Eduardo Terrasa

Ayer hablamos de fe, de creer de verdad en Dios. Como la Virgen, con toda esa inocencia de la Virgen. Pero para creer, primero nos tienen que dar confianza, tienen que ganarse nuestra confianza. Es lógico. ¿Qué ha hecho Dios para ganársela?

La gran novedad que nos trajo Jesús a la tierra, el mensaje que traía de parte de Dios, fue que Dios es padre. A Jesús le costó muy caro, la vida, llamar así a Dios. Los judíos querían prenderlo y matarlo porque se creía hijo de Dios. Pero claro, si uno lee el Antiguo Testamento, descubre que el pueblo de Israel se creía hijo de Dios. Entonces ¿por qué se escandalizaron tanto? Sencillamente porque Jesús no le llamaba padre, sino Abba, en arameo, que era la forma en que los niños llamaban a su padre: papá. Y esto era tomarse demasiadas confianzas con Dios, era llamar a Dios mi papá, era como tomar posesión de Dios.

Nos viene muy bien pensar en esta paternidad de Dios. De hecho, María, antes que Madre de Dios Hijo y Esposa de Dios Espíritu Santo, es Hija de Dios Padre. Primero fue hija, la hija. Preguntémosle a Ella: Madre mía, ¿qué significa que Dios sea Padre?

La paternidad de Dios es muy superior a todas las paternidades de la tierra. Los padres humanos son padres, y pueden llegar a ser buenísimos padres, pero la paternidad no agota su existencia, porque además de padres son otras cosas: esposos, amigos, trabajadores… Si fracasan en su paternidad (porque todos sus hijos les han salido rana: tendrían que estar en la cárcel), pueden refugiarse en los otros aspectos de su vida (pero he sido buen esposo, buen amigo, he trabajado bien). Sin embargo, Dios Padre sólo sabe ser padre, todo su ser divino se concentra en ser padre de su hijo. Nos lo dice la fe: Dios Padre es paternidad en estado puro. Y así se vuelca completamente en su Hijo, le da todo lo que tiene, no se reserva ni un segundo de eternidad ni un gramo de divinidad: por eso el Hijo es idéntico al Padre (si no le hubiera dado todo su Padre, si el Padre se hubiera reservado algo, sería menor que el Padre). El amor del Padre es tan conmovedor que todas las otras historias de amor palidecen: disfrutaremos de ella en el cielo. Por eso Jesús le trata con tanta confianza: es verdaderamente su padre.

Pero Jesús no reserva para sí este privilegio. Cuando los apóstoles le piden que les enseñe a rezar como reza él, con esa confianza, Jesús les dice: “Cuando recéis, tenéis que decir: Papá…”. ¡En el Padrenuestro, Jesús dijo papá! Porque todo ese amor de Dios padre se vuelca también en nosotros de verdad. No somos hijos de mentira, como si sólo fuera una fórmula, una palabra sin más. Somos hijos de verdad, somos hijos de Dios. Como afirmaba san Josemaría: “Piénsalo bien: tú eres de Dios y Dios es tuyo”. Dios se vuelca con cada uno de nosotros, se da, se vacía: lo tenemos pillado, absolutamente pillado. Y Dios sólo sabe tener hijos únicos, porque desde toda la eternidad ha tenido un Único Hijo, no conoce otro tipo de relación: nos quiere a cada uno con todo su amor de Padre, gasta en cada uno de nosotros todo su amor de Padre.

De hecho, sabemos que “Tanto amó Dios al mundo, que nos dio a su único hijo”. Eso dice san Juan. Y nos lo entregó hasta el final, aunque ese final fuera que lo matáramos en una cruz. Y a un padre como Dios, tan padrazo, le debió costar infinito desprenderse así de su propio hijo. Entregar a su hijo era mucho más costoso para él que entregarse a sí mismo. Entregar a su hijo era como entregarse doblemente él, como entregar lo único valioso que tenía y que era. Pero nos lo entregó. Lo entregó por cada uno de nosotros, nos puso a la altura del amor que sentía por su hijo. Nos hizo plenamente hijos, nos trató de verdad como hijos, nos ganó como hijos. Esto no lo podemos olvidar nunca, no podemos darle la espalda a este amor. Como se reprochaba san Josemaría: Dios mío, saber que me quieres tanto y no me he vuelto loco.

