¿Existen pecados imperdonables?

“Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada”. S. Mateo 12:31.

El texto que estudiaremos tiene dos partes: la primera es una promesa maravillosa de Jesús: “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres.” La Biblia dice: “El que oculta sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y se aparta de ellos alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13).

Dentro de tales pautas bíblicas,
¿qué pecados perdona Dios?
¿El adulterio? Sí.
¿El homosexualismo? Sí.
¿El asesinato? Sí.
¿Las drogas? Sí, todo. No hay palabra que abarque más que la palabra todo. Dios dice que no hay nada que él no pueda perdonar.

No importa cuán bajo hayas caído, no importa cuán lejos hayas ido, todo te será perdonado. Menos el pecado contral el Espíritu Santo.

¿Por qué Dios no perdona este pecado? ¿Será que Dios se cansa de perdonar? ¿Será porque el hombre hizo demasiado mal que Dios dice: “Se acabó la oportunidad para este hombre”?.

El pecado contra el Espíritu Santo es imperdonable no porque Dios no quiera perdonar, sino porque el hombre que lo comete no quiere ser perdonado y Dios no puede perdonar a nadie por la fuerza. El ser humano tiene que querer ser perdonado, tiene que caer arrepentido a los pies de la cruz. Entonces, Dios envía inmediatamente a millares de ángeles en su auxilio.

Dios le habla todo el día al ser humano a través de la voz de su conciencia, de la Palabra escrita y de la naturaleza.
Una conciencia santificada por la presencia de Jesús en la vida es, sin duda, la voz del Espíritu Santo. Quien preste oídos a esa voz tiene la garantía de que continuará oyéndola y permanecerá sensible a ella. Quien cierre los oídos a la voz de Dios, a pesar de oírla, corre el riesgo de endurecer lentamente el corazón y llegar al punto en el cual no sienta más la voz de Dios. No significa que Dios no le hable más, no. El Espíritu de Dios nunca se cansa; siempre continuará hablando, siempre suplicando, siempre esperando. El problema no está en Dios, está en nosotros.
Somos nosotros quienes corremos el peligro de llegar al punto en el cual no logramos oír más su voz.

Que hoy nuestra oración sea: “Señor, ayúdame a prestar oídos a tu voz. Cuando sienta que otras voces me llaman a caminar por caminos peligrosos, dame fuerza y la sensibilidad necesarias para oír tu voz. Guía mis pasos en este día. Camina a mi lado; dame tu brazo poderoso para sustentar mis pasos. ¡Amén!

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El magisterio oral de la Iglesia en la carta a los Gálatas

Pablo y la tradición oral. José M. Bover

San Pablo es el Apóstol de la libertad cristiana. Mas para San Pablo, la libertad no es el libertinaje ni la anarquía. A la libertad de la carne opone el Apóstol la ley del Espíritu y del amor; y la libertad social o de acción la refrena o modera con el principio de autoridad eclesiástica, principalmente con el primado de San Pedro. Otra libertad reclaman para sí los protestantes, con mayor obstinación que ninguna otra: la del libre examen, que por natural evolución ha degenerado en la moderna libertad de pensamiento. Sin duda que los protestantes, los conservadores por lo menos, limitan o moderan esta libertad de pensar acatando el magisterio escrito de la Biblia. Pero semejante magisterio escrito, al ser sometido al libre examen, resulta ineficaz e irrisorio. Al interpretar la Biblia según su criterio personal, hacen decir a la Biblia lo que ellos quieren, y, en definitiva, piensan como se les antoja. El verdadero freno moderador de la libertad de pensar en materias religiosas no es ni puede ser otro que la autoridad doctrinal, el magisterio viviente instituido por el mismo Jesucristo. Este magisterio oral y externo se hizo para los protestantes un yugo insoportable, como contrario a la libertad cristiana de pensar. Y, sin embargo, este yugo lo impuso Jesucristo sobre las cervices de cuantos generosamente se resolviesen a dar fe a su palabra y aceptar su autoridad y su doctrina. Y este yugo lo proclama también y lo impone el Apóstol de la libertad en la misma Carta magna de la libertad cristiana, la Epístola a los Gálatas. Vamos a demostrarlo. Comencemos por una razón que podemos llamar de experiencia.San Pablo proclama enérgicamente la unidad o unicidad del Evangelio.. Me maravillo dice de que tan de repente os paséis… a un Evangelio diferente, que… no es otro [Evangelio], sino que hay algunos que os revuelven y pretenden trastornar el Evangelio de Cristo (Gál. 1,6 7). Y este Evangelio único de Jesucristo es inmutable e intangible; intentar tocarlo o modificarlo es profanarlo y destruirlo sacrílegamente.

Por eso prosigue el Apóstol: Aun cuando nosotros o un ángel [bajado] del cielo os anuncie un Evangelio fuera del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes lo tenemos dicho, ahora también lo digo de nuevo: Si alguno os anuncia un Evangelio diferente del que recibisteis, sea anatema (Gál. 1,8 9). Es que el Evangelio no es un mensaje amorfo, que reciba su determinación o significación concreta de la interpretación subjetiva que se le quiera dar, sino que tiene su verdad objetiva y determinada, a la cual hay que someter la inteligencia. Por esto dos veces habla San Pablo de la verdad del Evangelio (Gál. 2,5; 2,14). Por esto también deben los fieles estar o ponerse de acuerdo sobre la inteligencia del Evangelio, como lo significa el mismo Apóstol, cuando escribe: Confío de vosotros en el Señor que no pensaréis de otra manera de como os tengo dicho (Gál. 5,10; cf. 6,16). Esta unidad y verdad intangible, con la consiguiente conformidad en el pensar, la posee el Evangelio por razón de su origen divino. Porque os hago saber, hermanos, que el Evangelio predicado por mí no es conforme al gusto de los hombres; pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo (Gál. 1,11 12; cf. 1,16). Los hombres no tienen derecho a desfigurar el Evangelio de Dios.

Tales son los principios doctrinales establecidos por San Pablo. Ahora con estos principios comparemos los hechos.
Por ahora podemos conceder o permitir a los protestantes que el Evangelio de que habla San Pablo se contiene íntegramente en las Escrituras del Nuevo Testamento. Podríamos también conceder, sin dificultad, que en el terreno abstracto de las ideas este Evangelio escrito, uniformemente interpretado, pudiera consiguientemente ser para los fieles principio de uniformidad en el pensar y sentir. Pero, decimos, de hecho ni lo ha sido ni lo es. Es, por tanto, el Evangelio escrito insuficiente para crear o mantener la unidad doctrinal que preconiza el Apóstol. Si Dios, pues, quiso, como evidentemente lo quiso, asegurar la verdad del Evangelio, debió instituir en la Iglesia un magisterio no escrito, esto es, un magisterio viviente y oral. Examinemos a fondo esta razón. Nos concederán los protestantes que el Evangelio escrito no lo destinó Dios para que fuese entretenimiento de ociosos, ni menos campo de batalla donde se librasen sangrientos combates teológicos que desgarrasen la unidad de la fe, sino para que fuese criterio de verdad y norma de vida eterna para todos los hombres de buena voluntad. Ahora bien: estos designios de Dios jamás se han realizado, siempre se han frustrado; cuando el Evangelio escrito ha sido sometido al libre examen, ha sido aislado del magisterio oral y viviente de la Iglesia. Ahí está para comprobar este hecho el testimonio de la Historia. Ya los Padres de los primeros siglos notaron que todos los herejes pretendían fundar en la Escritura los más disparatados errores, contrarios unos de otros. Y, sin ir tan lejos, ahí esta la historia del protestantismo, antiguo y moderno, que, buscando en solo el Evangelio escrito la doctrina revelada, ha venido a parar en muchos puntos capitales a soluciones contradictorias. Es clásico el ejemplo de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Apelando igualmente al testimonio de la Biblia, Lutero la admitía, Calvino y Zwinglio la negaban. Este fenómeno, constantemente repetido en la Historia, demuestra a todas luces que el Evangelio escrito no podía ser en los planes de Dios el único magisterio que El dejaba a los hombres para conocer la verdad de su divina revelación. A no ser que digamos que Dios ignoraba el resultado de su obra o se complacía en dejar a la pobre humanidad un magisterio ambiguo y enigmático. En conclusión: el Evangelio escrito, aislado del magisterio viviente, es enigmático y lleva fatalmente a la contradicción y a la discordia; completado por el magisterio oral, es luminoso y lleva suavemente a la concordia y a la unidad. ¿Cuál de estas dos hipótesis es más digna de Dios? ¿Cuál salva mejor el honor de la divina Escritura? San Pablo, a lo menos, que tan ardientemente deseaba y recomendaba la unidad de la fe, no podía imaginar un Evangelio que llevase necesariamente a la contradicción y a la discordia.Mas no tenemos necesidad de apelar a la lógica para deducir de los principios establecidos por San Pablo la necesidad del magisterio oral, cuando él mismo lo acredita e inculca.

Por de pronto, el Evangelio de Cristo, cuya verdad quiere sostener a todo trance, es el Evangelio anunciado a los Gálatas por la predicación oral. Seis veces en la Epístola emplea el Apóstol el verbo evangelizar y siete veces el sustantivo Evangelio. Ahora bien: tanto el sustantivo como el verbo no se refieren, ni una sola vez, exclusiva o preferentemente, al Evangelio escrito, y muchas veces, por no decir siempre, se refieren clara y exclusivamente a la predicación oral; como cuando dice: El Evangelio predicado por mí no es conforme al gusto de los hombres (Gál. 1,11). El Evangelio anunciado por el Apóstol a los Gálatas anteriormente a la Epístola, la primera y la única que les escribió, no puede ser sino el Evangelio oral.

