Eduardo Terrasa

Ayer hablamos de fe, de creer de verdad en Dios. Como la Virgen, con toda esa inocencia de la Virgen. Pero para creer, primero nos tienen que dar confianza, tienen que ganarse nuestra confianza. Es lógico. ¿Qué ha hecho Dios para ganársela?

La gran novedad que nos trajo Jesús a la tierra, el mensaje que traía de parte de Dios, fue que Dios es padre. A Jesús le costó muy caro, la vida, llamar así a Dios. Los judíos querían prenderlo y matarlo porque se creía hijo de Dios. Pero claro, si uno lee el Antiguo Testamento, descubre que el pueblo de Israel se creía hijo de Dios. Entonces ¿por qué se escandalizaron tanto? Sencillamente porque Jesús no le llamaba padre, sino Abba, en arameo, que era la forma en que los niños llamaban a su padre: papá. Y esto era tomarse demasiadas confianzas con Dios, era llamar a Dios mi papá, era como tomar posesión de Dios.

Nos viene muy bien pensar en esta paternidad de Dios. De hecho, María, antes que Madre de Dios Hijo y Esposa de Dios Espíritu Santo, es Hija de Dios Padre. Primero fue hija, la hija. Preguntémosle a Ella: Madre mía, ¿qué significa que Dios sea Padre?

La paternidad de Dios es muy superior a todas las paternidades de la tierra. Los padres humanos son padres, y pueden llegar a ser buenísimos padres, pero la paternidad no agota su existencia, porque además de padres son otras cosas: esposos, amigos, trabajadores… Si fracasan en su paternidad (porque todos sus hijos les han salido rana: tendrían que estar en la cárcel), pueden refugiarse en los otros aspectos de su vida (pero he sido buen esposo, buen amigo, he trabajado bien). Sin embargo, Dios Padre sólo sabe ser padre, todo su ser divino se concentra en ser padre de su hijo. Nos lo dice la fe: Dios Padre es paternidad en estado puro. Y así se vuelca completamente en su Hijo, le da todo lo que tiene, no se reserva ni un segundo de eternidad ni un gramo de divinidad: por eso el Hijo es idéntico al Padre (si no le hubiera dado todo su Padre, si el Padre se hubiera reservado algo, sería menor que el Padre). El amor del Padre es tan conmovedor que todas las otras historias de amor palidecen: disfrutaremos de ella en el cielo. Por eso Jesús le trata con tanta confianza: es verdaderamente su padre.

Pero Jesús no reserva para sí este privilegio. Cuando los apóstoles le piden que les enseñe a rezar como reza él, con esa confianza, Jesús les dice: “Cuando recéis, tenéis que decir: Papá…”. ¡En el Padrenuestro, Jesús dijo papá! Porque todo ese amor de Dios padre se vuelca también en nosotros de verdad. No somos hijos de mentira, como si sólo fuera una fórmula, una palabra sin más. Somos hijos de verdad, somos hijos de Dios. Como afirmaba san Josemaría: “Piénsalo bien: tú eres de Dios y Dios es tuyo”. Dios se vuelca con cada uno de nosotros, se da, se vacía: lo tenemos pillado, absolutamente pillado. Y Dios sólo sabe tener hijos únicos, porque desde toda la eternidad ha tenido un Único Hijo, no conoce otro tipo de relación: nos quiere a cada uno con todo su amor de Padre, gasta en cada uno de nosotros todo su amor de Padre.

De hecho, sabemos que “Tanto amó Dios al mundo, que nos dio a su único hijo”. Eso dice san Juan. Y nos lo entregó hasta el final, aunque ese final fuera que lo matáramos en una cruz. Y a un padre como Dios, tan padrazo, le debió costar infinito desprenderse así de su propio hijo. Entregar a su hijo era mucho más costoso para él que entregarse a sí mismo. Entregar a su hijo era como entregarse doblemente él, como entregar lo único valioso que tenía y que era. Pero nos lo entregó. Lo entregó por cada uno de nosotros, nos puso a la altura del amor que sentía por su hijo. Nos hizo plenamente hijos, nos trató de verdad como hijos, nos ganó como hijos. Esto no lo podemos olvidar nunca, no podemos darle la espalda a este amor. Como se reprochaba san Josemaría: Dios mío, saber que me quieres tanto y no me he vuelto loco.

Y Jesús, para mostrarnos qué tal padre es Dios, nos dejó su mejor parábola, una parábola genial. La del hijo pródigo. Cuando el hijo de la parábola decide marcharse porque ya estaba cansado de vivir junto a su padre, y pide su parte de la herencia (es fuerte: “dame lo que me vas a dar cuando te mueras”), el padre va y se la da: eso no lo hace nadie (te vas a enterar de lo que te corresponde). Respeta su libertad, nos da la libertad con la que podemos rechazarle. Nos quiere de una manera muy especial: no nos quita la libertad ni la vida aunque la estemos malgastando, como el hijo pródigo.

