Los seres humanos podemos ser divididos y analizados en múltiples formas y maneras. Altos y bajos, blancos y negros, ricos y pobres, buenos y malos, sabios e ignorantes, los que leen E l M undo y los pocos que no lo leen. Y así podría ser interminable la lista de las maneras y criterios de juicio. Pero permítame mostrarle esta: vencedor y perdedor. Usted, amigo lector, ¿se considera un vencedor o un perdedor? ¿ Cuál es la diferencia? Aquí le muestra esta interesante manera de diferenciarlos. Veamos.
Cuando un vencedor comete un error, dice: ” ¡ Yo me equivoqué !” Cuando un perdedor comete un error, dice: “No fue mi culpa.”

Un vencedor trabaja duro y tiene más tiempo. Un perdedor está siempre “muy ocupado” para hacer lo que es necesario.

Un vencedor enfrenta y supera los problemas. Un perdedor da vueltas y nunca consigue resolverlos. Un vencedor se compromete. Un perdedor hace promesas y no las cumple. Un vencedor dice: “Yo soy bueno, sin embargo no tan bueno como me gustaría ser.” Un perdedor dice: “Yo no soy tan malo como tantos otros.”

Un vencedor escucha, comprende y responde. Un perdedor solo espera una oportunidad para hablar. Un vencedor respeta aquellos que son superiores a él y trata de aprender algo con ellos. Un perdedor resiste aquellos que son superiores a él y trata de encontrar sus defectos.

Un vencedor se siente responsable por algo más que sólo su trabajo. Un perdedor no colabora y siempre dice: “Yo solo hago mi trabajo.”

Un vencedor dice: “Debe haber una mejor forma de hacerlo…” Un perdedor dice: “Esta es la forma que siempre lo hicimos.” Un vencedor comparte este mensaje con los amigos… Un perdedor lo guarda para sí mismo porque no tiene tiempo…

Amigo, le animo a que usted forme parte de los vencedores. De aquellos que dejan positivas huellas tras su andar, pues van marcando con su paso seguro el sendero de su existencia. No se amilanan, ni retroceden en la defensa de sus principios. Enfrentan la vida y sacan provecho de ella. Sea un vencedor en su hogar y ayude a su esposa/o y a sus hijos a desarrollar esta actitud tan necesaria para la salud emocional de su familia.

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Vivimos en una época de extremismos. Si se desea algo o se rechaza algo lo hacemos hasta el extremo. Con la crianza de nuestros hijos pasa igual. Con mucha frecuencia caemos en los extremos del castigo destructivo que marca para siempre al hijo, o nos vamos al extremo permisivo donde la criatura se cría sin ninguna regla y permitiéndole ser amo y señor de la casa. Pero sin duda alguna existe el lugar intermedio donde el balance, la prudencia y la sabiduría hacen su aparición para darles a nuestros hijos una crianza sana y robusta, sin abusar del niño pero dándole disciplina que es tan necesaria para poder tener éxito en la vida y en las relaciones interpersonales. Creo que ese punto medio es el amor. Tenemos que amar entrañable e incondicionalmente a nuestros hijos, pero igual debemos disciplinarlos, justo por que les amamos. Para amarlos debemos respetarlos, y no destruir su autoestima.

Debemos disciplinar pero no castigar. La diferencia no es que uno es físico y la otra no. Porque la disciplina, en mi opinión, puede ser física sin ser castigo. Esta clase de disciplina es dañina justo cuando se convierte en castigo, dejando de ser disciplina. Pero como abunda el tratado físico, el cual repudiamos con todas nuestras fuerzas, caemos en el extremo de pensar que toda disciplina física es castigo; y que si es disciplina no puede ser física. Pero las diferencias entre estas dos acciones son más profundas y serias. Veamos algunas diferencias entre disciplina y castigo.

