EL DIVORCIO NO ES SOLUCIÓN
(Conferencia pronunciada en la Escuela de Magisterio de Son Serra. Palma de Mallorca)
El tema del divorcio está hoy sobre el tapete, unos a favor y otros en contra. Quisiera poner mi granito de arena para aclarar ideas.
Mi afirmación es rotunda: el divorcio no es solución.
Primero porque Cristo lo prohibe en el Evangelio. Si fuera bueno, Cristo no lo prohibiría, porque la doctrina de Cristo no es para molestarnos, sino para nuestro bien. Dice Cristo: «El casado que se va con otra, es un adúltero. Y la casada que se va con otro, es una adúltera». Y el adulterio se castigaba con la pena de muerte, es decir, era una falta muy grave.
Si Cristo lo prohibe, la Iglesia no puede aceptarlo. Por eso cuando el rey Enrique VIll de Inglaterra, en 1534, quiso divorciarse de la reina Catalina de Aragón, para casarse con Ana Bolena, no consiguió que el Papa Clemente VIl le permitiera el divorcio. Entonces Enrique VIll rompió con la Iglesia y desde entonces la religión oficial de Inglaterra no es la católica, sino la anglicana. El Papa prefirió perder una nación para la Iglesia antes que faltar a la doctrina del matrimonio recibida de Cristo.
Por eso el Sínodo de !os Obispos celebrado en Roma en noviembre de 1980, excluye de la comunión a los divorciados vueltos a casar.
Mons. Innocenti Nuncio del Papa en España, ha dicho:
«Los católicos, gobernantes o no, tienen que tener en cuenta la doctrina de la Iglesia sobre el divorcio». Es absurdo considerarse católico Y tener ideas contrarias a la doctrina que la Iglesia ha recibido de Cristo.
La Iglesia sólo permite la separación de los esposos si la vida en común resulta insostenible. Pero sin volver a casarse de nuevo, mientras viva el otro cónyuge; porque el vínculo matrimonial permanece toda la vida. Por lo tanto, hay que escoger entre seguir viviendo juntos, o la soledad hasta la muerte.

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Algunos acusan a la Iglesia de que no admite el divorcio y, sin embargo, anula por dinero muchos matrimonios. Esto se puede responder largamente.
Para hacerlo con brevedad me limitaré a dos cosas.
El divorcio rompe el vínculo matrimonial y la declaración de nulidad demuestra que no hubo tal vínculo, lo cual es totalmente distinto.
Por otra parte, es cierto que la declaración de nulidad cuesta dinero, pues hay personas dedicadas a ese trabajo, que viven de ello. Sin embargo, el Padre Martín Patino, Vicario de Madrid, dijo por Radio Nacional el 23 de octubre de 1980, que en la diócesis de Madrid, de los matrimonios anulados por la Iglesia en 1979, el 30% fueron gratuitos.
Y desde luego, no basta el dinero para lograr de la Iglesia una declaración de nulidad matrimonial, si no hay razones para ello. El Padre Kelleher, que ha dedicado casi toda su vida a los tribunales eclesiásticos matrimoniales, en su libro «Divorcio y matrimonio», dice: «No he conocido ni un solo caso en el cual el dinero hay sido un factor influyente en la obtención de una declaración de nulidad».
La declaración de nulidad siempre se debe a la existencia de algún
impedimento: coacción, engaño substancial, etc. Ahora bien, si para lograr esta nulidad hay personas que juran en falso, sólo de ellas es la culpa. Los jueces juzgan según la declaración de los testigos. Y si alguno jura en falso, logrará arreglar los papeles, pero es inútil, porque delante de Dios todo sigue como antes