Y Jesús, para mostrarnos qué tal padre es Dios, nos dejó su mejor parábola, una parábola genial. La del hijo pródigo. Cuando el hijo de la parábola decide marcharse porque ya estaba cansado de vivir junto a su padre, y pide su parte de la herencia (es fuerte: “dame lo que me vas a dar cuando te mueras”), el padre va y se la da: eso no lo hace nadie (te vas a enterar de lo que te corresponde). Respeta su libertad, nos da la libertad con la que podemos rechazarle. Nos quiere de una manera muy especial: no nos quita la libertad ni la vida aunque la estemos malgastando, como el hijo pródigo.

Y cuando regresa el hijo pródigo (por hambre, vivía peor que los cerdos, cosa muy humillante para un judío), con su discursito bien preparado (“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Trátame como al último de tus jornaleros”), después de todo el desprecio que supuso su actitud, después de todo lo que ese padre habrá llorado y se habrá atormentado, va y le acoge como si nada hubiera pasado. Antes de que le pida perdón, ya sale corriendo y se echa a su cuello y le cubre de besos. No está resentido (que es lo lógico después de haber sufrido mucho, estar muy dolido, a la defensiva, no querer sufrir más), no le espera a que llegue, “a ver a qué viene, que querrá ahora”. No, sale a su encuentro corriendo.

Y cuando el hijo empieza su discurso (tal vez abrumado por el recibimiento), el padre lo interrumpe, pero no con una ironía incrédula (“claro, cuando has sentido hambre” o “a ver cuánto te dura el propósito”), ni con reproches (“lo que me has hecho sufrir”: siempre cuando alguien nos hiere le hacemos notar lo que nos ha herido), sin lecciones morales o moralejas (“¿ves lo que pasa cuando uno abandona a su padre”), sin hacerte desear (“bueno, ya veremos”). Todo esto sería lo más natural. No se fija en todo lo que le ha hecho sufrir, ni en sus derechos de padre pisoteados, lo olvida enseguida, se olvida de sí mismo. Lo único que le importa es que su hijo que se había perdido, ha sido encontrado, lo único que cuenta es que ha regresado y está a salvo. No se fija en sí mismo, lo quiere y nada más. El amor de Dios padre no retrocede, no se detiene para calcular gastos, no se queda con la mala experiencia pasada, no se resiente nunca. Es directo como un disparo, es la generosidad más pura. Casi parece tonto. Tira la casa por la ventana… por segunda vez.

Es lógica la reacción del hijo mayor: “yo siempre estoy contigo y parece que no me haces tanto caso. En cambio a este…”. Y el padre de la parábola no se enfada con ese hijo mayor, sólo le pide que le entienda como padre, que comprenda lo que pasa en su corazón: “¡es que este es mi hijo, que estaba muerto y ha vuelto a la vida! No lo puedo evitar: es que soy padre”. Su amor es tan grande, tan paternal, que se fija sólo en el bien de sus hijos. Y por eso es un amor tan desprotegido: parece un amor que se despeña a sí mismo. Es tan padre que siempre le vence su amor.

Hay una palabras del profeta Isaías, puestas en la boca de Dios y dirigidas al hombre, que son increíblemente directas y que nos revelan ese amor de padre. “Yo habitaré en ti, porque te he elegido; tú serás mi reposo por toda la eternidad. Y como se alegran el esposo y la esposa, así se alegrará contigo tu Dios” (Isaías, LXII, 5). “Un nuevo nombre te será dado, que pronunciará la boca del Señor. Tú serás llamada “mi querer”, ya que me complazco en ti” (Isaías LXII, 4). No dice mi querida, sino mi querer, como no decimos mi amada, sino mi amor: hace referencia a lo más entrañable, y por eso se identifica con la misma fuente de nuestro querer y de nuestro amor. Así nos quiere Dios a cada uno.

