El aparente poco cuidado que el escritor sagrado tuvo para con los sucesos de la vida y enseñanza de los apóstoles, hasta el punto de no reseñar más que algunos detalles de San Pedro y de San Pablo en el libro de los Actos, no es tal. En verdad no fue más que la inteligencia Divina que no quiso que la vida de la Iglesia pasara por la letra escrita, sino ante todo por la docencia apostólica regida por el Papado. En esta primera entrega narraremos la vida de la Santa Iglesia desde Pentecostés hasta la caída de Jerusalén y la rápida expansión del cristianismo pese a las terribles persecuciones y la campaña de calumnias.

EL ESPLENDOR DE LA IGLESIA DE LOS PRIMEROS TIEMPOS

Primera parte: De Pentecostés a la ruina de Jerusalén
“Yo os envío, así como mi Padre me ha enviado a mí” (Juan, XX, 21)

Cristo no vino al mundo a dictar un libro con reglamentos ni se tomó carne mortal para enseñarnos la simple compasión mundana. Su preciosa Encarnación, su muerte y su cruz fueron en pago por nuestros pecados, para que satisfecha la deuda de justicia pudiésemos por esos méritos alcanzar al Cielo. Él trajo la gracia para que conociendo su doctrina admirable, siguiéndole con la Cruz y negándonos a nosotros mismos, nos santificásemos alcanzando así la Vida Eterna.

Su ardiente amor por nosotros le llevó a fundar la Santa Iglesia, de modo que por Ella recibamos los medios necesarios y obtuviésemos la gracia de los sacramentos y la enseñanza segura de su doctrina. Y así fue desde entonces y hasta ahora y así por medio de Ella se continuará por todo el tiempo que se dilate la historia antes del Juicio final.

Todo ello quedó confirmado en los escritos que se conservaron de los Apóstoles, pero por sobretodo por el testimonio y costumbre de los primeros cristianos, ya que sería imposible haber instaurado y practicado doctrinas o costumbres contrarias a lo que miles escucharon y conocieron directamente de los divinos labios del Salvador, o del testimonio y enseñanza de los Apóstoles y discípulos del Señor.

Introduzcámonos, pues, en el resplandeciente mundo que vio nacer la Santa Iglesia y admiremos juntos la gracia actuando con la misma fuerza y luz como continuó siempre.
El descenso del Espíritu santo sobre el Sagrado Colegio Apostólico en Pentecostés

Obedeciendo al mandato de Nuestro Señor Jesucristo, los Apóstoles y sus discípulos permanecieron en Jerusalén en oración a la espera de la venida del Espíritu Santo prometido por el Divino Redentor. Sus corazones rebosantes de santa esperanza anhelaban fuertemente la gracia que había de hacerles capaces de cumplir con si altísima misión. Como hijos fieles, se agrupaban en torno a la bendita y santa Madre del Creador, recibiendo de Ella luz, aliento y consuelo para perseverar en fidelidad y vida de oración, expectantes del descenso del Divino Esposo de Nuestra Señora.

Entre los Apóstoles se echaba en menos el número de doce, en cuanto que la traición de Judas les redujo a once. Habiendo querido el Redentor que fuesen doce, en memoria de la congregación de las doce tribus de Israel en torno al único y verdadero Dios, propuso la cabeza de los Apóstoles elegir un compañero. Obedeciendo la feliz idea de Pedro, escogieron a Matías para ingresar al sagrado colegio apostólico (Act. I, 15-26).

Pasados diez días de la Ascensión a los Cielos del Divino Redentor y en el mismo momento en que comenzaba la solemne fiesta de la Pentecostés de los judíos, la naturaleza entera se conmovió, cumpliéndose la nueva alianza con un viento terrible, venido desde el cielo, al modo en que otrora – en ese mismo día – se promulgara la ley antigua desde el monte Sinaí entre relámpagos y truenos.

Así descendió el Espíritu Santo, sobre María Santísima, sobre el colegio apostólico y sobre sus discípulos (Act. II, 4). Y lo hizo en forma de lenguas de fuego, como figura del don de lenguas que les era concedido en ese momento, que en sí mismo no es otra cosa mas que un signo del fuego divino que los iluminó, purificó y fortificó.

Casi en un mismo acto, se dirigen a hablar a las diversas gentes congregadas en la ciudad santa con motivo de la solemnidad de la fiesta que comenzaba. Y, cosa prodigiosa, todos les entienden, sin contar con las diferencias de lenguas propias de los visitantes. Conmovidos por la magnitud del milagro y por las palabras de Pedro, quien como cabeza apostólica había tomado la palabra, tres mil almas se convierten y consagran a Jesucristo con la fe y la penitencia, recibiendo el bautismo en nombre de la santísima Trinidad, conforme el divino mandato (Mat. XVIII, 20).

Contemplemos este augusto momento y alabemos a Dios por su misericordia, providencia y exquisita bondad: es este grandioso acontecimiento el que establece exteriormente, confirma y segura para siempre la única y verdadera Iglesia del único y verdadero Dios.

La gracia de Pentecostés es la ley de la gracia del Espíritu Santo

Pero, ¿qué representará Pentecostés en la historia de la Salvación? Así nos lo expresa San Juan Crisóstomo: la fiesta de Pentecostés es el día de la ley nueva, de la ley perfecta, de la ley de la gracia del Espíritu Santo.

Hasta entonces los Apóstoles esperaban el cumplimiento de la promesa, y al revelarse ésta en toda su magnitud, el Divino Espíritu les descubrió toda verdad: sus pensamientos no son ya terrenales ni tienen la misión de Cristo. Ellos, comprenden, anuncian que Nuestro Señor ha venido para librar el mundo del error y del pecado, y para reconciliar al género humano con Dios.

Hasta entonces sus pensamientos eran humanos, desde ese momento se remontan al Cielo y allí vivirán. Su pusilanimidad se vuelve valor intrépido. ya nada les impide cumplir con su obra entre las naciones a las que han sido enviados, pues todo socorro les fue dado.

Miremos a los hombres de apenas unos días atrás y contemplemos los de este momento. El Espíritu Santo habla por sus bocas, y toca, conmueve los corazones, arrancándoles con firmeza el velo que ciega las almas, incorporándoles así a la comunidad de los santos.

De su fe íntegra surge la caridad ardiente: ya no son amigos ni compañeros de misión… los cristianos son amantes hermanos en Dios.

La radicalidad de su cambio opera prodigios heroicos de todo orden. Queriendo negarse a sí mismos y humillarse continuamente, no poseyendo nada más que a Dios mismo – a la manera de lo que con los siglos vendrán a ser las comunidades religiosas – muchos de ellos se desprenden de todo bien para ponerlo al servicio común. Son hijos de la libertad regenerada por la gracia.

La Iglesia docente y la que es enseñada se abrazan mutuamente con jerárquico afecto.

El apostolado brilla fuerte con su misión divina y la plenitud de su poder. Los fieles se someten dulce y mansamente a ley de Dios por medio de la autoridad impuesta por el mismo Creador, reclamando para ello los socorros de Su gracia y los medios que da la Iglesia que fundó

Es Jerusalén la dichosa ciudad que contempla la gloria de Pentecostés, y allí se centrarán los primeros momentos de la Iglesia. La predicación y los numerosos milagros conquistan para la Esposa de Cristo cuenta ya con cinco mil fieles más (Act, II, 13; III, 7-9; V, 15).

Su vida ha sido angelizada al punto de que transcurre en el servicio de Dios perseverando en la doctrina transmitida por los Apóstoles – no existía aún la recopilación canonizada de textos apostólicos que hoy conocemos como Nuevo Testamento – así como en torno a la Santa Misa y la oración. (Act. II, 47; IV, 4)

Se reúnen en casas particulares, pero en todo siguen en comunión exterior con los judíos, frecuentando su templo, pues las diferencias con ellos provenían no de razas o consideraciones mundanas sino de la doctrina, perfeccionada y cumplida en el Divino Redentor.

Y esta convivencia con prácticas de la vieja Ley duró hasta que fue llegada la hora de las tristes predicciones de Nuestro Señor Jesucristo, cuando debía cumplirse la completa destrucción del templo, la ruina de la ciudad, la emancipación de la Iglesia de todas las prácticas judaicas y su constitución en una sociedad de hecho y visible.

La persecución a causa del dulce nombre de Cristo y la expansión de la Iglesia a consecuencia de ella.

Resulta comprensible el odio provocado entre fariseos y saduceos por los admirables progresos logrados por los discípulos del Mesías. Particular escándalo provocaba entre los saduceos la doctrina de la resurrección de los muertos, enseñada explícitamente como tal por los Apóstoles (Act. IV, 2; V, 17; XXIII, 6).

Pronto fueron conducidos al Consejo la cabeza misma de la Iglesia y el Discípulo amado. Allí se les prohibió enseñar a las gentes, a lo que San pedro y San Juan respondieron con gran lucidez y cristiano valor: “Debemos obedecer antes a Dios que a los hombres: no podemos dejar de hablar de las cosas que hemos visto y oído” (Act. IV, 3; IV, 9-20)

El pueblo se conmocionó. Ante el temor de una reacción popular, los del Consejo les dejaron en libertad, no habiendo nada que contuviese el santo valor de los Apóstoles (Act. IV, 31). Y el Consejo se vio obligado a adoptar la sugerente prudencia de Gamaliel: “Dejadles obrar: si su causa viene de los hombres, no tardará en destruirse por si misma, mas, si procede de Dios, no podréis aniquilarla” (Act. V, 38-39).

La secta de los saduceos aumentaba cada día en más el tamaño de la hoguera de odio hacia la doctrina y forma de vida de los discípulos del Mesías esperado, si bien aún respetaban a las personas. Pero a causa de la conversión al cristianismo de algunos de los más doctos y eruditos Doctores de la Ley, la causa de Dios cobró en estos los más celosos defensores y propagadores del Evangelio.

En medio de este clima de conversiones y odio por parte del error y tras un flamígero discurso ante el pueblo, el diácono Esteban fue salvajemente ejecutado por quienes no toleraron semejante despliegue de elevada inspiración, de un celo completamente apostólico y de tal irrefutable lógica de hechos (Act. VII, 58).

Esteban fue por ello llamado protomártir, pues él fue el primer mártir de la Iglesia y la primera víctima de las persecuciones que en ese momento lanzaba la sinagoga contra los hijos de Dios. Tal fuerza cobró este odio que llevó a fariseos y a saduceos el rencor y diferencias que tenían entre sí para unirse y acordar el primer intento de destruir a la Iglesia. Pero como Dios no permite mal sin sacar buenos frutos de ello, esta cruenta persecución lejos de apagar la ardiente llama del amor de Dios, dio lugar a una rápida expansión del cristianismo por toda Judea y Samaria, naciones ya preparadas por las palabras y milagros del Divino Redentor. Así también llegaron los apóstoles a los judíos de Siria, Fenicia y hasta la isla de Chipre. En tanto la mayoría de los apóstoles resistían los ataques y agresiones de la sinagoga en Jerusalén, los apóstoles Pedro y Juan partieron a Samaria a confirmar a cuantos convirtió la prédica y ejemplo del glorioso diácono San Felipe.

Grandes dolores encontrarían en estas tierras, pues estaban infestadas de numerosos secta, quienes a semejanza del error protestante, en gran número y división alegaban para sí haber fundado la religión verdadera. De allí provenían los fraudulentos Dositeo y Simón Mago, quienes pese a sus diferencias coincidían en arrogarse mutuamente el título de Mesías.

Del Saulo perseguidor al Pablo Apóstol de Gentiles

Retornemos a las crueldades vistas durante las persecuciones dirigidas contra los discípulos del Amor Encarnado por parte de la sinagoga. Entre los agentes de odio, resaltaba en celo y crueldad un joven fariseo. Se le había visto destacar en saña durante el martirio de san Esteban.

¿Quien era, pues, este fariseo? Su odio por los hijos de Cristo no provenía de los dictámenes de los vicios o de las bajas pasiones, sino de las más altas y nobles consideraciones, que son aquellas que competen con las cuestiones de principios y de fidelidad a Dios. Este personaje era Saulo, de la tribu de Benjamín. Ciudadano romano, provenía de Tarso, Cilicia.

Culto y educado, se había formado en letras y ciencias griegas, conforme las costumbres helenistas de la aristocracia de Tarso. Marcadamente celoso por la perfección en el cumplimiento de la Ley de Dios, viajó a Jerusalén a recibir instrucción religiosa de manos de Gamaliel, quien le introdujo en las espesas especulaciones teológicas judaicas.

Siguiendo las tradiciones de su tiempo sobre adoptar algún trabajo manual, era artesano. Pero ello no significó una mengua en su amor por los estudios de pensamiento y ni por las ciencias.

Militante activo de la secta, se entregó con ardor y celo a la persecución contra los cristianos. Y con esta cuel intención se dirigía a Damasco cuando se le apareció Jesucristo nuestro Señor, a quien había conocido personalmente durante Su vida mortal. Era el año 37 de la era cristiana (Act. VIII, 3; I Cor. IX, 1; II Cor. V, 16).

He aquí que el perseguidor de la Iglesia, tocado por el golpe de la gracia, se convirtió en uno de los mayores propagandistas de su doctrina y en Apóstol de las Gentes. (Act. IX, 11)

Contemplada la escena que se daba a lugar con esta conversión, no es menos que extraña la disposición de la Divina Providencia que se escogiese por Apóstol de los soberbios romanos, de los civilizados griegos, de los afeminados sirios y de todas las corrompidas naciones de la tierra, a un judío tan celoso por la gloria de su pueblo y las tradiciones de sus padres; a un fariseo tan duro como violento.

Visto así, es alabable la sabiduría divina pues hizo así brillar en su plenitud la virtud del Cristianismo y los misteriosos decretos de la Providencia. convenía que quien predicara el Evangelio a los paganos fuese un judío para tener un apoyo y contacto con la Sinagoga, desde donde se extendía el cristianismo a otras ciudades, y fundar por otra la alianza nueva sobre las bases de la antigua alianza. Convenía también valerse entre los gentiles de una cultura clásica, capaz de ganar su estimación y confianza, tal como la que Pablo había adquirido en las florecientes escuelas de Tarso.

Y por sobretodo convenía que el enviado a los gentiles fuese un judío en extremo ortodoxo, para valiéndose de su profundo conocimiento de las Escrituras, y con el ejemplo de esta conversión operada sobre el más celoso de los judíos, destruyese y aniquilase el dogma fundamental de la nacionalidad judaica – vigente entre ellos hasta hoy – que sostenía que únicamente el pueblo de Israel era el elegido y querido por Dios.

De tal modo fueron admirablemente dispuestas las cosas que san Pablo resultó ser el que se hallaba más preparado para semejante y alta misión, pues poseía una elevada cultura y un formado entendimiento, además de sus muchos talentos, su enérgica voluntad, un carácter vigoroso y particularmente una íntima vida de unión con Jesucristo nuestro Señor (Gál. II, 20; Fil. II, 13).

Del ciego fanatismo nació al ardor de una fe que desea que todos los hombre se salven y lleguen al perfecto conocimiento de la ortodoxia. Fue San Pablo quien más contribuyó a extender a la Iglesia por el orbe, dilatando sus dominios e influencia hasta tierras lejanas, haciendo en ello el esfuerzo por dar a conocer toda la maravillosa profundidad y riqueza de la doctrina evangélica, exponiéndola con una prístina claridad, en oposiciones a las preocupaciones interpretativas del judaísmo y a los sofismas del paganismo. Con ello marcaba la senda para los apóstoles modernos frente a las similares preocupaciones del sectarismo protestante y a los sofismas de las corrientes de opinión neopaganas.

San Pablo es un espíritu admirable. Su mirada se remonta al pasado para develar en el las raíces del Cristianismo en los decretos eternos de Dios que debían cumplirse – como lo hicieron (Ef. I, 4-12; III 8-12; Rom. XVI, 25-26) – en la plenitud de los tiempos por Jesucristo (Gál. IV, 4; Ef. I, 10), principio y fin de la historia humana (Ef. I, 4; Tit. I, 3; I Tim. II, 6). Muestra, con ello, el verdadero destino del paganismo y del judaísmo (Rom. I y VII; Gál, III, 24; Act. XVII, 26-27).

De su contemplación del pasado y los cumplimientos de los divinos designios, la proyecta hacia el porvenir, descorriendo el espeso velo que cubre los destinos de la humanidad (Rom. XI), dándole solución definitiva con palabras profundas y plenas de energía: “Todas las cosas son de él, con él y por él (Rom. XI, 36); Dios será todo en todas las cosas” (I Cor. XV, 28).

Descubrimos aquí a un san Pablo filósofo, que ilumina con la verdadera filosofía a la historia. Y al Apóstol que demuestra con su intensa actividad y vida evangélica que el destino del hombre se expresa en renacer en Jesucristo nuestro Señor (II Cor. V, 17).

San Pablo había mudado su nombre, conforme la tradición rabínica y el ejemplo de san Pedro. El joven Saulo adoptó su nuevo nombre del procónsul Sergio Paulo, cuya conversión le confortara tanto (Act. XIII, 9).
El Apóstol de Gentiles brillará especialmente por la novedad del impulso que dará a las conversiones de paganos. Su controversia con los judíos no proviene de odio racial, pues ése y los otros apóstoles provienen de la misma raza, sino por sobre todo, de la causa mayor y de mayor peso, que es la obediencia a Dios y el celo por la salvación de las almas. La conversión de los paganos al cristianismo escandalizaba no sólo a la secta judía, sino incluso a los cristianos nacidos judíos. San Pablo hace finalmente triunfar esta práctica, apoyado con firmeza en la visión de san Pedro y su anuncio de que los paganos habían recibido realmente el Espíritu Santo (Act. X, 9-16; XI, 15) y su justificación sin mérito propio. Sumaba a ello la asamblea de los Apóstoles (Act. XV) y la demostración de san Pedro, la cabeza de la Iglesia, que el hombre es santificado por la gracia de nuestro Seños Jesucristo y la fe en Él. San Pablo probará que la ley mosaica es una ley temporal, cuyo objeto había sido educar a la humanidad como un pedagogo y que por ello ya era superflua para los cristianos (Gál. IV, 11; V, 6)

El Evangelio es predicado a los gentiles

Tras su visión, san Pedro partió a Samaria y visitando las ciudades marítimas de Palestina, impulsado por el ardiente amor por las almas de los gentiles, que comprendía habían llegado a su hora de ser admitidos en el seno del cristianismo.

Así fue como bautizó al centurión Cornelio (Act. X) Y este hecho provocó un enorme descontento entre los cristianos nacidos judíos y establecidos en Jerusalén (Act. XI, 1-18).

Éstos, obviando las enseñanzas de san Pedro, sostenían que los gentiles admitidos al cristianismo debían quedar sometidos a la observancia de la ley mosaica. De hecho, sólo bajo esta condición fue admitido gran número de gentiles – no circuncidados – de Antioquia (Act. XI, 20). Algunos sacerdotes judíos, fariseos y sus partidarios convertidos a la fe, exigieron a estos nuevos cristianos la observancia de reglamentos mucho más severos que los impuestos a los nacidos judíos y luego conversos (Act. I, 7; XV, 5).

El fervor y vocación de Antioquia llegó a ser de tal fuerza que por el número de judíos y paganos conversos, llegó a ser la segunda Iglesia madre, siendo sus hijos los primeros abandonar el nombre de Galileos o Nazarenos convinieron en apellidarse ‘cristianos’ (Cf. Ignatii ep. ad Policarp. c. 7 in Opp. Patr. Apost. ed. Hefele. Tub. 1839, p.116).

Tan floreciente comunidad resaltaba en el amor, fundamento del sacrificio y de la unión verdadera, por cuanto estaba estrecha e íntimamente unida a la Iglesia madre de Jerusalén (Act. XI, 27 – 30; XII, 25). Ésta, a su vez, se encontraba bajo las persecuciones de Herodes Agripa instigadas por el pueblo judío. El déspota de triste memoria, queriendo halagar a las autoridades de la sinagoga, había hecho degollar al Santiago el Mayor, hermano de Juan. El santo apóstol había provocado la indignación de las autoridades judaicas al lograr la conversión de un pérfido hechicero llamado Hermógenes, por lo que éstas increparon al discípulo del Señor prohibiéndole enseñar la doctrina cristiana. La cabeza de los perseguidores era Abiatar, quien conducía el pontificado judío ese año. Sublevando al pueblo, amarraron al Apóstol y forzaron a Herodes Agripa a degollarlo. Camino al cruento suceso, el escriba Josías – quien había puesto la soga al cuello al Apóstol – presenció la curación de un paralítico obrada por Santiago marchando al martirio, y pidió el bautismo. Por ello fue golpeado por los dirigentes judíos y forzado a apostatar de la fe de Cristo, cosa a la que el heroico escriba se resistió. Y con la redoma de agua que el Santiago pidió al carcelero, Josías fue admitido entre los cristianos. Acto seguido abrazó el martirio junto al Apóstol.

Muerto Herodes Agripa el dominio pasó a los romanos, quienes se mostraban un poco más tolerantes (Act. XII, 23). San Pedro había escapado de su prisión por un Ángel (Act. XII, 1-19) y regresó a Jerusalén por este leve respiro en la opresión. Fue por entonces que él, Santiago el Mayor y San Juan fueron llamados columnas de la Iglesia, conforme cuenta Eusebio (Eusebio, Hist. eccl. II, 1), que recuerda que Jesucristo concedió después de Su resurrección el don de ciencia a Pedro, Juan y Santiago.