Y cuando regresa el hijo pródigo (por hambre, vivía peor que los cerdos, cosa muy humillante para un judío), con su discursito bien preparado (“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Trátame como al último de tus jornaleros”), después de todo el desprecio que supuso su actitud, después de todo lo que ese padre habrá llorado y se habrá atormentado, va y le acoge como si nada hubiera pasado. Antes de que le pida perdón, ya sale corriendo y se echa a su cuello y le cubre de besos. No está resentido (que es lo lógico después de haber sufrido mucho, estar muy dolido, a la defensiva, no querer sufrir más), no le espera a que llegue, “a ver a qué viene, que querrá ahora”. No, sale a su encuentro corriendo.

Y cuando el hijo empieza su discurso (tal vez abrumado por el recibimiento), el padre lo interrumpe, pero no con una ironía incrédula (“claro, cuando has sentido hambre” o “a ver cuánto te dura el propósito”), ni con reproches (“lo que me has hecho sufrir”: siempre cuando alguien nos hiere le hacemos notar lo que nos ha herido), sin lecciones morales o moralejas (“¿ves lo que pasa cuando uno abandona a su padre”), sin hacerte desear (“bueno, ya veremos”). Todo esto sería lo más natural. No se fija en todo lo que le ha hecho sufrir, ni en sus derechos de padre pisoteados, lo olvida enseguida, se olvida de sí mismo. Lo único que le importa es que su hijo que se había perdido, ha sido encontrado, lo único que cuenta es que ha regresado y está a salvo. No se fija en sí mismo, lo quiere y nada más. El amor de Dios padre no retrocede, no se detiene para calcular gastos, no se queda con la mala experiencia pasada, no se resiente nunca. Es directo como un disparo, es la generosidad más pura. Casi parece tonto. Tira la casa por la ventana… por segunda vez.

Es lógica la reacción del hijo mayor: “yo siempre estoy contigo y parece que no me haces tanto caso. En cambio a este…”. Y el padre de la parábola no se enfada con ese hijo mayor, sólo le pide que le entienda como padre, que comprenda lo que pasa en su corazón: “¡es que este es mi hijo, que estaba muerto y ha vuelto a la vida! No lo puedo evitar: es que soy padre”. Su amor es tan grande, tan paternal, que se fija sólo en el bien de sus hijos. Y por eso es un amor tan desprotegido: parece un amor que se despeña a sí mismo. Es tan padre que siempre le vence su amor.

Hay una palabras del profeta Isaías, puestas en la boca de Dios y dirigidas al hombre, que son increíblemente directas y que nos revelan ese amor de padre. “Yo habitaré en ti, porque te he elegido; tú serás mi reposo por toda la eternidad. Y como se alegran el esposo y la esposa, así se alegrará contigo tu Dios” (Isaías, LXII, 5). “Un nuevo nombre te será dado, que pronunciará la boca del Señor. Tú serás llamada “mi querer”, ya que me complazco en ti” (Isaías LXII, 4). No dice mi querida, sino mi querer, como no decimos mi amada, sino mi amor: hace referencia a lo más entrañable, y por eso se identifica con la misma fuente de nuestro querer y de nuestro amor. Así nos quiere Dios a cada uno.

Y así tenemos que tratarle, con esa confianza y sencillez y cercanía. Cuando nos sintamos pobretones y mezquinos, necesitamos empezar a repetir “papá, papá, papá…”, hasta que la fuerza de esta palabra nos cale en lo más hondo. Porque hace falta mucha sinceridad para decirla de verdad; no se puede decir “papá” y luego no ser auténtico, o ser egoísta, o no querer de verdad a los demás, o no hacerle caso a nuestro padre Dios hasta el final aunque cueste… Es una palabra que pide una increíble sinceridad, una transparencia absoluta: uno se queda desnudo cuando la pronuncia con todo el corazón. (Y, a la vez, es una palabra que crea esa sinceridad, que despierta esa confianza, que te desnuda: es una palabra que tiene poder, todo el poder del amor de un padre genial).

A san Josemaría le conmovía especialmente esta parábola, y hacía muchas veces de hijo pródigo, para sentirse querido y perdonado por Dios. Y el saber que era hijo de Dios era lo que le daba la alegría y la fuerza para vivir. Una vez, viajando en un tranvía por Madrid, recibió una luz especial de Dios que le hizo paladear esta realidad de una manera muy viva. Él lo describe así: “Sentí la acción del Señor, que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba! Estaba yo en la calle, en un tranvía. Probablemente hice esa oración en voz alta. Y anduve por las calles de Madrid, quizá una hora, quizá dos, no lo sabría decir, el tiempo se pasó sin notarlo. Me debieron tomar por un loco. Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa verdad, que quedó encendida como una brasa en mi alma, para no apagarse nunca”. Esto es lo que explica la confianza con la que vivió Mons. Escrivá; la fuerza de su vida, que le llevó a emprender cosas tan grandes en favor de los hombres.

