89:11 dice “El Cielo y la Tierra y todas las cosas que ambos contienen me pertenecen, dice el Señor”. Todas las cosas son propiedad de Dios porque por su divina voluntad fueron creadas y por su poder, sabiduría, justicia y amor siguen existiendo aun hasta hoy. Es claro a lo largo y a lo ancho de las Escrituras que Dios puede hacer santo lo que no lo es, para bien de Su propósito. Él ha tomado pecadores de entre los hombres para hacer para sí un “pueblo santo”. Si fuera inapropiado el que Dios tomara elementos del mundo para su propio uso en la adoración veraz… estaríamos todos en un verdadero problema y la salvación humana sería imposible.

Hay muchos libros escritos con el propósito (falaz) de “exponer” prácticas paganas en el cristianismo. Libros como “The Two Babylons” de Alexander Hyslop y “Babylon Mystery Religion” de Ralph Woodrow. Concluir que una iglesia que adopta un rito pagano es, por lo tanto, pagana, entra en conflicto directo con la adopción del bautismo por Nuestro Señor Jesucristo que lo instituyó para que se practicara públicamente en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Es bueno meditar sobre esto porque muchos pueden haber incurrido en blasfemia por medio de seguir razonamientos falaces y condenatorios, “llamando inmundas las cosas que Dios ha santificado” (ver Hechos 10:15).
Cuando estudiamos los escritos de los primeros siglos no dejan de sorprendernos la consistencia, sana uniformidad, sencillez y sentido común de las doctrinas del bautismo y la regeneración. Si alguien creyera que las citas que siguen son caprichosas o maliciosamente seleccionadas, lo invito a leer las obras completas. Fácilmente se comprueba que los únicos que han puesto en duda la eficacia de este sacramento han sido los divisores de la fe, los gnósticos y los no creyentes.

Estos son los mismos que niegan la Trinidad, la deidad de Cristo, la unidad orgánica de la Iglesia. Nunca (Hasta después de la Reforma Alemana del siglo XVI) nadie negó la naturaleza, significado, eficacia o importancia del sacramento bautismal.

Por mil quinientos años la entera cristiandad fue de una sola mente en lo que toca a esta cuestión. El bautismo, como tantas otras cosas, no está descrito en detalle en las Escrituras, y aunque hay suficiente mención de este sacramento, no hay una “guia” digamos, similar al Padrenuestro, que indique exactamente como bautizar a un prosélito. La Escritura en este caso se completa en la práctica con la tradición guardada desde tiempos apostólicos y es un buen ejemplo de como debiéramos examinar lo que creemos a la luz de lo que han creído los cristianos de todas la épocas, “la fe que fue una vez entregada a los santos” (Judas 1:3).

El Bautismo y nuestra salvación
Nuestra salvación depende de muchas cosas y no solamente de bautizarnos. Muchas sectas van por el mundo invitando a gente a una comida (he visto esto en las Filipinas) con la condición de que antes de comer declaren “creo en Jesucristo” y sean bautizados. El bautismo no es una marca mágica que nos hace invulnerables al pecado o al juicio de Dios. Tal cosa le resulta obvia a cualquiera que haya leído las Escrituras. Una buena lista de los “elementos” que hacen a la salvación sería la respuesta a la pregunta: ¿Cómo recibo la salvación, justificación, nuevo nacimiento y vida eterna en Cristo Jesús?

He aquí una posible lista de “elementos”.
§ Por medio de creer en Cristo (Juan 3:16; Hechos 16:31)
§ Por medio del arrepentimiento (Hechos 2:38; 2 Pedro 3:9)
§ Por medio del bautismo (Juan 3:5; 1Pedro 3:21; Tito 3:5)
§ Por obra del Espíritu Santo (Juan 3:5; 2 Corintios 3:6)
§ Por medio de la declaración de nuestra fe (Lucas 12:8; Romanos 10:9)
§ Por medio de conocer la verdad (1 Timoteo 2:4; Hebreos 10:26)
§ Por obras (Romanos 2:6,7; Santiago 2:24)
§ Por cumplir los mandamientos (1 Corintios 7:19)
§ Por bondad inmerecida o gracia (Hechos 15:11; Efesios 2:8)
§ Por la sangre sacrificial de Cristo (Romanos 5:9; Hebreos 9:22)
§ Por la justicia o santidad de Cristo (Romanos 5:17; 2 Pedro 1:1)
§ Por el sacrificio en la cruz (Efesios 2:16; Colosenses 2:14)

Nota que la Biblia no nos lleva a “esto o aquello” como respuesta a esta pregunta tan importante. Ninguno de estos elementos es sobrepujante hasta el punto de anular a todos los demás, ninguno de ellos puede ser eliminado, bastando los otros para hacer el trabajo de nuestra salvación. Cada vez que nos enfrentamos a las dicotomías “por fe o por obras”, “por esto o por aquello” no estamos pensando bíblicamente. La totalidad de la salvación humana es obra de Dios y no es algo simple, reducible a una ecuación. Así como no podemos reducir la creación del mundo material a una fórmula química, la creación espiritual que enseña el cristianismo no puede ser reducida a una simple definición estatuoria del tipo “cree en Jesucristo y serás salvo”. Es obvio que los demonios creen en Jesucristo y no son salvos por eso, y que una fe sin obras no sirve para la salvación; ni las obras sirven para nada si no tenemos la fe. El creer debe estar en consonancia con el resto de nuestra vida y con el propósito último de Dios y de su Reino.
¿Sólo un símbolo? ¿Una “declaración pública”?

