Sin duda estamos ante una degradación del sistema familiar que ha constituido el fundamento de la sociedad cristiana.
Muchos consideran el matrimonio como un medio de satisfacer sus propias necesidades personales, siendo el cónyuge el instrumento para el placer personal mucho más que la persona a la que hay que amar y entregarse por completo. De hecho, muchas veces el amor hacia el cónyuge es una especie de préstamo del que se espera obtener lo que se ha dado más los intereses. Por eso, cuando algo falla en ese intercambio comercial de sentimientos, el “fracaso matrimonial” o divorcio es la solución más “fácil” o socorrida.
El sistema político del liberalismo capitalista salvaje está impregnando todos los ámbitos de la vida. Yo te amo si tú me amas y me das a cambio más de lo que yo te doy. Y si “lo nuestro” no funciona, nos separamos y buscamos a otra persona para fundar otra empresa de “sentimientos”. Se trafica con sentimientos y los hijos que nacen de ese tipo de matrimonios están condenados a ser los nuevos esclavos del amor interesado de sus padres. De hecho, cuando el matrimonio se destruye, esos niños se convierten en moneda de cambio, siendo llevados de acá para allá para satisfacer las necesidades “sentimentales” de sus padres.
La reacción del cristianismo ante este problema se presenta muy complicada, porque, no hay que olvidarlo, este sistema ha nacido dentro de una sociedad que se presumía cristiana. Es decir, este liberalismo-capitalista de las emociones es el resultado de las sociedades occidentales donde se supone que el elemento cristiano era parte esencial de su naturaleza. Probablemente hemos heredado los errores de esa concepción cristiana por la que el creyente ha de ser “bendecido” con la prosperidad económica, que es la que en el fondo ha acabado por convertirse en el objetivo máximo de los ciudadanos de nuestra sociedad. Al convertir la vida cristiana en una fábrica de prosperidad material, se ha caído en la tentación materialista y hedonista que acaba por dejar la propia fe en un plano relegado y que sirve sólo para sacarnos de las situaciones apuradas, es decir, que sirve sólo como otra moneda de cambio.
¿Cómo revertir todo esto?
Pues con el espíritu ético y moral que se desprende del evangelio de Cristo. Necesitamos concienciarnos que estamos en minoría y que nuestra sociedad necesita con urgencia una inyección de verdadero cristianismo antes de que nos convirtamos de nuevo en una copia barata de la sociedad existente en tiempos del imperio romano. Nos jugamos mucho en este envite como para andar buscando posibles justificaciones bíblicas a los pecados de nuestra sociedad. Por tanto, y en el ámbito del matrimonio, debemos ser todo lo tajante posible a la hora de predicar su indisolubilidad y su valor como elemento básico de nuestra sociedad.
Iremos contra corriente, pero mejor luchar contra el pecado que acomodarnos a vivir en medio de él.

Bendiciones

 

Amor Conyugal
La verdad y el significado del amor conyugal a la luz de la encíclica Humanae Vitae.
Carta pastoral de Mons. Charles Chaput, Arzobispo de Denver. 22 de Julio, 1998.
título: De la Vida Humana.

Queridos hermanos y hermanas en el Señor,

1. Hace treinta años, el Papa Pablo VI entregó su encíclica Humanae Vitae (Sobre la Vida Humana), que reafirmó la enseñanza constante de la Iglesia acerca del control de la natalidad. Ciertamente es la intervención papal peor entendida de este siglo. Fue la chispa que encabezó tres décadas de dudas y desacuerdos entre muchos católicos, especialmente en los países desarrollados. Sin embargo, con el pasar del tiempo, se ha comprobado profética. Enseña la verdad. Por eso, mi intención con esta carta apostólica es sencilla. Creo que el mensaje de la Humanae Vitae no es una carga sino una alegría. Creo que esta encíclica ofrece una clave que lleva a matrimonios más profundos y ricos. Y lo que busco desde la familia de nuestra Iglesia local no es simplemente un asentimiento respetuoso a un documento que la crítica desecha como irrelevante, sino un esfuerzo activo y sostenido por estudiar la Humanae Vitae; por enseñarla fielmente en nuestras parroquias; y por alentar a nuestras parejas casadas a que la vivan.

I. EL MUNDO DESDE 1968

2. Tarde o temprano, todo pastor aconseja a alguien que está luchando contra una adicción. Normalmente el problema es alcohol o drogas. Y normalmente el escenario es el mismo. El adicto reconocerá el problema pero manifestará ser impotente ante él. O, alternativamente, el adicto negará tener un problema, aunque la adicción esté destruyendo su salud y arruinando su trabajo y su familia. No importa cuánto sentido tenga el pastor; no importa qué tan verídicos y persuasivos sean sus argumentos; y no importa qué tan en riesgo esté su vida, el adicto simplemente no puede entender —o actuar según— el consejo. La adicción, como una gruesa capa de vidrio, separa al adicto de cualquier cosa o persona que lo pueda ayudar.

3. Una manera de entender la historia de la Humanae Vitae es aproximarse a las últimas tres décadas mediante la metáfora de la adicción. Creo que al mundo desarrollado le es muy difícil aceptar esta encíclica no porque hubiese algún defecto en el raciocinio de Pablo VI, sino debido a las adicciones y contradicciones que se ha infligido a sí mismo, exactamente como lo advirtiera el Santo Padre.

4. Al presentar su encíclica, Pablo VI llamó la atención sobre cuatro problemas principales que surgirían si se ignorasen las enseñanzas de la Iglesia sobre el control de la natalidad (HV 17). Primero, advirtió que el amplio uso de anticonceptivos llevaría a “la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad”. Exactamente esto es lo que ha ocurrido. Pocos negarán que los índices de abortos, divorcios, colapsos familiares, abuso de esposas e hijos, enfermedades venéreas e hijos extramatrimoniales han aumentado desde mediados de 1960. Obviamente, la píldora del control natal no ha sido el único factor en este incremento. Pero ha tenido un papel principal. De hecho, la revolución cultural desde 1968, caracterizada por lo menos en parte por un cambio de actitud hacia el sexo, no hubiera sido posible o sostenible sin un fácil acceso a una anticoncepción eficaz. En esto, Pablo VI tenía razón.

5. Segundo: advirtió también que el hombre perdería su respeto por la mujer y “ya [no se preocuparía] de su equilibrio físico y psicológico”, al punto tal que la consideraría “como simple instrumento de goce egoísta y no como su respetada y amada compañera”. En otras palabras, según el Papa, la anticoncepción puede ser presentada como liberadora para la mujer, pero los auténticos “beneficiarios” de la píldoras y dispositivos de control de la natalidad son los hombres. Tres décadas más tarde, exactamente como Pablo VI sugirió, la anticoncepción ha liberado al hombre —a un nivel históricamente sin precedentes— de la responsabilidad por sus agresiones sexuales. En el proceso, una de las más extrañas ironías del debate sobre la anticoncepción en la última generación ha sido la siguiente: muchas feministas han atacado a la Iglesia Católica por su alegada desatención hacia la mujer, pero la Iglesia en la Humanae Vitae identificó y rechazó la explotación sexual de la mujer años antes que aquel mensaje entrara en vigencia en la cultura. Una vez más, Pablo VI tenía razón.

