Amor Conyugal
La verdad y el significado del amor conyugal a la luz de la encíclica Humanae Vitae.
Carta pastoral de Mons. Charles Chaput, Arzobispo de Denver. 22 de Julio, 1998.
título: De la Vida Humana.

Queridos hermanos y hermanas en el Señor,

1. Hace treinta años, el Papa Pablo VI entregó su encíclica Humanae Vitae (Sobre la Vida Humana), que reafirmó la enseñanza constante de la Iglesia acerca del control de la natalidad. Ciertamente es la intervención papal peor entendida de este siglo. Fue la chispa que encabezó tres décadas de dudas y desacuerdos entre muchos católicos, especialmente en los países desarrollados. Sin embargo, con el pasar del tiempo, se ha comprobado profética. Enseña la verdad. Por eso, mi intención con esta carta apostólica es sencilla. Creo que el mensaje de la Humanae Vitae no es una carga sino una alegría. Creo que esta encíclica ofrece una clave que lleva a matrimonios más profundos y ricos. Y lo que busco desde la familia de nuestra Iglesia local no es simplemente un asentimiento respetuoso a un documento que la crítica desecha como irrelevante, sino un esfuerzo activo y sostenido por estudiar la Humanae Vitae; por enseñarla fielmente en nuestras parroquias; y por alentar a nuestras parejas casadas a que la vivan.

I. EL MUNDO DESDE 1968

2. Tarde o temprano, todo pastor aconseja a alguien que está luchando contra una adicción. Normalmente el problema es alcohol o drogas. Y normalmente el escenario es el mismo. El adicto reconocerá el problema pero manifestará ser impotente ante él. O, alternativamente, el adicto negará tener un problema, aunque la adicción esté destruyendo su salud y arruinando su trabajo y su familia. No importa cuánto sentido tenga el pastor; no importa qué tan verídicos y persuasivos sean sus argumentos; y no importa qué tan en riesgo esté su vida, el adicto simplemente no puede entender —o actuar según— el consejo. La adicción, como una gruesa capa de vidrio, separa al adicto de cualquier cosa o persona que lo pueda ayudar.

3. Una manera de entender la historia de la Humanae Vitae es aproximarse a las últimas tres décadas mediante la metáfora de la adicción. Creo que al mundo desarrollado le es muy difícil aceptar esta encíclica no porque hubiese algún defecto en el raciocinio de Pablo VI, sino debido a las adicciones y contradicciones que se ha infligido a sí mismo, exactamente como lo advirtiera el Santo Padre.

4. Al presentar su encíclica, Pablo VI llamó la atención sobre cuatro problemas principales que surgirían si se ignorasen las enseñanzas de la Iglesia sobre el control de la natalidad (HV 17). Primero, advirtió que el amplio uso de anticonceptivos llevaría a “la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad”. Exactamente esto es lo que ha ocurrido. Pocos negarán que los índices de abortos, divorcios, colapsos familiares, abuso de esposas e hijos, enfermedades venéreas e hijos extramatrimoniales han aumentado desde mediados de 1960. Obviamente, la píldora del control natal no ha sido el único factor en este incremento. Pero ha tenido un papel principal. De hecho, la revolución cultural desde 1968, caracterizada por lo menos en parte por un cambio de actitud hacia el sexo, no hubiera sido posible o sostenible sin un fácil acceso a una anticoncepción eficaz. En esto, Pablo VI tenía razón.

5. Segundo: advirtió también que el hombre perdería su respeto por la mujer y “ya [no se preocuparía] de su equilibrio físico y psicológico”, al punto tal que la consideraría “como simple instrumento de goce egoísta y no como su respetada y amada compañera”. En otras palabras, según el Papa, la anticoncepción puede ser presentada como liberadora para la mujer, pero los auténticos “beneficiarios” de la píldoras y dispositivos de control de la natalidad son los hombres. Tres décadas más tarde, exactamente como Pablo VI sugirió, la anticoncepción ha liberado al hombre —a un nivel históricamente sin precedentes— de la responsabilidad por sus agresiones sexuales. En el proceso, una de las más extrañas ironías del debate sobre la anticoncepción en la última generación ha sido la siguiente: muchas feministas han atacado a la Iglesia Católica por su alegada desatención hacia la mujer, pero la Iglesia en la Humanae Vitae identificó y rechazó la explotación sexual de la mujer años antes que aquel mensaje entrara en vigencia en la cultura. Una vez más, Pablo VI tenía razón.

6. Tercero: el Santo Padre advirtió también que el uso generalizado de la anticoncepción podría poner “un arma peligrosa… en las manos de aquellas autoridades públicas que no prestan clara atención a las exigencias morales”. Como hemos descubierto luego, la eugenesia no desapareció con las teorías raciales de los nazis en 1945. Las políticas del control de población son ahora parte aceptada de casi toda discusión sobre ayuda extranjera. La exportación masiva de anticonceptivos, aborto y esterilización por parte del mundo desarrollado hacia los países en desarrollo —frecuentemente como requisito previo para la ayuda y muchas veces en contradicción con las tradiciones morales locales— es una forma levemente disfrazada de la ‘guerra de población’ y la re-ingeniería cultural. Nuevamente, Pablo VI tenía razón.

7. Cuarto: El Papa Pablo advirtió que la anticoncepción conduciría a los seres humanos a pensar erradamente que tienen un dominio ilimitado sobre sus propios cuerpos, convirtiendo inexorablemente a la persona humana en el objeto de su poder invasivo. Aquí se halla otra ironía: al huir hacia la falsa libertad provista por la anticoncepción y el aborto, un exagerado feminismo ha conspirado activamente hacia la deshumanización de la mujer. Un hombre y una mujer participan de manera única en la gloria de Dios por su capacidad de co-crear una nueva vida con Él. En la base de la anticoncepción, sin embargo, está el asumir que la fertilidad es una infección que debe ser atacada y controlada, exactamente como los antibióticos atacan las bacterias. En esta actitud puede verse también el intrínseco enlace entre la anticoncepción y el aborto. Si la fertilidad puede ser falsamente representada como una infección que se debe atacar, también lo puede ser una nueva vida. En ambos casos, un elemento definitivo de la identidad de la mujer —su potencial para engendrar una nueva vida— es redefinido como una debilidad que inspira desconfianza y requiere un atento “tratamiento”. La mujer se convierte en el objeto de los dispositivos en los que confía para asegurarse su propia liberación y defensa, mientras que el hombre no comparte nada de esta carga. Una vez más, Pablo VI tenía razón.

8. Luego del punto final del Santo Padre, ha aparecido mucho más: la fertilización in vitro, la clonación, la manipulación genética y la experimentación con embriones descienden todas de la tecnología anticonceptiva. De hecho, hemos subestimado drástica e ingenuamente los efectos de la tecnología, no sólo externamente en la sociedad, sino en nuestra propia identidad humana. Como ha observado el autor Neil Postman, el cambio tecnológico no es aditivo sino ecológico. Una nueva tecnología significativa no ‘añade’ algo a una sociedad, lo cambia todo, tal como una gota de tinte rojo no pasa desapercibida en un vaso de agua, sino que colorea y cambia cada molécula del líquido. La tecnología anticonceptiva, precisamente por su impacto en la intimidad sexual, ha trastornado nuestro entendimiento sobre el sentido de la sexualidad, de la fertilidad, y del matrimonio mismo. Los ha separado de la identidad natural e intrínseca de la persona humana y ha trastornado la ecología de las relaciones humanas. Ha introducido el caos en nuestro vocabulario de amor, tal como el orgullo introdujo el caos en el vocabulario de Babel.

9. Ahora nos enfrentamos día a día con las consecuencias. Estoy escribiendo estos pensamientos en una semana de julio en la que, con pocos días de intervalo, los noticieros han informado que casi el 14 por ciento de los habitantes de Colorado están o han estado involucrados en la dependencia de alcohol o drogas; una comisión del gobernador ha alabado el matrimonio mientras que simultáneamente recomienda pasos que lo trastornarán al otorgar derechos y responsabilidades paralelas a personas en ‘relaciones comprometidas’, incluyendo relaciones entre personas de un mismo sexo; y una pareja joven de la costa este ha sido sentenciada por asesinar brutalmente a su hijo recién nacido. De acuerdo a los reportajes, uno o los dos jóvenes padres, no casados, “aplastó el cráneo (del bebé) mientras estaba vivo, y dejó luego el cuerpo mutilado en un contenedor de basura para que muera”. Estos son los titulares de una cultura en serios problemas. La sociedad estadounidense está arruinada con la identidad sexual y trastornos conductuales, colapso familiar y una general y creciente aspereza en la actitud hacia la sacralidad de la vida humana. Es obvio para cualquiera excepto para un adicto: tenemos un problema. Nos está matando como personas. Así que, ¿qué vamos a hacer al respecto? Lo que quiero sugerir es que si Pablo VI tenía acerca de muchas de las consecuencias que se derivan de la anticoncepción, es porque tenía razón en cuanto a la anticoncepción misma. Buscando nuevamente ser plenos como personas y como gente de fe, necesitamos empezar volviendo a leer la Humanae Vitae con corazones abiertos. Jesús dijo que la verdad nos hará libres. La Humanae Vitae está repleta de verdad. Por eso es una clave para nuestra libertad.