Miremos de nuevo a nuestra Madre. Había algo que estaba profundamente arraigado en el corazón de María, que es lo que explica toda su fe y su confianza. La Virgen veía en Dios a un Padre, a un padre entrañable. Ella se sabía hija querida de una manera muy particular. La vida de María tenía una profundidad insospechada. Su oración no era como la de los demás. Trataba a Dios con una cercanía y una confianza jamás experimentada. Ella sabía que su oración era escuchada con una especial prontitud; en muchas ocasiones, ante un problema de los demás, no suyo, se habrá puesto de rodillas y habrá hablado en serio -cara a cara- con su padre Dios, y todo se habría arreglado de inmediato. Algo le decía que Dios la había escuchado precisamente a ella, que lo había hecho por ella.

La Virgen vería todo lo que le ocurría, lo grande y lo pequeño, como venido directamente de las manos de Dios. Ese amanecer que tanto le gustaba, el canto de aquel pájaro, las personas que iba conociendo y se iban metiendo en su vida… Por todo daba gracias. También por lo que parecía una contradicción: eran caricias de su padre para que fuera aprendiendo a tener paciencia. Este estado de ánimo es lo que se desprende del Magníficat, es lo que explica esa voz exultante y humilde a la vez, llena de cariño y de confianza, de ingenuidad y de sabiduría.

Pero la Virgen, a la vez, era consciente de lo alejados que estaban los hombres de Dios. Por eso, a veces su rostro se ensombrecía. La aldea entera notaría estos cambios de humor. Pero cuando le preguntaban “¿qué te pasa?”, ella callaba, o contestaba con un evasivo “nada, ya se me pasará”. Porque le parecía que nadie la podría entender. Sufría por su padre Dios, por lo abandonado y solo que estaba. Y por la rudeza de los hombres, con sus egoísmos, sus injusticias, sus crueldades, sus envidias, sus incomprensiones. Y ella era muy sensible a esto: la frialdad de unos con otros le dolía como una quemadura. Su pureza, su deseo de mirar siempre el lado bueno de las personas, su candor, su capacidad de querer y de compadecerse, la hacían demasiado vulnerable. Y no sabía qué hacer.

El Mesías tenía que venir. Las Escrituras decían que él lo arreglaría todo. Y ella rezaba por ese Mesías. Todas las mujeres de Israel suspiraban por ser ascendientes del Mesías; por eso, no tener hijos era considerado como una maldición. Y una noche de esas tristes, mientras intentaba consolar a su padre Dios, le salió del alma un deseo y un propósito lleno de ardor y de ingenuidad: iba a ofrecer su virginidad a su padre, iba a entregar su vida a Dios, para que su oración por el Mesías también se cumpliera ya. Al día siguiente, cuando despertó y recordó su promesa, fue consciente de todos los problemas que eso traería consigo (era rarísimo que una mujer eligiera la virginidad como modo de vida, que no formara una familia: ¿cómo se lo explicaría a sus padres cuando surgiera un pretendiente?, y ¿quién la iba a mantener cuando murieran sus padres?). Pero a ella todo esto le parecía muy sencillo: sólo quería hacerle compañía a su solitario padre. A pesar de estas incertidumbres, la decisión permaneció firme en ella, como una isla en alta mar: ya se las arreglaría sola.

Ahora ya no se pondría tan triste como antes, algo había cambiado. Ella no sería ya una ascendiente del Mesías, y tal vez la esperaba una gran soledad en esta tierra, pero ahora sabía que con su vida podía consolar a su padre Dios, que podía acompañarle de verdad, físicamente. Viviría como esas plantas de alta montaña que ella admiraba por sus colores: sola, a la intemperie, recia y fuerte, escondida, pero bien arraigada en la roca del amor de Dios. Y además sabía que, después de su ofrecimiento, el Mesías tenía que estar al caer en alguna parte.

Y terminamos con unas palabras de san Josemaría: Porque esto es lo que explica la vida de María: su amor. Un amor llevado hasta el extremo, hasta el olvido completo de sí misma, contenta de estar allí, donde la quiera Dios.

 

Amor Conyugal
La verdad y el significado del amor conyugal a la luz de la encíclica Humanae Vitae.
Carta pastoral de Mons. Charles Chaput, Arzobispo de Denver. 22 de Julio, 1998.
título: De la Vida Humana.