6. Tercero: el Santo Padre advirtió también que el uso generalizado de la anticoncepción podría poner “un arma peligrosa… en las manos de aquellas autoridades públicas que no prestan clara atención a las exigencias morales”. Como hemos descubierto luego, la eugenesia no desapareció con las teorías raciales de los nazis en 1945. Las políticas del control de población son ahora parte aceptada de casi toda discusión sobre ayuda extranjera. La exportación masiva de anticonceptivos, aborto y esterilización por parte del mundo desarrollado hacia los países en desarrollo —frecuentemente como requisito previo para la ayuda y muchas veces en contradicción con las tradiciones morales locales— es una forma levemente disfrazada de la ‘guerra de población’ y la re-ingeniería cultural. Nuevamente, Pablo VI tenía razón.

7. Cuarto: El Papa Pablo advirtió que la anticoncepción conduciría a los seres humanos a pensar erradamente que tienen un dominio ilimitado sobre sus propios cuerpos, convirtiendo inexorablemente a la persona humana en el objeto de su poder invasivo. Aquí se halla otra ironía: al huir hacia la falsa libertad provista por la anticoncepción y el aborto, un exagerado feminismo ha conspirado activamente hacia la deshumanización de la mujer. Un hombre y una mujer participan de manera única en la gloria de Dios por su capacidad de co-crear una nueva vida con Él. En la base de la anticoncepción, sin embargo, está el asumir que la fertilidad es una infección que debe ser atacada y controlada, exactamente como los antibióticos atacan las bacterias. En esta actitud puede verse también el intrínseco enlace entre la anticoncepción y el aborto. Si la fertilidad puede ser falsamente representada como una infección que se debe atacar, también lo puede ser una nueva vida. En ambos casos, un elemento definitivo de la identidad de la mujer —su potencial para engendrar una nueva vida— es redefinido como una debilidad que inspira desconfianza y requiere un atento “tratamiento”. La mujer se convierte en el objeto de los dispositivos en los que confía para asegurarse su propia liberación y defensa, mientras que el hombre no comparte nada de esta carga. Una vez más, Pablo VI tenía razón.

8. Luego del punto final del Santo Padre, ha aparecido mucho más: la fertilización in vitro, la clonación, la manipulación genética y la experimentación con embriones descienden todas de la tecnología anticonceptiva. De hecho, hemos subestimado drástica e ingenuamente los efectos de la tecnología, no sólo externamente en la sociedad, sino en nuestra propia identidad humana. Como ha observado el autor Neil Postman, el cambio tecnológico no es aditivo sino ecológico. Una nueva tecnología significativa no ‘añade’ algo a una sociedad, lo cambia todo, tal como una gota de tinte rojo no pasa desapercibida en un vaso de agua, sino que colorea y cambia cada molécula del líquido. La tecnología anticonceptiva, precisamente por su impacto en la intimidad sexual, ha trastornado nuestro entendimiento sobre el sentido de la sexualidad, de la fertilidad, y del matrimonio mismo. Los ha separado de la identidad natural e intrínseca de la persona humana y ha trastornado la ecología de las relaciones humanas. Ha introducido el caos en nuestro vocabulario de amor, tal como el orgullo introdujo el caos en el vocabulario de Babel.

9. Ahora nos enfrentamos día a día con las consecuencias. Estoy escribiendo estos pensamientos en una semana de julio en la que, con pocos días de intervalo, los noticieros han informado que casi el 14 por ciento de los habitantes de Colorado están o han estado involucrados en la dependencia de alcohol o drogas; una comisión del gobernador ha alabado el matrimonio mientras que simultáneamente recomienda pasos que lo trastornarán al otorgar derechos y responsabilidades paralelas a personas en ‘relaciones comprometidas’, incluyendo relaciones entre personas de un mismo sexo; y una pareja joven de la costa este ha sido sentenciada por asesinar brutalmente a su hijo recién nacido. De acuerdo a los reportajes, uno o los dos jóvenes padres, no casados, “aplastó el cráneo (del bebé) mientras estaba vivo, y dejó luego el cuerpo mutilado en un contenedor de basura para que muera”. Estos son los titulares de una cultura en serios problemas. La sociedad estadounidense está arruinada con la identidad sexual y trastornos conductuales, colapso familiar y una general y creciente aspereza en la actitud hacia la sacralidad de la vida humana. Es obvio para cualquiera excepto para un adicto: tenemos un problema. Nos está matando como personas. Así que, ¿qué vamos a hacer al respecto? Lo que quiero sugerir es que si Pablo VI tenía acerca de muchas de las consecuencias que se derivan de la anticoncepción, es porque tenía razón en cuanto a la anticoncepción misma. Buscando nuevamente ser plenos como personas y como gente de fe, necesitamos empezar volviendo a leer la Humanae Vitae con corazones abiertos. Jesús dijo que la verdad nos hará libres. La Humanae Vitae está repleta de verdad. Por eso es una clave para nuestra libertad.

II. LO QUE REALMENTE DICE LA HUMANAE VITAE

10. Tal vez una de las fallas al comunicar el mensaje de la Humanae Vitae a lo largo de los últimos treinta años ha sido el lenguaje usado al enseñarla. Las tareas y responsabilidades de la vida conyugal son numerosas. Son también serias. Ante todo deben ser consideradas cuidadosamente y en espíritu de oración. Pero pocas parejas entienden su amor en términos de la teología académica. Simplemente, se enamoran (fall in love). Ese es el vocabulario que usan. Es así de simple y revelador. Se rinden uno al otro. Se dan ellos mismos uno al otro. Se rinden (fall) uno al otro para poseer, y ser poseídos, plenamente uno al otro. Y con justicia. En el amor conyugal, Dios quiere que los esposos hallen alegría y gozo, esperanza y vida abundante, en y a través de cada uno, todo ordenado de manera que lleve al esposo y esposa, a sus hijos, y a todos los que lo conocen, más profundamente al abrazo de Dios.