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En todos los matrimonios hay altibajos y momentos de crisis. Pero estos momentos hay que superarlos con aguante y con virtud. El que vaya al matrimonio pensando que nunca tendrá nada que aguantar es un iluso. En todos los matrimonios hay algo que tolerar y no se soluciona, lo que es intrínseco a todos los matrimonios, cambiando de persona; pues no hay persona sin defectos. Y no se va a estar cambiando de persona en el matrimonio, como quien cambia de camisa.
La posibilidad del divorcio lleva al malestar familiar. El divorcio hace que los esposos difícilmente se soporten sus defectos, y con facilidad creen que cambiando de persona va a desaparecer lo que no puede desaparecer, pues es inherente a las deficiencias del carácter humano.
Una aventura amorosa, de momento, puede parecer maravillosa; pero a la larga es fácil que caiga en las mismas dificultades que el matrimonio estable.
Es verdad que el divorcio podría solucionar algún caso concreto, pero es malo para el bien común; y el bien particular hay que subordinarlo al bien general.
Si la nación necesita autopistas, habrá que hacerlas, aunque salga perjudicado un señor que tiene un huerto por donde tiene que pasar la autopista.
El divorcio, aunque solucione algún caso concreto, hace más daño a la sociedad, porque la posibilidad del divorcio es una invitación a que se rompan matrimonios que nunca debieron romperse. Todos los matrimonios tienen sus momentos de crisis, que deben superarse con amor y virtud; pero la posibilidad del divorcio facilita que en esos matrimonios se busque la salida fácil del divorcio con perjuicio de ellos mismos. Me dijo un señor en
Torrevieja: «Yo doy gracias a Dios de que la Iglesia no permita el divorcio, porque si yo hubiera podido haberme divorciado, en un momento de crisis por el que pasó mi matrimonio, lo hubiera hecho. Y hoy, superada la crisis, nos queremos muchísimo, me siento muy feliz con mi mujer y no podría vivir con sin ella. Si entonces me hubiera divorciado, se la habría llevado otro, y yo la habría perdido»

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Aunque los medios de comunicación aireen casos de matrimonios fracasados de personas famosas, sin embargo, las estadísticas dan que en España, el divorcio lo utiliza solamente al 0’4% de los matrimonios.
Pero además no es solución lo que empeora una situación, sino lo que la remedia. Una solución que hace más daño que el mal que remedia, no es solución. Si se descubre una crema para quitar las pecas, pero que al mismo tiempo produce cáncer de piel, no interesa a nadie con sentido común.
Los Obispos Españoles dijeron el 3 de febrero de 1981: «EI divorcio más que un remedio al mal que se intenta atajar, se transforma en una puerta abierta a la generalización del mal».
Sobre todo, como es sabido, los grandes perjudicados del divorcio son los hijos, que necesitan de un hogar que los ame; y nunca puede ser lo mismo el amor que reciben de sus propios padres, que el que puedan recibir de la persona que ha sustituido a su verdadera madre o a su verdadero padre. Por eso se suele decir que los hijos de los divorciados son «huérfanos de padres vivos»; y esto es lógico que produzca en ellos traumas psicológicos y afectivos que los convierten en hostiles a la sociedad y en delincuentes.
Los divorciados buscan egoísticamente su libertad, pero a costa del bien de sus hijos.
Las estadísticas dicen que se ha podido comprobar perturbaciones psíquicas en casi la mitad de los hijos de los divorciados.
Según el «Uniform Crime Rapport USA» del 1977, el 82% de los delincuentes juveniles en Estados Unidos, son hijos de divorciados. El divorcio aumenta además el número de hijos ilegítimos, según el «Demographic Year Book» de 1969.
El divorcio lleva también al suicidio y al desequilibrio mental. Según e!
«Demographic Year Book» de 1972, publicado por la O.N.U., de 28 países, 7 países no divorcistas ocupan los últimos puestos en la tasa de suicidios.
Y el 65% de los enfermos mentales son personas divorciadas.

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Algunos dicen que los católicos que no admiten el divorcio no tienen por qué imponer sus ideas a todos los demás ciudadanos. Hablando de esto, el Cardenal Primado, D.Marcelo González, dijo en una conferencia pronunciada en el Club Siglo XXI: «Eso de que los católicos no tienen derecho a imponer a los demás su concepción de la unión conyugal, es un sofisma. No se trata de imponer nada a nadie, sino de defender lo que ellos creen que es bueno: y que si se deteriora, ellos mismos serán víctimas de la nueva situación».
El divorcio es un mal. Mal para los hijos como hemos visto. Mal para la mujer, que fácilmente quedará abandonada, y a partir de cierta edad, sin posibilidades de rehacer su vida con otro hombre. También mal para los maridos, que aunque de momento no es raro que una chica joven se enamore de un hombre maduro, a la larga se cansará del viejo, y se buscará otro más joven y a su gusto, y el marido «engañado».
Y también mal para todos, porque si el 80% de los delincuentes juveniles son hijos de divorciados, cada vez será más peligroso andar por la calle.