Y así tenemos que tratarle, con esa confianza y sencillez y cercanía. Cuando nos sintamos pobretones y mezquinos, necesitamos empezar a repetir “papá, papá, papá…”, hasta que la fuerza de esta palabra nos cale en lo más hondo. Porque hace falta mucha sinceridad para decirla de verdad; no se puede decir “papá” y luego no ser auténtico, o ser egoísta, o no querer de verdad a los demás, o no hacerle caso a nuestro padre Dios hasta el final aunque cueste… Es una palabra que pide una increíble sinceridad, una transparencia absoluta: uno se queda desnudo cuando la pronuncia con todo el corazón. (Y, a la vez, es una palabra que crea esa sinceridad, que despierta esa confianza, que te desnuda: es una palabra que tiene poder, todo el poder del amor de un padre genial).

A san Josemaría le conmovía especialmente esta parábola, y hacía muchas veces de hijo pródigo, para sentirse querido y perdonado por Dios. Y el saber que era hijo de Dios era lo que le daba la alegría y la fuerza para vivir. Una vez, viajando en un tranvía por Madrid, recibió una luz especial de Dios que le hizo paladear esta realidad de una manera muy viva. Él lo describe así: “Sentí la acción del Señor, que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba! Estaba yo en la calle, en un tranvía. Probablemente hice esa oración en voz alta. Y anduve por las calles de Madrid, quizá una hora, quizá dos, no lo sabría decir, el tiempo se pasó sin notarlo. Me debieron tomar por un loco. Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa verdad, que quedó encendida como una brasa en mi alma, para no apagarse nunca”. Esto es lo que explica la confianza con la que vivió Mons. Escrivá; la fuerza de su vida, que le llevó a emprender cosas tan grandes en favor de los hombres.

Miremos de nuevo a nuestra Madre. Había algo que estaba profundamente arraigado en el corazón de María, que es lo que explica toda su fe y su confianza. La Virgen veía en Dios a un Padre, a un padre entrañable. Ella se sabía hija querida de una manera muy particular. La vida de María tenía una profundidad insospechada. Su oración no era como la de los demás. Trataba a Dios con una cercanía y una confianza jamás experimentada. Ella sabía que su oración era escuchada con una especial prontitud; en muchas ocasiones, ante un problema de los demás, no suyo, se habrá puesto de rodillas y habrá hablado en serio -cara a cara- con su padre Dios, y todo se habría arreglado de inmediato. Algo le decía que Dios la había escuchado precisamente a ella, que lo había hecho por ella.

La Virgen vería todo lo que le ocurría, lo grande y lo pequeño, como venido directamente de las manos de Dios. Ese amanecer que tanto le gustaba, el canto de aquel pájaro, las personas que iba conociendo y se iban metiendo en su vida… Por todo daba gracias. También por lo que parecía una contradicción: eran caricias de su padre para que fuera aprendiendo a tener paciencia. Este estado de ánimo es lo que se desprende del Magníficat, es lo que explica esa voz exultante y humilde a la vez, llena de cariño y de confianza, de ingenuidad y de sabiduría.

Pero la Virgen, a la vez, era consciente de lo alejados que estaban los hombres de Dios. Por eso, a veces su rostro se ensombrecía. La aldea entera notaría estos cambios de humor. Pero cuando le preguntaban “¿qué te pasa?”, ella callaba, o contestaba con un evasivo “nada, ya se me pasará”. Porque le parecía que nadie la podría entender. Sufría por su padre Dios, por lo abandonado y solo que estaba. Y por la rudeza de los hombres, con sus egoísmos, sus injusticias, sus crueldades, sus envidias, sus incomprensiones. Y ella era muy sensible a esto: la frialdad de unos con otros le dolía como una quemadura. Su pureza, su deseo de mirar siempre el lado bueno de las personas, su candor, su capacidad de querer y de compadecerse, la hacían demasiado vulnerable. Y no sabía qué hacer.