11. En consecuencia, al presentar la naturaleza del matrimonio cristiano a una nueva generación, debemos formular sus satisfacciones plenificantes por lo menos tan bien como sus deberes. La actitud católica hacia la sexualidad es todo menos puritana, represiva o anticarnal. Dios creó el mundo y modeló a la persona humana a su misma imagen. Por lo tanto, el cuerpo es bueno. De hecho, para mí ha sido muchas veces una fuente de gran humor escuchar de incógnito cómo personas se quejaban sobre la supuesta “sexualidad enbotellada” de la doctrina moral católica, y el tamaño de muchas buenas familias católicas (de dónde, uno se pregunta, piensan ellos que vienen los bebés). El matrimonio católico —exactamente como Jesús mismo— no es una cuestión de escasez sino de abundancia. No es una cuestión de esterilidad, sino más bien de la fecundidad que fluye del amor unitivo y procreativo. El amor conyugal católico implica siempre la posibilidad de una nueva vida, y porque lo hace, aleja la soledad y afirma el futuro. Y porque afirma el futuro, se convierte en una hoguera de esperanza en un mundo inclinado a la locura. En efecto, el matrimonio católico es atractivo porque es sincero. Está diseñado para las criaturas que somos: personas hechas para la comunión. Los esposos se completan uno al otro. Cuando Dios une a una mujer y un hombre en matrimonio, ellos crean con Él un nuevo todo, una “pertenencia” que es tan real, tan concreta, que una nueva vida, un niño, es su expresión natural y su sello. Eso es lo que la Iglesia quiere decir cuando enseña que el amor matrimonial católico es por su naturaleza tanto unitivo como procreativo, y no lo uno o lo otro.

12. ¿Pero por qué las parejas casadas no pueden simplemente escoger el aspecto unitivo del matrimonio y temporalmente bloquear o incluso permanentemente evitar su naturaleza procreativa? La respuesta es tan simple y radical como el Evangelio mismo. Cuando los esposos se dan a sí mismos honesta y enteramente, como lo implica o incluso exige la naturaleza del amor conyugal, ello debe incluir todo su ser, y la más íntima y poderosa parte de cada persona es su fertilidad. La anticoncepción no sólo niega la fertilidad y ataca la procreación, sino que al hacerlo, necesariamente daña también la unidad. Es el equivalente a que los esposos se digan: “Te doy todo lo que soy, excepto mi fertilidad. Yo acepto todo lo que eres, excepto tu fertilidad”. Este retener algo de uno mismo inevitablemente trabaja para aislar y dividir a los esposos, deshaciendo la amistad sagrada entre ellos… tal vez no inmediata y visiblemente, sino profundamente, y a la larga muchas veces de manera fatal para el matrimonio.

13. Es por esto que la Iglesia no está en contra de la anticoncepción “artificial”. Está en contra de todo tipo de anticoncepción. La noción de “artificial” no tiene nada que ver. De hecho, se tiende a confundir la discusión implicando que el debate es en torno a una intrusión mecánica en el sistema orgánico del cuerpo. No es así. La Iglesia no tiene ningún problema con la ciencia que apropiadamente interviene para sanar o mejorar la salud corporal. En vez, la Iglesia enseña que toda anticoncepción está moralmente errada, y no solamente errada, sino seriamente errada. La alianza que realizan el marido y la mujer en el matrimonio requiere que toda relación permanezca abierta a la transmisión de una nueva vida. Esto es lo que implica ser “una carne”: una autodonación completa, sin reserva o excepción, así como Cristo no retuvo nada de Sí mismo de su esposa, la Iglesia, muriendo por ella en la Cruz. Cualquier interferencia intencional con la naturaleza procreativa de la relación implica necesariamente que los esposos están reteniéndose uno del otro y de Dios, quien es su pareja en el amor sacramental. En efecto, se roban algo infinitamente precioso —ellos mismos— de cada uno y de su Creador.

14. Y es por esto que la planificación familiar natural difiere no sólo en el estilo sino en la substancia moral de la anticoncepción como un medio para regular el tamaño de las familias. La planificación familiar natural no es anticoncepción. Es, más bien, un método de conciencia y aprecio de la fertilidad. Es una aproximación completamente diferente a la regulación de la natalidad. La planificación familiar natural no ataca en nada a la fertilidad, no retiene el don de uno mismo a su pareja, ni tampoco bloquea la naturaleza procreativa de la relación. La alianza del matrimonio requiere que cada acto de relación sea plenamente un acto de autodonación, y por lo tanto abierto a la posibilidad de una nueva vida. Pero cuando, por buenas razones, esposo y esposa limitan sus relaciones de acuerdo a los periodos naturales de infertilidad en la esposa durante el mes, están simplemente observando un ciclo que Dios mismo ha creado en la mujer. No lo están trastornando. Y por lo tanto están viviendo de acuerdo a la ley del Amor de Dios.

15. Hay, por cierto, muchos beneficios maravillosos en la práctica de la planificación familiar natural. La esposa se preserva a sí misma de químicos o instrumentos y se mantiene fiel a su ciclo natural. El esposo comparte la planificación y la responsabilidad en la planificación familiar natural. Ambos aprenden un mayor grado de auto señorío y un respeto profundo por el otro. Es verdad que la planificación familiar natural requiere de sacrificios y abstinencias periódicas de relaciones. Puede a veces ser un camino difícil. Pero así puede ser toda vida cristiana seria, sea uno sacerdote, consagrado, soltero o casado. Mas aún, la experiencia de decenas de miles de parejas ha enseñado que, viviendo en oración y sin egoísmos, la planificación familiar natural profundiza y enriquece el matrimonio y termina en una mayor intimidad, y mayor alegría. En el Antiguo Testamento, Dios pidió a nuestros primeros padres ser fecundos y multiplicarse (Gén 1,28). Nos pidió que escojamos la vida (Dt 30,19). Envió a su Hijo, Jesús, para traernos la vida en abundancia (Jn 10,10) y para recordarnos que su yugo es ligero (Mt 11,30). Sospecho, por lo tanto, que lo que está en el corazón de la ambivalencia católica hacia la Humanae Vitae no es una crisis de la sexualidad, de la autoridad de la Iglesia o de relevancia moral, sino una cuestión de fe: ¿Creemos de verdad en la bondad de Dios? La Iglesia habla por su Novio, Jesucristo, y los creyentes oyen natural y ardientemente. Ella enseña a las parejas casadas el camino al amor permanente y a una cultura de vida. Treinta años de historia han registrado las consecuencias de la opción contraria.

III. QUÉ TENEMOS QUE HACER

16. Quiero expresar mi gratitud a las muchas parejas que ya viven el mensaje de la Humanae Vitae en sus vidas de casados. Su fidelidad a la verdad santifica a sus mismas familias y a nuestra entera comunidad de fe. Agradezco de manera especial a aquellas parejas que enseñan la planificación familiar natural y aconsejan a otras parejas en la paternidad responsable inspirada por la enseñanza de la Iglesia. Su trabajo muy a menudo pasa desapercibido o no es apreciado, pero ellos son poderosos abogados de la vida en una época de confusión. Quiero ofrecer mis oraciones y aliento a aquellas parejas que cargan la cruz de la infertilidad. En una sociedad que a menudo favorece el evitar niños, ellos soportan la carga de anhelar el tener hijos sin poder engendrar ninguno. Ninguna oración queda sin responder, y todo sufrimiento ofrecido al Señor fructifica de alguna forma en una nueva vida. Les aliento a considerar la adopción, y apelo a ellos para que recuerden que un buen fin no puede nunca justificar medios errados. Sea para prevenir la gestación o lograrla, cualquier técnica que separe la dimensión unitiva y procreativa del matrimonio está siempre equivocada. Técnicas para procrear que vuelven a los embriones en objetos y mecánicamente sustituyen el abrazo amoroso de esposo y esposa violan la dignidad humana y tratan la vida como un producto. No importa cuán positivas sean sus intenciones, estas técnicas promueven la peligrosa tendencia de reducir la vida humana a material que puede ser manipulado.