El bautismo entonces es la puerta a esta gran casa que es la Iglesia de Cristo. No hay que temer el atribuir al bautismo los poderes sacramentales con los que ha sido imbuido por Dios. Muchas sectas consideran el bautismo una simple formalidad simbólica, un acto mínimo. ¿De dónde sale este punto de vista minimalista del bautismo? Ciertamente no viene de tiempos apostólicos. Esto es probado por la uniformidad de creencias en las doctrinas de la antiguas iglesias litúrgicas, el Catolicismo y la Ortodoxia. Por quince siglos no hubo jamás ninguna otra posición doctrinal con respecto al bautismo. Es como resultado de la Reforma que se comienza a pensar en el bautismo como una declaración pública y nada más. Esta es una doctrina que comienza como una reacción histórica y no surge de las Escrituras ni de la práctica continua de quince siglos de historia cristiana. Esta doctrina de la “declaración pública” es el resultado de la lectura inductiva de las Escrituras. En ese sentido los Testigos de Jehová siguen en líneas generales las creencias de las sectas anabaptistas inglesas y norteamericanas de los últimos doscientos años pero no la práctica tradicional cristiana de veinte siglos. Habiendo sido declarada necesaria esta posición anabaptista, se han buscado excusas escriturales para sostenerla; pero como comparto ahora contigo, te resultará evidente que el bautismo es un acto regenerador y milagroso en consistencia con toda la evidencia presentada en las Escrituras y contenida en los documentos tradicionales más antiguos del Cristianismo.

Importancia del Bautismo en la Historia Sagrada
“En el principio Dios creó los cielos y la tierra. La tierra estaba sin forma y vacía, oscuridad cubría el abismo y el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas. Y Dios dijo …” (Génesis 1:1-2)

Ya conoces de dónde vienen estas palabras y te invito a ver en ellas la presciencia divina que puso las aguas y el Espíritu en estos versículos para testimonio de la originalidad divina de nuestro bautismo. Antes del bautismo hay una tensión y hay oscuridad, pero luego del bautismo se hace la luz en el corazón cristiano comienza la creación espiritual, la segunda fase de la creación por Dios que se realiza en el alma del hombre por la mismas fuerzas que generaron el universo material. (Por favor compara con 2 Cor 4:6 y 6:14 Efe 4:18) Las aguas son concentradas en un lugar y fuera del agua “emerge” la tierra seca de cuyo suelo Dios forma al hombre.
Teófilo de Antioquía (184 A.D.) “Aquellas cosas que fueron creadas de las aguas recibieron la bendición de Dios, de tal manera que esto fuera un signo de que los hombres en un tiempo futuro recibieran arrepentimiento y remisión de pecados a través del agua y baño regenerativo” (Jurgens, “The Faith of the Early Fathers”, Lithurgical Press 1970-79)

Sabemos por las Escrituras que Cristo fue el primogénito
de la creación de Dios, pues fue engendrado antes que el tiempo existiera “y por medio de él todas las cosas fueron hechas”. Paralelamente en su bautismo, Jesús comienza la creación espiritual siendo el primogénito (en bautismo y resurrección) de muchos hermanos por venir (Rom 8:29) Así es que en el bautismo se inicia la nueva creación, cuando nos bautizamos nacemos “de arriba” y somos integrados al cuerpo de Cristo.

San Ambrosio en su tratado “De los Misterios” dice: “¿Qué has visto [en el baptisterio]? Ciertamente agua, pero no solamente agua, también has visto a los diáconos allí ministrando y al obispo, haciendo preguntas e invocando… Cree entonces que la presencia de Dios está allí. Considera cuán antiguo es el misterio [del bautismo] prefigurado aun en el origen del mundo, cuando Dios hizo los cielos y la tierra, ‘el Espíritu’, se nos dice, ‘se movía sobre la superficie de las aguas’. El, que se movía sobre las aguas ¿no trabajó sobre esas mismas aguas? El agua entonces es aquello en lo que la carne es sumergida para que todo pecado carnal sea lavado en ella” (Phillip Schaff, “The Nicene and Post-Nicene Fathers”, H. De Romestin, Eerdmans 1983).

La historia de Noé es otro tipo del bautismo. A medida que progresamos en la historia descubrimos más prefiguraciones del bautismo y de sus cualidades. Esto presupone dos cosas: que el bautismo es una declaración íntima de la presciencia de Dios y que es una revelación de su método creativo, una ilustración que nos permite ahondar en el misterio del nuevo nacimiento aunque no seamos doctores en la fe. La liturgia y los sacramentos hacen evidente el amor y el firme propósito de Dios de salvarnos. En este caso el bautismo revela en nosotros mismos que Dios designó nuestra salvación desde el principio del mundo, haciendo evidente que su amor no sólo es infinito sino también eterno.

En el caso de Noé se representa al bautismo (1 Ped 3:20-22). Este paralelo es mencionado en las Escrituras con frecuencia como así también en los escritos de los primeros Padres de la Iglesia Cristiana. Es de notar no solo la salvación por el paso a través de aguas, el arca cerrada por Dios, el hecho de que Noé fuera carpintero como Jesús lo fue, la aceptación en el arca de los animales limpios e inmundos, el número de almas que se salvaron del diluvio (Noé, que representa a Nuestro Señor, con su esposa, sus tres hijos y nueras son siete almas mas una, lo que pareciera indicar una salvación total). Además de estos detalles tan sugestivos encontramos la paloma con la rama de olivo, símbolo del Espíritu Santo que hace la paz entre Dios y los hombres. ¿Es el cuervo un símbolo del pecado que deja el arca luego del diluvio para no regresar jamás?

San Cipriano (martirizado en la persecución de 258 A.D.) nos deja escrito: “Porque así como en el bautismo del mundo, en el cual la iniquidad antigua fue purgada, aquel que no estaba en el arca de Noé no pudo ser salvado de las aguas, de tal manera no puede ser salvado por el bautismo aquel que no ha sido bautizado en la Iglesia que está establecida en unidad con el Señor de acuerdo al sacramento de la única arca.” (“Las Epístolas de Cipriano” citado en “The Nicene and Ante-Nicene Fathers” de A. Cleveland Coxe, Eerdmans 1985).

