Conocer a Nuestra Madre Iglesia, Conociendo el Esplendor de la Verdad y disipando todas las sombras

En mi peregrinar en la fe, me he encontrado con el triste y lamentable episodio de ver como el hombre frivoliza tan fácilmente con las cosas de Dios, y recurriendo a excusas tan infantiles como; “la misa es aburrida,” “no encontraba lo que buscaba” o simplemente, “ese cura no me gustaba” llegando a la insensatez de engañarse diciendo que “en la Iglesia no se enseña la Biblia.”

Demostrándose con esto el hecho de que el hombre en el fondo lo que quiere es buscar un Dios a su propia hechura, fenómeno este que ha venido en un peligroso crecimiento en las últimas décadas y el cual se ha llamado la fe “Snack Bar,” o lo que es lo mismo, creerse que la Iglesia es un simple escaparate de supermercado donde uno toma lo que quiere y desecha lo que no le interesa.

Peligro que se advierte más en lo relacionado con Dios, esto así ya que el ser humano opta siempre por lo mejor dentro de sus posibilidades como poner a sus hijos en el mejor colegio, la mejor universidad, los mejores clubes sociales; de igual forma actúan cuando se trata de ir al médico. Sólo para las cosas de Dios es que, según muchos, da lo mismo donde ir y es lo mismo todo.

Advirtiendo con esto, el hecho de que no podemos poner a Dios a la medida de nuestros antojos ya que así sólo reflejamos nuestro gusto por relativizar todo, aún ponga en juego nuestra propia felicidad y salvación.

El hombre desde que es hombre, ha tratado de encontrar la verdad a su paso, el origen de su proceder. Han transitado diversos caminos y ha dejado otros por recorrer; unos ya lo han encontrado y otros parecieran haberlo encontrado. De todos ellos, sólo los primeros continúan firmes en la verdad; pero todos tienen algo en común, y es la búsqueda, mediante grupos afines entre sí, de la verdad.

Dios, esa es la verdad que todos buscan; pero, para recorrer esa búsqueda y encontrar esa verdad, los medios e instrumentos están tan diseminados y diversificados que no sólo se distorsionan los mismos, sino, que a veces se tergiversa el fin. Y ya que no sólo hay que encontrar la verdad sino la plenitud de la misma, únicamente los primeros continúan firmes en esa plenitud de la verdad revelada: Los Católicos.

La verdad: recepción directa de Dios; que muchos no la aceptan o sus intereses y precedentes no se lo permiten. Siendo esto lo que ha conllevado a la ramificación errada de las sectas protestantes; todos sabemos que la mayor herida del cristianismo empezó con Lutero, pero no todos, conocemos sus palabras finales, su apoyo al hilo que tejió.

Los caminos por los cuales hoy caminamos; la Iglesia que es Una, Santa, Católica y Apostólica. Siendo estas las señales que debe tener el cuerpo místico de Cristo, la esposa del cordero.
Hoy en día, las sectas protestantes se asemejan a la humanidad, evolucionan y se multiplican; arrojando confusiones, dudas e interpretaciones personales que niegan el verdadero mensaje del creador o afirman solamente parte del mismo.

Ya que S. Pedro en una de sus cartas católicas nos exhorta a dar razón de nuestra fe siempre y en todo momento, caminemos junto a la historia y veamos este triste y lamentable episodio de la humanidad, donde por el pecado y el deseo de endiosarse de unos cuantos, han querido engañar a los elegidos separándolos del cuerpo místico de Cristo…

Pero debemos recordar y gozarnos en la promesa que el mismo Jesús le hizo a su Iglesia:

“YO ESTARÉ CON USTEDES HASTA EL FIN DEL MUNDO.”

Los cristianos desde sus mismos inicios y apoyados en esta promesa, tuvieron siempre presente la responsabilidad que tenían de proteger a la Iglesia del error, y al surgir las herejías que trataban de apartarles de la plenitud de la verdad, debieron dejar bien en claro y establecer las señales o notas que deben prevalecer en la Iglesia fundada por Jesús.

Tal regla de fe los Padres la identifican con la Tradición Apostólica, ya fuese esta escrita como oral; ya que es con dicha Tradición, la cual abarca la Biblia, el Magisterio de la Iglesia, y lo enseñado en consenso por los Padres de la Iglesia, con la que se declara y fundamenta el sentir de la Iglesia en cada uno de los diferentes puntos en la fe.