San Pablo recorre el orbe y dirige con epístolas

San Pablo, por su parte, tras su conversión se había dirigido a Arabia, donde propagó la sagrada doctrina entre los numerosos judíos que había en esa comarca. Desde allí volvió a Damasco. Y recién tres años después de su conversión se dirigió a Jerusalén, movido por amor a Pedro, a quien anhelaba fervientemente conocer, y para ser reconocido como Apóstol del Evangelio (Gál. I, 17-19; Act. XIX, 27).

Luego este verdadero León de Dios dirigió sus pasos hacia Siria y Cilicia, seguido por Bernabé y Juan, un sabio levita de la isla de Chipre, presentado por él mismo a san Pedro y a Santiago. Su apostolado obraba de tal modo que impulsaba con ardor la expansión de la Iglesia por Antioquia mientras atendía en cuanto podía los socorros a la Iglesia en Jerusalén, perseguida – como ya hemos dicho – por el cruel Herodes Agripa (Act. XI, 22-30; XII, 25)

Unido a san Bernabé emprende la que será la primera gran misión. Recorrerán la isla de Chipre, Panfilia, Pisidia y Licaonia. Desde aquí intentó zanjar la cuestión del sometimiento a la ley mosaica de conversos no circuncisos, pues como ya mencionamos arriba, era causa de escándalo para los judíos conversos.
Por ello ambos santos apóstoles dirigieron sus pasos a Jerusalén.

Y así fue que el Espíritu Santo dictó la sentencia, estando todos de común acuerdo y San Pedro, como Papa, en nombre del Paráclito sentenció que los gentiles no estaban obligados a cumplir la ley de Moisés, y que sólo debían observar los mandamientos dados a Noé, relativos a los sacrificios y culto de los ídolos (Act. XV).

La segunda misión del Apóstol de Gentiles le hizo marchar sobre el Asia menor en unión de Silas. San Berbabé había partido a Chipre para acompañar a Juan Marcos, pariente suyo. En Listra Timoteo se unió a Pablo y a Silas, y unidos los tres recorrieron Frigia, Galacia y Misia. En Tróada se unieron a un médico de gran cultura, quien posteriormente vendría a ser el evangelista San Lucas. Este feliz grupo de varones se dirigió a Macedonia, fundando de camino las iglesias de Filipos, Tesalónica y Berea, donde san Pablo embarcó para Atenas en compañía de Silas y Timoteo.

Gran empresa emprendía el Apóstol de Gentiles al osar predicar en la capital de la idolatría griega, y cuna de la filosofía pagana. Allí anunció san Pablo el Dios Desconocido a los asombrados atenienses (Act. XVII, 22) En la sensual y rica Corinto fue recibido por un judío fiel llamado Aquila. Desde esta ciudad fue donde escribió su primera Epístola a los tesalónicos. Año y medio de enormes sacrificios y esfuerzos dio como fruto la fundación de una de las – ya para entonces – más florecientes comunidades cristianas.

Luego regresó a Antioquia, pasando por Éfeso, Cesarea y Jerusalén, para emprender su tercera gran misión al Asia menor. En Éfeso pasó tres años trabajando sin descanso en el reino de Dios, pero no limitando sus esfuerzos a esta ciudad y cercanías, sino además extendiendo su acción y palabra a las regiones más apartadas. Desde aquí escribió a las iglesias de Corinto y Galacia. Pero como el demonio no podía quedar tranquilo ante semejante obra apostólica, excitó las pasiones del bajo pueblo de Ëfeso e hizo así estallar una revuelta con el vergonzoso temor de ver la caída del culto a la diosa Diana (Act. XX, 1). “Omnes dii gentium, daemonia”, “todos los dioses de los paganos son demonios” dicen las Sagradas Escrituras (Sal. XCV, 5). Y aquí, como en muchos otros hechos apostólicos, se comprobó el celo y poder del demonio sobre los paganos y adoradores de falsas religiones.

Siguiendo el dictamen de la prudencia, San Pablo partió a visitar las iglesias de Macedonia. Desde ese lugar escribió las cartas a los corintios, para luego partir a Corinto mismo a ahogar las divisiones que habían surgido. Movido por el ardor de su celo, escribió entonces a los romanos (Act. XVIII, 23; XXI, 17). Tres meses después se dirigió a Jerusalén, donde encontró reunidos a muchos Obispos y sacerdotes de las regiones vecinas. Para ellos pronunció un grave y tierno discurso de despedida (Act. XX, 17-38).

El odio del infierno no se hizo esperar. Había sido espiado y seguido ya desde su llegada a la Ciudad Santa. Convinieron sus enemigos en escuchar las acusaciones de los judíos del Asia menor, quienes le condenaban por violar la ley mosaica. Por instrucciones de la sinagoga, se le puso preso pero en cuanto era ciudadano romano se vieron forzados a dejarle libre y perdido para la jurisdicción del sanedrín, jurado enemigo de la fe de Cristo. Por ello fue conducido a Cesárea ante el procurador Félix. El héroe de Cristo tuvo que sufrir las humillaciones de este magistrado, las de Festo, su sucesor y las del rey Agripa. Tras dos años de injusto cautiverio, su apelación al César significó ser trasladado a Roma, junto a Lucas y Aristarco (Act. XXI, 18; XXVI, 32). Durante la travesía por mar, enfrentaron numerosas veces las amenazas de naufragio, pero Pablo conservó la calma y trajo la paz a sus compañeros, profetizándoles su suerte (Act. XXVII, 1; XXVIII, 15).

Ya en Roma sufrió dos años más de vigilancia (Act. XXVII, 16), prosiguiendo junto a sus compañeros sus trabajos de apostolado y conquistando para Cristo hasta miembros de la familia imperial (Filip. I, 13; IV, 22). Escribió a los efesios, filipenses, colosianos y a Filemón, hablándoles de la gloria de nuestro Señor Jesucristo, de la emancipación de la humanidad degenerada y de la vocación de los gentiles. De esta misma época es su carta a los hebreos (Hebr. XIII, 24).

Los Evangelios guardan silencio sobre el resto de los hechos de la vida del Apóstol. El historiador sagrado deja hasta aquí la narración de los Hechos de los Apóstoles, convencido sin duda de que su narración contribuiría a la revelación por transmisión directa de los apóstoles y no que sería tomada por única fuente válida para conocer la verdad y la vida.

San Pablo recobró nuevamente la libertad y movido por su celo apostólico se dirigió a España para anunciar el Evangelio (Rom. XV, 24-28). San Clemente en su ep. I. ad. Cor. c. v, señala a España y no a Italia como destino del Apóstol. Lo ratifica además en un fragmento sobre los cánones de la última parte del siglo II, de Reliquiae sacrae de Routh, t. IV, p.4. Además viajó a Creta, dejando allí a Tito, discípulo suyo al cual le escribió desde Nicópolis (Epiro) una Epístola llena de unción y de solicitud pastoral. Dirigió también la primera Epístola a Timoteo (S. Feilmoser, Introd. a los lib. del Nuevo Test. t. II, Augsb. 1452-57).

Desde Nicópolis viajó una vez más a Corinto, y desde allí a las iglesias de Troada y de Mileto. En ese momento tuvo noticias del peligro corrido por la Iglesia de Roma, amenazada por las barbaridades de Nerón. Y pese al riesgo y a las consecuencias que tantos viajes, fatigas y maltratos habían hecho sobre él, viajó a la Ciudad Eterna.

Allí fue apresado por segunda vez. Escribió de nuevo a su fiel Timoteo, a Éfeso. El León de Dios murió durante esa cruel persecución dirigida por Nerón pero instigada por numerosos enemigos de Cristo. Fue decapitado por el hacha del líctor, en consideración a su calidad de ciudadano romano. Su muerte fue recibida con alegría, pues recibía esta corona de justicia, que sabía que le estaba reservada. Pero moría inquieto por las desgracias que por todas partes amenazaban a la Iglesia (II Tim. I, 8).

Los trabajos apostólicos de San Pedro, vicario de Cristo en la tierra

Por sobre todos los apóstoles, San Pedro había contribuido a la fundación de la primera iglesia cristiana en Jerusalén. Recorrió varias veces Palestina para atender las diversas necesidades de las comunidades allí fundadas. Llevado por su celo, dirigió un tiempo la iglesia de Antioquia (II Tim. IV, 8).Así fue como anunció el Evangelio en el Ponto, Capadocia, Galacia, Asia y Bitinia. Luego se encaminó a Roma hacia el año 42 después de Jesucristo. Retornó a Jerusalén durante las persecuciones de Herodes (52 d.C.) y escapó milagrosamente a ellas.

Tras la muerte de este infame gobernante, encontramos a nuestro amado primer Papa en Jerusalén (Act. XV), mas tarde en Antioquia y luego en Corinto, donde se unió a san Pablo, fundando juntos la floreciente comunidad cristiana. Desde Roma – que él llama Babilonia – escribió las bellísimas cartas a los fieles del Ponto y Galacia.

Sobre san Pedro no podemos menos que maravillarnos al reconocer en todos los documentos y testimonios contemporáneos y posteriores el testimonio unánime de la primacía de éste como pastor y jefe supremo de todo el rebaño legado a éste por el mismo Cristo. Se cumple así de modo perfecto el decreto divino e inalterable en el tiempo y el espacio.

Desde la gloriosa Ascensión de nuestro Señor Jesucristo vemos siempre a Pedro ejercer su primacía: es él quien preside la elección de san Matías como apóstol (Act. I, 15); es él quien habla primero al pueblo después del descenso del espíritu Santo sobre el sagrado colegio apostólico en Pentecostés (Act. II, 14); es él quien representa a todos los apóstoles el en sanedrín en Jerusalén y por ello hace uso de la palabra (Act. IV. 8); es él quien obra el primer milagro y quien pronuncia primero la terrible sentencia sobre Ananías (Act. III, 4; V, 1). Es él el primero en abrir las puertas de la Iglesia a los gentiles (Act. X). Fue él quien en Jerusalén buscó conocer a san Pablo para acordar asuntos con él (Gál. I, 18). Fue él quien presidió el primer Concilio de Jerusalén (Act. XV) y él quien se nombra primero en los Evangelios. La preeminencia como cabeza visible de la Iglesia es tal y tan jerárquica que la primacía san Pedro se pone en relieve siempre que es necesario obrar, hablar o tomar alguna decisión.

Tras dirigir la Iglesia por veinticinco años desde la Ciudad Eterna (1), la Gloria dela Iglesia murió al mismo tiempo que san Pablo, durante la persecución de Nerón. Fue crucificado en el barrio de los judíos, en el monte Vaticano, aunque por petición del Apóstol fue puesto boca abajo, en tanto él se consideraba indigno de morir como su Dios y Señor.

Los trabajos de los demás Apóstoles

El lector atento no podrá dejar de notar el hecho de que los Actos de los Apóstoles se limita apenas a la historia de los apóstoles san Pedro y san Pablo. No se hace mención de los otros doce. Esto no carece de motivo, pues el autor sagrado no hubiese tenido que hacer más que repetir una y otra vez los mismos milagros, los mismos padecimientos, el mismos ardor y las mismas virtudes. ¡Tan poco se inquietaban los Apóstoles por transmitir a la posteridad la memoria de sus trabajos en la medida de que era mayor su celo por propagar la buena nueva hasta los confines mismos de la tierra!

De aquí la oscuridad de sus tradiciones y la incertidumbre que presentan algunos documentos. Los Apóstoles sabían que el Señor no mandó escribir un libro, ni menos traspasar al papel todo cuanto dijo e hizo, y lo mismo desearon ellos salvo para transmitir directivas o explicitaciones precisas en casos determinados. Esto es lo que hemos recibido y es cuanto la Iglesia determinó que formase parte autorizada del Nuevo Testamento. Las pretensiones protestantes acaban ante este hecho incontestable, pues Dios no puede mandar nada en contra de Su divina voluntad ni ordenar aquello para lo cual no da los medios suficientes para su cumplimiento.

Del sagrado colegio apostólico es indudable el hecho que a doce años de la Ascensión de nuestro Señor Jesucristo, y antes de separarse y abandonar Jerusalén, como príncipes universales dividieron el mundo para sí y redactaron el común en Símbolo de la Fe.

Santiago el Menor – hijo de Alfeo, llamado el Justo y por el amor mutuo que se tenían también fuera mencionado como ‘hermano del Señor’ – fue el primer obispo de Jerusalén (Hug. Ontr. al Nuevo Test., II, 8, p. 517; Schleyer, Gaceta teológ.de Friburgo, t. IV; Guerike, Intr. al Nuevo Test., p. 483). Estimado hasta por los judíos a causa de su justicia y dulzura, consolidó su Iglesia sirviéndose de la firmeza (Act. XV, 13). En su epístola dirigida a los cristianos nacidos judíos que vivían en regiones apartadas, les recordó la necesidad de la fe, probada por medio de obras.

El Apóstol fue acusado de violar la Ley por el mismo sumo pontífice Anás, quien aprovechándose de que el nuevo Gobernador aún no había llegado, lo hizo apedrear (63 d.C), habiendo rechazado la imputación de este crimen hasta los judíos más celosos, por lo que fuera depuesto el sumo pontífice por petición que éstos mismos dirigieron al rey Agripa. Esto es según el testimonio – digno de algún crédito, del historiador judío Flavio Josefo.

Hegesipo, posterior a Josefo, cuenta, según Eusebio, que habiendo rehusado Santiago declararse contra Jesús, fue precipitado – por los Fariseos y por los Escribas de Jerusalén – desde lo alto del Templo y terminado de asesinar por manos de un batanero, que hizo uso de su instrumento (Cf. Flav. Jos., Antiq. XX, 9, 1; Credner, Introd. al Nuevo Test. p. 481; Heyes, in Eusebo, Hist. eccl. II, 1, 23; Stolberg, p. VI, p. 360-65).

San Mateo, Apóstol y Evangelista, anunció la buena nueva por Arabia, India y Etiopía (Rufino, Hist. eccl. I, 9; Eusebio, Hist. eccl. III, 24, 39). San Felipe, quien vivió con san Juan hasta el fin del siglo I, gastó hasta sus últimas fuerzas evangelizando desde Hierápolis de Frigia (Eusebio, III, 3; V, 24). Santo Tomás llevó el Evangelio a los partos, san Andrés a los escitas (Eusebio, III, 1); san Bartolomé a los de la India (Eusebio, V, 10) y san Tadeo a Ábgaro, príncipe de Edesa (Eusebio, I, 12). San Marcos acompañó a Roma primero a san Pablo y a san Bernabé, y luego a san Pedro. es considerado fundador o al menos primer obispo de Alejandría (Eusebio, II, 16, 24; Chronic. Paschal. (Alexandrin.) p.230, ed. del Fresne, París). Tilemont (t. I y II) reunió cuidadosamente todo cuanto se sabe de los compañeros d elos Apóstoles, citados en el Nuevo Testamento, tales como Lucas, Timoteo, Tito, Lino Crecencio y el filósofo Apolonio de Alejandría, convertido del judaísmo al Evangelio (Act. XVIII, 24; XIX, 1; I Cor. 1,12, etc.). Sobre esto ya hemos escrito detenidamente en el dossier “El Camino de los Apóstoles a la Patria Celestial” en esta misma sección.

De todo esto, Nuestra Señora formaba el centro de toda devoción, siendo visitada, consultada y amada tiernamente por todos los apóstoles, discípulos y fieles en su residencia en Éfeso en compañía del apóstol san Juan. Hacia el 45 o 47 d.C. la Virgen Santísima durmió y fue ascendida en cuerpo y alma a los cielos, siendo coronada como Reina y Señora de todo lo creado, por el triple título de Hija amadísima de Dios Padre, Madre admirable de Dios Hijo y Esposa fidelísima de Dios Espíritu Santo.

Como ya hemos hecho notar, de nada de esto se preocupó el Espíritu Santo en dejar consignado por escrito en las Sagradas Escrituras, no por carecer de importancia ni menos por faltar doctrina en las palabras de los Apóstoles, santidad en sus hecho o heoricidad en sus trabajos, sino porque desde un principio deseó marcar a fuego las notas particulares de la Iglesia que Cristo fundó para salud y consuelo de todos los hombres.

El cristianismo se expande rápidamente en medio de crueles persecuciones

Examinada la pronta dilatación de la Iglesia y su influencia en vastos territorios a poco de la Ascensión de nuestro Señor Jesucristo, podría pensarse que las condiciones del momento favorecieron la popularidad de la buena nueva, al modo de las circunstancias propicias que algunas ideologías encontraron para ganar pronto y extensamente sus adeptos.

Rápida fue la propagación del cristianismo por Asia, por Palestina, Siria, Asia Menor, Damasco y Antioquía, Mesopotamia y Edesa, tanto como por Europa, especialmente por Grecia, Italia y España así como por África, particularmente en Egipto. Muchas eran las Iglesias que se fundaban una tras otra. Lo anterior y vistas las medidas que se tomaron para organizar las nuevas comunidades, daría al espectador desatento o ignorante, la consoladora idea del favor con que desde su origen fue acogido el Cristianismo.

Y no se crea que eran pobres gentes y groseras las que componían las comunidades cristianas primitivas. Basta recordar las numerosas remesas de dinero mencionadas en las Epístolas de los Apóstoles (Act. XIII; Filip. III, 24), la conversión del procónsul Sergio Paulo en Chipre (Act. XIII), y las del eunuco en Etiopía, del centurión Cornelio y del mismo Dionisio el Areopagita (Act. VIII, 9). O las relaciones de san Pablo con los miembros de la familia imperial (Filip. IV, 22). Flavio Clemente, tio del Emperador Vespasiano, Domitila, su mujer y otros romanos de primer orden pertenecían al cristianismo ya desde los últimos tiempos de la vida de san Juan.

Tal era el número y calidad de gentes cultas e influyentes que los Apóstoles se veían frecuentemente obligados a advertir en contra de introducir errores sacados de los sistemas de teología y filosofía paganas, proclamando siempre que no existe más que una doctrina, una filosofía y una sola Iglesia verdadera (Col. II, 8; I Tim. I, 20). Los sabios del mundo de entonces ingresaban a la Iglesia, unos claramente persuadidos de su verdad y otros enamorados de la Iglesia, pero reteniendo los errores paganos e infectando las iglesias con la peste de sus corruptas elucubraciones.

Pero es en los grandes obstáculos que encontró la Iglesia donde brilla su divinidad y maravillan al considerar su rápida propagación. ¡Qué cruenta y violenta obstinación por parte de los judíos incrédulos! ¡Que formidable oposición por parte de los paganos contra Pablo en Atenas y Efeso! ¡Que perfidia en las sangrientas persecuciones – como no se hizo con nadie más – de los Emperadores contra los hijos de Dios!

Claudio destierra de Roma a los cristianos el año 53 d.C. (Sueton. Vit. Claud. c. 25). Después del incendio de Roma, el perverso Nerón hace mucho más cruel y dura la persecución: los cristianos son despedazados vivos por bestias feroces en los espectáculos de sus circos, o bien son ahogados en el río Tíber o incluso, en el ápice de satánica maldad, son untados en pez y encendidos como antorchas humanas para iluminar los barrios de la ciudad (Tacit. Ann. XV, 44; Suet. Vita Neron. c.16; Tertuliano – Apol. c.5. – habla ya de las leyes brutales dictadas por Nerón y Domiciano contra los cristianos, aunque derogadas en parte por Trajano: “quas Trajanus ex parte frustratus est”). Son muchas las presunciones contra los instigadores de esta persecución que atentaba exclusivamente contra la propagación de la nueva alianza en sustitución de la antigua, abolida por la venida del Divino Redentor, pero no entraremos en ellas en esta ocasión.

Vespasiano (69-79 d.C) se muestra más clemente con los cristianos, pero les impone el impuesto personal que afectaba a los judíos. Domiciano (81-96 d.C.) siguió esta misma línea, aunque condena a muerte a Clemente Favio, acusado de impiedad y de simpatizar con el cristianismo (Dio Cassius y la epist. de Xiphilino, LXVII, 14; Euseb. Chron. lib. II; Hieronym. ep. 96). Y desterró a su tía Domitila a la isla Pandataria y a Póntida a otro de sus parientes, relegando también a Patmos al apóstol san Juan, movido además por la idea de confiscar todos sus bienes (Tertull. Praescr. haer. c. 36; Euseb. Hist. eccl. III, 20).

La oposición entre la Iglesia y la sinagoga y la ruina de Jerusalén

Derogada ya la antigua Ley, el judaísmo debía continuar con su vocación, alcanzando la plenitud en el Cristianismo, que es la perfección de la vieja alianza por el cumplimiento de todas las profecías en la venida del Mesías prometido y el sacrificio perfecto de la Cruz. Había, pues, cumplido su altísima misión en la historia y en el mundo y debía, por tanto, desaparecer para que floreciera aquello para lo cual estaba llamado a preparar el camino y los corazones, esto es, la Iglesia querida y fundada por el mismo Dios para que todos los hombres – judíos y gentiles – conocieran la Verdad y se accedan a la Vida eterna.

Desde el sacrificio de la Cruz, Jerusalén y su templo – centro del culto judaico – no tenían ya su valor primitivo y no podían subsistir por mucho tiempo sin dañar al cristianismo, al que amenazaban con un doble peligro: la confusión de las doctrinas y la cruel persecución que dirigían contra los cristianos. Los cristianos nacidos judíos fueron las principales víctimas, pero con el tiempo fueron éstos quienes se querellaron contra los gentiles admitidos en la Iglesia, introduciendo en ésta un espíritu de división completamente extraño a Ella. O bien, intentaban producir una amalgama de religiones aún más deplorable, si es posible.