Otro pacto entre Dios y los hombres se establece en vida de Abraham. Si lees Génesis 7 y Exodo 12, allí se describe el convenio de la circuncisión. Como ya habrás podido notar la circuncisión no se aplicaba a los nuevos miembros que nacían en la comunidad judía cuando éstos llegaban a la edad adulta. Todo lo contrario, en el octavo día, el bebé era circuncidado y con ello recibido en la comunidad de Israel y de Dios. Nuestra unión con Dios no es un acuerdo intelectual entre dos personas maduras. No, sino que somos herederos de una promesa y nuestro nacimiento en la familia de Dios nos hace ineludiblemente su propiedad, como se le dijo a Abraham: “Todo el que sea nacido en tu casa o comprado con dinero”. La circuncisión tiene en común con el bautismo el símbolo o representación de dejar la carne atrás, de deshacerse de la carne inservible para poder ser fructífero en el servicio del cielo, dentro del marco de la comunidad divinamente escogida. La circuncisión en el viejo testamento equivale al bautismo en el nuevo testamento (Col 2:11-13) En el bautismo tenemos la circuncisión de Cristo.

Es curioso que también Moisés fuera “salvado de las aguas” y que su circuncisión se mencione en el Génesis así también como la salvación de su hijo, amenazado por un espíritu destructor, se obtiene por medio de circuncidarlo y establecer un “pacto de sangre” entre la esposa de Moisés y Dios (¿Será ella un símbolo de la Nación o de la Iglesia en este caso?)

En el Exodo se nos presenta la otra gran ceremonia del antiguo pacto: La cena del pasaje, la pascua, simbólica del sacrificio de Nuestro Señor. Así como el bautismo es representado por la circuncisión, la Eucaristía es representada por la cena pascual. Nadie podía comer de la cena de Pascua sin haber sido antes circuncidado.

El cruce del Mar Rojo por el pueblo de Dios es la otra apta representación del bautismo (1 Cor 10:12). La esclavitud en Egipto es simbólica de nuestra esclavitud al pecado, al mundo y al Diablo; que terminó cuando los israelitas cruzaron el mar a través de la aguas milagrosamente partidas. El mismo paralelo del diluvio se presenta aquí. Las aguas que salvan a los creyentes causan la muerte de los incrédulos. Así como el diluvio fue seguido de un sacrificio en comunión por Noé y su familia, el paso a través del mar es seguido por la comunión del pueblo en el maná, el pan del cielo, y el agua que sale de la roca que los seguía. De nuevo se nos presentan los sacramentos del bautismo y la eucaristía. El pueblo que sale de Egipto sin embargo, debe nacer de nuevo y engendrar una nueva generación para entrar en la Tierra Prometida. Tal como en la circuncisión, la carne antigua, rebelde y pecaminosa es dejada atrás como las carcazas de la generación quejumbrosa que fueron dejadas en el desierto.

Hay sin embargo una característica del bautismo que no hemos tocado todavía. Ya ves como por símbolos parciales Dios revela al hombre las verdades completas del cielo y esto se completa un poco más al considerar el milagro de Naamán en 2 Re 5. ¡Qué historia asombrosa! Aquí tenemos alguien que es “exterior” a la familia de Dios, un sirio, un enemigo de Israel. Una pequeña esclava israelita le revela al gran Naamán de Siria el camino de la curación por el profeta Eliseo. La jovencita es un tipo simbólico de la Iglesia que apunta a los extranjeros gentiles en enemistad con Dios a la salvación por medio del bautismo.

Naamán se rebela por lo que parece un asalto a su dignidad pero a instancias de sus propios servidores se despoja de su orgullosa actitud inicial y se baña siete veces en el Jordán hasta que sus carnes rejuvenecen como la carne de un muchachito (¿No es esto un símbolo claro del nacer de nuevo?) Nótese el paralelo y véase por qué la Iglesia temprana consideraba este pasaje como una prefiguración del bautismo y la regeneración que lo sucede. San Ambrosio en “De los Misterios” usa a Naamán como un símbolo claro del sacramento bautismal y la regeneración que permite que nuestros pecados secretos sean perdonados y dejados atrás con la carne rebelde. Otro escritor de la Iglesia primitiva Efraín el Sirio menciona algo similar en sus “Himnos para la Fiesta de la Epifanía”. Luego veremos los comentarios de Ireneo a este mismo respecto.

Ezequiel, que fuera desterrado a Babilonia alrededor del 599 A.C. tuvo la misión profética de anunciar la futura restauración de Israel a la pura adoración y obediencia a Dios y a sus leyes. Ezequiel 36:22-27 nos revela un tipo del bautismo como agente purificador y esto ¡Cerca de 600 años antes de Juan y Jesús! Este pasaje de Ezequiel une en un arco perfecto las antiguas leyes de purificación de la Torah con el sacramento cristiano del bautismo. (Compárese con Num 8:7, purificación de los Levitas y con Núm 19:17 donde las cenizas del sacrificio y el agua son mezcladas y salpicadas sobre el pueblo para hacerlos “limpios”). Este salpicar puede ser paralelo del salpicar expresado en la profecía mesiánica de Isa 52:15, las palabras de Jesús en Juan 3:3-5 y finalmente la orden universal de “ir y hacer discípulos bautizándolos en el nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”, que se parece mucho en estructura y fraseología al primer mandato de “Creced y multiplicaos” que se encuentra en el Génesis, sugestivamente, siguiendo a la primera creación del hombre.