II. LO QUE REALMENTE DICE LA HUMANAE VITAE

10. Tal vez una de las fallas al comunicar el mensaje de la Humanae Vitae a lo largo de los últimos treinta años ha sido el lenguaje usado al enseñarla. Las tareas y responsabilidades de la vida conyugal son numerosas. Son también serias. Ante todo deben ser consideradas cuidadosamente y en espíritu de oración. Pero pocas parejas entienden su amor en términos de la teología académica. Simplemente, se enamoran (fall in love). Ese es el vocabulario que usan. Es así de simple y revelador. Se rinden uno al otro. Se dan ellos mismos uno al otro. Se rinden (fall) uno al otro para poseer, y ser poseídos, plenamente uno al otro. Y con justicia. En el amor conyugal, Dios quiere que los esposos hallen alegría y gozo, esperanza y vida abundante, en y a través de cada uno, todo ordenado de manera que lleve al esposo y esposa, a sus hijos, y a todos los que lo conocen, más profundamente al abrazo de Dios.

11. En consecuencia, al presentar la naturaleza del matrimonio cristiano a una nueva generación, debemos formular sus satisfacciones plenificantes por lo menos tan bien como sus deberes. La actitud católica hacia la sexualidad es todo menos puritana, represiva o anticarnal. Dios creó el mundo y modeló a la persona humana a su misma imagen. Por lo tanto, el cuerpo es bueno. De hecho, para mí ha sido muchas veces una fuente de gran humor escuchar de incógnito cómo personas se quejaban sobre la supuesta “sexualidad enbotellada” de la doctrina moral católica, y el tamaño de muchas buenas familias católicas (de dónde, uno se pregunta, piensan ellos que vienen los bebés). El matrimonio católico —exactamente como Jesús mismo— no es una cuestión de escasez sino de abundancia. No es una cuestión de esterilidad, sino más bien de la fecundidad que fluye del amor unitivo y procreativo. El amor conyugal católico implica siempre la posibilidad de una nueva vida, y porque lo hace, aleja la soledad y afirma el futuro. Y porque afirma el futuro, se convierte en una hoguera de esperanza en un mundo inclinado a la locura. En efecto, el matrimonio católico es atractivo porque es sincero. Está diseñado para las criaturas que somos: personas hechas para la comunión. Los esposos se completan uno al otro. Cuando Dios une a una mujer y un hombre en matrimonio, ellos crean con Él un nuevo todo, una “pertenencia” que es tan real, tan concreta, que una nueva vida, un niño, es su expresión natural y su sello. Eso es lo que la Iglesia quiere decir cuando enseña que el amor matrimonial católico es por su naturaleza tanto unitivo como procreativo, y no lo uno o lo otro.

12. ¿Pero por qué las parejas casadas no pueden simplemente escoger el aspecto unitivo del matrimonio y temporalmente bloquear o incluso permanentemente evitar su naturaleza procreativa? La respuesta es tan simple y radical como el Evangelio mismo. Cuando los esposos se dan a sí mismos honesta y enteramente, como lo implica o incluso exige la naturaleza del amor conyugal, ello debe incluir todo su ser, y la más íntima y poderosa parte de cada persona es su fertilidad. La anticoncepción no sólo niega la fertilidad y ataca la procreación, sino que al hacerlo, necesariamente daña también la unidad. Es el equivalente a que los esposos se digan: “Te doy todo lo que soy, excepto mi fertilidad. Yo acepto todo lo que eres, excepto tu fertilidad”. Este retener algo de uno mismo inevitablemente trabaja para aislar y dividir a los esposos, deshaciendo la amistad sagrada entre ellos… tal vez no inmediata y visiblemente, sino profundamente, y a la larga muchas veces de manera fatal para el matrimonio.

13. Es por esto que la Iglesia no está en contra de la anticoncepción “artificial”. Está en contra de todo tipo de anticoncepción. La noción de “artificial” no tiene nada que ver. De hecho, se tiende a confundir la discusión implicando que el debate es en torno a una intrusión mecánica en el sistema orgánico del cuerpo. No es así. La Iglesia no tiene ningún problema con la ciencia que apropiadamente interviene para sanar o mejorar la salud corporal. En vez, la Iglesia enseña que toda anticoncepción está moralmente errada, y no solamente errada, sino seriamente errada. La alianza que realizan el marido y la mujer en el matrimonio requiere que toda relación permanezca abierta a la transmisión de una nueva vida. Esto es lo que implica ser “una carne”: una autodonación completa, sin reserva o excepción, así como Cristo no retuvo nada de Sí mismo de su esposa, la Iglesia, muriendo por ella en la Cruz. Cualquier interferencia intencional con la naturaleza procreativa de la relación implica necesariamente que los esposos están reteniéndose uno del otro y de Dios, quien es su pareja en el amor sacramental. En efecto, se roban algo infinitamente precioso —ellos mismos— de cada uno y de su Creador.

14. Y es por esto que la planificación familiar natural difiere no sólo en el estilo sino en la substancia moral de la anticoncepción como un medio para regular el tamaño de las familias. La planificación familiar natural no es anticoncepción. Es, más bien, un método de conciencia y aprecio de la fertilidad. Es una aproximación completamente diferente a la regulación de la natalidad. La planificación familiar natural no ataca en nada a la fertilidad, no retiene el don de uno mismo a su pareja, ni tampoco bloquea la naturaleza procreativa de la relación. La alianza del matrimonio requiere que cada acto de relación sea plenamente un acto de autodonación, y por lo tanto abierto a la posibilidad de una nueva vida. Pero cuando, por buenas razones, esposo y esposa limitan sus relaciones de acuerdo a los periodos naturales de infertilidad en la esposa durante el mes, están simplemente observando un ciclo que Dios mismo ha creado en la mujer. No lo están trastornando. Y por lo tanto están viviendo de acuerdo a la ley del Amor de Dios.

15. Hay, por cierto, muchos beneficios maravillosos en la práctica de la planificación familiar natural. La esposa se preserva a sí misma de químicos o instrumentos y se mantiene fiel a su ciclo natural. El esposo comparte la planificación y la responsabilidad en la planificación familiar natural. Ambos aprenden un mayor grado de auto señorío y un respeto profundo por el otro. Es verdad que la planificación familiar natural requiere de sacrificios y abstinencias periódicas de relaciones. Puede a veces ser un camino difícil. Pero así puede ser toda vida cristiana seria, sea uno sacerdote, consagrado, soltero o casado. Mas aún, la experiencia de decenas de miles de parejas ha enseñado que, viviendo en oración y sin egoísmos, la planificación familiar natural profundiza y enriquece el matrimonio y termina en una mayor intimidad, y mayor alegría. En el Antiguo Testamento, Dios pidió a nuestros primeros padres ser fecundos y multiplicarse (Gén 1,28). Nos pidió que escojamos la vida (Dt 30,19). Envió a su Hijo, Jesús, para traernos la vida en abundancia (Jn 10,10) y para recordarnos que su yugo es ligero (Mt 11,30). Sospecho, por lo tanto, que lo que está en el corazón de la ambivalencia católica hacia la Humanae Vitae no es una crisis de la sexualidad, de la autoridad de la Iglesia o de relevancia moral, sino una cuestión de fe: ¿Creemos de verdad en la bondad de Dios? La Iglesia habla por su Novio, Jesucristo, y los creyentes oyen natural y ardientemente. Ella enseña a las parejas casadas el camino al amor permanente y a una cultura de vida. Treinta años de historia han registrado las consecuencias de la opción contraria.

III. QUÉ TENEMOS QUE HACER

16. Quiero expresar mi gratitud a las muchas parejas que ya viven el mensaje de la Humanae Vitae en sus vidas de casados. Su fidelidad a la verdad santifica a sus mismas familias y a nuestra entera comunidad de fe. Agradezco de manera especial a aquellas parejas que enseñan la planificación familiar natural y aconsejan a otras parejas en la paternidad responsable inspirada por la enseñanza de la Iglesia. Su trabajo muy a menudo pasa desapercibido o no es apreciado, pero ellos son poderosos abogados de la vida en una época de confusión. Quiero ofrecer mis oraciones y aliento a aquellas parejas que cargan la cruz de la infertilidad. En una sociedad que a menudo favorece el evitar niños, ellos soportan la carga de anhelar el tener hijos sin poder engendrar ninguno. Ninguna oración queda sin responder, y todo sufrimiento ofrecido al Señor fructifica de alguna forma en una nueva vida. Les aliento a considerar la adopción, y apelo a ellos para que recuerden que un buen fin no puede nunca justificar medios errados. Sea para prevenir la gestación o lograrla, cualquier técnica que separe la dimensión unitiva y procreativa del matrimonio está siempre equivocada. Técnicas para procrear que vuelven a los embriones en objetos y mecánicamente sustituyen el abrazo amoroso de esposo y esposa violan la dignidad humana y tratan la vida como un producto. No importa cuán positivas sean sus intenciones, estas técnicas promueven la peligrosa tendencia de reducir la vida humana a material que puede ser manipulado.

17. Nunca es tarde para volver nuestros corazones nuevamente hacia Dios. No somos impotentes. Podemos hacer una diferencia siendo testigos de la verdad sobre el amor matrimonial y la fidelidad a la cultura que nos rodea. En diciembre del año pasado, en una carta pastoral llamada Buenas Nuevas de Gran Alegría, hablé de la importante vocación que todo católico tiene como un evangelizador. Somos todos misioneros. Norteamérica en los noventas, con su cultura de una sexualidad desordenada, matrimonios rotos y familias fragmentadas, necesita urgentemente el Evangelio. Como el Papa Juan Pablo II escribe en su Exhortación Apostólica Sobre la Familia (Familiaris Consortio), las parejas casadas tienen un rol fundamental testimoniando a Jesucristo entre ellos y a la cultura que los rodea (49, 50).

