Los seres humanos podemos ser divididos y analizados en múltiples formas y maneras. Altos y bajos, blancos y negros, ricos y pobres, buenos y malos, sabios e ignorantes, los que leen E l M undo y los pocos que no lo leen. Y así podría ser interminable la lista de las maneras y criterios de juicio. Pero permítame mostrarle esta: vencedor y perdedor. Usted, amigo lector, ¿se considera un vencedor o un perdedor? ¿ Cuál es la diferencia? Aquí le muestra esta interesante manera de diferenciarlos. Veamos.
Cuando un vencedor comete un error, dice: ” ¡ Yo me equivoqué !” Cuando un perdedor comete un error, dice: “No fue mi culpa.”

Un vencedor trabaja duro y tiene más tiempo. Un perdedor está siempre “muy ocupado” para hacer lo que es necesario.

Un vencedor enfrenta y supera los problemas. Un perdedor da vueltas y nunca consigue resolverlos. Un vencedor se compromete. Un perdedor hace promesas y no las cumple. Un vencedor dice: “Yo soy bueno, sin embargo no tan bueno como me gustaría ser.” Un perdedor dice: “Yo no soy tan malo como tantos otros.”

Un vencedor escucha, comprende y responde. Un perdedor solo espera una oportunidad para hablar. Un vencedor respeta aquellos que son superiores a él y trata de aprender algo con ellos. Un perdedor resiste aquellos que son superiores a él y trata de encontrar sus defectos.

Un vencedor se siente responsable por algo más que sólo su trabajo. Un perdedor no colabora y siempre dice: “Yo solo hago mi trabajo.”

Un vencedor dice: “Debe haber una mejor forma de hacerlo…” Un perdedor dice: “Esta es la forma que siempre lo hicimos.” Un vencedor comparte este mensaje con los amigos… Un perdedor lo guarda para sí mismo porque no tiene tiempo…

Amigo, le animo a que usted forme parte de los vencedores. De aquellos que dejan positivas huellas tras su andar, pues van marcando con su paso seguro el sendero de su existencia. No se amilanan, ni retroceden en la defensa de sus principios. Enfrentan la vida y sacan provecho de ella. Sea un vencedor en su hogar y ayude a su esposa/o y a sus hijos a desarrollar esta actitud tan necesaria para la salud emocional de su familia.

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El presidente Abraham Lincoln dijo una vez: “La fortaleza de una nación está en los hogares de su gente”. Y cuanta razón tenía. Sin duda alguna la familia es la columna vertebral de la sociedad. Como va el hogar, va la sociedad y por ende la nación.

Es triste pensar que algunas familias no disfrutan a plenitud las bendiciones de un hogar. Conozco jóvenes que manifiestan abiertamente que nunca tuvieron un hogar. Y no es que no tienen una familia. Más bien es que al pensar en ella sus recuerdos no son nada gratos. Tuvieron una casa pero no un hogar. Y es que existen algunas diferencias entre la casa y el hogar.

La casa es el lugar donde habitamos. La componen las paredes, las puertas, las ventanas y todos los utensilios que en ella hay. Pero el hogar está formado por las personas y sus relaciones. El calor de un abrazo, el sentir de un beso. Una bienvenida, un regaño, una caricia. El hogar es la sonrisa del hijo(a), la ternura de la madre o la bendición del padre.

La casa se construye en un determinado lapso de tiempo empleando paja, madera o ladrillo. El hogar se edifica día a día con aquellos trocitos de ternura, de perdón, de tolerancia. La casa es un “eso”, el hogar es un “nosotros”. La casa es fría y sin vida, el hogar es cálido y esperanzador.

Ni en la casa y ni el hogar debe darse el abuso y las humillaciones. El hogar no admite el maltrato, las vejaciones ni ningún tipo de violencia, sea ésta física, verbal o sicológica.

En la casa encontramos abrigo y protección para el cuerpo. El hogar protege el alma y el espíritu, por tanto también al cuerpo. La casa se relaciona con lo temporal, el hogar con lo eterno. La casa se puede comprar; el hogar, el hogar no tiene precio.