Esto así, ya que la verdadera doctrina está conforme con la profesada por la Iglesia Apostólica, madre y fuente de la fe primitiva ya que enseña lo que recibió de los apóstoles y estos del mismo Cristo.

Pero antes de iniciar este caminar a través de la historia del cristianismo, me gustaría ya que creo ser válido y justo, el aclarar el significado de los términos herejía y cisma; así como esas señales y notas que deben caracterizar a la verdadera Iglesia…

Primeramente aclaramos que herejía (del griego, háiresis), se entiende a “la acción de todo aquel que habiendo recibido el bautismo cristiano, tercamente pone en duda o expone doctrinas contradictorias a la Verdad revelada”, es decir, un verdadero acto de deliberada infidelidad (ver 2Pe 2,1). En otras palabras, todo lo que se opone a la “unitas fidei”, es decir, a todo aquello que va en contra del ministerio docente instituido por Cristo.

Cisma (del griego, sjisma) involucra un hecho de separación ó insubordinación que despedaza la unidad del rebaño de Cristo (ver 1 Cor. 1,10; 11,18; 12,25). De allí que se le dé nombre de cismático, a quien ocasiona el cisma, como al que se adhiere libremente por convicción o de hecho. Así, un cisma puede no estar motivado por una herejía, pero en cambio, el nacimiento de una herejía, al cuestionar la ortodoxia dogmática, inevitablemente conlleva un acto cismático.

Sobre las notas distintivas de la Iglesia comienzo explicando que lo que se opone a la “uniteas regiminis”, es lo que va en contra del oficio pastoral encargado por Jesús a su Iglesia. Esto partiendo de la premisa de que también en el cuerpo místico debe existir una unidad en el régimen eclesiástico, “unitas hierchica”, reconociéndose por esta unidad a la verdadera Iglesia de Cristo. Por lo que UNA debe ser una de las señales ó notas de la Iglesia.

Es SANTA apoyada en su fundador que es Santo, por lo que desde su esencia más íntima, ya que en cuanto Cuerpo de Cristo, tiene la más intima unión con él. Por lo que esa santidad no puede sufrir detrimento ni perderse. Aún en los períodos de “decadencia” de la vida eclesiástica permanece sin debilitarse la acción iluminadora y santificadora del Espíritu Santo; ya que ella sigue con los sacramentos y la gracia incorruptible que producen en virtud del Espíritu Santo la santificación a las almas que se abran a la misma.

La nota de la CATOLICIDAD afirma que la verdadera Iglesia es por esencia una Iglesia universal, que desde sus inicios tuvo el impulso de extenderse por todos los pueblos. La obra y misión de la Iglesia es tan general como la de Cristo. Es la respuesta al mandato de Jesús de que hagan discípulos a todas las naciones.

En otras palabras, la catolicidad consiste en la presencia visible de la Iglesia entre los hombres que abarquen los de todos los tiempos, épocas y lugares. Esto desde el mismo envío de Cristo hasta la consumación de sus tiempos.

La APOSTOLICIDAD de la Iglesia como última nota, es sin lugar a dudas la más interesante ya que para los enemigos de la Iglesia es la única que no han podido ni podrán usurpar; ya que tenemos una secuencia ininterrumpida, por lo que estamos unidos en nuestro peregrinar desde los apóstoles hasta este momento, sin “hueco negro” a través de la historia, dándole así continuidad a la misión de Cristo.

Movidos ante esta verdad tan contundente es que hemos querido hacer dentro de esta página, la sección de apologética, que no es más q defender nuestra fe, nuestras creencias. De ahí que la apologética es la que dentro de la teología, se encarga de defender la Religión Católica demostrando sus fundamentos científicos, la verdad de sus doctrinas y la falsedad de los ataques de sus enemigos.

Entre los primeros y principales apologetas que defendieron a la Iglesia de los errores que la acechaban, mencionaremos tres por su importancia. El primero es Cuadrato, quien es mencionado como el primer gran apologeta, al presentar para el año 124 una apología ante el emperador, y la cual se conserva escrita en griego. En el mismo orden tenemos a Arístides, quien redactó una apología dirigida a Antonino Pío y donde expone la belleza de la vida cristiana defendiéndola así, de las difamaciones que desde ya le hacían los enemigos de la Iglesia.