Queridos hermanos y hermanas en el Señor,

1. Hace treinta años, el Papa Pablo VI entregó su encíclica Humanae Vitae (Sobre la Vida Humana), que reafirmó la enseñanza constante de la Iglesia acerca del control de la natalidad. Ciertamente es la intervención papal peor entendida de este siglo. Fue la chispa que encabezó tres décadas de dudas y desacuerdos entre muchos católicos, especialmente en los países desarrollados. Sin embargo, con el pasar del tiempo, se ha comprobado profética. Enseña la verdad. Por eso, mi intención con esta carta apostólica es sencilla. Creo que el mensaje de la Humanae Vitae no es una carga sino una alegría. Creo que esta encíclica ofrece una clave que lleva a matrimonios más profundos y ricos. Y lo que busco desde la familia de nuestra Iglesia local no es simplemente un asentimiento respetuoso a un documento que la crítica desecha como irrelevante, sino un esfuerzo activo y sostenido por estudiar la Humanae Vitae; por enseñarla fielmente en nuestras parroquias; y por alentar a nuestras parejas casadas a que la vivan.

I. EL MUNDO DESDE 1968

2. Tarde o temprano, todo pastor aconseja a alguien que está luchando contra una adicción. Normalmente el problema es alcohol o drogas. Y normalmente el escenario es el mismo. El adicto reconocerá el problema pero manifestará ser impotente ante él. O, alternativamente, el adicto negará tener un problema, aunque la adicción esté destruyendo su salud y arruinando su trabajo y su familia. No importa cuánto sentido tenga el pastor; no importa qué tan verídicos y persuasivos sean sus argumentos; y no importa qué tan en riesgo esté su vida, el adicto simplemente no puede entender —o actuar según— el consejo. La adicción, como una gruesa capa de vidrio, separa al adicto de cualquier cosa o persona que lo pueda ayudar.

3. Una manera de entender la historia de la Humanae Vitae es aproximarse a las últimas tres décadas mediante la metáfora de la adicción. Creo que al mundo desarrollado le es muy difícil aceptar esta encíclica no porque hubiese algún defecto en el raciocinio de Pablo VI, sino debido a las adicciones y contradicciones que se ha infligido a sí mismo, exactamente como lo advirtiera el Santo Padre.

4. Al presentar su encíclica, Pablo VI llamó la atención sobre cuatro problemas principales que surgirían si se ignorasen las enseñanzas de la Iglesia sobre el control de la natalidad (HV 17). Primero, advirtió que el amplio uso de anticonceptivos llevaría a “la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad”. Exactamente esto es lo que ha ocurrido. Pocos negarán que los índices de abortos, divorcios, colapsos familiares, abuso de esposas e hijos, enfermedades venéreas e hijos extramatrimoniales han aumentado desde mediados de 1960. Obviamente, la píldora del control natal no ha sido el único factor en este incremento. Pero ha tenido un papel principal. De hecho, la revolución cultural desde 1968, caracterizada por lo menos en parte por un cambio de actitud hacia el sexo, no hubiera sido posible o sostenible sin un fácil acceso a una anticoncepción eficaz. En esto, Pablo VI tenía razón.

5. Segundo: advirtió también que el hombre perdería su respeto por la mujer y “ya [no se preocuparía] de su equilibrio físico y psicológico”, al punto tal que la consideraría “como simple instrumento de goce egoísta y no como su respetada y amada compañera”. En otras palabras, según el Papa, la anticoncepción puede ser presentada como liberadora para la mujer, pero los auténticos “beneficiarios” de la píldoras y dispositivos de control de la natalidad son los hombres. Tres décadas más tarde, exactamente como Pablo VI sugirió, la anticoncepción ha liberado al hombre —a un nivel históricamente sin precedentes— de la responsabilidad por sus agresiones sexuales. En el proceso, una de las más extrañas ironías del debate sobre la anticoncepción en la última generación ha sido la siguiente: muchas feministas han atacado a la Iglesia Católica por su alegada desatención hacia la mujer, pero la Iglesia en la Humanae Vitae identificó y rechazó la explotación sexual de la mujer años antes que aquel mensaje entrara en vigencia en la cultura. Una vez más, Pablo VI tenía razón.

6. Tercero: el Santo Padre advirtió también que el uso generalizado de la anticoncepción podría poner “un arma peligrosa… en las manos de aquellas autoridades públicas que no prestan clara atención a las exigencias morales”. Como hemos descubierto luego, la eugenesia no desapareció con las teorías raciales de los nazis en 1945. Las políticas del control de población son ahora parte aceptada de casi toda discusión sobre ayuda extranjera. La exportación masiva de anticonceptivos, aborto y esterilización por parte del mundo desarrollado hacia los países en desarrollo —frecuentemente como requisito previo para la ayuda y muchas veces en contradicción con las tradiciones morales locales— es una forma levemente disfrazada de la ‘guerra de población’ y la re-ingeniería cultural. Nuevamente, Pablo VI tenía razón.