Oral era también el Evangelio que poco después menciona: Les expuse el Evangelio que predico entre los gentiles (Gál. 2,2). Cuando San Pablo, hacia el ano 50, exponía a los apóstoles de Jerusalén su Evangelio, no había escrito ninguna de sus cartas (cf. Gál. 1,6; 1,7, 2,5; 2,7; 2,14; 1,8 9; 1,16; 1,23). Más explícitamente aún alude al Evangelio oral cuando escribe: Sabéis que a causa de una enfermedad de la carne os anuncié la primera vez el Evangelio (Gál. 4,13). Esta importancia y relieve que da San Pablo al Evangelio oral prueba evidentemente no sólo la existencia del magisterio viviente, sino también que el magisterio oral era para el Apóstol el medio normal y ordinario de anunciar el Evangelio. ¿Y dónde después ha dicho San Pablo, ni otro alguno de los escritores inspirados, que, una vez escritos los libros del Nuevo Testamento, éstos suplantaban y abrogaban el magisterio vivo, empleado hasta entonces ordinariamente? De los textos en que San Pablo, sin emplear la palabra Evangelio, enaltece la predicación oral, sólo citaremos algunos que tienen especial significación.Después de reproducir, resumido, el discurso de Antioquía, apostrofa así el Apóstol a los Gálatas: ¡Oh insensatos Gálatas! ¿Quién os fascinó a vosotros, ante cuyos ojos fue exhibida la figura de Jesucristo clavado en cruz? (Gál. 3,1).

Estas palabras tan expresivas muestran que en la predicación oral declaraba el Apóstol con tal viveza y plenitud la palabra de la cruz (1 Cor. 1,18), el misterio de la redención, que parecía trasladar a los oyentes al Calvario para hacerles presenciar la crucifixión y muerte de Jesucristo por los pecados de los hombres. Semejantes visiones de los misterios divinos, ¿perdían su valor y debían olvidarse una vez se escribieran los libros del Nuevo Testamento? Al refrescar su recuerdo, ¿no propone más bien el Apóstol que se conserven y se transmitan a las generaciones sucesivas? ¿Y qué otra cosa es la tradición oral, que los protestantes condenan y los católicos veneran?

Habiendo enumerado las obras de la carne, concluye San Pablo: Os prevengo, como ya os previne, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios (Gál. 5,21). Aquí el magisterio escrito reproduce y confirma el magisterio oral, el cual, según esta declaración del Apóstol, tiene su valor propio, y lo tendría aun cuando no hubiera sido confirmado Por el magisterio escrito. Al magisterio oral y oído atribuye exclusivamente San Pablo las efusiones del Espíritu Santo sobre los fieles de Galacia. Dos veces les pregunta: Esto sólo quiero saber de vosotros: ¿recibisteis el Espíritu en virtud de las obras de la ley o bien por la fe que habéis oído?… El que os suministra, pues, el Espíritu y obra prodigios entre vosotros, [hace eso] en virtud de las prácticas de la ley o bien por la fe que habéis oído? (Gál. 3,2 5). La fe oída no debía ser anulada por la palabra de Dios escrita; debía subsistir al lado de ésta y podía ser transmitida a otros.

De nuevo la tradición oral

Pretenden los protestantes que el único magisterio auténtico de Dios es el escrito; los textos aducidos hasta aquí demuestran, por el contrario, que también el magisterio oral es en la Iglesia (con las debidas condiciones, claro está) magisterio auténtico de Dios.

Mas no se contenta San Pablo con atestiguar y acreditar la legitimidad de entrambos magisterios;
declara, además, que el magisterio escrito es secundario respecto del oral, que es el principal. Después de agotar todos los recursos de su persuasiva elocuencia, ya terriblemente acerba y sacudida, ya inefablemente blanda y halagadora, no satisfecho de haber expresado fielmente su pensamiento o temeroso de no ser comprendido por los Gálatas, les dice por fin: Quisiera ahora hallarme presente entre vosotros y variar [los tonos de] mi voz, pues no sé qué hacerme con vosotros (Gál. 4,20). Como quien dice: la palabra escrita es incapaz de reproducir fielmente el pensamiento; y, aun cuando lo fuese, yo no sé la impresión que os va causando cada una de las cosas que os voy escribiendo; si os hablase cara a cara, daría yo a mi voz tonos y vibraciones que os revelarían los sentimientos íntimos de mi corazón, y a medida que viese la impresión que os hacían mis palabras, os diría esto o aquello, y os lo diría de este modo o del otro, con tono imperativo o con voz insinuante y amorosa.
Reflexionemos unos instantes sobre esta declaración del Apóstol.

A ser posible, en vez de apelar al lenguaje muerto de una carta, San Pablo hubiera preferido hallarse personalmente entre los fieles de Galacia y hablarles de viva voz. Apela al recurso de la carta, porque entonces le era imposible ir a Galacia; apela al magisterio escrito, porque le era entonces imposible el magisterio oral; redacta una carta inspirada en sustitución y como suplemento de la predicación o enseñanza oral. Este hecho significativo manifiesta que en la propaganda y defensa del Evangelio, el medio primario, normal y ordinario es el magisterio viviente, es la enseñanza oral.

Y esta economía de la primitiva predicación evangélica no ha sido modificada; subsiste y subsistirá perpetuamente en la Iglesia de Jesucristo. Y esto por dos razones importantísimas. Porque, primeramente, este cambio de economía o de procedimientos, como cosa tan esencial y de tan graves consecuencias, debería haberse notificado o promulgado con claridad inequívoca;
más aún, dentro de los principios protestantes, debería constar en la Escritura. Ahora bien: semejante cambio de economía o de táctica en la predicación del Evangelio no se nos ha intimado ni insinuado ni en la Escritura ni en ninguna otra parte. Subsiste, por tanto, no sólo la legitimidad, sino también la preponderancia del magisterio oral sobre el escrito.

Además, en vida de los apóstoles era posible el magisterio escrito, divinamente inspirado, que subsanase la falta o la imposibilidad del magisterio oral; muertos los apóstoles, cesó ya este recurso suplementario. Luego el magisterio oral, necesario en tiempo de los apóstoles, lo es mucho más después de su muerte.

Otra consecuencia importantísima se desprende de la declaración del Apóstol y de todo el tenor de la Epístola a los Gálatas. Sin los manejos de los judaizantes, y sin la imposibilidad de ir entonces el Apóstol a Galacia, no se hubiera escrito jamás esta Epístola. Esto demuestra el origen circunstancial y el carácter ocasional de la Epístola a los Gálatas, y lo mismo pudiéramos decir de muchos y aun de todos los escritos del Nuevo Testamento.

Los protestantes se revuelven contra los católicos, y aun nos tratan de sacrílegos, porque señalamos el carácter ocasional de muchos escritos neotestamentarios. Pero la historia de estos escritos y las declaraciones mismas de sus autores inspirados no dejan lugar a duda sobre la verdad de este hecho capital. Ahora bien: si esto es así, como lo es, ¿podrán hacernos creer jamás los protestantes que escritos ocasionales y accidentales constituyen el único magisterio divino, ni siquiera el primario o principal? O si no, que lo prueben, y que lo prueben por la Escritura, y que lo prueben con toda evidencia, como exige la gravedad del caso.

Otra lección importantísima nos suministra la Epístola a los Gálatas. El Apóstol había predicado en Galacia, y, a lo que parece, dos veces (Gál. 4,13), y les había expuesto con toda amplitud principalmente el misterio de la redención.

A pesar de ello, bastaron las pérfidas insinuaciones de unos intrusos y falsos hermanos para hacer vacilar o poner en grave riesgo la fe de los Gálatas, precisamente en la eficacia de la redención de Cristo.

Estas perversas sugestiones de falsos apóstoles empeñados en trastornar el Evangelio de Cristo (Gál. 1,7), con el consiguiente escándalo y peligro de los fieles, ¿no habían de repetirse en la Iglesia después de la muerte de los apóstoles? Ahí está la historia de las herejías. Y, en medio de esas crisis, ¿debía quedar la Iglesia desprovista de una autoridad doctrinal que desenmascarase a los falsos apóstoles y sostuviese la fe vacilante de los fieles?

Dicen, sin duda, los protestantes que en la Escritura se halla ya fijada definitivamente la doctrina de los apóstoles y la verdad revelada, y que a su luz pueden desenmascararse y refutarse todas las herejías. ¿De veras? ¿Es que olvidan los protestantes que precisamente en la Escritura se apoyaban, generalmente, los herejes los que ellos, si son cristianos, deben calificar de herejes para sostener sus herejías? Se presenta, por ejemplo, Arrio, y con aquel texto de San Pablo que llama a Jesucristo primogénito de toda la creación (Col. 1,15) pretende negar la divinidad del Salvador. Hay, sin duda, en la Escritura numerosos textos que demuestran la divinidad de Jesucristo; mas también hay otros que parecen desconocerla. Si no existe en la Iglesia otro magisterio divino auténtico fuera de la Escritura, entregada al libre examen de cada uno, deben los fieles, para mantener la incolumidad de su fe, entregarse al estudio de todos los pasajes de la Escritura relativos a la divinidad de Jesucristo, comparando entre sí escrupulosamente los textos, a primera vista discordantes, para armonizarlos y sacar en limpio la verdad revelada. Y semejante estudio, hoy día sobre todo, cuando son desconocidas para la inmensa mayoría de los fieles las lenguas originales de la Escritura, ¿cuántos fieles son capaces de hacerlo por sí mismos? ¿Y la fe de la gran mayoría de la Iglesia ha de depender de la inteligencia personal de la Escritura, tan erizada de dificultades espinosísimas, expuesta, además, a las pérfidas sugestiones de los falsos apóstoles, más hábiles, por desgracia, generalmente que los hijos de la luz? Y, sobre todo, ¿dónde se dice en la Escritura que éste sea el medio, y medio único, de hallar y de mantener la fe? No salgamos de la Epístola a los Gálatas. Es proverbial la enorme dificultad exegética de esta Epístola, de estilo entrecortado, tembloroso, palpitante.
Y no son mucho más fáciles, ni lo eran cuando fueron escritas, según el testimonio de San Pedro (2 Pe 3,16), las demás Epístolas de San Pablo. ¿Y es de creer que semejantes escritos, en que tropiezan a cada paso los exegetas de oficio, sean para la universalidad de los fieles el magisterio principal, definitivo y único de Dios? ¿Es que los hombres sencillos e incultos, aquellos precisamente a quienes, según la palabra de Jesucristo (Mt. 11,25), revela sus misterios el Padre celestial, han de quedar excluidos del reino de Dios? Credat Iudaeus Apella. Los católicos sentimos más altamente de la bondadosa providencia de Dios, que ha puesto al alcance de todo hombre de buena voluntad, por medio del magisterio viviente, a todos asequible, el conocimiento de la verdad revelada en toda su pureza e integridad, inasequible para la inmensa mayoría de los hombres, si no para todos, en el estudio personal de la Escritura.