San Justino, llamado el filósofo por sus estudios de filosofía a la que se dedicó antes de su conversión, su gran triunfo en su lucha literaria se debió a su forma conciliadora y pacífica de hacer ver la verdad de sus argumentos, los cuales enfocó tanto a los judíos como a los paganos.

Y haciéndonos eco de lo que nos invita el mismo Papa Juan Pablo II en el epígrafe inicial, en este libro trataremos de aportar nuestro granito de arena en pos de eso, de la misma forma en las escrituras vemos como el mismo apóstol Pedro nos exhorta y nos invita a que defendamos o lo que es lo mismo, que hagamos una apología de la verdad transmitida y enseñada, cuando escribe:

“Y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros”. (1 Pedro 3:15).

Esto asi, ya que algunos de estos grupos llegaron hasta “perturbar” los cimientos mismos de la Iglesia de Cristo.

Siempre resonando en nuestros corazones la promesa que nos dejó el mismo Jesús…

NO TEMAN, YO HE VENCIDO AL MUNDO!!!

Es bueno señalar el hecho de que la Iglesia, firme y clara en su misión de llevar la Buena Nueva a los confines de la tierra, no se vio en la necesidad de definir de manera oficial ninguno de los puntos claves de la fe, sino sólo en el momento que surgían las diferencias. Y ante estos movimientos de insurrección es que se vieron ante la necesidad de proteger a la catolicidad de estos errores e iban declarando y definiendo nuestras verdades de fe.

Es decir, la Iglesia todo lo creído desde el principio por la cristiandad primitiva, lo declaraba como verdad de fe de manera oficial al surgir brotes de rebelión contra sus enseñanzas. Aclaro esto para que no se siga divulgando la mentira de que la Iglesia en un tiempo determinado se “inventaba” doctrinas nuevas y las imponía a los demás.

Estas verdades de fe son los Dogmas de nuestra Santa Iglesia Católica, y estos son como dije anteriormente, las verdades de fe siempre profesada y un día oficialmente declaradas para ser creídas por los hijos de la Iglesia.

Verdades que fueron creídas y enseñadas por medio del consenso unánime de los Padres de la Iglesia. Esto es, lo enseñado y creído desde el principio por los baluartes y paladines de la ortodoxia, que el mismo Espíritu los iba guiando ante cada necesidad que se presentaba en la Iglesia y así protegía a la misma del error, como lo sigue haciendo hoy día. Hay que aclarar a esto, que los Padres de la Iglesia podían equivocarse en materia de fe en sus criterios personales pero ahí estaba el consenso de los mismos y era donde se guardaba íntegro el depósito de la verdad revelada.

Para concluir sobre esto del consenso de los Padres, señalo que lo que otorga autoridad al testimonio de ellos no es su valor personal, sino su carácter católico, en consenso. Y cabe reseñar las palabras que nos dijo el gran converso del anglicanismo, el Cardenal Newman:

“Nosotros aceptamos las doctrinas que ellos (los Padres) enseñan de esta manera, no sólo porque ellos las enseñan, sino porque dan testimonio de que en su tiempo las profesaban todos los cristianos y en todas partes. Se trata, pues, de una cuestión de testimonio”.

 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1, 3-6. 15- 18

Bendito sea Dios,  Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales.
Él nos eligió en la persona de Cristo,  antes de crear el mundo, para que fuésemos santos
e irreprochables ante él por el amor.
Él nos ha destinado en la persona de Cristo,  por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido  en si querido Hijo, redunde en alabanza suya.
Por eso yo, que he oído hablar de su fe en el Señor Jesús y de su amor a todos los santos, no ceso de dar gracias por todos ustedes, recordándoles en mi oración, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo.