7. Cuarto: El Papa Pablo advirtió que la anticoncepción conduciría a los seres humanos a pensar erradamente que tienen un dominio ilimitado sobre sus propios cuerpos, convirtiendo inexorablemente a la persona humana en el objeto de su poder invasivo. Aquí se halla otra ironía: al huir hacia la falsa libertad provista por la anticoncepción y el aborto, un exagerado feminismo ha conspirado activamente hacia la deshumanización de la mujer. Un hombre y una mujer participan de manera única en la gloria de Dios por su capacidad de co-crear una nueva vida con Él. En la base de la anticoncepción, sin embargo, está el asumir que la fertilidad es una infección que debe ser atacada y controlada, exactamente como los antibióticos atacan las bacterias. En esta actitud puede verse también el intrínseco enlace entre la anticoncepción y el aborto. Si la fertilidad puede ser falsamente representada como una infección que se debe atacar, también lo puede ser una nueva vida. En ambos casos, un elemento definitivo de la identidad de la mujer —su potencial para engendrar una nueva vida— es redefinido como una debilidad que inspira desconfianza y requiere un atento “tratamiento”. La mujer se convierte en el objeto de los dispositivos en los que confía para asegurarse su propia liberación y defensa, mientras que el hombre no comparte nada de esta carga. Una vez más, Pablo VI tenía razón.

8. Luego del punto final del Santo Padre, ha aparecido mucho más: la fertilización in vitro, la clonación, la manipulación genética y la experimentación con embriones descienden todas de la tecnología anticonceptiva. De hecho, hemos subestimado drástica e ingenuamente los efectos de la tecnología, no sólo externamente en la sociedad, sino en nuestra propia identidad humana. Como ha observado el autor Neil Postman, el cambio tecnológico no es aditivo sino ecológico. Una nueva tecnología significativa no ‘añade’ algo a una sociedad, lo cambia todo, tal como una gota de tinte rojo no pasa desapercibida en un vaso de agua, sino que colorea y cambia cada molécula del líquido. La tecnología anticonceptiva, precisamente por su impacto en la intimidad sexual, ha trastornado nuestro entendimiento sobre el sentido de la sexualidad, de la fertilidad, y del matrimonio mismo. Los ha separado de la identidad natural e intrínseca de la persona humana y ha trastornado la ecología de las relaciones humanas. Ha introducido el caos en nuestro vocabulario de amor, tal como el orgullo introdujo el caos en el vocabulario de Babel.

9. Ahora nos enfrentamos día a día con las consecuencias. Estoy escribiendo estos pensamientos en una semana de julio en la que, con pocos días de intervalo, los noticieros han informado que casi el 14 por ciento de los habitantes de Colorado están o han estado involucrados en la dependencia de alcohol o drogas; una comisión del gobernador ha alabado el matrimonio mientras que simultáneamente recomienda pasos que lo trastornarán al otorgar derechos y responsabilidades paralelas a personas en ‘relaciones comprometidas’, incluyendo relaciones entre personas de un mismo sexo; y una pareja joven de la costa este ha sido sentenciada por asesinar brutalmente a su hijo recién nacido. De acuerdo a los reportajes, uno o los dos jóvenes padres, no casados, “aplastó el cráneo (del bebé) mientras estaba vivo, y dejó luego el cuerpo mutilado en un contenedor de basura para que muera”. Estos son los titulares de una cultura en serios problemas. La sociedad estadounidense está arruinada con la identidad sexual y trastornos conductuales, colapso familiar y una general y creciente aspereza en la actitud hacia la sacralidad de la vida humana. Es obvio para cualquiera excepto para un adicto: tenemos un problema. Nos está matando como personas. Así que, ¿qué vamos a hacer al respecto? Lo que quiero sugerir es que si Pablo VI tenía acerca de muchas de las consecuencias que se derivan de la anticoncepción, es porque tenía razón en cuanto a la anticoncepción misma. Buscando nuevamente ser plenos como personas y como gente de fe, necesitamos empezar volviendo a leer la Humanae Vitae con corazones abiertos. Jesús dijo que la verdad nos hará libres. La Humanae Vitae está repleta de verdad. Por eso es una clave para nuestra libertad.

II. LO QUE REALMENTE DICE LA HUMANAE VITAE

10. Tal vez una de las fallas al comunicar el mensaje de la Humanae Vitae a lo largo de los últimos treinta años ha sido el lenguaje usado al enseñarla. Las tareas y responsabilidades de la vida conyugal son numerosas. Son también serias. Ante todo deben ser consideradas cuidadosamente y en espíritu de oración. Pero pocas parejas entienden su amor en términos de la teología académica. Simplemente, se enamoran (fall in love). Ese es el vocabulario que usan. Es así de simple y revelador. Se rinden uno al otro. Se dan ellos mismos uno al otro. Se rinden (fall) uno al otro para poseer, y ser poseídos, plenamente uno al otro. Y con justicia. En el amor conyugal, Dios quiere que los esposos hallen alegría y gozo, esperanza y vida abundante, en y a través de cada uno, todo ordenado de manera que lleve al esposo y esposa, a sus hijos, y a todos los que lo conocen, más profundamente al abrazo de Dios.