Zacarías 13:1 menciona una fuente que, en mi opinión, señala inequívocamente al bautismo. Es una alusión a la venida de Cristo al que se presenta abriendo una fuente para lavar los pecados, y que no se puede interpretar de otra manera. El comentarista John E. Walvoor en “The Bible Knowledge Commentary” (Victor Books, 1985) cita: “Ese día se refiere al futuro día del Señor. La frase “en ese día” ocurre 16 veces en los tres últimos capítulos. En el día de la crucifixión de Jesucristo la fuente fue abierta potencialmente para todo Israel y el mundo entero [...] la limpieza espiritual de la nación es asociada en otras partes de la Escritura con la regeneración espiritual de Israel y la inauguración del Nuevo Pacto”

Los comentaristas clásicos y el bautismo
El comentarista del siglo XVIII Matthew Henry escribe en su comentario sobre Zacarías 13:1 lo siguiente: “Esta fuente abierta es el costado traspasado de Jesucristo, de quien se habla en el pasaje anterior, porque de allí salen sangre y agua ambos para nuestra limpieza. Aquellos que miran al Cristo traspasado, y amargamente lamentan los pecados que han causado que se lo traspasara, pueden mirar de nuevo al que traspasaron y regocijarse en él esta vez. Porque le ha placido al Señor el golpear esta roca para que pueda ser para nosotros una fuente de aguas de vida .” (Matthew Henry’s Commentary, Hendrickson, 1991)

En su comentario “Commentary on the Old Testament” C.F. Keil y F Delitzsch explican: “Por esta agua debemos entender no solamente la gracia en general, sino el agua bautismal que es preparada a través de la muerte sacrificial de Jesús, por la sangre derramada por El y que es salpicada sobre nosotros para limpieza de nuestros pecados en el bautismo”.
Martín Lutero escribe: “Esta fuente bien puede ser entendida como refiriéndose al bautismo en el cual el Espíritu es dado y todos los pecados son lavados” (“Luther’s Works”, Pelikan, Concordia 1973)
Volviendo a los Evangelios, Juan el Bautista dio testimonio de que él bautizaba con agua en símbolo de arrepentimiento pero Aquel que venía detrás de Juan, bautizaría con Espíritu Santo. En otras palabras no sería ya un asunto simbólico sino una acción sagrada, un sacramento.

El Catecismo Católico expresa: “Celebrados apropiadamente y con fe, los sacramentos confieren la gracia que simbolizan. Son eficaces porque en ellos Cristo mismo está obrando: Él es el que bautiza, Él es el que actúa en los sacramentos para comunicar la gracia que el sacramento simboliza.”

El bautismo entonces no es solamente un símbolo sino también una poderosa transformación interior que es producida por Cristo a través de Espíritu Santo.
En el caso del bautismo de nuestro Señor vemos al Espíritu Santo en la forma de una paloma, como paralelo de la paloma del Génesis en el caso de Noé. El Padre se complace en Jesús y está en paz con él. Este beneficio de la paz con Dios por medio de la permanencia de su Espíritu es común ahora a todos los cristianos que heredan la vida de Cristo por el bautismo. En el bautismo de Nuestro Señor el cielo y la tierra han hecho contacto, por decirlo así, y ahora la creación segunda está en operaciones por medio de la Iglesia Cristiana que tiene en Jesús su primer hermano y miembro. En Juan vemos al viejo pacto ordenando al nuevo. Juan es un levita perfecto, heredero de los derechos sacerdotales por medio de padre y madre. Jesús es un judío perfecto heredero del derecho real de David por medio de María, su madre; José, su padre adoptivo y Dios su Padre en el espíritu desde la eternidad y en la carne por medio de la Inmaculada Concepción.

Un efecto importante de este bautismo es la consagración del agua, el elemento más común en nuestro planeta, para el propósito de la dádiva del bautismo y el perdón por bondad inmerecida.

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están presentes en este momento en una sola mente, en un solo acuerdo, comenzando la segunda creación por Dios que muestra la justicia de la primera creación y tiene como primogénito al mismo Verbo que fuera engendrado antes del Tiempo y de la Historia para ser el Obrero Maestro del Universo. Lo espiritual, misterioso, inasible, invisible, se revela ahora en la persona de Jesús y en nosotros en el acto del bautismo sacramental que nos hace nacer de nuevo. ¡Quién pudiera haber imaginado un símbolo tan vivo y perfecto! De nuevo tenemos aquí el agua y por sobre el agua, el

Espíritu de Dios.
El nuevo nacimiento es mejor explicado en el caso de Nicodemo, al principio del evangelio de Juan. “Verdaderamente te digo” (en griego “amen, amen”) prepara el escenario para una doctrina que hará temblar los cimientos de las creencias de Nicodemo, el maestro de la Ley.

El griego “anotheo” puede ser traducido como “de arriba” o “nuevamente”, “de nuevo”. Parece que Nicodemo no entendió lo que Jesús quiso decir cuando dijo “El que viene de arriba [anotheo] está por sobre todos los otros”.
Es por eso que Jesús se refiere al acontecimiento aún fresco en la memoria de todos, su propio bautismo cuando la gente tuvo testimonio al ver el Espíritu descender sobre Jesús como paloma.

Nótese que Jesús no explica este tema en un marco de “esto o aquello” sino en un marco de “esto y aquello”. No se trata de “agua o espíritu” sino de “agua y espíritu”.
Es importante notar que el Espíritu puede estar presente en el agua así como el Verbo está presente en la carne. La materia del Universo entero le pertenece a Dios y no es imposible para Él hacer de la materia morada de cosas espirituales.