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Los que dicen que el divorcio puede reducirse a casos extremos, están en un error. Lo que teóricamente se implantó para remediar casos de matrimonios fracasados, en la práctica hará fracasar a muchos matrimonios que deberían haberse salvado; la puerta o está cerrada del todo, o se abre completamente.
Si se abre una rendija, se terminará por abrir la puerta del todo, y permitir divorcios por los motivos más simples.
Esto se deduce de lo que pasa en los países divorcistas. El doctor alemán, Maximiliano Bajoc, ha realizado una encuesta según la cual, 16.000 matrimonios se divorcian al año en Alemania porque uno de los dos cónyuges ronca. Como al año hay en Alemania 80.000 divorcios, resulta que la quinta parte de los divorcios se deben a los ronquidos del otro. Es decir, que los motivos del divorcio se irán ampliando poco a poco.
El divorcio engendra divorcio. Esto es un hecho incontrovertible, como dijo D. lsidoro Martín, Catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid.
Según la revista americana «Newsweek», en Estados Unidos, seis de cada siete matrimonios de divorciados, vuelven a divorciarse de nuevo; y ocho de cada diez matrimonios divorciados dos veces, se divorcian por tercera vez.
En 14 años los divorcios se han duplicado en Francia, Alemania Federal, Suiza y Dinamarca; en Inglaterra, EE.UU. y Suecia se han multiplicado por tres y en Holanda se han multiplicado por cuatro.

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Suele decirse que el divorcio nos pone a nivel europeo. Eso es una falacia. Si el divorcio es malo, es absurdo copiar lo que es malo. En Europa hay muchas cosas buenas que podemos imitar y que son más importantes para el desarrollo de la nación, pero imitar lo malo es de tontos.
Y que la ley del divorcio lo que hace es legalizar la situación de los matrimonios ya rotos, es otra falacia. No se puede legalizar todo lo que es frecuente. Las cosas no se convierten en buenas por ser frecuentes. En ese caso habría que legalizar los atracos a los Bancos y los tiros en la nuca de la ETA. Esto es absurdo.
Y decir que debemos admitir el divorcio porque es propio de países civilizados, es tan ridículo como decir que puesto que el terrorismo se da en países civilizados, debemos consentirlo.
Es doctrina de la Iglesia, que ha mantenido a través de los siglos, que un bautizado no puede separar el matrimonio del sacramento.
Si no hay sacramento, no hay matrimonio. Un católico que se casa solamente por lo civil, para la Iglesia no está casado, es un concubinato.
Por eso no lo admite a la Sagrada Comunión.
Para un católico, el matrimonio civil sólo vale para los efectos civiles del matrimonio.
Esto lo puede garantizar el Estado reconociendo el matrimonio religioso, o bien añadiendo el matrimonio civil al matrimonio religioso.
Todo matrimonio válido es indisoluble intrínsecamente, es decir, no puede ser disuelto por el mutuo y privado acuerdo de los cónyuges.
Pero no todo matrimonio es indisoluble extrínsecamente; es decir, que hay casos excepcionales en los que algunos matrimonios pueden ser disueltos por la Autoridad Eclesiástica, si se trata de matrimonio-sacramento, o por la Autoridad Civil si se trata de un matrimonio solamente civil.
Por eso es indiscutible que el Estado nunca tiene autoridad para romper el vínculo del matrimonio sacramental. Lo único que puede hacer el Estado es dar leyes para la nueva situación de los matrimonios rotos, pero dejando el vínculo intacto.
Cuantas más facilidades se den para disolver matrimonios rotos, más matrimonios se romperán.

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Hay quien dice que el divorcio es un derecho de la persona humana. Falso.
El divorcio no es un derecho de la persona humana. Los derechos de la persona humana, lo mismo que las leyes de la Física, tienen un valor objetivo, no dependen de lo que a cada uno le parezca. Lo que es un derecho de la persona humana es el matrimonio, no el divorcio. Por eso el matrimonio y no el divorcio es lo que se reconoce en la Declaración de Derechos Humanos de la O.N.U.
Cada cual es libre para casarse o no. Pero el que se casa, no es libre para cambiar la naturaleza indisoluble del matrimonio. No se puede manipular la institución del matrimonio, hecha para el bien común, a gusto de cada cual. Lo mismo que nadie puede cambiar a su gusto las normas y leyes de tráfico. Podemos salir a la carretera o quedarnos en casa, pero si salimos a la carretera, tenemos la obligación de someternos a las leyes de tráfico, puestas para el bien común. Lo mismo pasa con el matrimonio.
Cuando varón y mujer contraen matrimonio, acceden a una institución de la que brota para ellos un vínculo de carácter permanente. El matrimonio así contraído rebasa los intereses privados de los cónyuges y, aunque ellos fueron libres para contraerlo, no lo son para romper el vínculo que nació del mutuo consentimiento.
El matrimonio estable es un bien para la sociedad.
Y por hoy, nada más