El castigo le dice al hijo que se le rechaza por considerarlo malo o socialmente inadaptado. Pero la disciplina le dice al hijo, que es amado por sus padres y que éstos hacen un esfuerzo por formarlo debidamente. El castigo va contra el muchacho, mientras que la disciplina va contra la acción. El castigo es motivado por la venganza; la disciplina tiene como meta la corrección y la enseñanza. El castigo mayormente es fruto del coraje y la ira del momento; la disciplina es fruto del amor. El castigo es extremo y brutal; la disciplina es equilibrada y limitada. El castigo es injusto e inesperado. La disciplina es justa y esperada. El castigo es degradante y desmoralizador. La disciplina sustenta la dignidad y fortalece la autoestima. El castigo crea terror y daño emocional; la disciplina conduce a un sano respeto por la autoridad. El castigo puede aplicarse arbitrariamente; la disciplina siempre se razona.

Castigar a los hijos, les produce un deseo de “castigar” a los padres y con frecuencia lo logran. Castigan a los padres haciendo con sus vidas lo que tanto se les ha dicho que no hagan. Esos hijos están llenos de coraje y rencor contra sus padres. Y lo peor es que en muchos casos los padres sólo querían disciplinarlos y no sabían cómo. Ellos sólo desean mostrarles su amor pero erraron en la forma de hacerlo. Nadie nos enseñó a ser padres y aprendimos o estamos aprendieron en medio de la tarea. Hoy es un excelente día para hacer cambios positivos en casa.

El Manejo de los Celos

¿Es usted una persona celosa? ¿Con frecuencia se deja dominar por ese sentimiento? ¿Ha tenido problemas con su pareja por los celos?
En cierto sentido, todos hemos experimentado en alguna forma y en algún momento ese molestoso sentimiento llamado celos.

Los celos pueden definirse como “una actitud de envidia o resentimiento respecto a un rival que logra mayor éxito.” El diccionario, El Pequeño Larousse, define celos como: “Envidia que causa el que otra persona disfrute de algo que uno quería para sí. Temor a que otra persona pueda ser preferida a uno: tener celos de alguien.” Como podemos apreciar, los celos son el resultado de la frustración que sentimos al no lograr el objetivo que deseamos, sea este: atención, amor, una posición o algún objeto. La persona celosa suele sentirse irritable, tensa y nerviosa. Se siente incapaz de satisfacer las normas y expectativas de los demás. También tienden a imaginar cosas que no existen. En algunos casos la persona celosa recurre a la mentira y difamación de quienes muestran más capacidad, intentando así elevar su propia estima. Los celos y la rivalidad entre los niños son casi universales. Los hermanos tienden a competir por los halagos de los padres. Es de esperar cierto grado de conducta competitiva entre los hermanos, pero hay que poner atención a que esta no sea una actitud enfermiza. Los padres necesitamos ayudar a nuestros hijos a que desarrollen relaciones interpersonales sanas y de respeto a los derechos del prójimo.

Fuertes sentimiento s de inseguridad e incompetencia podrían ser las principales causas de los celos. Personas con baja autoestima experimentan el celo más frecuentemente. Un deficiente desarrollo espiritual podría también influir en los celos. Existen además trastornos emocionales mayores que bien podrían ser las causas de los celos. Algunas ideas para manejar los celos.

1. El favoritismo paterno fomenta los celos y puede marcar negativamente a los que no resultan los favoritos. Los padres debemos mostrar el mismo amor a nuestros hijos, pero no tratarlos igual, porque son diferentes.

2. Si le han dicho que usted es una persona celosa, pero usted no lo admite, trate de examinarse sin prejuicio alguno, porque el inicio del cambio de actitud es admitir el problema.

3. Si usted reconoce que es una persona celosa y que no puede controlarse, comience admitiéndolo delante de su familia y discúlpese por sus excesos. Cuando no hay causas reales que provoquen los celos, debe comprender que sus sentimientos presentes no se fundan en datos objetivos sino que posiblemente son distorsiones que provienen de pasadas experiencias negativas o de inseguridad.

4. Desarrollar su vida espiritual y su dependencia en el Señor Jesús sería una excelente ayuda para tener fuerzas y poder manejar esos sentimientos negativos.