17. Nunca es tarde para volver nuestros corazones nuevamente hacia Dios. No somos impotentes. Podemos hacer una diferencia siendo testigos de la verdad sobre el amor matrimonial y la fidelidad a la cultura que nos rodea. En diciembre del año pasado, en una carta pastoral llamada Buenas Nuevas de Gran Alegría, hablé de la importante vocación que todo católico tiene como un evangelizador. Somos todos misioneros. Norteamérica en los noventas, con su cultura de una sexualidad desordenada, matrimonios rotos y familias fragmentadas, necesita urgentemente el Evangelio. Como el Papa Juan Pablo II escribe en su Exhortación Apostólica Sobre la Familia (Familiaris Consortio), las parejas casadas tienen un rol fundamental testimoniando a Jesucristo entre ellos y a la cultura que los rodea (49, 50).

18. Con esa luz, pido a las parejas casadas de la arquidiócesis que lean, discutan y recen en torno a la Humanae Vitae, la Familiaris Consortio, y otros documentos de la Iglesia que delinean la enseñanza católica sobre el matrimonio y la sexualidad. Muchas parejas casadas, inconscientes de la sabiduría encontrada en este material, se han privado a sí mismas de una hermosa fuente de sustento para su mutuo amor. Aliento de manera especial a las parejas a examinar su propia conciencia en relación a la anticoncepción, y les pido que recuerden que “conciencia” es mucho más que sólo una cuestión de preferencia personal. Requiere que busquemos y entendamos la enseñanza de la Iglesia, y honestamente luchar para conformar nuestros corazones a ella. Les exhorto a buscar la Reconciliación sacramental por las veces en que han caído en la anticoncepción. La sexualidad desordenada es la adicción dominante de la sociedad norteamericana en estos años finales del siglo. Directa o indirectamente nos afecta a todos. Como resultado, para muchos esta enseñanza puede ser un mensaje difícil de aceptar. Pero no pierdan los ánimos. Cada uno de nosotros es un pecador. Cada uno de nosotros es amado por Dios. No importa qué tanto caigamos, Dios nos perdonará si nos arrepentimos y pedimos la gracia para cumplir su voluntad.

19. Pido a mis hermanos sacerdotes que examinen sus propias prácticas pastorales, para asegurarse de estar presentando fiel y sugerentemente la enseñanza de la Iglesia sobre estos asuntos en todos sus trabajos pastorales. Nuestra gente merece la verdad sobre la sexualidad humana y la dignidad del matrimonio. Para realizar esto, pido a los pastores leer y poner en práctica el Vademécum para Confesores sobre algunos aspectos de moral conyugal, así como estudiar la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la planificación familiar. Les exhorto a que nombren coordinadores parroquiales para facilitar la presentación de la enseñanza católica sobre el matrimonio y la planificación familiar, especialmente la planificación familiar natural. La anticoncepción es un asunto grave. Las parejas casadas necesitan el buen consejo de la Iglesia para realizar las decisiones correctas. La mayoría de los católicos casados acogen la guía de los sacerdotes, y los sacerdotes nunca se deberían sentir intimidados por su compromiso personal al celibato, o avergonzados por la enseñanza de la Iglesia. Avergonzarse de la enseñanza de la Iglesia es avergonzarse de la enseñanza de Cristo. La experiencia pastoral y el consejo de un sacerdote son valiosos en asuntos como la anticoncepción precisamente porque presenta una nueva perspectiva para una pareja y habla por toda la Iglesia. Más aún, la manifestación de la fidelidad de un sacerdote a su propia vocación fortalece a las parejas casadas para que ellas vivan su vocación con mayor fidelidad.

21. Dos aspectos finales. Primero: el tema de la anticoncepción no es periférico, sino central y serio en el caminar de un católico con Dios. Si se realiza con conciencia y libertad, la anticoncepción es un pecado grave, porque distorsiona la esencia del matrimonio: el amor de auto-donación (self-giving) que, por su misma naturaleza, es dador de vida (life-giving). Quiebra lo que Dios ha creado para ser uno: el sentido personal unitivo del sexo (amor) y el sentido de donación de vida del sexo (procreación). Muy aparte del costo a cada pareja, la anticoncepción ha infligido también un daño masivo a la sociedad: al forzar inicialmente una cuña entre el amor y la procreación de hijos, y luego entre sexo (esto es, sexo en sentido de diversión, sin un compromiso permanente) y amor. Sin embargo —y este es mi segundo punto— la enseñanza de la verdad deber ser siempre hecha con paciencia y compasión, lo mismo que con firmeza. La sociedad americana parece oscilar particularmente entre el puritanismo y el libertinaje. Las dos generaciones —la mía y la de mis profesores— que en su momento encabezaron en este país la oposición a la encíclica de Pablo VI, son generaciones aún reaccionando contra el rigorismo del catolicismo norteamericano de los cincuentas. Ese rigorismo, en buena parte producto de una cultura y no de una doctrina, ha sido demolido hace ya mucho tiempo. Pero el hábito del escepticismo permanece. Al llegar a estas personas, es nuestra tarea devolver su desconfianza a donde pertenece: hacia las mentiras que el mundo dice sobre el sentido de la sexualidad humana, y las patologías que esas mentiras esconden.

22. Finalizando, enfrentamos una oportunidad que sólo viene una vez en muchas décadas. Esta semana hace treinta años, Pablo VI dijo la verdad sobre el amor conyugal. Al hacerlo, se inició una pugna al interior de la Iglesia que continúa marcando hasta hoy la vida católica norteamericana. La oposición selectiva a la Humanae Vitae pronto desencadenó una gran oposición a la autoridad de la Iglesia y ataques a la credibilidad de la Iglesia misma. La ironía es que la gente que dejó la enseñanza de la Iglesia descubrió pronto que había trastornado su propia habilidad para transmitir algo a sus hijos. El resultado es que la Iglesia debe ahora evangelizar un mundo de los hijos de sus hijos, adolescentes y jóvenes adultos criados en una confusión moral, muchas veces inconscientes de su propia herencia moral, hambrientos de sentido, comunidad y amor verdadero. Por todos sus retos, este es un tremendo nuevo momento de posibilidades para la Iglesia, y la buena nueva es que la Iglesia hoy, como en toda época, tiene las respuestas para colmar el vacío que hay en sus corazones por hambre de Dios. Por eso, mi plegaria es sencilla: Que el Señor nos conceda la sabiduría para reconocer el gran tesoro que reside en nuestra enseñanza sobre el amor matrimonial y la sexualidad humana, la fe, la alegría y la perseverancia para vivir todo ello en nuestras propias familias, y la valentía que tuvo Pablo VI para predicarlo nuevamente.