18. Con esa luz, pido a las parejas casadas de la arquidiócesis que lean, discutan y recen en torno a la Humanae Vitae, la Familiaris Consortio, y otros documentos de la Iglesia que delinean la enseñanza católica sobre el matrimonio y la sexualidad. Muchas parejas casadas, inconscientes de la sabiduría encontrada en este material, se han privado a sí mismas de una hermosa fuente de sustento para su mutuo amor. Aliento de manera especial a las parejas a examinar su propia conciencia en relación a la anticoncepción, y les pido que recuerden que “conciencia” es mucho más que sólo una cuestión de preferencia personal. Requiere que busquemos y entendamos la enseñanza de la Iglesia, y honestamente luchar para conformar nuestros corazones a ella. Les exhorto a buscar la Reconciliación sacramental por las veces en que han caído en la anticoncepción. La sexualidad desordenada es la adicción dominante de la sociedad norteamericana en estos años finales del siglo. Directa o indirectamente nos afecta a todos. Como resultado, para muchos esta enseñanza puede ser un mensaje difícil de aceptar. Pero no pierdan los ánimos. Cada uno de nosotros es un pecador. Cada uno de nosotros es amado por Dios. No importa qué tanto caigamos, Dios nos perdonará si nos arrepentimos y pedimos la gracia para cumplir su voluntad.

19. Pido a mis hermanos sacerdotes que examinen sus propias prácticas pastorales, para asegurarse de estar presentando fiel y sugerentemente la enseñanza de la Iglesia sobre estos asuntos en todos sus trabajos pastorales. Nuestra gente merece la verdad sobre la sexualidad humana y la dignidad del matrimonio. Para realizar esto, pido a los pastores leer y poner en práctica el Vademécum para Confesores sobre algunos aspectos de moral conyugal, así como estudiar la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la planificación familiar. Les exhorto a que nombren coordinadores parroquiales para facilitar la presentación de la enseñanza católica sobre el matrimonio y la planificación familiar, especialmente la planificación familiar natural. La anticoncepción es un asunto grave. Las parejas casadas necesitan el buen consejo de la Iglesia para realizar las decisiones correctas. La mayoría de los católicos casados acogen la guía de los sacerdotes, y los sacerdotes nunca se deberían sentir intimidados por su compromiso personal al celibato, o avergonzados por la enseñanza de la Iglesia. Avergonzarse de la enseñanza de la Iglesia es avergonzarse de la enseñanza de Cristo. La experiencia pastoral y el consejo de un sacerdote son valiosos en asuntos como la anticoncepción precisamente porque presenta una nueva perspectiva para una pareja y habla por toda la Iglesia. Más aún, la manifestación de la fidelidad de un sacerdote a su propia vocación fortalece a las parejas casadas para que ellas vivan su vocación con mayor fidelidad.

21. Dos aspectos finales. Primero: el tema de la anticoncepción no es periférico, sino central y serio en el caminar de un católico con Dios. Si se realiza con conciencia y libertad, la anticoncepción es un pecado grave, porque distorsiona la esencia del matrimonio: el amor de auto-donación (self-giving) que, por su misma naturaleza, es dador de vida (life-giving). Quiebra lo que Dios ha creado para ser uno: el sentido personal unitivo del sexo (amor) y el sentido de donación de vida del sexo (procreación). Muy aparte del costo a cada pareja, la anticoncepción ha infligido también un daño masivo a la sociedad: al forzar inicialmente una cuña entre el amor y la procreación de hijos, y luego entre sexo (esto es, sexo en sentido de diversión, sin un compromiso permanente) y amor. Sin embargo —y este es mi segundo punto— la enseñanza de la verdad deber ser siempre hecha con paciencia y compasión, lo mismo que con firmeza. La sociedad americana parece oscilar particularmente entre el puritanismo y el libertinaje. Las dos generaciones —la mía y la de mis profesores— que en su momento encabezaron en este país la oposición a la encíclica de Pablo VI, son generaciones aún reaccionando contra el rigorismo del catolicismo norteamericano de los cincuentas. Ese rigorismo, en buena parte producto de una cultura y no de una doctrina, ha sido demolido hace ya mucho tiempo. Pero el hábito del escepticismo permanece. Al llegar a estas personas, es nuestra tarea devolver su desconfianza a donde pertenece: hacia las mentiras que el mundo dice sobre el sentido de la sexualidad humana, y las patologías que esas mentiras esconden.

22. Finalizando, enfrentamos una oportunidad que sólo viene una vez en muchas décadas. Esta semana hace treinta años, Pablo VI dijo la verdad sobre el amor conyugal. Al hacerlo, se inició una pugna al interior de la Iglesia que continúa marcando hasta hoy la vida católica norteamericana. La oposición selectiva a la Humanae Vitae pronto desencadenó una gran oposición a la autoridad de la Iglesia y ataques a la credibilidad de la Iglesia misma. La ironía es que la gente que dejó la enseñanza de la Iglesia descubrió pronto que había trastornado su propia habilidad para transmitir algo a sus hijos. El resultado es que la Iglesia debe ahora evangelizar un mundo de los hijos de sus hijos, adolescentes y jóvenes adultos criados en una confusión moral, muchas veces inconscientes de su propia herencia moral, hambrientos de sentido, comunidad y amor verdadero. Por todos sus retos, este es un tremendo nuevo momento de posibilidades para la Iglesia, y la buena nueva es que la Iglesia hoy, como en toda época, tiene las respuestas para colmar el vacío que hay en sus corazones por hambre de Dios. Por eso, mi plegaria es sencilla: Que el Señor nos conceda la sabiduría para reconocer el gran tesoro que reside en nuestra enseñanza sobre el amor matrimonial y la sexualidad humana, la fe, la alegría y la perseverancia para vivir todo ello en nuestras propias familias, y la valentía que tuvo Pablo VI para predicarlo nuevamente.

 

LA SANTA MISA EXPLICADA

RITOS INICIALES

Son ritos introductorios a la celebración y nos preparan para escuchar la palabra y celebrar la eucaristía.

Comprende: Entrada – Señal de la cruz – Saludo – Acto penitencial – Gloria – Oración colecta.

PROCESIÓN DE ENTRADA

Llegamos al templo y nos disponemos para celebrar el misterio más grande de nuestra fe. Acompañamos la procesión de entrada cantando con alegría.

SALUDO INICIAL

Después de besar el altar y hacer la señal de la cruz, el sacerdote saluda a la asamblea.

ACTO PENITENCIAL

Pedimos humildemente perdón al Señor por todas nuestras faltas.

GLORIA

Alabamos a Dios, reconociendo su santidad, al mismo tiempo que nuestra necesidad de Él.

ORACIÓN / COLECTA

Es la oración que el sacerdote, en nombre de toda la asamblea, hace al Padre. En ella recoge todas las intenciones de la comunidad.

LITURGIA DE LA PALABRA

Escuchamos a Dios, que se nos da como alimento en su Palabra, y respondemos cantando, meditando y rezando. Primera Lectura – Salmo Responsorial – Segunda Lectura – Aleluya – Evangelio – Homilía – Credo – Oración universal.

PRIMERA LECTURA

En el Antiguo Testamento, Dios nos habla a través de la historia del pueblo de Israel y de sus profetas.

SALMO

Meditamos rezando o cantando un salmo.

SEGUNDA LECTURA

En el Nuevo Testamento, Dios nos habla a través de los apóstoles.

EVANGELIO

El canto del Aleluya nos dispone a escuchar la proclamación del misterio de Cristo. Al finalizar aclamamos diciendo: “Gloria a ti, Señor Jesús”.

HOMILÍA

El celebrante nos explica la Palabra de Dios.

CREDO

Después de escuchar la Palabra de Dios, confesamos nuestra fe.

ORACIÓN DE LOS FIELES

Rezamos unos por otros pidiendo por las necesidades de todos.

LITURGIA DE LA EUCARISTÍA I

.Tiene tres partes: Rito de las ofrendas, Gran Plegaria Eucarística (es el núcleo de toda la celebración, es una plegaria de acción de gracias en la que actualizamos la muerte y resurrección de Jesús) y Rito de comunión.

PRESENTACIÓN DE LAS OFRENDAS

Presentamos el pan y el vino que se transformarán en el cuerpo y la sangre de Cristo. Realizamos la colecta en favor de toda la Iglesia. Oramos sobre las ofrendas.

PREFACIO

Es una oración de acción de gracias y alabanza a Dios, al tres veces santo.

EPÍCLESIS

El celebrante extiende sus manos sobre el pan y el vino e invoca al Espíritu Santo, para que por su acción los transforme en el cuerpo y la sangre de Jesús.

CONSAGRACIÓN

El sacerdote hace “memoria” de la última cena, pronunciando las mismas palabras de Jesús. El pan y el vino se transforman en el cuerpo y en la sangre de Jesús.

ACLAMACIÓN

Aclamamos el misterio central de nuestra fe.

INTERCESIÓN

Ofrecemos este sacrificio de Jesús en comunión con toda la Iglesia. Pedimos por el Papa, por los obispos, por todos los difuntos y por todos nosotros.

DOXOLOGÍA

El sacerdote ofrece al Padre el cuerpo y la sangre de Jesús, por Cristo, con él y en él, en la unidad del Espíritu Santo. Todos respondemos: “Amén”.