Otro carácter de la Epístola a los Gálatas, y de otras epístolas de San Pablo, por no decir todas, es su tono polémico y batallador, y, consiguientemente, apasionado. Ahora bien: nadie ignora que en las discusiones acaloradas, aun cuando se desee sinceramente defender la verdad, es natural y necesario dar a las verdades negadas por el adversario un relieve que no se le daría en la exposición sosegada de la verdad. A este mayor relieve de una parte de la verdad se añade el dejar, como en la sombra, la otra parte, admitida por el contrincante. ¿Y quién dudará que esta manera, legítima ciertamente en las controversias, de proponer la verdad puede dar pie a torcidas inteligencias? Y una enseñanza necesariamente fragmentaria y abultada de la verdad, expuesta por añadidura a fatales equivocaciones, ¿puede ser el magisterio definitivo y, menos, único de Dios a la generalidad de los hombres? Imposible creerlo.

Otras consideraciones aun podríamos hacer valer; pero no hay por que insistir más en cosa tan clara, que solos los prejuicios, la parcialidad y la pasión han podido enturbiar. Un pormenor no queremos omitir, por cuanto se refiere a la libertad cristiana.

Escribe el Apóstol: ¿Cómo os tornáis de nuevo a los rudimentos impotentes y miserables, a los cuales de nuevo queréis otra vez servir como esclavos? ¡Andáis observando los días, los meses, las estaciones, los años! (Gál. 4,9 10). Con estas palabras pretenden los protestantes desacreditar, si no los dogmas, por lo menos ciertas prácticas de la devoción católica basadas en el ritmo de los días, fiestas, etc. Permítasenos aquí una breve digresión, no del todo ajena a nuestro objeto, sobre una denominación en particular, los adventistas del séptimo día. Esta secta, o cúmulo de sectas, tiene como uno de sus dogmas fundamentales y característicos el solemnizar el sábado en vez del domingo. Aplicando, aunque mal en este caso, el principio protestante de que, rechazada toda tradición, hay que atenerse estrictamente a lo que dice la Escritura, puesto que en la Escritura se manda celebrar el sábado, y este precepto, según ellos, en ninguna parte de la misma Escritura ha sido abolido, queda en pleno vigor el mandamiento de la ley y, en consecuencia, hay que celebrar no el domingo, sino el sábado.

Notemos de paso el curioso fenómeno de este protestantismo judaizante. Los que tanto odio mostraron contra los judíos, los que tan duramente impugnaron a la Iglesia Romana por haber, según ellos, reincidido en el judaísmo, ahora condenan una práctica tan cristiana como es la celebración del domingo para abrazar otra práctica tan esencial y característicamente judaica como es la celebración del sábado. Contra éstos, que no contra los católicos, recae aquella sentida querella de San Pablo, que se refiere precisamente a las fiestas Judaicas: ¡Andáis observando los días, los meses, las estaciones, los años! (Gál. 4,10). Celebrar fiestas judaicas con espíritu judaico, esto es lo que se opone a la libertad cristiana, preconizada por el Apóstol; no el celebrar fiestas cristianas con espíritu cristiano, esto es, con libertad de espíritu, sin esclavizarse a la práctica externa y sin sombra de superstición. Escribe el Apóstol: Hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la [esposa] libre. Cristo nos ha libertado para [que gocemos de] la libertad, Manteneos, pues, firmes, y no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud (Gál. 4,31 5,1; cf. 1,4; 2,4; 4,1 30; 5,13; 5,18; etc.). Los católicos acatamos reverentes y acogernos regocijados esta palabra de Dios y este beneficio de Jesucristo. Somos libres, y nos gozamos de vivir en libertad. Mas no por esto olvidamos aquellas otras palabras del mismo Apóstol: Vosotros habéis sido llamados a la libertad, hermanos; solamente no [toméis] esa libertad como pretexto para [soltar las riendas a] la carne, sino que por la caridad os habéis de hacer esclavos los unos de los otros (Gál. 5,13). Juntamente con la libertad admitimos los frenos con los cuales ha querido Dios moderarla o limitarla. Por esto, si rechazamos, como manda el Apóstol, el yugo de la ley mosaica, en cambio nos sometemos gustosos, como manda el mismo Apóstol, al yugo suave de la ley de Cristo (Gál. 6,2); y si admitimos el valor justificante de la fe, nos sometemos igualmente a los ritos sacramentales como instrumentos de justificación. Por esto también, si, rescatados con el precio de la sangre de Jesucristo, tenemos a gloria no hacernos esclavos de los hombres (1 Cor. 7,23), acatamos, empero, la autoridad divina de Jesucristo, así en su persona como en la de los representantes suyos que El ha dejado en su lugar en la Iglesia. Por esto, finalmente, si admitimos el magisterio divino de la Escritura, junto con la unción interna del Espíritu Santo (1 Jn. 2,20; 2,27), admitimos también como auténticamente divino el magisterio viviente y oral que Jesucristo ha instituido en su Iglesia. Si recibimos de Jesucristo el don precioso de la libertad, no es razón rechazar los frenos con que El ha querido moderarla o limitarla. Estos frenos moderadores, la ley de Cristo, los sacramentos, la autoridad y el magisterio de la Iglesia, el mismo Apóstol de la libertad los preconiza en su Carta magna de la libertad cristiana.

Al fin, con ellos no nos sometemos a los hombres, sino al mismo Dios.

Y someterse a Dios, ser esclavo de Dios, es condición necesaria y complemento de la verdadera libertad, de la libertad cristiana.

 

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El aparente poco cuidado que el escritor sagrado tuvo para con los sucesos de la vida y enseñanza de los apóstoles, hasta el punto de no reseñar más que algunos detalles de San Pedro y de San Pablo en el libro de los Actos, no es tal. En verdad no fue más que la inteligencia Divina que no quiso que la vida de la Iglesia pasara por la letra escrita, sino ante todo por la docencia apostólica regida por el Papado. En esta primera entrega narraremos la vida de la Santa Iglesia desde Pentecostés hasta la caída de Jerusalén y la rápida expansión del cristianismo pese a las terribles persecuciones y la campaña de calumnias.

EL ESPLENDOR DE LA IGLESIA DE LOS PRIMEROS TIEMPOS

Primera parte: De Pentecostés a la ruina de Jerusalén
“Yo os envío, así como mi Padre me ha enviado a mí” (Juan, XX, 21)

Cristo no vino al mundo a dictar un libro con reglamentos ni se tomó carne mortal para enseñarnos la simple compasión mundana. Su preciosa Encarnación, su muerte y su cruz fueron en pago por nuestros pecados, para que satisfecha la deuda de justicia pudiésemos por esos méritos alcanzar al Cielo. Él trajo la gracia para que conociendo su doctrina admirable, siguiéndole con la Cruz y negándonos a nosotros mismos, nos santificásemos alcanzando así la Vida Eterna.

Su ardiente amor por nosotros le llevó a fundar la Santa Iglesia, de modo que por Ella recibamos los medios necesarios y obtuviésemos la gracia de los sacramentos y la enseñanza segura de su doctrina. Y así fue desde entonces y hasta ahora y así por medio de Ella se continuará por todo el tiempo que se dilate la historia antes del Juicio final.

Todo ello quedó confirmado en los escritos que se conservaron de los Apóstoles, pero por sobretodo por el testimonio y costumbre de los primeros cristianos, ya que sería imposible haber instaurado y practicado doctrinas o costumbres contrarias a lo que miles escucharon y conocieron directamente de los divinos labios del Salvador, o del testimonio y enseñanza de los Apóstoles y discípulos del Señor.

Introduzcámonos, pues, en el resplandeciente mundo que vio nacer la Santa Iglesia y admiremos juntos la gracia actuando con la misma fuerza y luz como continuó siempre.
El descenso del Espíritu santo sobre el Sagrado Colegio Apostólico en Pentecostés

Obedeciendo al mandato de Nuestro Señor Jesucristo, los Apóstoles y sus discípulos permanecieron en Jerusalén en oración a la espera de la venida del Espíritu Santo prometido por el Divino Redentor. Sus corazones rebosantes de santa esperanza anhelaban fuertemente la gracia que había de hacerles capaces de cumplir con si altísima misión. Como hijos fieles, se agrupaban en torno a la bendita y santa Madre del Creador, recibiendo de Ella luz, aliento y consuelo para perseverar en fidelidad y vida de oración, expectantes del descenso del Divino Esposo de Nuestra Señora.

Entre los Apóstoles se echaba en menos el número de doce, en cuanto que la traición de Judas les redujo a once. Habiendo querido el Redentor que fuesen doce, en memoria de la congregación de las doce tribus de Israel en torno al único y verdadero Dios, propuso la cabeza de los Apóstoles elegir un compañero. Obedeciendo la feliz idea de Pedro, escogieron a Matías para ingresar al sagrado colegio apostólico (Act. I, 15-26).

