La expresión “las palabras se las lleva el viento”, bien podría ser cierta en una específica situación donde se requiera poner por escrito algún acuerdo, pero en la mayoría de los casos, las palabras que pronunciamos tienen el poder de permanecer en la mente del que oye edificándole o destruyéndole.

Necesitamos tomar conciencia del poder de nuestras palabras. Cada palabra que emitimos tiene la capacidad en sí misma de construir o destruir. Al abrir su boca para dirigirse a su cónyuge, a sus hijos o a cualquier otra persona debe recordar que lo expresado quedará en sus mentes y corazones; en ocasiones, mucho más del tiempo que quisiéramos que permaneciera.

Palabras como: te amo, eres importante para mí, eres muy especial, eso que hiciste te quedó muy bien, serás un triunfador, tienes mucho potencial, etc., levantan la autoestima de sus hijos, acercándolos hacia usted y alejándolos de los vicios. Pero palabras como: estúpido, inservible, bueno para nada, engendro del demonio, mal criado, etc., los prepararán para unirse a cualquier grupo que le acepte y podría marcarlo de por vida.

Palabras como: que bien te ves, que tenga un buen día, eres lo más importante para mí, podría hacerle la vida mucho más llevadera a su cónyuge y tienen el poder de cambiar por completo la atmósfera de su hogar.

Tengo un amigo que ha obtenido muchos logros como médico de familia. Sin embargo aún recuerda las palabras de uno de sus profesores que le dijo que no le daría la recomendación para entrar a la escuela de medicina porque él no sería un buen médico. Aquel profesor se equivocó con mi amigo, y posiblemente él haya olvidado por completo aquellas palabras, pero aún retumban en la mente de mi amigo. Así mismo hay jóvenes y adultos que van marcados por las palabras negativas que recibieron de sus padres cuando eran niños.

Normalmente sus palabras ¿construyen o destruyen? ¿Animan o desaniman? ¿Bendicen o maldicen? Tome la firme decisión de usar el poder de sus palabras para edificar y animar a todos los que estén a su lado, especialmente a su familia. Al finalizar de leer este art í culo, tome el teléfono y llame a su esposa/o; levántese de su asiento y busque a sus hijo o escriba una pequeña nota a su hija y dígales lo valiosos que ellos son para usted. ¡ Hágalo hoy mismo!

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Nuestro Legado

Cuando se cierre el último capítulo del libro de mi vida; cuando baje el telón y concluya mi función. Cuando ya no esté físicamente entre los que amo y entre los que me odian, sin duda alguna me sobrevivirán los recuerdos, o dicho de otra forma, los que me sobrevivan me recordar a n. Pero entre todos los recuerdos posibles, los que revisten mayor importancia para mí, serán los recuerdos de mi familia. ¿Cómo me recordarán mis hijas? ¿Me recordarán como padre amante o como cruel tirano? ¿Esos recuerdos les serán gratos y útiles? ¿Sentirán que perdieron un amigo, o que enterraron un obstáculo en su vida? ¿Cuándo repasen sus años junto a mí serán más los momentos gratos y de enseñanza positiva, o sobresaldrán las heridas, los insultos y abusos en general? Cuándo ya no esté para aconsejarlas, ¿podrá mi ejemplo ser algo digno de imitar?

Lo admitamos o no, siempre estamos enseñando algo. Nuestras acciones, palabras y gestos, siempre, siempre transmiten algo a nuestros hijos, y podemos sorprendernos de su capacidad retentiva y de lo agudo de sus juicios. Día a día vamos labrando un legado, una herencia que le traspasaremos a nuestros hijos. Ellos nos ven aún cuando no pensamos que lo hacen y nuestro ejemplo nos sobrevivirá, muchos, muchos años. Podremos seguir haciéndoles bien, o haciéndoles mal, aún después de muertos.

Está comprobado que la mayor influencia sobre la vida de un niño las tienen sus padres. Muy por encima de la escuela, o de los amigos, los padres los marcamos con nuestras acciones.