5. La ayuda de un profesional en el área o un líder religioso preparado, podría a yudarle a entender de donde provienen sus sentimientos de inseguridad e incompetencia y cómo trabajar con ellos. ¿Se siente inseguro en su matrimonio? ¿Qué podría hacer para que su cónyuge se sienta seguro/a? ¿Puede usted identificar algo en su pasado que contribuyó a tener una autoestima pobre? Una vez usted pueda reconocer estas señales en su vida, con la ayuda de Dios, el proceso de recuperación puede empezar. Obra consultada: Enciclopedia de problemas sicológicos. Clyde Narramore.

por el Dr. Daniel Villa

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El presidente Abraham Lincoln dijo una vez: “La fortaleza de una nación está en los hogares de su gente”. Y cuanta razón tenía. Sin duda alguna la familia es la columna vertebral de la sociedad. Como va el hogar, va la sociedad y por ende la nación.

Es triste pensar que algunas familias no disfrutan a plenitud las bendiciones de un hogar. Conozco jóvenes que manifiestan abiertamente que nunca tuvieron un hogar. Y no es que no tienen una familia. Más bien es que al pensar en ella sus recuerdos no son nada gratos. Tuvieron una casa pero no un hogar. Y es que existen algunas diferencias entre la casa y el hogar.

La casa es el lugar donde habitamos. La componen las paredes, las puertas, las ventanas y todos los utensilios que en ella hay. Pero el hogar está formado por las personas y sus relaciones. El calor de un abrazo, el sentir de un beso. Una bienvenida, un regaño, una caricia. El hogar es la sonrisa del hijo(a), la ternura de la madre o la bendición del padre.

La casa se construye en un determinado lapso de tiempo empleando paja, madera o ladrillo. El hogar se edifica día a día con aquellos trocitos de ternura, de perdón, de tolerancia. La casa es un “eso”, el hogar es un “nosotros”. La casa es fría y sin vida, el hogar es cálido y esperanzador.

Ni en la casa y ni el hogar debe darse el abuso y las humillaciones. El hogar no admite el maltrato, las vejaciones ni ningún tipo de violencia, sea ésta física, verbal o sicológica.

En la casa encontramos abrigo y protección para el cuerpo. El hogar protege el alma y el espíritu, por tanto también al cuerpo. La casa se relaciona con lo temporal, el hogar con lo eterno. La casa se puede comprar; el hogar, el hogar no tiene precio.

Amable lector o lectora, sin importar el rol que desempeñe en estos momentos (hijo o hija, padre o madre, esposo o esposa) le invito a esforzarse en aras de tener un mejor hogar. Siempre hay lugar para mejorar lo que tenemos y la familia bien vale todo esfuerzo.

Concluyo con una anécdota que puede ilustrar la diferencia entre casa y hogar.

-En cierta ocasión un niño caminaba solo por la calle a altas horas de la noche. Un agente de la policía lo encontró y le preguntó por qué estaba a esa hora por la calle. Él le contestó que no deseaba volver a su casa, y se desarrolló el siguiente diálogo:

-¿Cómo te llamas? – preguntó el policía. -Hijo del Diablo – contestó el niño.

-¿Cómo has dicho? ¿Dónde vives? – preguntó el policía.

-En el infierno – contestó el muchacho. – ¿Quines son tus padres? – preguntó el policía

-Sinvergüenza y canalla – contestó el niño.

El policía le tomó de la mano y le dijo: “ven llévame a tu casa, porque no puedo dejarte caminar a estas horas por este lugar y no entiendo nada de lo que me dices”.

Caminaron largo rato y llegaron cerca de una casucha desde donde se oía una pelea entre dos personas con las siguientes palabras: “Mira sinvergüenza, ¿dónde está ese hijo del Diablo? “Canalla, yo no sé. Lo único que puedo decirte es que salió temprano de este infierno y aún no ha regresado y ojalá que no vuelva más.”

El policía se detuvo, contempló al niño con inmensa tristeza y compasión. Aquella escena le reveló lo que hasta ese momento no había comprendido.

Espero que su hogar siempre disfrute de una casa y que en su casa siempre haya un hogar.

Articulo redactado por el Dr. Daniel Villa

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