Pasados diez días de la Ascensión a los Cielos del Divino Redentor y en el mismo momento en que comenzaba la solemne fiesta de la Pentecostés de los judíos, la naturaleza entera se conmovió, cumpliéndose la nueva alianza con un viento terrible, venido desde el cielo, al modo en que otrora – en ese mismo día – se promulgara la ley antigua desde el monte Sinaí entre relámpagos y truenos.

Así descendió el Espíritu Santo, sobre María Santísima, sobre el colegio apostólico y sobre sus discípulos (Act. II, 4). Y lo hizo en forma de lenguas de fuego, como figura del don de lenguas que les era concedido en ese momento, que en sí mismo no es otra cosa mas que un signo del fuego divino que los iluminó, purificó y fortificó.

Casi en un mismo acto, se dirigen a hablar a las diversas gentes congregadas en la ciudad santa con motivo de la solemnidad de la fiesta que comenzaba. Y, cosa prodigiosa, todos les entienden, sin contar con las diferencias de lenguas propias de los visitantes. Conmovidos por la magnitud del milagro y por las palabras de Pedro, quien como cabeza apostólica había tomado la palabra, tres mil almas se convierten y consagran a Jesucristo con la fe y la penitencia, recibiendo el bautismo en nombre de la santísima Trinidad, conforme el divino mandato (Mat. XVIII, 20).

Contemplemos este augusto momento y alabemos a Dios por su misericordia, providencia y exquisita bondad: es este grandioso acontecimiento el que establece exteriormente, confirma y segura para siempre la única y verdadera Iglesia del único y verdadero Dios.

La gracia de Pentecostés es la ley de la gracia del Espíritu Santo

Pero, ¿qué representará Pentecostés en la historia de la Salvación? Así nos lo expresa San Juan Crisóstomo: la fiesta de Pentecostés es el día de la ley nueva, de la ley perfecta, de la ley de la gracia del Espíritu Santo.

Hasta entonces los Apóstoles esperaban el cumplimiento de la promesa, y al revelarse ésta en toda su magnitud, el Divino Espíritu les descubrió toda verdad: sus pensamientos no son ya terrenales ni tienen la misión de Cristo. Ellos, comprenden, anuncian que Nuestro Señor ha venido para librar el mundo del error y del pecado, y para reconciliar al género humano con Dios.

Hasta entonces sus pensamientos eran humanos, desde ese momento se remontan al Cielo y allí vivirán. Su pusilanimidad se vuelve valor intrépido. ya nada les impide cumplir con su obra entre las naciones a las que han sido enviados, pues todo socorro les fue dado.

Miremos a los hombres de apenas unos días atrás y contemplemos los de este momento. El Espíritu Santo habla por sus bocas, y toca, conmueve los corazones, arrancándoles con firmeza el velo que ciega las almas, incorporándoles así a la comunidad de los santos.

De su fe íntegra surge la caridad ardiente: ya no son amigos ni compañeros de misión… los cristianos son amantes hermanos en Dios.

La radicalidad de su cambio opera prodigios heroicos de todo orden. Queriendo negarse a sí mismos y humillarse continuamente, no poseyendo nada más que a Dios mismo – a la manera de lo que con los siglos vendrán a ser las comunidades religiosas – muchos de ellos se desprenden de todo bien para ponerlo al servicio común. Son hijos de la libertad regenerada por la gracia.

La Iglesia docente y la que es enseñada se abrazan mutuamente con jerárquico afecto.

El apostolado brilla fuerte con su misión divina y la plenitud de su poder. Los fieles se someten dulce y mansamente a ley de Dios por medio de la autoridad impuesta por el mismo Creador, reclamando para ello los socorros de Su gracia y los medios que da la Iglesia que fundó

Es Jerusalén la dichosa ciudad que contempla la gloria de Pentecostés, y allí se centrarán los primeros momentos de la Iglesia. La predicación y los numerosos milagros conquistan para la Esposa de Cristo cuenta ya con cinco mil fieles más (Act, II, 13; III, 7-9; V, 15).

Su vida ha sido angelizada al punto de que transcurre en el servicio de Dios perseverando en la doctrina transmitida por los Apóstoles – no existía aún la recopilación canonizada de textos apostólicos que hoy conocemos como Nuevo Testamento – así como en torno a la Santa Misa y la oración. (Act. II, 47; IV, 4)

Se reúnen en casas particulares, pero en todo siguen en comunión exterior con los judíos, frecuentando su templo, pues las diferencias con ellos provenían no de razas o consideraciones mundanas sino de la doctrina, perfeccionada y cumplida en el Divino Redentor.

Y esta convivencia con prácticas de la vieja Ley duró hasta que fue llegada la hora de las tristes predicciones de Nuestro Señor Jesucristo, cuando debía cumplirse la completa destrucción del templo, la ruina de la ciudad, la emancipación de la Iglesia de todas las prácticas judaicas y su constitución en una sociedad de hecho y visible.

La persecución a causa del dulce nombre de Cristo y la expansión de la Iglesia a consecuencia de ella.

Resulta comprensible el odio provocado entre fariseos y saduceos por los admirables progresos logrados por los discípulos del Mesías. Particular escándalo provocaba entre los saduceos la doctrina de la resurrección de los muertos, enseñada explícitamente como tal por los Apóstoles (Act. IV, 2; V, 17; XXIII, 6).

Pronto fueron conducidos al Consejo la cabeza misma de la Iglesia y el Discípulo amado. Allí se les prohibió enseñar a las gentes, a lo que San pedro y San Juan respondieron con gran lucidez y cristiano valor: “Debemos obedecer antes a Dios que a los hombres: no podemos dejar de hablar de las cosas que hemos visto y oído” (Act. IV, 3; IV, 9-20)

El pueblo se conmocionó. Ante el temor de una reacción popular, los del Consejo les dejaron en libertad, no habiendo nada que contuviese el santo valor de los Apóstoles (Act. IV, 31). Y el Consejo se vio obligado a adoptar la sugerente prudencia de Gamaliel: “Dejadles obrar: si su causa viene de los hombres, no tardará en destruirse por si misma, mas, si procede de Dios, no podréis aniquilarla” (Act. V, 38-39).

La secta de los saduceos aumentaba cada día en más el tamaño de la hoguera de odio hacia la doctrina y forma de vida de los discípulos del Mesías esperado, si bien aún respetaban a las personas. Pero a causa de la conversión al cristianismo de algunos de los más doctos y eruditos Doctores de la Ley, la causa de Dios cobró en estos los más celosos defensores y propagadores del Evangelio.

En medio de este clima de conversiones y odio por parte del error y tras un flamígero discurso ante el pueblo, el diácono Esteban fue salvajemente ejecutado por quienes no toleraron semejante despliegue de elevada inspiración, de un celo completamente apostólico y de tal irrefutable lógica de hechos (Act. VII, 58).

Esteban fue por ello llamado protomártir, pues él fue el primer mártir de la Iglesia y la primera víctima de las persecuciones que en ese momento lanzaba la sinagoga contra los hijos de Dios. Tal fuerza cobró este odio que llevó a fariseos y a saduceos el rencor y diferencias que tenían entre sí para unirse y acordar el primer intento de destruir a la Iglesia. Pero como Dios no permite mal sin sacar buenos frutos de ello, esta cruenta persecución lejos de apagar la ardiente llama del amor de Dios, dio lugar a una rápida expansión del cristianismo por toda Judea y Samaria, naciones ya preparadas por las palabras y milagros del Divino Redentor. Así también llegaron los apóstoles a los judíos de Siria, Fenicia y hasta la isla de Chipre. En tanto la mayoría de los apóstoles resistían los ataques y agresiones de la sinagoga en Jerusalén, los apóstoles Pedro y Juan partieron a Samaria a confirmar a cuantos convirtió la prédica y ejemplo del glorioso diácono San Felipe.

Grandes dolores encontrarían en estas tierras, pues estaban infestadas de numerosos secta, quienes a semejanza del error protestante, en gran número y división alegaban para sí haber fundado la religión verdadera. De allí provenían los fraudulentos Dositeo y Simón Mago, quienes pese a sus diferencias coincidían en arrogarse mutuamente el título de Mesías.

Del Saulo perseguidor al Pablo Apóstol de Gentiles

Retornemos a las crueldades vistas durante las persecuciones dirigidas contra los discípulos del Amor Encarnado por parte de la sinagoga. Entre los agentes de odio, resaltaba en celo y crueldad un joven fariseo. Se le había visto destacar en saña durante el martirio de san Esteban.

¿Quien era, pues, este fariseo? Su odio por los hijos de Cristo no provenía de los dictámenes de los vicios o de las bajas pasiones, sino de las más altas y nobles consideraciones, que son aquellas que competen con las cuestiones de principios y de fidelidad a Dios. Este personaje era Saulo, de la tribu de Benjamín. Ciudadano romano, provenía de Tarso, Cilicia.

Culto y educado, se había formado en letras y ciencias griegas, conforme las costumbres helenistas de la aristocracia de Tarso. Marcadamente celoso por la perfección en el cumplimiento de la Ley de Dios, viajó a Jerusalén a recibir instrucción religiosa de manos de Gamaliel, quien le introdujo en las espesas especulaciones teológicas judaicas.

Siguiendo las tradiciones de su tiempo sobre adoptar algún trabajo manual, era artesano. Pero ello no significó una mengua en su amor por los estudios de pensamiento y ni por las ciencias.

Militante activo de la secta, se entregó con ardor y celo a la persecución contra los cristianos. Y con esta cuel intención se dirigía a Damasco cuando se le apareció Jesucristo nuestro Señor, a quien había conocido personalmente durante Su vida mortal. Era el año 37 de la era cristiana (Act. VIII, 3; I Cor. IX, 1; II Cor. V, 16).