 

Traductor: P. Herminio Rodríguez, OSA

En la vida social, también se creen muchas cosas sin ser vistas. La buena voluntad del amigo no se ve, pero se cree en ella. Sin alguna fe, ni siquiera podemos tener certeza del afecto del amigo probado

I. 1. Piensan algunos que la religión cristiana es más digna de burla que de adhesión, porque no presenta ante nuestros ojos lo que podemos ver, sino que nos manda creer lo que no vemos. Para refutar a los que presumen que se conducen sabiamente negándose a creer lo que no ven, les demostramos que es preciso creer muchas cosas sin verlas, aunque no podamos mostrar ante sus ojos corporales las verdades divinas que creemos.

En primer lugar, a esos Insensatos, tan esclavos de los ojos del cuerpo que llegan a persuadirse que no deben creer lo que no ven, hemos de advertirles que ellos mismos creen y conocen muchas cosas que no se pueden percibir con aquellos sentidos. Son innumerables las que existen en nuestra alma, que es por naturaleza invisible. Por ejemplo: ¿qué hay más sencillo, más claro, más cierto que el acto de creer o de conocer que creemos o que no creemos alguna cosa, aunque estos actos estén muy lejos del alcance de la visión corporal? ¿Qué razón hay para negarse a creer lo que no vemos con los ojos del cuerpo, cuando, sin duda alguna, vemos que creemos o que no creemos, y estos actos no se pueden percibir con los sentidos corporales?

2. Pero dicen: lo que está en e1 alma, podemos conocerlo con la facultad interior del alma, y. no necesitamos los ojos del cuerpo; pero lo que nos mandáis creer, ni lo presentáis al exterior para que lo veamos con los ojos corporales ni está dentro en nuestra alma para que podamos verlo con el entendimiento. Dicen estas cosas como si a alguno se le mandara creer lo que ya tiene ante los ojos. Es preciso creer algunas cosas temporales que no vemos, para que seamos dignos de ver las eternas que creemos. Y tú, que no quieres creer más que lo que ves, escucha un, momento: ves los objetos presentes con los ojos del cuerpo; ves tus pensamientos y afectos con los ojos del alma. Ahora dime, por favor: ¿cómo ves el afecto de tu amigo? Porque el afecto no puede verse con los ojos corporales. ¿Ves, por ventura, con los ojos del alma lo que pasa en el alma de otro? Y, si no lo ves, ¿cómo corresponderás a los sentimientos amistosos, cuando no crees lo que no puedes ver? ¿Replicarás, tal vez, que ves el afecto del amigo en sus obras? Verás, en efecto, las obras de tu amigo, oirás sus palabras; pero habrás de creer en su afecto, porque éste ni se puede ver ni oír, ya que no es un color o una figura que entre por los ojos, ni un sonido o una canción que penetre por los oídos, ni una afección interior que se manifieste a la conciencia. Sólo te resta creer lo que no puedes ver, ni oír; ni conocer por el testimonio de la conciencia, para que no quedes aislado en la vida sin el consuelo de la amistad, o el afecto de tu amigo quede sin justa correspondencia. ¿Dónde está tu propósito de no creer más que lo que vieres exteriormente con los ojos del cuerpo o interiormente con los ojos del alma? Ya ves que tu afecto te mueve a creer en el afecto no tuyo; y adonde no pueden llegar ni tu vista ni tu entendimiento, llega tu fe. Con los ojos del cuerpo ves el rostro de tu amigo, y con los ojos del alma ves tu propia fidelidad; pero la fidelidad del amigo no puedes amarla si no tienes también la fe que te incline a creer lo que en él no ves; aunque el hombre puede engañar mintiendo amor y ocultando su mala intención. Y, si no intenta hacer daño, finge la caridad, que no tiene, para conseguir de ti algún beneficio.

3. Pero dices que, si crees al amigo, aunque no puedes ver su corazón, es porque lo probaste en tu desgracia y conociste su fidelidad cuando no te abandonó en los momentos de peligro. ¿Te imaginas, por ventura, que hemos de anhelar nuestra desgracia para probar el amor de los amigos? Ninguno podría gustar la dulzura de la amistad si no gustara antes la amargura de la adversidad; ni gozaría el placer del verdadero amor quien no sufriera el tormento de la angustia y del dolor. La felicidad de tener buenos amigos, ¿por qué no ha de ser más bien temida que deseada, si no se puede conseguir sin la propia desgracia? Y, sin embargo, es muy cierto que también en la prosperidad se puede tener un buen amigo, aunque su amor se prueba más fácilmente en la adversidad.

Si de la sociedad humana desaparece la fe, vendrá una confusión espantosa

II. En efecto, si no creyeras, no te expondrías al peligro para probar la amistad. Y, por tanto, cuando así lo haces, ya crees antes de la prueba. En verdad, si no debemos creer lo que vemos, ¿cómo creemos en la fidelidad de los amigos sin tenerla comprobada? Y cuando llegamos a probarla en la adversidad, aun entonces es más bien creída que vista. Si no es tanta la fe que, no sin razón, nos imaginamos ver con sus ojos lo que creemos. Debemos creer, porque no podemos ver.

4. ¿Quién no ve la gran perturbación, la confusión espantosa que vendrá si de la sociedad humana desaparece la fe? Siendo invisible el amor, ¿cómo se amarán mutuamente los hombres, si nadie cree lo que no ve? Desaparecerá la amistad, porque se funda en el amor recíproco. ¿Qué testimonio de amor recibirá un hombre de otro si no creer que se lo puede dar? Destruida la amistad, no podrán conservarse en el alma los lazos del matrimonio, del parentesco y de la afinidad, porque también en estos hay relación amistosa. Y así, ni el esposo amará a la esposa, ni ésta al esposo, si no creen en el amor recíproco porque no se puede ver. Ni desearán tener hijos, cuando no creen que mutuamente se los han de dar. Si estos nacen y se desarrollan, tampoco amarán a sus padres; pues, siendo invisible el amor, no verán el que para ellos abrasa los paternos corazones, si creer los que no se ve es temeridad reprensible y no fe digna de alabanza. ¿Qué diré de las otras relaciones de hermanos, hermanas, yernos y suegros, y demás consanguíneos y afines, si el amor de los padres a sus hijos y de los hijos a sus padres es incierto y la intención sospechosa, cuando no se quieren mutuamente? Y no lo hacen estimando que no tienen obligación, pues no creen en el amor del otro porque no lo ven. No creer que somos amados, porque no vemos el amor, ni corresponder al afecto con el afecto, porque no pensamos que nos lo debemos recíprocamente, es una precaución mas molesta que ingeniosa. Si no creemos lo que no vemos, si no admitimos la buena voluntad de los otros porque no puede llegar hasta ella nuestra mirada, de tal manera se perturban las relaciones entre los hombres, que es imposible la vida social. No quiero hablar del gran número de hechos que nuestros adversarios, los que nos reprenden porque creemos lo que no vemos, creen ellos también por el rumor público y por la historia, o referentes a los lugares donde nunca estuvieron. Y no digan: No creemos porque no vimos. Pues si lo dicen, se ven obligados a confesa que no saben con certeza quiénes son sus padres. Ya que, no conservando recuerdo alguno de aquel tiempo, creyeron sin vacilación a los que se lo afirmaron, aunque no se lo pudieran demostrar por tratarse de un hecho ya pasado. De otra manera, al querer evitar la temeridad de creer lo que no vemos, incurriríamos necesariamente en el pecado de infidelidad a los propios padres.