El Mesías tenía que venir. Las Escrituras decían que él lo arreglaría todo. Y ella rezaba por ese Mesías. Todas las mujeres de Israel suspiraban por ser ascendientes del Mesías; por eso, no tener hijos era considerado como una maldición. Y una noche de esas tristes, mientras intentaba consolar a su padre Dios, le salió del alma un deseo y un propósito lleno de ardor y de ingenuidad: iba a ofrecer su virginidad a su padre, iba a entregar su vida a Dios, para que su oración por el Mesías también se cumpliera ya. Al día siguiente, cuando despertó y recordó su promesa, fue consciente de todos los problemas que eso traería consigo (era rarísimo que una mujer eligiera la virginidad como modo de vida, que no formara una familia: ¿cómo se lo explicaría a sus padres cuando surgiera un pretendiente?, y ¿quién la iba a mantener cuando murieran sus padres?). Pero a ella todo esto le parecía muy sencillo: sólo quería hacerle compañía a su solitario padre. A pesar de estas incertidumbres, la decisión permaneció firme en ella, como una isla en alta mar: ya se las arreglaría sola.

Ahora ya no se pondría tan triste como antes, algo había cambiado. Ella no sería ya una ascendiente del Mesías, y tal vez la esperaba una gran soledad en esta tierra, pero ahora sabía que con su vida podía consolar a su padre Dios, que podía acompañarle de verdad, físicamente. Viviría como esas plantas de alta montaña que ella admiraba por sus colores: sola, a la intemperie, recia y fuerte, escondida, pero bien arraigada en la roca del amor de Dios. Y además sabía que, después de su ofrecimiento, el Mesías tenía que estar al caer en alguna parte.

Y terminamos con unas palabras de san Josemaría: Porque esto es lo que explica la vida de María: su amor. Un amor llevado hasta el extremo, hasta el olvido completo de sí misma, contenta de estar allí, donde la quiera Dios.

 
EL DIVORCIO NO ES SOLUCIÓN
(Conferencia pronunciada en la Escuela de Magisterio de Son Serra. Palma de Mallorca)
El tema del divorcio está hoy sobre el tapete, unos a favor y otros en contra. Quisiera poner mi granito de arena para aclarar ideas.
Mi afirmación es rotunda: el divorcio no es solución.
Primero porque Cristo lo prohibe en el Evangelio. Si fuera bueno, Cristo no lo prohibiría, porque la doctrina de Cristo no es para molestarnos, sino para nuestro bien. Dice Cristo: «El casado que se va con otra, es un adúltero. Y la casada que se va con otro, es una adúltera». Y el adulterio se castigaba con la pena de muerte, es decir, era una falta muy grave.
Si Cristo lo prohibe, la Iglesia no puede aceptarlo. Por eso cuando el rey Enrique VIll de Inglaterra, en 1534, quiso divorciarse de la reina Catalina de Aragón, para casarse con Ana Bolena, no consiguió que el Papa Clemente VIl le permitiera el divorcio. Entonces Enrique VIll rompió con la Iglesia y desde entonces la religión oficial de Inglaterra no es la católica, sino la anglicana. El Papa prefirió perder una nación para la Iglesia antes que faltar a la doctrina del matrimonio recibida de Cristo.
Por eso el Sínodo de !os Obispos celebrado en Roma en noviembre de 1980, excluye de la comunión a los divorciados vueltos a casar.
Mons. Innocenti Nuncio del Papa en España, ha dicho:
«Los católicos, gobernantes o no, tienen que tener en cuenta la doctrina de la Iglesia sobre el divorcio». Es absurdo considerarse católico Y tener ideas contrarias a la doctrina que la Iglesia ha recibido de Cristo.
La Iglesia sólo permite la separación de los esposos si la vida en común resulta insostenible. Pero sin volver a casarse de nuevo, mientras viva el otro cónyuge; porque el vínculo matrimonial permanece toda la vida. Por lo tanto, hay que escoger entre seguir viviendo juntos, o la soledad hasta la muerte.