11. En consecuencia, al presentar la naturaleza del matrimonio cristiano a una nueva generación, debemos formular sus satisfacciones plenificantes por lo menos tan bien como sus deberes. La actitud católica hacia la sexualidad es todo menos puritana, represiva o anticarnal. Dios creó el mundo y modeló a la persona humana a su misma imagen. Por lo tanto, el cuerpo es bueno. De hecho, para mí ha sido muchas veces una fuente de gran humor escuchar de incógnito cómo personas se quejaban sobre la supuesta “sexualidad enbotellada” de la doctrina moral católica, y el tamaño de muchas buenas familias católicas (de dónde, uno se pregunta, piensan ellos que vienen los bebés). El matrimonio católico —exactamente como Jesús mismo— no es una cuestión de escasez sino de abundancia. No es una cuestión de esterilidad, sino más bien de la fecundidad que fluye del amor unitivo y procreativo. El amor conyugal católico implica siempre la posibilidad de una nueva vida, y porque lo hace, aleja la soledad y afirma el futuro. Y porque afirma el futuro, se convierte en una hoguera de esperanza en un mundo inclinado a la locura. En efecto, el matrimonio católico es atractivo porque es sincero. Está diseñado para las criaturas que somos: personas hechas para la comunión. Los esposos se completan uno al otro. Cuando Dios une a una mujer y un hombre en matrimonio, ellos crean con Él un nuevo todo, una “pertenencia” que es tan real, tan concreta, que una nueva vida, un niño, es su expresión natural y su sello. Eso es lo que la Iglesia quiere decir cuando enseña que el amor matrimonial católico es por su naturaleza tanto unitivo como procreativo, y no lo uno o lo otro.

12. ¿Pero por qué las parejas casadas no pueden simplemente escoger el aspecto unitivo del matrimonio y temporalmente bloquear o incluso permanentemente evitar su naturaleza procreativa? La respuesta es tan simple y radical como el Evangelio mismo. Cuando los esposos se dan a sí mismos honesta y enteramente, como lo implica o incluso exige la naturaleza del amor conyugal, ello debe incluir todo su ser, y la más íntima y poderosa parte de cada persona es su fertilidad. La anticoncepción no sólo niega la fertilidad y ataca la procreación, sino que al hacerlo, necesariamente daña también la unidad. Es el equivalente a que los esposos se digan: “Te doy todo lo que soy, excepto mi fertilidad. Yo acepto todo lo que eres, excepto tu fertilidad”. Este retener algo de uno mismo inevitablemente trabaja para aislar y dividir a los esposos, deshaciendo la amistad sagrada entre ellos… tal vez no inmediata y visiblemente, sino profundamente, y a la larga muchas veces de manera fatal para el matrimonio.

13. Es por esto que la Iglesia no está en contra de la anticoncepción “artificial”. Está en contra de todo tipo de anticoncepción. La noción de “artificial” no tiene nada que ver. De hecho, se tiende a confundir la discusión implicando que el debate es en torno a una intrusión mecánica en el sistema orgánico del cuerpo. No es así. La Iglesia no tiene ningún problema con la ciencia que apropiadamente interviene para sanar o mejorar la salud corporal. En vez, la Iglesia enseña que toda anticoncepción está moralmente errada, y no solamente errada, sino seriamente errada. La alianza que realizan el marido y la mujer en el matrimonio requiere que toda relación permanezca abierta a la transmisión de una nueva vida. Esto es lo que implica ser “una carne”: una autodonación completa, sin reserva o excepción, así como Cristo no retuvo nada de Sí mismo de su esposa, la Iglesia, muriendo por ella en la Cruz. Cualquier interferencia intencional con la naturaleza procreativa de la relación implica necesariamente que los esposos están reteniéndose uno del otro y de Dios, quien es su pareja en el amor sacramental. En efecto, se roban algo infinitamente precioso —ellos mismos— de cada uno y de su Creador.

14. Y es por esto que la planificación familiar natural difiere no sólo en el estilo sino en la substancia moral de la anticoncepción como un medio para regular el tamaño de las familias. La planificación familiar natural no es anticoncepción. Es, más bien, un método de conciencia y aprecio de la fertilidad. Es una aproximación completamente diferente a la regulación de la natalidad. La planificación familiar natural no ataca en nada a la fertilidad, no retiene el don de uno mismo a su pareja, ni tampoco bloquea la naturaleza procreativa de la relación. La alianza del matrimonio requiere que cada acto de relación sea plenamente un acto de autodonación, y por lo tanto abierto a la posibilidad de una nueva vida. Pero cuando, por buenas razones, esposo y esposa limitan sus relaciones de acuerdo a los periodos naturales de infertilidad en la esposa durante el mes, están simplemente observando un ciclo que Dios mismo ha creado en la mujer. No lo están trastornando. Y por lo tanto están viviendo de acuerdo a la ley del Amor de Dios.