Amable lector o lectora, sin importar el rol que desempeñe en estos momentos (hijo o hija, padre o madre, esposo o esposa) le invito a esforzarse en aras de tener un mejor hogar. Siempre hay lugar para mejorar lo que tenemos y la familia bien vale todo esfuerzo.

Concluyo con una anécdota que puede ilustrar la diferencia entre casa y hogar.

-En cierta ocasión un niño caminaba solo por la calle a altas horas de la noche. Un agente de la policía lo encontró y le preguntó por qué estaba a esa hora por la calle. Él le contestó que no deseaba volver a su casa, y se desarrolló el siguiente diálogo:

-¿Cómo te llamas? – preguntó el policía. -Hijo del Diablo – contestó el niño.

-¿Cómo has dicho? ¿Dónde vives? – preguntó el policía.

-En el infierno – contestó el muchacho. – ¿Quines son tus padres? – preguntó el policía

-Sinvergüenza y canalla – contestó el niño.

El policía le tomó de la mano y le dijo: “ven llévame a tu casa, porque no puedo dejarte caminar a estas horas por este lugar y no entiendo nada de lo que me dices”.

Caminaron largo rato y llegaron cerca de una casucha desde donde se oía una pelea entre dos personas con las siguientes palabras: “Mira sinvergüenza, ¿dónde está ese hijo del Diablo? “Canalla, yo no sé. Lo único que puedo decirte es que salió temprano de este infierno y aún no ha regresado y ojalá que no vuelva más.”

El policía se detuvo, contempló al niño con inmensa tristeza y compasión. Aquella escena le reveló lo que hasta ese momento no había comprendido.

Espero que su hogar siempre disfrute de una casa y que en su casa siempre haya un hogar.

Articulo redactado por el Dr. Daniel Villa

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La expresión “las palabras se las lleva el viento”, bien podría ser cierta en una específica situación donde se requiera poner por escrito algún acuerdo, pero en la mayoría de los casos, las palabras que pronunciamos tienen el poder de permanecer en la mente del que oye edificándole o destruyéndole.

Necesitamos tomar conciencia del poder de nuestras palabras. Cada palabra que emitimos tiene la capacidad en sí misma de construir o destruir. Al abrir su boca para dirigirse a su cónyuge, a sus hijos o a cualquier otra persona debe recordar que lo expresado quedará en sus mentes y corazones; en ocasiones, mucho más del tiempo que quisiéramos que permaneciera.

Palabras como: te amo, eres importante para mí, eres muy especial, eso que hiciste te quedó muy bien, serás un triunfador, tienes mucho potencial, etc., levantan la autoestima de sus hijos, acercándolos hacia usted y alejándolos de los vicios. Pero palabras como: estúpido, inservible, bueno para nada, engendro del demonio, mal criado, etc., los prepararán para unirse a cualquier grupo que le acepte y podría marcarlo de por vida.

Palabras como: que bien te ves, que tenga un buen día, eres lo más importante para mí, podría hacerle la vida mucho más llevadera a su cónyuge y tienen el poder de cambiar por completo la atmósfera de su hogar.

Tengo un amigo que ha obtenido muchos logros como médico de familia. Sin embargo aún recuerda las palabras de uno de sus profesores que le dijo que no le daría la recomendación para entrar a la escuela de medicina porque él no sería un buen médico. Aquel profesor se equivocó con mi amigo, y posiblemente él haya olvidado por completo aquellas palabras, pero aún retumban en la mente de mi amigo. Así mismo hay jóvenes y adultos que van marcados por las palabras negativas que recibieron de sus padres cuando eran niños.

Normalmente sus palabras ¿construyen o destruyen? ¿Animan o desaniman? ¿Bendicen o maldicen? Tome la firme decisión de usar el poder de sus palabras para edificar y animar a todos los que estén a su lado, especialmente a su familia. Al finalizar de leer este art í culo, tome el teléfono y llame a su esposa/o; levántese de su asiento y busque a sus hijo o escriba una pequeña nota a su hija y dígales lo valiosos que ellos son para usted. ¡ Hágalo hoy mismo!

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