Ilumine los ojos de su corazón,  para que comprendan cuál es la esperanza a la que nos llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos.
(Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1, 3-6. 15- 18)

 

A los humildes Dios da su gracia

El texto de hoy comienza así: “Entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer”. No nombra ni el pueblo o ciudad, ni cómo se llamaba el fariseo, ni qué familia tenía, ni qué cargo tenía”. Un periodista o un historiador nos hubiera precisado varios o todos de esos detalles. Pero a los evangelistas sólo interesa darnos noticia de Jesús, de su persona y su mensaje, que es el camino de salvación para todos. Es interesante, creo, notar en el texto la actitud de Jesús, que denota su conciencia de sí mismo de no ser una persona cualquiera. Jesús está invitado a la casa de una persona importante y asisten también otros personajes amigos asimismo importantes. Ante ellos y a ellos Jesús habla con autoridad sorprendente y aun se permite criticarlos. Es un signo entre otros muchos de que Jesús se considera por encima, de que en éste, como en todos los momentos de su vida, Jesús se sabe ser Dios, el Hijo del Padre, enviado como maestro de la verdad. Otra observación sobre cómo leer la Biblia: Cuando en los evangelios se dice que Jesús dijo algo, lo hacen como lo hacemos también nosotros. No tenemos la pretensión de repetir palabra por palabra lo que hemos oído, sino que comunicamos el sentido, la idea, aunque con palabras diferentes. Por eso en los diversos evangelios encontramos con frecuencia en boca de Jesús una misma idea expresada con palabras diferentes. Pero hoy hemos escuchado la frase: “Todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. Jesús era un gran orador y los oradores repiten con frecuencia ideas y formulaciones que juzgan tienen fuerza especial para impresionar. Aquella frase, formulada igual, aparece otras veces en los evangelios. Da la impresión de que el evangelista la recuerda y ha querido recordarla al pie de la letra como dicha así por Jesús.

Como habrán caído en la cuenta, la perícopa está centrada en la virtud de la humildad y en la predilección por los pobres: “Cuando te inviten, vete a sentarte en el último puesto”. “Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos”. También en la primera lectura leemos:”Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad…Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios y revela sus secretos a los humildes”. “Preparaste, oh Dios, —hemos respondido en el salmo— casa para los pobres. Padre de huérfanos, protector de viudas,… Tu rebaño habitó en la tierra que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres”. Días atrás, el día de la Asunción de María, recordamos su canto triunfal: “Porque ha mirado la pequeñez de su esclava; dispersa a los soberbios de corazón y enaltece a los humildes” (Lc 1,48.51s). La preferencia por ser de los últimos es recomendada con énfasis y repetidamente en los evangelios, igual que la petición de hacerse como los niños. “Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes” dice Santiago (4,6; 1Pe 5,5). Si examinamos lo que nos sucede a nosotros y a los demás, vemos que la mayor parte de los conflictos son causados por la soberbia. Discusiones y riñas en la familia, maledicencias, mentiras para ocultar descuidos o faltas, envidias por lo que otros tienen o por sus éxitos, tristeza por los fracasos y otros muchos pecados y defectos grandes y pequeños tienen la mayor parte de las veces su raíz en la falta de humildad. Aun la misma negligencia en la oración ¿no está manifestando que nos sentimos autosuficientes, sin necesidad de la ayuda de Dios ni siquiera de invocar su perdón? “La humildad es la base de la oración” afirma el Catecismo de la Iglesia. “Humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios” (2559). La primera actitud que la criatura ha de tener ante Dios, su creador, es adorar y adorar es humillar el espíritu en presencia de Dios tres veces santo y soberanamente amable (CIC 2628). Sólo si con humildad se lee la palabra de Dios, se llega a comprenderla y aplicarla bien.

“La humildad nos hace reconocer que ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se le quiera revelar’, es decir ‘a los pequeños” (CIC 2779). Más que importante, necesaria la humildad; sin embargo es difícil. Muchas veces lo había repetido el Señor. Con todo poco antes de morir, en la última cena, todavía están los discípulos disputan por ser el primero. Jesús tiene el gesto de lavarles los pies para que por fin aprendan (Lc 22,24-27; Jn 13,4-17). Mediten, hermanos, con especial atención las recomendaciones bíblicas a la humildad. Pidan caer en la cuenta de sus propias faltas y actitudes contrarias. Tomen conciencia de ellas. Reconozcan sus faltas y limitaciones. La confesión es un gran medio para mejorar en humildad. No se quejen, cállense cuando son víctimas de algún trato que los humilla, agradezcan a Dios lo bueno que les ocurre y pídanle saber sufrir humillaciones y vivirlas en la paz y la alegría, porque ese es el camino de Jesús, quien “siendo Dios, aceptó la humillación de un esclavo, haciéndose obediente hasta la muerte de cruz y por eso el Padre lo elevó para dominarlo de todo” (Flp 2,6-11).