Lo que sigue a la conversación con Nicodemo es sugestivo, Jesús marcha al Jordán y comienza a bautizar. Estas dos cosas, el bautismo y el nuevo nacimiento no fueron puestas en este mismo capítulo por nada. Son dos cosas asociadas y unidas indisolublemente por Dios mismo. El bautismo entonces no es un símbolo exterior de dedicación solamente sino que además es el comienzo de la regeneración por Dios, el nuevo nacimiento. No está separado de la fe y la práctica de la fe sino que trabaja en conjunto con los demás elementos para producir la salvación del hombre.
Las sectas anabaptistas de las cuales los testigos de Jehová extraen su propia tradición bautismal como puramente simbólica, disminuyen la importancia del bautismo en sus tradiciones. Sin embargo es tradicionalmente indisputable y bíblicamente demostrable que el bautismo es importante y necesario como sacramento y aún más como primer sacramento de la Iglesia naciente: la fuerte expresión paulina “Un Señor, una Fe, un Bautismo” (Efesios 4:5) debiera probar la importancia de este sacramento más allá de toda duda.

En la comisión de hacer discípulos bautizándolos se define
la importancia y la necesidad del bautismo para perdón de pecados pero una más importante característica es revelada en Marcos 9:20. Si bien estas frases finales no aparecen en todas las versiones existentes de Marcos los eruditos han concluido, en años recientes, que es posible que en épocas tempranas se perdiera esta parte final del manuscrito y que la Iglesia, en conocimiento del contenido esencial adhiriera lo que hoy se conoce como “conclusión corta” y que no está en conflicto con ninguna otra parte de la Escritura. (Ver “The Expositor’s Bible Commentary, nota de Walter Wessell, Gabelein, 1984 c. 8 p. 793) Es allí que encontramos “El que crea y es bautizado será salvado pero el que no crea será condenado” . Es importante destacar la autoridad conferida a los discípulos del primer siglo para perdonar pecados a través del sacramento inicial del bautismo. El resto de las Escrituras cristianas confirman esta particularidad de la autoridad apostólica que es otorgada por Cristo luego de afirmar que toda autoridad le ha sido otorgada a él mismo. Para aquellos que creen en el cristianismo silvestre y desperdigado baste este argumento que claramente define y aumenta la autoridad apostólica que se extiende como la autoridad de Cristo, no solo a lo ancho y largo del mundo sino a lo largo de la historia por venir, ya que Cristo no fundó su Iglesia para que las puertas de la muerte y el Hades prevalecieran contra ella o para que se disolviera en apostasía en un par de decenios.

Ireneo, discípulo de Policarpo quien fuera él mismo discípulo del apóstol Juan y heredero de su episcopado dice: “Y una vez más, dando a los discípulos el poder de la regeneración en Dios, [Jesús] les dijo: ‘Id y enseñad a las naciones bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo’ ” (“Contra las Herejías”, citado en “Ante-Nicene Fathers”, Roberts and Donaldson)

El Bautismo de Infantes Como Doctrina Apostólica
Martín Lutero no entendió que este pasaje excluyera a los infantes en la iniciación bautismal. En sus obras escribe: “¿Quién ha de ser bautizado? Todas las naciones, eso es, seres humanos, jóvenes y viejos… los pequeñines deben ser bautizados cuando son presentados para el bautismo por aquellos que tienen autoridad sobre ellos porque ellos no están excluidos en la frase ‘todas las naciones’ y porque el santo bautismo es el único medio para que estos pequeños alcancen la regeneración y el nuevo nacimiento.” (“Luther’s Small Cathecism”, Concordia, 1965). Cuando los anabaptistas discordaron con esta apreciación de Lutero, él apeló al argumento de “totius orbis constans confessio” o sea la confesión [y práctica] de toda la Iglesia, que no es nada más que otra forma de referirse a la tradición cristiana. ¡En pocas palabras, la entera cristiandad no puede haber estado equivocada desde el primer día en un dogma tan fundamental!
Juan Calvino, el reformador suizo del siglo XVI también afirmó la necesidad del bautismo de infantes. En sus “Institutos de la Religión Cristiana” Calvino dedica el entero capítulo 16 al “paedobaptismo” y defiende la antigua tradición en una forma de lo más enérgica. Concluye esta defensa de veintitantas páginas diciendo lo siguiente: “Sin duda el designio de Satanás al asaltar el bautismo de infantes con todas sus fuerzas, es el ocultar el testamento de gracia divina y gradualmente hacer desaparecer lo que la mismísima promesa presenta delante de nuestros ojos… por lo tanto a menos que maliciosamente queramos oscurecer la bondad inmerecida de Dios, presentemos nuestros hijos delante de Aquel que les ha asignado un lugar entre sus amigos y familia como miembros de la Iglesia” (“Institutes of the Christian Faith”, Eerdmans, 1983) .

En Hechos 2:37-41 se inicia la gran campaña de predicación mundial en obediencia a esa “gran comisión” recibida en los días previos a la Ascensión de Nuestro Señor. El Apóstol Pedro es quien predica que el bautismo es un prerrequisito para el perdón de pecados y es el momento en que se recibe el Espíritu Santo. Notemos los tres elementos de nuevo reunidos: Creencia, aguas y Espíritu. Esta es la conclusión y la realización de las sombras proféticas proyectadas por la creación del Génesis, el Diluvio y el Arca, Abraham, Moisés, el paso del Mar Rojo, Naamán, Ezequiel etc. y que se aclara ahora en contexto con la conversación de Jesús y Nicodemo.