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Algunos acusan a la Iglesia de que no admite el divorcio y, sin embargo, anula por dinero muchos matrimonios. Esto se puede responder largamente.
Para hacerlo con brevedad me limitaré a dos cosas.
El divorcio rompe el vínculo matrimonial y la declaración de nulidad demuestra que no hubo tal vínculo, lo cual es totalmente distinto.
Por otra parte, es cierto que la declaración de nulidad cuesta dinero, pues hay personas dedicadas a ese trabajo, que viven de ello. Sin embargo, el Padre Martín Patino, Vicario de Madrid, dijo por Radio Nacional el 23 de octubre de 1980, que en la diócesis de Madrid, de los matrimonios anulados por la Iglesia en 1979, el 30% fueron gratuitos.
Y desde luego, no basta el dinero para lograr de la Iglesia una declaración de nulidad matrimonial, si no hay razones para ello. El Padre Kelleher, que ha dedicado casi toda su vida a los tribunales eclesiásticos matrimoniales, en su libro «Divorcio y matrimonio», dice: «No he conocido ni un solo caso en el cual el dinero hay sido un factor influyente en la obtención de una declaración de nulidad».
La declaración de nulidad siempre se debe a la existencia de algún
impedimento: coacción, engaño substancial, etc. Ahora bien, si para lograr esta nulidad hay personas que juran en falso, sólo de ellas es la culpa. Los jueces juzgan según la declaración de los testigos. Y si alguno jura en falso, logrará arreglar los papeles, pero es inútil, porque delante de Dios todo sigue como antes

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En todos los matrimonios hay altibajos y momentos de crisis. Pero estos momentos hay que superarlos con aguante y con virtud. El que vaya al matrimonio pensando que nunca tendrá nada que aguantar es un iluso. En todos los matrimonios hay algo que tolerar y no se soluciona, lo que es intrínseco a todos los matrimonios, cambiando de persona; pues no hay persona sin defectos. Y no se va a estar cambiando de persona en el matrimonio, como quien cambia de camisa.
La posibilidad del divorcio lleva al malestar familiar. El divorcio hace que los esposos difícilmente se soporten sus defectos, y con facilidad creen que cambiando de persona va a desaparecer lo que no puede desaparecer, pues es inherente a las deficiencias del carácter humano.
Una aventura amorosa, de momento, puede parecer maravillosa; pero a la larga es fácil que caiga en las mismas dificultades que el matrimonio estable.
Es verdad que el divorcio podría solucionar algún caso concreto, pero es malo para el bien común; y el bien particular hay que subordinarlo al bien general.
Si la nación necesita autopistas, habrá que hacerlas, aunque salga perjudicado un señor que tiene un huerto por donde tiene que pasar la autopista.
El divorcio, aunque solucione algún caso concreto, hace más daño a la sociedad, porque la posibilidad del divorcio es una invitación a que se rompan matrimonios que nunca debieron romperse. Todos los matrimonios tienen sus momentos de crisis, que deben superarse con amor y virtud; pero la posibilidad del divorcio facilita que en esos matrimonios se busque la salida fácil del divorcio con perjuicio de ellos mismos. Me dijo un señor en
Torrevieja: «Yo doy gracias a Dios de que la Iglesia no permita el divorcio, porque si yo hubiera podido haberme divorciado, en un momento de crisis por el que pasó mi matrimonio, lo hubiera hecho. Y hoy, superada la crisis, nos queremos muchísimo, me siento muy feliz con mi mujer y no podría vivir con sin ella. Si entonces me hubiera divorciado, se la habría llevado otro, y yo la habría perdido»