La ruina de Jerusalén y la destrucción de su templo fueron de alta importancia para la Iglesia, tal como lo había predicho el Salvador de una manera positiva, cuando el templo aún estaba en el esplendor de su gloria y magnificencia (Dieringer, Sistema de los hechos divinos, t.1, 12). Los judíos que en otros tiempos habían sido espléndidos instrumentos escogidos por la Providencia para la realización de los designios de Dios, hoy querían imponerse por sobre las otras naciones argumentando prerogativas de las que carecían por completo o aún – despreciando las cuestiones de la aceptación de una fe para pertenecer al Pueblo de Dios – argumentaban la superioridad de su raza en desprecio de las otras.

Ni las más tiernas pruebas de misericordia divina ni los castigos más terribles habían podido doblar esa dura cerviz, atrayéndole a aceptar libremente su verdadera misión en la tierra y a conformarse con espontáneamente con los designios de Dios. Su fe se había apagado, volviéndose en apenas un riguroso cumplimiento de leyes y reglamentaciones interpretadas una y otra vez por sus sabios y doctores de las ley. Y el orgullo les había desviado a adueñarse de Aquello para lo cual estaban llamados a servir y preparar las condiciones para Su venida. Pese a ello, muchas almas permanecían fieles a las promesas del Mesías prometido y fueron éstas las primeras en correr con alegría a los pies del Redentor y Su Iglesia.

Habían interpretado la más sublimes profecías sobre el Salvador en un sentido político y estrecho; negaba con mayor fuerza la realización de estas profecías divinas, cuanto más vana iba quedando su esperanza y su desilusión más notoria, por efectos de la fundación de la santa Iglesia – la nueva Jerusalén – por obra del mismo Dios, despreciada y reprobada por ellos y la duración del Imperio romano. Oprimido por los procónsules romanos en Cesárea, el querido pueblo de Yahvé, creyó llegado el momento de la venganza, y se rebeló abiertamente bajo el proconsulado de Casio Floro (64. d.C.), y atacó con armas en la mano al poder de Roma (66 d.C.), envalentonándose con la derrota de Cestio Galo.

Pero no estaba lejos el día de las espantosas desgracias lloradas por el Divino Redentor que debían azotar a Jerusalén, donde la sangre del verbo Encarnado iba a recaer gota por gota sobre las cabezas de los hijos réprobos de Israel, conforme ellos mismos lo proclamaran durante la infame condenación del Justo e Inocente.

Vespasiano fue encargado por el mismo Nerón para aplastar la rebelión. Invadió Galilea a la cabeza de un poderoso ejército (67 d.C.) Así se apoderó de Jotapa, la ciudadela más fuerte, después de una firme defensa prolongada por 40 días. Al entrar la escena fue horrorosa: ordenó degollar a 40 mil judíos. Fueron bárbaramente muertos por la espada romana y así se oprimió a las gentes de la zona, sometiendo por el terror y la fuerza a toda la provincia.

Los victoriosos soldados romanos ardían de deseos de lucha, llenos de impaciencia por terminar la guerra con la toma y ruina de Jerusalén. Pero Vespasiano, prudente y estratega, decidió esperar a que sobreviniesen las necesarias divisiones entre los asediados. Y no tardaron en sucederse: los ancianos experimentados querían la paz, mientras que la juventud temeraria, irreflexiva y belicosa se precipitó en Jerusalén, siendo acogida por Juan de Giscala.

Entonces Vespasiano sometió a toda Judea, y valiéndose de la imponencia de su situación, acampó delante de Jerusalén, aguardando las órdenes del Emperador que debía suceder al fallecido Nerón. Pero el ejército sublevado no tardó en proclamarle a él como Augusto. Y Tito, su hijo mayor, llegó con refuerzos ante los muros de la desgraciada ciudad.

En el interior se presenciaban escenas infernales: unos se degollaban a otros después de haber combatido juntos al enemigo; con madres comiéndose a sus hijos o cometían barbaridades con los cuerpos para salvar algunas riquezas.

Los cristianos recordaban, al enterarse de las infames noticias, de aquellas palabras del Señor: “Cuando veáis rodear un ejército a Jerusalén, sabed que está cercana su ruina” (Mat. XXIV; Luc. XXI, 6) y huyeron hacia Pela de Galilea. Al mismo tiempo los judíos también vieron cumplirse las palabras de Quien despreciaron, pero ni aún esto les bastó para abandonar su demencial obstinación, ni los horrores de la guerra civil interna, ni las angustias del hambre que se mostró asquerosa, insensata y horrorosa en la hija desesperada de Eleazar.

La horda de Simón había robado a las mujeres ricas y distinguidas todo cuanto poseían. Y en un pueblo que ya carecía casi de virtud en favor de rigurosos cumplimientos legales, era esperable la más corrupta de las reacciones a la adversidad. María se moría de hambre y con ella su hijo que amamantaba: le mata, asa al fuego al hijo y le parte en dos, comiendo una parte ella y ofreciendo la otra a la tropa que entraba otra vez en su casa. Los desgraciados bandoleros retroceden con repugnancia. Ella les increpa duramente: “¡Este es mi hijo! ¡Yo soy quien el ha matado! ¡Comed! ¡Yo también he comido de él! ¿Seréis más delicados y compasivos que una mujer y madre?”

La noticia de estos crímenes corrió rápidamente por la ciudad y llegó hasta el campo romano. Si los judíos, cada vez más obstinados, hicieron el mismo caso de estas terribles experiencias que habían hecho las palabras del Salvador: “Bienaventuradas entonces las estériles y las que no tengan hijos, y aquellas cuyos pechos no hayan amamantado”, los romano, hartos ya de horrores resolvieron terminar victoriosamente la lucha sepultando estos crímenes bajo las ruinas de Jerusalén. Y ésta cayó de forma espantosa, incendiándose entre los horrores más pavorosos el mismo templo, pese a los esfuerzos que el mismo Tito hizo para salvarse. No quedó piedra sobre piedra, conforme la fatal profecía.

Perdida la nacionalidad, que les unía a la religión; sin Templo para el sacrificio; sin casta sacerdotal pues fueron confundidas las tribus entre los sobrevivientes que huían, y sin sacrificios válidos, todo el fundamento central de la fe judaica desaparecía con esta ruina. Lo poco que podía quedar de valor para los más obstinados, fue sepultado y acabado.

En tanto, la dulce Esposa de Cristo brillaba en medio de las persecuciones que contra Ella dirigía el mundo y todos los poderes, expandiéndose con milagrosa rapidez e iluminando ya a las gentes de entonces con las benéficas influencias de Su sagrada presencia.
(Avanzar a Segunda parte y final >>)

(1) Admitiendo que san Pedro hubiese residido en Roma dos veces es como puede explicarse la antigua y unánime coincidencia en su episcopado por este extenso período desde Roma. Sobre este punto es de sumo provecho consultar las fuentes más antiguas, que por cercanas suelen ser más fieles. En particular recomendamos: al Padre apostólico san Ignacio, ep. ad Roman, c.4.; a Dionisio de Corinto en Eusebio, Hist. eccl. II, 25; a San Ireneo, III, 1,3; Tertuliano, contr. Marcion. IV, 5. Sólo una crítica cegada podría poner en duda una tradición de universal confirmación. Dada la alta calidad, seriedad y elevación de pensamiento de los debates que sobre este punto sostuvieron el protestantismo y el catolicismo en el siglo XIX, sugerimos la precedente de Foggini, de Romano divi Petri itinere et episcopatu ejusque antiquissimis imaginibus exercitationes historico-criticae, Florencia, 1741 (dedicado a S.S. Benedicto XIV) y las obras nacidas por necesidad de los debates, realizadas con erudición grave y concienzuda: Herbst, sobre la residencia de Pedro en Roma (Tub. 1820, p. 567); Doelinger, Man. de la Hist. eccl. p. 65. Windiscmann, Vindictae Petrinae. Ratisb. 1836; Ginzel, del Episcopado de Pedro en Roma (Pletz, Gaceta teológica año XI, p. 1-4, especialmente contra Mayerhof, Introducción a los escritos concernientes a Pedro, Hamb. 1833). Además de Olshausen, Estudios y Críticas, año 1838, p. 4 y a Stenglein, Episcopao de veinte u cinco años de San Pedro en Roma (Tub. O. Schr. 1820, p. 2 y 3). Por supuesto a Origen. eccl. Rom. de los benedictinos de Solesmes, de 1837

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ALERTA CATÓLICA

ALERTA, CATÓLICOS!!

Por Miguel Rivilla San Martín. Pbro. – rivillasan@terra.es

INTRODUCCIÓN
Algo muy serio y muy grave está sucediendo ante nuestros propios ojos. Desde hace 20 siglos la Iglesia católica,- la única fundada por Cristo sobre Pedro, y depositaria de la plena revelación divina,-ha venido recibiendo toda clase de ataques por parte de sus enemigos de dentro y de fuera. Nada extraño, ya que todo estaba dicho, escrito y anunciado por su divino fundador. A pesar de todos los virulentos combates y persecuciones, en cada época de la Historia, la Iglesia ha mantenido, fiel e íntegramente, “el depósito de la fe” encomendado por el mismo Señor, hasta el día de hoy .La asistencia perenne del Espíritu Santo, la autoridad del Romano Pontífice -vicario de Cristo en la tierra- y el Magisterio de los Concilios Ecuménicos, junto con el celo desplegado en todo momento por los santos, el ejemplo de los mártires y la entrega de los pastores del pueblo de Dios, han hecho posible el milagro. La fe verdadera, predicada por los Apóstoles – ortodoxia – se ha mantenido íntegra -(Símbolos de la fe) – y ha sido proclamada por la entera comunidad eclesial a lo largo de los siglos.

LA DIVINIDAD DE JESUCRISTO.
Sabido es de sobra por todo buen católico, que la base, el fundamento, el dogma y el núcleo principal de nuestra fe, radica en la divinidad de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre.”Palabra de Dios hecho hombre”.El es “la piedra angular que desecharon los arquitectos”, edificada sobre el fundamento de los apóstoles, que ha dado, da y seguirá dando coherencia y consistencia al edificio de la Iglesia. No ignoran sus poderosos enemigos esta verdad. De ahí, que todos sus esfuerzos vayan directamente contra el núcleo y fundamento de la misma, que no es otro que la persona divina de Jesucristo. Saben además, que si lograsen acabar con el cimiento, todo el edificio de la Iglesia se vendría abajo estrepitosamente. La táctica empleada ha sido sencilla. No se ataca ni se niega directamente la divinidad de Jesucristo.
Causaría alarma grande en el pueblo de Dios. La reacción sería muy fuerte. Es algo más sutil, calculado y perverso.

DEVALUACIÓN DE LA FIGURA DE CRISTO.
Los ataques no son directos sino camuflados. Se ha empezado a cuestionar la persona de Jesús, su existencia histórica, sus milagros, el valor salvífico de su muerte y el hecho de su resurrección. Se ha pasado a considerar los evangelios como unos libros novelados o míticos, escritos e inventados mucho tiempo después por la Iglesia, con el fin de medrar y tener poder.
Su divinidad ha sido cuestionada, silenciada y atacada de mil modos y maneras.
Se ha presentado a Jesús, como un hombre extraordinario, (un líder religioso, un maestro de moral, un revolucionario, un profeta o “hijo de Dios” como cualquier otro hombre) negando su naturaleza y personalidad divinas. Algunos medios de comunicación han prestado su cobertura a toda clase de opiniones de personas sectarias, increyentes, ateas y anticlericales, ajenas y contrarias a la fe de la Iglesia, que han sumido en la oscuridad y el confusionismo a muchos
bautizados carentes de formación.

CONSECUENCIAS LAMENTABLES.
Al no proclamar abierta, valiente y constantemente, por todos y en todas partes, a Jesús como el único Salvador del mundo y la humanidad ,(como proponía clara y rotundamente la “DOMINUS JESUS” de Juan Pablo II), al no presentar a Jesús como “Camino, Verdad y Vida”, “Señor de la Historia”, “Palabra definitiva de Dios”, “consubstancial con el Padre y el Espíritu Santo, engendrado no creado, Dios verdadero de Dios verdadero” etc ; el pueblo cristiano se ha ido quedado sin oxígeno, se ha aflojado en la evangelización y hasta en la tarea misionera; se ha pretendido un ecumenismo religioso light, que tiene mucho de sincretismo; a la Iglesia católica se la viene considerando como una más entre las otras religiones monoteístas; se ha rebajado su misión divina, universal, casi al nivel de una ONG, priorizando su labor de lucha contra la pobreza, la justicia, la promoción social, sobre la predicación de la fe; y como resultado de todo este cambio, se ha desembocado en un relativismo moral alarmante y casi imparable en muchos aspectos de la vida para gran parte de fieles católicos.

ACLARACIONES PRECISAS.
Ahora bien ,todo este cambio y desastre religioso de consecuencias gravísimas, se ha venido maquillando con una bien escogida terminología seudoteológica al uso, como “diálogo interreligioso”, “tolerancia religiosa”, “inculturación”, ” búsqueda conjunta de la verdad” etc. Se ha arrinconado el genuino concepto de Verdad absoluta y objetiva,(lo que prima es la verdad subjetiva); se silencia que la tolerancia hay que tenerla siempre con las personas, pero no con el error, de que en Jesucristo y su evangelio está la Verdad plena ,y que el diálogo no es un cambalache de verdades, como el cambio de cromos para estar todos conformes. Un ejemplo significativo: no es diálogo de ningún tipo, si para entenderse tres personas, una dijese que 2+2= 4;otra dijese que 2+2=6 y la tercera, para contentar a las otras, dijese que 2+2=5. Caeríamos en el absurdo.

Esto es traicionar a la Verdad objetiva y es algo parecido a lo que se pretende en el aspecto religioso, al rebajar la revelación cristiana, enseñada por Jesús, presente en la Biblia y que ha sido propuesta por la autoridad de la Iglesia y
aceptada durante siglos por el pueblo de Dios.

PANORAMA DESOLADOR.
En el pueblo sencillo la confusión ha sido y es mayúscula.
Muchísimos creen que “todas las religiones son iguales”; que “lo mismo da una que otra “; que “ninguna tiene la plena verdad “: que” lo importante es buscar entre todos la Verdad”, que “no importa tanto la evangelización misionera, como el diálogo”; que “todos se pueden salvar fuera de la Iglesia”; que “cada persona siga su propia conciencia ,sin mediaciones de ningún tipo”; de hecho muchísimos bautizados prescinden de la Iglesia, se han hecho su propia religión a su medida y siguen sólo sus propias normas subjetivas”.

REMEDIOS EFICACES.
A nadie se le oculta la gravedad extrema de este panorama actual, dentro de la misma Iglesia. Pero como muy bien reza el dicho castellano:”A grandes males grandes emedios”.He aquí enunciados unos, que juzgo de todo punto indispensables para atajar de raiz la demolición intraeclesial.

1-VOLVER Y CENTRARSE EN LO NUCLEAR DE LA FE CATÓLICA.
Para un buen católico la Verdad nuclear reside en el Símbolo o Credo apostólico y en el más amplio de Nicea. Además de resaltar fuertemente todo lo que el Magisterio, ha venido definiendo como verdades de fe y que se llaman dogmas definidos a lo largo de los tiempos.

2-PROCLAMAR -oportune e importune- A JESUCRISTO, COMO ÚNICO SALVADOR.
No hay ni puede haber otro nombre para acceder y agradar a Dios y para salvarse el hombre que la persona de Jesucristo -”único mediador” entre Dios y el hombre-.Quien conociendo a Cristo, lo rechaza libre y voluntariamente, se hace responsable de su perdición eterna.

3-NO SEPARAR LA ORTODOXIA DE LA ORTOPRAXIS.
Es un grave error de graves consecuencias separar o hacer dicotomías entre las verdades que se deben creer como reveladas por Dios y los compromisos de todo tipo (familiares, sociales, políticos, lucha por los derechos humanos, promoción con el tercer mundo etc) a que nos comprometen tales verdades de fe.

4-CENTRARSE EN JESÚS EUCARISTÍA.
La fuente y manantial de donde dimana toda la vida de la
Iglesia y sus miembros es y debe ser siempre la Eucaristía. Si hoy -según madre Teresa de Calcuta- se da crisis de fe en la
Iglesia, es por que antes se ha dado crisis de fe en la presencia
real y sacramental de Cristo en este sacramento.
Todo será poco para incrementar entre todos los católicos el amor, la adoración y el culto privado y público a Jesús eucaristía. Sin El, presente en el sacramento, no podemos hacer absolutamente nada.

5-PROPAGAR POR TODOS LOS MEDIOS LA DEVOCIÓN A LA SMA. VIRGEN.

Nada hay perdido definitivamente, ni para la Iglesia ni para el mundo, mientras tengamos a nuestro alcance a la Madre de Dios -omnipotencia suplicante- y Madre nuestra. Ella como Auxiliadora de los cristianos, Perpetuo Socorro, Madre de los Desamparados, y Virgen de los Remedios o cualquier otra advocación ,sabrá dar su protección poderosa a todos y cada uno de sus hijos católicos.que con fe y confianza acudan a Ella.

YO TE ADORO DIOS MÍO EUCARÍSTICO
presente en todos los Sagrarios Católicos del Mundo.
YO SÓLO QUIERO IR A JESÚS POR MARÍA
no acepto ninguna otra Vía
que la que Tú me diste Jesús clavado sobre una Cruz.

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San Francisco de Sales

CARTA ABIERTA A LOS PROTESTANTES

PRIMERA PARTE
DEFENSA DE LA AUTORIDAD DE LA IGLESIA

CAPÍTULO II
Errores de los ministros sobre la naturaleza de la Iglesia
§6 – La Iglesia no puede errar
Cuando Absalón procuró crear facciones y causar la división contra su buen padre David, se sentó junto a la puerta, en el camino, y a todos los que pasaban decía: Tus pretensiones me parecen razonables y justas: la lástima es que no hay persona puesta por el rey para oírte. ¡Oh, quién me constituyese juez de esta tierra, para que viniesen a mí todos los que tienen negocios, y yo les hiciese justicia!179 Así solevantó los ánimos de los israelitas. ¡Oh, cuántos Absalones se levantaron en nuestros días, los cuales, para seducir los pueblos y arrancarlos de la obediencia a la Iglesia y a los pastores, y para instigar los ánimos cristianos a la rebelión y revuelta, gritaron por todas las avenidas de Alemania y Francia: «No hay nadie puesto por Dios pueda escuchar las dudas sobre la fe y resolverlas; la misma Iglesia, los magistrados eclesiásticos, no tienen el poder de determinar lo que entra en la fe y lo que se sale de ella. Hay que buscar jueces distintos de los prelados, pues la Iglesia puede errar en sus decretos y reglas».

¿Qué proposición más dañina y temeraria podrían hacer al Cristianismo? Si la Iglesia puede errar, oh Calvino, oh Lutero, ¿a quién recurriré en mis dificultades? Dicen ellos: «a la Escritura». ¿Pero que podré hacer -pobre de mí- ya que es la propia Escritura la que me plantea tales dificultades? Mi duda no consiste en si tengo que creer o no en las Escrituras, pues, ¿quién no sabe que es la palabra de la verdad?

Mi dificultad consiste en comprender estas Escrituras, sus consecuencias, pues son tantas, tan diversas y contrarias sobre un mismo asunto, que cada uno toma partido, unos por unas, otros por otras, y entre ellas solo una es salvífica. ¿Quién me hará conocer la recta de entre tantas malas? ¿Quién me hará ver la verdad auténtica en medio de tantas vanidades patentes y enmascaradas? Cada cual quiere embarcarse en la nave del Espíritu Santo, pero no hay más que una, y esa sola llegará a buen puerto: las otras naufragarán. ¡Qué peligrosa elección! Todos los pretendidos dueños proclaman sus títulos a la misma nave con igual ufanía y seguridad, y así engañan a la mayoría.

El que dice que nuestro Maestro no nos dejó guías en un camino tan malo y peligroso, afirma que Él quiere nuestra perdición; el que dice que Él nos embarcó a la merced de vientos y mareas, sin darnos un piloto experimentado que sepa interpretar bien la brújula y la carta marítima, dice que el Señor no es providente; el que dice que este buen Padre nos envió a esta escuela eclesiástica sabiendo que en ella se enseña el error, dice que Él quiso educarnos en el vicio y en la ignorancia. ¿Alguna vez ha oído alguien hablar de una academia en que todos enseñan, pero nadie sea alumno? Así sería la república cristiana librada a todos los particulares. Y si la Iglesia se engaña, ¿quién no errará? Y si cada cual se engaña o puede engañarse, ¿a quien me dirigiré para instruirme? ¿A Calvino? ¿Y por qué no a Lutero, Brence o Pacimontano? Si la Iglesia errase, no sabríamos a quién recurrir en nuestras dificultades.
Empero, quien considere que el testimonio que Dios dio de la Iglesia es auténtico, comprenderá que decir que la Iglesia yerra equivale a decir que Dios yerra, o que es Su gusto y voluntad que erremos, lo que sería una gran blasfemia, porque dice Nuestro Señor: Si tu hermano pecare contra ti, díselo a la Iglesia; pero si ni a la Iglesia oyere, tenlo por gentil y publicano180. ¿Os dais cuenta de como Nuestro Señor nos remite a la Iglesia en nuestros diferendos, cualesquier que ellas sean? ¡Cuánto más entonces en el caso de injurias o diferendos mayores!
Si estoy obligado, a partir de la regla de la corrección fraterna, a recurrir a la Iglesia para hacer enmendar a un vicioso que me haya ofendido, ¡cuánto más obligado estaré a deferirle uno que dijere que toda la Iglesia es una Babilonia, adúltera, idólatra, mentirosa y perjura! Tanto más que su maldad podría infestar toda una región, siendo tan contagioso el vicio de la herejía que irá progresando como gangrena181. Así, pues, cuando yo viere a alguien que diga que todos nuestros padres, abuelos y bisabuelos fueron idólatras, corrompieron el Evangelio y practicaron cuantas maldades se derivan de la corrupción de la religión, me dirigiré a la Iglesia, cuyo juicio cada uno debe aceptar. Pues, si ella puede errar, ya no seré yo, ni siquiera el hombre, quien alimentará este error en el mundo, sino el propio Dios será quien lo autorice y le de crédito, pues Él mismo nos dijo que fuéramos a este tribunal para oír y recibir justicia; entonces, o bien Él no sabe lo que hace o nos quiere engañar, o bien, por el contrario, es allí que se administra la verdadera justicia y las sentencias son irrevocables. La Iglesia condenó a Berengario; quien quisiera proseguir el debate, yo lo consideraré como gentil y publicano, a fin de obedecer a mi Señor, que no me deja en libertad a este respecto, antes bien me ordena: Tenlo por gentil y publicano.