He aquí que el perseguidor de la Iglesia, tocado por el golpe de la gracia, se convirtió en uno de los mayores propagandistas de su doctrina y en Apóstol de las Gentes. (Act. IX, 11)

Contemplada la escena que se daba a lugar con esta conversión, no es menos que extraña la disposición de la Divina Providencia que se escogiese por Apóstol de los soberbios romanos, de los civilizados griegos, de los afeminados sirios y de todas las corrompidas naciones de la tierra, a un judío tan celoso por la gloria de su pueblo y las tradiciones de sus padres; a un fariseo tan duro como violento.

Visto así, es alabable la sabiduría divina pues hizo así brillar en su plenitud la virtud del Cristianismo y los misteriosos decretos de la Providencia. convenía que quien predicara el Evangelio a los paganos fuese un judío para tener un apoyo y contacto con la Sinagoga, desde donde se extendía el cristianismo a otras ciudades, y fundar por otra la alianza nueva sobre las bases de la antigua alianza. Convenía también valerse entre los gentiles de una cultura clásica, capaz de ganar su estimación y confianza, tal como la que Pablo había adquirido en las florecientes escuelas de Tarso.

Y por sobretodo convenía que el enviado a los gentiles fuese un judío en extremo ortodoxo, para valiéndose de su profundo conocimiento de las Escrituras, y con el ejemplo de esta conversión operada sobre el más celoso de los judíos, destruyese y aniquilase el dogma fundamental de la nacionalidad judaica – vigente entre ellos hasta hoy – que sostenía que únicamente el pueblo de Israel era el elegido y querido por Dios.

De tal modo fueron admirablemente dispuestas las cosas que san Pablo resultó ser el que se hallaba más preparado para semejante y alta misión, pues poseía una elevada cultura y un formado entendimiento, además de sus muchos talentos, su enérgica voluntad, un carácter vigoroso y particularmente una íntima vida de unión con Jesucristo nuestro Señor (Gál. II, 20; Fil. II, 13).

Del ciego fanatismo nació al ardor de una fe que desea que todos los hombre se salven y lleguen al perfecto conocimiento de la ortodoxia. Fue San Pablo quien más contribuyó a extender a la Iglesia por el orbe, dilatando sus dominios e influencia hasta tierras lejanas, haciendo en ello el esfuerzo por dar a conocer toda la maravillosa profundidad y riqueza de la doctrina evangélica, exponiéndola con una prístina claridad, en oposiciones a las preocupaciones interpretativas del judaísmo y a los sofismas del paganismo. Con ello marcaba la senda para los apóstoles modernos frente a las similares preocupaciones del sectarismo protestante y a los sofismas de las corrientes de opinión neopaganas.

San Pablo es un espíritu admirable. Su mirada se remonta al pasado para develar en el las raíces del Cristianismo en los decretos eternos de Dios que debían cumplirse – como lo hicieron (Ef. I, 4-12; III 8-12; Rom. XVI, 25-26) – en la plenitud de los tiempos por Jesucristo (Gál. IV, 4; Ef. I, 10), principio y fin de la historia humana (Ef. I, 4; Tit. I, 3; I Tim. II, 6). Muestra, con ello, el verdadero destino del paganismo y del judaísmo (Rom. I y VII; Gál, III, 24; Act. XVII, 26-27).

De su contemplación del pasado y los cumplimientos de los divinos designios, la proyecta hacia el porvenir, descorriendo el espeso velo que cubre los destinos de la humanidad (Rom. XI), dándole solución definitiva con palabras profundas y plenas de energía: “Todas las cosas son de él, con él y por él (Rom. XI, 36); Dios será todo en todas las cosas” (I Cor. XV, 28).

Descubrimos aquí a un san Pablo filósofo, que ilumina con la verdadera filosofía a la historia. Y al Apóstol que demuestra con su intensa actividad y vida evangélica que el destino del hombre se expresa en renacer en Jesucristo nuestro Señor (II Cor. V, 17).

San Pablo había mudado su nombre, conforme la tradición rabínica y el ejemplo de san Pedro. El joven Saulo adoptó su nuevo nombre del procónsul Sergio Paulo, cuya conversión le confortara tanto (Act. XIII, 9).
El Apóstol de Gentiles brillará especialmente por la novedad del impulso que dará a las conversiones de paganos. Su controversia con los judíos no proviene de odio racial, pues ése y los otros apóstoles provienen de la misma raza, sino por sobre todo, de la causa mayor y de mayor peso, que es la obediencia a Dios y el celo por la salvación de las almas. La conversión de los paganos al cristianismo escandalizaba no sólo a la secta judía, sino incluso a los cristianos nacidos judíos. San Pablo hace finalmente triunfar esta práctica, apoyado con firmeza en la visión de san Pedro y su anuncio de que los paganos habían recibido realmente el Espíritu Santo (Act. X, 9-16; XI, 15) y su justificación sin mérito propio. Sumaba a ello la asamblea de los Apóstoles (Act. XV) y la demostración de san Pedro, la cabeza de la Iglesia, que el hombre es santificado por la gracia de nuestro Seños Jesucristo y la fe en Él. San Pablo probará que la ley mosaica es una ley temporal, cuyo objeto había sido educar a la humanidad como un pedagogo y que por ello ya era superflua para los cristianos (Gál. IV, 11; V, 6)

El Evangelio es predicado a los gentiles

Tras su visión, san Pedro partió a Samaria y visitando las ciudades marítimas de Palestina, impulsado por el ardiente amor por las almas de los gentiles, que comprendía habían llegado a su hora de ser admitidos en el seno del cristianismo.

Así fue como bautizó al centurión Cornelio (Act. X) Y este hecho provocó un enorme descontento entre los cristianos nacidos judíos y establecidos en Jerusalén (Act. XI, 1-18).

Éstos, obviando las enseñanzas de san Pedro, sostenían que los gentiles admitidos al cristianismo debían quedar sometidos a la observancia de la ley mosaica. De hecho, sólo bajo esta condición fue admitido gran número de gentiles – no circuncidados – de Antioquia (Act. XI, 20). Algunos sacerdotes judíos, fariseos y sus partidarios convertidos a la fe, exigieron a estos nuevos cristianos la observancia de reglamentos mucho más severos que los impuestos a los nacidos judíos y luego conversos (Act. I, 7; XV, 5).

El fervor y vocación de Antioquia llegó a ser de tal fuerza que por el número de judíos y paganos conversos, llegó a ser la segunda Iglesia madre, siendo sus hijos los primeros abandonar el nombre de Galileos o Nazarenos convinieron en apellidarse ‘cristianos’ (Cf. Ignatii ep. ad Policarp. c. 7 in Opp. Patr. Apost. ed. Hefele. Tub. 1839, p.116).

Tan floreciente comunidad resaltaba en el amor, fundamento del sacrificio y de la unión verdadera, por cuanto estaba estrecha e íntimamente unida a la Iglesia madre de Jerusalén (Act. XI, 27 – 30; XII, 25). Ésta, a su vez, se encontraba bajo las persecuciones de Herodes Agripa instigadas por el pueblo judío. El déspota de triste memoria, queriendo halagar a las autoridades de la sinagoga, había hecho degollar al Santiago el Mayor, hermano de Juan. El santo apóstol había provocado la indignación de las autoridades judaicas al lograr la conversión de un pérfido hechicero llamado Hermógenes, por lo que éstas increparon al discípulo del Señor prohibiéndole enseñar la doctrina cristiana. La cabeza de los perseguidores era Abiatar, quien conducía el pontificado judío ese año. Sublevando al pueblo, amarraron al Apóstol y forzaron a Herodes Agripa a degollarlo. Camino al cruento suceso, el escriba Josías – quien había puesto la soga al cuello al Apóstol – presenció la curación de un paralítico obrada por Santiago marchando al martirio, y pidió el bautismo. Por ello fue golpeado por los dirigentes judíos y forzado a apostatar de la fe de Cristo, cosa a la que el heroico escriba se resistió. Y con la redoma de agua que el Santiago pidió al carcelero, Josías fue admitido entre los cristianos. Acto seguido abrazó el martirio junto al Apóstol.

Muerto Herodes Agripa el dominio pasó a los romanos, quienes se mostraban un poco más tolerantes (Act. XII, 23). San Pedro había escapado de su prisión por un Ángel (Act. XII, 1-19) y regresó a Jerusalén por este leve respiro en la opresión. Fue por entonces que él, Santiago el Mayor y San Juan fueron llamados columnas de la Iglesia, conforme cuenta Eusebio (Eusebio, Hist. eccl. II, 1), que recuerda que Jesucristo concedió después de Su resurrección el don de ciencia a Pedro, Juan y Santiago.

San Pablo recorre el orbe y dirige con epístolas

San Pablo, por su parte, tras su conversión se había dirigido a Arabia, donde propagó la sagrada doctrina entre los numerosos judíos que había en esa comarca. Desde allí volvió a Damasco. Y recién tres años después de su conversión se dirigió a Jerusalén, movido por amor a Pedro, a quien anhelaba fervientemente conocer, y para ser reconocido como Apóstol del Evangelio (Gál. I, 17-19; Act. XIX, 27).

Luego este verdadero León de Dios dirigió sus pasos hacia Siria y Cilicia, seguido por Bernabé y Juan, un sabio levita de la isla de Chipre, presentado por él mismo a san Pedro y a Santiago. Su apostolado obraba de tal modo que impulsaba con ardor la expansión de la Iglesia por Antioquia mientras atendía en cuanto podía los socorros a la Iglesia en Jerusalén, perseguida – como ya hemos dicho – por el cruel Herodes Agripa (Act. XI, 22-30; XII, 25)

Unido a san Bernabé emprende la que será la primera gran misión. Recorrerán la isla de Chipre, Panfilia, Pisidia y Licaonia. Desde aquí intentó zanjar la cuestión del sometimiento a la ley mosaica de conversos no circuncisos, pues como ya mencionamos arriba, era causa de escándalo para los judíos conversos.
Por ello ambos santos apóstoles dirigieron sus pasos a Jerusalén.

