Quiero contarte lo que siento y pienso de ti, papá, quiero desahogarme; animarme de una vez a decirte como me duele no haberte tenido, porque aunque intenté superarlo es tan difícil olvidar que te olvidas de mi, que no estás y que nunca estuviste, que todas las inseguridades o al menos muchas de ellas se deben a tu ausencia.

Siempre fui buscando imágenes paternas pero sabía que cada uno tenía sus hijos, que yo solo era la sobrina o la amiga de la hija, pero no su hija, era tuya y no me sentía parte de tu vida.

Me es tan difícil hablarte de esto sin llorar, sin que me tiemble la voz y sin sentir que quizás te exijo demasiado, que hiciste lo que pudiste aunque eso no haya sido mucho.

Los miedos mas terribles son los de pensar “quien me va a querer si tu que deberías quererme ni te preocupas por mi”.

Y haberte pedido tantas veces que me llames para mi cumpleaños y no lo hacías, decirme que ibas a cambiar y no lo hiciste.

En ningún proyecto de mi vida estuviste, que ni sabes quien soy porque no me conoces, porque nunca tuvimos una charla que hiciera que nos conozcamos mas, que te pudiera contar que me encanta cantar, que la música es mi cable a tierra, que tengo amigos que me consideran una buena persona, que tu hija(o) es una buena persona.

A veces me pregunto ¿Por qué nunca asumiste tu rol de padre? ¿Acaso no sabes que te necesito? Que vivo esperando algo, lo mas mínimo de tu parte y sigo con el alma vacía, con tanta incomprensión sobre como son los sentimientos recíprocos de un padre y un hijo.

Que extrañas son algunas formas de querer, si es verdad cuando una vez me dijiste “te quiero, hija(o)”. Si supieras el dolor que siento, creo que no podrías continuar viviendo, sabiendo que fue por tu causa.

Pero bueno, es lo que hay, y lo mas triste de todo, triste para mi, no para ti, es que el día de mañana cuando te sientas solo te vas a acordar de que tenes una hija(o), vas a golpear mi puerta y te voy a atender, porque yo, gracias a Dios y a la vida, no soy como vos.

A mi padre, con dolor y esperanza de que algún día no tenga que ir yo y sea él quien venga a buscarme.

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La expresión “las palabras se las lleva el viento”, bien podría ser cierta en una específica situación donde se requiera poner por escrito algún acuerdo, pero en la mayoría de los casos, las palabras que pronunciamos tienen el poder de permanecer en la mente del que oye edificándole o destruyéndole.

Necesitamos tomar conciencia del poder de nuestras palabras. Cada palabra que emitimos tiene la capacidad en sí misma de construir o destruir. Al abrir su boca para dirigirse a su cónyuge, a sus hijos o a cualquier otra persona debe recordar que lo expresado quedará en sus mentes y corazones; en ocasiones, mucho más del tiempo que quisiéramos que permaneciera.

Palabras como: te amo, eres importante para mí, eres muy especial, eso que hiciste te quedó muy bien, serás un triunfador, tienes mucho potencial, etc., levantan la autoestima de sus hijos, acercándolos hacia usted y alejándolos de los vicios. Pero palabras como: estúpido, inservible, bueno para nada, engendro del demonio, mal criado, etc., los prepararán para unirse a cualquier grupo que le acepte y podría marcarlo de por vida.

Palabras como: que bien te ves, que tenga un buen día, eres lo más importante para mí, podría hacerle la vida mucho más llevadera a su cónyuge y tienen el poder de cambiar por completo la atmósfera de su hogar.

Tengo un amigo que ha obtenido muchos logros como médico de familia. Sin embargo aún recuerda las palabras de uno de sus profesores que le dijo que no le daría la recomendación para entrar a la escuela de medicina porque él no sería un buen médico. Aquel profesor se equivocó con mi amigo, y posiblemente él haya olvidado por completo aquellas palabras, pero aún retumban en la mente de mi amigo. Así mismo hay jóvenes y adultos que van marcados por las palabras negativas que recibieron de sus padres cuando eran niños.

Normalmente sus palabras ¿construyen o destruyen? ¿Animan o desaniman? ¿Bendicen o maldicen? Tome la firme decisión de usar el poder de sus palabras para edificar y animar a todos los que estén a su lado, especialmente a su familia. Al finalizar de leer este art í culo, tome el teléfono y llame a su esposa/o; levántese de su asiento y busque a sus hijo o escriba una pequeña nota a su hija y dígales lo valiosos que ellos son para usted. ¡ Hágalo hoy mismo!

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Nuestro Legado

Cuando se cierre el último capítulo del libro de mi vida; cuando baje el telón y concluya mi función. Cuando ya no esté físicamente entre los que amo y entre los que me odian, sin duda alguna me sobrevivirán los recuerdos, o dicho de otra forma, los que me sobrevivan me recordar a n. Pero entre todos los recuerdos posibles, los que revisten mayor importancia para mí, serán los recuerdos de mi familia. ¿Cómo me recordarán mis hijas? ¿Me recordarán como padre amante o como cruel tirano? ¿Esos recuerdos les serán gratos y útiles? ¿Sentirán que perdieron un amigo, o que enterraron un obstáculo en su vida? ¿Cuándo repasen sus años junto a mí serán más los momentos gratos y de enseñanza positiva, o sobresaldrán las heridas, los insultos y abusos en general? Cuándo ya no esté para aconsejarlas, ¿podrá mi ejemplo ser algo digno de imitar?

Lo admitamos o no, siempre estamos enseñando algo. Nuestras acciones, palabras y gestos, siempre, siempre transmiten algo a nuestros hijos, y podemos sorprendernos de su capacidad retentiva y de lo agudo de sus juicios. Día a día vamos labrando un legado, una herencia que le traspasaremos a nuestros hijos. Ellos nos ven aún cuando no pensamos que lo hacen y nuestro ejemplo nos sobrevivirá, muchos, muchos años. Podremos seguir haciéndoles bien, o haciéndoles mal, aún después de muertos.

Está comprobado que la mayor influencia sobre la vida de un niño las tienen sus padres. Muy por encima de la escuela, o de los amigos, los padres los marcamos con nuestras acciones.

Todo adulto debe recordar que nuestros niños están más atentos a lo que hacemos que a lo que decimos. Resultan innumerables las cosas que con intención o sin ella, les hemos enseñado cuando creíamos que ellos no nos estaban mirando. El beso que les dimos mientras pensábamos que dormían les hizo sentirse amados y protegidos y aprendieron de nuestro amor por ellos.

Tal vez nos vieron hacer un acto de caridad, o de justicia, o de honestidad al devolver lo que no se había pagado. Con cada acción fuimos depositando en sus mentes y corazones un pequeño bloque de ejemplo que vendría luego a formar el edificio de su carácter.

Recordemos que nuestras acciones enseñan más que nuestras palabras y nuestros hijos conocen muy bien la diferencia. No funciona decirles: “esto que hago no lo puede hacer”; siempre pensar á n si papá y mamá lo hacen, yo también lo puedo hacer. Entonces démosles ejemplos dignos de imitar. Ejemplos que les sirvan para toda su vida. Ejemplos, amigos y amigas, que valen mucho más que el dinero.

Déjeles una buena herencia, su mejor legado, su ejemplo.

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