Esto mismo enseña San Pablo cuando llama a la Iglesia columna y fundamento de la verdad182. ¿No quiere esto decir que la verdad está firmemente sostenida por la Iglesia? En otros lugares, la verdad solamente se sostiene a intervalos, y con frecuencia cae, pero en la Iglesia permanece firme, sin vacilaciones, inmutable, sin vicisitudes; en pocas palabras, estable y perpetua.

Responder que lo que San Pablo quiere decir es que la Escritura fue dada en custodia a la Iglesia, y nada más, es valuar demasiado la comparación que propone, porque una cosa es sostener la verdad y otra muy diferente conservar la Escritura. Los judíos conservan una parte de la Escritura, así como también muchos herejes, pero no por eso son columna y fundamento de la verdad.

La corteza de la letra no es verdadera ni falsa, sino según el sentido que se le dé, así será verdadera o falsa. La verdad consiste, pues, en el sentido, que es como la médula, y consecuentemente, si la Iglesia fuese guardiana de la verdad, el sentido de las Escrituras le habría sido entregado para guardarlo, por lo que habría que buscarlo en ella misma y no en el cerebro de Lutero, o de Calvino, o de cualquier otra persona; por consiguiente, no puede errar, ya que siempre conserva el sentido de las Escrituras. Y, de hecho, colocar en este sagrado depósito la letra sin su sentido sería como poner la bolsa sin el dinero, la concha sin el caracol, la vaina sin la espada, el frasco sin el perfume, las hojas sin el fruto, la sombra sin el cuerpo.

Pero decidme: si la Iglesia es la depositaria de las Escrituras, ¿por qué Lutero las tomó y las lleva fuera de ella, y por qué no tomáis de sus manos también el libro de los Macabeos, o el Eclesiástico y todo el resto, como la Carta a los Hebreos? Porque ella también protesta haber cuidado tan celosamente unos y otros libros. En suma, las palabras de San Pablo se resisten a ese sentido que le quieren dar. Él habla de la Iglesia visible; si no, ¿adónde se dirigiría a Timoteo para hablarle? La llama Casa de Dios, por lo que está bien fundada, bien ordenada, bien cubierta contra toda clase de tormentas y tempestades de error: Ella es columna y fundamento de la verdad; en ella permanece la verdad, en ella vive, en ella se aloja; quien la busque fuera de ella, la perderá. Es tan perfectamente segura y firme, que todas las puertas del infierno, es decir, todas las fuerzas enemigas, no podrían dominarla183. Sería una plaza tomada por el enemigo si el error pudiese introducirse en las cosas que son para honra y servicio de nuestro Maestro. Nuestro Señor es la cabeza de toda la Iglesia184. ¿No tenéis vergüenza de decir que el cuerpo de un jefe tan santo es adúltero, profano, corrompido? Y no se diga que se refiere a la Iglesia invisible, porque tal no existe, como ya he demostrado anteriormente. Nuestro Señor es su jefe.

Dice San Pablo: Lo ha constituido cabeza de toda la Iglesia185, no de una de las iglesias para dos que vosotros imagináis, sino de toda la Iglesia. Donde dos o tres se hallan congregados en Mi nombre, allí me hallo yo en medio de ellos186. ¿Quién se atreverá a decir que la asamblea de la Iglesia universal de todos los tiempos fue abandonada a la merced del error y de la impiedad?

Concluyo, pues, afirmando que, cuando nosotros vemos que la Iglesia universal creyó y cree en algún artículo, sea que lo veamos expreso en las Escrituras, sea que se deduzca de las mismas, o por tradición, no debemos controlar ni discutir, o dudar de él, sino prestar obediencia y honra a esta celestial Reina que Nuestro
Señor gobierna, y regular nuestra fe a este nivel. Porque, así como habría sido una impiedad, por parte de los Apóstoles, haber contestado a su Maestro, también lo sería contestar a la Iglesia; porque, si el Padre dijo del Hijo: Ipsum audite187, también el Hijo dijo de la Iglesia: Si quis Ecclesiam non audiverit, sit tibi tamquam ethnicus et publicanus188.

CAPÍTULO III
Las notas de la Iglesia
§1 – La Unidad de la Iglesia: la verdadera Iglesia debe ser Una.
1 – Tantas son las veces y tantos los lugares en que la Iglesia, tanto militante como triunfante, y tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, es llamada casa y familia, que me parecería pérdida de tiempo recordarlas, pues esto es tan común en las Escrituras que todos los que las hayan leído nunca lo dudarán, y los que no leyeron, apenas lo hagan encontrarán por todos lados esta forma de hablar. Es de la Iglesia que San Pablo dice a su caro Timoteo: Ut scias quomodo oporteat te conversari in domo Dei, quæ est Ecclesia, columna et fundamentum veritatis189; es de ella que David dice: Beati qui habitant in domo tua Domine190; de ella dice el ángel: Regnabit in domo Jacob in æternum191; y de ella dice Nuestro Señor:
In domo Patris Mei mansiones multæ sunt192; Simili est regnum cælorum homini patrifamilias193; y también en muchos otros lugares.
Ahora, siendo la Iglesia una casa y una familia, no se puede dudar que su jefe no sea sino un solo, Jesucristo, siendo por eso llamada Casa de Dios. Pero este Jefe y padre de familia, al irse a la diestra de Dios, su Padre, habiendo dejado muchos servidores en su casa, quiso dejar uno que fuese el servidor en jefe, a quien todos los demás se refiriesen; por eso dice Nuestro Señor: Quis putas et servus fidelis et prudens, quem constituit Dominus super familiam suma?194 Y, de hecho, si no hubiese un gerente en un comercio, pensad como iría el negocio; y si no hubiese un rey en un reino, un capitán en una nave y un padre de familia en una familia, eso ya no sería una familia; pero escuchad a Nuestro Señor: Omnis civitas vel domus divisa contra se non stabit195. Jamás una provincia se podría gobernar a sí misma, principalmente si fuese grande. Os pregunto, oh señores tan clarividentes, que no queréis que en la Iglesia haya un jefe: ¿podríais presentarme un ejemplo de algún gobierno importante en que todos los gobiernos particulares no hagan referencia a uno principal? Dejemos de lado los macedonios, babilonios, judíos, medos, persas, árabes, sirios, franceses, españoles, ingleses y una infinidad de los más importantes, en los cuales la cosa es bien clara. Pensemos antes en las repúblicas; decidme: ¿dónde habéis visto una provincia que se gobierne por sí misma? ¡Jamás! La mejor parte del mundo fue otrora de la república de los romanos, pero una sola Roma gobernaba, una sola Atenas, una sola Cartago y así todas las antiguas, y también una sola Venecia, una sola Génova, una sola Lucerna, Friburgo y otras. Nunca encontraréis el caso de que todas las partes de una grande y notable provincia se gobernasen a sí mismas: hizo, hace y hará falta un solo hombre o un solo organismo de hombres residentes en un lugar determinado, o una sola ciudad, o una sola porción de toda la provincia haya gobernado el resto, si la provincia era grande.
Señores aficionados a historias, estoy cierto de vuestra respuesta, que no consentiréis que alguien me desmienta. Empero, suponiendo -lo que es realmente falso- que alguna provincia en particular se hubiese gobernado a sí misma, ¿cómo podría decirse otro tanto de la Iglesia cristiana, la cual es tan universal que comprende el mundo entero? ¿Cómo podría ser una si estuviese gobernada por sí misma? Dicho de otro modo, ¿haría falta tener constantemente reunido el concilio de todos los obispos? ¿Haría falta que todos los obispos estuviesen siempre ausentes de sus diócesis? ¿Y eso cómo podría ser? Y, si todos los obispos son iguales, ¿quién los convocaría? ¿Qué esfuerzos habría que hacer para convocar un concilio cada vez que surgiese alguna duda de fe? Es de todo punto imposible conseguir que toda la Iglesia y cada parte de ella se gobiernen por sí mismas sin relacionarse entre sí.
Y visto que he probado suficientemente que es necesario que una parte se relacione con la otra, os pregunto con cuál de ellas se debe relacionar. O es una provincia, o una ciudad, o una asamblea, o un particular; si se trata de una provincia, ¿cuál de ellas? No es en Inglaterra, porque cuando ella era católica, ¿dónde le encontráis ese derecho? Si proponéis otra provincia, ¿dónde estaría? ¿Y por qué ésa y no otra? Tanto más que jamás hubo provincia que reivindicase un tal privilegio. Si se trata de una ciudad, tiene que ser una de las Patriarcales; ahora bien, de las Patriarcales no hay más que cinco: Roma, Antioquia, Alejandría, Constantinopla y Jerusalén. ¿Cuál de las cinco? Todas son paganas excepto Roma. Por consiguiente, si tiene que ser una ciudad, es Roma; si tiene que ser una asamblea, es la de Roma. Pero no: no es ni una provincia, ni una ciudad, ni una asamblea homogénea y perpetua, sino un solo hombre, constituido jefe sobre toda la Iglesia: Fidelis servus et prudens, quem constituit Dominus196.

Concluyamos, pues, que Nuestro Señor, para dejar unida su Iglesia, al partir de este mundo dejó un solo gobernador y vicario general, a quien todos deben recurrir en cualquier dificultad.

2 – Siendo las cosas así, os digo que este servidor general, este dispensador y gobernador, jefe de la casa de Nuestro Señor, es San Pedro, el cual tiene toda la razón para decir: O domine quia ego servus197. Y no solamente servus, sino más también: quia qui bene præsunt duplici honore digni sunt198; ni solamente servus tuus, sino más todavía: filius ancillæ tuæ. Cuando se tiene un servidor de categoría, más se confía en él, y fácilmente se le encomiendan las llaves de la casa; no me faltan, pues, motivos para presentar a San Pedro diciendo: O domine, etc., porque él es el siervo bueno y fiel199, a quien, como servidor de categoría, el Maestro confió las llaves: Tibi dabo claves regni cælorum200. San Lucas nos muestra bien que San Pedro es este servidor, porque, después de haber relatado la advertencia de Nuestro Señor a sus discípulos: beati servi quos cum venerit Dominus invenerit vigilantes; amen dico vobis, quod præcinget se, et faciet illos discumbere, et transiens ministrabit illis, sólo San Pedro interrogó a Nuestro Señor: Ad nos dicis hanc parabolam an ad omnes? Nuestro Señor, respondiendo a Pedro, no dice qui putas, erunt fideles, como había dicho beati servi, sino tan sólo: Quis putas est dispensator fidelis et prudens, quem constituit Dominus super familiam suam ut det illis in tempore tritici mensuram201? Y, de hecho, Teofilacto dice que San Pedro hizo esta pregunta como quien tenía el primer cargo en la Iglesia, y San Ambrosio202 dice que la primera palabra -beati- se entiende referida a todos, mas las segundas -quis putas- se refieren a los obispos, y más específicamente al primero de ellos. Nuestro Señor, entonces, responde a San Pedro como diciendo: «Lo que digo en general pertenece a todos, pero de manera particular a ti, pues ¿quién piensas tú que es el siervo bueno y fiel»?

Realmente, si queremos indagar con cuidado esta parábola acerca de quién puede ser el servidor que deba dar trigo, ése no es otro que San Pedro, a quien se encomendó el alimentar a los demás: Pasce oves meas203. Al salir, el dueño de casa sale entrega las llaves al mayordomo, que no es otro que San Pedro, a quien Nuestro Señor dice: Tibi dabo claves regni cælorum204. Todo se refiere al gobernador, y los restantes oficiales se apoyan en él en cuanto a la autoridad, de la misma forma que el edificio en el fundamento. Así, San Pedro es llamado piedra, sobre la cual la Iglesia está fundada: Tu es Petrus, et super hanc petram205; cephas quiere decir, en siríaco, piedra, lo mismo que selah en hebreo, pero el intérprete latino dijo Petrus, porque en griego hay petros, que también significa piedra como petra. Y Nuestro Señor, en San Mateo, dice que «el hombre prudente construye su casa y la funda sobre la roca», super petram206. Por eso, el diablo, padre de la mentira y mono de Nuestro Señor, quiso hacer cierta imitación, fundando su desdichada herejía principalmente en una diócesis de San Pedro, y en una Rochelle. Además, Nuestro Señor pide que ese servidor sea prudente y fiel, y San Pedro tiene ciertamente estas dos cualidades: pues, ¿cómo podría faltar la prudencia a quien gobierna no por la carne ni por la sangre, sino por el Padre que está en los cielos207? ¿Y cómo podría faltarle la fidelidad, si Nuestro Señor dijo: Rogavi pro te ut non deficeret fides tua208? Hay que creer en esto, ya que exauditus est pro sua reverentia209, y Nuestro Señor da testimonio probado al completar: et tu conversus confirma fratres tuos210; esto como si quisiera decir: «He rezado por ti para que tu confirmes a los demás, ya que por los otros no recé, visto que tienen en ti un refugio seguro».

3 – Concluyamos entonces que fue necesario que Nuestro Señor Jesucristo, abandonando su Iglesia, en cuanto a su ser corporal y visible, dejase un lugarteniente y vicario general visible, y éste es San Pedro, por lo que él podía decir: O domine quia ergo servus tuus.
Me diréis: «Nuestro Señor no murió y está siempre con su Iglesia; ¿para qué entonces le adjudicáis un vicario?» Os respondo que, no estando muerto, no necesita un sucesor, sino solamente un vicario que asista verdaderamente a su Iglesia en todo y en todas las partes con su gracia invisible, no obstante lo cual, con el fin de no hacer un cuerpo visible sin un jefe invisible, también quiso asistirla en la persona de un vicario visible, por medio del cual, además de los favores invisibles, administra perpetuamente su Iglesia de forma y manera conveniente a la suavidad de su disposición.
Me diréis todavía en la Iglesia no hay más ningún fundamento a no ser Nuestro Señor: Fundamentum aliud nemo potest ponere præter id quod positum est quod est Christus Jesus211. Os concedo que tanto la Iglesia militante como la triunfante están fundadas sobre Nuestro Señor como fundamento principal; pero Isaías predijo que en la Iglesia debía haber dos fundamentos: Ecce ego ponam in fundamentis Sion lapidem, lapidem probatum, angularem, prætiosum, in fundamento fundatum212. Sé bien cómo un gran personaje lo explica, pero me parece que este pasaje de Isaías debe interpretarse sin salir del capítulo decimosexto de San Mateo, en el Evangelio de hoy. Isaías213 se quejaba de los judíos y de sus sacerdotes, en la persona de Nuestro Señor, porque ellos no querían creer:
Manda remanda exspecta y lo que se sigue, a lo que añade id circo hæc dicit Dominus; por ende, el Señor dijo: Ecce ego mittam in fundamentis Sion lapidem.

Dice in fundamentis porque también los otros Apóstoles eran fundamento de la Iglesia: Et murus civitatis -dice el Apocalipsis214- habens fundamenta duodecim et in ipsis duodecim, nomina duodecim apostolorum agni; y en otro lugar dice: Fundatis super fundamenta prophetarum et apostolorum ipso summo lapide angulari Christo Jesu215; y el Salmista: Fundamenta ejus in montibus sanctis216. Pero entre todos, hay uno que, por sus excelencias y superioridad, es llamado piedra y fundamento, aquel de quien Nuestro Señor dijo: Tu es Petrus, id est, Lapis.
Lapidem probatum. Escuchad a San Mateo217; dice que Nuestro Señor colocará una piedra probada. ¿Qué prueba queréis más que esta: quem dicunt homines esse Filium hominis? Pregunta difícil, a la cual San Pedro, explicando el secreto y arduo misterio de la comunicación de idiomas, responde tan pertinentemente, que concluye y prueba que verdaderamente él es la piedra, diciendo: Tu es Christus, Filius Dei vivi.

Isaías prosigue y dice: lapidem prætiosum. Oye la estima que Nuestro Señor tiene por San Pedro: Beatus es, Simon Bar Jona.
Angularem.. Nuestro Señor no dice que fundamentará solamente una muralla de la Iglesia, sino toda la Iglesia: Ecclesiam Meam. Es, pues, angular in fundamento fundatum, fundada sobre el fundamento; será fundamento, mas no el primero, porque ya habrá otro fundamento: Ipso summo lapide angulare Christo218.

He aquí entonces como Isaías explica a San Mateo, y San Mateo a Isaías. No acabaría nunca si quisiera decir todo lo que me viene a la mente a este propósito. §2 – La Iglesia Católica está unida en un jefe visible, la protestante no. Consecuencias.
No me extenderé mucho en este punto. Sabéis que todos, en cuanto católicos, reconocemos al Papa como Vicario de Nuestro Señor; la Iglesia Universal lo reconoció últimamente en Trento cuando se dirigió a él para que confirmase las resoluciones que ella había tomado, y cuando ella recibió a sus delegados como presidentes ordinarios y legítimos del concilio.
Perdería también tiempo demostrando que vosotros no tenéis un jefe visible: esto no lo negáis. Tenéis un consistorio supremo, como los de Berna, Ginebra, Zürich y otros, que no dependen de ningún otro. Estáis tan lejos de querer reconocer un jefe universal, que ni siquiera tenéis un jefe provincial.

Todos los ministros son iguales entre vosotros y no tienen ninguna prerrogativa en el consistorio, incluso son inferiores, en ciencia y en participación activa, al presidente, que no es ministro. Y en cuanto a vuestros obispos o vigilantes, no sólo no os habéis contentado con rebajarlos al rango de ministros, sino que los habéis hecho inferiores con el fin de no dejar nada en su lugar. Los ingleses tienen su reina por jefe de su iglesia, contra la palabra de Dios: tampoco ellos están tan desesperados -que yo sepa- como para querer que ella sea jefe de la Iglesia Católica, sino solamente de esos miserables países. En resumen, no hay ningún jefe en las cosas espirituales entre vosotros ni entre los demás que profesan contradecir al Papa.

Veamos entonces las consecuencias de esto. La verdadera Iglesia debe tener un jefe visible para su gobierno y administración, que la vuestra no tiene, y por consiguiente, no es verdadera Iglesia. Por el contrario, hay una Iglesia en el mundo, verdadera y legítima, que sí tiene un jefe visible, y no hay otra que el tenga fuera de la nuestra; por eso, sólo la nuestra es la verdadera Iglesia. Pasemos a otra cosa.

§3 – La Unidad de la Iglesia en la Fe y en la creencia. La verdadera Iglesia debe estar unida en su doctrina.
¿Cristo se ha dividido?219. No, por cierto, porque es el Dios de la paz y no de las disensiones, como San Pablo enseñaba en todas las Iglesias220. No puede ocurrir, pues, que la verdadera Iglesia viva en disensión y división de credo y doctrina, porque Dios ya no sería su Autor ni Esposo, y, como reino dividido en sí mismo, perecería221. Ni bien Dios toma un pueblo como suyo, como hizo con la Iglesia, le concede la unidad de corazón y de camino. La Iglesia es un solo cuerpo, del cual todos los fieles son miembros, trabado y conexo entre sí por todos los vasos y conductos de comunicación222; no hay sino una fe y un espíritu que anima todo el cuerpo.
Dios está en su lugar santo, da a los desvalidos la cobertura de una casa, abre a los prisioneras la puerta de la felicidad223; así, la verdadera Iglesia de Dios debe estar unida, ligada y estrechamente juntada en una misma creencia y doctrina.