Y así fue que el Espíritu Santo dictó la sentencia, estando todos de común acuerdo y San Pedro, como Papa, en nombre del Paráclito sentenció que los gentiles no estaban obligados a cumplir la ley de Moisés, y que sólo debían observar los mandamientos dados a Noé, relativos a los sacrificios y culto de los ídolos (Act. XV).

La segunda misión del Apóstol de Gentiles le hizo marchar sobre el Asia menor en unión de Silas. San Berbabé había partido a Chipre para acompañar a Juan Marcos, pariente suyo. En Listra Timoteo se unió a Pablo y a Silas, y unidos los tres recorrieron Frigia, Galacia y Misia. En Tróada se unieron a un médico de gran cultura, quien posteriormente vendría a ser el evangelista San Lucas. Este feliz grupo de varones se dirigió a Macedonia, fundando de camino las iglesias de Filipos, Tesalónica y Berea, donde san Pablo embarcó para Atenas en compañía de Silas y Timoteo.

Gran empresa emprendía el Apóstol de Gentiles al osar predicar en la capital de la idolatría griega, y cuna de la filosofía pagana. Allí anunció san Pablo el Dios Desconocido a los asombrados atenienses (Act. XVII, 22) En la sensual y rica Corinto fue recibido por un judío fiel llamado Aquila. Desde esta ciudad fue donde escribió su primera Epístola a los tesalónicos. Año y medio de enormes sacrificios y esfuerzos dio como fruto la fundación de una de las – ya para entonces – más florecientes comunidades cristianas.

Luego regresó a Antioquia, pasando por Éfeso, Cesarea y Jerusalén, para emprender su tercera gran misión al Asia menor. En Éfeso pasó tres años trabajando sin descanso en el reino de Dios, pero no limitando sus esfuerzos a esta ciudad y cercanías, sino además extendiendo su acción y palabra a las regiones más apartadas. Desde aquí escribió a las iglesias de Corinto y Galacia. Pero como el demonio no podía quedar tranquilo ante semejante obra apostólica, excitó las pasiones del bajo pueblo de Ëfeso e hizo así estallar una revuelta con el vergonzoso temor de ver la caída del culto a la diosa Diana (Act. XX, 1). “Omnes dii gentium, daemonia”, “todos los dioses de los paganos son demonios” dicen las Sagradas Escrituras (Sal. XCV, 5). Y aquí, como en muchos otros hechos apostólicos, se comprobó el celo y poder del demonio sobre los paganos y adoradores de falsas religiones.

Siguiendo el dictamen de la prudencia, San Pablo partió a visitar las iglesias de Macedonia. Desde ese lugar escribió las cartas a los corintios, para luego partir a Corinto mismo a ahogar las divisiones que habían surgido. Movido por el ardor de su celo, escribió entonces a los romanos (Act. XVIII, 23; XXI, 17). Tres meses después se dirigió a Jerusalén, donde encontró reunidos a muchos Obispos y sacerdotes de las regiones vecinas. Para ellos pronunció un grave y tierno discurso de despedida (Act. XX, 17-38).

El odio del infierno no se hizo esperar. Había sido espiado y seguido ya desde su llegada a la Ciudad Santa. Convinieron sus enemigos en escuchar las acusaciones de los judíos del Asia menor, quienes le condenaban por violar la ley mosaica. Por instrucciones de la sinagoga, se le puso preso pero en cuanto era ciudadano romano se vieron forzados a dejarle libre y perdido para la jurisdicción del sanedrín, jurado enemigo de la fe de Cristo. Por ello fue conducido a Cesárea ante el procurador Félix. El héroe de Cristo tuvo que sufrir las humillaciones de este magistrado, las de Festo, su sucesor y las del rey Agripa. Tras dos años de injusto cautiverio, su apelación al César significó ser trasladado a Roma, junto a Lucas y Aristarco (Act. XXI, 18; XXVI, 32). Durante la travesía por mar, enfrentaron numerosas veces las amenazas de naufragio, pero Pablo conservó la calma y trajo la paz a sus compañeros, profetizándoles su suerte (Act. XXVII, 1; XXVIII, 15).

Ya en Roma sufrió dos años más de vigilancia (Act. XXVII, 16), prosiguiendo junto a sus compañeros sus trabajos de apostolado y conquistando para Cristo hasta miembros de la familia imperial (Filip. I, 13; IV, 22). Escribió a los efesios, filipenses, colosianos y a Filemón, hablándoles de la gloria de nuestro Señor Jesucristo, de la emancipación de la humanidad degenerada y de la vocación de los gentiles. De esta misma época es su carta a los hebreos (Hebr. XIII, 24).

Los Evangelios guardan silencio sobre el resto de los hechos de la vida del Apóstol. El historiador sagrado deja hasta aquí la narración de los Hechos de los Apóstoles, convencido sin duda de que su narración contribuiría a la revelación por transmisión directa de los apóstoles y no que sería tomada por única fuente válida para conocer la verdad y la vida.

San Pablo recobró nuevamente la libertad y movido por su celo apostólico se dirigió a España para anunciar el Evangelio (Rom. XV, 24-28). San Clemente en su ep. I. ad. Cor. c. v, señala a España y no a Italia como destino del Apóstol. Lo ratifica además en un fragmento sobre los cánones de la última parte del siglo II, de Reliquiae sacrae de Routh, t. IV, p.4. Además viajó a Creta, dejando allí a Tito, discípulo suyo al cual le escribió desde Nicópolis (Epiro) una Epístola llena de unción y de solicitud pastoral. Dirigió también la primera Epístola a Timoteo (S. Feilmoser, Introd. a los lib. del Nuevo Test. t. II, Augsb. 1452-57).

Desde Nicópolis viajó una vez más a Corinto, y desde allí a las iglesias de Troada y de Mileto. En ese momento tuvo noticias del peligro corrido por la Iglesia de Roma, amenazada por las barbaridades de Nerón. Y pese al riesgo y a las consecuencias que tantos viajes, fatigas y maltratos habían hecho sobre él, viajó a la Ciudad Eterna.

Allí fue apresado por segunda vez. Escribió de nuevo a su fiel Timoteo, a Éfeso. El León de Dios murió durante esa cruel persecución dirigida por Nerón pero instigada por numerosos enemigos de Cristo. Fue decapitado por el hacha del líctor, en consideración a su calidad de ciudadano romano. Su muerte fue recibida con alegría, pues recibía esta corona de justicia, que sabía que le estaba reservada. Pero moría inquieto por las desgracias que por todas partes amenazaban a la Iglesia (II Tim. I, 8).

Los trabajos apostólicos de San Pedro, vicario de Cristo en la tierra

Por sobre todos los apóstoles, San Pedro había contribuido a la fundación de la primera iglesia cristiana en Jerusalén. Recorrió varias veces Palestina para atender las diversas necesidades de las comunidades allí fundadas. Llevado por su celo, dirigió un tiempo la iglesia de Antioquia (II Tim. IV, 8).Así fue como anunció el Evangelio en el Ponto, Capadocia, Galacia, Asia y Bitinia. Luego se encaminó a Roma hacia el año 42 después de Jesucristo. Retornó a Jerusalén durante las persecuciones de Herodes (52 d.C.) y escapó milagrosamente a ellas.

Tras la muerte de este infame gobernante, encontramos a nuestro amado primer Papa en Jerusalén (Act. XV), mas tarde en Antioquia y luego en Corinto, donde se unió a san Pablo, fundando juntos la floreciente comunidad cristiana. Desde Roma – que él llama Babilonia – escribió las bellísimas cartas a los fieles del Ponto y Galacia.

Sobre san Pedro no podemos menos que maravillarnos al reconocer en todos los documentos y testimonios contemporáneos y posteriores el testimonio unánime de la primacía de éste como pastor y jefe supremo de todo el rebaño legado a éste por el mismo Cristo. Se cumple así de modo perfecto el decreto divino e inalterable en el tiempo y el espacio.

Desde la gloriosa Ascensión de nuestro Señor Jesucristo vemos siempre a Pedro ejercer su primacía: es él quien preside la elección de san Matías como apóstol (Act. I, 15); es él quien habla primero al pueblo después del descenso del espíritu Santo sobre el sagrado colegio apostólico en Pentecostés (Act. II, 14); es él quien representa a todos los apóstoles el en sanedrín en Jerusalén y por ello hace uso de la palabra (Act. IV. 8); es él quien obra el primer milagro y quien pronuncia primero la terrible sentencia sobre Ananías (Act. III, 4; V, 1). Es él el primero en abrir las puertas de la Iglesia a los gentiles (Act. X). Fue él quien en Jerusalén buscó conocer a san Pablo para acordar asuntos con él (Gál. I, 18). Fue él quien presidió el primer Concilio de Jerusalén (Act. XV) y él quien se nombra primero en los Evangelios. La preeminencia como cabeza visible de la Iglesia es tal y tan jerárquica que la primacía san Pedro se pone en relieve siempre que es necesario obrar, hablar o tomar alguna decisión.

Tras dirigir la Iglesia por veinticinco años desde la Ciudad Eterna (1), la Gloria dela Iglesia murió al mismo tiempo que san Pablo, durante la persecución de Nerón. Fue crucificado en el barrio de los judíos, en el monte Vaticano, aunque por petición del Apóstol fue puesto boca abajo, en tanto él se consideraba indigno de morir como su Dios y Señor.