PADRENUESTRO

Preparándonos para comulgar, rezamos al Padre como Jesús nos enseñó.

COMUNIÓN

Llenos de alegría nos acercamos a recibir a Jesús, pan de vida. Antes de comulgar hacemos un acto de humildad y de fe.

ORACIÓN

Damos gracias a Jesús por haberlo recibido, y le pedimos que nos ayude a vivir en comunión.
RITOS DE DESPEDIDA

Son ritos que concluyen la celebración.

BENDICIÓN

Recibimos la bendición del sacerdote.

DESPEDIDA Y ENVÍO

Alimentados con el pan de la Palabra y de la Eucaristía, volvemos a nuestras actividades, a vivir lo que celebramos, llevando a Jesús en nuestros corazones.

PREGUNTAS Y RESPUESTAS SOBRE LA SANTA MISA

¿Por qué la Misa es los Domingos?

Jesús resucitó el primer día de la semana, al día siguiente del sabbat (sábado). Por eso los cristianos nos reunimos ese día con Jesús.Con el tiempo llegó a llamarse el día del Señor, en latín “dies dominicus”. De ahí viene nuestra palabra domingo.

¿Por qué es necesario que haya un sacerdote para la celebración de la Misa?

Porque él ha recibido la misión de hacer presente a Jesús en la reunión de los cristianos. Él preside la celebración de la Cena del Señor, en nombre de Jesucristo.

¿Por qué se hace una colecta?

Los cristianos colaboramos con los gastos del templo y ayudamos a los necesitados.

¿Por qué algunas personas no comulgan?

Antes de comulgar por primera vez, los niños y los adultos bautizados reciben una preparación que les ayuda a creer firmemente en la presencia real de Jesús en el pan y el vino consagrados. Si no han recibido esa preparación, no van a entender lo que están haciendo. (También cuando se está en pecado mortal no se puede comulgar).

¿Qué Significa?

ALELUYA: Esta palabra hebrea significa: “que viva Dios, hay que darle gracias y alabarlo”. AMÉN: La palabra la hemos heredado, sin traducirla, del hebreo, y significa “firme, seguro, estable, válido”. Por eso se convirtió ya en el Antiguo Testamento en la aclamación con la que alguien, sobre todo la comunidad manifestaba su asentimiento y aceptación de lo que se ha dicho o propuesto. Con esta palabra se acaban las oraciones, bendiciones, promesas, alianzas. Simbólicamente se llama al mismo Dios “Dios del Amén” (Is 65,16), y en el Nuevo Testamento se afirma de Cristo Jesús que es tanto el Amén de Dios a la humanidad como el de la humanidad a Dios: “en Cristo sólo ha habido si: todas las promesa hechas por Dios han tenido su sí en él, y por eso decimos por él amén a la gloria de Dios” (2 Co 1, 19-20). Al mismo Cristo se le define como “el Amén”:”Así habla el Amén, el testigo fiel y veraz” (Apoc 3, 14).Desde siempre se ha pronunciado el Amén en la liturgia cristiana, por ejemplo después de las oraciones. Como decía san Agustín, “el amén de ustedes es su firma (suscriptio), su asentamiento (consensio) y su compromiso (adstipulatio)” (Sermón contra los pelagianos, 3).
Hay dos momentos en que el Amén tiene particular sentido. Ante todo como conclusión de la Plegaria eucarística. La comunidad subraya diciendo, o mejor, cantando, el Amén a lo que el que preside ha proclamado en su nombre. También en la comunión, cuando el ministro dice “El Cuerpo de Cristo” o “La Sangre de Cristo”, el que recibe la comunión contesta “Amén”, reafirmando así su profesión de fe en este momento privilegiado.ANTIFONA, ANTIFONARIO: Viene de la palabra griega “antifoné”, sonido o canto contrario; designaba al principio un estilo de salmodia en el que dos coros alternan en su rezo o canto, estilo llamado por tanto “antifónico”.Luego se ha llamado antífona a otras realidades. En la Eucaristía los cantos de entrada, ofertorio y comunión se llaman también en el Misal “antífonas”. Lo mismo sucede en Completas con el canto mariano final.Pero sobre todo se da este nombre a las breves frases que se dicen o cantan antes y después del Salmo, en el Oficio divino. A veces estas frases están tomadas del mismo Salmo (destacando así una idea más oportuna para el tiempo o la fiesta), otras veces son pensamientos bíblicos o del mismo evangelio (que así dan color cristiano al rezo del Salmo), mientras que otras son frases que se aluden a la teología de la fiesta o a las características del santo que se celebra.En la oración de la comunidad cristiana estas antífonas han gozado siempre de aprecio, sobre todo cuando se cantan, y han mostrado una eficacia notable para hacer más viva la participación del pueblo en el rezo de los Salmos. “Las antífonas ayudan a poner de manifiesto el género literario del Salmo, lo transforman en oración personal, iluminan mejor alguna frase digna de atención y que pudiera pasar inadvertida, proporcionan a un determinado Salmo cierta tonalidad peculiar según las diversas circunstancias; más aun, siempre que se excluyan acomodaciones chocantes, contribuyen en gran medida a poner de manifiesto la interpretación tipológica o festiva, y pueden hacer agradable y variada la recitación de Salmos” (IGLH 113).

ANTIGUO TESTAMENTO: Una de las novedades más significativas de la nueva liturgia postconciliar ha sido el lugar mucho más significativo que se le ha dado a la proclamación del Antiguo Testamento.En el ciclo ferial de la Eucaristía (de dos años) y en el Leccionario (sobre todo el bienal) del oficio de Lecturas, se incluyen largas selecciones del mismo en lectura (semi) continuada. También las primeras lecturas de la Eucaristía dominical se toman del Antiguo Testamento, excepto en la Cincuentena Pascual. En el caso de los domingos el Antiguo Testamento se “compone armónicamente con el evangelio” (OLM 67), mientras que en la lectura continuada de las ferias y en el oficio de Lecturas se seleccionan sus libros por si mismos, para seguir con ellos la dinámica de la historia de la Salvación. Así se ayuda a entender el misterio de la salvación en Cristo también en su perspectiva de Historia, que abarca en un único movimiento la preparación del laurel y el tiempo de la Iglesia, centrados ambos en el acontecimiento de Cristo. “En la liturgia la Iglesia sigue fielmente el mismo sistema que usó Cristo en la lectura e interpretación de las Sagradas Escrituras, puesto que él exhorta a profundizar el conjunto de las Escrituras partiendo del hoy de su acontecimiento personal” (OLM 3; Cf Lc 4, 16-21; 24, 5-35.44-49). Con la distribución de las lecturas pensada para los domingos (Antiguo Testamento, Nuevo Testamento y Evangelio) “se pone de relieve la unidad de ambos Testamentos y de la Historia de la Salvación, cuyo centro es Cristo contemplado en su Misterio Pascual” (OLM 66).El Antiguo Testamento nos ayuda a entender el Nuevo Testamento. Las categorías de la salvación en Cristo están tomadas de la herencia de Israel: Pascua, memorial, Mesías, profetas, el Siervo.Como decía san Agustín, en el Antiguo Testamento está latente (“latet”) ya el Nuevo, y en el Nuevo se hace patente (“patet”) el Antiguo (Cf DV 16 y OLM 5). Esto vale para entender el misterio de Cristo y también para lección de nuestra vida cristiana. La historia de Israel y la nuestra son continuación de una misma actuación salvadora de Dios, aunque con la esencial evolución de haberse cumplido en Cristo el tiempo de la plenitud.AÑO LITÚRGICO: Se llama “Año Litúrgico” o “Año Cristiano” a la especial organización del año como celebración progresiva del misterio de Cristo: “La Iglesia considera deber suyo celebrar con un sagrado recuerdo, en días determinados a través del año, la obra salvífica de su divino Esposo…En el círculo del año desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y la navidad hasta la Ascención y Pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del Señor” (SC 102).El comienzo y el ritmo de este Año Litúrgico es distinto al año civil, o del escolar, o del comercial. Comienza ahora en el primer domingo de Adviento, en la liturgia romana. En el pasado ha habido épocas y familias litúrgicas que más bien lo iniciaban en primavera o en otoño.ATRIO: El atrio, del latín “atrium”, indica el pórtico o espacio previo, a veces rodeado de columnas, de los edificios, sobre todo los palacios y las basílicas. Equivale al griego “narthex”. En los textos del Antiguo Testamento resuena con frecuencia la alusión a los atrios del Templo de Jerusalén: “Entren en sus atrios trayéndole ofrendas, póstrense ante el Señor en el atrio sagrado” (Sal 95, 8-9).A veces el atrio equivale al templo mismo, en sentido simbólico: “Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa” (Sal 83, 11). Litúrgicamente puede tener un buen sentido pastoral el que haya un espacio intermedio entre la calle y la iglesia, una cierta separación pedagógica, que de algún modo “defienda” el espacio interior como espacio de silencio y oración, y a la vez sea lugar de reunión, saludo o despedida, antes y después de la celebraciónBENEDICTUS: El “Benedictus” es un cántico que Lucas pone en labios de Zacarías, padre de Juan Bautista, y que nosotros cantamos cada día en Laudes. El Benedictus, como el Magnificat, “expresa la alabanza y acción de gracias por la obra de la salvación” (IGLH 50). Está lleno de citas, explícitas o implícitas, del Antiguo Testamento, anunciando que Dios cumple ahora, con el Mesías, lo prometido, “según lo había predicho por boca de sus santos profetas”, “realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres”. Ahora, con la plenitud de Cristo, “ha visitado y redimido a su pueblo”, dándole “la salvación que nos libra de nuestros enemigos”