Agua y Espíritu es el martilleo constante de la Escritura en lo que toca a este tema. ¿Concluiremos que la fe no es imprescindible porque no se menciona en estos contextos?
¡Por supuesto que no! Ya ves que Pedro no llama a la multitud a apoyarse en “sola fide” o fe solamente. Nada debe desbalancearse de tal manera. Si la fe no se menciona (aunque a todas luces está obviamente ahí) eso no significa que el bautismo no es importante o que la fe no es importante para el acto bautismal. El creer y el bautismo son indisolubles en ese sentido. Personas adultas que se bautizan lo hacen porque tienen fe en Jesucristo y en el acto sacramental del bautismo, en el caso de los infantes son los padres o los responsables quienes ejercen la fe en lugar del chiquillo quien no es segregado del pueblo de Dios porque aún no puede razonar lo suficiente como para creer en Dios y aceptarlo como salvador personal. Si las lilas del campo y los pajarillos tienen importancia para Dios, ¡Cuánto más lo tendrán los retoños de sus hijos creyentes y fieles! Concluyo de una vez diciendo que estas distorsiones al sacramento bautismal que hoy vemos realizadas en ciertas sectas son el resultado de las creencias anabaptistas del siglo XVI y que ni siquiera formaban parte de la teología de los primeros y principales reformadores de ese tiempo.
(Ver por favor Hechos 8:27 y 10:1, 44-48 prestar atención en el caso de Cornelio a la expresión “y toda su casa” lo que en la antigüedad incluía a los niños. Ver Hechos 11:14, 18:8 y 1 Cor 1:16)

La tradición judía determinaba que los prosélitos de las naciones circuncidaran a todo varón de la casa, incluidos los niños tal como se cita en las Escrituras en el caso de Abraham. El segundo pacto, el nuevo pacto, siendo mejor y superior al primero no puede excluir a los niños que estaban incluidos en el anterior.

El “Oxford Dictionary of the Christian Church” comenta al respecto: “En los tiempos del Nuevo Testamento se pueden apreciar signos positivos de bautismo de infantes en el hecho de que los hijos de padres cristianos son considerados ‘santos’ en oposición a ser ‘inmundos’; y también son exhortados a obedecer a sus padres ‘en el Señor’ (Col 3:20 y Efe 6:1). No hay ninguna sugestión o mandamiento de que los jóvenes busquen el bautismo al llegar a la edad de la razón” (Oxford University Press, 1989).

Seguramente te habrá venido a la mente el episodio de Mateo 19:14. No debiéramos bloquear el camino de los niños a Jesús, sino presentarlos delante del Maestro.
La doctrina y la experiencia del Bautismo de boca de Jesús y los Apóstoles

Verdaderamente te digo: A menos que uno nazca de nuevo del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles si te he dicho: “Debes nacer de nuevo para entrar en el Reino de los Cielos” (Juan 3)

¿Qué quiere decir Jesús? Creo que es razonable enfocar el bautismo de Jesús para entender lo que estas palabras quieren decir. En el caso de Jesús el agua de su bautismo y el Espíritu Santo actúan en concordancia con la voluntad divina claramente expresada. Dios ha provisto un sacerdote (Juan el Bautista) y la bendición divina es se oye directamente desde los cielos para dar testimonio a los que están presentes de que este hombre, Jesús, está aprobado por Dios, en paz con Dios. La segunda creación comienza y el modelo perfecto del bautismo es establecido para siempre. El sacerdote heredero de la verdadera tradición de Aarón, el agua del Jordán, el Espíritu Santo que permanece en Jesús, la aprobación del Padre y la presencia del Hijo. Todos a una en este momento crucial de la historia tenemos un maravilloso ejemplo de como ejecutar este sacramento. Esto es lo que significa “nacer de arriba”, “nacer de nuevo”. En el futuro el sacerdocio Aarónico será reemplazado por el sacerdocio apostólico. El segundo, como el primero, hereda la autoridad conferida en principio por Dios mismo (en Moisés y en Jesús, su antitipo).

Las palabras de Pedro en el Pentecostés son importantes porque es en ese momento que la Iglesia es bautizada en Espíritu Santo. Hechos 2:37-41 confirma que los apóstoles han recibido la autoridad de bautizar para perdón de pecados. Pedro afirma que el bautismo es el requisito indispensable para el perdón y la recepción del Espíritu. Por diez años la Iglesia ha recibido a sus miembros judíos bajo esa condición y en ese orden (El bautismo en esos tiempos precede a la unción en Espíritu Santo). Sin embargo, y para probarle a Pedro que la puerta está ahora abierta a los hombres y mujeres de las naciones, luego de la visión premonitoria, el Espíritu precede al bautismo en el caso de Cornelio. Esta excepción es la mano de Dios afirmando la apertura de las puertas de su Iglesia a las naciones del mundo y la extensión de los beneficios de la salvación por la cruz de Jesús aún a aquellos a cuyas manos Jesús murió. Recordemos que Cornelio es un romano de Italia y que es un centurión. No puede haber ejemplo más fuerte y claro que ése. El Espíritu y el Bautismo ahora están disponibles a todo el mundo sin excepción. El perdón de Cristo en la cruz (“perdónalos Señor, porque no saben lo que hacen”) se ha hecho manifiesto.

En Hechos 8:27-38 es evidente que los apóstoles y diáconos (Hechos 6:5) enseñaron que el bautismo es un requisito elemental para la salvación. ¿Cómo supo el eunuco etíope que era necesario bautizarse si Felipe no se lo explicó previamente? Como punto adicional nótese que el eunuco reconoce la interpretación de la Escritura como una interpretación autorizada, autoridad que es refrendada luego por testimonio del Espíritu Santo. No hay interpretación personal y solitaria en este caso.

En 1 Cor 7:14 la familia es consagrada por la membresía en el Reino de uno de sus miembros. Cuando los discípulos impidieron que los niños se acercaran a Jesús, en el pasaje de Lucas 18:15 se usa la palabra griega brefos que significa un recién nacido. Jesús no quiere mantener a estos más pequeños fuera de su reino y nos demuestra que su bondad inmerecida alcanza aun a los de tan temprana edad. Él mismo fue circuncidado y aceptado en Israel al octavo día de vida. El rito de la circuncisión es la entrada al pacto antiguo de la misma forma que el rito del bautismo es la entrada al pacto nuevo. Juan Calvino y Martín Lutero están de acuerdo en considerar este pasaje como la razón fundamental para bautizar infantes en la Iglesia.