Motivos para creer. Cumplimiento de las profecías relativas a la Iglesia

III. Si no es posible que subsista, por falta de concordia, la sociedad humana, cuando rehusamos creer lo que no vemos, ¿con cuánta mayor razón hemos de dar fe a las verdades divinas que no vemos; pues, si se niega, no se profana la amistad de los hombres, sino la religión sublime, para caer en la eterna desventura?

5. Pero dirás: aunque no veo el afecto del amigo, puedo tener pruebas de su existencia. Vosotros, en cambio, sin prueba alguna nos mandáis creer lo que no vemos. Ya es algo que me concedas que hay motivos para creer algunas verdades aunque no se vean. Porque así queda bien sentada esta afirmación: No todo lo que no se ve debe no ser creído. Y rechazada en absoluto esta otra: No debemos creer lo que no vemos. Mucho se equivocan los que piensan que sin pruebas suficientes creemos en Cristo ¿Qué prueba más evidente que el cumplimiento de las profecías? Por tanto, los que pensáis que no hay motivo alguno para creer de Cristo lo que no visteis, considerad lo que estáis viendo.

La misma Iglesia con voz maternal os habla: Yo, a quien admiráis extendida por todo el mundo y dando frutos copiosos de santidad, no siempre existí como ahora me estáis viendo. Pero escrito está: En tu descendencia serán bendecidas todas las naciones 1. Cuando Dios bendecía a Abraham, era yo la prometida, pues con la bendición de Cristo me propago entre todas las gentes. La serie de generaciones de testimonio de Cristo, descendiente de Abraham. Lo probaré en pocas palabras: Abraham engendró a Isaac, Isaac engendr6 a Jacob, Jacob engendró doce hijos, y de éstos procede el pueblo de Israel. Pues Jacob fue llamado Israel. Entre los doce hijos se cuenta Judá, del que tomaron su nombre los judíos; y de éstos nació la Virgen María, que dio a luz a Cristo. Veis con asombro cómo en Cristo, esto es, en la descendencia de Abraham, son bendecidas todas las naciones. ¡Y aun teméis creer en Él, cuando lo que debisteis temer, en realidad, es vuestra falta de fe! ¿Ponéis en duda o negáis el parto de la Virgen, cuando más bien debéis creer que así convenía que naciera el Hombre Dios? Sabed que fue anunciado por el profeta: He aquí que una virgen concebirá y parirá un hijo, y llamarán su nombre Emmanuel, que, traducido, quiere decir Dios con nosotros 2. No podéis dudar que da a luz la Virgen, si queréis creer que nace Dios; que, sin dejar el gobierno del mundo, viene a nosotros en carne humana; que hace a su madre fecunda sin quitarle la integridad virginal. Así debía nacer el que, siendo eternamente Dios, se hizo hombre para ser nuestro Dios. Por eso, hablando de Él, dice el profeta: Tu trono, ¡oh Dios!, es por los siglos eternos, y cetro de equidad es el cetro de tu reino. Amaras la justicia y aborreces la iniquidad; por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con el óleo de la alegría más que a tus compañeros. Con esta unción espiritual, Dios ungió a Dios, o sea, el Padre al Hijo. De aquí sabemos que el nombre de Cristo viene de crisma, que significa unción.

Yo soy la Iglesia, de la que se le habla en el mismo salmo y se anuncia como un hecho que había de venir: Estará la reina a tu derecha, vestida de oro, rodeada de variedad, es decir, en el templo de la sabiduría, adornada con variedad de lenguas. Allí se me dice: Oye, hija, mira, aplica tu oído, olvida tu pueblo Y la casa de tu padre; porque el rey se prendó de tu hermosura, pues él es el Señor Dios tuyo, y las hijas de Tiro vendrán con dones para adorarle, los ricos del pueblo solicitarán tu favor. Toda la gloria de la hija del rey viene de dentro; sus vestidos son brocado de oro y variedad de colores. Detrás de ella, las vírgenes son introducidas al rey; sus amigas os son presentadas: vendrán con júbilo y con alegría, serán introducidas en el real palacio. A tus padres sucederán tus hijos; los constituirás príncipes por toda la tierra. Recordarán tu nombre de una en otra generación. Por esto los pueblos te alabarán eternamente 3.

6. Si no veis a esta reina acompañada de su real descendencia; si ella no ve cumplida la promesa que le fue hecha cuando se le dijo: Oye, hija, mira; si no ha dejado ya los antiguos ritos del mundo, obedeciendo la orden: Olvida tu pueblo Y la casa de tu padre; si no glorifica en todas partes a nuestro Señor Jesucristo, según la profecía: El rey se prendó de tu hermosura, pues Él es el Señor Dios tuyo; si no ve cómo las ciudades de los gentiles elevan súplicas a Cristo y le ofrecen dones, como fue anunciado: Las hijas de Tiro vendrán con dones para adorarle; si no se humilla la soberbia de los poderosos, y piden auxilio a la Iglesia, a quien fue dicho: Los ricos del pueblo solicitarán tu favor; si no reconoce a la hija del rey, a quien se ordenó decir: Padre nuestro, que estás en los cielos 4; y si en sus santos no se renueva interiormente de día en día 5, aquella de quien fue dicho: Toda la gloria de la hija del rey viene de dentro; aunque impresione a los extraños con la gloria de sus predicadores en diversidad de lenguas, como vestidos resplandecientes de oro y variedad de colores; si, después de difundir por todas partes el buen olor de sus obras, no lleva las santas vírgenes a Cristo, de quien y a quien se dice: Detrás de ella, las vírgenes son introducidas al rey; sus amigas os son presentadas, y, para que no se imagine alguno que son conducidas a una prisión, vendrán, dice, con júbilo y con alegría, serán introducidas en el real palacio; si no da a luz hijos, y de entre ellos venera algunos como padres y los nombra prelados en diversos lugares, según el texto: A tus padres sucederán tus hijos, los constituirás príncipes por toda la tierra; a sus oraciones se encomienda la madre que es, al mismo tiempo, señora y súbdita; y por esto se añade: Recordarán tu nombre de una en otra generación; si, por la predicación de esos padres que recordaron siempre la gloria de la santa madre Iglesia, no se congregan en su seno tantas multitudes de creyentes que en sus propias lenguas la alaban sin cesar, conforme a la profecía: Por esto los pueblos te alabarán eternamente.