 

El buen samaritano

En aquel tiempo, se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: “Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?” Jesús le dijo: “¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?” El doctor de la ley contestó: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús le dijo: “Haz contestado bien; si haces eso, vivirás”. El doctor de la ley, para justificarse, le preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”

Jesús le dijo: “Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto. Sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más te lo pagaré a mi regreso’.

¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?” El doctor de la ley le respondió: “El que tuvo compasión de él”. Entonces Jesús le dijo: “Anda y haz tú lo mismo.

Palabra del Señor. …Gloria a ti, Señor Jesús.
La Caridad es una virtud, o sea, una costumbre o un hábito de característica espiritual, que es infundida por Dios en nuestra alma. Y, por medio de esta virtud, podemos amar a Dios sobre todas las cosas -por lo que Dios es- y también podemos amar a nuestros semejantes, porque Dios ha infundido su Amor en nuestros corazones (cf. Rom.5,5), para que seamos capaces de amar con el Amor con que El nos ama.

Esto significa que nosotros no podemos amar por nosotros mismos, sino que Dios nos ama y con ese Amor con que Dios nos ama, podemos nosotros amar: amarle a El y amar también a los demás. Si Dios no nos amara, los seres humanos seríamos incapaces de amar.
Esto significa también que ambos Mandamientos -el Amor a Dios y el amor al prójimo- están unidos. Uno es consecuencia del otro. No podemos amar a nuestros semejantes sin amar a Dios. Y no podemos decir que amamos a Dios si no amamos a nuestros semejantes.
Y esta obligación de amar a los demás está basada en que todos los seres humanos, sin excepción, somos “imagen de Dios”. He ahí nuestra dignidad: la imagen de Dios está impresa en nuestra alma. Allí se basa la Ley del Amor: en el reconocimiento del valor que tiene cada ser humano, en quienes reconocemos y estimamos la imagen de Dios.
Por eso la Caridad no puede depender del deseo, del afecto o de los lazos de sangre. La Caridad Cristiana está por encima de todo eso. Puede incluir esos lazos de afecto o de sangre, pero no depende de éstos.

Jesucristo mismo nos recuerda eso: “ ¿Si amas a los que te aman ¿qué mérito tienes? Hasta los malos aman a los que los aman” (Lc. 6, 32-34).

Por eso la Caridad es independiente del sentimiento. La Caridad es más bien una disposición de la voluntad. Es un deseo de hacer el bien porque Dios nos ama y desea que nosotros amemos como El nos ama. Por eso la Caridad no es egoísta; es decir, no busca la propia satisfacción, sino el servir al otro y complacer a Dios. Además la Caridad incluye a todos: buenos y malos, amigos y enemigos, familiares y extraños, ricos y pobres, cercanos y lejanos, como bien nos lo explica Jesucristo en la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc. 10, 25-37).

Caridad es estar atentos a las necesidades de los demás, necesidades que pueden ser espirituales o corporales: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que se equivoca, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos de los demás, rogar a Dios por vivos y difuntos, dar de comer al hambriento, dar techo al que no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y presos, enterrar a los muertos, redimir al cautivo, dar limosna a los pobres.

Caridad significa también hacer éstas y otras obras de caridad por amor a Dios, no por quedar bien o por sentirnos bien nosotros mismos. Hacerlas porque la imagen de Dios está en quien necesita nuestro servicio.

La Madre Teresa de Calcuta decía tener la gracia de ver el rostro de Cristo en los miserables que ella atendía. Es una gracia que podríamos pedir: ver la imagen de Dios, ver el rostro de Cristo en el prójimo necesitado. Así se podrá cumplir en nosotros la promesa del Señor para el momento del Juicio Final, cuando dirá a los salvados: “Vengan benditos de mi Padre a tomar posesión del Reino que les he preparado desde el principio del mundo. Porque tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber … estuve enfermo y me visitaste … etc.” Y los salvados dirán: “Señor ¿cuándo te vimos hambriento y sediento y enfermo, etc? Y el responderá: Cada vez que lo hicieron con alguno de éstos mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt. 25, 34-40).