.BIBLIA: Es el libro sagrado de los cristianos. El Antiguo Testamento narra la Alianza que Dios hizo con el pueblo judío antes de Jesús. El Nuevo Testamento narra la Nueva Alianza que Dios hizo con todos los hombres por medio de su Hijo Jesucristo.BREVIARIO: Breviario (del latín “brevarium”) quiere decir resumen, abreviación. Tertuliano llama al Padrenuestro “brevarium totius Evangelii”, “resumen de todo el Evangelio” (Ora. I). Se ha llamado así sobre todo al volumen o volúmenes en que a partir del siglo XII se fue concentrando todo el Oficio Divino. Hubo ya desde el siglo X una tendencia a refundir en volúmenes únicos los libros litúrgicos que antes estaban separados, pero que así podían facilitar el rezo (lecturas, oraciones, salmos, antífonas e himnos, etc.). El Breviario completo sólo aparece a principios del siglo XIII, para uso de la Curia romana bajo el pontificado de Inocencio III, y fue difundido en seguida sobre todo por los franciscanos, que así, con un volumen más manual, sin musicalización y con lecturas más breves, podían rezar mejor desde su característica de vida itinerante. El Breviario se adaptaba más a lo que poco a poco iba a ser el modo más frecuente de rezo, el personal, abandonado así el rezo comunitario en coro.CATÓLICA: En griego, esta palabra significa “universal”: la Iglesia está abierta a todos los habitantes del universo.

CAMPANAS: Es muy antiguo el uso de objetos metálicos para señalar con su sonido la fiesta o la convocatoria de la comunidad. Desde el sencillo “gong” hasta la técnica evolucionada de los fundidores de campanas o los campanarios eléctricos actuales, las campanas y las campanillas se han utilizado expresivamente en la vida social y en el culto. Son instrumentos de metal, en forma de copa invertida, con un badajo libre. Cuando los cristianos pudieron construir iglesias, a partir del siglo IV, pronto se habla de torres y campanarios adosados a las iglesias, con campanas que se convertirán rápidamente en un elemento muy expresivo para señalar las fiestas y los ritmos de la celebración cristiana. También dentro de la celebración se utilizaron las campanillas, a partir del siglo XIII, ahora bastante menos necesarias (IGMR 109 deja libre su uso) porque ya la celebración la seguimos más fácilmente, a no ser que se quieran hacer servir, no tanto para avisar de un momento -por ejemplo, la consagración- sino para darle simbólicamente realce festivo, como en el Gloria de la Vigilia Pascual.Los nombres latinos de “signum” o “tintinnabulum” se convierten más tarde, hacia el siglo VI, en el de “vasa campana”, seguramente porque las primeras fundiciones derivan de la región italiana de Campania. Las campanas del campanario convocan a la comunidad cristiana, señalan las horas de la celebración (la Misa mayor), de oración (el Angelus o la oración comunitaria de un monasterio), diversos momentos de dolor (la agonía o la defunción) o de alegría (la entrada del nuevo obispo o párroco) y sobre todo con su repique gozoso anuncian las fiestas. Y así se convierten en un “signo hecho sonido” de la identidad de la comunidad cristiana, evangelizador de la Buena Noticia de Cristo en medio de una sociedad que puede estar destruida. Como también el mismo campanario, con su silueta estilizada, se convierte en símbolo de la dirección trascendente que debería tener nuestra vida.CANON: La palabra viene del griego “kanon”, que indica regla, medida, norma. Se aplica a muchas realidades; los canones de la convivencia o del arte, los canones del Código de Derecho, los libros “canónicos” (los que la iglesia admite como revelados), las horas “canónicas” del Oficio Divino, la “canonización” de los santos, etc.En liturgia se ha aplicado a la oración central de la Eucaristía. En latín se llamó “canon actionis”, en el sentido de “norma con que se desarrolla la acción” Sacramentario Gelasiano) o “canon Missae” (Sacramentario Gregoriano). Pero ha tenido otros nombres: anáfora, prex, y ahora sobre todo “Plegaria Eucarística”, que expresa mejor su contenido.

CÁNTICO: Se llama cánticos en la Liturgia de las Horas a los cantos de la Biblia, a modo de himnos, pero que no son salmos. Se emplean en varias horas de la alabanza de las Horas. En Laudes, entre los salmos primero y tercero se intercala, en segundo lugar, un cántico del Antiguo Testamento (Daniel, Judit, Tobías, y sobre todo Isaías), uno para cada uno de los días durante cuatro semanas. En Vísperas, después de los dos primeros salmos, se añade -y ha sido novedad en esta última reforma- un cántico del Nuevo Testamento (Efesios, Filipenses, y sobre todo Apocalipsis), una serie de siete que se repiten cada semana, más uno de la carta de Pedro para los domingos de Cuaresma.También son cánticos los tres cantos del evangelio que se incluyen cada día en la alabanza de las Horas. El Benedictus, el Magnificat y el Nunc dimittis, los tres tomados del evangelio de Lucas, y que son tratados en su rezo con los mismos honores que la proclamación del evangelio en la Eucaristía. También se utilizan los cánticos para las Vigilias prolongadas (Cf IGLH 73).CANTO: El canto (del latín “cantus, cantare”) es uno de los elementos más importantes de la oración litúrgica. Su motivación y su especificación se encuentra sobre todo en dos documentos: la instrucción “Musicam sacram”, de 1967, y la introducción a la Liturgia de las Horas (1971: IGLH 267-84). El canto expresa y realiza nuestras actitudes interiores. Tanto en la vida social como en la cúltico-religiosa, el canto no sólo expresa sino que en algún modo realiza los sentimientos interiores de alabanza, adoración, alegría, dolor, súplica. “No ha de ser considerado el canto como un cierto ornato que se añade a la oración, como algo extrínseco, sino más bien como algo que dimana de lo profundo del espíritu del que ora y alaba a Dios” (IGLH 270).El canto hace comunidad, al expresar más validamente el carácter comunitario de la celebración, igual que sucede en la vida familiar y social como en la litúrgica.El canto hace fiesta, crea clima más solemne y digno en la oración: “nada más festivo y más grato en las celebraciones sagradas que una asamblea que toda entera, exprese su fe y su piedad por el canto” (MS 16).El canto es una señal de euforia. El canto tiene en la liturgia una función “ministerial”: no es como en un concierto, que se canta por el canto en sí y su placer estético y artístico. Aquí el canto ayuda a que la comunidad entre más en sintonía con el misterio que celebra. A la vez que crea un clima de unión comunitaria y festiva, ayuda pedagógicamente a expresar nuestra participación en lo más profundo de la celebración.Así el canto se convierte de verdad en “sacramento”, tanto de lo que nosotros sentimos y queremos decir a Dios, como de la gracia salvadora que nos viene de él.CENA DEL SEÑOR: Del latín “coena o caena” (del griego “koiné”, común, comida en común). Es el nombre que, junto al de “fracción el Pan”, le da por ejemplo san Pablo en 1 Cor 11,20 a lo que luego se llamó “Eucaristía” o “Misa” (“kyriakon deipnon”, cena señorial, del Señor Jesús). Es también el nombre que le da el Misal actual: “Misa o Cena del Señor” (IGMR 2 y 7).El Jueves Santo la Eucaristía con que se da inicio al Triduo Pascual es la “Misa in Coena Domini”, porque es la que más entrañablemente recuerda la institución de este sacramento por Jesús en su última cena, adelantando así sacramentalmente su entrega de la Cruz.CEREMONIA: Del latín “caerimonia o caermonia”. Se llama así a un rito, tanto en el contexto social como en el religioso, que se realiza en honor de alguien o de algo, con un tono de solemnidad ritual, más bien público y reglamentado.En todas las liturgias se habla de ceremonias: desde las del Templo de Jerusalén y las religiones paganas hasta la celebración cristiana.
La expresión se entiende popularmente más bien referida a la forma exterior de rito y a su exactitud formal. Pero eso no debe prejuzgar la profundidad de su estilo, que abarca tanto la fenomenología externa como la realidad invisible que sucede. Es lo que quiere transmitir el Ceremonial de Obispos: “Las sagradas celebraciones que preside el obispo manifiestan el misterio de la Iglesia, en el cual está presente Cristo; no son, por lo tanto una mera suntuosidad de ceremonias” (n. 12).Seguimos llamando “maestro de ceremonias” al que, en colaboración con el presidente y los otros ministros, prepara y dirige la celebración (Cf IGMR 69, y sobre todo CE 34-36).

CREDO: Es una palabra latina que significa “creo”. Con este nombre se designa la fórmula que expresa nuestra fe de cristianos.

CORDERO DE DIOS: En los tiempos del Antiguo Testamento, los creyentes ofrecían corderos a Dios. A Jesús se le llama Cordero de Dios porque Él ofrece su vida a Dios.