Lo que ahora vemos cumplido, debe movernos a creer lo que no vimos

IV. Si todo esto no se demuestra con tanta evidencia que los adversarios, adonde quiera que vuelvan la vista, encuentren el fulgor de la luz que les obligue a confesar la verdad, decís, y tal vez con razón, que no hay motivos para creer lo que no veis. Si, por el contrario, lo que estáis viendo fue anunciado mucho antes y se ha cumplido con toda exactitud; si la verdad se os manifiesta a sí misma en los hechos, pasados y presentes, entonces, ¡oh restos de la infidelidad!, para creer lo que no veis, sonrojaos ante lo que veis.

7. Prestadme atención, os dice la Iglesia; prestadme atención, pues me veis, aun sin quererlo. Todos los fieles que había en aquel tiempo en la Judea conocieron estos hechos cuando se realizaron: que Cristo nació milagrosamente de la Virgen; que padeció, resucitó y subió a los cielos, y, además, todas sus palabras y obras divinas. Estas cosas no las visteis vosotros, y por eso os negáis a creerlas. Pero mirad, ved y considerad atentamente las que estáis viendo. No se os habla de las pasadas ni se os anuncian las futuras: se os muestran las presentes. ¿Os parece de poca monta, o imagináis que no es un milagro, y un milagro estupendo, que todo el mundo siga a un hombre crucificado? No visteis lo que fue vaticinado y cumplido sobre el nacimiento de Cristo según la carne: He aquí que una virgen concebirá y parirá un hijo; pero veis cumplida la promesa que hizo Dios a Abraham: En tu descendencia serán bendecidas todas las naciones. No visteis los milagros de Cristo que la profecía anuncia con estas palabras: Venid y ved las obras del Señor, los prodigios que ha dejado sobre la tierra 6; pero veis lo que fue vaticinado: Díjome el Señor: tú eres mi Hijo; hoy te engendré yo. Pídeme y haré de las gentes tu heredad, te daré en posesión los confines de la tierra 7. No visteis lo que fue anunciado y cumplido referente a la pasión de Cristo: Han taladrado mis manos y mis pies, puedo contar todos mis huesos; y ellos me miran, me contemplan; se han repartido mis vestiduras y echan suerte acerca de mi túnica; pero veis lo que en el mismo salmo fue anunciado y ahora aparece cumplido: Se acordarán del. Señor y se convertirán a El todos los confines de la tierra, y le adorarán todas las familias de las gentes; porque del Señor es el reino, y Él dominará a las naciones 8. No visteis la profecía, que se cumplió, acerca de la resurrección de Cristo; pero hablando en nombre de Él, el Salmista dice primeramente del traidor y de los perseguidores: Salían fuera y hablaban reunidos, murmuraban contra mí todos mis contrarios; contra mí pensaban mal; en mi daño dijeron palabras injustas. Y para demostrarles que nada conseguirían dando muerte al que había de resucitar, añadió estas palabras: ¿Por ventura el que duerme no volverá a levantarse? Y un poco después, en el mismo salmo, anunció del traidor lo que también está escrito en el Evangelio: El que comía mi pan, alzó contra mí su calcañal; es decir, me pisoteó. E inmediatamente añadió: Pero tú, ¡oh Señor!, ten piedad de mí, haz que me levante, y les daré su merecido 9. Esto se ha cumplido: durmió Cristo y despertó, es decir, resucitó, El es quien en otro salmo, por boca del mismo profeta, dijo: Acostéme y me dormí, y me levanté porque el Señor me sustentaba 10.

No visteis esto, ciertamente; pero veis su Iglesia, de la que también se ha cumplido lo anunciado: Señor Dios mío, a ti vendrán los pueblos desde los últimos confines de la tierra y dirán: Verdaderamente nuestros padres adoraron dioses falsos, vanidad sin provecho alguno. Esto, ciertamente lo veis, queráis o no. Y aunque os imaginéis que hay o que hubo algún provecho en el culto de los dioses falsos, sin embargo, a innumerables pueblos gentiles que habían abandonado, derribado o destruido esas estatuas inútiles, les oísteis decir: Verdaderamente nuestros padres adoraron dioses falsos, vanidad sin provecho alguno; si es el hombre el que se hace los dioses, entonces no son dioses 11. Y no se os ocurra pensar que estos pueblos han de venir a Dios en un lugar divino determinado, porque se ha dicho: A ti vendrán los pueblos desde los últimos confines de la tierra. Entended, si podéis, que al Dios de los cristianos, que es el Dios altísimo y verdadero, no vienen los pueblos gentiles caminando, sino creyendo. Esto mismo anunció otro profeta: El Señor será terrible contra ellos y destruirá a todos los dioses de la tierra, y todos, cada uno desde su lugar, y todas las islas de las gentes le adorarán 12. Lo que uno dice: A ti vendrán todos los pueblos, el otro lo expresa de esta manera: Cada uno desde su lugar le adorarán. Vendrán, por consiguiente, a Él sin salir de su lugar, porque, creyendo en Él, lo hallarán en su propio corazón.

No visteis lo que fue anunciado y cumplido acerca de la ascensión de Cristo: Alzate, ¡oh Dios!, sobre los cielos; pero veis lo que añade el profeta: Y brille tu gloria por toda la tierra 13. No visteis todos aquellos hechos ya pasados referentes a Cristo, pero estos que están presentes en su Iglesia no podéis negarlos. Os demostramos la predicción de aquellos y de éstos, pero no podemos demostraras el cump1imiento de todos, porque es imposible presentar de nuevo ante la vista el pasado.

La visión del presente es motivo de la fe en el pasado y en el porvenir

V. 8. Pero así como por las pruebas que se ven creemos en los sentimientos amistosos sin ser vistos, de la misma manera, la Iglesia, que ahora vemos, es índice del pasado y anticipo y anuncio del porvenir, que no se ve, pero se muestra en las mismas Escrituras, en que ella es anunciada. En el instante de la predicción, nada era visible: ni el pasado, que ya no se puede ver, ni el presente, que no todo es visible. Cuando comenzaron a realizarse estas cosas, desde las ya pasadas hasta las presentes, todas las profecías relativas a Cristo y a su Iglesia se han ido cumpliendo en serie ordenada. A esta serie pertenecen: el juicio final, la resurrección de los muertos, la eterna condenación de los malos con el diablo y la eterna gloria de los buenos con Cristo. Todas estas cosas fueron igualmente anunciadas y han de realizarse. ¿Por qué no hemos de creer las cosas pasadas Y futuras que no vemos, teniendo la ‘prueba de unas Y otras en las presentes que vemos, Y leyendo u oyendo leer en los libros proféticos que las pasadas, las presentes y las futuras fueron todas anunciadas antes que sucedieran? A no ser que los infieles sospechen que las escribieron los cristianos para dar mayor autoridad a las que ya creían, suponiéndolas prometidas antes de realizarse.