La conversión de Pablo trae a la mente los elementos que antes expusimos en el asunto de la creación. Pablo está en la oscuridad, ciego, su mente en desorden con una confusión de ideas (recordar el Génesis citado antes). Al llegar Ananías a la casa, éste le dice: “Sé bautizado y lava tus pecados por medio de invocar Su nombre”. Nótese que se hace la luz para Pablo al caer las escamas que cubrían sus ojos. Nótese que la fórmula es distinta a la usada en otras ocasiones (“cree en Jesucristo” etc.).
No hay nada puramente simbólico en este bautismo, es la acción del Espíritu Santo lo que primero mueve a Ananías a visitar a Pablo en la casa de la Calle Recta y es el mismo Espíritu Santo que comienza a actuar en Pablo a partir del sacramento bautismal.

Pablo, al escribir a los corintios en 1 Cor 10:1-4 hace una hermosa comparación que nos confirma dos cosas. La primera es que el bautismo es lo que nos lleva al Moisés antitípico que es Jesús. Y la segunda que la sumisión al arreglo divino por medio del bautismo nos hace participantes en la “comida sobrenatural” o “milagrosa” de la Cena del Señor. Es doctrina cristiana cierta que nadie que no haya sido bautizado puede participar del pan y del vino pues no ha puesto detrás de sí al mundo y a la carne para aceptar al Reino de Dios en el Espíritu (ver Hebreos 13:10). ¿De qué otra forma se puede entender este discurso de Pablo si no es así? Realmente no debiera sorprendernos la unicidad de la doctrina de boca de uno de sus Apóstoles, uno que el mismo Señor Jesús eligió para que fuera nuestro apóstol, ya que somos su rebaño de las naciones.

Comentando en este pasaje Matthew Henry explica: “[Los hebreos] tuvieron sacramentos como los nuestros. Fueron bautizados en la nube y el mar por Moisés y fueron hechos así herederos de la obligación a la Ley de Moisés y su Pacto. Fue para ellos un bautismo típico [del nuestro]”

Es necesario recordar que el nombre Moisés significa “Salvado de las aguas”.
En 1 Cor 6:9-11 se nota el uso sinónimo de las palabras “lavados”, “santificados” y “justificados”.
En muchas de las sectas cristianas se trata de reducir el proceso de salvación a una serie de pasos o etapas que el converso debe completar para ser salvo. En esta lectura de Pablo se nota que los elementos parecen estar en el orden incorrecto ya que algunos sostienen que la justificación viene primero, luego la santificación (identificada por algunos como una mejora moral o cambio de conducta).
Pablo trata estos términos como sinónimos en este caso pero yendo un poco más allá estos términos son puestos en el tiempo aoristo del griego lo que implica una acción ya completada en el tiempo. Es por eso que en el idioma castellano se traduce “habéis sido” para recalcar la perfección del tiempo verbal.

Pablo ha usado este término antes. La palabra apolóuo, de la raíz “lavar” precedida por “apo” que le da el sentido de “afuera” o “echar”. El tiempo es aoristo en este caso lo cual denota un solo instante del tiempo, algo ya ocurrido y completo, nunca una continuidad de acciones que puedan extenderse hasta el presente. Aquí volvemos a encontrar los elementos del agua, el Espíritu y la mención del Padre, de Jesús y del Espíritu Santo bien apunta a la fórmula bautismal ordenada por Jesús “en nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo”.

Pablo en la carta a los efesios: “Hay un cuerpo y un Espíritu, así como vosotros fuisteis llamados a una esperanza que pertenece a vuestra llamada, un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos nosotros” El Bautismo es una incorporación el Iglesia de Cristo, su cuerpo. Es también una declaración de unión con Cristo para cumplir lo que Jesús mismo pidiera al Padre en Juan 17:20-33.

Un comentario dice: “El Bautismo es el complemento sacramental de la fe, el rito por el cual el hombre logra la unión con Cristo y manifiesta públicamente su cometido” (“The Letter to the Galatians” Brown, Fitzmyer, Murphy en “The Jerome Biblical Commentary”, publ. Por Prentice Hall, 1968) .

Siguiendo a Pablo, el Credo Niceno declara: “Reconocemos el bautismo para perdón de pecados”. Algunos sin embardo declaran que el “un bautismo” del que habla Pablo no es el bautismo en agua.

El catedrático protestante Andrew T. Lincoln sin embargo declara: “El ‘un bautismo’ es el bautismo en agua, el rito público de la confesión de un Señor. El bautismo es uno porque es la iniciación y entrada en el cuerpo de Cristo que es un solo cuerpo”. (“Ephesians”, vol. 42 del Word Biblical Commentary, Word Books, 1990).

Tertuliano, en el segundo siglo escribe: “Hay para nosotros uno y solamente un bautismo de acuerdo con los Evangelios del Señor y las Cartas de los Apóstoles como suficientemente se nos dice ‘un Dios, un Bautismo y una Iglesia’. Entramos entonces una vez en la fuente: Una vez que los pecados han sido lavados no debieran repetirse jamás. Agua feliz que de una vez lava y que no se burla del pecador con vanas esperanzas” (“Ante-Nicene Fathers”, Roberts and Donaldson).

Ver y meditar en estas varias porciones de las cartas apostólicas: Col 2:11-12; Tito 3:4-7; Efe 5:26; Heb 6:1-4, 1 Ped 3:18-22 .

Comentarios sobre el Bautismo en los escritos de la

Iglesia primitiva
El Didacta o la Enseñanza de los Apóstoles
Este tratado o resumen se sabe anterior a la escritura de la mayoría de los escritos del Nuevo Testamento y era usado para instruir nuevos discípulos, entre otras cosas. El documento que nos ha llegado fue usado sin duda en vida de los apóstoles y cumplía la función de un catecismo básico como preparación general previa al bautismo.