(fuente: www.homilia.org)

 

Cuando la palabra hiere

Comparto una experiencia gratificante que tuve al escuchar la conferencia del Dr. Ricardo Castañón Gómez. El Doctor Castañón era ateo y seguidor de Sartre, y, en 1992 se convirtió al catolicismo a través de sus estudios científicos, en Bolivia. Acostumbra reflexionar sobre el poder la palabra en la familia y en la sociedad. En su libro Hábitos y actitudes, cuando la palabra hiere, afirma que la palabra afecta al cerebro, tiene un efecto físico, de allí la importancia de que la palabra sea constructiva. Cuando la experiencia ha sido grata se produce dopamina, y hay cambios neuroquímicos. Cuando hay descontento y pelea hay una reacción de adrenalina. Por eso, cuando la gente es peleonera lo mejor es hablar en corto.

Hay que educar en el momento en que la persona produce reacciones bioquímicas positivas. Lo que se asimila deja huella. Si un padre de familia les dice a sus hijos que lo que importa es el dinero, eso les deja huella. Hay que darles información siempre valiosa. El hombre ha nacido para ser feliz, para cultivar su inteligencia y su voluntad; pero hay quienes afirman que “el hombre es un mamífero para el placer y la comodidad” porque olvidan su dimensión espiritual. El espíritu es la parte divina que el ser humano posee.
Actualmente, todo tiene que ser “hoy, ahora”. La gente vive el instantaneísmo. Hay un predominio de la imagen y de la seducción: vale más lo que aparece que lo que se es. Destaca el valor a utilidad: lo que vale es lo útil, lo funcional. Hoy, se busca la calidad material en vez de la espiritual. Se piensa que una vida sin calidad no vale la pena. La calidad se mide por criterios utilitarios y hedonistas. No hay cabida para entender el sentido del dolor y del sufrimiento.

El doctor nos ayuda a reflexionar sobre las distorsiones que hemos recibido y que dejan huella, por eso hay que hablar de estos temas para que las personas busquen nuevas huellas. Cuando hemos herido, dejamos huella. Un principio maravilloso es perdonar.
El centro de la riqueza intelectual del ser humano está en el lóbulo frontal; éste interviene al decidir. Tenemos diez mil millones de neuronas. Hay que ser gente inteligente, prefrontal. Necesitamos cerebros inteligentes, que aman con un cerebro bioaxiopráxico volicional.
El libro del doctor Castañón contiene el resultado de más de 17 años de investigación sobre el tema y de un recorrido a través de los cinco continentes en los últimos seis años.

“Cuando la palabra hiere”; ofrece datos originales, respaldados por tecnología moderna de neuroimagen, sobre aquellos mecanismos que a través de la palabra, conforman huellas y programas neuropsicológicos, que luego se reconocen a través de la observación de los hábitos y actitudes del hombre. En este novedoso itinerario nos revela por qué, con mucha razón, se afirma que “el hombre es aquello que dice…”

El autor explica con acierto los distintos mecanismos que se registran cuando el hombre habla y escucha. Se puede así comprender por qué muchos hablan de una manera y por qué otros hacen del noble recurso verbal, un instrumento tan doloroso como un bisturí mal maniobrado. Presenta perfiles realizados por primera vez, sobre las características de aquellas personas que edifican o destruyen por medio de la palabra. Por eso propone al lector la “eufonía”, o sea, un modo positivo y constructivo del uso de la palabra, particularmente en un periodo de tanta confusión e incomprensión psicosocial como el de hoy.
Y precisamente, por las consecuencias de la palabra que hiere, invita a reconsiderar la importancia del “silencio” como “medio oportuno y necesario” de comunicación. Y no puede evitarse una profunda reflexión al detenernos en un pensamiento: “si aquello que vas a decir, no es más importante que el silencio…, calla”. Nos recuerda lo que escribió Tomás de Kempis: Pon los ojos en ti mismo y guárdate de juzgar las obras ajenas. En juzgar a otros se ocupa uno en vano, yerra muchas veces y peca fácilmente; mas juzgando y examinándose a sí mismo se emplea siempre con fruto (Cap. XIV).