COMUNIÓN DE LOS ENFERMOS: Algunos miembros de la comunidad cristiana, nombrados para ello pueden llevar la Eucaristía a domicilio a los enfermos. El sacerdote les confía la Hostia Sagrada en una pequeña cajita llamada “portahostias” y les encarga decirle al enfermo que todos oran por él.CONCELEBRACIÓN: Se llama concelebración al hecho de que varios sacerdotes celebran juntos la misma Eucaristía, presididos por el celebrante principal, en contraste con lo que hasta el 1965 era uso corriente: las Misas individuales en los varios altares. Se puede llamar así a toda clase de celebración, por ejemplo de la Liturgia de las Horas, pero se suele reservar a la de la Eucaristía. El Concilio (SC 57) decidió restaurar o ampliar el rito de la concelebración a muchos más casos de los que antes se habían conservado de los siglos anteriores. De tal modo que ahora es ya un uso corriente cuando son varios los sacerdotes presentes. La regulación de este rito está en su propio ritual, el “Ritus servandus in Concelebratione Missae”, promulgado por primera vez en 1965 (Cf IGMR 153-208).No son fáciles de interpretar los testimonios antiguos de la concelebración tanto en la iglesia latina como en la oriental. La forma de realizarla no era la actual, porque ahora –tal vez como efecto de la espiritualidad marcadamente ministerial e individual de los sacerdotes en los últimos siglos– se ha instaurado una celebración en la que no sólo el sacerdote principal sino también los otros dicen algunas partes de la Plegaria Eucarística. En los primeros siglos era el obispo o sacerdote principal el único que asumía el papel presidencial, subrayando así más su ministerio de signo visible y sacramental de Cristo. La decisión no se ha tomado después del Concilio, sino ya antes, con Pío XII en 1957,en una respuesta del Santo Oficio.Si se ha decidido restaurar la concelebración eucarística, no ha sido precisamente porque así se resuelve el inconveniente de la pluralidad de Misas, ni para dar solemnidad a una fiesta, sino por motivos teológico-espirituales.La concelebración expresa mejor la unidad del sacerdocio: “son muchos los sacerdotes que celebran Misa: sin embargo cada uno no es más que un ministro de Cristo, que, por medio suyo, ejerce su sacerdocio” (Euch. Myst. 47; Cír PO 7). Pone también de relieve la unidad del sacrificio eucarístico: “puesto que todas las Misas reactualizan el único sacrificio de Cristo”, “varios sacerdotes a la vez, con una sola voluntad ofrecen, realizan y al mismo participan en uno solo sacrificio por medio de un solo acto sacramental” (ibid). Y finalmente este modo de celebración pone de relieve la unidad del Pueblo de Dios: “pues toda Misa, en cuanto celebración del sacramento con que continuamente vive y crece la Iglesia… es acción de todo el pueblo santo de Dios, que actúa según un orden jerárquico” (ibid). La concelebración se aconseja de modo particular en ocasiones en que tiene más significación eclesial: la Misa crismal, las ordenaciones, los sínodos, la dedicación de las iglesias, y en general todas las celebraciones presididas por el obispo. CONFESIÓN: La palabra “confesión” viene del latín “confiteri”, que a su vez proviene de “fateri” y “fari”, hablar. En griego responde sobre todo a “exomológesis”. Significa declarar, reconocer, admitir, confesar.Se puede referir a Dios (confesar la grandeza de Dios), a Cristo (dar testimonio, confesar a Cristo ante los hombres; Cf Rom 10, 10), a la fe verdadera (confesión de fe, el símbolo del Credo). Preferentemente se usa en relación a los propios pecados: reconocer y acusar el pecado ante Dios (Salmo 32, 5; 51, 5). A veces forma parte de la Eucaristía: el Misal llama “confesión general” al acto penitencial con que se inicia la Misa (IGMR 29).Pero sobre todo se llama confesión a la acusación de los pecados ante el ministro de la Iglesia en el sacramento de la Reconciliación penitencial. Es uno de los “actos del penitente” en este sacramento, junto al dolor interior, el propósito y las obras de conversión. La confesión puede empezar, si se quiere, con el “yo confieso” (Ritual 18). Tal vez es el acto más característico en la sensibilidad del pueblo cristiano, de tal modo que durante siglos al sacramento se le ha llamado “confesión, ir a confesarte”, tomando una parte por el todo.El “Ritual de la Penitencia” (1974) y más tarde la instrucción de los obispos españoles “Dejaos reconciliar con Dios” (1989) motivan bien, dentro del proceso penitencial, el aspecto de la confesión: una parte necesaria del camino normal de la reconciliación por parte del penitente, que, como signo de su conversión interior, reconoce su falta ante el ministro eclesial y escucha de él la absolución es nombre de Dios y de la Iglesia. La confesión individual, complementada por la absolución, es el único modo ordinario mediante la cual los fieles que han pecado gravemente pueden reconciliarse con Dios y con la Iglesia, tanto cuando se acercan al sacramento en su forma individual como cuando lo celebran comunitariamente.Incluso en la tercera forma, cuando no pueden realizarse la confesión individual ni darse la absolución a cada uno personalmente, deben haber de momento, según el Ritual, una “confesión general”, quedando para cuando se pueda realizar el proceso íntegro la confesión individual o auricular. El Ritual (n, 35). Describe esta confesión general: se trata de manifestar con algún signo externo la conversión interior y el deseo de recibir la absolución el “yo confieso”, un canto, el Padre Nuestro, algún signo corporal como el inclinar la cabeza o arrodillarse.

CONFESIONARIO: “Confesonario” o “confesionario” es el lugar donde se celebra la parte individual del sacramento de la Reconciliación. Toma el nombre del aspecto más característico del mismo, la confesión de los pecados por parte del penitente al ministro de la Iglesia.Durante siglos esta sede penitencial era sencillamente un asiento abierto, a veces situado en la sacristía o en una capilla discreta de la iglesia. Fue a partir de Trento, parece ser que por primera vez con san Carlos Borromeo, a fines del siglo XVI, cuando, para dar más solemnidad al sacramento, se empezaron a idear los confesonarios tal como nosotros los hemos conocido, a modo de habitáculo o garita con abertura delante y con rejas a los lados.Ahora se les llama “sedes penitenciales”, o sea, una sede presidencial y a la vez penitencial, para que pueda tener lugar con tono celebrativo el encuentro eclesial de este sacramento. También se estudia la renovación y adaptación de sus formas como mueble. El episcopado español, en su instrucción “Dejaos reconciliar con Dios” de 1989, indicaba que “ha de evitarse que las sedes para el sacramento de la penitencia o confesionarios estén ubicados en los lugares más oscuros y tenebrosos de las iglesias como en ocasiones sucede. La misma estructura del mueble confesionario, tal y como es en la mayoría de los casos, presta un mal servicio a la penitencia, que es lugar de encuentro con Dios, tribunal de misericordia y fiesta de reconciliación” (n. 79). Y en otro documento anterior de 1978, en donde el mismo episcopado daba orientaciones sobre este sacramento, pensando seguramente en el nuevo gesto sacramental de la imposición de manos, pedía que las sedes de los ministros tengan una forma que sea apta para el desarrollo del rito íntegro (n. 71).ESPÍRITU SANTO: Es la persona divina que Dios nos da para que vivamos como Jesús.

EVANGELIO: Esta palabra de origen griego significa: “buena noticia”. La Buena Noticia es el mismo Jesús, que vive con nosotros. Se llaman “Evangelios” los cuatro primeros libros del Nuevo Testamento, que nos transmiten la Buena Noticia.

EUCARISTÍA: Es una palabra que viene del griego y significa “agradecimiento, acción de gracias”. Con este nombre se conoce también a la misa.

HACED ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA: Significa que los discípulos deben repetir en memoria de Jesús lo que Él hizo y dijo en la Última Cena.

HOSTIA: La palabra hostia significa “víctima ofrecida”. La hostia consagrada es Jesucristo que se ofreció para dar la vida a todas las personas

.IGLESIA: En griego, esta palabra significa “asamblea”. “Iglesia” escrita con “I” mayúscula, significa la comunidad total de los cristianos en todo el mundo.

MISA: A la reunión eucarística: actualmente se le conoce con el nombre de Misa, porque en latín, la frase con que se anunciaba que la celebración ya había terminado era: Ite, missa est.MISERICORDIA: Viene de dos palabras latinas que significan “miseria” y “corazón”. Dios tiene misericordia por nosotros porque abre su corazón a todas nuestras miserias. También significa “Amor más allá de lo justo”.

OMISIÓN: Dejar de haber hecho algo bueno que yo hubiese podido haber hecho.

PASIÓN: Los sufrimientos que padeció Jesús antes de morir en la Cruz.

PONCIO PILATO: Es el nombre del gobernador romano que mandó crucificar a Jesús.

RECONOCERSE PECADORES: Reconocer que nos hemos alejado de Dios, que es amor.

SACRAMENTO DE NUESTRA FE: Es el signo sagrado de nuestra fe.

“El Demonio es protestante”, fue la primera frase que pronuncié, tras mi conversión, a quienes me escucharon por más de doce años como su pastor. El escándalo fue mayúsculo. Algunos ya habían notado que mis vacaciones fueron demasiado precipitadas y quizá hasta exageradamente prolongadas. Fueron unas vacaciones raras incluso para mi familia, que me veía reticente a las prácticas habituales en casa, como la lectura y explicación de la Biblia. Ya habíamos tenido demasiadas rencillas a causa de mis nuevos pensamientos.

Recuerdo vívidamente los primeros movimientos de rabia que tuve al leer un artículo en una revista. Yo encontraba que la nota era demasiado radical en sus afirmaciones, demasiado rotunda para lo que yo estaba acostumbrado a leer.

No me dejaba muchos ‘flancos’ descuidados por donde atacar. O refutaba el centro del asunto o no tenia sentido desmenuzar tres o cuatro aspectos como se me había enseñado a realizar de forma automática e inconsciente. Generalmente los católicos tienen como que una cierta vergüenza por mostrar todas las cartas sobre la mesa, y como no muestran todo con claridad, es muy fácil prender fuego a sus tiendas de campaña, porque dejan demasiados lados flojos.