Los libros de los judíos prueban nuestra fe. Por qué no ha sido exterminada la secta de los judíos

VI. 9. Si tienen esta sospecha, examinen detenidamente los libros de los judíos, nuestros enemigos. Lean allí todas estas cosas de que hemos hablado, anunciadas de Cristo, en quien creemos, y de su Iglesia, que vemos desde los primeros trabajos en la propagación de la fe, hasta la eterna bienaventuranza del reino de los cielos. Cuando leen, no les sorprenda que los poseedores de esos libros, cegados por el odio, no entiendan estas cosas. Pues esta falta de inteligencia ya fue anunciada por los profetas, y debía cumplirse, como todas las demás profecías, para que los judíos, por secretos motivos de la divina justicia, reciban el castigo merecido por sus culpas. Aquel que crucificaron, y a quien dieron hiel y vinagre, aunque estando pendiente del madero, por amor de los que había de sacar de las tinieblas a la luz, dijo al Padre: Perdónales, porque no saben lo que hacen 14, sin embargo, a causa de los otros que, por secretos juicios divinos, había de abandonar, anunció mucho antes por boca del profeta: Echaron hiel en mi alimento, y cuando tuve sed, me dieron a beber vinagre; séales su mesa un lazo y su prosperidad un tropiezo; apáguese la luz de sus ojos para que no vean, y sus lomos estén siempre vacilantes 15. Con los ojos sin luz van por todas partes, nevando consigo las pruebas luminosas de nuestra causa, para que con ellas ésta sea probada y ellos, reprobados. Este pueblo judío no fue exterminado, sino dispersado por todo el mundo, para que, llevando consigo las profecías de la gracia que hemos recibido, nos sirva en todas partes para convencer más fácilmente a los infieles. Esto mismo que voy diciendo ha sido anunciado por el profeta: No los mates, por que no se olviden de tu ley; dispérsales con tu fortaleza 16. No fueron muertos porque no olvidaron lo que habían leído o habían oído leer en las sagradas Escrituras. Si, aunque no entienden esos libros santos, los hubieran olvidado completamente, habrían perecido con los ritos judaicos. Porque si los judíos no conocieran la Ley y los Profetas, para nada nos servirían. Por eso no fueron muertos, sino dispersados: para que sus recuerdos nos sean útiles, aunque ellos no tengan la fe que salva. En sus corazones son nuestros adversarios, y en sus Escrituras nuestros servidores y testigos.

Maravillosa conversión del mundo a la fe de Cristo

VII. 10. Aunque no existieran profecías acerca de Cristo y de su Iglesia, ¿quién dejaría de creer que brilló de improviso para el género humano una divina claridad, cuando vemos los falsos dioses abandonados, sus imágenes destrozadas, sus templos destruidos o destinados a fines diversos, tantos ritos supersticiosos, profundamente arraigados en las costumbres populares, abolidos, y que todos invocan a un solo Dios verdadero? Y esto lo realizó un hombre por los hombres insultado, detenido, maniatado, azotado, despojado, cubierto de oprobios, crucificado, muerto. Eligió, para continuar su obra, unos discípulos humildes e ignorantes, pescadores y publicanos, que predicaron la resurrección del Maestro y su gloriosa ascensión, de la que ellos, según propia declaración, fueron testigos oculares; y, llenos del Espíritu Santo, anunciaron este Evangelio en lenguas que no habían aprendido. Algunos de los que oyeron la buena nueva, creyeron; otros se negaron a creer y se opusieron ferozmente a los predicadores y a los fieles, que lucharon por la verdad hasta la muerte, no haciendo mal, sino padeciéndolo con resignación; y vencieron, no matando, sino muriendo. Así se convirtió el mundo; así entró el Evangelio en el corazón de los mortales, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, sabios e ignorantes, prudentes y necios, fuertes y débiles, nobles y plebeyos, grandes y pequeños; y de tal manera se propagó la Iglesia por todas las naciones, que no hay secta perversa contraria a la fe católica, ni error tan enemigo de la verdad cristiana, que no usurpe y quiera gloriarse del nombre de Cristo. Por cierto que no le sería permitido manifestarse en el mundo si la contradicción no sirviera también para probar la verdadera doctrina.

Aunque nada de esto hubiera sido anunciado por los profetas, ¿cómo hubiera podido un hombre crucificado realizar tan grandes cosas si no fuera un Dios encarnado? Mas habiendo tenido este gran misterio de amor sus vates y predicadores, que por inspiración divina lo anunciaron, y habiéndose cumplido con absoluta fidelidad, ¿quién estará tan privado de la razón que diga que los apóstoles mintieron, predicando que Cristo ha venido como lo anunciaron los profetas, que no callaron la verdad de los hechos futuros referentes a los mismos apóstoles? De éstos habían dicho: No hay idioma ni lenguaje en el que no se oiga su voz; su pregón resonó en toda la tierra, y sus palabras llegaron hasta los confines del universo 17. Esto, ciertamente, lo vemos cumplido en el mundo, aunque no conocimos en carne a Cristo. ¿Quién, pues, que no padezca increíble ceguera intelectual o que no esté endurecido con increíble obstinación, rehusará dar fe a las sagradas Escrituras, que anunciaron la conversión de todo el mundo a la fe de Cristo?

Exhortación a permanecer constantes en la fe

VIII. 11. Fortalézcase y aumente en vosotros, queridos míos, esta fe que ya tenéis o que acabáis de recibir. Como se cumplieron las cosas temporales mucho antes anunciadas, se cumplirán también las eternas prometidas. No os dejéis seducir ni por los supersticiosos paganos, ni por los pérfidos judíos, ni por los falaces herejes, ni tampoco, dentro de la Iglesia, por los malos cristianos, enemigos tanto más peligrosos cuanto más interiores. Y, para que no vacilasen los débiles, no guardó silencio el profeta divino. Y así, en el Cantar de los Cantares, hablando el Esposo a la Esposa, o sea, Cristo a la Iglesia, le dice: Como el lirio entre espinas, así mi amada entre las hijas 18. No dijo entre las extrañas, sino entre las hijas. Quien tenga oídos para oír, oiga; y mientras la red que fue echada al mar y recoge toda clase de peces, como dice el santo Evangelio, es sacada a la orilla, esto es, al fin del mundo, apártese de los peces malos, no con el cuerpo, sino con el corazón; no rompiendo las redes santas, sino mudando las malas costumbres. No sea que los justos, que ahora aparecen mezclados con los malos, encuentren no la vida eterna, sino el eterno castigo cuando sean separados en la orilla 19.

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