Los trabajos de los demás Apóstoles

El lector atento no podrá dejar de notar el hecho de que los Actos de los Apóstoles se limita apenas a la historia de los apóstoles san Pedro y san Pablo. No se hace mención de los otros doce. Esto no carece de motivo, pues el autor sagrado no hubiese tenido que hacer más que repetir una y otra vez los mismos milagros, los mismos padecimientos, el mismos ardor y las mismas virtudes. ¡Tan poco se inquietaban los Apóstoles por transmitir a la posteridad la memoria de sus trabajos en la medida de que era mayor su celo por propagar la buena nueva hasta los confines mismos de la tierra!

De aquí la oscuridad de sus tradiciones y la incertidumbre que presentan algunos documentos. Los Apóstoles sabían que el Señor no mandó escribir un libro, ni menos traspasar al papel todo cuanto dijo e hizo, y lo mismo desearon ellos salvo para transmitir directivas o explicitaciones precisas en casos determinados. Esto es lo que hemos recibido y es cuanto la Iglesia determinó que formase parte autorizada del Nuevo Testamento. Las pretensiones protestantes acaban ante este hecho incontestable, pues Dios no puede mandar nada en contra de Su divina voluntad ni ordenar aquello para lo cual no da los medios suficientes para su cumplimiento.

Del sagrado colegio apostólico es indudable el hecho que a doce años de la Ascensión de nuestro Señor Jesucristo, y antes de separarse y abandonar Jerusalén, como príncipes universales dividieron el mundo para sí y redactaron el común en Símbolo de la Fe.

Santiago el Menor – hijo de Alfeo, llamado el Justo y por el amor mutuo que se tenían también fuera mencionado como ‘hermano del Señor’ – fue el primer obispo de Jerusalén (Hug. Ontr. al Nuevo Test., II, 8, p. 517; Schleyer, Gaceta teológ.de Friburgo, t. IV; Guerike, Intr. al Nuevo Test., p. 483). Estimado hasta por los judíos a causa de su justicia y dulzura, consolidó su Iglesia sirviéndose de la firmeza (Act. XV, 13). En su epístola dirigida a los cristianos nacidos judíos que vivían en regiones apartadas, les recordó la necesidad de la fe, probada por medio de obras.

El Apóstol fue acusado de violar la Ley por el mismo sumo pontífice Anás, quien aprovechándose de que el nuevo Gobernador aún no había llegado, lo hizo apedrear (63 d.C), habiendo rechazado la imputación de este crimen hasta los judíos más celosos, por lo que fuera depuesto el sumo pontífice por petición que éstos mismos dirigieron al rey Agripa. Esto es según el testimonio – digno de algún crédito, del historiador judío Flavio Josefo.

Hegesipo, posterior a Josefo, cuenta, según Eusebio, que habiendo rehusado Santiago declararse contra Jesús, fue precipitado – por los Fariseos y por los Escribas de Jerusalén – desde lo alto del Templo y terminado de asesinar por manos de un batanero, que hizo uso de su instrumento (Cf. Flav. Jos., Antiq. XX, 9, 1; Credner, Introd. al Nuevo Test. p. 481; Heyes, in Eusebo, Hist. eccl. II, 1, 23; Stolberg, p. VI, p. 360-65).

San Mateo, Apóstol y Evangelista, anunció la buena nueva por Arabia, India y Etiopía (Rufino, Hist. eccl. I, 9; Eusebio, Hist. eccl. III, 24, 39). San Felipe, quien vivió con san Juan hasta el fin del siglo I, gastó hasta sus últimas fuerzas evangelizando desde Hierápolis de Frigia (Eusebio, III, 3; V, 24). Santo Tomás llevó el Evangelio a los partos, san Andrés a los escitas (Eusebio, III, 1); san Bartolomé a los de la India (Eusebio, V, 10) y san Tadeo a Ábgaro, príncipe de Edesa (Eusebio, I, 12). San Marcos acompañó a Roma primero a san Pablo y a san Bernabé, y luego a san Pedro. es considerado fundador o al menos primer obispo de Alejandría (Eusebio, II, 16, 24; Chronic. Paschal. (Alexandrin.) p.230, ed. del Fresne, París). Tilemont (t. I y II) reunió cuidadosamente todo cuanto se sabe de los compañeros d elos Apóstoles, citados en el Nuevo Testamento, tales como Lucas, Timoteo, Tito, Lino Crecencio y el filósofo Apolonio de Alejandría, convertido del judaísmo al Evangelio (Act. XVIII, 24; XIX, 1; I Cor. 1,12, etc.). Sobre esto ya hemos escrito detenidamente en el dossier “El Camino de los Apóstoles a la Patria Celestial” en esta misma sección.

De todo esto, Nuestra Señora formaba el centro de toda devoción, siendo visitada, consultada y amada tiernamente por todos los apóstoles, discípulos y fieles en su residencia en Éfeso en compañía del apóstol san Juan. Hacia el 45 o 47 d.C. la Virgen Santísima durmió y fue ascendida en cuerpo y alma a los cielos, siendo coronada como Reina y Señora de todo lo creado, por el triple título de Hija amadísima de Dios Padre, Madre admirable de Dios Hijo y Esposa fidelísima de Dios Espíritu Santo.

Como ya hemos hecho notar, de nada de esto se preocupó el Espíritu Santo en dejar consignado por escrito en las Sagradas Escrituras, no por carecer de importancia ni menos por faltar doctrina en las palabras de los Apóstoles, santidad en sus hecho o heoricidad en sus trabajos, sino porque desde un principio deseó marcar a fuego las notas particulares de la Iglesia que Cristo fundó para salud y consuelo de todos los hombres.

El cristianismo se expande rápidamente en medio de crueles persecuciones

Examinada la pronta dilatación de la Iglesia y su influencia en vastos territorios a poco de la Ascensión de nuestro Señor Jesucristo, podría pensarse que las condiciones del momento favorecieron la popularidad de la buena nueva, al modo de las circunstancias propicias que algunas ideologías encontraron para ganar pronto y extensamente sus adeptos.

Rápida fue la propagación del cristianismo por Asia, por Palestina, Siria, Asia Menor, Damasco y Antioquía, Mesopotamia y Edesa, tanto como por Europa, especialmente por Grecia, Italia y España así como por África, particularmente en Egipto. Muchas eran las Iglesias que se fundaban una tras otra. Lo anterior y vistas las medidas que se tomaron para organizar las nuevas comunidades, daría al espectador desatento o ignorante, la consoladora idea del favor con que desde su origen fue acogido el Cristianismo.

Y no se crea que eran pobres gentes y groseras las que componían las comunidades cristianas primitivas. Basta recordar las numerosas remesas de dinero mencionadas en las Epístolas de los Apóstoles (Act. XIII; Filip. III, 24), la conversión del procónsul Sergio Paulo en Chipre (Act. XIII), y las del eunuco en Etiopía, del centurión Cornelio y del mismo Dionisio el Areopagita (Act. VIII, 9). O las relaciones de san Pablo con los miembros de la familia imperial (Filip. IV, 22). Flavio Clemente, tio del Emperador Vespasiano, Domitila, su mujer y otros romanos de primer orden pertenecían al cristianismo ya desde los últimos tiempos de la vida de san Juan.

Tal era el número y calidad de gentes cultas e influyentes que los Apóstoles se veían frecuentemente obligados a advertir en contra de introducir errores sacados de los sistemas de teología y filosofía paganas, proclamando siempre que no existe más que una doctrina, una filosofía y una sola Iglesia verdadera (Col. II, 8; I Tim. I, 20). Los sabios del mundo de entonces ingresaban a la Iglesia, unos claramente persuadidos de su verdad y otros enamorados de la Iglesia, pero reteniendo los errores paganos e infectando las iglesias con la peste de sus corruptas elucubraciones.

Pero es en los grandes obstáculos que encontró la Iglesia donde brilla su divinidad y maravillan al considerar su rápida propagación. ¡Qué cruenta y violenta obstinación por parte de los judíos incrédulos! ¡Que formidable oposición por parte de los paganos contra Pablo en Atenas y Efeso! ¡Que perfidia en las sangrientas persecuciones – como no se hizo con nadie más – de los Emperadores contra los hijos de Dios!

Claudio destierra de Roma a los cristianos el año 53 d.C. (Sueton. Vit. Claud. c. 25). Después del incendio de Roma, el perverso Nerón hace mucho más cruel y dura la persecución: los cristianos son despedazados vivos por bestias feroces en los espectáculos de sus circos, o bien son ahogados en el río Tíber o incluso, en el ápice de satánica maldad, son untados en pez y encendidos como antorchas humanas para iluminar los barrios de la ciudad (Tacit. Ann. XV, 44; Suet. Vita Neron. c.16; Tertuliano – Apol. c.5. – habla ya de las leyes brutales dictadas por Nerón y Domiciano contra los cristianos, aunque derogadas en parte por Trajano: “quas Trajanus ex parte frustratus est”). Son muchas las presunciones contra los instigadores de esta persecución que atentaba exclusivamente contra la propagación de la nueva alianza en sustitución de la antigua, abolida por la venida del Divino Redentor, pero no entraremos en ellas en esta ocasión.

Vespasiano (69-79 d.C) se muestra más clemente con los cristianos, pero les impone el impuesto personal que afectaba a los judíos. Domiciano (81-96 d.C.) siguió esta misma línea, aunque condena a muerte a Clemente Favio, acusado de impiedad y de simpatizar con el cristianismo (Dio Cassius y la epist. de Xiphilino, LXVII, 14; Euseb. Chron. lib. II; Hieronym. ep. 96). Y desterró a su tía Domitila a la isla Pandataria y a Póntida a otro de sus parientes, relegando también a Patmos al apóstol san Juan, movido además por la idea de confiscar todos sus bienes (Tertull. Praescr. haer. c. 36; Euseb. Hist. eccl. III, 20).