El doctor Castañón dice: “Si vas a hablar de una persona, habla bien”. Hay que cuidar el prestigio de los demás por principio, por ética. San Agustín dice que la perfección consiste en luchar cada día contra la imperfección.
Su perspectiva es “Biopsicológica integral”, en cuanto, contrariamente a la opinión de un razonamiento exclusivamente materialista, propone la importancia de redescubrir los valores interiores y espirituales.
Un observador internacional, luego de la presentación del libro, comentó: “Después de leer este libro, nadie podrá hablar igual que antes…”.
El Doctor Ricardo Castañón ha hecho estudios en Italia, Alemania, Estados Unidos y Francia. Es presidente del Grupo internacional para la Paz, y viaja constantemente para proseguir sus investigaciones científicas.

Comparto una experiencia gratificante que tuve al escuchar la conferencia del Dr. Ricardo Castañón Gómez. El Doctor Castañón era ateo y seguidor de Sartre, y, en 1992 se convirtió al catolicismo a través de sus estudios científicos, en Bolivia. Acostumbra reflexionar sobre el poder la palabra en la familia y en la sociedad. En su libro Hábitos y actitudes, cuando la palabra hiere, afirma que la palabra afecta al cerebro, tiene un efecto físico, de allí la importancia de que la palabra sea constructiva. Cuando la experiencia ha sido grata se produce dopamina, y hay cambios neuroquímicos. Cuando hay descontento y pelea hay una reacción de adrenalina. Por eso, cuando la gente es peleonera lo mejor es hablar en corto.

Hay que educar en el momento en que la persona produce reacciones bioquímicas positivas. Lo que se asimila deja huella. Si un padre de familia les dice a sus hijos que lo que importa es el dinero, eso les deja huella. Hay que darles información siempre valiosa. El hombre ha nacido para ser feliz, para cultivar su inteligencia y su voluntad; pero hay quienes afirman que “el hombre es un mamífero para el placer y la comodidad” porque olvidan su dimensión espiritual. El espíritu es la parte divina que el ser humano posee.

Actualmente, todo tiene que ser “hoy, ahora”. La gente vive el instantaneísmo. Hay un predominio de la imagen y de la seducción: vale más lo que aparece que lo que se es. Destaca el valor a utilidad: lo que vale es lo útil, lo funcional. Hoy, se busca la calidad material en vez de la espiritual. Se piensa que una vida sin calidad no vale la pena. La calidad se mide por criterios utilitarios y hedonistas. No hay cabida para entender el sentido del dolor y del sufrimiento.

El doctor nos ayuda a reflexionar sobre las distorsiones que hemos recibido y que dejan huella, por eso hay que hablar de estos temas para que las personas busquen nuevas huellas. Cuando hemos herido, dejamos huella. Un principio maravilloso es perdonar.

El centro de la riqueza intelectual del ser humano está en el lóbulo frontal; éste interviene al decidir. Tenemos diez mil millones de neuronas. Hay que ser gente inteligente, prefrontal. Necesitamos cerebros inteligentes, que aman con un cerebro bioaxiopráxico volicional.

El libro del doctor Castañón contiene el resultado de más de 17 años de investigación sobre el tema y de un recorrido a través de los cinco continentes en los últimos seis años.

“Cuando la palabra hiere”; ofrece datos originales, respaldados por tecnología moderna de neuroimagen, sobre aquellos mecanismos que a través de la palabra, conforman huellas y programas neuropsicológicos, que luego se reconocen a través de la observación de los hábitos y actitudes del hombre. En este novedoso itinerario nos revela por qué, con mucha razón, se afirma que “el hombre es aquello que dice…”

El autor explica con acierto los distintos mecanismos que se registran cuando el hombre habla y escucha. Se puede así comprender por qué muchos hablan de una manera y por qué otros hacen del noble recurso verbal, un instrumento tan doloroso como un bisturí mal maniobrado. Presenta perfiles realizados por primera vez, sobre las características de aquellas personas que edifican o destruyen por medio de la palabra. Por eso propone al lector la “eufonía”, o sea, un modo positivo y constructivo del uso de la palabra, particularmente en un periodo de tanta confusión e incomprensión psicosocial como el de hoy.