§4 – La Iglesia Católica está unida en la creencia, y, por el contrario, la reformada no.
«Es necesario que todos los fieles se junten y vengan a juntarse a la Iglesia Romana -decía San Ireneo224- debido a su mayor importancia». Y Julio I decía que era la «madre de la dignidad sacerdotal». Es «el principio de la unidad sacerdotal», es el «lugar de la unidad», decía San Cipriano225. Y añade: «No ignoramos que hay un Dios, un Cristo y Señor que hemos confesado, un Espíritu Santo, un Obispo en la Iglesia Católica». El buen Optato decía a los Donatistas: «Tu no puedes negar que sabes que en la ciudad de Roma se encuentra la primera sede conferida a San Pedro, en la cual se sentó el jefe de todos los Apóstoles, San Pedro, que fue llamado Cefas; Cátedra en la cual todos conservaron la unidad a fin de que los demás Apóstoles no quisiesen ni defender, ni pretender cada uno una para sí, y que desde entonces, quien quiso levantar su cátedra contra esta única sede, fue tenido por cismático y pecador. Por eso, en esta única cátedra, primera entre todas, se sentó primero San Pedro»226. Estas son las palabras de este antiguo y santo doctor. Todos los católicos de ahora adoptan la misma resolución: consideramos a la Iglesia Romana como lugar de encuentro en cualquier dificultad, somos todos sus humildes hijos, y de la leche de sus pechos nos alimentamos; somos todos ramajes de este tan fecundo tronco, y únicamente de sus raíces extraemos la savia de la doctrina. Esta es la razón por la cual estamos revestidos por el mismo credo, porque, sabiendo que hay un jefe y lugarteniente general de la Iglesia, lo que resuelve y determina contando con el parecer de los otros prelados, cuando lo expone desde la cátedra de Pedro para enseñar a los cristianos, sirve de ley y de nivel a nuestra creencia.
Recórrase el mundo entero, y en cualquier lugar se verá la misma fe entre todos los católicos; si hubiere alguna diversidad de opiniones, o tal no será en cosas pertenecientes a la fe, o entonces, que simplemente lo determine el concilio general o la Sede Romana, y veréis que cada uno acepta su definición. Nuestros entendimientos no se separan unos de otros en sus creencias, sino que, por el contrario, se mantienen estrechamente unidos y justamente apretados por el lazo de la autoridad superior de la Iglesia, a la cual todos se refieren con humildad, y en ella apoyan su fe, como columna y apoyo de la verdad227; nuestra Iglesia Católica no tiene más que un lenguaje y un mismo decir en toda la tierra.
Por el contrario, señores, ni bien vuestros primeros maestros quisieron destacarse, pensaron en construir una torre de doctrina y ciencia que se elevase hasta tocar el cielo, y que les ganase la magnífica y grande reputación de reformadores, Dios, queriendo impedir este ambicioso designio, los libró a tal diversidad de lenguaje y creencia, que comenzaron a dividirse por todos lados, de tal manera que toda su obra no fue más que una miserable Babel de confusiones. ¡Cuántas contrariedades produjo la reforma de Lutero! No podría referirlas en este libro; el que las quiera ver, que lea el opúsculo de Frederic Staphyl De concordia discordiæ; a Sander, en el Libro VII de su Visible Monarchie; y a Gabriel de Préau en la Vie des hérétiques. Recordaré solamente lo que no debéis ignorar y que ahora veo con mis propios ojos.
No tenéis el mismo canon de las Escrituras: Lutero no admite la epístola de Santiago, que vosotros admitís. Calvino considera contrario a las Escrituras que haya un jefe en la Iglesia; los ingleses dicen lo contrario. Los Hugonotes franceses dicen que, según la palabra de Dios, los sacerdotes no son menos que los obispos; los ingleses tienes obispos que tienen mando en los sacerdotes; entre ellos, dos arzobispos, uno de los cuales es llamado primado, nombre absolutamente rechazado por Calvino.
Los puritanos, en Inglaterra, tienen como artículo de fe que no es lícito predicar, bautizar o rezar en las iglesias que fueron de los católicos, pero aquí no se es tan drástico; notad bien que dije que lo consideran artículo de fe, hasta el punto de preferir sufrir la prisión y el castigo que contradecirse. ¿No sabéis que en Ginebra se considera una superstición celebrar la fiesta de cualquier santo? En Suiza se celebran, y vosotros hasta celebráis una fiesta de Nuestra Señora. Y aquí no se trata de que unos lo hagan y otros no, porque eso no sería contrariedad de religión, sino que lo que vosotros y algunos suizos observáis, otros lo consideran contrario a la pureza de la religión. ¿No sabéis que uno de vuestros principales ministros (Teodoro de Beza) dijo en Poissy que el Cuerpo de Nuestro Señor «estaba tan apartado de la Cena como el cielo de la tierra»? ¿Y no sabéis también que eso es tenido por falso por muchos otros? ¿No confesó últimamente uno de vuestros maestros la realidad del Cuerpo de Nuestro Señor en la Cena, que otros niegan? ¿Podéis acaso negarme que, con respecto a la justificación, estáis tan divididos entre vosotros mismos como en relación a nosotros? Testigo de esto es el anonyme disputateur. En resumen, cada uno habla su propio lenguaje, y de todos los Hugonotes con que he hablado, nunca he encontrado dos que tuviesen las mismas creencias.
Pero lo peor de todo es que no os podéis poner de acuerdo, porque, ¿dónde encontraréis un árbitro seguro? No tenéis ningún jefe en la tierra para poder dirigiros a él en vuestras dificultades; creéis inclusive que la Iglesia puede engañarse y engañar los demás; no querríais confiar vuestra alma en mano tampoco segura, donde vosotros tenéis poca cuenta.
Ni siquiera la Escritura puede ser vuestro árbitro, porque es precisamente por causa de ella que estáis en litigio, con unos entendiéndola de una manera y otros de otra.
Vuestras discordias y disputas serán inmortales si no aceptáis la autoridad de la Iglesia; atestiguan esto los coloquios de Lüneburg, de Mulbrun, de Montbéliard, y recientemente el de Berna; testimonio de esto son también Tilmann Heshusius y Erasto, o Brence y Bullinger. Ciertamente, la división que hay entre vosotros a respecto del número de sacramentos es importante; ahora normalmente, entre vosotros, sólo se aceptan dos sacramentos; Calvino admite tres, añadiendo al Bautismo y a la Cena también el Orden; Lutero dice que el tercero es la penitencia, pero después dice que solo hay uno; finalmente, los protestantes del coloquio de Ratisbona, entre los cuales se encontraba Calvino, como atesta Beza en su Vida, confiesan que hay siete sacramentos. ¿Cómo podéis estar divididos acerca de la omnipotencia de Dios? Mientras que unos niegan que un cuerpo pueda estar -se entiende que por gracia de Dios- en dos sitios, otros niegan la absoluta omnipotencia, y otros no niegan nada de todo esto. Y si quisiera mostraros las grandes contradicciones que hay en la doctrina de aquellos que Beza reconoce como gloriosos reformadores de la Iglesia, a saber, Jerónimo de Praga, Juan Huss, Wycleff, Lutero, Bucer, Ecolampadio, Zwinglio, Pomeran y otros, me sería imposible: sólo Lutero os instruirá suficientemente sobre la buena concordia que hay entre ellos en la queja que hace contra Zwinglio y los Sacramentarios, a los cuales llama Absalón y Judas, y espíritus fanáticos, en el año de 1527. Su Alteza Emanuel Filiberto, de feliz memoria, contó al docto Antoine Possevin que en el coloquio de Worms, en Septiembre de 1557, cuando se pidió a los protestantes su confesión de fe, todos, uno tras otro, salieron fuera de la asamblea por no poder ponerse de acuerdo. Este gran príncipe es digno de crédito y lo dice por haber estado presente. Toda esta división encuentra su fundamento en el desprecio que hacéis de un jefe visible en la tierra, porque, no estando ligado para la interpretación de la Palabra de Dios a ninguna autoridad superior, cada uno toma el partido que mejor le parece. Eso es lo que dice la Sabiduría, entre los soberbios hay continuas reyertas228, lo que es señal de verdadera herejía. Los que están divididos en muchos partidos no pueden ser llamados Iglesia, porque, como dice San Juan Crisóstomo, «el nombre de «Iglesia» es un nombre de consentimiento y concordia».
Nosotros, por el contrario, tenemos todos un mismo canon, para las Escrituras, y un mismo jefe, y las mismas reglas para entenderlas; vosotros tenéis diversidad de cánones, y para interpretarlos tenéis tantas reglas como personas. Nosotros respondemos todos al toque de la trompeta de un solo Gedeón, y tenemos un mismo espíritu de fe en el Señor y en su Vicario, la espada de las decisiones229 de Dios y de la Iglesia, según la palabra de los Apóstoles230, visum est Spiritui Sancto et nobis. Esta unidad de lenguaje es para nosotros una verdadera señal de que somos el ejército del Señor, mientras que vosotros no podéis ser reconocidos sino como Madianitas, que no hacéis más que gritar cada uno a su modo, peleando unos contra los otros, estrangulándoos y matándoos a vosotros mismos con vuestras disensiones, como dice Dios por Isaías: Haré que vengan a las manos egipcios contra egipcios, y combatirá el hermano contra su propio hermano, y el amigo contra su amigo, ciudad contra ciudad, reino contra reino. Y quedará Egipto sin espíritu en sus entrañas, y trastornaré sus consejos231. Y San Agustín dice que, «así como Donato había tratado de dividir a Cristo, así Él mismo estuvo dividido por la cotidiana separación de los suyos». Bastaría esta señal para que abandonaseis vuestra pretendida iglesia, porque quien no está con Dios, está contra Dios232; Dios no está en vuestra iglesia, porque él sólo vive en el lugar de paz233, y en vuestra iglesia no hay paz ni concordia.
§5 – Segunda nota de la Iglesia: la Santidad.
La Iglesia de Nuestro Señor es santa; es un artículo de fe. Nuestro Señor se sacrificó por ella para santificarla234; es un pueblo santo, dice San Pedro235.
El Esposo es santo y la Esposa es santa; es santa estando dedicada a Dios, como los primogénitos en la antigua sinagoga eran llamados santos por eso solo236. Ella es santa también porque es santo el Espíritu Santo que la vivifica237, y porque es el cuerpo místico de un Jefe que es santísimo238. También lo es porque todas sus acciones interiores y exteriores son santas; no cree, ni espera ni ama nada sino santamente; en sus oraciones, predicaciones, sacramentos, sacrificios es santa. Pero esta Iglesia posee su santidad interior, según la expresión de David: en el interior está la principal gloria de la hija del Rey239; también su santidad exterior: Con vestidos de oro recamado240. La santidad interior no puede verse; la exterior no puede servir de señal, ya que todas las sectas dicen poseerla, y es verdaderamente difícil reconocer la verdadera oración, predicación, y administración de los sacramentos. Pero además de todo eso, hay otras señales por las cuales Dios hace reconocer su Iglesia, que son como el perfume y los olores, como dice el Esposo del Cantar de los Cantares241: Es el olor de tus vestidos como incienso; de esta forma podemos, siguiendo los olores y perfumes242, buscar y encontrar la verdadera Iglesia y el lugar de la cría del unicornio243.

§6 – La verdadera Iglesia debe resplandecer por sus milagros.
La Iglesia, pues, tiene leche y miel debajo de su lengua244, en su corazón, que es la santidad interior, que no podemos ver; está ricamente adornada con vestidos en oro recamado245, que es la santidad exterior, que puede verse. Empero, visto que las sectas y herejías adornan sus vestidos de la misma manera sobre un tejido falso, ella, además de eso, tiene perfumes y olores propios, y también ciertos signos y brillos de santidad que le son tan genuinos que ninguna otra asamblea puede gloriarse, de manera particular en nuestros tiempos: porque, en primer lugar, resplandece en milagros, que son perfumes y suaves olores, signos específicos de la presencia de Dios inmortal; tales los designa San Agustín246.
Y, de hecho, cuando Nuestro Señor dejó este mundo, prometió que la Iglesia estaría acompañada de milagros: A los que creyeron, acompañarán estos milagros: en mi nombre lanzarán los demonios, hablarán nuevas lenguas, manosearán las serpientes; y si algún veneno bebieren, no les hará daño; pondrán las manos sobre los enfermos, y quedarán éstos curados247. Analicemos de cerca estas palabras:
1) No dice que sólo los Apóstoles harían estos milagros, sino los que creyeron;
2) No dice que todos los creyentes en particular harán milagros, sino que los que creyeron serán acompañados por esas señales;
3) Él no dice que eso fue solamente por diez años o veinte, sino que esos milagros acompañarán a los creyentes. Nuestro Señor habla sólo de los Apóstoles, pero no sólo para los Apóstoles; habla del cuerpo de creyentes en general, o sea, habla de la Iglesia; él habla absolutamente, sin distinción de tiempos. Demos, pues, a estas palabras la extensión que Nuestro Señor quiso darles. Los creyentes están en la Iglesia, los creyentes son acompañados por milagros; luego, en la Iglesia tienen que darse milagros en todos los tiempos.Veamos ahora por qué razón el poder de los milagros fue legado a la Iglesia: sin duda, fue para confirmar la predicación evangélica;
San Marcos lo atesta, y San Pablo248, que afirma que Dios dio testimonio de la fe que anunciaba por milagros. Dios puso estos instrumentos en las manos de Moisés para que se le creyera249, de donde Nuestro Señor dice que, si él no hubiese hecho milagros, los judíos no estarían obligados a creerle250. Ahora bien, ¿no debe la Iglesia combatir siempre la infidelidad? ¿Por qué entonces queréis retirarle este buen bastón que Dios puso en sus manos? Sé bien que ella no tiene de él tanta necesidad como al principio; desde que este santo árbol de la fe crió buenas raíces, no se debe regar con tanta frecuencia, pero también es filosofar bastante mal quitarle totalmente el efecto cuando permanecen en buena parte la necesidad y la causa.
Por otro lado, mostradme alguna época en la cual la Iglesia visible haya estado sin milagros, desde que comenzó hasta hoy. En los tiempos de los Apóstoles hiciéronse infinitos milagros, bien lo sabéis; después, ¿quién no conoce el milagro relatado por Marco Aurelio Antonino, hecho por las oraciones de la legión de soldados cristianos que estaban en su ejército, que por eso recibió el sobrenombre de «Fulminante»? ¿Quién no conoce los milagros de San Gregorio Taumaturgo, San Martín, San Antonio, San Nicolás, San Hilario, y las maravillas que ocurrieron en tiempos de Teodosio y Constantino? Todo esto está relatado por autores irreprensibles: Eusebio, Rufino, San Jerónimo, Basilio, Sulpicio, Atanasio. ¿Quién no sabe lo que ocurrió con la Invención de la Santa Cruz, en tiempos de Juliano el Apóstata? En tiempos de San Juan Crisóstomo, Ambrosio, Agustín, viéronse muchos milagros que ellos mismos nos relatan.
¿Por qué queréis entonces que, siendo la Iglesia la misma, deje ahora de hacer milagros? ¿Qué razones habría para eso? En efecto, aquello que siempre hemos visto, en todas las épocas, acompañar a la Iglesia, no podemos designarlo sino por el nombre de Propiedad de la Iglesia; la verdadera Iglesia hace resplandecer su santidad en los milagros. Porque, si Dios se tornó tan admirable en su propiciatorio, en su Sinaí, y en su la zarza ardiente, porque allí quiso hablar a los hombres, ¿por qué no haría milagrosa su Iglesia, en la cual quiere permanecer para siempre?
§7 – La Iglesia Católica está acompañada de milagros, y la pretendida no. Desearía ahora que os mostraseis razonables, sin trapisondas ni pertinacia. Informaciones recogidas debida y auténticamente relatan que, en los comienzos de este siglo, San Francisco de Paula floreció en indudables milagros, como el de la resurrección de los muertos; otro tanto se refiere de San Diego de Alcalá. No se trata de rumores inciertos, sino de pruebas ciertas e informaciones verídicas.
¿Acaso negaríais la aparición de la cruz hecha al valiente y católico capitán Albuquerque y a toda su gente en la isla de Cormorán, que tantos historiadores relatan251 y en la cual tanta gente tomó parte? El devoto Gaspar Barzia curaba enfermos en la India únicamente rezando a Dios por ellos en la Misa, y tan repentinamente, que sólo podía hacerlo la mano de Dios.

San Francisco Javier curó paralíticos, sordos, mudos, ciegos; resucitó un muerto, y su cuerpo, a pesar de haber sido enterrado con cal, no se corrompió, como atestan los que lo vieron entero quince meses después de su muerte252; estos dos últimos murieron solamente hace cuarenta y cinco años.
En Meliapor se encontró una cruz, grabada en piedra, que se cree haber sido enterrada por los cristianos del tiempo de Santo Tomás; cosa admirable, y no menos verdadera, es que casi todos los años, cerca de la fiesta de este glorioso Apóstol, esta cruz suda sangre abundantemente, o un líquido parecido a la sangre, y muda de color, haciéndose blanca pálida, después negra, y a veces de un azul resplandeciente y muy agradable, retomando finalmente su color natural. Esto lo ve todo el pueblo, y el obispo de Cochín envió una atestación pública, con la imagen de la cruz, al santo Concilio de Trento253. De esta manera se producen milagros en la India, donde la fe no está afirmada del todo aún; debido a la brevedad que aquí se impone, dejo de mencionar un sin fin de casos semejantes.
El buen padre Luis de Granada, en su Introducción al Símbolo, refiere varios casos recientes e innegables. Entre varios otros, relata la cura que los reyes católicos de Francia hicieron en nuestros días de la escrófula, enfermedad incurable, no diciendo más que estas palabras: «Dios te cura, el Rey te toca», ni empleando otra disposición sino la de confesarse y comulgar en ese día.

He leído la historia de la cura milagrosa de Jacques, hijo de Claude André, de Belmont, en la aldea de Baulne, en la Borgoña: había quedado durante ocho años mudo e impotente; después de haber hecho sus devociones en la iglesia de San Claudio en el día de su fiesta, el 8 de junio de 1588, se vio curado y sano de inmediato. ¿No llamáis a esto un milagro? Hablo de cosas próximas: he leído el acta publicada, he hablado con el notario Vion, que la redactó y firmó debidamente; no faltaron testigos, pues había gente a miles. ¿Pero por qué me entretengo en mostraros solamente los milagros del nuestro siglo? ¿San Malaquías, San Bernardo y San Francisco no eran de nuestra Iglesia? No podréis negarlo; quienes escribieron sus vidas fueron doctos y santos, ya que San Bernardo escribió la de San Malaquías, y San Buenaventura la de San Francisco, y a ninguno de ambos faltó suficiencia ni conciencia, y, aún así, relatan muchos y grandes milagros; pero, sobre todo, las maravillas que ocurren ahora a nuestra puerta, a la vista de nuestros príncipes y de toda la Saboya, cerca de Mondoví, deberían cerrar las puertas a todas las pertinacias.
¿Qué decís de todo esto? ¿Que estos son los milagros que haría el Anticristo? San Pablo afirma que serán falsos254. El mayor que San Juan refiera255 será hacer caer fuego del cielo. Satanás puede hacer tales milagros, y los hizo, sin duda, pero Dios dará pronto remedio a su Iglesia, porque a estos milagros, los siervos de Dios Elías y Enoc, como relatan el Apocalipsis256

y los intérpretes, opondrán otros milagros de mayor poder, porque no solamente se servirán del fuego para castigar milagrosamente a sus enemigos, sino también tendrán el poder de cerrar el cielo a fin de que no llueva ni una gota, mudar y convertir las aguas en sangre, y enviar a la tierra el castigo que mejor les parezca; tres días y medio después de su muerte, resucitarán y subirán al cielo, y la tierra temblará con su ascensión. Entonces, por la oposición de los verdaderos milagros, las ilusiones del Anticristo serán descubiertas y, de la misma manera que Moisés hizo finalmente confesar a los magos del Faraón: Digitus Dei est hic257, así Elías y Enoc harán también que sus enemigos dent gloriam Deo caeli258. Elías hará con los profetas lo que en otros tiempos hizo para castigar la impiedad de los Baalitas y demás religiones259.
Quiero decir entonces:
1) que los milagros del Anticristo no son como los que hacemos en la Iglesia, y, consecuentemente, no se deduce que, si aquellos no son característicos de la Iglesia, tampoco lo sean estos; aquellos serán demostrados falsos y combatidos por otros mayores y sólidos, estos son sólidos y nadie podrá oponer otros mayores.
2) Los milagros del Anticristo no serán nada más que un fogaril de tres años y medio de duración, mientras que los milagros de la Iglesia le son de tal manera propios que desde que fue fundada siempre resplandeció por sus milagros;