En lo personal nunca recurrí a lo que ahora entiendo como “leyendas negras”, porque me parecía que era inconducente debatir basándome en miserias personales o grupales sin haber derribado la propia lógica de su existencia. Eso hice con algunas sectas o con temas como la evolución o algunos derechos humanos según se les entiende normalmente.

Reconozco que muchos de los que en ese momento eran mis hermanos caen en ese error, tratando de derribar moralmente al “adversario” diciéndole cosas aberrantes sobre su fe. Pero basta un buen argumento, y bien plantado, para que uno se vea obligado a retirarse a las trincheras de la Biblia y no querer salir de allí hasta que el temporal que iniciamos se calme al menos un poco. Pero no nos funciona a todos el mismo esquema. Muchos no se rigen tanto por la razón como por el placer de vencer en cualquier contienda.

El artículo en cuestión me obligaba a pensar sólo con ideas, porque de eso trataba. Mi manual con citas bíblicas para cada ocasión me servía poco. Cualquier cosa que dijera sería respondida con otra. No era ese el camino.

Creo haber estado meditando en el problema unas cinco o seis semanas. Hasta que resolví acudir a la parroquia católica que quedaba cerca de mi templo. El sacerdote del lugar se deshacía en atenciones cada vez que nos encontrábamos. La verdad es que él estuvo siempre mucho más ansioso de verme que yo de verle a él. En ocasiones nos veíamos forzados a encontrarnos en público por obligaciones propias del pueblo. Pero de ordinario no nos encontrábamos. Era lo que ahora se llama un “cura nuevo”, con una permanente guitarra en las manos y muchas ganas de acercarse a mí.

Yo aprovechaba -Dios me perdone- para sacarle afirmaciones que escandalizaban a mis feligreses. El pobre nunca entendió que el ecumenismo muchas veces sirve más para rebajar a los católicos que para acercar a los separados. Uno tiene la sensación de que si la Iglesia puede ceder en cosas tan graves y que por siglos nos separaron, entonces realmente no le importan tanto como a nosotros, que jamás cambiaríamos una sola jota de la doctrina.

Otra cosa que solía hacer -me avergüenzo al recordarla- era tirar a mis chicos a discutir con los de la parroquia. Los pobres parroquianos se veían en serios apuros en esas ocasiones.

En el fondo yo me aprovechaba de que los chicos católicos estaban muy mal formados. Como comentábamos a sus espaldas: sólo van a la parroquia a divertirse, para repartir cosas a los pobres y para hacer ‘dinámicas de vida’, pero de doctrina y de Escrituras no saben nada.

Nos gustaba vencerlos con las cosas más tontas posibles. A veces surgían temas más sabrosos, pero con los argumentos normales bastaba para al menos hacerles callar.

Esa tarde no estaba el sacerdote de siempre. Había sido removido de la parroquia por una miseria humana comprensible en alguien tan “cálido” en su manera de ser. Cayó en las redes del demonio bajo la tentadora forma de una parroquiana, con la que ni siquiera se casó.

A cambio del párroco de siempre salió a atenderme, con una cara menos complacida, un sacerdote viejo y de mirada penetrante. Lo habían ‘castigado’ relegándolo dándole el cuidado de la parroquia de nuestro pequeño pueblecito. En los últimos treinta años la población había pasado de mayoritariamente católica a una mayoría evangélica o no practicante.

Yo generalmente acudía para refrescar mi memoria y cargarme de elementos que luego trabajaba como materia de mis prédicas, o para sondear la visión católica de alguna cosa.

El Padre M. no fue tan abierto. Me recibió con amabilidad, pero con distancia. Le planteé asuntos de interés común y me pidió tiempo para aclimatarse y enterarse del estado de la feligresía. Noté que habían sido arrancados varios de los afiches que nosotros les regalábamos cada cierto tiempo y que constituían verdaderos trofeos nuestros plantados en tierra enemiga.

En verdad quedé un poco desarmado, pero logramos charlar casi de todo. Casi… porque en doctrina comenzó él a morderme. Yo comencé a responder como de costumbre, citando con exactitud una cita bíblica tras otra, para probarle su error o mi postura.

En un aprieto que me puso, le dije: “Padre M… comencemos desde el principio” Y el varón de Dios, a quien supuse enojado conmigo, me dice: “De acuerdo: al principio era el Verbo y…”

Me largué a reír nerviosamente. Aparte de que me respondía con una frase utilizada en la Misa (al menos en la tradicional), ¡imitaba mi voz citando la Biblia!

“Pastor Boullón”, me dijo luego, “No avanzaremos mucho discutiendo con la Biblia en mano. Ya sabe usted que el Demonio fue el primero en todo crimen… y por eso también fue el primer Evangélico”.

Eso me cayó muy mal. ¡Me insultaba en la cara tratándome de demonio! Sin dejarme explicar lo que pensaba, se adelantó:

-Si… fue el primer evangélico. Recuerde que el Demonio intentó tentar a Cristo con ¡la Biblia en mano!

-Pero Cristo les respondió con la Biblia…

-Entonces usted me da la razón, Pastor… los dos argumentaron con la Biblia, sólo que Jesús la utilizó bien… y le tapó la boca.

Tomó su Biblia y me leyó lo que ya sabía: que cuando el Señor ayunaba el demonio le llevó a Jerusalén, y poniéndole en lo alto del templo le repitió el Salmo XC, II-12: “Porque escrito está que Dios mandó a sus ángeles que te guarden y lleven en sus manos para que no tropiece tu pie con alguna piedra”

Pero el Señor le respondió con Deuteronomio VI, 16: Pero también está escrito “No tentarás al Señor tu Dios”. Y el demonio se alejó confundido.

Yo también me alejé, como el demonio, confundido. Me sentía rabioso por haber sido llamado demonio, y por lo que es peor: ¡ser tratado como el demonio en el desierto!

Creo que fue la plática más saludable de mi vida.

Llegué a casa rabioso. Me sentía humillado y triste. No era posible que la misma Biblia pruebe dos cosas distintas. Eso es una blasfemia. Forzosamente uno debe tener la razón y el otro malinterpreta. Busqué ayuda en la biblioteca que venia enriqueciendo con el tiempo. Consulté a varios autores tan ‘evangélicos’ como yo, pero de otras congregaciones. No coincidíamos en las mismas cosas, pese a que todos utilizábamos la Biblia para apoyar lo que decíamos y demostrar que los otros se equivocaban.

Me armé de fuerzas y a la primera oportunidad, caí sobre el despacho parroquial del Padre M. Me recibió tan amable como la vez pasada, sólo que esta vez su distancia la hacía menos tajante a causa de su mirada divertida y curiosa de la razón que me llevaba otra vez a su lado.

Le largué un discurso de media hora sobre la salvación por la fe y no por las obras. Concluí -creo- brillantemente con la necesidad de abandonar a la Iglesia. Y cerré tomando la Biblia del cura y le leí Hechos XVI, 31: “¿Qué debo hacer para salvarme?, preguntó el carcelero. Cree en el Señor Jesús -respondió Pablo- y te salvarás tú y toda tu casa”.

Bebí un sorbo del té que me había ofrecido y le miré desafiante, esperando su respuesta. Pasaron eternos minutos de silencio.

Cuando carraspeé, el sacerdote me dijo:

-”¿Continuará la lectura de San Pablo?”

-”Ya terminé, Padre M.”

-”¿Cómo que ha terminado? ¡Continúe! Vaya a Corintios, XIII, 2.

-Leí en voz alta: “Aunque tanta fuera mi fe que llegare a trasladar montañas, si me falta la caridad nada soy”

-Entonces la fe…

-La fe… la fe… la fe es lo que salva.

-¡Vaya novedad! Me dice riendo. ¡No se bien quien creó la estrategia protestante de argumentar con la Biblia, pero creo que bien pudieron ser los demonios que ahora encontraron un buen medio para salvarse.

-¿Salvarse?

-Si.. salvarse, amigo mío. ¿Acaso no es el apóstol Santiago quien nos dice que hasta los mismos demonios creen en Dios? Y si sólo la fe salva…

-No se quede en silencio, Pastor… siéntese aquí que se aliviará un poco. Si quiere seguir como el Demonio, tentándome con la Biblia, le recuerdo que ahí mismo se nos dice que esa fe no salvará a los demonios, porque “como un cuerpo sin espíritu está muerto, la fe sin obras está muerta” (c.II) Y aún así los católicos no decimos que sea sólo fe o sólo obras. Cuando al Señor se le pregunta sobre qué debemos hacer para salvarnos, Él dice “Si quieres salvarte, guarda los mandamientos” Ahí tiene usted la respuesta completa.

Me acompañó hasta la puerta y me dijo: Le dejo con dos recomendaciones. La primera es que se cuide de sus hermanos de congregación. Ya sospechan de usted por venir tan seguido. La segunda es que vuelva usted cuando me traiga alguna cita bíblica -sólo una me basta- en que se pruebe que solo debe enseñarse lo que está en la Biblia.

Caminé a casa más preocupado por los comentarios que por el desafío. Eso sería fácil.

Mientras buscaba una cita que respondiera al sacerdote, caí en cuenta de que estaba parado en el meollo del asunto que por primera vez me llevó a esa parroquia con otros ojos. “Si es sólo la Biblia”, me dije, “entonces el problema del artículo queda resuelto: se debe probar por la Biblia o no se prueba”.