Y precisamente, por las consecuencias de la palabra que hiere, invita a reconsiderar la importancia del “silencio” como “medio oportuno y necesario” de comunicación. Y no puede evitarse una profunda reflexión al detenernos en un pensamiento: “si aquello que vas a decir, no es más importante que el silencio…, calla”. Nos recuerda lo que escribió Tomás de Kempis: Pon los ojos en ti mismo y guárdate de juzgar las obras ajenas. En juzgar a otros se ocupa uno en vano, yerra muchas veces y peca fácilmente; mas juzgando y examinándose a sí mismo se emplea siempre con fruto (Cap. XIV).

El doctor Castañón dice: “Si vas a hablar de una persona, habla bien”. Hay que cuidar el prestigio de los demás por principio, por ética. San Agustín dice que la perfección consiste en luchar cada día contra la imperfección.

Su perspectiva es “Biopsicológica integral”, en cuanto, contrariamente a la opinión de un razonamiento exclusivamente materialista, propone la importancia de redescubrir los valores interiores y espirituales.

Un observador internacional, luego de la presentación del libro, comentó: “Después de leer este libro, nadie podrá hablar igual que antes…”.

El Doctor Ricardo Castañón ha hecho estudios en Italia, Alemania, Estados Unidos y Francia. Es presidente del Grupo internacional para la Paz, y viaja constantemente para proseguir sus investigaciones científicas.

CUANDO LA PALABRA HIERE – REFLEXIONES

Un buen día una mujer de 24 años se acercó a un psicólogo en busca de consejo y ayuda. Muy acongojoda relató su experiencia de esta forma:

“Yo tenía 16 años cuando fuí a una fiesta bailable. Mi padre me había ordenado que regresara no más tarde de la media noche. Pero como ocurre en tales circunstancias, con el entusiasmo de la reunión no me dí cuenta que había traspasado mi horario en media hora. Abandoné la reunión apresuradamente y al llegar a casa encontré la autoritaria figura de mi padre que empezó a vociferar:’¿Crees tú, que por permanecer hasta más tarde en una fiesta, vas encontrar alguien que se interese por ti?¡Con el aspecto que tienes, ni siquiera un borracho será capaz de enamorarse de ti!’

Fue muy duro lo que me dijo, mi entusiasmo se apagó. Esa noche apenas dormí, al otro día no podía levantarme, estaba totalmente desanimada, no tenía ganas de ir al colegio. Mi padre me obligó a levantarme aprovechando la ocasión para recordarme mis deberes de estudiante. Mi madre escuchaba con miedo, estaba muy sometida a mi padre y su voz no era considerada para nada. Salí de casa pero no volví más al colegio; cuando mi padre se enteró de ello semana mas tarde, no insistió y me puso a trabajar de cajera de un negocio. Tiempo más tarde conocí a un señor mucho mayor que yo, era amable conmigo, y yo me apegué a él. Me dijo que me quería. Fuí donde mi padre y le dije;’Papá, me voy de la casa…he encontrado un hombre que se ha enamorado de mí, tiene 58 años y es alcohólico, tú has dicho que ni un borracho se enamoraría de mí…estabas equivocado’…”

Para cuando fue atendida por el psicólogo, ya había transcurrido 8 años. Esa relación no duró más de un año, pero el tiempo fue suficiente para convertirla en alcohólica. Cambió muchas parejas, siempre del ámbito de los toxicodependientes hasta que decidió iniciar un programa de rehabilitación para alcohólicos.

Esta experiencia marca definitivamente que cómo las “palabras” pueden influir en la vida de una persona, incluso puede ser determinante las decisiones en la vida. Algunas palabras pueden tener un impacto negativo y con consecuencias tristes.

cuántas veces hemos sido testigo cómo algunas personas lanzan ametralladoras de palabras sin son ni ton y cargadas de negativismo que afectan la dignidad, el autoestima de la persona. Esas palabras pueden de alguna manera causar grandes emociones tristes en la persona. No es raro encontrarnos con personas muy lastimadas en la vida no por enfermedad sino que emocionalmente se hallan muy enfermas porque alguien uso de mala manera la palabra y les dejó marcada la vida.

Una palabra mal dirigida puede convetirse en un BISTURÍ que puede crear sendas heridas y profundas huellas emocionales, marcando la vida de las personas.

Haz que tus palabras sean positivas, que lleve vida y cura, así darás vida a otros en tiempo de enfermedad y sequía.

UNA PALABRA AL TIEMPO APROPIADO ES VIDA PARA EL ALMA.