los milagros del Anticristo serán forzados y no durarán, mientras que los de la Iglesia son naturales, debido a su naturaleza sobrenatural, y, por consiguiente, los hace siempre y siempre los hará, para verificar las palabras evangélicas: A los que creyeron, acompañarán estos milagros260.
Me diréis que los Donatistas -según refiere San Agustín- hicieron milagros; tratábase, empero, sólo de algunas visiones y revelaciones, de las cuales se vanagloriaban sin testimonio alguno. Ciertamente, a partir de tales visiones particulares no puede probarse que la Iglesia es verdadera; al contrario, únicamente por el testimonio de la Iglesia, como dice el mismo San Agustín, puede probarse o suponerse que tales visiones particulares son verdaderas. Porque si Vespasiano curó a un ciego y a un cojo, los propios médicos, según Tácito261, descubrieron que la ceguera y minusvalidez no eran incurables; no es, pues, portento alguno si el diablo los supo curar. Sócrates262 refiere que un judío que había sido bautizado se presentó a Pablo, obispo Novaciano, para ser rebautizado; súbitamente, las aguas de la fuente desaparecieron. Esta maravilla no se hizo para confirmar el Novacianismo, pero sí el santo Bautismo, que no debía reiterarse. Así, dice San Agustín: «Algunas maravillas se produjeron entre los paganos»263; no para probar el paganismo, sino la inocencia, la virginidad y la fidelidad, que dondequiera que se encuentren, son amadas y apreciadas por su autor. Por otro lado, estas maravillas ocurrieron sólo ocurrieron rara vez, por lo cual no se puede sacar ninguna conclusión; a veces, las nubes echan resplandores, pero sólo el sol tiene por marca y propiedad el iluminar.
Dejemos clara esta afirmación: la Iglesia siempre estuvo acompañada de milagros sólidos y bien probados, como los de su Esposo, luego es la verdadera Iglesia; porque, sirviéndome, en caso semejante, de las razones del buen Nicodemo, diría: Nulla societas potest hæc signa facere quæ hæc facit, tam illustria aut tam constanter, nisi Dominus fuerit cum illa264; y, como decía Nuestro Señor a los discípulos de San Juan: Dicite, cæci vident, claudi ambulant, surdi audiunt265, para demostrar que él era el Mesías, de la misma forma debemos concluir, sabiendo que en la Iglesia se hacen milagros tan grandes, que vere Dominus est in loco266.
Pero en cuanto a vuestra pretendida iglesia, sólo sabría decirle esto: si potes credere, omnia possibilia sunt credenti267: si fuese la verdadera Iglesia, estaría acompañada de milagros. Me diréis que no es vuestro oficio el hacer milagros ni expulsar demonios; en cierta ocasión se salió mal uno de vuestros grandes maestros, que quiso mezclarse en estos oficios, como relata Bolsec268. Illi de mortuis vivos suscitabant -decía Tertuliano269- isti de vivis mortuos faciunt. Corre el rumor de que uno de lo vuestros curó una vez a un endemoniado, sin embargo, no dicen dónde, ni cuándo, ni cómo, ni quién era la persona curada, ni quiénes fueron los testigos. Es normal que se engañe en su primer intento el aprendiz de un oficio; con frecuencia hacen correr ciertos rumores entre vosotros para tener en vilo al pueblo simple, pero ya que no tienen autor, tampoco deben tener autoridad; además de que en la expulsión del diablo no hay que mirar tanto al hecho, sino considerar antes la manera y forma de hacerlo: si es por legítimas oraciones e invocaciones del nombre de Jesucristo.
Una golondrina no hace la primavera: la perpetua y ordinaria manifestación de los milagros es lo que constituye señal distintiva de la verdadera Iglesia, y no mero accidente; pero sería pelear contra el viento y contra las sombras querer refutar estos rumores tan débiles y frágiles, que nadie sabe de dónde vinieron.
Toda la respuesta que he encontrado entre vosotros en esta extrema necesidad es que se os hace injusticia pidiéndoos milagros. Sería divertirse a costa vuestra, como si se pidiese a un mariscal que se pusiese a lapidar una esmeralda o un diamante. Por eso yo no os los pido, sino sólo que confeséis francamente que no habéis sido aprendices de los Apóstoles, discípulos, mártires y confesores, que fueron los maestros del oficio.
Pero cuando decís que no tenéis necesidad de milagros porque no queréis implantar una nueva fe, decidme también si San Agustín, San Jerónimo, San Gregorio, San Ambrosio y los demás predicaron una nueva doctrina; y entonces por qué hicieron tantos y tan señalados milagros. Es verdad que el Evangelio era mejor recibido en su mundo que en nuestros tiempos, había pastores más excelentes, muchos mártires, y nos habían precedido no pocos milagros, pero no por eso la Iglesia dejaba de tener el don de hacer milagros para mejor ilustrar la santísima religión. Porque si en algún momento hubieran de haber cesado los milagros en la Iglesia, habría sido en tiempos de Constantino el Grande, una vez que el imperio se convirtió al Cristianismo, que cesaron las persecuciones y que el Cristianismo se encontró seguro, pero fue entonces cuando más se multiplicaron por todas las partes.
En verdad, la doctrina que predicáis no fue anunciada, ni mucho ni poco. Vuestros predecesores heréticos la predicaron, y con unos de ellos estáis perfectamente de acuerdo en algún punto, y con otros no, como diré más adelante. ¿Dónde estaba vuestra iglesia hace ochenta años? Apenas acaba de nacer y ya la llamáis antigua.
Decís que no habéis hecho una iglesia nueva, sino que a la vieja moneda la habéis frotado y limpiado, porque, habiendo estado mucho tiempo cubierta de moho, se había ennegrecido, corroído y enmohecido. Por favor, no digáis más eso, porque vosotros tenéis el metal y el cuño; ¿no son acaso la fe y los sacramentos ingredientes necesarios para la composición de la Iglesia? Y, sin embargo, mudasteis tanto lo uno como lo otro; sois, por consiguiente, falsificadores de moneda, a no ser que demostréis el poder que pretendéis tener para golpear vuestro cuño sobre la moneda del rey. Pero no nos detengamos por aquí: ¿habéis purificado la Iglesia? ¿Habéis limpiado esta moneda? Enseñadnos entonces los caracteres que tenía antes de caer en la tierra y comenzar la oxidarse. Decís que cayó en tiempos de San Gregorio, o poco después. Decid lo que os parezca, mas en aquel tiempo se conservaba la señal de los milagros; mostrádnoslo ahora, porque, si no nos mostráis bien nítida la inscripción y efigie del rey en vuestra moneda, y nosotros os las mostramos en la nuestra, entonces será nuestra la circular con curso legal; la vuestra, pequeña y corroída, será reenviada al fundidor. Si nos queréis representar la Iglesia en la forma que tuvo en tiempos de San Agustín, mostrádnosla no sólo bienhablante, sino también bienhaciente en obras santas y milagros, como ella era entonces.
Porque, si queréis decir que en aquella época era más joven que ahora, os responderé que una interrupción tan notable como la que pretendéis que ha existido, de novecientos o mil años, torna esta moneda tan extraña que, si no se ven con claridad las letras y los caracteres ordinarios, la inscripción y la imagen, no podremos aceptarla. No, no: la Iglesia antigua fue siempre poderosa, en la adversidad y en la prosperidad, en palabras y en obras, como su Esposo; la vuestra sólo ha palabreado, tanto en la adversidad como en la prosperidad. Por lo menos, que ahora muestre algún vestigio de la antigua marca, de lo contrario, nunca podrá ser aceptada como la verdadera Iglesia, ni hija de esta antigua Madre. Porque, si quiere vanagloriarse, se le impondrá silencio con estas santas palabras: Si filii Abrahæ estis, opera Abrahæ facite270; la verdadera Iglesia de los creyentes se verá siempre acompañada de milagros. En nuestros tiempos, la única Iglesia en que esto se da es la nuestra, luego, sólo la nuestra es la única y verdadera Iglesia. §8 – La verdadera Iglesia debe tener el espíritu de profecía.
La profecía es un gran milagro que consiste en el conocimiento cierto que el entendimiento humano tiene de las cosas sin experiencia ni discurso natural, sino por inspiración sobrenatural; por consiguiente, todo lo dicho de los milagros en general, debe aplicarse a éste en particular; pero, además, el profeta Joel predijo271 que al fin de los tiempos, es decir, en la época de la Iglesia evangélica, según la interpretación de San Pedro272, sucederá que derramaré Yo mi espíritu sobre toda clase de hombres; y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; como Nuestro Señor había dicho, a los que creyeron, acompañarán estos milagros273.
Luego, la profecía debe perdurar siempre en la Iglesia, donde se encuentran los hijos e hijas de Dios, y donde sobre ellos derrama siempre su Santo Espíritu.
El ángel dice en el Apocalipsis que el espíritu de profecía es el testimonio de Jesús274; este testimonio de la asistencia de Nuestro Señor no se da solamente para los infieles, sino principalmente para los fieles, como dice San Pablo275; ¿cómo, entonces, diréis que, habiéndolo Nuestro Señor dado una vez a su Iglesia, después lo quitaría? La causa fundamental por la cual se concedió permanece, luego, permanece la concesión. Sumemos a esto, como ya dije de los milagros, que la Iglesia tuvo profetas en todos los tiempos; no podemos, pues, pretender que no sea una de sus propiedades y una buena pieza de su dote. Al subirse a lo alto llevó consigo cautiva a una grande multitud de cautivos, y derramó sus dones sobre los hombres … él mismo a unos ha constituido apóstoles, a otros profetas, y a otros evangelistas, y a otros pastores y doctores276; si los espíritus apostólico, evangélico, pastoral y doctoral permanecen en la Iglesia, ¿por qué no ha de permanecer el profético? Es uno de los perfumes del vestido de la Esposa277.
§9 – La Iglesia Católica tiene el espíritu de profecía, y la pretendida no.
No hubo casi ningún santo en la Iglesia que no haya profetizado. Nombraré solamente los más recientes: San Bernardo, San Francisco, San Antonio de Padua, Santo Domingo, Santa Brígida, Santa Catalina de Sena, todos ellos fervorosos católicos.
Los santos que acabo de mencionar son de ese número, tal como en nuestros días Gaspar Barzia y Francisco Javier. Entre nuestros antepasados, no hay uno que no nos haya contado con gran seguridad alguna profecía de Jean Borgeois, habiéndolo visto o escuchado muchos de ellos. El espíritu de profecía es el testimonio de Jesús278.
Presentadnos ahora alguno de los vuestros que haya profetizado para vuestra Iglesia. Sabemos que las sibilas, de las cuales hablan casi todos los antiguos, fueron como las profetizas de los gentiles; Balaam también profetizó279, pero lo hizo para la verdadera Iglesia, y, por ende, su profecía no dio autoridad a la iglesia en que se hacía, sino sólo a aquella a que se dirigía. Tampoco niego que entre los gentiles haya una verdadera Iglesia, de poca gente, que tenga la fe en el Dios verdadero y observe los mandamientos de la ley natural por gracia de Dios; de eso atestiguan Job, en las antiguas Escrituras, y el buen Cornelio, con sus soldados, temerosos de Dios280, en el Nuevo Testamento. ¿Dónde están vuestros profetas? Si no los tenéis, creed que no sois del cuerpo para edificación del cual Nuestro Señor los dio, según San Pablo281; además de eso, el espíritu de profecía es el testimonio de Jesús. Parece que Calvino quiso profetizar en el prefacio de su Catecismo de Ginebra, pero su predicción es de tal manera favorable para la Iglesia Católica que, cuando obtuviéremos su efecto, nos agradará considerarlo como profeta.

§10 – La verdadera Iglesia debe practicar la perfección de la vida cristiana. He aquí algunas extrañas enseñanzas de Nuestro Señor y sus Apóstoles. Un joven rico confesó haber observado los mandamientos de Dios desde su más tierna infancia; Nuestro Señor, que todo lo sabe, mirándolo, se aficionó por él, signo de que era verdadero aquello que había dicho, y le dio este consejo: Si quieres ser perfecto, anda y vende cuanto tienes, y tendrás un tesoro en el cielo: ven después, y sígueme282. San Pedro nos invita con su ejemplo y de sus compañeros: todo lo dejamos y Te seguimos283, a lo que Nuestro Señor responde con esta solemne promesa: Vosotros que Me habéis seguido, os sentaréis sobre doce sillas y juzgaréis las doce tribus de Israel. Y cualquiera que habrá dejado casa o hermanos, o hermanas, o padre, o esposa, o hijos, o heredades por causa de Mi nombre, recibirá cien veces más y poseerá la vida eterna284. Estas son las palabras; he aquí ahora el ejemplo: El Hijo del hombre no tiene sobre qué reclinar la cabeza285; hízose pobre para enriquecernos a nosotros286; Lucas dice que vivía de limosnas: Mulieres aliquæ ministrabant ei de facultatibus suis287; en dos salmos288, que se refieren a su Persona, como interpretan San Pedro289 y San Pablo290, es llamado mendigo; cuando envió a sus Apóstoles a predicar, les dijo: Nequid tollerent in via nisi virgam tantum, y que no tomasen para el camino ni pan, ni alforja, ni dinero en el cinto, sino apenas sandalias en los pies, y que no llevasen dos túnicas291. Sé que estas enseñanzas no son mandamientos absolutos, si bien que esto último así fue considerado por bastante tiempo; la única cosa que digo es que son consejos y ejemplos muy salutíferos.
Y he aquí aún otros parecidos, aunque tocantes a otro tema: Hay eunucos que nacieron tales del vientre de sus madres; y hay eunucos que fueron castrados por los hombres; y eunucos hay que se castraron a sí mismos por amor del Reino de los Cielos; qui potest capere, capiat292. Eso mismo había sido predicho por Isaías: No diga el eunuco: «he aquí que soy un tronco seco», porque esto dice el Señor a los eunucos: «A los que observaren mis sábados, y practicaren lo que yo quiero, y se mantuvieren firmes en su alianza, les daré un lugar en mi casa, y dentro de mis muros, y un nombre más apreciable que el que le darían los hijos e hijas: daréles yo un nombre sempiterno que jamás se acabará»293. ¿quién no ve que el Evangelio responde justamente a la profecía? Y en el Apocalipsis se lee: Y cantaban como un cantar nuevo ante el trono, y delante de los cuatro animales, y de los ancianos … Estos son los que no se amancillaron con mujeres, porque son vírgenes. Estos siguen al Cordero dondequiera que vaya294. A esto se refiere la exhortación de San Pablo: Loable cosa es en el hombre no tocar mujer.295 Digo a las personas no casadas y viudas: bueno les es si así permanecen, como también permanezco yo296. En orden a las vírgenes, precepto del Señor yo no lo tengo; doy, sí, consejo, como quien ha conseguido del Señor la misericordia de ser fiel297. Estas son las razones: Yo deseo que viváis sin inquietudes. El que no tiene mujer, anda solícito de las cosas del Señor, y en agradar a Dios. Al contrario, el que tiene mujer anda afanado en las cosas del mundo, y en cómo agradar a la mujer, y se halla dividido. De la misma manera la mujer no casada, o una virgen, piensa en las cosas de Dios, para ser santa en cuerpo y alma. Pero la casada piensa en las del mundo, y en cómo ha de agradar al marido.
Por lo demás yo digo esto para provecho vuestro; no para echaros un lazo, sino solamente para exhortaros a lo más loable, y a lo que habilita para servir a Dios sin embarazo298. En suma, el que da su hija en matrimonio obra bien; pero el que no la da, obra mejor299. Después, hablando de la viuda, añade: Cásese con quien quiera, con tal que sea según el Señor. Pero mucho más dichosa será si permanece según mi consejo; y estoy persuadido de que también me anima el Espíritu de Dios300. Estas son las instrucciones de Nuestro Señor y de los Apóstoles, y este el ejemplo de Nuestro Señor, de nuestra Señora, de San Juan Bautista, de San Pablo, de San Juan y de Santiago, que vivieron todos en virginidad; y en el Antiguo Testamento, Elías y Eliseo, como ya habían hecho notar los antiguos.
Finalmente, la humilde obediencia de Nuestro Señor, tan manifiesta en los Evangelios, no solamente la obligatoria a su Padre301, sino también a San José, a su Madre302, al César, a quien pagó tributo303, y a todas las criaturas, en su Pasión, por nuestro amor: Humiliavit semetipsum, factus obediens usque ad mortem, mortem autem crucis304. Y demostró la misma humildad, la cual vino a enseñar, diciendo: El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir305; Estoy en medio de vosotros como un sirviente306. Estos pasajes, ¿no son réplicas perpetuas y exposiciones de esta dulce lección: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón307? ¿Y de esta otra: Si alguno quisiere venir en pos de mí, renúnciese a sí mismo, y lleve su cruz cada día, y sígame308?

El que guarda los mandamientos, ya renuncia bastante a sí mismo lo suficiente para salvarse, se humilló suficientemente para ser ensalzado309; pero queda todavía otra obediencia, humildad y de sí mismo, a la cual nos invitan el ejemplo y las enseñanzas del Señor. Quiere que aprendamos de Él la humildad; se humilló no solamente a quien él era inferior, porque tomó la forma de siervo310, sino también a sus propios inferiores; él desea, pues, que así como él se humilló no solamente por deber, sino ultrapasando el propio deber, así también nosotros obedezcamos con gusto a todas las criaturas, por su amor311; él quiere que renunciemos a nosotros mismos según su ejemplo, pues él renunció tan firmemente a su voluntad que Se sometió a la propia cruz, y a servir a sus discípulos y servidores, como atesta quien, viendo esto tan extraño, exclamó: Non lavabis mihi pedes in æternum!312 ¿Qué nos resta, pues, sino reconocer en estas palabras y acciones el dulce convite a la sumisión y a la obediencia voluntaria que él nos hace, aun a quien no tenemos ninguna obligación? Esto sin apoyarnos siquiera sobre nuestro propio criterio y voluntad, según el dicho del Sabio313, mas haciéndonos objetos y esclavos de Dios y de los hombres por amor a Dios. Los Recabitas fueron muy loados en Jeremías314 porque obedecieron a su padre Jonadab en cosas duras y extrañas, a las cuales no tenía autoridad para obligarlos, como eran el no beber vino, ni ellos ni sus criados, ni sembrar, ni plantar, ni tener viñas, ni construir. Los padres, ciertamente, no pueden atar tan duramente las manos a su posteridad, si ella no lo consiente voluntariamente; los Recabitas, sin embargo, fueron loados y benditos por Dios, como aprobación de esta obediencia voluntaria con que habían renunciado a sí mismos, con una extraordinaria y perfecta renuncia.
CAPÍTULO III
Las notas de la Iglesia
Dicho esto, volvamos ahora a nuestro camino. Estas enseñanzas y ejemplos aquí tan señalados de pobreza, castidad y abnegación de sí mismo, ¿para quién se hicieron? Para la Iglesia. ¿Por qué? Nuestro Señor es quien lo dice: Qui potest capere, capiat315. ¿Y quién puede entenderlo? Quien tenga el don de Dios316, y nadie tiene este don sino quien lo pidió317. ¿Pero cómo le han de invocar, si no creen en Él? o ¿cómo creerán en Él si de Él nada han oído hablar? Y ¿cómo oirán de Él, si no se les predica? ¿Y cómo habrá predicadores, si nadie los envía?318 Pero no hay misión alguna fuera de la Iglesia; luego, este qui potest capere, capiat, por consiguiente, no se dirige inmediatamente sino a la Iglesia y a aquellos que están en la Iglesia, porque fuera de la Iglesia no puede ser entendido. San Pablo dice con mayor claridad: Hoc ad utilitatem vestram dico: Os digo esto para provecho vuestro; no para echaros un lazo, sino solamente para exhortaros a lo más loable, y a lo que habilita para servir a Dios sin embarazo319. De hecho, las Escrituras y los ejemplos que en ellas se contienen no son sino que para nuestra utilidad e instrucción320; la Iglesia debe, pues, practicar estos santos consejos de su Esposo; de lo contrario, habría sido en vano y para nada que él los propusiera. Por eso, la Iglesia los tomó como propios, sacando de ellos grande provecho, como seguidamente veremos. Ni bien Nuestro Señor subió a los cielos, luego los cristianos vendían sus posesiones y traían su precio a los pies de los Apóstoles321, y San Pedro, practicando la primera regla, decía: Aurum et argentum non est mihi322. San Felipe tenía cuatro hijas vírgenes323, las cuales Eusebio asegura que permanecieron tales;
San Pablo conservó la virginidad o el celibato324, así como San Juan y Santiago; y cuando San Pablo reprendió como censurables algunas viudas jóvenes, quæ postquam lascivierint in Christum nubere volunt, habentes damnationem quia primam fidem irritam fecerunt325, el IV Concilio de Cartago (en que se encontraba San Agustín), San Epifanio, San Jerónimo, y todos los antiguos, interpretaron esto como refiriéndose a las viudas que, teniéndose consagrado a Dios para conservar su castidad, rompieron sus votos uniéndose en matrimonio, contra la fe que habían dado anteriormente al celestial Esposo. Por consiguiente, ya en aquellos tiempos eran practicados en la Iglesia los consejos de los eunucos y de la virginidad, dados por San Pablo.
Eusebio de Cesarea explica que los Apóstoles instituyeron dos vías, una según los mandamientos y otra según los consejos; parece evidente que haya sido así, porque según el modelo de la perfección de vida practicada y aconsejada por los Apóstoles, una infinidad de cristianos conformó la suya, de cuyos testimonios la historia está llena. ¿Quién no sabe cuán admirables son los relatos del judío Filón sobre la vida de los primeros cristianos de Alejandría, en su libro intitulado De vita supplicum, o Tratado de San Marcos y sus discípulos? Como atestan Eusebio, Nicéforo, San Jerónimo, y entre otros Epifanio, Filón hablaba de los cristianos cuando escribía acerca de los Jesenos, que por algún tiempo, después de la Ascensión de Nuestro Señor, mientras San Marcos predicaba en el Egipto, fueron así llamados: o debido a Jesé, a cuya raza perteneció Nuestro Señor, o debido al nombre de Jesús, nombre de su Maestro, y que siempre tenían en la boca;
quien lea los libros de Filón, verá que esos Jesenos o terapeutas, curadores o servidores, vivían en plena renuncia de sí mismos, de su carne y de sus bienes. San Marcial, discípulo de Nuestro Señor, en una epístola que escribió a los Tolosenses, relata que, por causa de su predicación, la bienaventurada Valeria, esposa de un rey terreno, había consagrado la virginidad de su cuerpo y de su espíritu al Rey Celestial. San Dionisio, en su obra De Hierarchiæ Ecclesiæ326, dice que los Apóstoles, sus maestros, llamaban a los religiosos de su tiempo terapeutas, o sea, servidores o adoradores, por el culto especial que prestaban a Dios, o monjes, debido a la unión en que vivían con Dios. He aquí la perfección de la vida evangélica practicada en esos primeros tiempos de los Apóstoles y sus discípulos, los cuales, abriendo este camino que sube tan derecho para el cielo, fueron seguidos por una multitud de excelentes cristianos.
San Cipriano guardó continencia y dio todos sus bienes a los pobres, como refiere el Diácono Poncio; otro tanto hizo San Pablo, el primer eremita, San Antonio y San Hilario, como afirman San Atanasio y San Jerónimo. San Paulino, obispo de Nola, según refiere San Ambrosio, habiendo nacido de una ilustre familia de Guyenne, repartió todos sus bienes a los pobres y, como aliviado de un pesado fardo, dijo adiós a su tierra y a sus familiares para servir más plenamente a su Dios; de este ejemplo se sirvió San Martín para dejar todo e invitar a otros a la misma perfección. Jorge, Patriarca de Alejandría, dice que San Juan Crisóstomo abandonó todo y se hizo monje.