La oposición entre la Iglesia y la sinagoga y la ruina de Jerusalén

Derogada ya la antigua Ley, el judaísmo debía continuar con su vocación, alcanzando la plenitud en el Cristianismo, que es la perfección de la vieja alianza por el cumplimiento de todas las profecías en la venida del Mesías prometido y el sacrificio perfecto de la Cruz. Había, pues, cumplido su altísima misión en la historia y en el mundo y debía, por tanto, desaparecer para que floreciera aquello para lo cual estaba llamado a preparar el camino y los corazones, esto es, la Iglesia querida y fundada por el mismo Dios para que todos los hombres – judíos y gentiles – conocieran la Verdad y se accedan a la Vida eterna.

Desde el sacrificio de la Cruz, Jerusalén y su templo – centro del culto judaico – no tenían ya su valor primitivo y no podían subsistir por mucho tiempo sin dañar al cristianismo, al que amenazaban con un doble peligro: la confusión de las doctrinas y la cruel persecución que dirigían contra los cristianos. Los cristianos nacidos judíos fueron las principales víctimas, pero con el tiempo fueron éstos quienes se querellaron contra los gentiles admitidos en la Iglesia, introduciendo en ésta un espíritu de división completamente extraño a Ella. O bien, intentaban producir una amalgama de religiones aún más deplorable, si es posible.

La ruina de Jerusalén y la destrucción de su templo fueron de alta importancia para la Iglesia, tal como lo había predicho el Salvador de una manera positiva, cuando el templo aún estaba en el esplendor de su gloria y magnificencia (Dieringer, Sistema de los hechos divinos, t.1, 12). Los judíos que en otros tiempos habían sido espléndidos instrumentos escogidos por la Providencia para la realización de los designios de Dios, hoy querían imponerse por sobre las otras naciones argumentando prerogativas de las que carecían por completo o aún – despreciando las cuestiones de la aceptación de una fe para pertenecer al Pueblo de Dios – argumentaban la superioridad de su raza en desprecio de las otras.

Ni las más tiernas pruebas de misericordia divina ni los castigos más terribles habían podido doblar esa dura cerviz, atrayéndole a aceptar libremente su verdadera misión en la tierra y a conformarse con espontáneamente con los designios de Dios. Su fe se había apagado, volviéndose en apenas un riguroso cumplimiento de leyes y reglamentaciones interpretadas una y otra vez por sus sabios y doctores de las ley. Y el orgullo les había desviado a adueñarse de Aquello para lo cual estaban llamados a servir y preparar las condiciones para Su venida. Pese a ello, muchas almas permanecían fieles a las promesas del Mesías prometido y fueron éstas las primeras en correr con alegría a los pies del Redentor y Su Iglesia.

Habían interpretado la más sublimes profecías sobre el Salvador en un sentido político y estrecho; negaba con mayor fuerza la realización de estas profecías divinas, cuanto más vana iba quedando su esperanza y su desilusión más notoria, por efectos de la fundación de la santa Iglesia – la nueva Jerusalén – por obra del mismo Dios, despreciada y reprobada por ellos y la duración del Imperio romano. Oprimido por los procónsules romanos en Cesárea, el querido pueblo de Yahvé, creyó llegado el momento de la venganza, y se rebeló abiertamente bajo el proconsulado de Casio Floro (64. d.C.), y atacó con armas en la mano al poder de Roma (66 d.C.), envalentonándose con la derrota de Cestio Galo.

Pero no estaba lejos el día de las espantosas desgracias lloradas por el Divino Redentor que debían azotar a Jerusalén, donde la sangre del verbo Encarnado iba a recaer gota por gota sobre las cabezas de los hijos réprobos de Israel, conforme ellos mismos lo proclamaran durante la infame condenación del Justo e Inocente.

Vespasiano fue encargado por el mismo Nerón para aplastar la rebelión. Invadió Galilea a la cabeza de un poderoso ejército (67 d.C.) Así se apoderó de Jotapa, la ciudadela más fuerte, después de una firme defensa prolongada por 40 días. Al entrar la escena fue horrorosa: ordenó degollar a 40 mil judíos. Fueron bárbaramente muertos por la espada romana y así se oprimió a las gentes de la zona, sometiendo por el terror y la fuerza a toda la provincia.

Los victoriosos soldados romanos ardían de deseos de lucha, llenos de impaciencia por terminar la guerra con la toma y ruina de Jerusalén. Pero Vespasiano, prudente y estratega, decidió esperar a que sobreviniesen las necesarias divisiones entre los asediados. Y no tardaron en sucederse: los ancianos experimentados querían la paz, mientras que la juventud temeraria, irreflexiva y belicosa se precipitó en Jerusalén, siendo acogida por Juan de Giscala.

Entonces Vespasiano sometió a toda Judea, y valiéndose de la imponencia de su situación, acampó delante de Jerusalén, aguardando las órdenes del Emperador que debía suceder al fallecido Nerón. Pero el ejército sublevado no tardó en proclamarle a él como Augusto. Y Tito, su hijo mayor, llegó con refuerzos ante los muros de la desgraciada ciudad.

En el interior se presenciaban escenas infernales: unos se degollaban a otros después de haber combatido juntos al enemigo; con madres comiéndose a sus hijos o cometían barbaridades con los cuerpos para salvar algunas riquezas.

Los cristianos recordaban, al enterarse de las infames noticias, de aquellas palabras del Señor: “Cuando veáis rodear un ejército a Jerusalén, sabed que está cercana su ruina” (Mat. XXIV; Luc. XXI, 6) y huyeron hacia Pela de Galilea. Al mismo tiempo los judíos también vieron cumplirse las palabras de Quien despreciaron, pero ni aún esto les bastó para abandonar su demencial obstinación, ni los horrores de la guerra civil interna, ni las angustias del hambre que se mostró asquerosa, insensata y horrorosa en la hija desesperada de Eleazar.

La horda de Simón había robado a las mujeres ricas y distinguidas todo cuanto poseían. Y en un pueblo que ya carecía casi de virtud en favor de rigurosos cumplimientos legales, era esperable la más corrupta de las reacciones a la adversidad. María se moría de hambre y con ella su hijo que amamantaba: le mata, asa al fuego al hijo y le parte en dos, comiendo una parte ella y ofreciendo la otra a la tropa que entraba otra vez en su casa. Los desgraciados bandoleros retroceden con repugnancia. Ella les increpa duramente: “¡Este es mi hijo! ¡Yo soy quien el ha matado! ¡Comed! ¡Yo también he comido de él! ¿Seréis más delicados y compasivos que una mujer y madre?”

La noticia de estos crímenes corrió rápidamente por la ciudad y llegó hasta el campo romano. Si los judíos, cada vez más obstinados, hicieron el mismo caso de estas terribles experiencias que habían hecho las palabras del Salvador: “Bienaventuradas entonces las estériles y las que no tengan hijos, y aquellas cuyos pechos no hayan amamantado”, los romano, hartos ya de horrores resolvieron terminar victoriosamente la lucha sepultando estos crímenes bajo las ruinas de Jerusalén. Y ésta cayó de forma espantosa, incendiándose entre los horrores más pavorosos el mismo templo, pese a los esfuerzos que el mismo Tito hizo para salvarse. No quedó piedra sobre piedra, conforme la fatal profecía.

Perdida la nacionalidad, que les unía a la religión; sin Templo para el sacrificio; sin casta sacerdotal pues fueron confundidas las tribus entre los sobrevivientes que huían, y sin sacrificios válidos, todo el fundamento central de la fe judaica desaparecía con esta ruina. Lo poco que podía quedar de valor para los más obstinados, fue sepultado y acabado.

En tanto, la dulce Esposa de Cristo brillaba en medio de las persecuciones que contra Ella dirigía el mundo y todos los poderes, expandiéndose con milagrosa rapidez e iluminando ya a las gentes de entonces con las benéficas influencias de Su sagrada presencia.
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(1) Admitiendo que san Pedro hubiese residido en Roma dos veces es como puede explicarse la antigua y unánime coincidencia en su episcopado por este extenso período desde Roma. Sobre este punto es de sumo provecho consultar las fuentes más antiguas, que por cercanas suelen ser más fieles. En particular recomendamos: al Padre apostólico san Ignacio, ep. ad Roman, c.4.; a Dionisio de Corinto en Eusebio, Hist. eccl. II, 25; a San Ireneo, III, 1,3; Tertuliano, contr. Marcion. IV, 5. Sólo una crítica cegada podría poner en duda una tradición de universal confirmación. Dada la alta calidad, seriedad y elevación de pensamiento de los debates que sobre este punto sostuvieron el protestantismo y el catolicismo en el siglo XIX, sugerimos la precedente de Foggini, de Romano divi Petri itinere et episcopatu ejusque antiquissimis imaginibus exercitationes historico-criticae, Florencia, 1741 (dedicado a S.S. Benedicto XIV) y las obras nacidas por necesidad de los debates, realizadas con erudición grave y concienzuda: Herbst, sobre la residencia de Pedro en Roma (Tub. 1820, p. 567); Doelinger, Man. de la Hist. eccl. p. 65. Windiscmann, Vindictae Petrinae. Ratisb. 1836; Ginzel, del Episcopado de Pedro en Roma (Pletz, Gaceta teológica año XI, p. 1-4, especialmente contra Mayerhof, Introducción a los escritos concernientes a Pedro, Hamb. 1833). Además de Olshausen, Estudios y Críticas, año 1838, p. 4 y a Stenglein, Episcopao de veinte u cinco años de San Pedro en Roma (Tub. O. Schr. 1820, p. 2 y 3). Por supuesto a Origen. eccl. Rom. de los benedictinos de Solesmes, de 1837

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