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Aunque los medios de comunicación aireen casos de matrimonios fracasados de personas famosas, sin embargo, las estadísticas dan que en España, el divorcio lo utiliza solamente al 0’4% de los matrimonios.
Pero además no es solución lo que empeora una situación, sino lo que la remedia. Una solución que hace más daño que el mal que remedia, no es solución. Si se descubre una crema para quitar las pecas, pero que al mismo tiempo produce cáncer de piel, no interesa a nadie con sentido común.
Los Obispos Españoles dijeron el 3 de febrero de 1981: «EI divorcio más que un remedio al mal que se intenta atajar, se transforma en una puerta abierta a la generalización del mal».
Sobre todo, como es sabido, los grandes perjudicados del divorcio son los hijos, que necesitan de un hogar que los ame; y nunca puede ser lo mismo el amor que reciben de sus propios padres, que el que puedan recibir de la persona que ha sustituido a su verdadera madre o a su verdadero padre. Por eso se suele decir que los hijos de los divorciados son «huérfanos de padres vivos»; y esto es lógico que produzca en ellos traumas psicológicos y afectivos que los convierten en hostiles a la sociedad y en delincuentes.
Los divorciados buscan egoísticamente su libertad, pero a costa del bien de sus hijos.
Las estadísticas dicen que se ha podido comprobar perturbaciones psíquicas en casi la mitad de los hijos de los divorciados.
Según el «Uniform Crime Rapport USA» del 1977, el 82% de los delincuentes juveniles en Estados Unidos, son hijos de divorciados. El divorcio aumenta además el número de hijos ilegítimos, según el «Demographic Year Book» de 1969.
El divorcio lleva también al suicidio y al desequilibrio mental. Según e!
«Demographic Year Book» de 1972, publicado por la O.N.U., de 28 países, 7 países no divorcistas ocupan los últimos puestos en la tasa de suicidios.
Y el 65% de los enfermos mentales son personas divorciadas.

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Algunos dicen que los católicos que no admiten el divorcio no tienen por qué imponer sus ideas a todos los demás ciudadanos. Hablando de esto, el Cardenal Primado, D.Marcelo González, dijo en una conferencia pronunciada en el Club Siglo XXI: «Eso de que los católicos no tienen derecho a imponer a los demás su concepción de la unión conyugal, es un sofisma. No se trata de imponer nada a nadie, sino de defender lo que ellos creen que es bueno: y que si se deteriora, ellos mismos serán víctimas de la nueva situación».
El divorcio es un mal. Mal para los hijos como hemos visto. Mal para la mujer, que fácilmente quedará abandonada, y a partir de cierta edad, sin posibilidades de rehacer su vida con otro hombre. También mal para los maridos, que aunque de momento no es raro que una chica joven se enamore de un hombre maduro, a la larga se cansará del viejo, y se buscará otro más joven y a su gusto, y el marido «engañado».
Y también mal para todos, porque si el 80% de los delincuentes juveniles son hijos de divorciados, cada vez será más peligroso andar por la calle.

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Los que dicen que el divorcio puede reducirse a casos extremos, están en un error. Lo que teóricamente se implantó para remediar casos de matrimonios fracasados, en la práctica hará fracasar a muchos matrimonios que deberían haberse salvado; la puerta o está cerrada del todo, o se abre completamente.
Si se abre una rendija, se terminará por abrir la puerta del todo, y permitir divorcios por los motivos más simples.
Esto se deduce de lo que pasa en los países divorcistas. El doctor alemán, Maximiliano Bajoc, ha realizado una encuesta según la cual, 16.000 matrimonios se divorcian al año en Alemania porque uno de los dos cónyuges ronca. Como al año hay en Alemania 80.000 divorcios, resulta que la quinta parte de los divorcios se deben a los ronquidos del otro. Es decir, que los motivos del divorcio se irán ampliando poco a poco.
El divorcio engendra divorcio. Esto es un hecho incontrovertible, como dijo D. lsidoro Martín, Catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid.
Según la revista americana «Newsweek», en Estados Unidos, seis de cada siete matrimonios de divorciados, vuelven a divorciarse de nuevo; y ocho de cada diez matrimonios divorciados dos veces, se divorcian por tercera vez.
En 14 años los divorcios se han duplicado en Francia, Alemania Federal, Suiza y Dinamarca; en Inglaterra, EE.UU. y Suecia se han multiplicado por tres y en Holanda se han multiplicado por cuatro.