Poticiano, gentil hombre africano, volviendo de la corte del emperador, contó a San Agustín que en el Egipto había numerosos monasterios y religiosos, que vivían en una gran dulzura y simplicidad de costumbres, y que en Milán había un monasterio, fuera de la ciudad, con un gran número de religiosos viviendo en gran unión y fraternidad, de los cuales San Ambrosio, obispo de la ciudad, era como su abad; les contó también que, junto a la ciudad de Tréveris, había un monasterio de religiosos donde dos cortesanos del emperador se habían hecho monjes, y que dos jovencitas, novias de estos cortesanos, al conocer la resolución de sus novios, consagraron igualmente a Dios su virginidad, retirándose del mundo para vivir en religión, pobreza y castidad; todo esto lo refiere San Agustín327. Esto mismo cuenta Posidio de él, y también que instituyó un monasterio, lo que el propio San Agustín refiere en una de sus cartas328. Estos santos padres fueron seguidos por San Gregorio, Juan Damasceno, Bruno, Romualdo, Bernardo, Domingo, Francisco, Luis, Antonio, Vicente, Tomás, Buenaventura, todos los cuales, habiendo renunciado y dicho adiós eterno al mundo y a sus pompas, se presentaron en perfecto holocausto al Dios vivo.
Concluyamos, pues: estas consecuencias me parecen inevitables. Nuestro Señor dejó plasmados en las Escrituras estos consejos de Castidad, Pobreza y Obediencia, que él mismo practicó e hizo practicar en su Iglesia naciente. Toda la Escritura y toda la vida de Nuestro Señor no fueron sino una instrucción para la Iglesia, y la Iglesia debe sacar provecho de ella. La Iglesia, pues, debía sacar provecho de ella ejercitándose en la castidad, pobreza y obediencia, o renuncia a sí misma.
Item, la Iglesia hizo siempre y en todos los tiempos este ejercicio, luego, es una de sus características propias. ¿De que habrían servido tantas exhortaciones si no hubiesen sido practicadas? La Iglesia verdadera debe resplandecer en la perfección de la vida cristiana; no quiere esto decir que todos en la Iglesia estén obligados a seguirla, bastando que sólo en algunos de sus miembros y determinadas partes estuviese presente, a fin de que nada se haya escrito o aconsejado en vano, y que la Iglesia se sirva de cada una de las partes de las Escrituras sagradas.
§11 – La perfección de la vida evangélica es practicada en nuestra Iglesia, pero en la pretendida es menospreciada y abolida.
La Iglesia actual, siguiendo la voz de su Pastor y Salvador y el camino trazado por sus antepasados, loa, aprueba y tiene en mucha estima la resolución de quienes se proponen la práctica de los consejos evangélicos, de los cuales cuenta con un gran número. No dudo que, si hubieseis visitado las congregaciones de los Cartujos, Camaldulenses, Celestinos, Mínimos, Capuchinos, Jesuitas, Teatinos y muchos otros entre los cuales florece la disciplina religiosa, no pondríais en duda si los deberíais llamar ángeles terrestres o hombres celestes, y no sabríais qué admirar más: si una tan perfecta castidad de tanta juventud, o una tan profunda humildad entre tanta doctrina, o una tan grande fraternidad entre tanta diversidad; y todos, como celestiales abejas, trabajan en la Iglesia y de ella extraen la miel del Evangelio con los demás cristianos, sea predicando, sea escribiendo, sea rezando y meditando, sea enseñando y disputando, sea cuidando enfermos, sea administrando los sacramentos bajo la autoridad de los pastores.
¿Quién obscurecerá jamás la gloria de tantos religiosos de todas las órdenes, y de tantos sacerdotes seculares que, dejando voluntariamente su patria, o mejor dicho, su propio mundo, se expusieron a vientos y mares para aproximarse a las gentes del Nuevo Mundo, a fin de conducirlas a la verdadera fe e iluminarlas con la luz del Evangelio? Muchos, sin más provisiones que una viva confianza en la providencia de Dios, sin más recompensa que el trabajo, la miseria y el martirio, sin más pretensiones que la honra de Dios y la salvación de las almas, anduvieron entre los caníbales, canarios, negros, brasileños, moluquenses, japoneses y otras naciones extranjeras, quedándose en ellas, desterrándose ellos mismos de sus propios países a fin de que estos pobres pueblos no fuesen desterrados del paraíso. Sé que algunos ministros también fueron, pero con cálculos humanos, que fallaron; volvieron sin hacer nada, porque un mono (esto es, quien imita) es siempre un mono. Pero los nuestros se quedaron allí en continencia perpetua, para fecundar la Iglesia con estas nuevas plantas; en pobreza extrema, para enriquecer a los pueblos con el comercio evangélico; y murieron en la esclavitud, para dar a este mundo la libertad cristiana.
Pero si, en lugar de sacar provecho de estos ejemplos y confortar vuestros criterios con la suavidad de tan santo perfume, preferís mirar a ciertos lugares donde la disciplina monástica fue abolida, en los cuales de ella sólo queda el hábito, me obligáis a deciros que sólo buscáis las cloacas y desperdicios en vez de los huertos y jardines.

Todos los buenos católicos lamentan la desgracia de esa gente y detestan la negligencia de sus pastores y la ambición de aquellos que, queriendo mandar, disponer y gobernar en todo, impiden las elecciones legítimas y el orden de la disciplina para apropiarse de los bienes temporales de la Iglesia. ¿Qué queréis? El Maestro sembró la buena simiente, pero el enemigo le mezcló la cizaña329; no obstante, la Iglesia, en el Concilio de Trento, restableció el orden, pero el propio concilio es despreciado por aquellos que debían cumplirlo, de la tal manera que los propios doctores católicos consideran que es un gran pecado entrar en esos monasterios tan relajados. La honra del orden apostólico no fue impedida por Judas, ni siquiera Lucifer impidió la del orden angélico, ni el diaconado lo fue por Nicolás; de la misma forma, esas abominaciones no deben impedir el brillo de tantos monasterios devotos que la Iglesia Católica conservó, en medio de la disolución de nuestro siglo de hierro, con el fin de que ni siquiera una palabra de su Esposo sea vana y no sea practicada.
Por el contrario, señores, vuestra pretendida iglesia desprecia y detesta cuanto puede todo esto. Calvino, en el libro IV de sus Instituciones, no trata de otra cosa que de la abolición de la observancia de los consejos evangélicos. Por lo menos, no me sabréis mostrar algún resquicio, ni ninguna prueba de buena voluntad entre vosotros a este respecto, ya que hasta los ministros se casan, cada cual comercia para juntar riquezas, y nadie conoce otro superior a no ser aquel a quien la fuerza hace reconocer, señal evidente de que esta pretendida iglesia no es aquella a la cual Nuestro Señor predicó, y cuyo retrato diseñó con tan hermosos ejemplos.
Porque, si todos se casan, ¿en qué queda el consejo de San Pablo: Bonum est homini mulierem non tangere330? Y si todos corren tras las posesiones y el dinero, ¿a quién se dirigirán las palabras de Nuestro Señor: Nolite thesaurizare vobis thesauros in terra331, y estas otras: Vade, vende omnia, da pauperibus332? Y si cada cual quiere mandar, ¿dónde encontraremos la práctica de esta solemne sentencia: Qui vult venire post me abneget semetipsum?333 Si se pusiere, pues, vuestra iglesia en comparación con la nuestra, la nuestra será la verdadera Esposa, que pone en práctica todas las palabras de su Esposo, y no deja inutilizado ni uno de los talentos de que habla la Escritura; la vuestra será falsa, porque no escucha la voz del Esposo, antes bien la menosprecia; no es razonable que, para tener la vuestra como creíble, se torne vana la menor sílaba de la Escritura, la cual, no dirigiéndose sino a la verdadera Iglesia, sería vana e inútil si en la verdadera Iglesia no se hubiesen empleado todas sus piezas.
§12 – Tercera característica: la Universalidad o Catolicismo.
El gran padre Vicente de Lérins, en su muy útil Memorial, dice que, sobre todo, tenemos que tener mucho cuidado en creer «lo que siempre fue creído, en todas las partes y por todos». .. . .334 como los feriantes y hojalateros, porque todos los demás nos llaman católicos; porque si a esto añadimos romano, no es sino para enseñar al pueblo la sede del obispo que es pastor general y visible de la Iglesia, y ya desde el tiempo de San Ambrosio335 era lo mismo estar en comunión con Roma y ser católico.
Pero en cuanto a vuestra iglesia, se llama en cualquier lugar Hugonote, Calvinista, Zuingliana, herética, pretendida, protestante, nueva o Sacramentaria; vuestra iglesia no existía antes de estos nombres, ni estos nombres antes de vuestra iglesia, porque son nombres propios; nadie os llama católicos: ni siquiera vosotros mismos os atrevéis a hacerlo. Sé bien que entre vosotros vuestras iglesias se llaman reformadas, pero tienen el mismo derecho sobre este nombre los luteranos, ubiquistas, anabaptistas, trinitarios y otros engendros de Lucifer, y ninguno nunca os lo cederá. El nombre de religión es común a la iglesia de los judíos y a la de los cristianos, a la antigua Ley y a la nueva; el nombre católico es propio de la Iglesia de Nuestro Señor; el nombre de reformada es una blasfemia contra Nuestro Señor, que formó y santificó su Iglesia en su Sangre, de tal manera que nunca tuviera que ser reformada aquella que es hermosa esposa336 y columna y apoyo de la verdad337. Se pueden reformar los individuos y los pueblos, pero no la Iglesia ni la religión, porque, si ella era Iglesia y religión, estaba bien formada, ya que a la deformación se llama herejía e irreligión. El rojo de la sangre de Nuestro Señor es demasiado vivo y fino para tener necesidad de nuevos colores; vuestra iglesia, por ende, llamándose reformada, se separa de la formación que el Salvador le había dado. No puedo dejar de deciros lo que entienden Beza, Lutero y Pedro Mártir. Pedro Mártir llama a los luteranos luteranos, y dice que vosotros sois sus hermanos; por consiguiente, sois luteranos. Lutero os llama fanáticos o Sacramentarios; Beza llama a los luteranos consubstancialistas y químicos, y a pesar de eso, los considera como iglesia reformada.
He aquí, pues, los nuevos nombres que estos reformadores se dan unos a los otros; vuestra iglesia, por ende, no teniendo siquiera el nombre de católica, no puede en conciencia recitar el Símbolo de los Apóstoles, o entonces os juzgáis a vosotros mismos, ya que, confesando que la Iglesia es Católica y Universal, persistís en la vuestra que no lo es. Verdaderamente, si San Agustín viviese ahora, se mantendría en nuestra Iglesia, ya que ésta, desde tiempos inmemoriales, siempre tuvo el nombre de católica.
§13 – La verdadera Iglesia debe ser antigua.
Para que la Iglesia sea católica debe ser universal en el tiempo, y para ser universal en el tiempo debe ser antigua; por consiguiente, la antigüedad es una propiedad de la Iglesia, y, en comparación con las herejías, debe ser más antigua y precederlas, porque, como muy bien dice Tertuliano338, si la falsedad es una corrupción de la verdad, la verdad debe precederla. La buena simiente es sembrada antes de que el enemigo siembre la cizaña339; Moisés es anterior a Abiron, Datan y Coré; los ángeles anteriores a los diablos; Lucifer estuvo de pie en pleno día antes de caer en las tinieblas eternas; la privación debe seguir la forma. San Juan dice de los heréticos: De entre nosotros han salido340, es decir, estaban dentro antes de salir de allá. La salida es la herejía, estar dentro es la fidelidad. La Iglesia precede la herejía; del mismo modo, la túnica de Nuestro Señor estuvo entera antes de haber sido dividida341; y a pesar de que Ismael fue anterior a Isaac, no quiere esto decir que la falsedad sea anterior a la verdad, sino que la sombra verdadera del judaísmo es anterior al cuerpo del Cristianismo, como dice San Pablo342.
§14 – La Iglesia Católica es antiquísima, y la pretendida es totalmente nueva.
Decidnos ahora, por favor, si podéis señalar el tiempo y el lugar en el cual por primera vez nuestra Iglesia salió a luz desde el Evangelio, y el autor y el doctor que la convocó; emplearé las mismas palabras que un doctor y mártir de nuestra época343, dignas de ser bien pesadas: «Reconocéis -y no podría ser de otro modo- que la Iglesia romana fue santa, católica y apostólica: -cuando mereció los santos loores del Apóstol: vuestra fe es celebrada por todo el mundo344; continuamente hago memoria de vosotros345; y sé de cierto que en llegando a vosotros, mi llegada será acompañada de una abundante bendición del Evangelio de Cristo346; a vosotros os saludan todas las Iglesias de Cristo347 porque vuestra obediencia se ha hecho célebre por todas partes348, ya que San Pablo, en libertad vigilada, allí sembró el Evangelio349; -cuando estando en ella San Pedro gobernó la Iglesia reunida en Babilonia350; -cuando Clemente, tan loado por el Apóstol351, estuvo a su timón; -cuando los césares profanos Nerón, Domiciano, Trajano, Antonino, mataron a los obispos romanos en la época en que Dámaso, Siricio, Anastasio, Inocencio tenían el gobierno apostólico; y aun en el testimonio de Calvino, ya que libremente confiesa que en aquel tiempo aún no se habían extraviado de la doctrina evangélica. Sabiendo esto, ¿cuándo perdió entonces Roma esta fe tan celebrada? ¿Cuándo dejó de ser lo que era? ¿En qué época, bajo qué obispo, por qué medio, por qué fuerza, por causa de qué progreso la religión extraña se apoderó de la ciudad y del mundo entero? ¿Qué voces, qué perturbaciones, qué lamentaciones suscitó?
¿Acaso dormían todos en el mundo entero mientras Roma, digo bien, Roma, forjaba nuevos sacramentos, nuevos sacrificios y nuevas doctrinas? ¿No es extraño que ni siquiera un historiador, ni griego ni latino, ni local ni extranjero, haya dejado una alusión, en sus comentarios o memorias, a un acontecimiento tan grande»?
Ciertamente, sería un caso insólito si los historiadores, que muestran tanta curiosidad en señalar la menor transformación de las ciudades y pueblos, hubiesen olvidado la más formidable de cuantas se pueden hacer, que es la transformación de la religión, en la ciudad y región más importante del mundo, como eran Roma e Italia. Decidme, señores, si sabéis cuando comenzó nuestra Iglesia ese pretendido error; decídnoslo con franqueza, porque es cosa cierta que, como dice San Jerónimo352, hæreses ad originem revocasse refutasse est. Remontemos el recorrido de la historia hasta los pies de la cruz mirando a uno y otro lado: nunca veremos una época, un paso, en que esta Iglesia católica haya mudado de rostro: siempre sigue siendo ella misma, en su doctrina y en sus sacramentos.
A este respecto, no necesitamos más testimonios contra vosotros del que los ojos de nuestros padres y abuelos, para decir cuando comenzó vuestra iglesia. En el año de 1517, Lutero comenzó su tragedia, y en los años de 1534 y 1535 se llevó a la escena una pieza dramática en estas tierras, y Zwinglio y Calvino fueron los dos principales personajes. ¿Queréis que os diga con todos los pormenores por qué sucesos y acciones, debido a qué fuerzas y violencia, esta reforma triunfó en Berna, Ginebra, Lausana y otras ciudades? ¿Qué lamentos y perturbaciones engendraron?
Vemos y sentimos que no os agradaría este relato: en una palabra, vuestra iglesia no tiene aún ochenta años, su autor es Calvino, y sus efectos son la desgracia de nuestra época. Y si queréis hacerla más antigua, decidnos dónde estuvo anteriormente; no digáis que era invisible, porque si no se veía, ¿quién sabe donde podría haber estado? Además de eso, Lutero os contradice, ya que afirma que al principio estaba sólo.
Luego, si Tertuliano, ya en su tiempo, afirma que los católicos rechazaban a los herejes por su novedad y posteridad, siendo así que la Iglesia no era aún sino una adolescente -Solemus, hæreticos, compendii gratia, de posteritate præscribere-353¿cuánta más razón tendremos ahora nosotros? Porque, si una de nuestras dos iglesias debe ser verdadera, ese título pertenece a la nuestra, que es antiquísima, y a vuestra novedad le toca el infame título de herejía.
§15 – La verdadera Iglesia debe ser perpetua.
Aunque la Iglesia fuese antigua, no sería universal en el tiempo si hubiese desaparecido en alguna época. La herejía de los Nicolaítas es antigua, pero no universal, ya que duró pocos años, y como una borrasca, que parece querer mover todo el mar y de prisa desaparece, o como un hongo, que nace de cualquier mal vapor, en una noche aparece y en un día se pierde, de la misma manera todas las herejías, por muy antiguas que hayan sido, todas desaparecieron, mientras la Iglesia dura perpetuamente.
¿Acaso no recordáis las palabras del Señor: Cuando Yo seré levantado en la tierra, todo lo atraeré a Mí354? ¿No fue levantado en la cruz? ¿Cómo entonces dejaría la Iglesia, que había atraído, abandonada en la mitad del camino? ¿Cómo abandonaría esta presa que tan cara Le costó? El diablo, príncipe de este mundo, ¿habría sido vencido por el árbol de la cruz solamente por 300 o 400 años, para volver a ser amo durante mil años? ¿A tal punto queréis vaciar la cruz de su fuerza? ¿Tan inicuamente queréis comparar a Nuestro Señor, poniendo una alternativa entre él y el diablo? En la verdad, cuando un hombre valiente bien armado guarda la entrada de su casa, todas las cosas están seguras. Pero si otro más valiente que él asaltándolo lo vence, lo desarmará de todos sus arneses, en que confiaba, y repartirá sus despojos355. ¿Ignoráis que Nuestro Señor ha ganado Su Iglesia con Su Sangre356? ¿Quién podrá entonces quitársela de sus manos? Tal vez digáis que puede conservarla, pero no quiere; entonces acusáis su providencia.
Dios dio dones a los hombres, apóstoles, profetas, evangelistas, pastores, doctores, para la consumación de los santos, en función del ministerio para la edificación del Cuerpo de Cristo357. ¿La consumación de los santos estaba ya hecha hace mil cien años? La edificación del Cuerpo Místico de Nuestro Señor, que es la Iglesia, ¿estaba ya terminada? O dejáis de llamaros constructores, o decid que no; y si no estaba terminada, ¿por qué hacéis daño a la bondad de Dios, diciendo que quitó a los hombres lo que anteriormente les había dado? Los dones y gracias de Dios son irrevocables358, o sea, no los otorga para volver a quitarlos.
Su providencia divina conserva perpetuamente la generación del pajarillo más pequeño del mundo; ¿cómo, pues, abandonaría su Iglesia, que Le costó toda su Sangre, trabajos y sufrimientos? Dios sacó a Israel del Egipto, de los desiertos, del Mar Rojo, de las calamidades y cautiverios; ¿cómo creeremos que abandonaría el Cristianismo en la incredulidad? Si tanto amó a su Agar, ¿cómo despreciaría a Sara?
Refiriéndose a la Iglesia, canta el salmista: Dios la ha fundado para siempre359; su trono (y habla de la Iglesia, trono del Mesías) resplandecerá para siempre en mi presencia, como el sol, y como la luna llena, y como testimonio fiel del cielo360; Haré que subsista su descendencia por los siglos de los siglos361; Daniel la llama reino que no se desvanecerá eternamente362; el ángel dice nuestra Señora que su reino no tendrá fin363; Isaías dice de Nuestro Señor: si se da a sí mismo en expiación, verá descendencia, alargará sus días364; y en otro lugar: Asentaré con ellos eterna alianza … Cuantos los vieren los conocerán por ser ellos el linaje bendito del Señor365.
Nuestro Señor, hablando de la Iglesia, ¿no dijo que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella366, y no prometió a los Apóstoles, para ellos y para sus sucesores: Yo estaré siempre con vosotros, hasta la consumación de los siglos367? Si este designio o estas obras son de los hombres, dice Gamaliel, desaparecerán, pero si son de Dios no podréis destruirlas368. La Iglesia es obra de Dios: ¿quién podrá destruirla? Dejad a esos ciegos, porque toda planta que mi Padre Celestial no ha plantado, arrancada será de raíz369. Pero la Iglesia fue plantada por Dios, y nadie podrá arrancarla.
Dice San Pablo que todos revivirán en Cristo, pero cada cual a su vez: Cristo como el primero, después los que son de Cristo, y después será el fin370; no hay interrupción entre los que son de Cristo y el fin, visto que la Iglesia debe durar hasta el fin. Es forzoso que Nuestro Señor reine entre sus enemigos hasta que haya sometido a sus adversarios debajo de sus pies371. ¿Y cuándo los sujetará a todos sino al fin de los tiempos, en el día del juicio? Entretanto, es necesario que reine en medio de los enemigos. ¿Y dónde están sus enemigos sino en la tierra? ¿Y dónde reina él sino en su Iglesia?
Las notas de la Iglesia
Si esta Esposa murió después de haber recibido la vida del costado de su Esposo dormido en la cruz, si murió, pregunto, ¿quién la resucitará?372 La resurrección de un muerto no es un milagro menor que el de la creación. En la creación, Dios dijo, y fue hecho373; inspiró el alma viviente374, y ni bien la inspiró, el hombre comenzó a respirar. Pero Dios, queriendo reformar al hombre, empleó treinta y tres años, su Sangre y Agua y murió en el madero. Quien diga, pues, que la Iglesia está muerta o perdida acusa la providencia del Nuestro Salvador; quien se dice restaurador o reformador, como Beza llama a Calvino, Lutero y los demás, se atribuye la honra debida a Jesucristo y se hace más que los Apóstoles. Nuestro Señor puso el fuego de Su caridad en el mundo375; los Apóstoles, con el hálito de su predicación, lo esparcieron y lo hicieron correr por el mundo entero. Ahora se dice que se había extinguido por el agua de la ignorancia y de la superstición. ¿Quién podrá volver a encenderlo? Soplar no sirve de nada.
¿Acaso será preciso golpear de nuevo con los clavos y la lanza a Jesucristo, Piedra Viva, para hacer brotar un nuevo fuego? De lo contrario, tendríamos que colocar a Lutero y a Calvino como piedra angular del edificio eclesiástico. Dice San Agustín a los Donatistas376: ¡«Oh voz desvergonzada: que la Iglesia no exista porque tu no estás con ella»! No, no -dice San Bernardo377- vinieron las torrentes, soplaron los vientos, pero ella no cayó, porque estaba fundada sobre la roca y la roca era Cristo378.
¿Y entonces están condenados todos nuestros antepasados? Ciertamente que sí, si la Iglesia hubiese perecido, porque fuera de la Iglesia no hay salvación. ¡Oh, qué correspondencia! ¡Ríense ahora de nuestros antepasados, que tanto sufrieron para conservarnos la herencia del Evangelio, considerándolos locos e insensatos!
Exclama San Agustín379: «¿Qué nuevas nos traéis? ¿Tendremos que sembrar de nuevo la buena simiente para que crezca hasta la siega la que ya fue sembrada380? Porque, si decís que la que sembraron los Apóstoles está perdida por todos lados, os responderemos: leednos esto en las Escrituras, y no podréis leerlo sin falsificar lo que está escrito: que la simiente que al principio se sembró crecerá hasta el tiempo de su siega». La buena simiente son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del maligno, la siega es el fin del mundo381. No digáis, pues, que la simiente fue ahogada o abolida, porque ella crece hasta el fin de los tiempos.
La Iglesia no fue abolida cuando pecaron Adán y Eva, pues no era Iglesia, sino sólo el principio de la Iglesia; además de eso, no pecaron de doctrina ni de creencia, sino de obra.
Tampoco cuando Aarón levantó el becerro de oro, porque Aarón no era el sumo sacerdote ni el jefe del pueblo, sino Moisés, que no idolatró, como tampoco lo hizo la tribu de Levi, que se unió a Moisés.
Ni cuando Elías se lamentó de estar sólo382, porque no hablaba más que de Israel, mientras que Judá era la mejor y principal parte de la Iglesia; además de eso, lo que dice no es más que una forma de hablar para mejor expresar la justicia de su queja, ya que entonces habían siete mil hombres que no habían abandonado la idolatría383. Trátase de ciertas expresiones y demostraciones vehementes, propias de las profecías, que no deben verificarse sino de manera general, como tratándose de una desdicha, como cuando David dijo: Non est qui faciat bonum384; o San Pablo: Omnes quærunt quæ sua sunt385.
Ni tampoco cuando llegue la separación y la apostasía386, ni cuando cese el sacrificio387, ni cuando el Hijo del hombre no hallará fe sobre la tierra388, porque esto se verificará en los tres años y medio que reinare el Anticristo, durante los cuales, sin embargo, no perecerá la Iglesia, pues será alimentada en las soledades del desierto, como dicen las Escrituras389. §16 – Nuestra Iglesia es perpetua; la pretendida no. Os diré, como ya lo he hecho anteriormente390: mostradme una decena de años, desde que Nuestro Señor subió al cielo, en que nuestra Iglesia no haya existido:
lo que os impide decir cuándo comenzó nuestra Iglesia es que siempre existió. Porque, si quisiereis, de buena fe, esclarecer todo esto, Sanders, en su Visible monarchie y Gilberto Génébrard, en su Chronologie, os facilitarán suficientes luces, y sobre todo el docto César Baronius, en sus Annales.. Y, si no queréis comenzar a abandonar los libros de vuestros maestros y no tenéis los ojos cubiertos por una excesiva pasión, bastaría leer con atención las Centuries de Magdeburg para que vieseis por todos lados nada más que las obras de los católicos, porque, como muy bien dice un doctor de nuestros tiempos391: «si no los hubiesen recogido, los habrían dejado mil quinientos años sin historia». Más adelante volveré a este tema392.
En lo que a vuestra iglesia se refiere, supongamos que sea verdad esa gran mentira, o sea, que era del tiempo de los Apóstoles: ella no será la Iglesia Católica, ya que la Católica debe ser universal en el tiempo, esto es, debe durar para siempre; pero decidme dónde estaba vuestra iglesia hasta hay cien, 200, 300 años; no sabréis decirlo, porque ella no existía; por consiguiente, no es la verdadera Iglesia. Alguien dirá que existía, mas no era conocida. ¡Santo Dios! ¿Quién no dirá lo mismo? Adamitas, anabaptistas, cada cual entrará en ese discurso. Ya he demostrado393 que la Iglesia militante no es invisible y que es universal en el tiempo; ahora demostraré que tampoco puede ser desconocida.
§17 – La verdadera Iglesia debe ser universal en el espacio y en las personas.
Decían los antiguos, sabiamente, que conocer bien la diferencia de los tiempos era un buen medio para entender las Escrituras, por falta del cual los judíos yerran, entendiendo como propio de la primera venida del Mesías lo que muy frecuentemente se dice de la segunda, y los ministros más aún, cuando quieren hacer a la Iglesia, desde San Gregorio para acá, tal como ella será en tiempos del Anticristo. Interpretando así lo que está escrito en el Apocalipsis394, que la mujer huyó al desierto, toman aquí ocasión para decir que la Iglesia estuvo escondida y permaneció secreta hasta que se reveló con Lutero y sus discípulos. ¿Pero quién no ve que este pasaje no respira otra cosa sino el fin del mundo y la persecución del Anticristo? Siendo así que el tiempo está expresamente determinado en tres años y medio, lo mismo que en Daniel395. Y quien quiera, por alguna extraña glosa, ampliar este tiempo que la Escritura determinó, contradice al Señor, que dice más bien que será acortado por amor de los elegidos396. ¿Cómo se atreven a distorsionar las Escrituras, entendiendo cosa tan contraria a sus propias circunstancias? Por el contrario, se dice de la Iglesia que se parece al sol, a la luna, al arco iris397, a una reina398, a una montaña tan grande como el mundo399; por consiguiente, ella no puede ni estar escondida, ni ser secreta, mas debe ser universal en extensión.
Me contentaré con traeros a la memoria dos de los mayores doctores de siempre. David había dicho: Grande es el Señor, y dignísimo de alabanza en la ciudad de nuestro Dios400. «Es la ciudad situada sobre un monte -dice San Agustín- que no puede ocultarse; es la lámpara que no se puede ocultar debajo de un tonel, la conocida y celebrada por todos, como se deduce:
el monte Sión está fundado con grande alegría del universo. Y, de hecho, Nuestro Señor, que decía que nadie enciende una lámpara para colocarla debajo del celemín, ¿cómo habría puesto tanta luz como la que hay en la Iglesia para cubrirla u ocultarla en cualquier yermo? Está en la montaña que llena el universo, está en la ciudad que no puede ocultarse. Los Donatistas encuentran el monte, y cuando se les dice: «sube», dicen que no es una montaña, y prefieren chocar de frente que buscar en ella una morada. Isaías, como leíamos ayer, gritó: En los últimos días el monte en que se erigirá casa del Señor tendrá sus cimientos sobre la cumbre de todos los montes, y se elevará sobre los collados; y todas las naciones acudirán a él401. ¿Hay algo más visible que una montaña? Pero sucede que hay otros montes desconocidos, porque están situados en un canto de la tierra. ¿Quién de vosotros conoce el Olimpo? Nadie, ciertamente, tal como los habitantes de allá no conocen nuestro monte Chiddaba; estos montes están sitos en regiones apartadas, pero el monte de Isaías llena toda la faz de la tierra. La piedra desgajada sin intervención humana, ¿no es Jesucristo, descendiente de la raza judaica sin intervención de matrimonio? ¿Y esta piedra no destruyó todos los reinos de la tierra, esto es, todos los dominios de ídolos y demonios? ¿No creció hasta llenar la tierra? Por consiguiente, es de este monte que se dijo que será asentado sobre todos los montes y toda la gente se aproxima a él. ¿Quién podrá perderse en este monte? ¿Quién chocará y partirá la cabeza contra él? ¿Quién ignora la ciudad colocada sobre el monte?