“Todo esto apunta a una época muy temprana y muchos estudiosos consideran al Didacta en algún punto temprano de la segunda mitad del primer siglo, esto es, una fecha mucho más temprana que muchos de los escritos contenidos en el Nuevo Testamento” (“Early Christian Writings”, Andrew Louth, Penguin Books, 1968)

Del Didacta: ” Bautizad de la siguiente manera: Después de explicar todos estos puntos, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en una corriente de agua. Pero si no hay una corriente de agua cercana, en otro cuerpo de agua, si no la hubiera fría que sea agua caliente pero si no tienes ni una ni otra, vuelca agua sobre la cabeza tres veces en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y que nadie coma o beba de la Eucaristía sino aquellos bautizados en el nombre del Señor. Porque concerniente a esto el Señor ha dicho: ‘No déis a los perros lo que es santo’”
La Epístola de Bernabé (70 A.D. ~ 100 A.D.)

“Observemos aquí como [el Señor] describe ambos el agua y la cruz en la misma figura, siendo el significado que El les da, ‘bendito es el que desciende en el agua con sus esperanzas puestas en la cruz’… El nos dice aquí que luego de haber descendido al agua cargados de pecados, salimos de ella floreciendo en frutos con reverencia en nuestros corazones y la esperanza de Jesús en nuestras almas”
Clemente de Roma (“La Epístola de Clemente” ~ 96 A.D.)
“¿Por qué hay peleas, tumultos y divisiones entre vosotros? ¿No tenéis vosotros todos un Dios y un Cristo? ¿Es que no hay un Espíritu de gracia derramado sobre todos nosotros?

El Martirio de Policarpo (~ 155 A.D.)
“Y al entrar Policarpo en la arena una voz del cielo se escuchó diciendo ‘Sé fuerte Policarpo y pórtate como un hombre’. Finalmente fue llamado a ser examinado y el Gobernador lo presionaba diciendo: ‘Toma el juramento y te dejaré ir’…‘Insulta a Cristo’. La respuesta de Policarpo fue la siguiente: ‘Por ochenta y seis años lo he servido y El no me ha hecho ningún daño. ¿Cómo puedo blasfemar a mi Rey y Salvador?

De Policarpo dice Eusebio en su “Historia de la Iglesia”: “Policarpo fue instruido por los Apóstoles y por aquellos que vieron al Señor, pero fue designado obispo de Esmirna por los apóstoles para servir allí. Yo mismo lo vi porque vivió una larga vida y era de mayor edad cuando dio su vida en un espléndido martirio. En todo tiempo enseñaba las cosas que había aprendido de los apóstoles, las cosas que la Iglesia transmite y sólo aquellas que son verdaderas”

Basta hacer cuentas para deducir que Policarpo fue bautizado en el año 70, cuando era apenas un niño según se menciona en la Primera Apología de San Justino. De Policarpo se dice que los leones rehusaron atacarlo, se hizo entonces un intento de quemarlo pero el fuego no lo dañó y finalmente tuvo que ser traspasado por una daga.
Ignacio de Antioquía (~35 A.D. – 107 A.D.)

“No es apropiado que haya bautismos si el obispo no está presente” (Epístola a los Esmirneos)
Una Antigua Homilía de Autor Desconocido (120 A.D. ~140 A.D.)

“Concerniente a aquellos que no han mantenido el sello [del bautismo], El dice ‘Su cresa no morirá y su fuego no se apagará y serán un espectáculo a toda carne’… porque luego que hemos partido del mundo no podemos ya hacer confesión allí ni arrepentirnos ya más. Por lo tanto hermanos si hemos hecho la voluntad del Padre y hemos mantenido la carne pura y guardado el mandamiento del Señor, recibiremos vida eterna. Esto es lo que significa el mantener la carne limpia y el sello [del bautismo] sin mácula hasta el mismo fin para que podamos recibir la vida”
Ireneo de Lyon (130 A.D. ~ 200 A.D.)

“Hay tantas versiones de la redención como maestros hay en estas opiniones místicas. Y al refutarlos demostramos que esta clase de hombres ha sido instigada por Satanás a negar el bautismo que es la regeneración por Dios y al efectuar tal negación niegan y renuncian al total de la fe cristiana.

‘Y se sumergió’, dice la Escritura, ‘siete veces en el Jordán’. No fue por nada que el Naamán de antiguo al sufrir de lepra fue purificado al efectuarse su bautismo. Es buena esta indicación para nosotros, pues para nosotros fue escrita. Porque somos como leprosos en el pecado y somos hechos limpios por medio del agua sagrada y la invocación del Señor. Limpios de todas nuestras transgresiones y espiritualmente regenerados como si fuéramos recién nacidos. Es así que el Señor ha declarado: ‘A menos que uno nazca del agua y del Espíritu, no entrará en el Reino de los Cielos’” (Contra las Herejías).

Y finalmente me gustaría citarte de un documento católico que explica la doctrina de la salvación según es revelada en la Iglesia. Es en bien pocas y buenas palabras que revela la esencia de las enseñanzas apostólicas al decir, en referencia a 1 Cor 6:11.

“Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en virtud de obras de ellos pero por designio y gracia de Él, siendo justificados por el Señor Jesucristo han sido hechos hijos de Dios en bautismo, el sacramento de la fe y participantes de la divina naturaleza, por lo tanto han sido verdaderamente santificados. Deben por lo tanto abrazar y perfeccionar la santificación que de Dios han recibido”
(“Lumen Gentium”, no. 40)

Luego de estas palabras podrás entender, José Luis, cuánto me alegro por tu próximo bautismo.
Carlos Caso-Rosendi

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