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Suele decirse que el divorcio nos pone a nivel europeo. Eso es una falacia. Si el divorcio es malo, es absurdo copiar lo que es malo. En Europa hay muchas cosas buenas que podemos imitar y que son más importantes para el desarrollo de la nación, pero imitar lo malo es de tontos.
Y que la ley del divorcio lo que hace es legalizar la situación de los matrimonios ya rotos, es otra falacia. No se puede legalizar todo lo que es frecuente. Las cosas no se convierten en buenas por ser frecuentes. En ese caso habría que legalizar los atracos a los Bancos y los tiros en la nuca de la ETA. Esto es absurdo.
Y decir que debemos admitir el divorcio porque es propio de países civilizados, es tan ridículo como decir que puesto que el terrorismo se da en países civilizados, debemos consentirlo.
Es doctrina de la Iglesia, que ha mantenido a través de los siglos, que un bautizado no puede separar el matrimonio del sacramento.
Si no hay sacramento, no hay matrimonio. Un católico que se casa solamente por lo civil, para la Iglesia no está casado, es un concubinato.
Por eso no lo admite a la Sagrada Comunión.
Para un católico, el matrimonio civil sólo vale para los efectos civiles del matrimonio.
Esto lo puede garantizar el Estado reconociendo el matrimonio religioso, o bien añadiendo el matrimonio civil al matrimonio religioso.
Todo matrimonio válido es indisoluble intrínsecamente, es decir, no puede ser disuelto por el mutuo y privado acuerdo de los cónyuges.
Pero no todo matrimonio es indisoluble extrínsecamente; es decir, que hay casos excepcionales en los que algunos matrimonios pueden ser disueltos por la Autoridad Eclesiástica, si se trata de matrimonio-sacramento, o por la Autoridad Civil si se trata de un matrimonio solamente civil.
Por eso es indiscutible que el Estado nunca tiene autoridad para romper el vínculo del matrimonio sacramental. Lo único que puede hacer el Estado es dar leyes para la nueva situación de los matrimonios rotos, pero dejando el vínculo intacto.
Cuantas más facilidades se den para disolver matrimonios rotos, más matrimonios se romperán.

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Hay quien dice que el divorcio es un derecho de la persona humana. Falso.
El divorcio no es un derecho de la persona humana. Los derechos de la persona humana, lo mismo que las leyes de la Física, tienen un valor objetivo, no dependen de lo que a cada uno le parezca. Lo que es un derecho de la persona humana es el matrimonio, no el divorcio. Por eso el matrimonio y no el divorcio es lo que se reconoce en la Declaración de Derechos Humanos de la O.N.U.
Cada cual es libre para casarse o no. Pero el que se casa, no es libre para cambiar la naturaleza indisoluble del matrimonio. No se puede manipular la institución del matrimonio, hecha para el bien común, a gusto de cada cual. Lo mismo que nadie puede cambiar a su gusto las normas y leyes de tráfico. Podemos salir a la carretera o quedarnos en casa, pero si salimos a la carretera, tenemos la obligación de someternos a las leyes de tráfico, puestas para el bien común. Lo mismo pasa con el matrimonio.
Cuando varón y mujer contraen matrimonio, acceden a una institución de la que brota para ellos un vínculo de carácter permanente. El matrimonio así contraído rebasa los intereses privados de los cónyuges y, aunque ellos fueron libres para contraerlo, no lo son para romper el vínculo que nació del mutuo consentimiento.
El matrimonio estable es un bien para la sociedad.
Y por hoy, nada más

 

El buen samaritano

En aquel tiempo, se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: “Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?” Jesús le dijo: “¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?” El doctor de la ley contestó: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús le dijo: “Haz contestado bien; si haces eso, vivirás”. El doctor de la ley, para justificarse, le preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”

Jesús le dijo: “Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto. Sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más te lo pagaré a mi regreso’.

¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?” El doctor de la ley le respondió: “El que tuvo compasión de él”. Entonces Jesús le dijo: “Anda y haz tú lo mismo.

Palabra del Señor. …Gloria a ti, Señor Jesús.
La Caridad es una virtud, o sea, una costumbre o un hábito de característica espiritual, que es infundida por Dios en nuestra alma. Y, por medio de esta virtud, podemos amar a Dios sobre todas las cosas -por lo que Dios es- y también podemos amar a nuestros semejantes, porque Dios ha infundido su Amor en nuestros corazones (cf. Rom.5,5), para que seamos capaces de amar con el Amor con que El nos ama.

Esto significa que nosotros no podemos amar por nosotros mismos, sino que Dios nos ama y con ese Amor con que Dios nos ama, podemos nosotros amar: amarle a El y amar también a los demás. Si Dios no nos amara, los seres humanos seríamos incapaces de amar.
Esto significa también que ambos Mandamientos -el Amor a Dios y el amor al prójimo- están unidos. Uno es consecuencia del otro. No podemos amar a nuestros semejantes sin amar a Dios. Y no podemos decir que amamos a Dios si no amamos a nuestros semejantes.
Y esta obligación de amar a los demás está basada en que todos los seres humanos, sin excepción, somos “imagen de Dios”. He ahí nuestra dignidad: la imagen de Dios está impresa en nuestra alma. Allí se basa la Ley del Amor: en el reconocimiento del valor que tiene cada ser humano, en quienes reconocemos y estimamos la imagen de Dios.
Por eso la Caridad no puede depender del deseo, del afecto o de los lazos de sangre. La Caridad Cristiana está por encima de todo eso. Puede incluir esos lazos de afecto o de sangre, pero no depende de éstos.

Jesucristo mismo nos recuerda eso: “ ¿Si amas a los que te aman ¿qué mérito tienes? Hasta los malos aman a los que los aman” (Lc. 6, 32-34).

Por eso la Caridad es independiente del sentimiento. La Caridad es más bien una disposición de la voluntad. Es un deseo de hacer el bien porque Dios nos ama y desea que nosotros amemos como El nos ama. Por eso la Caridad no es egoísta; es decir, no busca la propia satisfacción, sino el servir al otro y complacer a Dios. Además la Caridad incluye a todos: buenos y malos, amigos y enemigos, familiares y extraños, ricos y pobres, cercanos y lejanos, como bien nos lo explica Jesucristo en la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc. 10, 25-37).

Caridad es estar atentos a las necesidades de los demás, necesidades que pueden ser espirituales o corporales: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que se equivoca, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos de los demás, rogar a Dios por vivos y difuntos, dar de comer al hambriento, dar techo al que no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y presos, enterrar a los muertos, redimir al cautivo, dar limosna a los pobres.

Caridad significa también hacer éstas y otras obras de caridad por amor a Dios, no por quedar bien o por sentirnos bien nosotros mismos. Hacerlas porque la imagen de Dios está en quien necesita nuestro servicio.

La Madre Teresa de Calcuta decía tener la gracia de ver el rostro de Cristo en los miserables que ella atendía. Es una gracia que podríamos pedir: ver la imagen de Dios, ver el rostro de Cristo en el prójimo necesitado. Así se podrá cumplir en nosotros la promesa del Señor para el momento del Juicio Final, cuando dirá a los salvados: “Vengan benditos de mi Padre a tomar posesión del Reino que les he preparado desde el principio del mundo. Porque tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber … estuve enfermo y me visitaste … etc.” Y los salvados dirán: “Señor ¿cuándo te vimos hambriento y sediento y enfermo, etc? Y el responderá: Cada vez que lo hicieron con alguno de éstos mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt. 25, 34-40).

(fuente: www.homilia.org)

 
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