No, no os admiréis de que sea desconocido a aquellos que odian a los hermanos, que odian a la Iglesia, porque por esto van a las tinieblas sin saber adónde van; se separaron del resto del universo, son ciegos de poco talento». Así hablaba San Agustín.
Escuchemos ahora a San Jerónimo hablando a un cismático convertido: «Alégrome contigo y doy gracias a Jesucristo, mi Dios, pues de buena voluntad quisiste volver del ardor de la falsedad al convivio de todos, no diciendo ya como algunos:
«¡Señor, sálvame, porque me faltó la gracia!», y cuya voz impía apaga y envilece la gloria de la cruz, pretende someter el Hijo de Dios al diablo, y refiere a todos los hombres la queja proferida acerca de los pecadores.
Pero no creo que Dios haya muerto para nada: el maligno fue atado y derrotado, la palabra de Dios se cumplió: Pídeme, y te daré las naciones por herencia, y los confines de la tierra por posesión.
¿Dónde están, decidme, esa gente tan religiosa, o mejor, demasiado profana, que construye más sinagogas que iglesias? ¿Cómo serán destruidas las ciudades del diablo? Y los ídolos, ¿cómo serán abatidos? Si Nuestro Señor no hubiese tenido Iglesia, o si la hubiese tenido solamente en Cerdeña, ciertamente estaría demasiado empobrecido. Ah, si Satanás hubiese poseído alguna vez el mundo, ¿cómo habrían sido acogidos los trofeos de la cruz e implantados en todos los rincones del mundo»? ¿Y qué diría ese grande personaje si ahora viviese? ¿Acaso no es envilecer el trofeo de Nuestro Señor?
El Padre Celestial, por la grande humillación y anonadamiento que su Hijo sufrió en el árbol de la cruz, había hecho su nombre tan glorioso que todas las rodillas debieran doblarse para reverenciarlo402, pues que ha entregado su vida a la muerte, y ha sido confundido con los facinerosos403 y ladrones, tuvo en herencia muchos pueblos; pero estos no tomaron en tanta cuenta los padecimientos del crucificado, quitando de su porción las generaciones de mil años, de tal manera que durante este tiempo sólo había algunos servidores secretos, no siendo los otros sino hipócritas y malvados; heme aquí que me dirijo a vosotros, antepasados nuestros, a vosotros que llevasteis el nombre de cristianos y que habéis estado en la verdadera Iglesia: o poseíais la fe o no la poseíais. Si no la poseíais, oh miserables, estáis condenados404, y si la poseíais, ¿cómo no os opusisteis a la impiedad? ¿No sabéis que Dios hizo a cada uno responsable por su prójimo405, y que quien cree internamente puede justificarse, pero quien quisiere obtener la salvación debe confesar su fe406? ¿Y cómo podríais decir: «Creí, por eso hablé»407? ¡También entonces sois unos miserables, porque habiendo recibido un talento tan bello, lo sepultasteis en la tierra! Pero si, por el contrario, oh Lutero y Calvino, la verdadera fe fue siempre pública en la antigüedad, sois vosotros los que sois unos miserables, ya que, para encontrar alguna excusa para vuestras fantasías, acusáis a todos los antiguos o de impiedad, si creyeron mal, o de cobardía, si se callaron.
18 – La Iglesia Católica es universal tanto en las personas como en los lugares. La pretendida no.

La universalidad de la Iglesia no requiere que todas las provincias o naciones reciban al mismo tiempo el Evangelio, bastando que esto ocurra sucesivamente, de suerte que de todos modos siempre se vea la Iglesia y que se reconozca que es la misma que estuvo en todo el mundo o en la mayor parte, a fin de que pueda decirse: Venite, ascendamus ad montem Domini408. Porque la Iglesia será como el sol, y el sol no ilumina siempre igualmente en todas las regiones; basta que, en definitiva, nemo est qui se abscondat a calore ejus409, de la misma manera bastará que al fin de los siglos se verifique la profecía de Nuestro Señor: que es preciso que se predique la penitencia y el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén410.
Porque la Iglesia en los tiempos apostólicos echó ramas por todos lados, cargadas del fruto del Evangelio, como afirma San Pablo411; lo mismo dice San Ireneo en su tiempo, hablando de la Iglesia romana o papal, a la cual quiere que se refiera el resto de la Iglesia «por su más poderosa principalidad». Próspero habla de nuestra Iglesia, no de la vuestra, cuando dice412: «Por el honor pastoral, Roma, sede de Pedro, es cabeza del universo; lo que no consiguió por guerras o por armas someter a su autoridad, la religión se lo ha ganado».
Pues bien, veis que habla de la Iglesia que reconoce como jefe al Papa de Roma. En tiempos de San Gregorio había católicos en todas partes, como puede verse por las cartas que escribió a los obispos de casi todas las naciones. En los tiempos de Graciano, Valentiniano y Justiniano había católicos romanos en todas partes, como puede verse por sus leyes.
Otro tanto dice San Bernardo de su tiempo; sabéis que fue así también en tiempos de Godofredo de Bullón. Desde entonces, la misma Iglesia perdura hasta nuestros días, siempre romana y papal, de manera que aunque nuestra Iglesia fuese ahora menor de lo que es en la realidad, no por eso dejaría de ser católica, ya que continua siendo la misma romana que fue y que estuvo establecida en casi todas las provincias de naciones y pueblos innumerables. Pero todavía está esparcida por toda la tierra: en Transilvania, Polonia, Hungría, Bohemia y por toda Alemania, en Francia, Italia, Eslavonia, Candia, España, Portugal, Sicilia, Malta, Córcega, Grecia, Armenia, Siria y por todas partes. ¿Debería hacer referencia a las Indias Orientales y Occidentales? Quien quisiera ver un resumen de todo esto debería asistir a un capítulo, o asamblea general de los religiosos de San Francisco llamados Observantes: vería venir religiosos de todos los rincones del mundo, viejo y nuevo, para prestar obediencia a un simple, vil y abyecto; esto sería suficiente para verificar este paso de la profecía de Malaquías: In omni loco sacrificatur nomini meo413.
Por el contrario, señores, los pretendidos no pasan los Alpes, de nuestro lado, ni los Pirineos, del lado de España; Grecia no os conoce, las otras tres partes del mundo no saben quiénes sois, y nunca oyeron hablar de cristianos sin sacrificios, sin altar, sin sacerdocio, sin jefes y sin cruce, como vosotros sois; en Alemania, vuestros compañeros Luteranos, Brencianos, Anabaptistas y Trinitarios roen vuestra porción; en Inglaterra, los puritanos, en Francia, los libertinos. ¿Cómo, pues, os obstináis en permanecer así separados del resto del mundo como los Luciferianos o los Donatistas?
Os diré como decía San Agustín414 a uno de vuestros semejantes: dignaros, por favor, instruirnos sobre este punto: ¿cómo es posible que Nuestro Señor haya perdido su Iglesia en el mundo entero y la haya recuperado solamente en vosotros? Ciertamente empobreceréis demasiado a Nuestro Señor, dice San Jerónimo. Porque, si decís que vuestra iglesia ya fue católica en el tiempo de los Apóstoles, entonces demostrad que lo era en aquellos tiempos, porque todas las sectas dirán lo mismo; como injertaréis ese pequeño brote de pretendida religión en este antiguo y santo tronco? Procurad que vuestra iglesia toque por una continuación perpetua la primitiva iglesia, porque si no se tocan, ¿cómo tendrán la misma savia una y otra? Esto no lo conseguiréis nunca. Tampoco estaréis jamás -si no os unís a la obediencia de la Católica- no estaréis jamás, repito, con los que cantarán: Redimisti nos in Sanguine tuo ex omni tribu, et lingua, et populo, et natione, et fecisti nos Deo nostro regnum415.
§19 – La verdadera Iglesia debe ser fecunda.
Tal vez digáis que después de que vuestra iglesia extienda sus alas, al final será también católica por la sucesión de los tiempos. Pero eso sería hablar a la aventura, porque si San Agustín, Crisóstomo, Ambrosio, Cipriano, Gregorio y todo ese ejército de excelentes pastores no hubiesen sabido actuar bastante bien como para que la Iglesia no diese con la cara por el suelo muy poco después, como dicen Calvino, Lutero y los otros, ¿qué apariencia hay de que ahora se fortifique bajo la responsabilidad de vuestros ministros, los cuales ni en santidad ni en doctrina son comparables con aquellos?
Si la Iglesia no fructificó en Primavera, Verano ni Otoño, ¿cómo queréis que en su Invierno se puedan ahora recoger frutos? Si no caminó en su adolescencia, ¿hacia dónde queréis que corra en su vejez?
Digo más: vuestra iglesia no sólo no es católica, sino que ni siquiera puede serlo, pues no tiene fuerza ni virtud para producir hijos, sino sólo para robar las crías de otros, como hace la perdiz; pero es una de las propiedades de la Iglesia el ser fecunda. Por eso, entre otras razones, se la llama paloma416; y si su Esposo, cuando quiere bendecir a un hombre, torna su mujer fecunda, sicut vitis abundans in lateribus domus suæ417, y hace habitar la estéril en su casa, madre jubilosa de hijos418, ¿no debía también Él tener una Esposa que fuese fecunda? Tanto más cuando, según la santa palabra, este desierto debía tener muchos hijos419, y esta nueva Jerusalén debía estar muy habitada y tener una grande descendencia: ambulant gentes in lumine tuo, dice el profeta420, et reges in splendore ortus tui. Leva in circuitu oculos tuos et vide; omnes isti congregati sunt, venerunt tibi; filii tui de longe venient et filiæ tuæ de latere surgent; y también: Pro eo quod laboravit anima eius, ideo dispertia, ei plurimos421. Esta fecundidad de bellas naciones de la Iglesia se hace principalmente por la predicación, como dice San Pablo: Per evangeliun ego vos genui422; la predicación de la Iglesia, por consiguiente, debe ser inflamada: Ignitun eloquiun tuun, Domine423. ¿Y qué de más activo, vivo, penetrante y pronto para combatir y mudar las formas de cualquier materia que el fuego?

§20 – La Iglesia católica es fecunda; la pretendida, estéril.
Así fue la predicación de San Agustín en Inglaterra, de San Bonifacio en Alemania, de San Patricio en Irlanda, de Willibrord en Frisia, de Cirilo en Bohemia, de Adalberto en Polonia, Austria y Hungría, de San Vicente Ferrer, de Juan Capristano; así fue la predicación de los fervorosos hermanos Enrique, Antonio, Luis, de Francisco Javier y mil otros que expulsaron la idolatría por la santa predicación, y todos ellos eran católicos romanos.
Por el contrario, vuestros ministros no han convertido aún ninguna provincia del paganismo, ni ninguna comarca; dividir el cristianismo, hacer sectas, dividir la túnica de Nuestro Señor, esos son los efectos de la predicación de ellos. La doctrina cristiana católica es una lluvia suave que hace fecunda la tierra estéril; la vuestra parece más una tormenta de granizo, que estraga y arrasa la cosecha, y convierte en un yermo la más fértil campiña. Tened cuidado con lo que dice San Judas: «Desdichados de ellos, que … imitando la rebelión de Coré -Coré era un cismático-, perecerán. Estos son los que contaminan vuestros convites cuando asisten a ellos sin vergüenza, cebándose a sí mismos; nubes sin agua, llevadas de aquí para allá por los vientos»424; tienen el exterior de las Escrituras, pero les falta el licor interior del espíritu: árboles otoñales infructuosos; no tienen más que el follaje de la letra, pero carecen del fruto de la inteligencia; dos veces muertos: muertos en cuanto a la caridad, por la división, y muertos en cuanto a la fe, por la herejía; sin raíces, que ya no podrán más dar fruto;
son olas bravas del mar, que arrojan las espumas de sus torpezas en debates, disputas y agitaciones; exhalaciones errantes, que no pueden servir de guía a nadie y carecen de firmeza en la fe, mudando constantemente. ¿Por ventura, nos admiraremos de que vuestra predicación sea estéril? No tenéis más que cáscara sin savia; ¿como queréis vosotros que ella germine? No tenéis más que la vaina sin la espada, la letra sin la inteligencia; no es, pues, extraño que no podáis dominar la idolatría; por eso, San Pablo, hablando de los que se separan de la Iglesia, afirma: Sed ultra non proficient425. Si entonces vuestra iglesia no puede de forma alguna llamarse católica hasta al presente, menos debe esperar que lo venga a ser en el futuro, porque su predicación es floja y sus predicadores aún no han enfrentado, como dice Tertuliano, el compromiso de ethnicos convertendi, mas solamente el de nostros avertendi. ¿Qué iglesia es esa que no está unida ni es santa ni católica y, lo que es peor, no puede tener ninguna esperanza razonable de serlo alguna vez?

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