Todo adulto debe recordar que nuestros niños están más atentos a lo que hacemos que a lo que decimos. Resultan innumerables las cosas que con intención o sin ella, les hemos enseñado cuando creíamos que ellos no nos estaban mirando. El beso que les dimos mientras pensábamos que dormían les hizo sentirse amados y protegidos y aprendieron de nuestro amor por ellos.

Tal vez nos vieron hacer un acto de caridad, o de justicia, o de honestidad al devolver lo que no se había pagado. Con cada acción fuimos depositando en sus mentes y corazones un pequeño bloque de ejemplo que vendría luego a formar el edificio de su carácter.

Recordemos que nuestras acciones enseñan más que nuestras palabras y nuestros hijos conocen muy bien la diferencia. No funciona decirles: “esto que hago no lo puede hacer”; siempre pensar á n si papá y mamá lo hacen, yo también lo puedo hacer. Entonces démosles ejemplos dignos de imitar. Ejemplos que les sirvan para toda su vida. Ejemplos, amigos y amigas, que valen mucho más que el dinero.

Déjeles una buena herencia, su mejor legado, su ejemplo.

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¿Qué es lo que a usted más le preocupa? ¿Vive usted presa de recuerdos y trata de resolver asuntos de su ayer? ¿Le roba la paz la zozobra el no saber lo que le depara el futuro? ¿Sabía usted que el 95 por ciento de nuestros temores jamás llegan a convertirse en realidad? Vivimos presos del temor sufriendo anticipadamente situaciones que puede que jamás se produzcan. ¿Podemos entender el alcance de esto? Son muchos los sufrimientos que nos han causado situaciones que nunca hemos vivido.

Antiguamente los centros de ventas al detalle colgaban un letrero que decía: “Hoy no fío, mañana sí.” Las personas que procuran crédito sabían que no lo podían solicitar ya que el letrero decía lo mismo día a día. El anuncio trataba realmente con el presente, con el día de hoy, no tocaba el mañana. Existe sabiduría en ocuparnos sólo del día de hoy. El Señor Jesucristo hablando de la ansiedad y el afán de la vida, dijo a sus discípulos: “No se preocupen por el día de mañana, porque mañana habrá tiempo para preocuparse. Cada día tiene bastante con sus propios problemas”. (Mt.6:34)

Sí, mis estimados lectores, necesitamos vivir un día a la vez. Sólo un día a la vez. Alguien dijo que “Hay dos días por los cuales no debemos preocuparnos: “el de ayer y el de mañana.” Pero nosotros insistimos en vivir varios días a la vez. Queremos resolver lo de mañana, y estamos atormentados por lo que hicimos o no hicimos ayer.

¿ Pero por qué no debemos vivir más que un día a la vez? Dice el texto bíblico: “Cada día tiene bastante con sus propios problemas”. Es decir, cada día recibimos las fuerzas necesarias para enfrentar los problemas propios de ese día; pero cuando queremos resolver hoy los problemas del resto de nuestros días, caemos en ansiedad, nos deprimimos y nos falta la fe. Esto no significa que seamos sinvergüenzas, sino que no nos angustiemos. Hay una diferencia entre angustiarse e inquietarse. H. Stephens dijo: ” la persona angustiada ve un problema, y la persona inquieta resuelve un problema”. Las preocupaciones afectan la circulación, el corazón, las glándulas, el sistema nervioso y la salud en general. Cuando Jesús nos dice que no nos preocupemos nos da una medida de salud.

Nada podemos cambiarle al día de ayer, pertenece a la historia. Nada nos es seguro del día de mañana, pertenece a Dios. Sólo tenemos el día de hoy, y sólo este hoy que fue mañana y que será ayer, puede determinar ambos tiempos. Por tanto vivamos este día de hoy con sabiduría. Hagamos buenas decisiones hoy que beneficien a nuestras familias, para que el pasado y el futuro brillen para aquellos que son nuestra mayor responsabilidad. Levante su ánimo y aprecie este maravilloso día que nos regala Dios y vivámoslo a plenitud e integridad, para que nuestro mañana esté en las manos de Dios y podamos mirar al pasado con alegría.

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