A los humildes Dios da su gracia

El texto de hoy comienza así: “Entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer”. No nombra ni el pueblo o ciudad, ni cómo se llamaba el fariseo, ni qué familia tenía, ni qué cargo tenía”. Un periodista o un historiador nos hubiera precisado varios o todos de esos detalles. Pero a los evangelistas sólo interesa darnos noticia de Jesús, de su persona y su mensaje, que es el camino de salvación para todos. Es interesante, creo, notar en el texto la actitud de Jesús, que denota su conciencia de sí mismo de no ser una persona cualquiera. Jesús está invitado a la casa de una persona importante y asisten también otros personajes amigos asimismo importantes. Ante ellos y a ellos Jesús habla con autoridad sorprendente y aun se permite criticarlos. Es un signo entre otros muchos de que Jesús se considera por encima, de que en éste, como en todos los momentos de su vida, Jesús se sabe ser Dios, el Hijo del Padre, enviado como maestro de la verdad. Otra observación sobre cómo leer la Biblia: Cuando en los evangelios se dice que Jesús dijo algo, lo hacen como lo hacemos también nosotros. No tenemos la pretensión de repetir palabra por palabra lo que hemos oído, sino que comunicamos el sentido, la idea, aunque con palabras diferentes. Por eso en los diversos evangelios encontramos con frecuencia en boca de Jesús una misma idea expresada con palabras diferentes. Pero hoy hemos escuchado la frase: “Todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. Jesús era un gran orador y los oradores repiten con frecuencia ideas y formulaciones que juzgan tienen fuerza especial para impresionar. Aquella frase, formulada igual, aparece otras veces en los evangelios. Da la impresión de que el evangelista la recuerda y ha querido recordarla al pie de la letra como dicha así por Jesús.

Como habrán caído en la cuenta, la perícopa está centrada en la virtud de la humildad y en la predilección por los pobres: “Cuando te inviten, vete a sentarte en el último puesto”. “Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos”. También en la primera lectura leemos:”Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad…Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios y revela sus secretos a los humildes”. “Preparaste, oh Dios, —hemos respondido en el salmo— casa para los pobres. Padre de huérfanos, protector de viudas,… Tu rebaño habitó en la tierra que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres”. Días atrás, el día de la Asunción de María, recordamos su canto triunfal: “Porque ha mirado la pequeñez de su esclava; dispersa a los soberbios de corazón y enaltece a los humildes” (Lc 1,48.51s). La preferencia por ser de los últimos es recomendada con énfasis y repetidamente en los evangelios, igual que la petición de hacerse como los niños. “Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes” dice Santiago (4,6; 1Pe 5,5). Si examinamos lo que nos sucede a nosotros y a los demás, vemos que la mayor parte de los conflictos son causados por la soberbia. Discusiones y riñas en la familia, maledicencias, mentiras para ocultar descuidos o faltas, envidias por lo que otros tienen o por sus éxitos, tristeza por los fracasos y otros muchos pecados y defectos grandes y pequeños tienen la mayor parte de las veces su raíz en la falta de humildad. Aun la misma negligencia en la oración ¿no está manifestando que nos sentimos autosuficientes, sin necesidad de la ayuda de Dios ni siquiera de invocar su perdón? “La humildad es la base de la oración” afirma el Catecismo de la Iglesia. “Humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios” (2559). La primera actitud que la criatura ha de tener ante Dios, su creador, es adorar y adorar es humillar el espíritu en presencia de Dios tres veces santo y soberanamente amable (CIC 2628). Sólo si con humildad se lee la palabra de Dios, se llega a comprenderla y aplicarla bien.

“La humildad nos hace reconocer que ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se le quiera revelar’, es decir ‘a los pequeños” (CIC 2779). Más que importante, necesaria la humildad; sin embargo es difícil. Muchas veces lo había repetido el Señor. Con todo poco antes de morir, en la última cena, todavía están los discípulos disputan por ser el primero. Jesús tiene el gesto de lavarles los pies para que por fin aprendan (Lc 22,24-27; Jn 13,4-17). Mediten, hermanos, con especial atención las recomendaciones bíblicas a la humildad. Pidan caer en la cuenta de sus propias faltas y actitudes contrarias. Tomen conciencia de ellas. Reconozcan sus faltas y limitaciones. La confesión es un gran medio para mejorar en humildad. No se quejen, cállense cuando son víctimas de algún trato que los humilla, agradezcan a Dios lo bueno que les ocurre y pídanle saber sufrir humillaciones y vivirlas en la paz y la alegría, porque ese es el camino de Jesús, quien “siendo Dios, aceptó la humillación de un esclavo, haciéndose obediente hasta la muerte de cruz y por eso el Padre lo elevó para dominarlo de todo” (Flp 2,6-11).

 

EL SECRETO DE LA FELICIDAD.

Hace muchisimos años, vivía en la India un sabio, de quien se decía que

guardaba en un cofre encantado un gran secreto que lo hacia ser un

triunfador en todos los aspectos de su vida y que, por eso, se

consideraba el hombre más feliz del mundo. Muchos reyes, envidiosos, le ofrecían poder y dinero, y hasta intentaron robarlo para obtener el

cofre, pero todo era en vano. Mientras más lo intentaban, más infelices

eran, pues la envidia no los dejaba vivir. Así pasaban los años y el

sabio era cada día más feliz. Un día llego ante el un niño y le dijo:

“Señor, al igual que tú, también quiero ser inmensamente feliz. “Por que no me enseñas que debo hacer para conseguirlo”? El sabio, al ver la

sencillez y la pureza del niño, le dijo: “A ti te enseñare el secreto

para ser feliz. Ven conmigo y presta mucha atención. En realidad son dos cofres en donde guardo el secreto para ser feliz y estos son mi mente y mi corazón, y el gran secreto no es otro que una serie de pasos que debes seguir a lo largo de la vida”.