15. Hay, por cierto, muchos beneficios maravillosos en la práctica de la planificación familiar natural. La esposa se preserva a sí misma de químicos o instrumentos y se mantiene fiel a su ciclo natural. El esposo comparte la planificación y la responsabilidad en la planificación familiar natural. Ambos aprenden un mayor grado de auto señorío y un respeto profundo por el otro. Es verdad que la planificación familiar natural requiere de sacrificios y abstinencias periódicas de relaciones. Puede a veces ser un camino difícil. Pero así puede ser toda vida cristiana seria, sea uno sacerdote, consagrado, soltero o casado. Mas aún, la experiencia de decenas de miles de parejas ha enseñado que, viviendo en oración y sin egoísmos, la planificación familiar natural profundiza y enriquece el matrimonio y termina en una mayor intimidad, y mayor alegría. En el Antiguo Testamento, Dios pidió a nuestros primeros padres ser fecundos y multiplicarse (Gén 1,28). Nos pidió que escojamos la vida (Dt 30,19). Envió a su Hijo, Jesús, para traernos la vida en abundancia (Jn 10,10) y para recordarnos que su yugo es ligero (Mt 11,30). Sospecho, por lo tanto, que lo que está en el corazón de la ambivalencia católica hacia la Humanae Vitae no es una crisis de la sexualidad, de la autoridad de la Iglesia o de relevancia moral, sino una cuestión de fe: ¿Creemos de verdad en la bondad de Dios? La Iglesia habla por su Novio, Jesucristo, y los creyentes oyen natural y ardientemente. Ella enseña a las parejas casadas el camino al amor permanente y a una cultura de vida. Treinta años de historia han registrado las consecuencias de la opción contraria.

III. QUÉ TENEMOS QUE HACER

16. Quiero expresar mi gratitud a las muchas parejas que ya viven el mensaje de la Humanae Vitae en sus vidas de casados. Su fidelidad a la verdad santifica a sus mismas familias y a nuestra entera comunidad de fe. Agradezco de manera especial a aquellas parejas que enseñan la planificación familiar natural y aconsejan a otras parejas en la paternidad responsable inspirada por la enseñanza de la Iglesia. Su trabajo muy a menudo pasa desapercibido o no es apreciado, pero ellos son poderosos abogados de la vida en una época de confusión. Quiero ofrecer mis oraciones y aliento a aquellas parejas que cargan la cruz de la infertilidad. En una sociedad que a menudo favorece el evitar niños, ellos soportan la carga de anhelar el tener hijos sin poder engendrar ninguno. Ninguna oración queda sin responder, y todo sufrimiento ofrecido al Señor fructifica de alguna forma en una nueva vida. Les aliento a considerar la adopción, y apelo a ellos para que recuerden que un buen fin no puede nunca justificar medios errados. Sea para prevenir la gestación o lograrla, cualquier técnica que separe la dimensión unitiva y procreativa del matrimonio está siempre equivocada. Técnicas para procrear que vuelven a los embriones en objetos y mecánicamente sustituyen el abrazo amoroso de esposo y esposa violan la dignidad humana y tratan la vida como un producto. No importa cuán positivas sean sus intenciones, estas técnicas promueven la peligrosa tendencia de reducir la vida humana a material que puede ser manipulado.

17. Nunca es tarde para volver nuestros corazones nuevamente hacia Dios. No somos impotentes. Podemos hacer una diferencia siendo testigos de la verdad sobre el amor matrimonial y la fidelidad a la cultura que nos rodea. En diciembre del año pasado, en una carta pastoral llamada Buenas Nuevas de Gran Alegría, hablé de la importante vocación que todo católico tiene como un evangelizador. Somos todos misioneros. Norteamérica en los noventas, con su cultura de una sexualidad desordenada, matrimonios rotos y familias fragmentadas, necesita urgentemente el Evangelio. Como el Papa Juan Pablo II escribe en su Exhortación Apostólica Sobre la Familia (Familiaris Consortio), las parejas casadas tienen un rol fundamental testimoniando a Jesucristo entre ellos y a la cultura que los rodea (49, 50).

18. Con esa luz, pido a las parejas casadas de la arquidiócesis que lean, discutan y recen en torno a la Humanae Vitae, la Familiaris Consortio, y otros documentos de la Iglesia que delinean la enseñanza católica sobre el matrimonio y la sexualidad. Muchas parejas casadas, inconscientes de la sabiduría encontrada en este material, se han privado a sí mismas de una hermosa fuente de sustento para su mutuo amor. Aliento de manera especial a las parejas a examinar su propia conciencia en relación a la anticoncepción, y les pido que recuerden que “conciencia” es mucho más que sólo una cuestión de preferencia personal. Requiere que busquemos y entendamos la enseñanza de la Iglesia, y honestamente luchar para conformar nuestros corazones a ella. Les exhorto a buscar la Reconciliación sacramental por las veces en que han caído en la anticoncepción. La sexualidad desordenada es la adicción dominante de la sociedad norteamericana en estos años finales del siglo. Directa o indirectamente nos afecta a todos. Como resultado, para muchos esta enseñanza puede ser un mensaje difícil de aceptar. Pero no pierdan los ánimos. Cada uno de nosotros es un pecador. Cada uno de nosotros es amado por Dios. No importa qué tanto caigamos, Dios nos perdonará si nos arrepentimos y pedimos la gracia para cumplir su voluntad.