Ya imaginarán ustedes el resultado. Efectivamente no encontré nada. En años de ministerio, jamás me percaté de que lo central, esto es, que sólo debe creerse y enseñarse la doctrina contenida en la Biblia, no está en la Biblia. Encontré numerosos pasajes bíblicos que le conceden la misma autoridad que a las enseñanzas escritas en la Biblia a las doctrinas transmitidas por vía oral, por tradición.

Desde este punto en adelante muchos otros cuestionamientos fueron surgiendo de la charla con el Padre M. y de la lectura de revistas y de mucha literatura escrita con fines apologéticos.

Por un momento distraeré la atención de mis incursiones a la parroquia católica. Quizás sea porque un sacerdote es esencialmente distinto a un “Pastor” protestante, o quizás por la experiencia de distintos ordenes (confesión, dirección espiritual, etc.), el Padre M. acertó en su advertencia sobre las miradas que me dirigían mis feligreses a causa de esas visitas “no estrictamente ecuménicas”.

Yo aún no me había percatado de esa desconfianza, pero observando con mayor atención notaba reticencias, censuras y reproches indirectos. Aún la guerra no se declaraba. Sólo desconfiaban.

Me decepcioné mucho, pero no me dejé vencer por la tentación. El demonio -pensaba- me estaba tentando con Roma y para eso endurecía los corazones.

Pasada una semana de angustias, me senté con mi esposa para charlar. Necesitaba desahogarme. Me encontraba en un punto tal que no quería volver a la parroquia católica pero tampoco me sentía en paz con eso.

Después de la cena, oramos con los chicos y se fueron a dormir. Me senté y abrí mi corazón a mi esposa. Ella había sido una amante confidente y mi compañera de penurias y alegrías. Me escuchó con atención.

Sus palabras fueron tan sencillas como su conclusión: debía alejarme inmediatamente del sacerdote católico y tratar de recuperar la confianza de mis feligreses. Eso era lo prioritario. Teníamos una obligación de fe y teníamos que mantener una familia. No se hablaría más. El caso estaba resuelto… para ella.

Traté de cumplir con todo. Ella siempre fue la sensatez y me refrenaba en las locuras. Dejar de ir a la parroquia fue más fácil para el cuerpo que para mi alma. Algo me atraía de ese ambiente, y por lo demás deseaba la compañía de ese sacerdote provocador y bonachón.

Más difícil fue ganarme la confianza de los feligreses. Me exigían como prenda evidente que atacase más que nunca a la Iglesia para demostrar públicamente que no les guardaba ninguna simpatía.

Esto me costó, pues tenía que predicar omitiendo aquellos puntos en los que difería ya de mi anterior pensamiento.

Con el tiempo, mi familia y mis feligreses me dieron vuelta sus espaldas y fue la gran cruz que tuve que soportar por amar a Cristo en Su Iglesia.

No he querido exponer aquí todas las cosas que charlé con el buen Padre M. durante semanas y semanas. Yo le visitaba furtivamente y el me acogía con amable paternalidad. Yo daba vueltas en torno al tema e intentaba responder a las sabias preguntas con las que me desafiaba. ¡Cómo detestaba tener que darle la razón!

El tiempo me fue haciendo más perceptivo a sus sutilezas e ironías. De alguna forma misteriosa este sacerdote me tenía cautivado. Me acorralaba hasta la muerte, pero me daba siempre una salida honorable. Le gustaba desmoronar todos mis argumentos.

Su estilo era único: destrozaba mis argumentos, acusaciones y refutaciones primero desde la lógica, dándome dos posibilidades… o quedar como un tonto o verificar por mi mismo esa estupidez. Luego, y sólo luego, me invitaba a revisar el punto que yo trataba -si tenía sentido- desde el punto de vista de las Sagradas Escrituras. Supongo que uno de sus mayores puntos fuertes era su sólida cultura y su gran vida de piedad.

Recuerdo perfectamente una fría mañana cuando recibí un aviso telefónico de la parroquia. Me pedía que le visitara en un hospital de los alrededores. Sin meditar en las normas de cautela que tomaba para evitar que mis feligreses se irritaran aún más conmigo, abandoné todo y partí. Ahí me enteré del doloroso cáncer que padecía -jamás dio muestras de sufrir- y del poco tiempo que le quedaba. La cabeza me daba vueltas. Sentía dolor por la partida de quien ya consideraba un amigo.

Tomé una decisión: haría pública nuestra amistad y le visitaría a diario. Pocos días después le trasladaron, a petición suya, a su residencia.

Desde ese día le acompañé a diario. Dejé muchos compromisos de lado. La tensión comenzó a crecer hasta llegar a agresiones verbales abiertas y amenazas de quitarme el cargo y el sueldo. Mi familia estaba amenazada con la pobreza.

Fueron días de mucha angustia. Sabía que caminaba por los caminos correctos. Incluso pensaba en hacerme admitir en la Iglesia. Los temores y las dudas de antes de la internación del Padre M. se disiparon. No quería arrepentirme de mis errores ni recibir el perdón y el consuelo de nadie más. Pero la situación que me rodeaba era tan compleja que me paralizaba.

Recé muchísimo y acudí a pedir el consejo del Padre M. Él me recibió con mucha amabilidad y escuchó con atención mis problemas. Él ya los conocía. Me habló de la fortaleza de esos mártires que no tuvieron en cuenta ni la carne ni la sangre ni las riquezas, sólo amaron la verdad y dieron público testimonio de su adhesión a la fe. “Más vale entrar al Cielo siendo pobres que irse al infierno por comodidades”, sentenció.

Como adelanté al principio, reuní a mis feligreses y les hice una declaración de mi conversión. “¡El Demonio es protestante!” les dije para abrir la charla. Luego fueron abucheos y no me dejaron terminar las explicaciones.

Mas tarde reuní a mi familia y les platiqué de cada punto, y respondí a todas las objeciones de fe y de la situación. Mi esposa no discutió mucho: me expulsó de casa. Esa noche dormí acogido por el Padre M. quien me tranquilizó respecto al altercado. Desde entonces y después de pasados años de mi conversión nunca más fui admitido en casa como padre y esposo. Hoy les visito con tanta frecuencia como me permiten, pero sus corazones siguen muy endurecidos. El Padre M. tuvo muchas palabras para mí, pero las que más me llegaron fue su confesión de ofrecimiento de su vida por la salvación de mi alma… y que con gusto veía el buen negocio ya cerrado. Dios escuche las plegarias de mi buen amigo en el Cielo por mi esposa y mis seis hijos para que a su tiempo y forma vivan la vida de gracia de la santa fe.

Rogué al buen sacerdote me preparara para abjurar mis errores y ser admitido en la Iglesia. Dispuso de todo y una mañana de abril de 2001 fui recibido en el seno de la Esposa de Cristo. En junio de ese mismo año mi querido amigo entregó su alma al Señor, siendo muy llorado por todos cuantos le conocimos mejor. Le lloraron los enfermos y presos que visitaba, los niños y jóvenes de catequesis, los pobres y necesitados que consolaba, los fieles que acudían a él en busca de consejo y del perdón de Dios. En tributo a él escribo estas líneas. Mi querido sacerdote y Revista Cristiandad.org fueron mis dos grandes apoyos e impulsores tanto de mi conversión como de mi impulso apostólico al trabajar especialmente con los conversos y preparados para la conversión.

Tras su partida la parroquia fue administrada por un sacerdote más cercano al estilo del predecesor del Padre M. Yo sentí mucho esto porque con su prédica y actuar desmentía muchos de esos grandes principios eternos que había conocido y amado.

A veces me pregunto por la oportunidad de muchos cambios que se hacen más para contentar a los malos que para agradar a los buenos. Recuerdo que mi sacerdote amigo no era muy afecto a ceder ante nosotros, sino mas bien a mostrarnos todas las banderas, incluso las más radicales. Y éstas fueron, precisamente, las que más me indignaron pero a un mismo tiempo me atrajeron.

Pero persevero en el amor a la Iglesia de siempre, a esa doctrina de la que el Señor dijo que pasarían Cielo y Tierra pero que ni una sola jota sería cambiada.

Bien sé por experiencia propia y por la de tantos que han compartido conmigo sus testimonios de conversión, que esos coqueteos con el error no producen conversiones. Y las pocas que se producen son de un género muy distinto -por superficiales y emocionales- de las verdaderas conversiones, esas que producen santos. La realidad es la que constataba a diario como Pastor protestante, cuando la poca preparación de los católicos y la confusión que produce el falso ecumenismo llenaban las bancas de nuestras iglesias y los bolsillos de nuestras congregaciones evangélicas. La ignorancia religiosa de los fieles es la cosa más agradecida por las sectas, porque al ser muchas veces hija de la pereza espiritual se acompaña por la pereza intelectual. Basta entonces cualquier cosa que les emocione, que les haga sentir queridos, y luego viene el sermón acostumbrado para hacerles dudar primero y luego darles respuestas rotundas. Eso los desestabiliza y luego les atrae nuestra seguridad. ¡Y luego salimos a la calle a gritar contra los dogmas!

Ahora, junto con ustedes, puedo acudir a los pies de María Santísima y pedir que por amor a la Divina Sangre de Su Hijo Amado obtenga la conversión de los paganos, de los herejes y cismáticos y que haciendo triunfar a la Iglesia sobre sus enemigos instaure la Paz de Cristo en el Reino de Cristo.

por Luis Miguel Boulló

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