El primer paso, es saber que existe la presencia de Dios en todas las

cosas de la vida, y por lo tanto, debes amarlo y darle gracias por

todas las cosas que tienes.

El segundo paso, es que debes quererte a ti mismo, y todos los días al

levantarte y al acostarte, debes afirmar: yo soy importante, yo valgo,

soy capaz, soy inteligente, soy cariñoso, espero mucho de mí, no hay

obstáculo que no pueda vencer: Este paso se llama autoestima alta.

El tercer paso, es que debes poner en práctica todo lo que dices que

eres, es decir, si piensas que eres inteligente, actúa

inteligentemente; si piensas que eres capaz, haz lo que te propones; si

piensas que eres cariñoso, expresa tu cariño; si piensas que no hay

obstáculos que no puedas vencer, entonces propónte metas en tu vida y

lucha por ellas hasta lograrlas. Este paso se llama motivación.

El cuarto paso, es que no debes envidiar a nadie por lo que tiene o por

lo que es, ellos alcanzaron su meta, logra tú las tuyas.

El quinto paso, es que no debes albergar en tu corazón rencor hacia

nadie; ese sentimiento no te dejara ser feliz; deja que las leyes de

Dios hagan justicia, y te perdona y olvida.

El sexto paso, es que no debes tomar las cosas que no te pertenecen,

recuerda que de acuerdo a las leyes de la naturaleza, mañana te

quitaran algo de más valor.

El séptimo paso, es que no debes maltratar a nadie; todos los seres del

mundo tenemos derecho a que se nos respete y se nos quiera.

Y por último, levántate siempre con una sonrisa en los labios, observa

a tu alrededor y descubre en todas las cosas el lado bueno y bonito;

piensa en lo afortunado que eres al tener todo lo que tienes; ayuda a

los demás, sin pensar que vas a recibir nada a cambio; mira a las

personas y descubre en ellas sus cualidades y dales también a ellos el

secreto para ser triunfador y que de esta manera, puedan ser felices”…

Aplica estos pasos y veras que fácil es Ser Feliz…

ANONIMO.

 

Sin duda estamos ante una degradación del sistema familiar que ha constituido el fundamento de la sociedad cristiana.
Muchos consideran el matrimonio como un medio de satisfacer sus propias necesidades personales, siendo el cónyuge el instrumento para el placer personal mucho más que la persona a la que hay que amar y entregarse por completo. De hecho, muchas veces el amor hacia el cónyuge es una especie de préstamo del que se espera obtener lo que se ha dado más los intereses. Por eso, cuando algo falla en ese intercambio comercial de sentimientos, el “fracaso matrimonial” o divorcio es la solución más “fácil” o socorrida.
El sistema político del liberalismo capitalista salvaje está impregnando todos los ámbitos de la vida. Yo te amo si tú me amas y me das a cambio más de lo que yo te doy. Y si “lo nuestro” no funciona, nos separamos y buscamos a otra persona para fundar otra empresa de “sentimientos”. Se trafica con sentimientos y los hijos que nacen de ese tipo de matrimonios están condenados a ser los nuevos esclavos del amor interesado de sus padres. De hecho, cuando el matrimonio se destruye, esos niños se convierten en moneda de cambio, siendo llevados de acá para allá para satisfacer las necesidades “sentimentales” de sus padres.
La reacción del cristianismo ante este problema se presenta muy complicada, porque, no hay que olvidarlo, este sistema ha nacido dentro de una sociedad que se presumía cristiana. Es decir, este liberalismo-capitalista de las emociones es el resultado de las sociedades occidentales donde se supone que el elemento cristiano era parte esencial de su naturaleza. Probablemente hemos heredado los errores de esa concepción cristiana por la que el creyente ha de ser “bendecido” con la prosperidad económica, que es la que en el fondo ha acabado por convertirse en el objetivo máximo de los ciudadanos de nuestra sociedad. Al convertir la vida cristiana en una fábrica de prosperidad material, se ha caído en la tentación materialista y hedonista que acaba por dejar la propia fe en un plano relegado y que sirve sólo para sacarnos de las situaciones apuradas, es decir, que sirve sólo como otra moneda de cambio.
¿Cómo revertir todo esto?
Pues con el espíritu ético y moral que se desprende del evangelio de Cristo. Necesitamos concienciarnos que estamos en minoría y que nuestra sociedad necesita con urgencia una inyección de verdadero cristianismo antes de que nos convirtamos de nuevo en una copia barata de la sociedad existente en tiempos del imperio romano. Nos jugamos mucho en este envite como para andar buscando posibles justificaciones bíblicas a los pecados de nuestra sociedad. Por tanto, y en el ámbito del matrimonio, debemos ser todo lo tajante posible a la hora de predicar su indisolubilidad y su valor como elemento básico de nuestra sociedad.
Iremos contra corriente, pero mejor luchar contra el pecado que acomodarnos a vivir en medio de él.

Bendiciones