19. Pido a mis hermanos sacerdotes que examinen sus propias prácticas pastorales, para asegurarse de estar presentando fiel y sugerentemente la enseñanza de la Iglesia sobre estos asuntos en todos sus trabajos pastorales. Nuestra gente merece la verdad sobre la sexualidad humana y la dignidad del matrimonio. Para realizar esto, pido a los pastores leer y poner en práctica el Vademécum para Confesores sobre algunos aspectos de moral conyugal, así como estudiar la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la planificación familiar. Les exhorto a que nombren coordinadores parroquiales para facilitar la presentación de la enseñanza católica sobre el matrimonio y la planificación familiar, especialmente la planificación familiar natural. La anticoncepción es un asunto grave. Las parejas casadas necesitan el buen consejo de la Iglesia para realizar las decisiones correctas. La mayoría de los católicos casados acogen la guía de los sacerdotes, y los sacerdotes nunca se deberían sentir intimidados por su compromiso personal al celibato, o avergonzados por la enseñanza de la Iglesia. Avergonzarse de la enseñanza de la Iglesia es avergonzarse de la enseñanza de Cristo. La experiencia pastoral y el consejo de un sacerdote son valiosos en asuntos como la anticoncepción precisamente porque presenta una nueva perspectiva para una pareja y habla por toda la Iglesia. Más aún, la manifestación de la fidelidad de un sacerdote a su propia vocación fortalece a las parejas casadas para que ellas vivan su vocación con mayor fidelidad.

21. Dos aspectos finales. Primero: el tema de la anticoncepción no es periférico, sino central y serio en el caminar de un católico con Dios. Si se realiza con conciencia y libertad, la anticoncepción es un pecado grave, porque distorsiona la esencia del matrimonio: el amor de auto-donación (self-giving) que, por su misma naturaleza, es dador de vida (life-giving). Quiebra lo que Dios ha creado para ser uno: el sentido personal unitivo del sexo (amor) y el sentido de donación de vida del sexo (procreación). Muy aparte del costo a cada pareja, la anticoncepción ha infligido también un daño masivo a la sociedad: al forzar inicialmente una cuña entre el amor y la procreación de hijos, y luego entre sexo (esto es, sexo en sentido de diversión, sin un compromiso permanente) y amor. Sin embargo —y este es mi segundo punto— la enseñanza de la verdad deber ser siempre hecha con paciencia y compasión, lo mismo que con firmeza. La sociedad americana parece oscilar particularmente entre el puritanismo y el libertinaje. Las dos generaciones —la mía y la de mis profesores— que en su momento encabezaron en este país la oposición a la encíclica de Pablo VI, son generaciones aún reaccionando contra el rigorismo del catolicismo norteamericano de los cincuentas. Ese rigorismo, en buena parte producto de una cultura y no de una doctrina, ha sido demolido hace ya mucho tiempo. Pero el hábito del escepticismo permanece. Al llegar a estas personas, es nuestra tarea devolver su desconfianza a donde pertenece: hacia las mentiras que el mundo dice sobre el sentido de la sexualidad humana, y las patologías que esas mentiras esconden.

22. Finalizando, enfrentamos una oportunidad que sólo viene una vez en muchas décadas. Esta semana hace treinta años, Pablo VI dijo la verdad sobre el amor conyugal. Al hacerlo, se inició una pugna al interior de la Iglesia que continúa marcando hasta hoy la vida católica norteamericana. La oposición selectiva a la Humanae Vitae pronto desencadenó una gran oposición a la autoridad de la Iglesia y ataques a la credibilidad de la Iglesia misma. La ironía es que la gente que dejó la enseñanza de la Iglesia descubrió pronto que había trastornado su propia habilidad para transmitir algo a sus hijos. El resultado es que la Iglesia debe ahora evangelizar un mundo de los hijos de sus hijos, adolescentes y jóvenes adultos criados en una confusión moral, muchas veces inconscientes de su propia herencia moral, hambrientos de sentido, comunidad y amor verdadero. Por todos sus retos, este es un tremendo nuevo momento de posibilidades para la Iglesia, y la buena nueva es que la Iglesia hoy, como en toda época, tiene las respuestas para colmar el vacío que hay en sus corazones por hambre de Dios. Por eso, mi plegaria es sencilla: Que el Señor nos conceda la sabiduría para reconocer el gran tesoro que reside en nuestra enseñanza sobre el amor matrimonial y la sexualidad humana, la fe, la alegría y la perseverancia para vivir todo ello en nuestras propias familias, y la valentía que tuvo Pablo VI para predicarlo nuevamente.